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| Derechos fundamentales y convivencia social |
1.-Derechos fundamentales y convivencia social El hombre es, por
naturaleza, un ser social, un ser que necesita para su
desarrollo y para su progreso la convivencia con sus semejantes.
En esta convivencia es donde puede el hombre alcanzar su
perfección humana y sobrenatural, individual y social.
La doctrina católica
enseña que la perfección de la vida social no se
consigue sólo por el progreso técnico, ni aun por la
elevación y extensión del nivel cultural, sino fundamentalmente por el
respeto mutuo de la plena dignidad espiritual de la persona
humana.
«La Revelación cristiana presta gran ayuda para fomentar esta
comunión interpersonal y, al mismo tiempo, nos lleva a una
más profunda comprensión de las leyes que regulan la vida
social, y que el Creador grabó en la naturaleza espiritual
y moral del hombre» (Gaudium et Spes, n. 23; cfr
Pío XII, rm 24-XII-1955, CE 463ss; DP-111 1075ss, disc 9-111-1956,
CE 535ss).
Así, pues, para la doctrina católica, los principios
y las leyes que deben regular la conducta individual y
social de la persona humana no son fruto de la
evolución del pensamiento y de la cultura humana tan sólo,
sino de la propia naturaleza espiritual y moral del hombre,
en la que Dios grabó unos principios rectores de la
conducta y que la Revelación ha explicitado de modo inequívoco.
En estos principios hemos de fundamentar la doctrina de los
derechos del hombre.
Enseña Juan XXIII que
«en toda convivencia
humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento
el principio de que todo hombre es persona, es decir,
una naturaleza dotada de inteligencia y de voluntad libre, y
que, por lo tanto, el hombre tiene por sí mismo
derechos y deberes que dimanan, inmediatamente y al mismo tiempo,
de su propia naturaleza, y que, por ser universales e
inviolables, son también absolutamente inalienables» (Juan XXIII, Pacem in Terris,
9, CE 2536, OGM 213; efr Pío XII, rm 24-XII-1942,
CE 347ss, DP-11 840ss).
Esos principios, que podríamos llamar de
teología natural, tienen un refrendo más sólido enfocados desde la
perspectiva de la fe, pues
«si consideramos la dignidad de
la persona humana a la luz de las verdades reveladas
por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún
esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con
la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios
por la gracia sobrenatural y constituidos herederos de la gloria
eterna» (Juan XXIII, Pacem in Terris, 10, CE 2536, OGM
213).
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