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Autor: Louis de Wohl | Fuente: ConoZe.com Fluvium.org Dictadores
Texto de Louis de Wohl sobre el erróneo del poder.
Dictadores
Lo que en el fondo nos subleva
¿Qué tenemos en realidad en contra
de los dictadores? Lord Acton dijo en cierta ocasión: «El
poder significa corrupción. Y poder absoluto significa corrupción absoluta». Pero
esto no es suficiente para nuestra aversión. También otras formas
de gobierno han demostrado con frecuencia estar corrompidas; en realidad
no existe ninguna forma de gobierno en la que no
haya habido corrupción. Lo más que podría decirse es que
en una dictadura se manifiesta de modo más inaudito que
en una democracia, aunque también aquí existen bastantes ejemplos inauditos.
No, nuestra aversión
es mucho más profunda. Lo que no soportamos es que
el hombre de allí arriba pretenda tener siempre razón. Lo
que más nos molesta es no poder replicar a sus
órdenes. Lo que hace estremecer nuestras entrañas es que no
podamos ni siquiera insultarle sin estar expuestos a ser encarcelados
inmediatamente.
El Papa
tiene tan sólo la pretensión de ser infalible en cuestiones
de fe y de moral, y esto sólo cuando habla
ex cathedra, lo que no suele suceder más de una
vez cada cien años. E incluso en este caso su
infalibilidad sólo consiste, según el dogma, en que el Espíritu
Santo impediría que proclamara ex cathedra algo que no fuera
verdadero. En otras palabras, su infalibilidad, muy circunscrita, no es
una cualidad personal, no se trata de ninguna cualidad, sino
de una ... suplencia. Ex cathedra no puede proclamar nada
erróneo. En cambio los dictadores son infalibles en todas las
cosas y en todo momento, todas sus proclamas son «ex
cathedra» y se producen a una velocidad de vértigo, unas
tras otras.
Sin
embargo, en lo más profundo de nuestro corazón sabemos que
sólo hay Uno que tiene razón siempre y en todo:
Dios. Nuestra indignación frente al dictador está pues totalmente justificada:
ese hombre se atribuye lo que es atributo exclusivo de
Dios: omnisapiencia y omnipotencia. Ese hombre juega a ser Dios.
Incluso si durante algún tiempo representa su papel con bastante
brillantez, lo único que hace es representar un papel. Y
ahora viene lo asombroso: el único que tendría justificación para
ser un dictador, Dios mismo... no lo es. Él, de
quien somos simples criaturas, es decir muchísimo menos que esclavos
(a quienes su señor ha comprado, pero no creado), Él
nos ha dado el regalo del libre albedrío. Quiere que
tomemos nuestras propias decisiones. Le ofendemos a diario. Nos comportamos
como los hijos más estúpidos y egoístas, a quienes interesa
más el chocolate que les da su madre que la
propia madre, a la que ni siquiera le dan las
gracias. Y a pesar de todo continúa esperando pacientemente nuestro
amor.
El dictador
es un concepto de Dios pervertido. Eso es lo que
tenemos contra él.
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