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| A Dios lo que es Dios y al Cesar lo que es del César |
En su primera encíclica, «Deus Caritas est», Benedicto XVI insiste
en que la Iglesia católica y todos los cristianos tiene
un valioso papel que jugar para lograr un mundo más
justo. Una sección significativa de la segunda parte de la
encíclica se dedica a una mirada sobre dónde está la
división entre el César y Dios en el ambiente secular
de hoy.
El Papa comienza citando las palabras del Concilio
Vaticano II, que reconoce la legítima autonomía de la esfera
temporal. Pero inmediatamente observa: La política es más que una
simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y
su meta están precisamente en la justicia, y ésta es
de naturaleza ética» (No. 28).
Al decidir qué significa justicia
para el estado y cómo puede esta alcanzarse, se abre
para la fe un legítimo camino. Aplicar la fe a
las cuestiones de la justicia, sostiene el Santo Padre, no
significa que haya un intento de imponer la religión a
los no creyentes. Más bien, esto puede purificar la razón
humana, permitiéndole apreciar mejor las exigencias de la justicia. De
la misma forma, la enseñanza social de la Iglesia también
se basa en la razón y en la ley natural,
y está por lo mismo de acuerdo con la naturaleza
de todo ser humano.
Lejos de promover un programa político
específico, la Iglesia busca estimular y formar las conciencias de
modo que cada persona esté mejor preparada para responsabilizarse en
asegurar una sociedad más justa. El quehacer político «no puede
ser un cometido inmediato de la Iglesia», añade la encíclica.
La Iglesia no intenta sustituir al Estado. No obstante, «Pero
tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha
por la justicia», escribe Benedicto XVI. De hecho, observa, promover
la justicia y el bien común «le interesa sobremanera».
Volviendo
al tema principal de la encíclica, el Pontífice explica que
incluso en una sociedad justa, el amor –la caridad– será
siempre necesario. Además, la iniciativa personal, motivada por el amor,
es importante para evitar una situación donde todo se deja
al estado, que regula y controla todo.
No sólo de
pan Además, este amor, junto con la ayuda material, ofrece
sosiego y cuidado del alma. «Una ayuda con frecuencia más
necesaria que el sustento material», sostiene la encíclica. No importa
lo justas que sean las estructuras sociales, el hombre no
vive sólo de pan.
El Papa también distingue entre la
institución de la Iglesia y el papel de sus miembros
laicos. Corresponde a estos últimos trabajar por una sociedad justa
y participar directamente en la vida pública. La caridad debe
animar esta actividad, que ha de vivirse como «caridad social»
(No. 29).
La encíclica, en el No. 30, también trata
brevemente el tema de la globalización. Este proceso significa que
la preocupación por nuestro prójimo trasciende ahora los confines nacionales
y se extiende al mundo entero. El aumento de los
lazos internacionales ha traído consigo una creciente cooperación entre las
agencias estatales y las organizaciones de la Iglesia que ha
sido fructífera. El Papa también tiene palabras de alabanza para
muchas personas que están implicadas en el trabajo voluntario.
Sin
embargo, en toda esta actividad, observaba la encíclica, es importante
mantener la identidad cristiana. La actividad caritativa de la Iglesia
no debe diluirse «en una organización asistencial genérica» (No. 31).
La caridad cristiana debe obviamente incluir los aspectos materiales de
ayudar a los demás, incluyendo el asegurar la suficiente competencia
profesional. Pero quienes trabajan en las organizaciones de caridad también
necesitan usar su corazón, de manera que el compromiso de
ayudar a sus semejantes derive de su fe, hecha activa
a través del amor.
Esta actividad caritativa debe permanecer independiente
de partidos e ideologías y no ser un medio de
«proselitismo», insiste el Pontífice. Con respecto a este último punto,
la encíclica apunta que el amor es gratuito y no
se practica para lograr otros fines.
Esto no significa que
debamos dejar a Dios a un lado, añade inmediatamente el
texto. La caridad siempre es preocupación por la entera persona,
incluyendo su fe. Además, «con frecuencia, la raíz más profunda
del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios». Así aunque
nunca debamos imponer nuestra fe a los demás, también debemos
saber cuándo es tiempo de hablar de Dios.
La misión
de la Iglesia Benedicto XVI ha tocado en muchas ocasiones
el tema de las relaciones iglesia-estado y la implicación de
los cristianos en política. El 18 de octubre escribió una
carta al presidente de la cámara baja del parlamento italiano,
Pier Ferdinando Casini, para conmemorar el aniversario de la visita
del Papa Juan Pablo II a este organismo legislativo tres
años antes.
Benedicto XVI aseguraba a Casini que la Iglesia
«no pretende reivindicar para sí ningún privilegio, sino sólo tener
la posibilidad de cumplir su misión, dentro del respeto de
la legítima laicidad del Estado».
Este legítimo laicismo, observaba, «no
está en contraste con el mensaje cristiano, sino que más
bien tiene una deuda con él, como saben bien los
estudiosos de la historia de la civilización». Por ello, el
Papa expresaba su confianza de que el parlamento honrara la
memoria de Juan Pablo II promoviendo la persona humana, la
familia, las escuelas y la atención a las necesidades del
pobre.
Esta actividad política es precisamente llevada a cabo por
los miembros laicos de la Iglesia. No obstante, ha observado
el Papa en numerosas ocasiones, la Iglesia tiene un importante
papel al formarlos para que puedan llevar a cabo esta
tarea de forma adecuada.
En una carta con fecha 19
de noviembre al arzobispo de la Ciudad de México, el
cardenal Norberto Rivera Carrera, el Santo Padre habló de la
necesidad de que los laicos pongan «sus capacidades profesionales y
el testimonio de una vida ejemplar al servicio de la
evangelización de la vida social, haciéndola al mismo tiempo más
justa y adecuada a la persona humana».
Bien común La
carta fue escrita con ocasión de un encuentro reunido para
presentar el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
En ella, el Papa observaba que los laicos «necesitan una
sólida formación que les permita discernir en cada situación concreta,
por encima de intereses particulares o propuestas oportunistas, lo que
realmente mejora al ser humano en su integridad y las
características que han de tener los diversos organismos sociales para
promover el verdadero bien común».
El 3 de diciembre, en
un discurso a un grupo de obispos polacos en visita
a Roma, el Pontífice volvió sobre este tema. En la
labor de proclamar a Dios a la cultura contemporánea «el
papel de los laicos es insustituible», insistía el Papa. «Su
testimonio de fe es particularmente elocuente y eficaz, porque se
da en la realidad diaria y en los ámbitos a
los que un sacerdote accede con dificultad».
Benedicto XVI exhortaba
a los laicos presentes en la política a «dar un
testimonio valiente y visible de los valores cristianos, que hay
que reafirmar y defender en el caso de que sean
amenazados». Y, añadía: «Lo harán públicamente, tanto en los debates
de carácter político como en los medios de comunicación social».
El Pontífice continuó con el tema de los políticos cristianos
en su discurso a otro grupo de obispos, el 17
de diciembre. Se debe ayudar a estos políticos a ser
conscientes de su identidad cristiana y también de los valores
morales universales que tienen su fundamento en la naturaleza humana,
explicaba. Esto ha de hacerse de modo que se guíen
por su «conciencia cristiana», y lo que hacen en nombre
de la Iglesia juntamente con sus pastores. Y así dar
al César, y a Dios, lo que se les deba.
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