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| Vivir cristianamente en democracia |
PAMPLONA, sábado, 3 marzo 2007 (ZENIT.org).- * * * Introducción Para
poder vivir con paz en este mundo nuestro, tenemos que
tratar de comprender los elementos esenciales de nuestra propia vida.
No podemos disfrutar de nuestra condición de cristianos si no
la conocemos suficientemente. Los laicistas querrían recluir la vida cristiana,
la vida de los cristianos, al ámbito privado, como si
la vida personal y la vida en familia pudiera estar
inmunizada de las influencias del ambiente y del conjunto de
la sociedad. Tanto si las aceptamos como si las rechazamos,
los cristianos vivimos en este mundo, recibimos las influencias de
todo lo que hay en la sociedad y nos sentimos
también movidos y responsabilizados de influir en la vida de
la sociedad, denunciando y eliminando los males y apoyando todas
las cosas buenas vengan de donde vengan.
Para cumplir la
recomendación cuaresmal tenemos que tener en cuenta la gravedad del
conflicto cultural en que vivimos. Están enfrentadas dos maneras de
entender la vida, uno de sus rasgos diferenciantes fundamentales es
la valoración de la religión, vida humana con Dios o
sin Dios. Esta es una cuestión capital. Y no solamente
como una cuestión social o cultural, este conflicto se hace
más agudo porque el gobierno y grandes fuerzas sociales son
claramente beligerantes en favor de la implantación social de la
concepción de la vida sin Dios.
Miembros responsables de la
sociedad No somos de este mundo pero vivimos en el
mundo. Somos ciudadanos del cielo y conciudadanos de los santos,
pero esta vida celestial tenemos que ejercerla penosamente en las
condiciones terrenas de nuestra vida temporal. Esta es la complejidad
y la riqueza de la vida cristiana, vivir en comunión
con el dios del Cielo mientras peleamos en este mundo,
estar bien presentes en la tierra teniendo el corazón en
el cielo, vivir intensamente en el hoy, cuando tenemos puesta
la esperanza en el mañana de la vida eterna.
Para
no confundir las cosas, tenemos que afirmar desde el principio
la originalidad y las diferencias de la Iglesia respecto del
resto de la sociedad. La Iglesia es la sociedad de
los hijos de Dios en el mundo. Después de una
larga preparación, comienza con la encarnación del Hijo de Dios
en el seno de la Virgen María. El es el
Hijo de Dios hecho hombre, principio de la nueva humanidad,
la humanidad de los hijos de Dios encabezados por El
y santificados por el Espíritu Santo. La Iglesia «tiene su
origen y su fundamento permanente en Cristo, sus miembros nos
incorporamos libremente a ella por la fe y el bautismo
y recibimos el don del Espíritu Santo, principio de renovación
espiritual que nos dispone para actuar justamente en este mundo
mientras caminamos en la presencia de Dios hacia la vida
eterna. Ninguna otra institución tiene en la tierra medios ni
fines semejantes.» (Orientaciones morales, n.45).
Los católicos nos sentimos hijos
de Dios, llamados a la vida eterna, pero tenemos los
pies en el suelo y sabemos que tenemos que afirmar
nuestra fe, ejercitar nuestra esperanza y practicar diligentemente nuestra caridad
en el contexto real y actual de nuestra vida terrestre.
Así, en la vida de los cristianos se va haciendo
poco a poco, penosamente, la reconciliación y el encuentro entre
el Creador y las criaturas, entre el Padre celestial y
la humanidad. Viviendo para Dios no nos alejamos del mundo,
porque sabemos que el mundo es de Dios y Dios
se ha vinculado definitivamente a nuestro mundo en la carne
de su Hijo. Quien se acerca a Dios, se siente
enviado al mundo con el mismo amor con el cual
El vino y se entregó por nosotros. El cristianismo es
la religión del hombre para Dios y porque antes Dios
quiso vivir y morir para el bien del hombre.
De
este modo los cristianos nos sentimos doblemente vinculados a nuestro
mundo y a nuestros hermanos. Por nuestra condición humana y
por la ley del amor nos sentimos vinculados a nuestro
mundo, al bien de la sociedad concreta en que vivimos.
Los cristianos y la misma Iglesia, somos parte de la
sociedad, estamos profundamente arraigados en ella por vínculos naturales y
sobrenaturales, por múltiples vínculos de convivencia reforzados por el apremio
del amor fraterno. El hecho de adorar a Dios y
de vivir arraigados en Cristo no nos aleja del mundo
sino que nos permite vivir más intensamente nuestras responsabilidades y
ofrecer a nuestros conciudadanos los mismos dones sobrenaturales que nosotros
hemos recibido y los abundantes bienes de orden cultural y
social que se derivan de la iluminación de la fe
y de la sanación espiritual que los dones del Espíritu
Santo producen en nosotros. Si la razón humana es capaz
de organizar la convivencia y elaborar modelos morales de vida
y de comportamiento, la fe purifica y enriquece las capacidades
naturales, ilumina la razón, purifica los deseos y fortalece la
voluntad para percibir y practicar el bien en la vida
personal y social.
No sólo los partidos políticos y las
instituciones temporales pueden y deben enriquecer la vida de la
sociedad. También la Iglesia y los cristianos en tanto que
cristianos podemos y debemos ofrecer a la sociedad en que
vivimos todos los bienes naturales y sobrenaturales que hemos recibido.
Creer en Dios y vivir según su voluntad no es
algo opcional de lo que podamos prescindir sin padecer graves
privaciones y malograr nuestra existencia. Este es precisamente el error
trágico del laicismo, pensar que el hombre encerrado en sí
mismo, sin contar con Dios, puede alcanzar la plenitud de
su existencia. Si estamos hechos para convivir con Dios, si
somos algo más que el resultado de una evolución estrictamente
mundana y material, los hombres no podemos llegar nunca a
serlo totalmente sin reconocer a Dios como referencia absoluta y
centro definitivo de nuestras aspiraciones. Por eso los cristianos, al
sentirnos elegidos y enriquecidos por el conocimiento y el reconocimiento
de Dios, nos sentimos obligados a ofrecer a nuestros conciudadanos
esta fe que sostiene nuestra existencia y de la cual
nacen convicciones y sentimientos que iluminan y fortalecen nuestra existencia
también en las vicisitudes y obligaciones de nuestra vida social,
cultural, económica y política. «No seríamos fieles a los dones
recibidos, ni seríamos tampoco leales con nuestros conciudadanos, si no
intentáramos enriquecer la vida social y la propia cultura con
los bienes morales y culturales que nacen de una humanidad
iluminada por la fe y enriquecida con los dones del
Espíritu Santo» (ib. n.46).
«La fe no es un asunto
privado» (ib. n.48). Quienes pretenden reducirla a la vida privada
cometen dos equivocaciones. En primer lugar no se dan cuenta
de que la fe en Dios es una decisión personal
que afecta a la persona entera, en la comprensión de
sí mismo y del mundo, en el proyecto y realización
de todas sus acciones y realizaciones sociales. Por otra parte,
esa distinción que a veces aceptamos sin discusión entre vida
privada y vida pública no responde la realidad de nuestro
ser. Nada en el hombre es del todo privado ni
es únicamente público. Nuestras convicciones personales más íntimas condicionan la
manera de manifestar y desarrollar nuestra vida en las relaciones
con los demás. Lo que hacemos en la vida pública
nace de lo que somos en el foro interior de
nuestra conciencia, de nuestras convicciones, de nuestras aspiraciones más profundas
y personales.
Por eso está plenamente justificado que nos preguntemos
cómo podemos y debemos portarnos los cristianos en la vida
pública, y más en concreto qué debemos hacer para vivir
adecuadamente como cristianos en una sociedad democrática? Lo que ocurre
a nuestro alrededor nos influye profundamente, influye en nuestras familias,
nos facilita o nos perjudica vivir de acuerdo con nuestra
fe y nuestras convicciones religiosas. De estas cuestiones queremos ocuparnos
en esta tercera conferencia.
El servicio de la evangelización A
la hora de pensar en los servicios que los cristianos
tenemos que hacer a la sociedad en la que vivimos,
tendemos a pensar inmediatamente en servicios de orden material, valorando
únicamente lo que la Iglesia hace en el orden de
la educación de la asistencia a los enfermos o los
necesitados de cualquier género. Que esta simplificación la hagan quienes
no conocen ni valoran la fe como una riqueza de
la existencia, puede ser explicable y excusable. Pero que esto
mismo lo hagamos los mismos cristianos es un error imperdonable.
La Iglesia, y los cristianos como miembros suyos, estamos en
este mundo, ante todo, para difundir el evangelio de Jesús,
para ampliar y multiplicar su testimonio sobre la bondad de
Dios, para ayudar a nuestros hermanos a descubrir la verdad
y grandeza de nuestra existencia, tal como Dios nos la
manifestó en Cristo, «para que su nombre sea santificado, para
que venga su Reino, para que su voluntad se cumpla
en la tierra como en el Cielo».
Con frecuencia se
piensa que este anuncio del evangelio corresponde sólo a los
Obispos y sacerdotes, a los religiosos y consagrados. Es cierto
que todos tenemos nuestras responsabilidades y tareas específicas, pero tenemos
que tener muy claro que el anuncio, la presentación de
la Palabra de Dios como palabra de salvación, consiste en
la presencia elocuente de Cristo en nuestro mundo, como Palabra
de salvación, que se hace presente en el testimonio, en
la vida y en la actuación de los cristianos en
su conjunto. La Iglesia entera, todas las comunidades, todos las
familias cristianas, todos los cristianos en su conjunto, arraigados en
Cristo y vivificados por el Espíritu, somos la ampliación elocuente
de la gran palabra de Dios al mundo que es
Cristo.
Tenemos que cambiar muchas cosas en este servicio de
la evangelización superando cualquier actitud de superioridad o de imposición.
Sin condenar, sin juzgar ni menospreciar a nadie, nuestra misión
es ofrecer humilde y amablemente, y con toda claridad, lo
que hemos recibido, porque estamos seguros de que los demás
también lo necesitan para vivir su vida adecuadamente, para ser
felices, y porque además el Señor merece ser conocido y
alabado por todos sus hermanos. Ese es el primer gesto
de reconocimiento y alabanza que le debemos. La primera exigencia
de nuestra gratitud. Evangelizar sin condenar, ofrecer sin humillar, éste
tiene que ser el nuevo estilo.
Los derivados culturales de
la fe Junto con el anuncio de la bondad y
de las promesas de Dios en Jesucristo, la Iglesia y
los cristianos podemos ofrecer a nuestros conciudadanos muchos bienes de
orden cultural, ya no directamente religiosos, que históricamente han nacido
de la experiencia cristiana, como la valoración de la persona,
el aprecio de la vida, la igualdad entre varón y
mujer, el valor del trabajo, el respeto absoluto por la
justicia, la unidad e igualdad de razas y pueblos, etc.
Aunque la vida cultural y política no es competencia directa
de la Iglesia, nuestra fe clarifica los contenidos de la
justicia y purifica la voluntad para servirla y respetarla. (Benedicto
XVI en «Dios es amor»). Este servicio de la Iglesia
ha tenido una importancia decisiva en la configuración de nuestro
patrimonio cultural, social, jurídico y político. La misma democracia ha
nacido y crecido en el humus cultural del cristianismo.
Una
distinción fundamental En este punto hemos de tener presente una
distinción que es fundamental para ver con claridad en este
asunto. La Iglesia en su conjunto, quienes la representan y
tienen autoridad en ella, los cristianos en cuanto miembros de
la Iglesia, tenemos que mantener una distancia en relación con
los asuntos de este mundo, con todo lo que es
obra de la razón, de las ciencias y técnicas, de
la política. Los asuntos que forman parte de la vida
racional y técnica del hombre y de la sociedad son
competencia del hombre y de la sociedad en sus instituciones
y actividades naturales. El mundo tiene una consistencia interior que
no puede ser alterada al margen de su propia naturaleza.
Esta es la verdadera secularidad del mundo. En este terreno
la Iglesia no tiene competencia especial. Su misión es religiosa
y moral. Otra cosa es que la moral derivada de
la fe en Dios, cuando se cree desde el fondo
del corazón, influya realmente en la manera de ver y
hacer todas las cosas. Anunciando el Reino de Dios la
Iglesia trabaja indirectamente en favor de la libertad, de la
solidaridad, del desarrollo y de la convivencia. La fe ilumina
y humaniza todas los ámbitos de la vida personal, familiar
y social, nacional e internacional (ib. nn.48 y 49).
Responsabilidad
social y política de los laicos cristianos Los fieles cristianos,
en la medida en que forman parte de la sociedad
terrestre, tienen que colaborar con todos los demás ciudadanos en
la noble tarea de construir la ciudad terrestre de la
manera más justa posible, buscando continuamente fórmulas de convivencia y
de colaboración en la verdad, la libertad y la justicia.
Esta es la doctrina ampliamente enseñada en la Iglesia por
el Concilio Vaticano y por múltiples documentos de los Papas
y de los Obispos. En España la Conferencia Episcopal publico
en 1986 un documento sobre este punto «Católicos en la
vida pública» que tiene hoy plena actualidad.
Los laicos, como
ciudadanos de la sociedad secular, en plenitud de sus derechos
y obligaciones, tienen preferentemente la tarea de hacer valer las
normas nacidas de la recta razón, de la fe y
del amor cristiano en las relaciones y actividades de la
vida secular. Los laicos cristianos tienen «el deber inmediato de
actuar en favor de un orden más justo en la
sociedad». La caridad tiene que animar toda la vida de
los fieles cristianos y por tanto también sus actuaciones políticas,
en forma de lo que se llama «caridad social». Su
misión es «configurar rectamente la vida social, respetando su legítima
autonomía y colaborando con los otros ciudadanos, según las respectivas
competencias y baso su propia responsabilidad (ib. n. 29).
Con
frecuencia, cuando los cristianos criticamos una ley o proponemos un
proyecto, nos dice que queremos imponer a la sociedad nuestras
propias convicciones de moral, como hacíamos en los tiempos del
Estado confesional y de la Iglesia impositiva. La respuesta es
clara. Primero que nosotros no queremos imponer nada, simplemente proponemos
nuestras ideas como las demás, porque las consideramos buenas para
todos. Reclamamos solamente la posibilidad de que nuestras ideas sean
conocidas y lleguen a ser aceptadas como cualquier otra si
por los procedimientos previstos alcanzan la mayoría y la aceptación
requerida.
Por otra parte, la moral cristiana no es una
moral ajena a la naturaleza humana, no es algo arbitrario
y añadido a la vida y a la conciencia humana
normal. En su mayor parte, la conciencia cristiana es simplemente
la moral común, fundada en la naturaleza humana, al alcance
de la razón, refrendada por la tradición humana, iluminada y
fortalecida por la fe. La fe no nos trae una
visión sobreañadida, artificial, y por tanto perturbadora y prescindible. Sino
que es la misma moral humana, fundada en la misma
naturaleza, conocida por la razón común, clarificada por la fe
y la tradición cristiana, fortalecida por los dones y a
las ayudas del espíritu. Otra cuestión es si la moral
cristiana tiene algún contenido específico no perceptible por la sola
razón al margen de la revelación divina. Algunos moralistas dicen
que no. Pero no parece una opinión bien fundada teológicamente.
En profunda sintonía con lo natural, la gracia desborda la
naturaleza, no sólo teóricamente sino también en el orden práctico,
en la manifestación del amor a Dios y al prójimo,
como p.e. la abnegación martirial y ascética, el amor a
los enemigos, el perdonar setenta veces siete, etc. La constitución
de un patrimonio moral social, dinámicamente entendido, con la aportación
cristiana, en colaboración con el ejercicio de la recta razón
de todos los conciudadanos es aceptable como base moral de
la vida política, pero no como sustitutivo de la moral
eclesial tradicional y plena. La Iglesia no puede por qué
concordar su patrimonio con nadie ni someterlo a nadie.
Con
una plataforma común «La doctrina social de la Iglesia argumenta
desde la razón y el derecho natural, es decir, a
partir de lo que es conforme a la naturaleza de
todo ser humano. Y sabe que no es tarea de
la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta
doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en
la política y contribuir a que crezca la percepción de
las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo,
la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto
estuviera en contraste con intereses personales» «La Iglesia no puede
ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de
establecer la sociedad más justa posible. No puede ni debe
sustituir al Estado. Pero tampoco puede desentenderse de las exigencias
de la caridad en el mundo. Tampoco puede quedarse al
margen de la lucha por la justicia. Tiene el deber
de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la
formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de
la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.» (Benedicto XVI, Dios
es amor, n.28).
«La doctrina social de la Iglesia argumenta
desde la razón y el derecho natural, es decir, a
partir de lo que es conforme a la naturaleza de
todo ser humano. Y sabe que no es tarea de
la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta
doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en
la política y contribuir a que crezca la percepción de
las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo,
la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto
estuviera en contraste con intereses personales» «La Iglesia no puede
ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de
establecer la sociedad más justa posible. No puede ni debe
sustituir al Estado. Pero tampoco puede desentenderse de las exigencias
de la caridad en el mundo. Tampoco puede quedarse al
margen de la lucha por la justicia. Tiene el deber
de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la
formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de
la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.» (Benedicto XVI, Dios
es amor, n.28).
En sus juicios y actuaciones sociales, los
cristianos tenemos con los demás la plataforma común del reconocimiento
de la dignidad y los derechos de la persona en
la medida en que son conocidos por la recta razón
y forman parte del patrimonio cultural y moral de la
sociedad. La iluminación de la fe y del amor cristiano
no entran en conflicto con este patrimonio racional y común,
pues razón y fe son vías armoniosas y complementarias de
conocer la misma realidad y en mismo ser de la
persona en todas sus dimensiones. La profunda armonía entre fe
y razón, arraigadas en la mente y en la voluntad
del mismo y único Dios, hacen posible la colaboración sincera
y paciente entre cristianos y no cristianos. Quien sigue las
luces de la recta razón se acerca a la fe,
quien vive la fe sinceramente asume con facilidad las verdades
adquiridas social y históricamente por mediante el ejercicio de la
razón.
Aunque a veces nos acusen de lo contrario, la
intervención de los cristianos en política no tiende a imponer
a los demás la fe o las obligaciones de la
moral cristiana, sino en favorecer el bien común de todos,
en libertad y justicia, tal como es patrimonio de la
sociedad con la iluminación y la purificación, la rectitud y
perseverancia que la vida cristiana aporta a quien la vive
sinceramente.
Esta intervención de los cristianos en la vida pública
se puede y se debe hacer en muchos ordenes y
de diferentes maneras.
Se puede hacer de forma personal o
asociada. En la vida ordinaria, por el sistema del boca
a boca, familia, amigos, tertulias, si sabemos responder, si tenemos
el valor de replicar amablemente y serenamente podemos hacer valer
la opinión cristiana sobre muchos acontecimientos y prácticas en muchos
asuntos. Estamos pecando de demasiado silencio, de demasiadas condescendencias.
Diversos
planos Esta intervención e influencia de los cristianos en la
vida social se puede desarrollar en
-el plano de las
actividades profesionales, médicos, abogados, jueces, periodistas, profesores. Hay que saber
en qué mundo vivimos y saber replicar serenamente con argumentos
sólidos defendiendo los puntos de vista cristianos de acuerdo con
la ley natural. Este es un elemento fundamental para la
identidad de los cristianos y el vigor espiritual de la
Iglesia. Los perfiles de la Iglesia se desdibujan si los
cristianos no se diferencian por el ejercicio de la caridad
en su vida profesional. En muchos casos puede resultar obligatoria
la objeción de conciencia, médicos, farmaceúticos, abogados, constructores, políticos, funcionarios,
etc.
-especial importancia tiene lo que podamos hacer mediante actuaciones
que influyen directamente en la opinión pública, en las tendencias
culturales, estudios, investigaciones, publicaciones, declaraciones, cartas al director, favorecer unos
medios u otros, etc., etc.
El ejercicio del voto La
participación más común de los cristianos en la vida política
consiste en el ejercicio del derecho a votar. ¿Cómo votar
en unas elecciones en las que ningún partido asume enteramente
las enseñanzas del evangelio ni de la moral católica? Los
católicos sabemos que en la sociedad actual es muy difícil
que el programa político de un partido coincida en todo
con la moral católica, ni siquiera con lo que se
podría esperar de un gobernante católico que quisiera en todo
atenerse a las directrices de una recta conciencia. Dos cosas
quiero señalar. La primera es decir que los católicos, como
todos los ciudadanos, antes de votar valoramos las propuestas de
los partidos en muchos elementos contingentes y opinables acerca de
cómo resolver los múltiples problemas temporales de la convivencia. Pero
en esta valoración es necesario que valoremos también de manera
especial los aspectos y las consecuencias morales de la ideología,
los programas y las actuaciones conocidas de los diferentes partidos
en asuntos como la educación religiosa, el apoyo al matrimonio
y a la familia, el respeto a la vida desde
la concepción hasta la muerte natural, la protección de la
seguridad, la paz social y la convivencia, la atención y
solidaridad con los pobres y necesitados, emigrantes, enfermos, tercer mundo,
además de todos los demás elementos que integran el bien
común actual de nuestra sociedad.
«Es preciso afrontar con determinación
y claridad de propósitos el peligro de opciones políticas y
legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos
arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular con
respecto a la defensa de la vida humana en todas
sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y
a la promoción de la familia fundada en el matrimonio,
evitando introducir en el ordenamiento público otras formas de unión
que contribuirían a desestabilizarla, oscureciendo su carácter peculiar y su
insustituible función social» (Benedicto XVI, Discurso al IVº Congreso Nacional
de la Iglesia de Italia, Verona, 19 de octubre de
2006). Podemos los católicos apoyar con nuestro voto a un
partido que ha eliminado la figura del matrimonio de nuestra
legislación civil y está preparando el ambiente para legalizar la
eutanasia?
En el momento actual, los católicos, además de pensar
en los elementos de orden material y social que podemos
esperar de la buena acción de los gobiernos, para votar
responsablemente y según nuestra conciencia y nuestras obligaciones como católicos,
tendríamos que preguntarnos cómo se sitúa cada partida y cada
político en relación con la ley natural y la ley
de Dios en asuntos tan importantes como:
-el respeto a
la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural;
-la visión del matrimonio y de la familia, la protección
legal de la familia, desde las políticas de la vivienda,
la compatibilidad del trabajo exterior con las obligaciones de la
familia, las ayudas para la crianza y educación de los
hijos, el reconocimiento del trabajo de la mujer en la
casa como una actividad de alto interés social, etc.
-en
todo lo referente a la educación de los niños y
jóvenes, desde el derecho a la elección de centro, la
formación religiosa en la escuela pública, la ayuda a la
creación y mantenimiento de centros de enseñanza no estatales en
igualdad de condiciones, el clima educativo general en materias morales,
la lucha contra las drogas, contra la promiscuidad sexual, el
apoyo a una buena educación de niños y jóvenes, etc.
-la actitud ante los temas de convivencia general y pacífica,
la seguridad de los ciudadanos, la lucha efectiva contra el
terrorismo, la justicia y la solidaridad entre todos los pueblos
de España.
Los católicos tendríamos que aprender también a hacer
valer nuestro voto mediante la presencia de nuestros puntos de
vista en la opinión pública y la cohesión de nuestros
votos exigiendo garantías de los candidatos sobre aquellos puntos que
nos interesan a todos. La dispersión y la falta de
unidad hace que los políticos no nos tengan en cuenta
y no acepten nuestros puntos de vista. Es verdad que
la Iglesia nos reconoce la libertad de opinar en política
y la libertad de voto, pero tiene que ser nuestra
conciencia la que nos mueva a votar teniendo en cuenta
las dimensiones morales de la cuestión, apoyando a aquellos partidos
que más se acerquen a las exigencias de una conciencia
católica. Aunque la fe cristiana no se identifique con ningún
partido, tampoco los cristianos podemos ser indiferentes o neutrales. Estamos
más cerca de los que más se acercan a la
concepción cristiana de la vida y menos agresivos son contra
la moral natural y cristiana.
La intervención de los cristianos
en los diferentes partidos políticos Aunque los partidos no sean
confesionales ni estén del todo de acuerdo con las exigencias
morales del cristianismo, los cristianos pueden participar en ellos, con
tal de que tengan la libertad de ser críticos y
confesantes en aquellos puntos que tienen conexión clara y directa
con las propuestas y normas de la moral natural y
cristiana. Los cristianos pueden militar libremente en los partidos que
mejor les parezca en función de su servicio al bien
común. Pero es evidente que a la hora de juzgar
la capacidad de un partido para servir al bien común,
el cristiano tiene que mirar mucho cómo se comporta el
partido que quiere elegir en los puntos más directamente relacionados
con los aspectos morales de la vida social, tal como
hemos señalado al hablar del voto.
En el caso de
la participación activo en un partido, el cristiano tiene que
exigir al menos plena libertad para disentir y manifestar sus
puntos de vista en cualquier punto que se discuta y
la libertad de conciencia y de actuación necesaria para no
verse obligado a apoyar ningún acuerdo que vaya en contra
de su conciencia, en contra del bien común en las
materias morales tal como las entendemos y defendemos en la
Iglesia.
Con frecuencia se da el caso de que algunos
cristianos valoran más su obediencia partidista, incluso en materias morales,
que la integridad de su comunión eclesial. Para vivir cómodamente
en un determinado partido esperan que la Iglesia cambie en
sus enseñanzas sobre materia sexual, p.e., sobre la indisolubilidad del
matrimonio, el aborto o la eutanasia. Se presentan como cristianos
progresistas y pretenden que la Iglesia se someta a los
programas de su partido en vez de luchar para que
su partido se acerque a las posturas de la Iglesia,
o por lo menos las respete, posturas que son de
ley natural y del verdadero bien social y personal. Para
poder seguir militando en un partido más o menos laico,
más o menos laicista, el cristiano debe exigir la libertad
para disentir y presentar objeción de conciencia en todo aquello
que suponga una infracción contra la ley natural y contra
su conciencia cristiana. Tiene que preguntarse si su militancia colabora
o no con los proyectos de su partido en lo
que tengan de inmorales, si el bien que pueda conseguir
mediante esa militancia, dentro y fuera del partida, compensa de
alguna manera los riesgos de esa posible colaboración. Lo que
no vale es pretender que la Iglesia y la conciencia
cristiana se someta a las exigencias de la identidad partidista.
Democracia y moral Lo que venimos diciendo supone que la
política no es una actividad exenta de las normas y
valoraciones morales. La tentación del laicismo en este punto consiste
en considerar la política exenta de cualquier ley moral objetiva
y superior, previa e independiente a las decisiones del parlamento
y de las instituciones públicas. Con ello que hace de
la política como el techo del mundo que no puede
ser traspasado por los ciudadanos y de los políticos los
dioses de la sociedad moderna que deciden lo que es
bueno y malo para el pueblo. Esta concepción de las
cosas es inaceptable para los cristianos y resulta insostenible ante
la recta razón.
La política es obra del hombre y
el hombre de la política. Antes que cualquier institución y
poder político, existe el hombre, el matrimonio, la familia, la
libertad y la conciencia moral de los hombres. La actividad
política, como actividad libre y responsable, tiene que ser una
actividad moral, que los hombres tienen que realizar en conformidad
con su conciencia. El valor y la condición moral de
cualquier actividad política viene siempre de su servicio a la
justicia, de su servicio al bien común de los ciudadanos.
La política es justa cuando sirve de verdad a la
justicia. Esto supone que podemos conocer y definir lo que
es la justicia, lo cual requiere saber previamente qué es
el hombre, cuáles son sus responsabilidades, necesidades y derechos. Conocer
todo esto, definirlo y servirlo sinceramente es la justicia personal
del político y la permanente legitimación de la autoridad que
se le concede. En esta moralización permanente de la política
y de los políticos tienen los cristianos una campo específico
de actuación siempre necesario, urgente y apremiante en la sociedad
española en estos momentos. (Cf Orientaciones Morales, nn. 52-55).
Si
no hubiera ninguna norma moral vinculante a la que tuvieran
que atener los gobernantes en sus decisiones, la sociedad entera
quedaría sometida en definitiva a las opiniones y deseos de
unas pocas personas que se alzarían con un poder sobre
las conciencias y las vidas de los ciudadanos mucho más
amplios de lo permisible. La política y los políticos están
al servicio de la convivencia, pero no tienen capacidad ni
competencia para definir lo bueno y lo malo, para configurar
y dirigir la vida de los ciudadanos. No vale decir
que los políticos interpretan y ejecutan lo que quieren las
mayorías, porque los ciudadanos en sus preferencias también tienen que
someterse a las exigencias éticas de la conciencia y de
la recta razón. Ni se puede desconocer la capacidad incalculable
que en la sociedad moderna tienen los políticos de dirigir
los deseos y preparar los consensos de los ciudadanos mediante
el control y la dirección de los poderosos medios de
comunicación. Sin el predominio de la ley moral socialmente reconocida
y vigente, la mejor democracia degenera en dictadura de unas
pocas personas con apariencias democráticas.
Así vemos cómo aun siendo
de orden diferente, religión y política no son del todo
independientes ni aisladas entre sí. Coinciden en los agentes, pues
los cristianos, junto con los demás ciudadanos, son también agentes
de la política. Y coinciden en la realización de la
justicia, conocida y ejercida por la razón y la voluntad
del hombre, dejándose iluminar y fortalecer por las revelación de
Dios y los dones del Espíritu Santo. No conviene engrandecer
la política. La vida no empieza ni termina en la
política. Es un modo de organizarnos para defendernos de los
peligros y alcanzar los bienes comunes deseados, seguridad, libertad, salud,
cultura, bienestar material, condiciones para vivir libremente en plenitud según
la propia conciencia y las propias convicciones, Pero antes de
actuar políticamente el hombre ya es persona y actúa como
tal. Si ha de ser religioso o no, depende de
su mismo ser de hombre, de lo que percibimos con
nuestra razón, de la magnitud de los deseos y carencias
que surgen en nuestra vida. La pregunta sobre el origen
de la existencia, la pregunta sobre Dios y sobre el
bien y el mal, la pervivencia, salvación o perdición, no
depende de la democracia ni de ninguna otra forma política,
nace de las entrañas del ser humano, aunque se manifiesta
de manera diferente en cada época y en cada circunstancia.
El servicio al bien común es el fundamento del valor
y de la nobleza de las instituciones políticas. Cuanto esta
finalidad se oscurece o se sustituye por la rivalidad entre
partidos o por las ventajas de un grupo determinado todo
se devalúa y se corrompe(Ibn. 57).
Proteger y favorecer la
libertad religiosa En una política democrática moderna el objetivo central
de las instituciones políticas es el de crear unas condiciones
de vida en las que los ciudadanos puedan vivir y
actuar libremente en un contexto de justicia y solidaridad. Esta
defensa y protección de la vida personal implica la protección
de la libertad religiosa. Ello significa que cada ciudadanos pueda
vivir según su propia conciencia y manifestar privada y públicamente
sus convicciones religiosas. Las democracias europeas se orientan hacia unas
formas de estado plenamente respetuosas con la vida religiosa de
los ciudadanos, un Estado sin ingerencias ni beligerancias políticas, pero
también sin exclusiones ni discriminaciones en contra de las actividades
e instituciones religiosas. «Un Estado laico, verdaderamente democrático, es aquel
que valora la libertad religiosa como un elemento fundamental del
bien común, digno de respeto y protección» (ib. n.62)
Al
fin y al cabo la religión es una actividad profundamente
humana, claramente benéfica para las personas y para la sociedad,
especialmente la religión cristiana, cuando es vivida correctamente, que una
política respetuosa con los derechos de la persona y servidora
del bien común, tiene que respetar y favorecer. El Estado
aconfesional no es un Estado que desconoce la religión y
mucho menos cargado de reticencias en contra de ella, sino
un Estado que favorece todo aquello que forma parte de
la vida razonables de los ciudadanos y está presente y
operante en la sociedad. La religión es parte esencial de
la cultura de los pueblos. Gobernar en contra de ella
o desconocerla en las gestiones del gobierno es una verdadera
agresión contra la historia, la cultura y la identidad de
una sociedad determinada. Ningún pueblo que quiere seguir siendo libre
puede permitir que se desarrollen leyes o políticas contrarias y
perjudiciales para sus convicciones y tradiciones religiosas. Un gobierno laico
que pretenda directa o indirectamente debilitar la vida religiosa del
pueblo para ir imponiendo e inculcando poco a poco el
laicismo y la irreligión de los ciudadanos, es necesariamente un
gobierno autoritario y sectario aunque se vista con piel de
neutralidad y de respeto.
El gran principio de la subsidariedad
Una cuestión esencial en la concepción cristiana de la política
es la afirmación de que el ordenamiento y las instituciones
políticas surgen de la sociedad, por decisión de los ciudadanos,
para el servicio del bien común de las personas. La
política está al servicio del bien de las personas y
no al contrario. De lo cual se sigue que la
política no debe absorber la vida entera de los ciudadanos
sino solamente aquellas cosas que las personas solas no pueden
hacer, o no pueden hacer las familias, ni tampoco otras
instituciones inferiores. En cada instancia se debe llevar a cabo
lo que en instancias inferiores no se puede resolver. Este
principio es fundamental contra la tendencia a reglamentar todo, a
invadir todo desde la administración, a hacer presente la actividad
política en todos los órdenes de la vida, con una
reglamentación cada vez más amplia, más detallada, más invasiva y
condicionante de la vida de la sociedad, de las familias
y de todos los individuos. Vivimos unos tiempos en los
que la reglamentación y el desarrollo de la administración está
invadiendo demasiado la vida y las actividades de las personas,
de las familias, de los municipios, de las asociaciones profesionales,
etc. La visión cristiana, también en la política, es siempre
personalista, partidaria de que las personas y las familias, con
la ayuda de las instituciones, puedan ser los verdaderos protagonistas
de su vida, en las mismas condiciones para todos, con
paz y justicia.
Lasa circunstancias actuales requieren de los cristianos
que reforcemos la consideración de las consecuencias morales de nuestro
voto en temas tan importantes como la educación religiosa y
moral de la juventud, la protección del matrimonio y de
la familia, el respeto a la vida humana desde la
fase embrionaria hasta la muerte natural, más otros aspectos de
siempre como la justicia social, la debida atención a los
emigrantes, la solidaridad, la unidad y la paz entre los
pueblos y regiones de España, la solidaridad con los países
subdesarrollados, etc. ,
CONCLUSION
Con estas consideraciones en torno a
la presencia y actuación de los cristianos en la vida
social y política, no quiero que nos olvidemos de que
nuestra preocupación central y la importancia social de la Iglesia
consiste en la memoria viva y amorosa de la persona
de N.S. Jesucristo.
Jesús es el centro de la humanidad,
todo ha sido creado por El y para El, en
El tienen su verdad y consistencia todas las cosas, El
es la verdad y la consistencia de nuestra vida personal
y comunitaria.
Vamos a comenzar los ejercicios de la Santa
Cuaresma. Vivámosla de tal manera que sea para nosotros una
renovación de nuestro amor a Jesucristo, una renovación de nuestra
fe en El, una renovación de nuestro amor y de
nuestra vida, arraigada en El y en las enseñanzas de
su Iglesia de manera clara y determinante, sin miedos, sin
titubeos, sin inhibiciones, sin egoísmos. Podemos ser débiles y pecadores,
pero no podemos ser cobardes ni indiferentes. Jesús nos necesita.
Nuestros jóvenes nos necesitan. Nuestra sociedad nos necesita. Los que
encuentran dificultades para creer y buscan su felicidad en excursiones
alocadas lejos de Dios, lejos de la Iglesia, lejos de
su propia intimidad, necesitan de unos cristianos que les muestren
con claridad la doctrina y el amor de Jesús, el
ideal universal y permanente de humanidad renovada que es Jesucristo.
No lo dudemos, esta sociedad que nos desconoce o nos
desprecia, nos necesita, necesita a Jesús, que solamente los cristianos
le podemos ofrecer.
Termino con estas palabras del Papa en
«Deus caritas est»: «El amor es una luz, en el
fondo la única, que ilumina constantemente un mundo oscuro y
nos da la fuerza para vivir y actuar en él.
El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica
porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el
amor, y así llevar la luz y la vida de
Dios al mundo». Esto es lo que he querido deciros
y para esto he querido ayudaros con mis palabras en
estas conferencias cuaresmales. El Señor resucitado nos encuentre despiertos y
disponibles, para su gloria y el servicio de nuestros hermanos.
Esa será nuestra salvación.
Pamplona, 1 de marzo de 2007
+ Fernando Sebastián Aguilar, Arzobispo de Pamplona y Obispo de
Tudela |
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