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| La familia inmigrante, nuestra familia |
GUADALAJARA, sábado, 13 enero 2007 (ZENIT.org).-
Queridos diocesanos:
En este
domingo, 14 de Enero se celebra en toda la Iglesia
la Jornada Mundial del Emigrante y de Refugiado.
Todos somos
conscientes de que la emigración, no sólo en la vertiente
de salida de nuestros compatriotas al extranjero, sino, sobre todo,
en la presencia de extranjeros entre nosotros está constituyendo y
va a seguir significando un fenómeno de la máxima importancia
social y eclesial. Es uno de los signos de nuestro
tiempo.
Sabemos también los beneficios que la emigración supone para
la Hacienda pública, la Seguridad Social, las empresas, los servicios
públicos y privados, la atención de personas mayores etc.
Pero
no podemos ignorar las dificultades por las que ha de
pasar la persona que emigra, desde antes de salir de
su país, al que generalmente deja por necesidad de conseguir
los recursos necesarios para llevar una vida digna él y
su familia, cuando no ha de hacerlo forzado por la
violencia, la discriminación, el exilio, el destierro o la guerra.
A estas dificultades en origen se añaden las del trayecto,
que, en casos como el de la travesía del Estrecho
o del Océano en frágiles embarcaciones, constituye un riego de
muerte. Luego vendrán las dificultades de encontrar trabajo, vivienda, papeles,
la adaptación al trabajo, a las comidas, a las costumbres,
al país.
¿Cómo no tener en este momento un recuerdo
dolido y agradecido a nuestros dos hermanos ecuatorianos Carlos Alonso
Palate y Diego Armando Estacio, víctimas del terrible atentado terrorista
de ETA en el Aeropuerto de Madrid-Barajas, el pasado 30
de diciembre? Al mismo tiempo que manifestamos nuestra más clara
condena y rechazo por crímenes tan execrables, pedimos para ellos
el descanso eterno y para sus familias el consuelo y
la esperanza
No solemos considerar al inmigrante desde el aspecto
e su familia y de sus derechos y obligaciones familiares.
Olvidamos así que prácticamente todos traen consigo una problemática familiar.
Vienen para ganar el sustento de su familia, la traen
consigo o proyectan reagruparse lo antes posible. Con lo cual
las dificultades se agravan. Pensemos, por ejemplo, en la vivienda.
No todos los nativos están dispuestos a alquilar una vivienda
a una familia extranjera. A veces, ¡a qué precio! Éste
es el aspecto que queremos poner especialmente de relieve en
la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado en este
año 2007. En esa dirección nos llegan tanto el Mensaje
del Santo Padre con el título La familia emigrante y
el de los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones,
e la Conferencia Episcopal Española, con el título 44 millones
de personas, una sola familia
Os invitamos encarecidamente a encomendaros
y encomendar a todas las familias a la Sagrada Familia
de Nazaret. Ella también tuvo que salir de su casa,
por lo que el Hijo de Dios nació en un
lugar extraño y tuvo que huir a Egipto perseguida.
Ponemos
de relieve el valor de la familia, que el Santo
Padre define como «lugar y recurso de la cultura de
la vida y principio de integración de valores». De ahí
la necesidad de que cuanto antes los inmigrantes puedan llevar
a cabo el derecho a vivir en familia y nuestra
obligación de favorecer la reunificación familiar y la integración de
las familias inmigrantes en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.
En el momento actual, más en concreto en nuestro país,
se presentan unos problemas específicos, que entre todos tenemos que
resolver o aliviar. Tales son, por ejemplo, la mayor exposición
de las mujeres y de los niños a ser víctimas
de abusos y del comercio degradante, la mayor dificultad de
los refugiados, los mayores obstáculos para los inmigrantes provenientes de
África y el riesgo mortal de la travesía, la situación
de los estudiantes y sus dificultades para vivir con la
familia los que están casados.
Además del importante papel que
corresponde a las Autoridades, la Iglesia tiene la sagrada misión
de ayudar a sensibilizar a la población en general, sobre
todo a los cristianos, en la estima y aprecio de
las personas y de los valores de los inmigrantes y
en la gratitud por su presencia y sus servicios, Debe
preparar y fomentar la fraterna acogida, proporcionar la ayuda necesaria
a quienes la necesiten, independientemente de su religión, abrir de
par en par las puertas a los inmigrantes católicos, miembros
de pleno derecho de la Iglesia Católica desde el principio,
a fomentar el diálogo ecuménico y el interreligioso, a colaborar
a la integración armónica de los inmigrantes, siendo ella misma
modelo de integración en sus comunidades y parroquias.
La Iglesia
tiene también la obligación de ser la voz de los
sin voz, la abogada de lo más desfavorecido, dispuesta siempre
a combatir la injusticia y a denunciar los abusos y
atentados contra la dignidad de la persona y sus derechos
fundamentales, entre los que cuenta como uno de los principales
el derecho a formar una familia y a vivir unida
y reunida.
Papel importante en esta tarea en la Iglesia
corresponde a las familias cristianas, a las parroquias, a Caritas
y demás instituciones y organizaciones de la pastoral en general
y de la pastoral social y caritativa en particular.
Queridos
hermanos inmigrantes: Os saludo cordialmente en esta Jornada especialmente dedicada
a vosotros y a vuestras familias. Os invito a tomar
conciencia de vuestra dignidad, de vuestros derechos y deberes y
de vuestros valores, a ponerlos en común con nosotros y
a esforzaros por aceptarnos. Hagamos todos el esfuerzo para caminar
hacia una pronta integración armónica en el intercambio de dones.
De él resultará, sin duda, un mayor enriquecimiento de nuestra
sociedad y de nuestra Iglesia, del que todos saldremos beneficiados.
Os saluda y bendice vuestro Obispo, + José Sánchez González
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