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| Alianza, ¿de qué civilizaciones? Convivencia, no confrontación |
Tras los sucesivos atentados de Nueva York, Madrid y Londres,
además de los múltiples actos terroristas en diversas embajadas del
mundo, el “crescendo” reaccional suscitado por las caricaturas burlescas del
Jyllands-Posten y la reinterpretación errada del discurso pontificio en Ratisbona,
la constatación de una confrontación entre civilizaciones se ha evidenciado
aún más. La alianza de civilizaciones, iniciativa propuesta por el
ejecutivo del gobierno español y abrazada luego por el entonces
secretario de la ONU, Koffi Annan, ha carecido de un
sustento de fondo que trascienda la dimensión demagógica propia de
los devenires políticos y las buenas intenciones que suelen ir
no más allá de los límites del papel. Para alcanzar
lo buscado no basta tener claro el fin (en caso
de suponer la alianza como fin en sí misma) sino
considerar reflexivamente los pasos. Es verdad que el diálogo es
uno de ellos, acaso el más importante, pues implica la
apertura al conocimiento de lo ajeno. Pero ¿de qué se
va a dialogar si antes no se conoce el valor
de la cultura, los elementos, desafíos y peligros comunes a
afrontar? ¿Qué utilidad reportaría si queda reducido a monólogo receptivo
sin posibilidad de apertura al ofrecimiento?
Obviamente esto supone ir
más allá de simplificaciones e implica tener una conciencia, conocimiento
y aprecio de lo propio. Esto último no parece muy
evidente en buena parte de las civilizaciones europeas (y cada
vez más, desgraciadamente, en las americanas) quienes, como Unión, han
negado una raíz común que ha conformado objetivamente su ser
cultural, que les ha hecho ser esa cultura que “es
la civilización propia de un pueblo que se ocupa de
resolver graves problemas políticos y graves problemas sociales”, esa cultura
que “es la civilización de un pueblo ya adulto y
ocupado en pensamientos viriles” (Donoso Cortés, Juan, Obras completas, I,
p. 596, B.A.C., Madrid 1946). Dialogar implica conocer el pasado,
vivir en el presente y actuar de cara al futuro
de esos graves conflictos. Supuesta la capacidad de dialogar,
la cuestión se centra ahora entre quiénes deben ser los
sujetos del diálogo y la finalidad del mismo. No se
puede identificar ni a occidente ni a los países
musulmanes como bloques culturales únicos, unificados y totalmente definidos. Se
pecaría de omisión si se negase un protagonismo a civilizaciones
de extremo oriente o se pasase desapercibida la contribución justa,
válida y enriquecedora del mundo africano. Para todo lo anterior
conviene dejar bien claro qué se entiende por cultura y
qué por civilización dado que buscamos secundariamente responder a ello.
“Cultura se refiere primariamente al individuo; civilización más bien
a la convivencia, a la sociedad. La cultura es ad
intra, la civilización ad extra. Por eso se denomina con
preferencia cultura al aspecto intelectual y artístico, y civilización, más
bien, a los aspectos sociales y técnicos utilitarios” (Amable Baliñas
Fernández, Carlos, Enciclopedia de la cultura española, II, p. 629-630,
Editora Nacional, Madrid 1965). Lo anterior, culturalmente, es un
dato de experiencia: en occidente España es muy diferente a
la Argentina y en oriente medio no es lo mismo
Jordania que Arabia Saudí; Japón varía mucho de Mongolia y
China otro tanto de Australia. Desde la perspectiva de la
civilización sí se puede hablar de bloques más o menos
unificados por rasgos puntuales capaces de una alianza que vaya
más allá de sí misma. De ahí que ésta deba
tener un para qué irreductible a intereses económicos o a
homogeneizaciones forzadas que, las más de las veces, aunque de
forma velada, conservan la impronta de un colonialismo que se
extiende a lo cultural. De suyo, la misma alianza podría
desembocar en algo por el estilo en caso de no
evidenciar una finalidad más noble, incluyente, solidaria, respetuosa y consciente.
De no ser así no puede ser fin en sí
misma. Ciertamente la propuesta de una alianza tiene poco de
original en la forma y mucho por profundizar en el
fondo. Ya Juan Pablo II había trazado algo similar, con
líneas claramente superiores, en el mensaje para la Jornada mundial
de la paz de 2001. Ahí la repuesta al para
qué del diálogo queda resuelta en la fórmula “la civilización
del amor y de la paz”; es decir, para una
convivencia (fin que va más allá de una somera alianza
por la alianza) que supere la confrontación promocionando la cooperación.
Vista así, una alianza a secas es obsoleta mientras no
esté orientada a apreciar los aspectos de la propia cultura
y reconozca al mismo tiempo sus límites; una alianza sí
puede ser fin si busca evitar los conflictos examinando con
espíritu abierto los principios éticos subyacentes en cada cultura y
civilización y siendo consciente de que toda verdadera
autenticidad y validez se miden por el grado en que
se promueve la dignidad y el bien de la persona
humana. Una alianza es posible si se mira desde la
perspectiva de la convivencia pacífica; es efectiva y sustancial en
la medida en que los actores tengan una lúcida memoria
histórica, estén dispuestos a ir más allá de discursos elocuentes
y encuentros de fotografía abriéndose humildemente a los valores del
otro y aprendiendo a estimar y respetar lo que de
bueno y verdadero hay en lo ajeno. El diálogo sólo
es posible entre civilizaciones que poseen una cultura abierta. Abierta
no es sinónima de sumisa sino de capaz de argumentar,
aceptar y, si cabe, ordenarse al cambio en bien del
hombre.
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