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| Creer, migrar e integrarse |
No hace falta una sensibilidad excesiva para compadecerse de los
centenares de inmigrantes procedentes de África que a diario son
interceptados en las costas españolas, francesas o italianas en condiciones
paupérrimas. En la mayoría de los casos han invertido
todo patrimonio, toda posesión, para pagar el medio y la
persona que les ayuden a penetrar en una nueva
frontera aun a costa de la propia vida. En otras
latitudes de la tierra la odisea no es menor en
riesgo ni deja de ser conmovedora: la frontera México-Estados Unidos
constituye, hoy por hoy, un punto nodal de excesivo flujo
migratorio donde las garantías de éxito para el emigrante ilegal
no son halagüeñas. Según las estadísticas del gobierno estadounidense,
alrededor de 800, 000 mexicanos ingresan diariamente a los Estados
Unidos. Cada año la Unión Americana admite entre 150, 000
y 200, 000 mexicanos al país como residentes permanentes legales[1].
Según datos recientes de las Naciones Unidas, los emigrantes por
razone económicas son hoy casi doscientos millones; los refugiados, cerca
de nueve millones y los estudiantes internacionales unos 2 millones[2].
A estos habría que añadir los desplazados internos y los
emigrantes irregulares. Todos ellos son, de una u otra manera,
“Prófugos de cualquier condición que, impulsados por las persecuciones o
por la necesidad, se ven obligados a abandonar la patria,
la amada familia, los vecinos y los amigos entrañables, para
dirigirse a tierras extranjeras”[3]. No obstante las mil vicisitudes y
los casos de muerte en situaciones verdaderamente trágicas, hay
seres humanos que alcanzan el objetivo de ingreso y establecimiento
en un nuevo país. Tanto individual como colectivamente, la persona
y los distintos grupos de inmigrantes[4] llevan consigo un patrimonio
cultural y religioso rico de significativos elementos; poseen unas características
propias: hasta el momento antes que emigraran el ambiente en
que se habían desenvuelto formó, de una u otra manera,
su ser de sujetos culturales. El emigrante está marcado
por una faceta o medio cultural que, comúnmente, coincide en
identificarse con las fronteras de un país. “El hombre existe
siempre en una cultura concreta”[5]. Es verdad que en algunos
países los diferentes grupos étnicos no comparten la totalidad de
elementos que pueden determinar universalmente a todos los miembros de
un Estado político, sin embargo, es común que a
la mayor parte de sus habitantes se les puedan atribuir
unos rasgos o características más o menos generalizadas. Una de
ellas es la religión.
El inmigrante, al penetrar
una nueva frontera, lleva consigo ese patrimonio cultural. En él
se ha desenvuelto y resulta, por consiguiente, ineludible el
choque que supone su encuentro con la nueva realidad cultural
ante la que se halla.
Cada país posee
una cultura propia. Su conciencia histórica no es la misma
que la del país vecino ni la de ningún otro.
No obstante, sería falso negar que, incluso así, un gran
número de naciones comparten, aunque sólo sea parcialmente, una riqueza
común. La religión vuelve a suponer un ejemplo claro. Una
buena cantidad de países latinoamericanos, europeos, e incluso asiáticos, participan
en mayor o menor medida de una fe ya cristiana,
ya musulmana, ya hindú. Las manifestaciones culturales convertidas en obras
artísticas (esculturas, pinturas, arquitectura, literatura, etc.), evidencian la sintonía, la
proximidad, en al menos un rasgo, aunque éste esencialísimo, del
todo cultural.
En gran medida, la religión, como
elemento constitutivo e imprescindible de una cultura, cuando no fundante,
anima la visión que determinará la cerrazón o apertura en
el proceso de integración de los inmigrantes y la reciprocidad
por parte de los ciudadanos del país que los recibe.
Nos encontramos así ante una pluralidad bien diversificada de posturas
en torno al fenómeno de la integración del migrante y
la aceptación del mismo en nuestra actualidad. Un fenómeno que
se ha ido acentuando y tomando carices distintos tanto por
parte de las masas que se movilizan como de los
habitantes de los lugares hacia los cuales se desplazan y
establecen. Consientes de que la presencia de extranjeros, sobre todo
en los países desarrollados o que gozan de un esperanzador
futuro económico o pacífico, está constituyendo y va a seguir
significando un fenómeno de la máxima importancia social[6], conviene buscar
un cauce que distense el encuentro que supone. Es este
encuentro el que plasma un planteamiento peculiar en torno al
tema de la aceptación o integración mutua. Un “problema” que
parece encontrar solución en las respuestas que ofrece la religión,
que aporta la fe. Partimos de la obviedad tocante a
la diversidad de credos. No es la religión en su
conjunto, por el mero hecho de ser religión, quien puede
establecer cauces válidos aunque eso se desearía.
A raíz del viaje realizado a Turquía,
Benedicto XVI ha agradecido y ensalzado el sentido de la
hospitalidad que distingue a los países de mayoría musulmana. Al
musulmán el asilo se le presenta como un deber. Sin
embargo, no se puede ocultar el enfoque que al respecto
tienen sobre la integración en cuanto toca a los suyos.
Los hechos manifiestan la actitud más o menos general del
musulmán: no hay espacio para la integración so pena de
caer en una mal entendida conversión o abandono de la
propia fe. Son conocidas las peticiones realizadas por grupos islamistas
en España o Inglaterra que han llegado a solicitar la
aplicación, para sus comunidades, de una regulación jurídica especial semejante
a la que vivían en los países de origen. En
el caso de ser los países de mayoría musulmana los
que acogen, si bien hemos ponderado el sentido del asilo,
no se puede considerar a éste como un gesto que
implique una indiferencia de cara al futuro. En la práctica,
prima el deber del inmigrante a comulgar, en algunos lugares
incluso coaccionado por la fuerza física y la presión psicológica,
con la cultura del lugar. Se violan los derechos humanos.
De aquí la necesidad de reflexión respetando siempre la distinción
entre diálogo civil y religioso; distinguir entre esfera civil y
esfera religiosa también en los países musulmanes pues no son
desconocidas las graves dificultades que los cristianos experimentan para
que les sean reconocidos sus derechos humanos[7]. El hindú trata
de no estar sujeto al mundo. Integrarse supondría ligación. Si
bien la práctica actual más extendida se distingue por el
principio práctico religioso de indiferencia hacia las cosas materiales, incluyendo
al hombre, se vale de ellas en tanto cuanto le
son útiles. Prima un utilitarismo que imposibilita profundamente la compenetración
real. Una cosa es valorar la cultura y la sociedad
por el carácter absoluto que entrañan al estar conformadas por
personas individuales, y otra utilizarla como medio para fines particulares.
También son conocidas las secuelas de violencia hacia cristianos, incluso
nativos, en ciertas zonas de la India. Podríamos extendernos hacia
otras confesiones pero este botón de muestra basta. Actualmente son
más palpables las causas que motivan los desplazamientos migratorios: pobreza,
injusticia, intolerancia religiosa, conflictos armados; la búsqueda de unas mejores
condiciones de vida que satisfagan las carencias económicas, la búsqueda
de la paz o el lícito propósito de la unidad
que supone el reencuentro familiar. En la visión católica, la
realidad de las migraciones no puede ni debe ser vista
sólo como un problema, sino también y sobre todo como
un gran recurso para el camino de la humanidad[8]. Es
esta percepción la que ha justificado desde siempre[9] el válido
y legítimo principio de libertad de tránsito basado en la
concepción de la humanidad como una gran y única familia.
Los documentos y declaraciones del Papa[10], el Pontificio Consejo
para la pastoral de los emigrantes e itinerantes[11] y varias
conferencias episcopales como la estadounidense, mexicana, española[12] o italiana, han
buscado explicar las causas profundas de las mareas migratorias, además
de defender una mayor comprensión respecto al sentido del derecho
a desplazarse cuando las circunstancias lo ameritan, con la consecuente
respuesta y actitud humana tocante a la acogida.
Con no menor claridad han instado a los países de
dónde nacen los constantes y abundantes flujos migratorios a ofrecer
a sus habitantes las oportunidades económicas, políticas y sociales que
les permitan alcanzar una vida digna y plena mediante el
uso de sus dones de manera que eviten la necesidad
de salir de la propia tierra en busca de una
vida mejor al que les da el lugar de origen.
Y es que “en el enorme campo de las migraciones
internacionales la persona humana tiene que ponerse siempre en el
centro. La justa integración de las familias en los sistemas
sociales, económicos y políticos de lo países de acogida sólo
se alcanza, por un lado, respetando la dignidad de todos
los inmigrantes, y, por otro lado, con el reconocimiento por
parte de los mismos inmigrantes de los valores de la
sociedad que les acoge”[13].
Por lo anterior, han
reconocido la obligación por parte del inmigrante a “que
cultiven una actitud abierta y positiva hacia la sociedad que
le acoge, manteniendo una disponibilidad activa a las propuestas de
participación para construir juntos una comunidad integrada que
sea “casa común” de todos”[14]. Actitud que puede entenderse como
un deseo de conocer la historia nacional o aprender la
lengua, por ejemplo; aceptación y valoración que no deben significar
comulgar con falsos valores que más bien son vicios disfrazados
de virtudes y que suelen presentarse como progresos de sociedades
modernizadas. Tampoco debe entenderse esta inculturación como una renuncia al
pasado, a la cultura en la que se nació y
desarrolló el migrante; no se debe entender como la pérdida
de los verdaderos y universales valores depositados en la cultura
patria a favor de una malentendida homogeneización[15]. Valorar y respetar
lo nuevo no significa renunciar a lo que de bueno
hay en lo propio. Dígase lo mismo para los que
les reciben: ¡cuánta riqueza produce el abrirse a conocer lo
valioso y bello que ofrecen otras culturas! Por eso es
necesario llevar a cabo acciones legislativas, jurídicas y sociales para
facilitar dicha integración[16].
Esta visión cristiano-católica responde con
acierto al problema de la integración pero no se
queda en el plano teórico. “La Iglesia estimula la ratificación
de los instrumentos legales internacionales destinados a defender los
derechos de los emigrantes, refugiados y sus familias, y ofrece,
en varias de sus instituciones y asociaciones, el amparo que
resulta cada vez más necesario”[17]; tutela a los emigrantes y
a sus familias a través del auxilio de protecciones legislativas,
jurídicas y administrativas específicas, así como a través de una
red de servicios, centros de escucha y de estructuras de
asistencia social y pastoral[18]. Ésta es una respuesta equilibrada que
concede a la fe un papel protagónico. Obviamente presupone un
credo arraigado y vivido y una disponibilidad a cooperar tanto
por parte del migrante como del nativo que le recibe.
La disyuntiva parece ahora venir del encuentro entre migrantes de
otras religiones con su particular cosmovisión del mundo y la
cultura y los ciudadanos con los que convivirán o viceversa.
Cada vez es mayor la migración de musulmanes hacia
países europeos o hacia Norteamérica en busca de trabajo, democracia
o también por la reunificación familiar. Los católicos están llamados
a ser solidarios con los inmigrantes musulmanes, conociendo su cultura
y religión, y testimoniando los propios valores cristianos desde la
perspectiva de la nueva evangelización: deben profundizar su identidad dando
testimonio de ella. Esto presupone el respeto mutuo y la
solidaridad humana. De la misma manera, los inmigrantes musulmanes deben
respetar la identidad cultural y religiosa del país que les
acoge; distinguir lo que dichas sociedades pueden o no
pueden tolerar de la cultura islámica y lo que se
ha de respetar y compartir.
Sea cual sea
el caso, el cristianismo no puede entenderse como una fuerza
cultural impositiva cerrada a todo lo que no sea ella
misma. La historia pone de manifiesto la manera como ella
se ha ido enriqueciendo de todas aquellas huellas de verdad
existentes en culturas y civilizaciones de distintas latitudes geográficas y
estadios temporales tan diversos, reconociendo y abrazando lo que de
bueno y verdadero ha visto en ellas. Por su parte,
la aportación que ha ofrecido se constata en la impronta
dejada en todo el orbe occidental y en no pocos
países de otros continentes. Una de sus máximas expresiones cristalizó
en el haber fundamentado el valor de la persona humana
y la igualdad de derechos del hombre y la mujer
que desembocaría en la declaración universal de los derechos humanos.
El cristianismo no ha denostado a aquellas culturas con las
que ha entrado en contacto. Ha sabido inculturizarse e inculturizar;
ha sabido ser una religión abierta que ha dado forma
al concepto de cultura. Esto es algo que deben saber
dar y a lo que deben estar dispuestos los que
llegan a un nuevo país con la esperanza de mejores
oportunidades de vida. A su vez, también es una actitud
a valorar por parte de los que acogen independientemente de
la religión profesada por una u otra parte.
La religión juega un papel trascendental
en el proceso de integración. Obviamente no es indiferente la
mirada que de dicha integración hace cada credo; en el
cristianismo católico jamás se considerará a ningún ser humano como
extranjero y sí como parte de la única y gran
familia humana. No deja de ser tarea del inmigrante el
tomar conciencia de su dignidad, de sus derechos, deberes y
de sus valores; de su compromiso a ponerlos en común
con los otros y a esforzarse por aceptar y ser
aceptado. Se puede “caminar hacia una pronta integración armónica en
el intercambio de dones”[19]. Es un hecho.
Si te interesó el
artículo te invitamos a escribirle a su autor dando un
jem@arcol.org
Notas [1]
Melissa Therrien y Roberto R. Ramirez, The Hispanic Population in
the United States: March 2000, Current Population Report P20-535 (Washington,
D.C.: U.S. Census Bureau, 2000). Immigration and Naturalization Service,
nota de prensa "INS Announces Legal Immigration Figures for FY2001"
Washington, D.C., August 30, 2002. U.S.-Mexico Migration Panel, Mexico-U.S. Migration:
A Shared Responsibility (Washington, D.C.: Carnegie Endowment for International Peace,
2001). Jeffrey Passel, "New Estimates of the Undocumented Population in
the United States," (Washington, D.C.: Migration Policy Institute/Migration Information Source,
22 de mayo de 2002). U.S. - Mexico Migration Panel,
Mexico-U.S. Migration: A Shared Responsibility (Washington, D.C.: Carnegie Endowment for
International Peace, January 2001), p. 28. También ver INS Statistical
Yearbook, FY 2000. También consultar Statistical Yearbook of the Immigration
and Naturalization Service, Fiscal Year 2000 en www.ins.usdoj.gov [2] Cfr. Página
oficial de las Naciones Unidas versión española en www.un.org/spanish/documents/ [3] Pío
XII, Exsul familia: AAS 44 (1952) 649. [4] A) Inmigrante:
Toda persona que ingresa de otro país a territorio nacional
con el objetivo de transitar por o establecerse en él.
B) Emigrante: Toda persona que sale de su país natal
para vivir en otro en forma permanente. C) Migrante: Una
persona en tránsito, en movimiento (voluntario o forzado) dentro de
su propio país, internacionalmente, o ambos. A diferencia de los
refugiados, los migrantes tienen la capacidad de regresar a su
país de origen cuando así lo deseen ya que sus
vidas no peligran en él. Usamos los términos utilizados en el
documento “Juntos en el Camino de la Esperanza Ya No
Somos Extranjeros. Carta pastoral de los Obispos Católicos de los
Estados Unidos y México sobre la migración” emitido conjuntamente por la
Conferencia de Obispos católicos de Estados Unidos y la Conferencia
Episcopal Mexicana. En http://www.nccbuscc.org/mrs/strangersp.shtml [5] Juan Pablo II, Encíclicas de
Juan Pablo II. Edición preparada por J.A. Martínez Puche, O.P.
Edibesa 5ª ed., Madrid 2003, Veritatis Splendor n. 53, p.
1072-1073. [6] Mons. José Sánchez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, España. “La familia
inmigrante, nuestra familia”, Carta pastoral en http://www.zenit.org/spanish/ [2007-01-13]. [7] Conviene
ver “Migración e itinerancia desde y hacia los países de
mayoría islámica”. Conclusiones y recomendaciones: “Migrantes musulmanes en los países
de mayoría cristiana”. Consejo Pontificio para la Pastoral de los
Emigrantes e Itinerantes. XVII Sesión Plenaria. Vaticano 15-17 de mayo,
2006. En: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/migrants/documents_1/rc_pc_migrants_doc_15170506_XVII-plenaria-finaldoc_sp.html [8] Meditación mariana del Ángelus, 14 de enero
de 2007, n. 3: L´Osservatore Romano, edición en lengua española,
19 de enero de 2007, p. 1. [9] Cfr. En la
“Pacem in Terris” de Juan XXIII se profundiza en el
derecho del individuo a migrar cuando así lo aconsejan los
legítimos intereses. [10] Véase el elenco completo de los mensajes del
pontificado de Juan Pablo II con ocasión de las Jornadas
mundiales del emigrante en http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/migration/index_sp.htm [11] Véase, por ej.: INSTRUCCIÓN “ERGA
MIGRANTES CARITAS CHRISTI”(La caridad de Cristo hacia los emigrantes). PONTIFICIO
CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES, 1
mayo de 2004. En http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/migrants/documents/rc_pc_migrants_doc_20040514_erga-migrantes-carit S.E. Mons. Agostino
MARCHETTO, Los flujos “migratorios” en el mundo. Consecuencias y expectativas.
Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes.
Congreso Nacional sobre la Pastoral de la Movilidad Humana, (10-14
marzo 2003), Veracruz, México. En http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/migrants/documents/rc_pc_migrants_doc_2003035_flows_marchetto_sp.html [12] Véase, por ej. “Los
inmigrantes, un desafío…” Carta pastoral de la conferencia episcopal española.
Boletín oficial del obispado Mondoñedo-Ferrol Año CL octubre-diciembre 2006
n. 10-12. En http://www.mondonedoferrol.org/definitiva%20diocesis_archivos/bolet%C3%ADn/boletin%20obispado%20out%20dec%20internet.pdf [13] Meditación mariana del Ángelus, 14 de
enero de 2007, n. 3: L´Osservatore Romano, edición en lengua
española, 19 de enero de 2007, p. 1. [14] Mensaje del
S. Padre Benedicto XVI para la 93ª jornada mundial del
emigrante y el refugiado, 18 de octubre de 2006, n.
47: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de noviembre
de 2006, p. 10. [15] Juan Pablo II, Ecclesia in America
n. 5, Editrice Vaticana 1999. [16] Mensaje del S. Padre Benedicto
XVI para la 93ª jornada mundial del emigrante y el
refugiado... [17] Mensaje del S. Padre Benedicto XVI para la 93ª
jornada mundial del emigrante y el refugiado… [18] Meditación mariana del
Ángelus, 14 de enero de 2007, n. 3: L´Osservatore Romano,
edición en lengua española, 19 de enero de 2007, p.
1. [19] Cfr. Carta pastoral de mons. José Sánchez, obispo
de Sigüenza-Guadalajara, España La familia inmigrante, nuestra familia Por monseñor
José Sánchez González, obispo de Guadalajara-Sigüenza en http://www.zenit.org/spanish/ Fecha publicación:
2007-01-13. |
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