 |
| La soberanía popular 2 |
La tradición aristotélica definió la virtud como bien arduo
, argumentando una escala de bienes felicitarios que está en
estricta correlación con la cualidad de los hábitos que cada
uno tenga.
Y esto se aplica tanto al individuo como
a la comunidad política, es decir, el "bien común" igualmente
es un bien arduo , que -como tal- necesita ser
defendido contra las simplificaciones reduccionistas (15). No nos engañemos. El
proyecto "europeo" no está precisamente centrado en la virtud (bien
arduo), sino en en la simple ampliación de reino de
los placeres, claudicando ante el dinamismo propio de la globalización
(económica, jurídica y política). Y, en España, el reinado de
Juan Carlos I no ha propiciado otro reino que precisamente
aquél.
Tras este breve inciso sobre la perenne necesidad de
equilibrar, también en la vida política, las tres dimensiones del
"tiempo" humano, resultará evidente la consideración de que la "tradición"
es para la sociedad humana lo que la "memoria" es
para el individuo humano. Sin memoria no hay capacidad de
futuro. No solo vital y socialmente, sino ante todo especulativamente,
resulta ilusoria la pretensión "ilustrada" y "analítica" de pensar fuera
de toda tradicion. Precisa la encíclica Fides et Ratio :
"la tradición no es un mero recuerdo del pasado, sino
que más bien constituye el reconocimiento de un patrimonio cultural
de toda la humanidad. Es mas.., nosotros pertenecemos a la
tradición y no podemos disponer de ella como queramos. Precisamente
el tener las raíces en la tradición es lo que
nos permite hoy expresar un pensamiento original, nuevo y proyectado
hacia el futuro" (nº85).
Al rechazo de la concepción de
"virtud" en la teoría y práxis morales se corresponde así
el rechazo a la "tradición" en la teoría y práxis
políticas. La tradición, en su acepción socio-política, es la memoria
colectiva , una posesión o hábito colectivo que a la
hora de actualizar el rico potencial humano, pero no en
el sentido de un dinamismo ciego que no está finalizado,
sino en constante diálogo con el fin último, es orientación
segura y guía firme para recibir y encauzar todo lo
nuevo, novedad que por naturaleza surge sin cesar de la
entraña humana. Es mas: tanto mayor resulta la capacidad de
inovación cuanto más "lo nuevo" descanse efectivamente en el Alfa
(origen) y Omega (fin) de la vida, que es Cristo,
que en sí recapitula todas las cosas. Esta apuesta católica
es mucho más que el "commonwealth" británico, cuyo dios es
el dinero. Pues bien, resulta que el proyecto "europeo", o
la "aldea global", no rebasa esa aspiración genuinamente protestante al
"commonwealth". He ahí su intrínseca limitación y frustración (16).
Resulta
obvio que cuando se interumpe ese diálogo con el Alfa
y Omega -y es patente que la fuerza espiritual de
unos individuos aislados no basta, he ahí el dilema del
régimen no confesional católico- irrumpe forzosamente el silencio de Dios
en la vida pública, y privada (17). Frente a la
interpretación moderna, tendencialmente revolucionaria, la tradición católica, cuyas enseñanzas significativamente
divergen de buena parte de la orientación y producción teológica
actual (18), recientemente calificada por el Card. Meissner de "desesperantemente
antropocéntrica", de "auto-secularizadora" y de "tiranía de una lógica desnuda",
ha mantenido siempre que el individuo humano no es ni
sólo instrumento (Marx), ni tampoco primordialmente fin en sí mismo
(Kant), sino que -ante todo- tiene un fin (Juan Pablo
II). El olvido individual y colectivo de Dios es el
olvido de que el hombre tiene un fin (19).
Este
punto muestra de modo paradigmático uno de los grandes dilemas
en que se encuentra el Estado moderno nacional, basado en
el concepto de soberanía. La tendencia universalizadora del subsistema social
"economía", inherente en el principio liberal de libre comercio, amenaza
con vaciar de contenido real a la soberanía -política- de
los Estados nacionales, puesto que no cabe pensar que exista
soberanía política al margen de la soberanía económica. Es decir,
el traspase generalizado del «mercado» de los límites de los
respectivos Estados-nación está agudizando el profundo desajuste propio de la
sociedad moderna entre el subsistema económico y el subsistema político.
La mengua o incluso inexistencia de soberanía nacional en las
cuestiones político-económicas (tasas de interés y de cambio, creación de
credito, subvenciones, etc.) confirma la subordinación sucesiva de lo político
(forma, símbolo, aristocracia) a lo económico (materia, función, masa).
La
existencia de múltiples aporías políticas, con el vaciamiento lógico de
la soberanía popular (nacional), para dar sólo un ejemplo, no
son nada extrañas cuando se analiza a fondo el hecho
de que el Estado moderno, siempre absolutista -no sólo el
democrático sino también antes el monárquico- está constituido en torno
a un dinamismo implacable , llamado capitalismo (el dinero como
"espíritu" informe, cuantitativo y abstracto). Y la ideología materialista de
éste se traduce en buscar la redención en la ideología
del progreso (emancipación, desvinculación)(20). Para la tradición política católica, no
se trata -por supuesto- de detener sin más el curso
del río , o de simplemente remontarlo. Se trata, por
el contario, de abrir una salida a la historia. Al
margen del infernal movimiento exterior , se puede observar que,
en realidad, el mundo se mueve cada vez menos. El
dinamismo superficial alimentado por la soberanía popular (todavía reivindicada, si
bien cada vez más vacía de contenido real) y el
mercado global, más bien tiende a la inmovilidad, a cada
vez más de lo mismo. Puesto que dar vueltas sobre
sí mismo es estar inmovil.
La idea bastante común, también
entre católicos, de oponer el capitalismo al comunismo no sería
sino un signo de simpleza, por la sencilla razón de
que son los dos aspectos o dos síntomas de una
misma civilización de la materia . El error del liberalismo
está en creer que la mecánica marcha sola, pero el
comunismo no cambia de mecánica, sino que la hace girar
a la fuerza. En tal civilización de la materia, el
hombre, como otro animal, no vive nada más que para
su bien-estar, no hay nada que sea más preciado para
él que la vida, y nada en la vida que
le sea más preciado que disfrutar. La actualidad social parece
confirmarlo. Sin embargo, el mundo capitalista –y lo mismo el
marxista– no es más que una experiencia falseada, que en
diverso grado institucionaliza la desgracia ajena , que en clave
católica significa la asombrosa dificultad de salvarse , porque para
salvarse hace falta el perdón, y no hay perdón si
no se siente necesidad alguna de pedir perdón, ni al
prójimo, ni mucho menos a Dios.
Al menos se intuye
que esa "civilización de la materia" se inspira en una
concepción del hombre gradualmente opuesta al hombre cristiano, puesto que
no tiene en cuenta para nada el pecado original. Porque
los defensores de la "tradición política" creemos en el pecado
original, y sus consecuencias para el buen orden político, se
nos acusa fácilmente de desesperar del hombre. Pero no es
sólo la parte degradada del hombre lo que hace imposible
la organización de un paraíso material , es más bien
lo que tiene de divino : una libertad que sólo
se realiza en la verdad del hombre, que es Cristo
.
Pese a ello, el discurso católico actual, ejemplificado acaso por
la "mano tendida" al liberalismo, como sugiere la encíclica Centesimus
Annus , sigue cautivado por ese supuesto "ideal cultural" del
liberalismo, una concepción de orden social que confia en exclusiva
en una estructuración mejor del mercado , y un rearme
ético-individual , tan ineficaz como el liberalismo a secas, sin
embargo, a la hora de favorecer la "salvación eterna". De
este modo, el discurso católico liberal apenas rebasa el simple
recurso o apelación a la "constricción interna", propia de la
conciencia (ética individual), y/o a aquella clase de "constricción externa"
que sobre los agentes económicos ejercen las leyes del mercado
y del estado. De verdadera autoridad política nada de nada.
Sin duda, no faltarán autoridades políticas de abolengo católico que
saben irrealizable un orden societario desde la simple conjugación entre
economía y ética, sin consideración de la dimensión propiamente política
de la vida social. Sin embargo, o por sus compromisos
político-prácticos, o por incongruencia con las exigencias últimas de su
fe, admiten como aceptable, en términos del tan abusado "mal
menor", que el orden societario se resuelva dialécticamente entre lo
económico (mercado, producción, dinamismo) y lo político (intervención redistributiva del
Estado, justicia y estabilización sociales).
Tampoco faltan católicos que perciben
con mediana claridad la necesidad de una seria reformulación del
liberalismo político y económico ante la "crisis de la sociedad",
tanto ayer como hoy (21). Así, también la Centesimus Annus
insiste en que las leyes del mercado no suplen a
su fundamento extra-económico: el hombre, todo hombre, todo el hombre.
Pero de régimen católico, igualmente nada de nada.
En resumen,
el catolicismo liberal sí se plantea la urgencia de buscar
una «tercera vía» que reconcilie el carácter dinámico de lo
técnico-económico con la necesidad humana de integración afectiva y estabilidad
societaria, señalando la insuficiencia del subsistema económico ante la "fenomenología
de desintegración social" (22). Sin embargo, no bastan la simple
mesura y moderación como principios de un orden social y
un estado sanos. La defensa de un buen orden social,
más que un mero equilibrio, es la armonía de las
partes, estructuradas y articuladas adecuadamente.
Fracasan necesariamente las acomodaciones católicas
al modelo liberal de armonía social, porque no arranquan en
primer lugar de un postulado metafísico-religioso, plasmado con toda consequencia
en el propio orden político , sino que, por el
contrario, se conforman con simples principios extraídos de la observación
"empírica" de la naturaleza humana y social, tal como lo
pregona la doctrina liberal desde sus comienzos.
Tampoco bastan los
esporádicos esfuerzos para recordar a la "gente" que existe tal
"naturaleza humana" (ley natural), frente a presencia omnímoda de la
ideología historicista y multiculturalista imperante. Sin encarnación en un orden
político concreto que respeta y defienda los derechos de Dios
y de la Iglesia, resultan absolutamente esteriles las ya frecuentes
afirmaciones por parte de católicos liberales de que el hombre
no es un homo oeconomicus osapiens-consumens , sino un homo
religiosus .
Nada eficaz se muestran los discursos bonitos cuando falte
en la actuación de los católicos en la vida pública
todo serio empeño colectivo de "instaurar todo en Cristo", también
el orden político, empeño que por tanto no se puede
limitar a la mera "idea" de una instancia social directiva,
la doctrina católica, la única desde la cual han de
armonizarse los diversos "subsistemas" sociales. El poder ir más allá
de la oferta y la demanda implica reconocer una gama
más amplia de niveles de mediación societaria que la económica
(dinero) y jurídica (contractualidad). Y esto es absolutamente ilusorio sin
el carácter naturalemente público de la fe católica , que
también en la España democrática ha quedado relegada a simple
privaticidad, a merced de los caprichos de la "soberanía popular".
Por otra parte, los ahora tan corrientes defensores católicos de
la sociedad civil curiosamente no se dan cuenta de que
la posibilidad de reivindicar con éxito la necesidad de "contrapesos"
frente al Estado, precisa un efectivo poder social de los
principios de la fe. Pero no hay tal poder efectivo
sin autoridades y jerarquías en un sentido lato; y esto
no es otra cosa que volver a insistir en la
doctrina política de la tradición católica, señalando sin contemplaciones las
aporías propias del régimen político democrático. Si no hay voluntad
decidida de recuperar el sano orgullo y convencimiento de que
sin esas "autoridades" la masa se quedaría sin fermentar, la
tradición política católica no podría ejercer de "contrapeso". Pero sólo
tal "contrapeso" constituye una limitación efectiva a los abusos de
la idea y del régimen de "soberanía popular". El respeto
a las instancias directivas de la sociedad (ética y religión),
de las que se hace cargo en virtud de su
función de "aristocracia social", implica una limitación frente a la
dogmatización de las nociones democráticas de "representacionismo", "pluralismo" y "consensualismo".
Un Estado "sano" precisa el valor de la legitimidad frente
a la mera legalidad de un gobierno constituido por el
poder de los hechos .
El modo de plantearse la tensión
entre "patria" y "mundo" podría ser revelador al respecto. El
católico tradicional piensa que no puede haber "mundo" sin "patria",
es decir, no cabe realizar bien la ampliación económica del
espacio societario (mercado común o global) sin los elementos de
"autoridad" (saber socialmente reconocido) y "potestad" (poder socialmente reconocido) significados
ambos en el concepto de "paternidad". La tradición política católica
significa aquí también, más allá de la verborea al uso,
el efectivo respeto a la "subsidiariedad" en las relaciones sociales,
como única garantía para una efectiva integración social. Subsidiariedad significa
aquí la "descentralización" espacial y vertical en varios niveles. Qué
otra cosa fue la monarquía tradicional, no la liberal, ya
bajo Isabela II, y definitivamente desde la "restauración" de Cánovas.
El invento de las autonomías, el famoso "café para todos"
de Suárez, amparado por rey que ha traiciona su juramento,
lo vemos con más o menos indignación (23), no conduce
sino a la destrucción del poder y orden políticos, y
no a una efectiva descentralización de la potestas , ni
tampoco al fortalecimiento de las capas de "nobilitas" para la
diversificación gradual de la auctoritas .
Esta diversificación gradual es también
la única medida eficaz contra las insinuaciones anti-autoritarias de la
"sociedad abierta". El gran desafío en la organización y dirección
del cambio social consiste en evitar dos extremos: el caos
de la dispersión cultural o, por el contrario, el sometimiento
de la cultura a una institución social predominante (p. ej.:
al estado o al mundo empresarial, etc.), o a una
relación humana predominante (p.ej.: lo político o lo económico-jurídico, etc.).
Los supuestos filosófico-políticos de la doctrina tradicional de la Iglesia
podrían arrojar luces nuevas sobre esta vieja problemática, tan olvidada
o menospreciada por el catolicismo liberal, ayer como hoy.
La
limitación última del cuerpo doctrinal liberal -en su dimensión política
y económica- consiste en que su núcleo duro, a saber,
la irrelevancia o, al menos, simple privaticidad de las convicciones
religiosas, no admiten, ni mucho menos estimulan, una universalización suficiente
de los juicios religiosos, en la medida en que ellos
quedan enfocados desde la sola conciencia individual. Por ello, también
cabe preguntarse cómo el católico actual, defensor más o menos
entusiasta de ese liberalismo, pretende impedir -con presunción de eficacia-
la desintegración de la ética común por él defendida. Resulta
problemático insistir en ella como condición imprescindible del funcionamiento socialmente
"inocuo" de la economía libre de mercado, cuando se acepta
expresamente el paradigma de la "fe como pura interioridad", sin
obediencia, no sólo individual sino comunitaria, a una instancia mediadora
entre alma y Dios, que es la Iglesia. Esta incongruencia
se debe definitivamente al presupuesto implícito en la filosofía social
liberal, asumida poco a poco por los católicos desde los
albores de la Revolución francesa (24), de que la relación
con Dios no es una relación societaria, en sentido estricto.
La voluntad de defender la fe católica frente al liberalismo
teológico-religioso y filosófico-moral, se ve contrariada por la aceptación más
o menos fervorosa del liberalismo político (democracia) y económico (mercado
libre). Pero la reinvocación de una ética común requiere de
una instancia social que le dé fuerza práctica. No faltan
autores que -pese a su ideario democrático- declaran la dificultad
de hacer compatible la idea de "libertad religiosa" con una
ética societaria que pueda defender su pretensión de validez universal.
Fe y razón han de darse la mano, pero eso
no sólo en el plano personal y privado, sino también
el social y público.
La versión ilustrada del pueblo como
soberano no enfoca el poder popular como relativa autonomía sino
como radical independencia del poder de Dios. He ahí su
error radical, que estamos pagando tan caro. Es decir, las
formas democráticas de gobierno, resurgidas con fuerza a partir del
Renacimiento y la Ilustración, que reemplaza la visión cristocéntrica por
otra neo-pagana, que es antropocéntrica, son por su propia índole
negadoras de la soberanía de Dios. Los católicos, de cara
a la vida pública, no tienen derecho de claudicar los
derechos supremos de Dios, porque son irreconciliables los principios de
la fe católica y los principios de la revolución, sea
la norteamericana, francesa, mexicana, rusa o asturiana. Sin embargo, es
corriente que la violencia que ejercen las ideas dominantes sobre
las conciencias, produzca el demoledor efecto de ya no saber
rebasar o elevarse por encima de los prejuicios "contemporáneos", emanados
de la manipulación universal de la historia a partir de
la revolución francesa y de la instauración paulatina del "pensamiento
único" (25).
Si la religión es "asunto privado", así lo
afirma toda la Modernidad con Hegel, o mero "opio para
el pueblo" (según el materialismo dialéctico del marxismo), o incluso
"ficción mitológica" -y por tanto irrelevante- (según el tenor actual
del criticismo posnietzscheano), la ética necesariamente sufre el mismo destino
(26), con la lógica consecuencia, salvo notables excepciones más o
menos heróicas, de que la búsqueda del bien se confunda
habitualmente con el búsqueda del interés yplacer (27). El "olor"
predominante en las democracias modernas es -no nos sorprenda- un
"sinsabor", es decir, una falta de sabor y perfume propios,
siendo precisamente esa falta de cualidad propia la nota esencial
del dinero, omnipotente y omnipresente mediador y símbolo de la
"aldea global" bailando alrededor del "becerro de oro".
Si el
régimen católico estaba al servicio del espíritu, el nuevo régimen
-emanado del espíritu del saeculum - lo está del cuerpo.
A pesar de que el acento del discurso europeista y
mundialista reside en valores aparentemente meta-económicos, como son libertad (28),
democracia (29) y derechos humanos (30), esos no son más
que Überbau (hiperestructura ideológica) a los propósitos del "cuerpo", una
vez asentada la exclusión de la noción de "trascendencia", es
decir, la ausencia de los derechos de Dios en la
vida pública (31). No nos ha de extrañar, sin embargo,
la preeminencia de los valores del cuerpo sobre los del
espíritu en el proyecto europeo, espejo y motor, todo en
uno, del proyecto satánico (32) de la "aldea global". La
concepción actual del cometido de la política, que sin más
parece consistir en favorecer una siempre creciente disponibilidad de bienes
que se adscriben al cuerpo, es signo inequívoco de que
la pugna de las ideas no ha ido más allá
del economicismo. La en sí noble función de la política
ha quedado absorbida por las pretensiones del "cuerpo" que instrumentaliza
a la razón para sus fines económicos, variando hacia el
infinito la espiral entre producción y consumo (33).
Sin necesidad
de polémicas, creo que la tradición política del catolicismo señala
una clara alternativa al régimen de la soberanía popular, alternativa
digna de ese nombre, digna porque saber decir un no
contundente -multisecular- a la política del "más de lo mismo",
con que parece conformarse el catolicismo liberal.
|
|