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| La soberanía popular |
La soberanía popular - un optimismo sin
fundamento. Consideraciones heterodoxas entorno a una cuestión irresuelta
Resumen: El
optimismo liberal es un sucedáneo de la virtud de la
esperanza. Hay que aceptar el escándalo de la Cruz.Y la
defensa de la tradición política no es otra cosa. Es
falaz la creencia de que puedan mantenerse efectivamente separados el
liberalismo político y económico del liberalismo moral y religioso. Además,
sin "obediencia de la fe" son vanas -por imposibles- las
apelaciones a "principios éticos compartidos". A esa creencia se debe
nolens-volens la sacralización de la soberanía "popular", de sus instrumentos
(constitución inorgánica, sufragio universal) y sus hábiles "instrumentadores" (partidos políticos).
Los católicos que se unen para hacer frente a esta
impostura no pueden hacerlo sin inquietar ni chocar a nadie.
Pero la libertad de pensamiento ¿existe todavía en las democracias?
Así, en nombre de la legitimación democrática un consenso multisecular
(la tradición) se pone a libre disposición de las simples
fuerzas del presente . Si éstas son el criterio de
unión política, la política se reduce a geometría, al cálculo
astuto de espacios de poder. El bien común sin embargo
es un bien arduo , que -como tal- necesita ser
defendido contra las simplificaciones reduccionistas. La "tradición" es para la
sociedad lo que la "memoria" es para el individuo. El
olvido individual y colectivo de Dios es el olvido de
que el hombre tiene un fin. Poco eficaz se muestran
los discursos bonitos cuando falte en la actuación de los
católicos en la vida pública todo serio empeño colectivo de
"instaurar todo en Cristo", también el orden político, empeño que
por tanto no se puede limitar a la mera "idea"
de una instancia social directiva (la doctrina católica). Si no
hay voluntad decidida de recuperar el sano orgullo y convencimiento
de que sin "autoridades" la "masa" se queda sin fermentar,
la tradición política católica no puede ejercer de "contrapeso"al Estado.
Consta que sólo tal "contrapeso" constituye una limitación efectiva a
los abusos del régimen de la "soberanía popular". Las formas
democráticas de gobierno son por su propia índole negadoras de
la soberanía de Dios. Los católicos, de cara a la
vida pública, no tienen derecho de claudicar los derechos supremos
de Dios. La concepción actual del cometido de la política
es signo inequívoco de que la pugna de las ideas
no ha ido más allá del economicismo.
Hay gente de
muy buena fe que confunde la esperanza con el optimismo.
El optimismo casi siempre es una forma muy sutil de
egoísmo, una manera de desolidarizarse de la desgracia ajena. En
católico, dicha falta de solidaridad, que es el optimismo, está
hecha carne y hueso en un orden político donde la
neutralidad religiosa, que es animadversión encubierta, ha institucionalizado la dificultad
de alcanzar la salvación eterna. ¿Por qué entonces la adhesión
subreptica de los católicos a los principios y modos del
liberalismo político y económico? ¿No será que tantos católicos guerrilleros
de lo que llaman el "mal menor" son alegres anfitriones
de ese pecado de optimismo sin fundamento? Cuando las democracias
hayan hecho triunfar, incluso con la guerra, su versión de
libertad y justicia en el mundo, ¿qué quedará de la
cristiandad? Porque cuando no son según Cristo, estos bienes humanos
se vuelven animal rabioso.
A mi juicio ese optimismo, insolidario,
no es sino un sucedáneo de la esperanza, y puede
encontrarse en cualquier parte. La esperanza, en cambio, se conquista.
No se llega a la esperanza sino a través de
la verdad, al precio de grandes esfuerzos y de larga
paciencia. Esta es la postura del catolicismo tradicional, que no
espera tanto de la libertad el engendramiento de la verdad,
sino justo al revés, sabe que sólo la Verdad nos
hará libres: in veritate libertas . Por ello acepta sin
vacilaciones el carácter de escándalo de la cruz; mas, el
mismo Dios en la cruz. Y no podemos esperar razonablemente
que esa verdad de fe nos haga merecer la ‘cruz’
de la Legión de Honor. Quien se abre indiferentemente a
la verdad como a la falsedad está maduro, una vez
más, para cualquier tiranía. La pasión por la libertad ha
de ir a la par con la pasión por la
verdad. Hoy, la propaganda mediática, con su desarrollo gigantesco, esta
empresa universal de atontamiento, prueba lo que quiere y se
acepta más o menos pasivamente lo que propone. Se miente
con una desvergüenza tal que ya no se trata ni
siquiera de abusar de la opinión pública, porque la opinión
pública ya no es abusada por semejantes mentiras. Está tan
desganada de la verdad que ya no tiene interés en
conocerla, sin más. Sin duda, esta indiferencia oculta más bien
una fatiga. El hombre liberal ya no se compromete porque
ya no tiene nada que comprometer. Pero el caballero católico
tradicional, confrontado con la verdad y la mentira, el bien
y el mal, siempre está dispuesto a comprometer su alma,
es decir, de arriesgar su salud temporal a favor de
la eterna, porque la creencia metafísica en él es una
fuente inagotable de energía. Los mundanos -por cierto- no quieren
más que verdades tranquilizadoras. Pero la verdad no tranquiliza: compromete.
El optimismo -según la certera apreciación de Bernanos- es una
"falsa esperanza para uso de los cobardes y de los
imbéciles" (1). He aquí la tentación del catolicismo liberal posrevolucionario,
que encontró su lamentable confirmación en las enseñanzas del Concilio
Vaticano II. El distanciamiento doctrinal entre los dos concilios vaticanos
encuentra su perfecta analogía en el distanciamiento de la doctrina
política de los pontífices posconcilares del tradicional rechazo del liberalismo
y del modernismo, por Pío IX y Pío X respectivamente.
Es la tentación de los cristianos demasiado optimistas, aterrados además
ante la idea de que puede tenérseles por reaccionarios. Sin
darse cuenta, dan síntomas de la misma ceguera, y cometen
la misma falta que ese clero del siglo XIX que,
en nombre de la paz y del orden, terminaba reconociéndole
a la burguesía -y después al pueblo- una especie de
derecho divino. Estamos ante nada menos que la sacralización de
la soberanía "popular", de sus instrumentos (constitución inorgánica, sufragio universal)
y sus hábiles "instrumentadores" (partidos políticos). Los católicos liberales al
parecer están padeciendo un complejo agudo de inferioridad, complejo que
les produce una especie de atrofia del juicio y de
la voluntad frente a la civilización moderna. El poder material
de ésta ha estado alucinando su imaginación desde la infancia.
Y su propaganda los alimenta día y noche. Muy pronto,
como cualquier hombre sin fe, serán absolutamente incapaces de concebir
otra distinta. Y conste, esta civilización del optimismo ¡no es
precisamente optimismo lo que engendra! El hombre liberal-progresista es una
especie de anormal, un enfermo que no es capaz de
gozar de nada sino al precio de los mayores esfuerzos,
y que tiene una súbita voracidad de todo porque no
tiene realmente hambre de nada.
Por eso hay que darse
prisa en salvar al hombre, porque mañana no podrá ser
salvado, por la sencilla razón de que no querrá (2).
Qué candidez, de ciertos ambientes católicos, pensar que una vez
equipado el planeta -según las mejores técnicas- con este homo
sapiens-consumens , siempre habría tiempo para convertirlo y bautizarlo, es
decir, para devolverle lo que le falta. ¡Error profundo! Estoy
firmemente convencido de que el catolicismo liberal defiende -y hasta
refuerza- una civilización perdida, porque la nuestra es -para recordar
una expresión feliz de Chesterton- una civilización cristiana que se
ha vuelto loca; y cada día comprendemos mejor que esta
locura es una locura furibunda, el delirium tremens .
Dos encíclicas
emblemáticas, la Cuanta Cura (y Syllabus) del beato Pío IX
y la Pascendi de san Pío X, permiten entender, al
que pueda o quiera, el triste final, inevitable, de la
trayectoria de la "democracia cristiana", que con el fin de
hacer las paces con la Revolución (no sólo francesa) arrancó
de "optimistas" como Lamennais, Lacordaire, Montalembert o Dupanloup en Francia,
y que está expirando por momentos (los ejemplos de Italia,
Alemania, el PP español lo confirman). A la hora de
estudiar con rigor este camino de confusión, no hay exageración
en afirmar que el conocimiento de las relaciones doctrinales y
electorales habidas entre Cristianismo y Revolución, desde las primeras horas
de la Revolución francesa, es de inmenso valor aleccionador para
la actual "inteligencia" católica, no sólo en España.
Dos concepciones
diferentes del hombre, el optimismo ilustrado (que presupone un ecepticismo
religioso variopinto) y el "realismo" católico (que parte de la
realidad -nada luterana- del pecado original), engendran dos diferentes sistemas
políticos. La primera acaba en reemplazar la autoridad de lo
alto por la autoridad de aquí abajo, que -en última
instancia- acaba con toda autoridad.
En el caso español, el
conflicto entre ambas lo reflejan cabalmente la involución del pensamiento
político de Donoso, pero también la de Maeztu ( mutatis
mutandis , desde liberal convencido hasta monárquico tradicional). Evidentemente, un
Dios desterrado en el Cielo y apartado de la vida
social y política, de Dios no tiene nada: "Negando Dios
-escribe F. Suárez-, fuente y origen de toda autoridad, la
más elemental lógica exige una negación igual de radical de
cualquier autoridad" (3). Es decir, sin "obediencia de la fe"
son vanas -por imposibles- las apelaciones a "principios éticos compartidos",
pura ilusión trasnochada del racionalismo típicamente ilustrado.
En esto estamos.
Bastaría con leer atentamente el lúcido análisis de la actual
"crisis de gobernabilidad" realizado por A. Llano, que sin embargo
no llega al fondo de la cuestión(4). Porque es el
"espíritu revolucionario", la anti -tradición, que es tal "crisis" por
excelencia. La revolución inglesa, la americana, e incluso la francesa
sólo fueron su vanguardia. Fue decisiva sin embargo esta última
porque dividió por primera vez el conjunto de la población,
dividiendo también a ciertos católicos, sobre todo de los estratos
más afectos a las ideas ilustradas.
Esa incipiente falta de
cohesión política de los católicos tuvo que padecer también, de
un modo análogo, y con el preámbulo anterior de las
tres guerras legitimistas, carlistas (monarquía tradicional vs. liberal), una España
acéfala desde abril de 1931 (5), dando ocasión a que
se desencadenara la triste dinámica de la revolución política y
socio-cultural, que llevó a la -por ahora- última victoria de
la tradición sobre la revolución, en 1939, aunque fuera a
la postre traicionada, una vez más, por los propios católicos.
En la historia posrevolucionaria, resulta que el binomio "católicos y
vida pública" se articula estérilmente en los términos de la
creencia, siempre falaz, de que puedan mantenerse efectivamente separados el
liberalismo político y económico del liberalismo moral (filosófico) y religioso
(teológico). Como quiera que sea, me parece indudable -escribe también
M. Ayuso- que el fervor religioso y el compromiso político
han sido siempre convertibles, y cualquiera que fuera la precedencia
en el tiempo -ontológicamente no admite duda la primacía-, una
mutación en cualquiera de los términos ha concluido siempre por
afectar al otro (6). Por tanto no cabe sistema de
reconciliación posible entre "revolución" y "tradición". Los católicos liberales, sin
embargo, ignoran que los sistemas liberal-constitucionales, con sus partidos y
disfraz parlamentario, no existen más que para hacernos creer que
esa conciliación fuera realizable.
Por supuesto, en la tradicional alianza
entre trono y altar, no hay que disimular las dificultades.
"Pero existe la manera -así lo entiende todo la doctrina
política tradiconal, con palabras de R. Harvard de la Montagne-
que sabe no ser coercitivo, ni arrogante, ni violenta. Sin
faltar además a los consejos de la tolerancia que la
prudencia dicta para los tiempos y países donde la unidad
religiosa se ha roto. Esta tolerancia civil (sin embargo) no
se confunde con el liberalismo, que confía el cuidado de
arreglar todas los litigios solamente a la libertad" (7). A
parte de la insuficiencia de la fundamentación doctrinal liberal, todos
los inconvenientes de la unión trono-altar, resumiendo un documento del
Cardenal Billot, "prueban que la perversidad del hombre corrompe a
menudo las instituciones divinas, de lo cual no se deduce
que éstas deben ser repudiadas ". Además los falsificadores de
la historia "se contentan con enumerar los males del régimen
de unión sin decir los inmensos bienes (mútuamente derivados, y)
nada dicen de los numerosos males que resultan del régimen
de separación. ¡Cuánta es, en fin, la incoherencia del liberalismo
católico cuando propone como remedio la libertad, inclinada a la
irreligión, pronta al mal y causa de todo mal!" (idem,
p.51).
Los hechos cantan, porque hoy por hoy la irreligión
es un fenómeno social ampliamente reconocido. Por cierto, la doctrina
político-societaria hasta Pio XII todavía fue otro cantar. Por ello
la tradición de la Iglesia juega un papel inmenso. Lo
jugará tarde o temprano, se verá forzado a jugarlo. Pues
la Iglesia católica ya ha condenado a la Modernidad como
ideología , en un tiempo que era todavía difícil comprender
los razones de la condena que ahora justifican los hechos
todos los días. El famoso Syllabus , por ejemplo, del
que los cristianos demócratas son demasiado cobardes para atreverse a
hablar jamás, ha pasado por una especie de manifestación puramente
reaccionaria. Hoy sin embargo aparece como profética .La tiranía no
está detrás de nosotros, sino delante, y necesitamos hacerla frente,
ahora o nunca . A mi juicio, el problema aquí
es que la doctrina "social" de la Iglesia, vista en
su integridad histórica, ofrece justificaciones para la postura tradicional como
para su contraria, al menos desde su giro copernicano hacia
los principios revolucionarios.
Y, por cierto, ante este giro no
cabe el optimismo sino -en todo caso- una actitud de
"esperanza contra toda esperanza". Porque, al contrario del optimismo, la
esperanza no es una "complacencia". Es la más grande y
difícil victoria que un hombre puede conseguir sobre su alma;
es una virtud, virtus , una determinación heróica del alma.
Y la forma más alta de esperanza es la desesperación
superada . Sólo ella tiene fuerza legitimadora para vencer al
pesimismo, que por defecto de la esperanza sería consecuencia ineludible
de una lúcida observación de la marcha de la civilización
occidental hacia la barbarie (8). En otras palabras, para un
caballero católico, sólo esta "determinación heróica" tiene título de antídoto
eficaz del pesimismo, ante el imperio de las fuerzas del
Maligno. Todos sabemos que la descristianización de Europa se ha
hecho poco a poco. Europa se ha descristianizado como un
organismo se desvitaminiza. Un hombre que se desvitaminiza puede guardar
por mucho tiempo las apariencias de una salud normal .
He ahí el problema también de los católicos liberales que,
con las excepciones que confirman la regla, sufren un proceso
de desvitaminización imparable.
Ahora bien, en situaciones difíciles, la esperanza
tiene que unirse al coraje desesperado, a la energía desesperada.
Es precisamente esta clase de coraje y energía la que
hoy necesitan los católicos, para reconquistar la vida pública. He
aquí la postura del catolicismo tradicional, tan hostigado, ya no
desde fuera sino desde dentro de la Iglesia. La presión
del "pensamiento único", de lo políticamente correcto , impera también
entre los católicos, láicos o no. No obstante, creo firmemente
que los católicos de hoy necesitamos justamente ese coraje para
actuar. Lo necesitamos también para pensar. Los católicos que se
unen para hacer frente al gran impostor no pueden hacerlo
sin inquietar ni chocar a nadie . A una gran
causa corresponde una disposición al riesgo de igual magnitud. Pero
la disposición de correr grandes riesgos siempre fue virtud solitaria
de los magnánimos, de las élites, no sólo de cabeza
sino también de corazón (9).
En concreto, quiero referirme al
riesgo de pensar y actuar. El pensamiento de una nación
como la española es inseparable de su probada fidelidad a
la tradición católica. He ahí también su vocación histórica (10).
No es en absoluto la suma de las opiniones contradictorias
de cien mil intelectuales que piensan. No se trata por
tanto de distinguir entre pensamiento católico y fuerza católica, puesto
que es nuestro pensamiento el que justifica nuestra fuerza ,
en la acción, especialmente la pública y política. Pero la
libertad de pensamiento ¿existe todavía en las democracias? Está inscrita
en sus programas; pero sería preciso estar loco para no
ver que el ciudadano de las democracias lo usa cada
vez menos. Este mundo no se está construyendo, por mucho
que quisieran hacérnoslo creer. No se está construyendo, sólo da
la impresión de construirse porque en él se trunca, mutila
y suprime todo lo que pertenecía antaño al hombre libre.
No percibir esto significa no entender el altercado profundo en
la concepción de Europa, que hace sólo unos veinte años
ha terminado por imponerse también en España (11); altercado en
definitiva en la consideración de cuáles son instancias directivas en
la vida social, tanto a nivel de una comunidad política,
como es España, como considerado globalmente el plexo de las
naciones y pueblos. Dicha consideración está en estricta correlación con
otra referida a la historia, su significado y papel para
la vida social, porque las diferentes práxis humanas (sociales) son
fruto de un largo caminar histórico y, a la vez,
son el surco que abre el presente, condicionante del futuro,
para bien y para mal, sin necesidad de hablar de
determinismos . El olvido del estatuto ‘trascendental’ de la historia
conduce a graves desequilibrios a la hora de enfocar, individual
o colectivamente, las acciones por acometer. En el ámbito político,
esto es especialmente grave, cuando en nombre de la legitimación
democrática -que de hecho se traduce y reduce al juego
caprichoso de la mayorías parlamentarias de cada momento- un consenso
multisecular (la tradición) se pone a libre disposición de las
simples fuerzas del presente . Y por ese mismo reduccionismo
han de calificarse de arbitrarias (12). Para esa ideología, antropocéntrica
, lo que importa es hacer irreversible la experiencia liberal-democrática
, destruyendo así al ‘hombre cristiano’. Es hacer al mundo
de mañana tan inhabitable para el cristiano como el de
la época glaciar para el mamut. La civilización europea in
profundis , la Cristiandad, cede a medida que aumenta desmesuradamente
por todas partes el número de hombres envilecidos y desnaturalizados,
desconocedores de los principios de la ley divina natural, para
los que la civilización cristiana no es un deber con
respecto al pasado, ni una carga necesaria de cara al
futuro. Para ellos, civilización no es más que el agregado
de derechos, goces y provechos. Su multiplicación es la señal
de una crisis universal, coincidiendo precisamente con el hundimiento de
los cimientos espirituales e intelectuales.
Por supuesto, el tradicional edificio
político de la Cristiandad, este monumento ilustre tuvo que sufrir
el primero, más peligrosamente que ningún otro, las consecuencias de
semejante cataclismo, porque era una obra de arte de dimensiones
afortunadas, en nada comparable con las simplificaciones propias de la
ideología de la soberanía "popular", incapaz de admirar las grandezas
del pasado, es decir, incapaz de reconocer que la civilización
de hoy no es necesariamente superior a la de ayer.
He aquí un profundo desajuste en la consideración de las
dimensiones temporales (pasado, presente, futuro) constitutivas de toda "unión política".
Si el criterio de unión política son las simples fuerzas
del presente, la política se reduce a geometría, al cálculo
astuto de espacios de poder, muy propio del régimen de
partidos políticos. Tal régimen, pese a sus apariencias contrarias, agota
su legitimidad en el simple nivel pasional-sentimental del hombre, porque
no hay nada más transitorio (13) que pasiones y sentimientos.
Frente a esta consideración antropológicamente unilateral -y social y políticamente
esteril- se alza la tradición política católica. Frente al astuto
cálculo político de las "pasiones en presencia" se sitúa una
realidad política multisecular, emanada del magisterio, de la mística y
la ascética católicas, que el establishment "políticamente correcto" suele o
condenar al silencio, por falta de tolerancia, o tachar de
"fascista", por falta de compenetración intelectual (14).
Ocurre que el
sentido común -político- se ha puesto "patas arriba". Porque, ciertamente,
el hecho de tomar en serio las conquistas del pasado,
al margen de los vaivenes de las "pasiones en presencia",
no significa otra cosa que estar realmente abierto a un
futuro mejor. No hay trascendencia (capacidad de futuro) sin el
amor o respeto a la tradición (presencia del pasado), no
sólo a la religiosa y moral, sino también a la
política del catolicismo. La capacidad creativa (de futuro) de la
monarquía tradicional fue precisamente su vinculación a la doctrina católica.
De ahí también su capacidad histórica de trascender el miope
anhelo del escurridizo "interés" común, porque el bonum honestum (el
progreso en virtudes, que son bienes internos ) no se
identifica con el bonum utile (el progreso en cosas, bienes
externos ), si bien ambas categorías de bien no han
de excluirse por naturaleza.
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