 |
| Del bien público y el contrato social |
Minorías combativas han conseguido mediante una acción continuada la conquista
de parcelas de poder político y mediático muy superiores a
su proporción en la población. La ley de matrimonios del
mismo género, la ley del aborto, las leyes de protección
de los políticos, etc. no responden a exigencias de la
sociedad, a un clamor popular expresado en acciones multitudinarias, sino
a la acción decidida de minorías activas en una sociedad
inerte y desarmada ideológicamente. Cuantos anteponen el bien común a
la ventaja de la facción, tienen que desarrollar una acción
sin apocarse ante el guirigay de los medios de comunicación
de costumbre
La política del bien público
El concepto de política
está devaluado, lo recogen muchas expresiones del idioma, como la
del mismo perro con distinto collar. Los políticos no son
valorados positivamente por sus compatriotas. Ahí están las encuestas y
el decir de la calle. Esto produce un alejamiento constante
de la política de muchas personas que se vuelven a
su entorno desentendiéndose del común, de la res publica. Sin
embargo, la política es más que importante, es inevitable. Participemos
o no sufriremos la acción del Gobierno al frente del
Estado. Por ello, es necesaria una reivindicación de la política,
de la participación en la definición de bien común y
de su aplicación. “Si el problema fundamental de la sociedad
es que las demandas son infinitas y los recursos limitados,
la ciencia de las ciencias es la política y no
la economía” [1] .El Estado totalitario murió en el
siglo XX, intentaba crear una sociedad nueva sin conflictos.
La
política es una actividad humana porque es específica del homo
sapiens. Personal porque responde a la persona, no al individuo,
es decir, al hombre en relación con su entorno social
del que no puede desligarse sino para caer en el
racionalismo estéril o el mito de Robinson Crusoe. Quizás quien
mejor comprenda esta diferencia es el Derecho, encargado de hacer
normativa de las relaciones humanas. “El único habitante de una
isla no es titular de ningún derecho ni sujeto de
ninguna jurídica obligación. Su actividad sólo estará limitada por el
alcance de sus propias fuerzas. Cuando más, si acaso, por
el sentido moral de que disponga. Pero en cuanto al
derecho, no es ni siquiera imaginable en situación así (...)
La personalidad, pues, no se determina desde dentro, por ser
agregado de células, sino desde fuera, por ser portador de
relaciones.” [2] Es decir, “mi identidad, sin embargo,
es algo tanto individual como social. Es individual porque es
únicamente mía, pero en realidad está compuesta por una serie
de reconocimientos mutuos con otras personas en un contexto social”.
[3]
La vida política es inevitable, un imperativo
de la polis al que no podemos sustraernos porque es
nuestro medio de desarrollo y convivencia. Libre porque la libertad
legitima de forma más sólida el proceso de elección de
gobierno y la crítica a su actuación.
La participación de
todos y el gobierno de pocos están justificados en cuanto
su objetivo es el bien común, de otro modo es
oligarquía cuando menos. Monseñor Sebastián, arzobispo de Pamplona, sintetiza: «La
vida política, en su conjunto, la de los votantes y
la de los dirigentes, es una actividad humana, personal y
libre, cuya legitimación moral está en la promoción y defensa
del bien público». ¿La legitimación moral de qué?, La de
ser dirigentes, la de gobernar sobre iguales; la de elegir
pensando en el bien común y no de facción o
geografía.
Para santo Tomás el bien público es la finalidad
última del Estado, el fin social. Es sabido que justifica
el tiranicidio. Sin duda, ha sido a través de los
caminos de Roma como se extendió el cristianismo en Europa.
El humanismo cristiano y el Derecho romano sustentan el moderno
Estado demócrata. El cristianismo difunde la idea de la igualdad
ante Dios, de la libertad para elegir entre el bien
y el mal, de la fraternidad entre prójimos. No sólo
palabras. Como ejemplo menor, miles de monjes copiaban a mano
textos griegos y árabes que superan la pestilente Alta Edad
Media europea y convierten al subcontinente en la primera potencia
en filosofía. El peso del cristianismo es indiscutible en los
valores europeos.
Sebastián, obispo además de Tudela, recuerda: “Los principios
que rigen la vida democrática han nacido del cristianismo. La
igualdad y los derechos de las personas, la soberanía de
los pueblos, el concepto de autoridad como servicio al bien
común y no como simple dominio o imposición, la igualdad
de todos ante la ley, todo esto, nace históricamente de
la experiencia cristiana y de los valores morales del cristianismo.
Incluso cuando semejantes ideas se afirman contra la Iglesia, quienes
las defienden son hijos de la tradición y de la
cultura cristianas” [4] . La Iglesia perdió poder temporal
pero una idea cristiana tomó su relevo: el libre albedrío,
justificado en la relación directa con el Creador, sin intermediarios:
“Sólo a través de mi se llega al Padre”. Las
tesis de Lutero contra cierta corrupción vaticana de su tiempo
sirvieron para una reforma protestante, la primera a que se
aplica el término fundamentalismo. También dieron justificación y bandera a
los ambiciosos príncipes alemanes para romper la unidad imperial romano-germánica,
al teñir de ideología las ambiciones por dominios y gabelas
en el floreciente comercio de Flandes. Sus aires se respiran
en el nacimiento del liberalismo. Democracia y filosofía, dos fenómenos
que no se producen en territorios con otras religiones mayoritarias.
La idea es de Gustavo Bueno.
El Estado egoísta
El abandono
de una acción moral por parte del Estado florece en
la mente de un hijo de la Iglesia, que puso
su patria por encima de su fe: el cardenal Richelieu.
A partir de la razón de Estado como argumento supremo,
la Revolución posterior pretende construir un nuevo mundo con una
nueva moral. Tras la edad de las catedrales, cuando los
hombres escribían en piedra dice Víctor Hugo, llegó la de
los comerciantes cuyos intereses afianzaron la presencia de Europa en
ultramar. El Renacimiento fue un puente para el homocentrismo. Una
nueva ideología, el liberalismo, se expande en el siglo XIX,
combate en el XX y entra victoriosa en el siglo
XXI. La nueva hegemonía proclama el dogma del egoísmo individual,
al que transmutan de vicio privado en virtud pública. Con
la caída de la Unión Soviética y hasta la extensión
del integrismo islámico las instituciones del liberalismo celebraban el fin
de la Historia.
El liberalismo dice que el bien público
es la simple suma de los intereses individuales de personas
y grupos: reduce al Estado al papel de gendarme que
evite la anarquía y sea el depositario de la soberanía
nacional instrumentalizada en las leyes. “Nace el Estado liberal cuando
triunfaba en Europa la cultura . Una Constitución es ante
todo un producto racional, que se nutre de ese peculiar
optimismo que caracteriza a todo racionalista: el estar seguro de
la eficacia y el dominio sobre toda realidad posible, de
los productos de su mente” [5] . Es una
muestra más de la soberbia racionalista. Desde la Revolución Francesa
el hombre al nacer se supone realiza un presunto contrato
social para aceptar los límites a su libertad a cambio
de las ventajas del Estado. Las constituciones liberales son la
expresión escrita del contrato social.
Esta idea falla en tanto
no es la suma de los egoísmos individuales la que
construye el bien público. El trabajador es libre de no
aceptar las condiciones laborales. El emigrante es libre de quedarse
en su país. El tendero es libre de no fiarles
comida. La entidad financiera es libre de invertir y prestar
a quien quiera. Pero el ejercicio de esas libertades tiene
consecuencias: paro, miseria, carestía y fuga de capitales. El liberalismo
ondea la bandera de la libertad para ocultar los intereses
más egoístas, las apetencias más mezquinas. El nuevo marco mundial
tras la derrota del fascismo en Europa hizo prioritario para
el liberalismo dirigir la voluntad de los trabajadores-consumidores-votantes desde la
segunda mitad del siglo XX, como venía haciéndose desde finales
del siglo XIX en Estados Unidos. Los intervencionistas norteamericanos desde
el presidente Wilson defendían la idea de evangelizar el mundo
con un sistema político tan justo y perfecto como el
suyo. Para eso crearon Naciones Unidas. El bien público lo
definía en cada momento la opinión pública, a la postre,
la opinión publicada. “La violencia y el terror necesarios para
conseguir la unanimidad no son más humanos cuando se aplican
en nombre de la democracia que cuando el objetivo es
la pureza racial o la igualdad económica” [6] . Alexis
de Tocqueville habla del “despotismo democrático”: “Ausencia de gradaciones en
la sociedad (...) un pueblo compuesto de individuos muy semejantes
(...) esa masa informe que es reconocida como el único
soberano legítimo ha sido cuidadosamente despojada de toda facultad que
pueda permitirle dirigir, o por lo menos supervisar, el gobierno.”
[7]
Un hecho, una crítica y casi una alternativa:
El
sistema liberal no redistribuye. Quinientas personas del mundo tienen más
dinero que 400 millones de occidentales. Sin incluir a 400
millones de indios con menos de medio dólar diario, tantos
africanos, más asiáticos y algo menos de hispanos. Uno es
demasiado.
Una crítica. Las mayorías no deciden sobre la verdad
y la mentira ni pueden cambiar el bien por el
mal con leyes y comisiones. Azaña se salió de una
votación del Ateneo sobre si existía Dios: “Son ustedes unos
idiotas”. La democracia no es la exigencia de que todos
comulguemos con las mismas ruedas de molino. “De ninguna manera
debemos aceptar que para ser un buen demócrata haya que
ser relativista en lo religioso y en lo moral”[8] .
Las creencias no están a merced de los votos. El
Gobierno no puede pedir a las entidades sociales, y la
Iglesia lo es, que se circunscriban al ámbito de lo
privado cuando sus leyes son ofensivas para una parte importante
de la población. El Estado prima a las minorías religiosas
sobre una mayoría social cristiana indudable.
Utopía. El bien común
facilita a cada persona su búsqueda de la felicidad en
un ambiente tolerable al promocionar el bien y proscribir el
mal. Un Estado administra ese bien público, da servicio a
todos, de forma más acusada a quienes más lo necesitan.
En cambio, la vida parlamentaria con sus servidumbres en listas
cerradas y disciplina de voto, teje continuos ataques de facción,
alianzas postelectorales y el endiosamiento de la ley cada vez
más ajena a la justicia. Los diputados están al servicio
de parte. No reciben más los necesitados sino quienes disponen
de fuerza parlamentaria para pactar, poderosos a la postre. La
ley de ese Estado defiende menos a los más de
los comunes que a los menos comunes. Cede ante la
razón de la fuerza de secesionistas interiores y reductores exteriores.
Los votos se sientan con las pistolas en la mesa
de negociaciones. Olvidan que el Estado de Derecho es respetable
cuando esa ley expresa la justicia, no cuando la ofende.
La obediencia debida murió en los juicios de Nuremberg.
Púlpito audiovisual
Ahora la sociedad light prima el individualismo menos fraterno y
la satisfacción en sensaciones instantáneas y fugaces. El culto al
egoísmo corresponde hoy al modelo de cultura audiovisual donde se
instalan los nuevos púlpitos, cuya razón se basa en mayorías
manipuladas. “Tan responsable como el dominador es quien admite la
dominación”, adujo el imam Alí. Otras plumas ya escriben mejores
trabajos sobre políticos y política individual. Estas líneas valoran la
acción del público inerme e inerte a quien el decano
Patxi Andión cantaba a finales de los años setenta del
siglo pasado: “Quiero insultar a esos hombres que estando en
el escenario no son más que decorados”.
Es un público
bien atendido con su soma diario. El aumento del ocio
ha multiplicado la oferta audiovisual. Buena parte de la vida
ha pasado del hecho personal al espectáculo para las masas.
Imagen, sonido y titulares bombardean con las leyes del consumo
al individuo donde se refuerza su condición de espectador. La
vida reflejada en los medios de masas induce modelos de
comportamiento y conducta en los espectadores. Un nuevo modo de
vida se universaliza al ser visto como algo normal en
cine y televisión. La libertad de los ajenos al poder
y la gloria se reduce a la elección de canal.
“La aparente libertad anónima será espejismo (...) donde sólo las
clases propietarias e ilustradas tendrán vida y actividad reales.” [9]
Gran parte del resto de la gente dedica su
ocio creciente a la contemplación de vidas ajenas.
La homogeneización
del público, mediante pautas de conducta emitidos por los medios,
facilita la producción masiva de bienes de consumo abaratándose por
su globalización. Este proceso de imposición de gustos no crea
un vínculo distinto al de consumidores. La globalización requiere que
esa masa esté invertebrada, compuesta por individuos aislados cuyo asociacionismo
sea inocuo. Para romper la resistencia, se acaba con las
entidades más naturales podando a la persona para dejarla en
individuo. Finaliza el proceso de trasformación de comunidad a sociedad
basada en el contrato social. Esa cultura general alcanza incluso
a quienes constituyen la nomenclatura del poder político y comprenden
el proceso, son cómplices. “No sólo son individualistas los meros
ciudadanos que van por libre: también el político lo es
en la medida en que su oficio ha dejado de
ser un claro servicio público para ser un servicio a
los intereses de un partido o de una clase profesional”.
[10] El bien común queda relegado por el interés
del partido o del gremio ante la indiferencia social.
Los
nuevos predicadores están en los medios audiovisuales y generan opinión.
Los medios no son fundaciones culturales sino empresas a la
búsqueda de beneficios. Sus emisiones responden a objetivos en términos
de obtención de clientela para ventas publicitarias o electorales. Influyen
de modo importante sobre las decisiones y tomas de actitudes
de cuantos forman la sociedad.
Persona
La persona trasciende al individuo
aislado cuando se encarna en la humanidad y dentro de
una cultura con la que no hay contrato social previo
sino armonía o conflicto. Es obvio que nadie elige nacer
en un entorno concreto, no se negocia. Sí en cambio
es posible una participación personal en el gobierno del común.
En palabras de Maurras, “la sociedad es, pues, un «agregado
natural», que se rige por las leyes de jerarquía, selección,
continuidad y herencia. Su desarrollo consiste en la elevación del
grado de sociabilidad desde la familia hasta la nación” [11]
. En cada uno de esos segmentos, de vida y
tarea, participa la persona. Es la vertebración que Ortega añoraba
en España. El Derecho que ya vimos regula esas relaciones
humanas, no es inocuo. Se construye para alcanzar objetivos. “El
Derecho es, ante todo, un modo de querer, es decir,
una disciplina de medios en relación a fines, ya que
todo ingrediente psicológico de la voluntad es ajeno al concepto
lógico del Derecho (...) Sus normas, además, se imponen a
la conducta humana con la aquiscencia o contra la aquiscencia
de los sujetos a quienes se refieren; es decir: que
el Derecho es autárquico”. [12]
Decimos que la
aceptación de la relación entre persona y sociedad marca la
integración en la Historia humana. La rebelión contra esa relación
con éxito hace la Historia. Son revoluciones que aceleran un
proceso incluso cuando fracasan, como le ocurrió al comunismo que
impuso un bien público en nombre de una sola clase
internacional.
En resumen, la vida política es ineludible como seres
humanos, en ella estamos cuando menos de financieros vía impuestos
y receptores de la acción del Estado, distributiva y represiva.
La vida política debe mantener como polar un imperativo moral,
tanto para representantes como representados, a favor del bien público
alejando banderías. Los gobiernos que reciben la confianza política de
la mayoría deben administrar y distribuir conforme al interés común
de la nación, no de una parte u otra de
ella geográfica o sectorial. Estas palabras son cánticos etéreos y
no realidades.
La sociología nos dice que España es una
país cristiano, también hay mayoría entre los diputados. “La vida
política ha estado y está dirigida por gobiernos en los
que participan decisivamente partidos, grupos y políticos supuestamente cristianos, muchos
de ellos católicos [...] Un político católico, si no es
un oportunista no puede disociar sus creencias religiosas de su
actividad política. En conciencia, no puede aceptar ni colaborar en
la cada vez más numerosa legislación anticristiana, como la abortista
o la favorable a la eutanasia, o la que ataca
de diversas maneras a la persona o destruye la familia
[...] Dada la participación activa en la vida política de
tantos católicos y que una gran proporción de votantes lo
son también de buena fe, de ser medianamente atendida, provocaría
una revolución en los usos políticos” [13] .
Minorías
combativas han conseguido mediante una acción continuada la conquista de
parcelas de poder político y mediático muy superiores a su
proporción en la población. La ley de matrimonios del mismo
género, la ley del aborto, las leyes de protección de
los políticos, etc. no responden a exigencias de la sociedad,
a un clamor popular expresado en acciones multitudinarias, sino a
la acción decidida de minorías activas en una sociedad inerte
y desarmada ideológicamente. Cuantos anteponen el bien común a la
ventaja de la facción, tienen que desarrollar una acción sin
apocarse ante el guirigay de los medios de comunicación de
costumbre. Se produce lo que Joaquín Estefanía califica de “efecto
Queipo de Llano”, los partidarios de las ideas predominantes al
expresarse con fuerza y seguridad desde los medios de masas
producen la sensación de ser abrumadoramente mayoritarios frente a las
personas que apenas se atreven a expresarse públicamente y que
transmiten la sensación de representar opiniones menos valiosas y extendidas.
Se sienten minoritarios y evitan expresiones públicas por temor a
la marginación social. Es sabido que la libertad de prensa
“se convierte en privilegio (...) ya que su ejercicio queda
reservado a quienes cuentan con los cuantiosos medios materiales que
se necesitan para disponer de uno de esos medios de
comunicación” [14] .
Debemos asumir que “la transformación social que
propugnamos busca precisamente la organización y la solidaridad de los
españoles.” [15] Ese es el bien público.
Tenemos derecho
a nuestras creencias y a movilizarnos por ellas.
Notas
[1]
Bernard Crick En defensa de la política KRITERIOS Tusquets, Barcelona,
2001, página 185.
[2] José Antonio Primo de Rivera
“Ensayo sobre el nacionalismo. La tesis romántica de nación” Revista
JONS, nº 16, abril de 1934.
[3] Bernard Crick
Obra citada, página 265.
[4] Fernando Sebastián, arzobispo de
Pamplona, en Iglesia en democracia. http://www.iglesianavarra.org/6104democracia.htm
[5] Ramiro Ledesma en la revista Acción Española, nº
24. Marzo de 1933.
[6] Bernard Crick Obra citada,
página 68.
[7] < Bernard Crick Obra citada, página 71.
[8] Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, en Iglesia en
democracia. http://www.iglesianavarra.org/6104democracia.htm
[9] Francisco J.
Palacios Romeo La civilización de choque Centro de Estudios Políticos
y Constitucionales. Madrid, 1999, página 168.
[10] Victoria Camps
Paradojas del individualismo Crítica, Barcelona 1993.
[11] Pedro C.
González Cuevas “Maurras en Cataluña” Razón Española http://www.galeon.com/razonespanola/re85-mec.htm
[12] José Antonio Primo de Rivera “Derecho
y política” Arriba nº 21, 28 de noviembre de 1935.
[13] Dalmacio Negro “Conducta política de los católicos” El
Rotativo, número 70.
[14] Luis Suárez “El hecho concreto
de una desideologización”. Altar Mayor nº 81. Agosto 2002, página
690.
[15] Ramiro Ledesma Nuestra Revolución. Julio 1936
http://www.ramiroledesma.com/nrevolucion/rnr.html |
|