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| Idea de la nacionalidad y del estilo Hispánico. |
El hombre y la naturaleza. Teorías naturalistas y espiritualistas
de la nacionalidad. La nación como estilo
Sobre la esencia
de la nacionalidad existen al presente dos grandes grupos de
teorías. Un primer grupo, que es el de las teorías
que llamaríamos naturalistas. Un segundo grupo, que es el de
las teorías que llamaríamos espiritualistas.
Las teorías naturalistas son aquellas
que consideran que la esencia de la nación consiste en
una cosa natural; por ejemplo, la sangre, la raza, o
un determinado territorio de fronteras bien definidas geográficamente, o el
cuerpo material de un idioma, un montón de vocablos. Según
estas teorías la nación sería, pues, el producto histórico, la
resultante de las virtualidades inscritas en esas «cosas» naturales: sangre,
raza, territorio, idioma, &c.
Un cierto número de caracteres primarios,
esenciales, inherentes a esos objetos naturales -por ejemplo los caracteres
somáticos, raciales, los geográficos, los idiomáticos- imprimiríanse indefectiblemente en los
grupos humanos partícipes y se propagarían a todos los hechos
sucesivos y simultáneos verificados por esos hombres y grupos, constituyendo
la unidad histórica que llamamos nación. Ahora bien, a este
grupo de teorías naturalistas es posible oponer graves y, a
mi parecer, decisivas objeciones.
Sin duda alguna la sangre, la
raza, constituye un ingrediente importante en la formación de la
nacionalidad. Pero ¿puede decirse que ese ingrediente sea el que
por sí solo haga la nación y la esencia misma
de la nación? De ninguna manera. Ahí están los hechos
históricos que lo desmienten. En España, por ejemplo, podemos enumerar
un cierto número de razas y sangres distintas que, sin
embargo han ingresado en el crisol de la nacionalidad y
se han depurado en el más acendrado hispanismo. Los iberos,
procedentes del sur, se funden con los celtas septentrionales.
Los
celtíberos se funden con los romanos. La población hispano-romana presencia
las efímeras invasiones de vándalos, de alanos y de suevos,
pero también el establecimiento definitivo de los visigodos. Todo ello
sin contar las colonizaciones fenicias y griegas en nuestras costas
mediterráneas. No puede decirse, por consiguiente, que la nacionalidad española
esté constituida sobre la base de una unidad y pureza
absoluta de raza. El elemento racial en una nación es,
desde luego, importante; pero no el único y, menos aún,
el esencial.
Un ejemplo característico encontramos en la historia del
arte. Viene de Grecia a España un pintor, que no
tiene ni una gota de sangre española, el Greco. Y
este pintor se asimila tan profundamente el espíritu español, la
esencia de la hispanidad, que sus cuadros constituyen uno de
los más elevados exponentes del alma hispánica. No digamos, pues,
que la raza o la sangre sean los elementos esenciales
de la nacionalidad.
¿Diremos, entonces, que esa esencia de la
nación está formada por la contigüidad de vida, por la
base del territorio común? ¿Diremos que forman nación aquellos hombres
que conviven un mismo territorio, bien definido geográficamente, por sola
su coexistencia telúrica? Pero tampoco podemos decir esto. La historia,
los hechos históricos se oponen a ello. Los territorios nacionales
var
ían a lo largo de la historia y sufren las
vicisitudes de la historia. Dependen de la nacionalidad; no la
nacionalidad depende de ellos. La doctrina de las «fronteras naturales»
encuentra una y otra vez en la historia su refutación.
Francia no tiene frontera natural con Bélgica y casi tampoco
con Alemania. España no tiene frontera natural con Portugal; y,
sin embargo, el espíritu español, la nacionalidad española es bien
distinta y diferenciada de la portuguesa. Galicia, región que geográficamente
se asemeja más a Portugal que a Castilla, pertenece, sin
embargo, íntimamente a la unidad nacional española y no a
la portuguesa. Por consiguiente tampoco puede decirse que la contigüidad
de población o el territorio común constituya la esencia de
la nacionalidad.
¿No será, pues, el idioma el que define
y fundamente la nación? Pero, evidentemente, el idioma es un
producto del espíritu nacional, lejos de ser la causa agente
del mismo. El lenguaje, todo lenguaje, cambia, evoluciona en el
curso de la historia; justamente el estudio minucioso de esos
cambios históricos del idioma nacional revela la actuación sobre él
del espíritu, del alma nacional, que, preexistente en cada momento,
modifica el cuerpo del idioma acomodándolo a las necesidades espirituales
de la nación.
Por eso pueden en una nación coexistir
idiomas distintos sin que ello infiera menoscabo a la unidad
nacional; porque la unidad nacional no depende de la unidad
lingüística. No es, pues, tampoco la lengua la que constituye
la esencia que buscamos de la nacionalidad.
Ni la raza,
ni la sangre, ni el territorio, ni el idioma bastan,
pues, para dilucidar el «ser» de una nación. La sangre,
el territorio, el idioma son «cosas», pertenecen a la naturaleza.
La nación, empero, no es una «cosa», sino algo superior
a toda concreción natural. Sin duda, al amar a nuestra
patria amamos todos la sangre que corre por nuestras venas,
por las de nuestros padres y abuelos, por las de
nuestros hijos.
Sin duda, al amar a nuestra patria, amamos
todos el idioma familiar, los vocablos luminosos con que nuestra
madre nos enseñara a hablar con Dios y con ella,
los que ella, a su vez, había aprendido de sus
padres, los que de generación en generación se han transmitido
como vaso sagrado de toda nuestra cultura. Sin duda, al
amar a nuestra patria, amamos todos la material realidad telúrica
de nuestro suelo, los paisajes dulces y tiernos o ásperos
y sublimes, que encantaron nuestra niñez.
Pero la nación española,
que todos los españoles amamos por encima de nosotros mismos,
la patria española es algo superior a esa sangre, a
ese suelo, a ese idioma. La patria, la nación española
es algo superior a todo eso, porque ha hecho todo
eso. Ese suelo, ese idioma, esa sangre, las formas que
todo eso tiene, la manera de convivir los hombres en
ese territorio, el idioma de esos hombres, el modo de
expresarse, las costumbres, los monumentos, las instituciones, todo, en suma,
lo que se contiene visible o invisible en el vocablo
España, todo eso es producto concreto del espíritu hispánico, todo
eso es el cuerpo mismo de la nación. Pero ¿cuál
es su alma, cuál es su esencia?
Las teorías naturalistas
de la nacionalidad son, pues, en su fondo radical erróneas;
porque desde el primer instante cometen el error de considerar
la nación como una cosa, como una cosa natural, cuya
explicación, por lo tanto, tendría que hallarse, a su vez,
en cosas naturales. Ahora bien, la nacionalidad no es cosa;
ni menos cosa natural. La nación está por encima de
las realidades naturales y de toda cosa concreta; porque la
nación es creación exclusivamente humana, con todos los caracteres típicos
de lo específicamente humano, es decir, de lo anti-natural.
El
hombre, en efecto, si por un lado pertenece a la
naturaleza y participa de las cosas, a cuyas leyes obedece,
es, por otro lado, el único ser natural dotado de
la libertad; la cual consiste justamente en el poder de
superar la naturaleza. La libertad humana hace del hombre el
ser capaz de luchar contra la naturaleza y vencerla. La
libertad humana convierte al hombre en autor de su propia
vida y en responsable de ella -lo que jamás puede
ser un ente meramente natural-.
Considerad la diferencia capital que
existe entre el hombre y el animal. No busquéis esa
diferencia ni en la cuantía de los órganos o facultades,
ni en la diversidad de las formas visibles. No la
busquéis en ninguna comparación basada sobre las dos realidades «naturales».
Pero, en cambio, buscadla y la encontraréis en la índole
peculiar de las diferentes vidas que el hombre y el
animal viven. La vida del animal transcurre toda ella constreñida
por las leyes naturales que imperan sobre la especie. En
cada momento la vida del animal está íntegramente predeterminada por
la serie total de los antecedentes reales, por el instinto,
por la fisiología, la anatomía, la psicología de la especie
a que pertenece. Por eso dos animales de una misma
especie tienen vidas idénticas.
El animal no se hace su
propia vida, sino que la recibe ya hecha, hasta en
sus menores detalles; y se limita a ejecutarla. Es como
el comediante, que representa un papel escrito, pensado y concebido
por otro. Por eso el animal no es responsable de
su propio ser, de su propia vida; porque esa «su»
vida no es en puridad suya, sino de la naturaleza.
El hombre, en cambio, porque es libre, necesita hacerse a
sí mismo su propia vida. La libertad humana consiste justamente
en eso: en que la vida del hombre no viene
de antemano hecha por las leyes de la naturaleza, sino
que es algo que el hombre mismo, al vivirla, tiene
que hacer y resolver en cada instante y con anticipación.
Vivir es para el animal hacer en cada momento lo
que por ley natural tiene que hacer. Vivir, en cambio,
es para el hombre resolver en cada momento lo que
va a hacer en el momento siguiente.
Al animal no
le compete, como viviente, sino ejecutar la melodía ya pre-escrita
de su vida. El hombre, en cambio, tiene que pensar
primero lo que quiere que su vida sea; tiene que
decidir luego serlo; y, por último, tiene que ejecutar esas
sus propias resoluciones y previos pensamientos. Por eso el animal,
que no es libre, hállase totalmente subsumido en el concepto
de naturaleza; mientras que el hombre, libre, supera en sí
mismo y fuera de sí la naturaleza y se hace
a sí mismo -se inventa, se crea- su propia vida,
que no puede en modo alguno contemplarse y juzgarse con
los conceptos sacados de la realidad natural.
Así la vida
animal, como pura naturaleza, está sujeta a la uniformidad en
todos y cada uno de los individuos de cada especie;
en cambio la vida del hombre es estrictamente individual y
cada vida humana representa un valor infinito, precisamente porque es
singularísima y propia de una personalidad irreductible. (Obsérvese en este
punto que la consecuencia inmediata del comunismo sería el uniformismo
de las vidas humanas, es decir, la animalización del hombre;
consecuencia a la que las premisas «naturalistas» del marxismo -como
de cualquier otra forma de naturalismo- conducen inevitablemente. Por eso
se ha dicho, con razón profunda, que luchar contra el
comunismo es tanto como luchar por la cultura y civilización
humanas.)
Así, el hombre es propiamente hombre por lo que
tiene de no-animal, esto es, de no-natural. Para vivir humanamente,
el hombre necesita pensar de antemano, prever de antemano lo
que «quiere ser», a fin de serlo en su vida.
Necesita dominar la naturaleza, dar realidad a algo que naturalmente
no la tiene, esforzarse por imaginar un tipo de vida,
un modo de ser, cuyo modelo no encuentra en ninguna
parte, en ningún lugar natural, sino sólo en lo más
profundo de su corazón.
El hombre no tiene, pues, «naturaleza»,
sino que se hace a sí mismo en la vida;
es más, su vida consiste justamente en ese «hacerse a
sí mismo». Desde que nacemos hasta que morimos, los humanos
somos responsables de cada momento y de todos los momentos
de nuestra vida; y ese comodín que llaman algunos «naturaleza
humana», no es, en realidad, sino la base sobre la
cual ha de erguirse y encumbrarse la verdadera y auténtica
humanidad, la que consiste en superar cuanto de meramente natural
hay en nosotros.
Mas tan pronto como penetramos en los
ámbitos de la libertad, tropezamos con el espíritu, esto es,
con la capacidad infinita y la infinita diversidad de formas.
En efecto, decir que la vida humana no es animal,
equivale a decir que la vida humana no es uniforme,
sino infinitamente diversa. Esa diversidad se manifiesta justamente en la
historia.
La historia es la continua producción por el hombre
de formas y modos de ser nuevos, imprevistos, que no
pueden derivarse de elementos naturales. La historia es -como la
vida del hombre- algo que ninguna ley de la naturaleza
predetermina. El hombre la hace libremente, al hacer su propia
vida. Por eso, en la historia humana encontramos un repertorio
tan variado de formas o modos de ser hombre -desde
el faraón egipcio hasta el cortesano de Luis XIV, desde
el nómada árabe hasta el mandarín chino, desde el filósofo
griego hasta el conquistador español, desde el samurai japonés hasta
el labriego castellano-. Y aun le quedan a la humanidad
infinitas formas que discurrir y realizar -Dios sólo las conoce.
La nación, la nacionalidad, es también una de esas estructuras
humanas, no naturales, hijas legítimas de la libertad del hombre.
La nación es una creación del hombre. Por eso decíamos
de ella que supera infinitamente toda naturaleza, toda «cosa» natural,
como la sangre, la raza, el territorio, el idioma. La
naturaleza, abandonada a sí misma, produciría razas, quizá incluso organizaciones
como las de los castores o las de los hormigueros.
Jamás empero, eso que llamamos nación, patria, pueblo.
Así, pues,
no pudiendo la esencia de la nacionalidad encontrarse en una
cosa natural, fuerza es resolverse a buscarla en un acto
espiritual. Aquí tropezamos, pues, con el segundo grupo de teorías
a que hace un instante me he referido. Son todas
ellas teorías que, en efecto, reconocen la imposibilidad de definir
la nación como cosa natural y la necesidad consiguiente de
definirla como acto espiritual. Ahora bien, ¿cuál es ese acto
espiritual en que la nación consistiría?
De entre las teorías
espiritualistas de la nacionalidad entresacaremos dos, que, por la prestancia
de sus autores y por la claridad de su diseño
resultan adecuadísimas a los propósitos de nuestro estudio. El filósofo
frances Renan se propone buscar una definición de la nación.
Bien pronto, empero, se da cuenta de que los elementos
naturales, como raza o sangre, territorio, idioma, no bastan a
explicar los contenidos trascendentes de la nacionalidad. Entonces, como acabamos
de hacer nosotros, desecha las teorías naturalistas y encamina su
indagación hacia un acto espiritual. Y llega a la conclusión
de que la nación es el acto espiritual colectivo de
adhesión que en cada momento verifican todos los partícipes de
una determinada nacionalidad. «Una nación -dice- es un plebiscito cotidiano.»
Fórmula feliz, sin duda, clara, breve, contundente y que pone
la esencia de la nación en el ápice íntimo de
todos los corazones que la componen. En efecto, una nación
es eso, la adhesión plebiscitaría que todas las almas tributan
diariamente a la unidad histórica de la patria. Pero no
basta con esto. Hace falta concretar algo más. ¿Sobre qué
objeto recae esa adhesión de todos? Para Renan, el objeto
a que el plebiscito cotidiano nacional presta su adhesión no
puede ser otro que el pretérito, la historia nacional, «un
pasado de glorias y de remordimientos».
Nación es, pues, según
Renan, todo grupo de hombres que, conviviendo juntos desde hace
mucho tiempo, prestan diariamente a la unidad, que constituyen, una
adhesión constante, referida a la integridad de su pasado colectivo.
Según esto, la nación española, por ejemplo, sería el acto
espiritual que diariamente prestamos todos los españoles -dignos de tal
nombre- a nuestro pasado integral, a toda nuestra historia pretérita,
es decir, a los malos como a los buenos lados,
a las «glorias» como a los «remordimientos», haciéndonos solidarios de
todo lo que nuestros antecesores han hecho, han pensado y
han sido, inscribiéndonos en la lista infinita de esos hombres
que, desde Viriato hasta hoy, constituyen una a modo de
irrompible cadena.
Frente a esta teoría de Renan podemos colocar
la tesis del filósofo español José Ortega y Gasset. El
ilustre pensador hispano comparte con Renan la convicción de que
ni la sangre, ni la raza, ni el territorio, ni
el idioma, ni elemento ninguno «natural», pueden considerarse como esencia
de la nacionalidad. También, como Renan, cree José Ortega y
Gasset que un acto espiritual tiene que ser el que
constituya la esencia de la nacionalidad.
Ese acto es, por
último, para el filósofo español, como para el francés, un
acto de adhesión plebiscitaria que los hombres actuales tributan a
la unidad de la patria. Pero la diferencia entre los
dos pensadores cuyas teorías analizamos es que, para Renan, la
adhesión plebiscitaría recae sobre el pasado histórico colectivo, mientras que
para José Ortega y Gasset recae sobre el porvenir histórico
que va a realizarse. La nación es, pues, según éste:
«primero: un proyecto de convivencia total en una empresa común;
segundo: la adhesión de los hombres a ese proyecto incitativo.»
La idea, pues, de un futuro, que se ofrece como
forma deseable y preferible de convivencia total, sería lo que,
para José Ortega y Gasset, mejor definiría la esencia de
la nacionalidad; pues esa esencia, que en la historia se
revela siempre creadora, productora, fecunda en obras y formas nuevas,
ha de ir evidentemente orientada hacia el porvenir, si ha
de ser, en efecto, como siempre ha sido, propulsora de
la vida social. La adhesión al pasado histórico no bastaría
a explicar el dinamismo creador de la naciónalidad. Siendo ésta
una forma de vida actual, tiene necesariamente que orientarse hacia
el futuro, al cual se encara por definición toda vida
humana.
He aquí, pues, las dos teorías más notorias del
grupo espiritualista, en lo referente a la esencia de la
nacionalidad. Si las examinamos en comparación una de otra, hallaremos
ante todo que en muchas partes coinciden, y que donde
no coinciden no son tampoco incompatibles o contradictorias. Coinciden en
toda la parte que pudiéramos llamar negativa: eliminación radical de
las concepciones naturalistas y necesidad de buscar la nacionalidad en
un acto espiritual. Coinciden también en el carácter de adhesión
colectiva que dan a ese acto espiritual.
Sólo discrepan en
el momento de determinar el objeto sobre el cual haya
de recaer la adhesión colectiva. Ese objeto es, para Renan,
el pasado; para José Ortega y Gasset es, en cambio,
el futuro. Pero esta divergencia no parece, en el fondo,
irreductible. La adhesión a una «empresa futura» se compadece perfectamente
con la adhesión a un pasado de «glorias y remordimientos».
El acto de adhesión podría tener muy bien dos facetas:
la una que mirase al pasado y la otra que
mirase al futuro. Así, pues, las dos teorías espiritualistas que
acabamos de examinar no sólo no se oponen, sino que
podrían de un modo relativamente fácil componerse en una sola
teoría mas amplia y comprensiva.
Pero esta teoría más amplia
y comprensiva tendría que superar las dos tesis espiritualistas en
el residuo que aun les queda de naturalismo, en su
concepto de acto espiritual o de adhesión. A mi juicio,
el error fundamental de cada una de estas dos tésis
está en lo siguiente: La teoría de Renan olvida que
la adhesión plebiscitaría al pasado no tendría eficacia ni virtualidad
histórica, viva y activa -sería un mero romanticismo contemplativo-, si
no fuese completada por la adhesión a un futuro incitante,
a un proyecto de ulterior vida común. El patriotismo nacionalista
no se limita al pasado y al presente, sino que
se ejercita también sobre el futuro, sobre el ideal o
propósito o programa de un venturoso porvenir.
Cada partícipe de
un país siéntese, en efecto, desde su juventud, peón y
campeón del engrandecimiento nacional. Mas, por otra parte, debemos preguntarnos:
¿es que un proyecto cualquiera de futuro puede merecer la
adhesión de todos los nacionales? Evidentemente, no. Un proyecto cualquiera
de futuro no va a recibir, por el solo hecho
de ser proyecto futuro, la adhesión plebiscitaria de los nacionales.
Puede acontecer que en una nación un grupo de hombres
proponga a la totalidad nacional una determinada empresa a realizar
y que la nación rechace esa empresa. Mas no nos
quedemos en esto. Sigamos preguntando: ¿por qué la nación rechaza
ciertos proyectos que se le proponen y aprueba y abraza
otros? No hay más que una explicación posible: que esos
proyectos de empresa rechazados no guarden con el presente y
el pasado del país íntima y profunda afinidad u homogeneidad.
Así, la nación rechazará aquellos proyectos de empresa que contradigan
el modo de ser del presente y del pasado, aquellos
proyectos que constituyan una ruptura con el modo de ser
de la nación, incesantemente confirmado en el presente y en
el pasado. Si a una nación como la española, cuyo
discurrir a lo largo de la historia, cuya actividad histórica,
ostenta en su larguísimo pasado un sello o carácter o
modo de ser determinado, se le propone de pronto un
proyecto de empresa que no mantenga relación de congruencia u
homogeneidad con lo que la nación ha sido, esa nación
rechazará el proyecto propuesto.
Ahora es cuando llegamos al punto
culminante de toda esta discusión. Ahora vemos que la adhesión
espiritual plebiscitaria -de que hablan Renan y José Ortega y
Gasset- no constituye la esencia última de la nación, puesto
que ese acto espiritual de adhesión está él a su
vez objetivamente condicionado por cierto «carácter», cierto «modo de ser»
que han de poseer los proyectos propuestos.
En realidad, la
nación no es, pues, el acto de adherir, sino aquello
a que adherimos. Mas como aquello a que adherimos se
presenta a su vez como un proyecto de futuro, o
como un estado o situación presente, o un larguísimo pasado,
resulta que, en verdad y profundamente, aquello a que adherimos
no es tampoco ni la realidad histórica pasada, ni la
realidad histórica presente, ni el concreto proyecto futuro, sino lo
que hay de común entre los tres momentos, lo que
hace que los tres sean homogéneos, lo que los liga
en una unidad de ser, por encima de la pluralidad
de instantes en el tiempo.
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