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La Política Cristiana en la Historia | tema
Autor: Dr. Andreas Böhmler | Fuente: www.arbil.org
La soberanía popular
La soberanía popular - un optimismo sin fundamento. Consideraciones heterodoxas entorno a una cuestión irresuelta
 
La soberanía popular
La soberanía popular


La soberanía popular - un optimismo sin fundamento. Consideraciones heterodoxas entorno a una cuestión irresuelta


Resumen: El optimismo liberal es un sucedáneo de la virtud de la esperanza. Hay que aceptar el escándalo de la Cruz.Y la defensa de la tradición política no es otra cosa. Es falaz la creencia de que puedan mantenerse efectivamente separados el liberalismo político y económico del liberalismo moral y religioso. Además, sin "obediencia de la fe" son vanas -por imposibles- las apelaciones a "principios éticos compartidos". A esa creencia se debe nolens-volens la sacralización de la soberanía "popular", de sus instrumentos (constitución inorgánica, sufragio universal) y sus hábiles "instrumentadores" (partidos políticos). Los católicos que se unen para hacer frente a esta impostura no pueden hacerlo sin inquietar ni chocar a nadie. Pero la libertad de pensamiento ¿existe todavía en las democracias? Así, en nombre de la legitimación democrática un consenso multisecular (la tradición) se pone a libre disposición de las simples fuerzas del presente . Si éstas son el criterio de unión política, la política se reduce a geometría, al cálculo astuto de espacios de poder. El bien común sin embargo es un bien arduo , que -como tal- necesita ser defendido contra las simplificaciones reduccionistas. La "tradición" es para la sociedad lo que la "memoria" es para el individuo. El olvido individual y colectivo de Dios es el olvido de que el hombre tiene un fin. Poco eficaz se muestran los discursos bonitos cuando falte en la actuación de los católicos en la vida pública todo serio empeño colectivo de "instaurar todo en Cristo", también el orden político, empeño que por tanto no se puede limitar a la mera "idea" de una instancia social directiva (la doctrina católica). Si no hay voluntad decidida de recuperar el sano orgullo y convencimiento de que sin "autoridades" la "masa" se queda sin fermentar, la tradición política católica no puede ejercer de "contrapeso"al Estado. Consta que sólo tal "contrapeso" constituye una limitación efectiva a los abusos del régimen de la "soberanía popular". Las formas democráticas de gobierno son por su propia índole negadoras de la soberanía de Dios. Los católicos, de cara a la vida pública, no tienen derecho de claudicar los derechos supremos de Dios. La concepción actual del cometido de la política es signo inequívoco de que la pugna de las ideas no ha ido más allá del economicismo.




Hay gente de muy buena fe que confunde la esperanza con el optimismo. El optimismo casi siempre es una forma muy sutil de egoísmo, una manera de desolidarizarse de la desgracia ajena. En católico, dicha falta de solidaridad, que es el optimismo, está hecha carne y hueso en un orden político donde la neutralidad religiosa, que es animadversión encubierta, ha institucionalizado la dificultad de alcanzar la salvación eterna. ¿Por qué entonces la adhesión subreptica de los católicos a los principios y modos del liberalismo político y económico? ¿No será que tantos católicos guerrilleros de lo que llaman el "mal menor" son alegres anfitriones de ese pecado de optimismo sin fundamento? Cuando las democracias hayan hecho triunfar, incluso con la guerra, su versión de libertad y justicia en el mundo, ¿qué quedará de la cristiandad? Porque cuando no son según Cristo, estos bienes humanos se vuelven animal rabioso.

A mi juicio ese optimismo, insolidario, no es sino un sucedáneo de la esperanza, y puede encontrarse en cualquier parte. La esperanza, en cambio, se conquista. No se llega a la esperanza sino a través de la verdad, al precio de grandes esfuerzos y de larga paciencia. Esta es la postura del catolicismo tradicional, que no espera tanto de la libertad el engendramiento de la verdad, sino justo al revés, sabe que sólo la Verdad nos hará libres: in veritate libertas . Por ello acepta sin vacilaciones el carácter de escándalo de la cruz; mas, el mismo Dios en la cruz. Y no podemos esperar razonablemente que esa verdad de fe nos haga merecer la ‘cruz’ de la Legión de Honor. Quien se abre indiferentemente a la verdad como a la falsedad está maduro, una vez más, para cualquier tiranía. La pasión por la libertad ha de ir a la par con la pasión por la verdad. Hoy, la propaganda mediática, con su desarrollo gigantesco, esta empresa universal de atontamiento, prueba lo que quiere y se acepta más o menos pasivamente lo que propone. Se miente con una desvergüenza tal que ya no se trata ni siquiera de abusar de la opinión pública, porque la opinión pública ya no es abusada por semejantes mentiras. Está tan desganada de la verdad que ya no tiene interés en conocerla, sin más. Sin duda, esta indiferencia oculta más bien una fatiga. El hombre liberal ya no se compromete porque ya no tiene nada que comprometer. Pero el caballero católico tradicional, confrontado con la verdad y la mentira, el bien y el mal, siempre está dispuesto a comprometer su alma, es decir, de arriesgar su salud temporal a favor de la eterna, porque la creencia metafísica en él es una fuente inagotable de energía. Los mundanos -por cierto- no quieren más que verdades tranquilizadoras. Pero la verdad no tranquiliza: compromete.

El optimismo -según la certera apreciación de Bernanos- es una "falsa esperanza para uso de los cobardes y de los imbéciles" (1). He aquí la tentación del catolicismo liberal posrevolucionario, que encontró su lamentable confirmación en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. El distanciamiento doctrinal entre los dos concilios vaticanos encuentra su perfecta analogía en el distanciamiento de la doctrina política de los pontífices posconcilares del tradicional rechazo del liberalismo y del modernismo, por Pío IX y Pío X respectivamente. Es la tentación de los cristianos demasiado optimistas, aterrados además ante la idea de que puede tenérseles por reaccionarios. Sin darse cuenta, dan síntomas de la misma ceguera, y cometen la misma falta que ese clero del siglo XIX que, en nombre de la paz y del orden, terminaba reconociéndole a la burguesía -y después al pueblo- una especie de derecho divino. Estamos ante nada menos que la sacralización de la soberanía "popular", de sus instrumentos (constitución inorgánica, sufragio universal) y sus hábiles "instrumentadores" (partidos políticos). Los católicos liberales al parecer están padeciendo un complejo agudo de inferioridad, complejo que les produce una especie de atrofia del juicio y de la voluntad frente a la civilización moderna. El poder material de ésta ha estado alucinando su imaginación desde la infancia. Y su propaganda los alimenta día y noche. Muy pronto, como cualquier hombre sin fe, serán absolutamente incapaces de concebir otra distinta. Y conste, esta civilización del optimismo ¡no es precisamente optimismo lo que engendra! El hombre liberal-progresista es una especie de anormal, un enfermo que no es capaz de gozar de nada sino al precio de los mayores esfuerzos, y que tiene una súbita voracidad de todo porque no tiene realmente hambre de nada.

Por eso hay que darse prisa en salvar al hombre, porque mañana no podrá ser salvado, por la sencilla razón de que no querrá (2). Qué candidez, de ciertos ambientes católicos, pensar que una vez equipado el planeta -según las mejores técnicas- con este homo sapiens-consumens , siempre habría tiempo para convertirlo y bautizarlo, es decir, para devolverle lo que le falta. ¡Error profundo! Estoy firmemente convencido de que el catolicismo liberal defiende -y hasta refuerza- una civilización perdida, porque la nuestra es -para recordar una expresión feliz de Chesterton- una civilización cristiana que se ha vuelto loca; y cada día comprendemos mejor que esta locura es una locura furibunda, el delirium tremens .

Dos encíclicas emblemáticas, la Cuanta Cura (y Syllabus) del beato Pío IX y la Pascendi de san Pío X, permiten entender, al que pueda o quiera, el triste final, inevitable, de la trayectoria de la "democracia cristiana", que con el fin de hacer las paces con la Revolución (no sólo francesa) arrancó de "optimistas" como Lamennais, Lacordaire, Montalembert o Dupanloup en Francia, y que está expirando por momentos (los ejemplos de Italia, Alemania, el PP español lo confirman). A la hora de estudiar con rigor este camino de confusión, no hay exageración en afirmar que el conocimiento de las relaciones doctrinales y electorales habidas entre Cristianismo y Revolución, desde las primeras horas de la Revolución francesa, es de inmenso valor aleccionador para la actual "inteligencia" católica, no sólo en España.

Dos concepciones diferentes del hombre, el optimismo ilustrado (que presupone un ecepticismo religioso variopinto) y el "realismo" católico (que parte de la realidad -nada luterana- del pecado original), engendran dos diferentes sistemas políticos. La primera acaba en reemplazar la autoridad de lo alto por la autoridad de aquí abajo, que -en última instancia- acaba con toda autoridad.

En el caso español, el conflicto entre ambas lo reflejan cabalmente la involución del pensamiento político de Donoso, pero también la de Maeztu ( mutatis mutandis , desde liberal convencido hasta monárquico tradicional). Evidentemente, un Dios desterrado en el Cielo y apartado de la vida social y política, de Dios no tiene nada: "Negando Dios -escribe F. Suárez-, fuente y origen de toda autoridad, la más elemental lógica exige una negación igual de radical de cualquier autoridad" (3). Es decir, sin "obediencia de la fe" son vanas -por imposibles- las apelaciones a "principios éticos compartidos", pura ilusión trasnochada del racionalismo típicamente ilustrado.

En esto estamos. Bastaría con leer atentamente el lúcido análisis de la actual "crisis de gobernabilidad" realizado por A. Llano, que sin embargo no llega al fondo de la cuestión(4). Porque es el "espíritu revolucionario", la anti -tradición, que es tal "crisis" por excelencia. La revolución inglesa, la americana, e incluso la francesa sólo fueron su vanguardia. Fue decisiva sin embargo esta última porque dividió por primera vez el conjunto de la población, dividiendo también a ciertos católicos, sobre todo de los estratos más afectos a las ideas ilustradas.

Esa incipiente falta de cohesión política de los católicos tuvo que padecer también, de un modo análogo, y con el preámbulo anterior de las tres guerras legitimistas, carlistas (monarquía tradicional vs. liberal), una España acéfala desde abril de 1931 (5), dando ocasión a que se desencadenara la triste dinámica de la revolución política y socio-cultural, que llevó a la -por ahora- última victoria de la tradición sobre la revolución, en 1939, aunque fuera a la postre traicionada, una vez más, por los propios católicos.

En la historia posrevolucionaria, resulta que el binomio "católicos y vida pública" se articula estérilmente en los términos de la creencia, siempre falaz, de que puedan mantenerse efectivamente separados el liberalismo político y económico del liberalismo moral (filosófico) y religioso (teológico). Como quiera que sea, me parece indudable -escribe también M. Ayuso- que el fervor religioso y el compromiso político han sido siempre convertibles, y cualquiera que fuera la precedencia en el tiempo -ontológicamente no admite duda la primacía-, una mutación en cualquiera de los términos ha concluido siempre por afectar al otro (6). Por tanto no cabe sistema de reconciliación posible entre "revolución" y "tradición". Los católicos liberales, sin embargo, ignoran que los sistemas liberal-constitucionales, con sus partidos y disfraz parlamentario, no existen más que para hacernos creer que esa conciliación fuera realizable.

Por supuesto, en la tradicional alianza entre trono y altar, no hay que disimular las dificultades. "Pero existe la manera -así lo entiende todo la doctrina política tradiconal, con palabras de R. Harvard de la Montagne- que sabe no ser coercitivo, ni arrogante, ni violenta. Sin faltar además a los consejos de la tolerancia que la prudencia dicta para los tiempos y países donde la unidad religiosa se ha roto. Esta tolerancia civil (sin embargo) no se confunde con el liberalismo, que confía el cuidado de arreglar todas los litigios solamente a la libertad" (7). A parte de la insuficiencia de la fundamentación doctrinal liberal, todos los inconvenientes de la unión trono-altar, resumiendo un documento del Cardenal Billot, "prueban que la perversidad del hombre corrompe a menudo las instituciones divinas, de lo cual no se deduce que éstas deben ser repudiadas ". Además los falsificadores de la historia "se contentan con enumerar los males del régimen de unión sin decir los inmensos bienes (mútuamente derivados, y) nada dicen de los numerosos males que resultan del régimen de separación. ¡Cuánta es, en fin, la incoherencia del liberalismo católico cuando propone como remedio la libertad, inclinada a la irreligión, pronta al mal y causa de todo mal!" (idem, p.51).

Los hechos cantan, porque hoy por hoy la irreligión es un fenómeno social ampliamente reconocido. Por cierto, la doctrina político-societaria hasta Pio XII todavía fue otro cantar. Por ello la tradición de la Iglesia juega un papel inmenso. Lo jugará tarde o temprano, se verá forzado a jugarlo. Pues la Iglesia católica ya ha condenado a la Modernidad como ideología , en un tiempo que era todavía difícil comprender los razones de la condena que ahora justifican los hechos todos los días. El famoso Syllabus , por ejemplo, del que los cristianos demócratas son demasiado cobardes para atreverse a hablar jamás, ha pasado por una especie de manifestación puramente reaccionaria. Hoy sin embargo aparece como profética .La tiranía no está detrás de nosotros, sino delante, y necesitamos hacerla frente, ahora o nunca . A mi juicio, el problema aquí es que la doctrina "social" de la Iglesia, vista en su integridad histórica, ofrece justificaciones para la postura tradicional como para su contraria, al menos desde su giro copernicano hacia los principios revolucionarios.

Y, por cierto, ante este giro no cabe el optimismo sino -en todo caso- una actitud de "esperanza contra toda esperanza". Porque, al contrario del optimismo, la esperanza no es una "complacencia". Es la más grande y difícil victoria que un hombre puede conseguir sobre su alma; es una virtud, virtus , una determinación heróica del alma. Y la forma más alta de esperanza es la desesperación superada . Sólo ella tiene fuerza legitimadora para vencer al pesimismo, que por defecto de la esperanza sería consecuencia ineludible de una lúcida observación de la marcha de la civilización occidental hacia la barbarie (8). En otras palabras, para un caballero católico, sólo esta "determinación heróica" tiene título de antídoto eficaz del pesimismo, ante el imperio de las fuerzas del Maligno. Todos sabemos que la descristianización de Europa se ha hecho poco a poco. Europa se ha descristianizado como un organismo se desvitaminiza. Un hombre que se desvitaminiza puede guardar por mucho tiempo las apariencias de una salud normal . He ahí el problema también de los católicos liberales que, con las excepciones que confirman la regla, sufren un proceso de desvitaminización imparable.

Ahora bien, en situaciones difíciles, la esperanza tiene que unirse al coraje desesperado, a la energía desesperada. Es precisamente esta clase de coraje y energía la que hoy necesitan los católicos, para reconquistar la vida pública. He aquí la postura del catolicismo tradicional, tan hostigado, ya no desde fuera sino desde dentro de la Iglesia. La presión del "pensamiento único", de lo políticamente correcto , impera también entre los católicos, láicos o no. No obstante, creo firmemente que los católicos de hoy necesitamos justamente ese coraje para actuar. Lo necesitamos también para pensar. Los católicos que se unen para hacer frente al gran impostor no pueden hacerlo sin inquietar ni chocar a nadie . A una gran causa corresponde una disposición al riesgo de igual magnitud. Pero la disposición de correr grandes riesgos siempre fue virtud solitaria de los magnánimos, de las élites, no sólo de cabeza sino también de corazón (9).

En concreto, quiero referirme al riesgo de pensar y actuar. El pensamiento de una nación como la española es inseparable de su probada fidelidad a la tradición católica. He ahí también su vocación histórica (10). No es en absoluto la suma de las opiniones contradictorias de cien mil intelectuales que piensan. No se trata por tanto de distinguir entre pensamiento católico y fuerza católica, puesto que es nuestro pensamiento el que justifica nuestra fuerza , en la acción, especialmente la pública y política. Pero la libertad de pensamiento ¿existe todavía en las democracias? Está inscrita en sus programas; pero sería preciso estar loco para no ver que el ciudadano de las democracias lo usa cada vez menos. Este mundo no se está construyendo, por mucho que quisieran hacérnoslo creer. No se está construyendo, sólo da la impresión de construirse porque en él se trunca, mutila y suprime todo lo que pertenecía antaño al hombre libre.

No percibir esto significa no entender el altercado profundo en la concepción de Europa, que hace sólo unos veinte años ha terminado por imponerse también en España (11); altercado en definitiva en la consideración de cuáles son instancias directivas en la vida social, tanto a nivel de una comunidad política, como es España, como considerado globalmente el plexo de las naciones y pueblos. Dicha consideración está en estricta correlación con otra referida a la historia, su significado y papel para la vida social, porque las diferentes práxis humanas (sociales) son fruto de un largo caminar histórico y, a la vez, son el surco que abre el presente, condicionante del futuro, para bien y para mal, sin necesidad de hablar de determinismos . El olvido del estatuto ‘trascendental’ de la historia conduce a graves desequilibrios a la hora de enfocar, individual o colectivamente, las acciones por acometer. En el ámbito político, esto es especialmente grave, cuando en nombre de la legitimación democrática -que de hecho se traduce y reduce al juego caprichoso de la mayorías parlamentarias de cada momento- un consenso multisecular (la tradición) se pone a libre disposición de las simples fuerzas del presente . Y por ese mismo reduccionismo han de calificarse de arbitrarias (12). Para esa ideología, antropocéntrica , lo que importa es hacer irreversible la experiencia liberal-democrática , destruyendo así al ‘hombre cristiano’. Es hacer al mundo de mañana tan inhabitable para el cristiano como el de la época glaciar para el mamut. La civilización europea in profundis , la Cristiandad, cede a medida que aumenta desmesuradamente por todas partes el número de hombres envilecidos y desnaturalizados, desconocedores de los principios de la ley divina natural, para los que la civilización cristiana no es un deber con respecto al pasado, ni una carga necesaria de cara al futuro. Para ellos, civilización no es más que el agregado de derechos, goces y provechos. Su multiplicación es la señal de una crisis universal, coincidiendo precisamente con el hundimiento de los cimientos espirituales e intelectuales.

Por supuesto, el tradicional edificio político de la Cristiandad, este monumento ilustre tuvo que sufrir el primero, más peligrosamente que ningún otro, las consecuencias de semejante cataclismo, porque era una obra de arte de dimensiones afortunadas, en nada comparable con las simplificaciones propias de la ideología de la soberanía "popular", incapaz de admirar las grandezas del pasado, es decir, incapaz de reconocer que la civilización de hoy no es necesariamente superior a la de ayer. He aquí un profundo desajuste en la consideración de las dimensiones temporales (pasado, presente, futuro) constitutivas de toda "unión política". Si el criterio de unión política son las simples fuerzas del presente, la política se reduce a geometría, al cálculo astuto de espacios de poder, muy propio del régimen de partidos políticos. Tal régimen, pese a sus apariencias contrarias, agota su legitimidad en el simple nivel pasional-sentimental del hombre, porque no hay nada más transitorio (13) que pasiones y sentimientos. Frente a esta consideración antropológicamente unilateral -y social y políticamente esteril- se alza la tradición política católica. Frente al astuto cálculo político de las "pasiones en presencia" se sitúa una realidad política multisecular, emanada del magisterio, de la mística y la ascética católicas, que el establishment "políticamente correcto" suele o condenar al silencio, por falta de tolerancia, o tachar de "fascista", por falta de compenetración intelectual (14).

Ocurre que el sentido común -político- se ha puesto "patas arriba". Porque, ciertamente, el hecho de tomar en serio las conquistas del pasado, al margen de los vaivenes de las "pasiones en presencia", no significa otra cosa que estar realmente abierto a un futuro mejor. No hay trascendencia (capacidad de futuro) sin el amor o respeto a la tradición (presencia del pasado), no sólo a la religiosa y moral, sino también a la política del catolicismo. La capacidad creativa (de futuro) de la monarquía tradicional fue precisamente su vinculación a la doctrina católica. De ahí también su capacidad histórica de trascender el miope anhelo del escurridizo "interés" común, porque el bonum honestum (el progreso en virtudes, que son bienes internos ) no se identifica con el bonum utile (el progreso en cosas, bienes externos ), si bien ambas categorías de bien no han de excluirse por naturaleza.


 
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