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| Caritas in veritate: El amor es todo... Dios es Amor |
"La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se
ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo,
con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora
del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la
humanidad" (1).
Con esta frase el Santo Padre Benedicto XVI comienza
su Encíclica CARITAS IN VERITATE, que hoy presentamos junto a
la Iglesia en Chile a los constructores de la sociedad
chilena, como una ofrenda a nuestro Bicentenario. Para quienes nos
declaramos discípulos misioneros de Jesucristo, "defender la verdad, proponerla con
humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas
exigentes e insustituibles de caridad" (2).
El amor es todo... Dios
es amor
Las páginas de esta Carta Encíclica nos ayudan a
descubrir que la "caridad es la vía maestra de la
doctrina social de la Iglesia" (3). Para nosotros la caridad
es todo porque Dios es amor y de él todo
proviene, en especial nuestra propia capacidad de amar, de vivir
no sólo para nosotros, sino también para los demás.
Uno
podría preguntarse, a la luz de la realidad de contradicciones
que vivimos en nuestra patria: si la caridad, el amor,
es el don más grande que Dios ha dado a
los hombres, si es su promesa y nuestra esperanza, ¿por
qué en una sociedad mayoritariamente cristiana como la chilena persisten
situaciones de marginalidad y miseria, de indignidad y de abandono,
de violencia y desconcierto?
Son palabras fuertes, duras, como golpeadora es
la realidad de las personas que sufren estos flagelos. No
es lo mismo verlas convertidas en cifras en los cuadros
estadísticos que conversar con ellas en los lugares donde viven.
Es cierto que el esfuerzo mancomunado de todos los sectores
de nuestra sociedad ha hecho posible que hoy se haya
avanzado de un modo sustantivo para reducir la miseria y
la pobreza. Pero en tiempos de cambios también "nuevas categorías
sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas" (4) y el
aumento de las desigualdades que el Papa denuncia no puede
dejar de conmovernos.
Esta realidad es un clamor que nos mira
a los ojos, y el Papa nos invita a "entender,
valorar y practicar la caridad a la luz de la
verdad" (5). Sin verdad, es decir sin mirar la realidad
con los ojos del proyecto que Dios tiene para nosotros,
el amor se convierte en un envoltorio vacío, agotado en
un sentimentalismo que termina distorsionando esa realidad. Así, terminamos cosechando
lágrimas donde queremos decisiones y acciones; o resignándonos a mezquinas
soluciones "parche" para cubrir la sensibilidad de una coyuntura.
Es cierto,
la verdad, así entendida, crea comunicación y comunión (6), sobre
la base de un diálogo en virtud del cual, por
amor, ofrecemos lo mejor de cada quien a disposición de
una sociedad mejor y de un verdadero desarrollo humano integral.
Los que creemos en Cristo tenemos el derecho y el
deber de poner en común nuestra mirada-país a partir de
aquellos valores que, por fidelidad al Señor, consideramos un bien
para Chile. Cuando la palabra de los pastores incomoda y
cuando se nos exhorta a no inmiscuirnos en ciertos ámbitos,
estas reflexiones del Papa Benedicto XVI nos animan: somos sujetos
de caridad, instrumentos de la gracia para difundir el amor
de Dios tejiendo redes de caridad, redes de amor.
Justicia, inseparable
de la caridad
Hace exactamente dos años, nos pareció de justicia
tener una palabra sobre la dignidad con que puede llevar
su vida una familia que subsiste con un ingreso llamado
"mínimo". Porque con el mismo empeño con que celebramos la
santa Eucaristía y conferimos los sacramentos a nuestros fieles, sentimos
nuestro deber ofrecer una mirada, desde los criterios del Evangelio,
acerca de la realidad política, económica y social. En esa
perspectiva, esta encíclica nos recuerda, citando el Magisterio de la
Iglesia universal, que la justicia es inseparable de la caridad
e intrínseca a ella.
A Cristo, el Señor, lo reconocemos
en nuestros hermanos que sufren la postergación y el abandono.
En su camino de cruz que encuentra sentido en la
Resurrección miramos el calvario de personas, familias y comunidades. La
palabra de la Iglesia es una respuesta profética que no
se queda en la denuncia ni en el clamor, pues
siempre concluye en la esperanza de la Resurrección.
Porque, a
pesar de las tendencias pesimistas y de los ánimos negativos,
queremos ser sembradores de esperanza. Cómo no abrir nuestros oídos
y nuestro corazón de pastores a clamores como los de
nuestros pueblos originarios, incomprendidos y estigmatizados, una preocupación que el
Santo Padre destaca en Caritas in Veritate. Permítanme recordar hoy
un episodio muy hermoso que vivimos cuatro obispos en abril
pasado, cuando en medio de nuestra última Asamblea Plenaria, en
Padre Las Casas, hicimos un alto para conocer una experiencia
educativa en Cholchol. Más de 400 alumnos, en su inmensa
mayoría de origen mapuche, son formados en el Liceo Técnico
Guacolda, una hermosa iniciativa de la Iglesia. ¿Qué descubrimos en
este Liceo? Ante todo, el rostro alegre y la esperanza
contagiosa con que nos recibieron los jóvenes, con unas ganas
inmensas de surgir y ampliar sus horizontes. Conocimos la enfermería
y la cocina donde aprenden sus carreras técnicas; también sus
modernos laboratorios de idioma, donde cultivan el Mapudungun y aprenden
Inglés. Orgullosos de sus pueblos originarios, los rostros de estos
427 muchachos y muchachas del Liceo Guacolda en Cholchol son
una esperanza cierta.
Tras esa inolvidable experiencia en Cholchol, no
puedo permanecer indiferente cada vez que se nos muestra la
realidad mapuche como un problema, como un conflicto. Meses antes
tuve la oportunidad de prestar el servicio de puente facilitador
entre las demandas de la Sra. Patricia Troncoso y las
autoridades de Gobierno, en medio de una situación límite muy
ideologizada y de un verdadero diálogo de sordos. Chile necesita
conocer esas sonrisas del Liceo Guacolda. Por eso la Iglesia
siente la obligación de aportar, en esta y otras tantas
temáticas, porque la caridad se "ocupa de la construcción de
la «ciudad del hombre» según el derecho y la justicia"
(7) .
¿Cuál es el bien que queremos?
Además de la
justicia, el Santo Padre nos invita a tener también en
gran consideración el bien común, porque "amar a alguien es
querer su bien y trabajar eficazmente por él" (8).
Yo me
pregunto, cuando como un ciudadano espectador del acontecer de un
país a pocos meses de un proceso electoral, ¿qué aman
los protagonistas del debate público?, ¿qué bien buscan los que
gobiernan las agendas públicas y ciudadanas, los que originan y
alimentan las polémicas y conflictos? ¿En qué momento el bien
de Chile deja de ser una meta noble y se
convierte en eslogan, en lugar común? Me lo pregunto muy
en serio, apelando a la sabiduría de nuestros padres y
abuelos que nos enseñaban y aun nos reprendían "por y
para nuestro bien".
Es una pregunta abierta a todas las
personas que, a menudo con gran sacrificio y generosidad, han
querido optar por el servicio público, tan denostado por muchos
en estos tiempos, y dedicarse a la vida política. En
especial, a quienes aspiran a recibir los votos del electorado
y representar la voluntad ciudadana en los poderes del Estado.
Pero es una pregunta igualmente válida para otros sectores de
nuestra vida social, para esas personas que con gran cariño
llamamos "constructores de la sociedad". ¿Qué se ama cuando se
ejerce presión a través de una acción mediática donde se
pone en riesgo la vida de personas? ¿Qué bien se
busca cuando se engaña a los consumidores, cuando no se
hace el trabajo con responsabilidad, cuando nos tratamos mal en
la convivencia familiar, ciudadana, cotidiana? ¿Es egoísmo puro el que
nos anima? ¿Es tedio, desencanto, es que de verdad el
bien de los otros no nos importa?
El Papa nos recuerda:
"Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el
vivir social de las personas: el bien común (...) No
es un bien que se busca por sí mismo, sino
para las personas que forman parte de la comunidad social
(...) Desear el bien común y esforzarse por él es
exigencia de justicia y caridad" (9).
Libertad, ¿para qué?
El cambio
de época al que asistimos, con las maravillosas y desafiante
posibilidades que nos ofrece el conocimiento humano y la comunicación
global, constituyen un escenario en el que el amor en
la verdad -caritas in veritate- se convierte en un gran
desafío, y no sólo para la Iglesia. Las consecuencias éticas
de los procesos de globalización nos interpelan en la necesidad
de promover un desarrollo realmente humano. El progreso técnico puede
convertirse en una vergüenza social si los bienes y recursos
no se comparten, en relaciones recíprocas de libertad y de
responsabilidad. El dilema es, entonces, si estamos o no trabajando
por "una sociedad a medida del hombre, de su dignidad
y de su vocación" (10).
Para renovar humanizadamente las estructuras
necesitamos una conversión del corazón. En el humilde gesto de
aceptar nuestra posibilidad de ser mejores descansa nuestra verdadera libertad.
Somos libres para el amor. "Sólo si es libre, el
desarrollo puede ser integralmente humano" (11), nos recuerda el Papa.
En distintos planos de la vida personal y familiar, muchos
discursos "libertarios" de este tiempo parecen reducirse a publicidad engañosa
que nos encamina a esclavitudes. Ocurre a veces en la
vida política y también en la actividad económica y en
las comunicaciones sociales. El mundo ha contemplado la fragilidad de
los mercados y las expectativas de millones de familias del
mundo se han visto afectadas por la avaricia incontenible de
algunos, por su inagotable sed de dinero o de poder,
que corrompen hasta la iniciativa más noble. "La ganancia es
útil si, como medio, se orienta a un fin que
le dé un sentido" (12), sostiene el Papa. Porque el
beneficio, "cuando es obtenido mal y sin el bien común
como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y
crear pobreza" (13).
Uno se alegra cuando las autoridades y
los actores privados del mundo económico hacen bien su trabajo
y una crisis tan grande como la que hemos vivido
a nivel internacional, afortunadamente encuentra a nuestro país unido con
una cierta solidez y madurez cívica para enfrentarlo. Nos corresponde,
como cristianos, reconocer esos éxitos. Pero ante todo nos toca
acompañar a cada familia donde esta crisis ha llegado con
la peor de sus consecuencias: la pérdida del empleo o
el cierre de actividades económicas. Detrás de cada trabajador despedido
y de cada ejecutivo que decide ya sea un despido
o un término de actividades productivas, hay personas y familias,
hay rostros, historias de vida, humanidad sufriente.
El Santo Padre,
luego de poner en relevancia los efectos que supone para
la persona estar sin trabajo durante mucho tiempo, señala: "Quisiera
recordar a todos, en especial a los gobernantes que se
ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y
social del mundo, que el primer capital que se ha
de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en
su integridad" (14).
Por eso, no dejan de sorprender e incluso
conmover algunas contradicciones que asoman desde la realidad de la
crisis (o con el pretexto de ella). No es justo
que la estrechez de cinturones valga sólo para algunos. El
consumismo excesivo, las filas interminables para adquirir productos, las fiestas
familiares y religiosas reducidas a regalos y bienes materiales, son
un síntoma peligroso de una sociedad centrada más en el
tener que en el compartir, más en el disfrute que
en el crecimiento. Cuando en pocas horas se agotan las
entradas para un espectáculo cuyo precio es superior a un
sueldo mínimo, es tiempo de pensar dónde está nuestro centro.
Mirada humanizadora al "dilema global"
Entre otras realidades que Benedicto XVI
pone de relieve y que cobran gran importancia en nuestra
realidad chilena, quiero mencionar la situación de los migrantes, que
plantea "dramáticos desafíos" (15) por los graves problemas sociales, económicos,
políticos, culturales y religiosos que suscitan los flujos migratorios, "frecuentemente
provocados y después no gestionados adecuadamente" (16). Las numerosas colectividades
de países vecinos y hermanos que han llegado a nuestro
país pueden dar testimonio de cómo queremos "en Chile al
amigo cuando es forastero". Urge educar insistentemente para favorecer la
acogida, la integración y, ante todo, el respeto a estos
hermanos y hermanas.
Otra realidad que nos preocupa es "la explotación
sin reglas de los recursos de la tierra" (17). En
Chile, los obispos hemos dedicado gran parte de nuestra última
Asamblea Plenaria del Episcopado a abordar pastoralmente la preocupación por
el cuidado del medio ambiente, la casa común de todos.
En algunas diócesis la situación de los recursos naturales se
está viendo muy amenazada. El Papa profundiza sobre esta problemática,
nos alerta sobre el grave deber de "dejar la tierra
a las nuevas generaciones en un estado en el que
puedan habitarla dignamente y seguir cultivándola" (18) y nos recuerda
que la forma en que el ser humano trata a
la naturaleza se relaciona directamente con el modo en que
trata a los demás.
Las amenazas al planeta son responsabilidad de
todos y la educación comienza en el hogar, el jardín
infantil y el colegio. Pero el buen trato a nuestra
tierra se funda en la fraternidad humana y social. ¿Qué
planeta amable podrían promover personas que resuelven sus conflictos por
medios violentos, en el hogar, sobre todo la agresión contra
mujeres, en el trabajo y la convivencia cotidiana? La ciencia
podrá generar sofisticada tecnología no contaminante, pero si sus usuarios
conviven en una lógica de competencia destructora del otro y
a la defensiva frente al otro, difícilmente se logrará una
ciudad más amable.
La persona humana en el centro
Caritas in veritate
nos invita a poner en el desarrollo integral de la
persona humana el centro de la vida social. Y desde
el origen de la vida misma, porque "si se pierde
la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida,
también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la
vida social" (19). Los hombres y mujeres de nuestro tiempo
tenemos que ser los protagonistas de la globalización. Una globalización
no puede ser puro intercambio económico, pura tecnología, pura información:
la aldea global puede ser instrumento de encuentro y cercanía,
de conocimiento, de solidaridad (20). En esa medida tendrá sentido
para las personas.
Con una claridad magistral, nuestro Pastor universal
va repasando en esta Encíclica, a la luz de los
acontecimientos actuales y el devenir de la humanidad, la enseñanza
Social de la Iglesia en todas sus dimensiones. Éste es
un documento que toda persona dedicada al servicio público, a
la política y a la economía, a la vida cívica
y a la acción social, debería conocer y reflexionar en
profundidad. Invito de un modo especial a los centros de
pensamiento, en especial a las universidades, a analizar este texto
en sus facultades, y profundizarlo a partir de la realidad
propia de Chile y de cada uno de los ámbitos
que aborda. También, por supuesto, a las más diversas organizaciones
de la sociedad civil.
A mis hermanos obispos y sacerdotes, a
las congregaciones religiosas, institutos seculares y movimientos, a las comunidades
y colegios de Iglesia, les pido encarecidamente que este texto
se conozca y se divulgue, se reflexione en la catequesis
y en la vida comunitaria, se comente y dialogue con
la sociedad civil. Necesitamos tener cada día una mejor formación
en cuanto a la enseñanza social de la Iglesia, y
esta Encíclica, junto al Compendio de la Doctrina Social, son
instrumentos de gran valor para profundizar en ello.
Queridas hermanas y
queridos hermanos:
La próxima semana iniciamos un mes muy importante para
la Iglesia y para Chile. El mes de agosto, un
mes para nosotros tradicionalmente frío y gris, lo llenamos de
calor y de color en torno a la figura de
san Alberto Hurtado, un sacerdote que entregó lo mejor de
sí por Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
San Alberto nos
recordaba que "el prójimo, el pobre en especial, es Cristo
en persona" (21) y que "sin justicia social no puede
existir democracia integral" (22). Un 18 de agosto Alberto Hurtado
fue recibido en la casa del Padre. Por eso el
mes de Agosto es el Mes de la Solidaridad. Porque
el "ser solidario" está en el ADN del ser chileno.
En estos tiempos de dificultad es necesario valorar con esperanza
estas maravillas con que el Señor nos bendice. Por eso
decimos, AL MAL TIEMPO... BUEN COMPROMISO, porque COMPROMETERSE HACE BIEN
a la dignidad de las personas y HACE BIEN en
la perspectiva de un país que necesita dar un nuevo
paso significativo, en la celebración del Bicentenario, para que Chile
sea, de verdad, UNA MESA PARA TODOS.
Concluye el Santo Padre:
"El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios
en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de
verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo,
no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don"
(23).
Esta noche, en esta aula académica que nos congrega, damos
gracias al Señor por este don. Y al Santo Padre
por este texto iluminador que nos regala para hacer de
nuestra vida personal y social, y de esta patria que
tanto amamos, lugares más llenos de amor y de verdad,
más llenos de Dios.
Muchas gracias, y que el Señor les
bendiga.
NOTAS A PIE
(1) S.S, Benedicto XVI, CARITAS IN VERITATE (en
adelante CiV) n.º 1 (2) Íbid. (3) CiV n.º 2 (4) CiV nº.
22 (5) CiV n.º 2 (6) Cfr. CiV n.º 4 (7) CiV n.º
6. (8) CiV n.º 7. (9) Íbid. (10) CiV nº. 9. (11) CiV n.º
17. (12) CiV n.º 21. (13) Íbid. (14) CiV n.º 25. (15) CiV n.º
62. (16) CiV n.º 21. (17) Íbid. (18) CiV n.º 50. (19) CiV n.º
28. (20) Cfr. Benedicto XVI, MENSAJE PARA LA 43ª JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES, 2009. (21) San Alberto Hurtado, ¿CÓMO LLENAR
MI VIDA?, CONFERENCIA PARA SEÑORAS EN VIÑA DEL MAR, 1946. (22)
San Alberto Hurtado, MORAL SOCIAL ACCIÓN SOCIAL, Manuscrito de 1952. (23)
CiV n.º 79 |
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