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| Idea de la nacionalidad y del estilo Hispánico. 2 |
La nacionalidad no consiste, pues, sólo en que cada
uno de nosotros diga: «Soy español», y verifique el acto
de adhesión a esa realidad actual, pasada y futura, llamada
España; sino que consiste principalmente en la homogeneidad de esencia,
que reúne todos los hechos de España en el tiempo
y hace de todos ellos aspectos o facetas de una
misma entidad.
Ser español es actuar «a la española», de
modo homogéneo a como actuaron nuestros padres y abuelos. Ahora
bien, esa afinidad entre todos los hechos y momentos del
pasado, del presente y del futuro, esa homogeneidad entre lo
que fué, lo que es y lo que será, esa
comunidad formal, no tiene realmente más que un nombre: estilo.
Una nación es un estilo; un estilo de vida colectiva.
Proponed a una nación, por ejemplo a la española, un
proyecto de empresa común cuyo estilo sea incongruente con el
estilo español -con España-. La nación lo rechazará; porque nación
es justamente unidad fundamental de estilo en todos los actos
colectivos. Ahora ya llegamos a un término claro en toda
esta discusión. Hemos visto con evidencia que la nación no
es cosa natural, ni sangre o raza, ni territorio, ni
idioma.
Ahora vemos que la nación no es tampoco el
acto subjetivo de adherir al pasado o al futuro; sino
que es el estilo común a todo lo que el
pueblo hace, piensa y quiere y puede hacer, pensar y
querer. Cuando en la vida de un grupo humano a
lo largo del tiempo existe unidad de estilo en los
diversos actos, en las empresas, en las producciones, entonces puede
decirse que existe una nación.
España, la nación española, no
es, pues, un territorio mayor o menor; no es una
determinada raza; no es un determinado idioma; es un estilo
de vida, el estilo español de vida. Todo lo que
en España hay y se hace, ese territorio con sus
cultivos y sus modificaciones humanas, esa raza con sus caracteres,
sus modalidades, sus gestos, sus preferencias, sus ritmos, ese idioma
con todos sus vocablos, sus giros, sus dichos, todos los
actos que en España se han realizado desde los tiempos
remotos y primitivos hasta hoy, todas las creaciones que se
han engendrado, todas esas cosas, formas y productos, mantienen entre
sí cierta homogeneidad especial, un aire de familia, un carácter
común impalpable, invisible, indefinible, que es la comunidad de estilo.
Ese estilo común a todo lo español, eso es España.
Considerad, por ejemplo, las figuras de Guzmán el Bueno y
del general Moscardó. ¿Qué hay de común entre ellas, si
atendemos sólo al contenido material de las dos vidas? Nada.
Sin embargo, el estilo es el mismo. ¿Qué hay de
común entre Numancia y la defensa heroica del Alcázar toledano?
En el contenido material, nada. Pero el estilo es el
mismo. Repasad en vuestra imaginación las más variadas producciones del
arte y de la literatura española.
¿Qué hay de común
entre un cuadro de Velázquez y la mística de Santa
Teresa? El estilo. Las cosas mismas no pueden ser más
diferentes. Sin embargo, en ellas palpita un mismo hálito; en
ellas hay un mismo modo de ser, el estilo de
todo lo español.
Los conquistadores, la estatuas de Alonso Cano,
el monasterio del Escorial, los cuadros de Goya, la figura
de Felipe II, el duque de Alba, San Ignacio de
Loyola, las costumbres de los estudiantes salmantinos, Lazarillo de Tormes,
Don Juan Tenorio, la colonización de América, la conquista de
Méjico, nuestras letras, nuestras artes, nuestros campos, nuestras iglesias, nuestros
oficios, nuestros talleres, nuestras instituciones, nuestras diversiones, nuestros monarcas, nuestros
gobiernos, nuestro teatro, nuestro modo de andar, de hablar, de
reír, de llorar, de cantar, de vestir, de nacer y
de morir, toda nuestra vida en cualquier época de la
historia que la tomemos y cualquiera que sea el corte
que en ella demos a lo largo del tiempo, ostenta
siempre una modalidad común, una homogeneidad indefinible, pero absolutamente evidente
e innegable.
Eso es el estilo, el estilo en que
la nación española consiste. España -como cualquier otra nación auténtica-
es un estilo de vida.
Pero ¿qué es estilo? Permitidme
que, para resolver este difícil problema, recuerde ahora algo de
lo que hace pocos instantes decíamos al hablar de la
libertad humana. Decíamos que el hombre es, a diferencia del
animal, el inventor y autor de su propia vida -y
el responsable de ella-.
Esto quiere decir que, cuando hacemos
algo -y vivir es siempre hacer algo-, imprimimos a todo
lo que hacemos, a nuestros actos y a las cosas
que nuestros actos producen, una determinada modalidad peculiar que la
naturaleza misma no nos enseña, sino que se deriva de
nuestra personal participación en el espíritu de la inmortalidad. Así,
cada uno de nuestros actos y cada una de nuestras
obras puede considerarse desde dos puntos de vista: como medio
para conseguir y obtener un determinado fin y como expresión
de un conjunto personal de preferencias absolutas.
La estructura general
de cada acto y de cada obra viene primeramente determinada
por el fin propuesto -si es que se propone un
fin-. Toda casa-habitación ha de tener un tejado y unos
muros o paredes. Hay, pues, estructuras de los actos y
de los productos humanos que encuentran su explicación y razón
de ser en el principio de finalidad.
Pero la aplicación
del principio de finalidad no puede llegar a lo infinito.
Hacemos un acto para lograr un fin; el cual, a
su vez, lo deseamos para el logro de otro fin;
el cual, a su vez, nos lo hemos propuesto como
medio para la obtención de otro fin. ¿Seguiremos así indefinidamente?
No. No es posible. Tenemos que detenernos. ¿Dónde nos detendremos?
Nos detendremos en cierta imagen, en cierto pensamiento, que cada
uno de nosotros lleva en el fondo de su corazón
acerca de lo que es absolutamerlte preferible.
Ahora bien, este
conjunto de pensamientos o imagenes de lo absolutamente preferible adopta
en cada uno de nosotros la forma de una personalidad
humana; es la imagen ideal del ser humano, que quisiéramos
ser; es la imagen del hombre absolutamente valioso, infinitamente «bueno»,
del hombre perfecto. Esa imagen transcendente e inmanente al mismo
tiempo, esa imagen invisible, pero presente en todos los momentos
de nuestra vida, ese nuestro «mejor yo», que acompaña de
continuo a nuestro yo real y material, está siempie a
nuestro lado, en todo acto nuestro, en todo esfuerzo, en
toda obra; e imprime la huella de su ser ideal
a todo lo que hacemos y producimos.
Esa huella indeleble
es el estilo. Y así, en todo acto y en
todo producto humano hay, además de las formas o estructuras,
determinadas por el nexo objetivo de la finalidad, otras formas
o estructuras o modalidades, por decirlo así, libres, que vienen
determinadas por las preferencias absolutas residentes en el corazón del
que hace el acto y produce la obra. Estas modalidades,
que expresan la íntima personalidad del agente y no la
realidad objetiva del acto o hecho, son las que constituyen
el estilo.
Por eso decía muy razonabemente Buffon, que el
estilo es el hombre. Pero esta fórmula necesita aclaración. Porque
«hombre» puede tomarse en dos sentidos: en el sentido real
o natural del hombre que efectivamente y naturalmente somos, con
todas las limitaciones de la carne, del pecado, de la
«naturaleza» humana; y en el sentido ideal, estimativo o moral
del hombre que quisiéramos ser, de la imagen o modelo
en que nuestra mente cifra todo el conjunto de lo
que nuestro corazón considera como absolutamente preferible.
Este otro «mejor
yo», que en nuestro yo real reside, es el que
inconscientemente se abre paso a cada instante en nuestro obrar
-o sea en nuestro vivir- y pone su firma en
todo cuanto hacemos. Esa rúbrica de nuestro más íntimo y
auténtico ser moral es el estilo.
Por eso, todo lo
que el hombre hace tiene estilo. Tiene estilo, porque, además
de estar determinado por aquello para que sirve, está configurado
por la invisible presencia y actuación de ese «mejor yo»,
que condensa en una persona humana ideal -invisible y presente-
nuestras más profundas y auténticas preferencias. En cada hombre individual
podemos, pues, descubrir siempre un estilo propio, el sello de
ese auténtico aunque oculto ser, que se refleja en todo
lo que el hombre real hace y produce, desde el
gesto, el ademán y el porte del cuerpo, hasta la
obra artística del poeta, el pintor o el escultor.
Ahora
bien, cuando conviven juntos en intimidad de vida muchos hombres,
durante mucho tiempo, y entre ellos cuaja una como coincidencia
esencial en las preferencias absolutas, puede suceder que los ideales
humanos de todos y cada uno concuerden en ciertos rasgos
generales; que un determinado tipo o modo de «ser hombre»
se repita en cada uno de los ideales individuales; que
en el fondo de cada estilo individual esté latente y
actuante un estilo colectivo. He aquí, entonces, la nación.
Esos
hombres constituirán una unidad nacional, mientras en efecto posean y
conserven ese estilo colectivo común, por debajo de los estilos
individuales. Las vidas de esos hombres formarán un haz, tendrán
la unidad de un mismo modo de ser, de sentir,
de preferir, de actuar y de querer, la unidad colectiva
de un mismo estilo, la unidad de una nacionalidad propia.
Esos hombres formarán una nación.
La nación, pues, es un
estilo. De no ser esto, habría que sucumbir nuevamente a
las teorías naturalistas. Porque el error fundamental de Renan y
de José Ortega y Gasset es creer que escapan al
naturalismo definiendo la nación como el acto espiritual de «adherir»
-a una realidad histórica pasada o a un proyecto de
historia futura-.
Tan «natural», empero, es el acto de adhesión,
como otro fenómeno psíquico cualquiera, o como la constitución fisiológica
o anatómica, o la raza, o el territorio, o la
lengua. En cambio, lo que radicalmente no es «natural», lo
que incluso se contrapone a todo naturalismo, es eso que
hemos llamado estilo, la huella que sobre nuestro hacer real
deja siempre el propósito ideal, el sesgo que a toda
realidad imprime nuestro íntimo sistema de preferencias absolutas.
Por
eso, la responsabilidad que a los gobernantes de una nación
incumbe es realmente tremebunda; y, en ciertos momentos históricos trágica.
Ellos son, en efecto, los encargados de administrar la vida
común de la nación; y para cumplir su cometido debidamente
han de permanecer en todo instante absolutamente fieles al estilo
nacional, lo cual quiere decir, fieles a la nacionalidad, a
la patria.
El buen gobernante prolonga el pasado en el
futuro y conduce la nación a novedades que tienen siempre
el aire, el estilo de la más rancia prosapia nacional.
No ha de hacer lo que él personalmente quiera, sino
lo que esté dentro de la línea histórica, dentro del
modo de ser nacional. En el gobierno de una nación
la voluntad individual es siempre capricho; y el capricho es
justamente el salto incomprensible, la incoherencia, la infidelidad, la falta
de estilo.
De un hombre cuyos actos sucesivos no tienen
la cohesión de una homogeneidad en la forma, en el
modo, en el estilo, decimos justamente que carece de personalidad,
que es infiel a su propio ser, que no tiene
ser o esencia propios, es decir, que es poco hombre.
Pues, del mismo modo, el nacionalismo, el patriotismo, el gobierno
patriótico de una nación, consisten esencialmente en la fidelidad del
pueblo y de los gobernantes al propio estilo secular, que
es la propia esencia eterna.
Y cuando acontece que un
pueblo comete grave infidelidad a su estilo propio, entonces, este
acto equivale a su suicidio como nación. La historia nos
ofrece algunos ejemplos de ello. Por el contrario, los pueblos
que en su vivir son siempre fieles a sí mismos,
a su estilo nacional, pueden aguantar impávidos las más borrascosas
vicisitudes de la historia y son capaces incluso de absorber,
digerir, asimilar, nacionalizar, en suma, a sus propios conquistadores.
Pero
si la perpetuación del estilo nacional es la condición primaria
y fundamental para la existencia y persistencia de una nación;
si la falta más grave que un gobernante puede cometer
es la ruptura con la tradición del estilo nacional, esto
no quiere decir que nacionalismo y gobierno nacionalista equivalgan a
estancamiento, inmovilidad, y menos a un retroceso. Desde nuestro punto
de vista, la palabra tradición adquiere ahora un sentido claro,
transparente, inequívoco.
Tradición es, en realidad, la transmisión del «estilo»
nacional de una generación a otra. No es, pues, la
perpetuación del pasado; no significa la repetición de los mismos
actos en quietud durmiente; no consiste en seguir haciendo o
en volver a hacer «las mismas cosas». La tradición, como
transmisión del estilo nacional, consiste en hacer todas las cosas
nuevas que sean necesarias, convenientes, útiles; pero en el viejo,
en el secular estilo de la nación, de la hispanidad
eterna.
El tradicionalismo no significa, pues, ni estancamiento ni reacción;
no representa hostilidad al progreso, sino que consiste en que
todo el progreso nacional haya de llevar en cada uno
de sus momentos y elementos el cuño y estilo que
definen la esencia de la nacionalidad.
España es, pues, un
estilo, como toda auténtica nación. Hay en la nación española,
sin duda, cierta afinidad de raza entre sus componentes humanos;
hay en la nación española un idioma común, un territorio
común, un pasado común, «glorias y remordimientos» comunes, un porvenir
común; y, sin duda, también cada día la unidad nacional
se manifiesta en la íntima adhesión que cada buen español
tributa al pasado, al presente y al porvenir de España.
Pero todos esos contenidos de la nacionalidad no son la
nacionalidad misma. La nacionalidad se cifra y compendia en el
«estilo», en cierto «modo de ser» que por igual ostentan
todos y cada uno de los hechos, de las cosas,
de los productos españoles. Ahora se nos plantea, pues, la
segunda parte de nuestro empeño. ¿Cuál es ese estilo hispánico?
¿En qué consiste el estilo propio de la hispanidad? Problema
difícil y aún diríamos, en puridad, imposible de resolver.
Porque
los conceptos de que nos valemos para definir algo, aplícanse
bien a las «cosas», a los «seres»; pero no pueden
servir para aprehender un estilo; el cual no es ni
cosa ni ser, sino un «modo» de las cosas, un
modo del ser. Por eso, ni siquiera intentaremos « definir
» el estilo español y habremos de limitarnos al esfuerzo
de «mostrarlo», de hacerlo intuitivo, mediante un símbolo que lo
manifieste. A mi parecer, la imagen intuitiva que mejor simboliza
la esencia de la hispanidad es la figura del caballero
cristiano.
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