 |
| Cardenal Renato Martino: «Política y valores» |
CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 10 noviembre 2007 (ZENIT.org).-
* *
*
1. Saludo a todos los aquí presentes, y dirijo un
agradecimiento particular a S.E. Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La
Plata por la amable invitación que me hizo llegar, invitación
que acepté con mucho gusto. La reflexión que deseo compartir
hoy con ustedes se refiere a las exigencias de trabajar
por la construcción del bien común. El cual compete a
todos los miembros de una sociedad, pero de manera particular
a los hombres y mujeres de la política. Quiero proponerles
estas reflexiones sobre todo a partir de las exigencias que
brotan de la participación en la Eucaristía. Indicaré algunas de
las implicaciones que comporta el culto eucarístico en la búsqueda
del bien común, los principios y valores que deben orientar
a la política, y a los fieles cristianos que se
dedican a esta necesaria tarea, a la luz del culto
eucarístico.
2. La tercera parte de la Exhortación apostólica post sinodal
«Sacramentum Caritatis» nos ofrece una amplia y densa reflexión sobre
la relación existente entre la Eucaristía y nuestra vida cotidiana,
entre el culto eucarístico y nuestro compromiso en el mundo
[1].
El culto cristiano, que tiene su cima en el culto
eucarístico, abarca todos los aspectos de la vida. Cada acción
humana, cada opción del cristiano debe estar dirigida a darle
gloria a Dios, y la gloria de Dios es el
hombre viviente. El culto a Dios es verdadero cuando se
promueve la vida del hombre. La Eucaristía es fuente de
fuerza e inspiración para que todo cristiano no decaiga en
su entusiasmo por cumplir con las responsabilidades de su vida
presente. Juan Pablo II nos recordaba en la encíclica social
conmemorativa de la «Populorum Progressio», que la Eucaristía es banquete
de comunión fraterna que compromete a realizar esta comunión no
sólo en torno al altar, sino en toda la vida,
amando y sirviendo a los hermanos. El Señor, mediante la
Eucaristía –sacramento y sacrificio– nos une a Él y nos
une a los demás con un vínculo más fuerte que
cualquier otra unión natural, y unidos nos envía al mundo
entero para dar testimonio, con la fe y con las
obras, del amor de Dios, preparando la venida de su
Reino y anticipándolo en medio de las sombras del mundo
presente: «Quienes participamos de la Eucaristía estamos llamados a descubrir,
mediante este Sacramento, el sentido profundo de nuestra acción en
el mundo en favor del desarrollo y de la paz;
y a recibir de él las energías para empeñarnos en
ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo que
en este Sacramento da la vida por sus amigos (cf.
Jn 15, 13). Como la de Cristo y en cuanto
unida a ella, nuestra entrega personal no será inútil sino
ciertamente fecunda» [2].
El sacrificio salvífico de Cristo, que tiene en
la Eucaristía su signo indeleble, hace nacer en quien participa
en su celebración una respuesta viva de amor y compromiso.
Esta respuesta, a ejemplo del amor de Cristo, está destinada
a proyectarse en el servicio concreto a todos aquellos que
se encuentran por el camino de la vida, especialmente a
los más necesitados. La exigencia de evangelizar y dar testimonio
de nuestra fe encuentra en la Eucaristía no sólo «la
fuerza interior para dicha misión, sino también, en cierto sentido,
su proyecto. En efecto, la Eucaristía es un modo de
ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su
testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la
cultura» [3].
3. Para dar un perfil adecuado de esta perspectiva
en que se describe a la Eucaristía como un modo
de ser, quiero proponer algunas pistas de reflexión y de
compromiso social y político.
3.1 La primera pista es la de
la solidaridad. «A la luz de la fe, la solidaridad
tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las
dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces
el prójimo no es solamente un ser humano con sus
derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se
convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por
la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente
del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea
enemigo, con el mismo amor con que le ama el
Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio,
incluso extremo: «dar la vida por los hermanos»» [4].
Siendo miembros
de un mismo cuerpo, que es la Iglesia, los cristianos
no pueden prescindir de esta pertenencia común. Todos deben sentirse
responsables y solidarios los unos de los otros. Deben saber
romper esa coraza de indiferencia que amenaza de encerrarlos en
su egoísmo y aislarlos, para hacerse cargo de las necesidades
del prójimo, optando por el camino del compartir, que es
una manifestación concreta de la solidaridad. en efecto, compartir significa
entrar en relación con los demás para ofrecerles, bajo el
signo de la gratuidad, el propio tiempo libre, las propias
competencias profesionales, los propios dones de mente y de corazón,
con el fin de ayudarles a superar las situaciones de
dificultad.
Compartir también los bienes materiales. Aquí se toca el problema
de lo superfluo y de lo necesario. Cuanto más vivo
es el amor que lo cristianos nutren por sus hermanos
más necesitados, tanto más se dan cuenta que lo superfluo
debe ponerse a disposición de aquellos que están privados de
lo necesario. El amor verdadero no tolera las desigualdades ni
las injusticias. Es conocido el principio de la doctrina social
de la Iglesia: «los bienes de este mundo están originariamente
destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es
válido y necesario, pero no anula el valor de tal
principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es
decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y
justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los
bienes» [5].
3.2 La segunda pista se refiere a la disponibilidad
para el servicio. La diaconía es una dimensión esencial de
la vida cristiana y tiene su apoyo principal en la
práctica de la caridad. Una comunidad para ser verdaderamente eclesial
debe vivir bajo el signo del servicio, dedicada a los
pobres y a cuantos viven en necesidad. Esto se vuelve
la prueba para medir el éxito o el fracaso de
la vida humana:: «Venid, benditos de mi Padre; [...]Porque tuve
hambre, y me disteis de comer...»; «Apartaos de mí, malditos;
[...]Porque tuve hambre, y no me disteis de comer… »
(Mt 25,34-35; 41-42). El primer servicio que el político hace
al prójimo es el de realizar su trabajo cotidiano con
honestidad y competencia, cultivando relaciones interpersonales civiles y de atención
recíproca. Están también las necesidades fundamentales de los pobres, los
marginados y explotados, los parados, las madres solteras o en
dificultad, los niños de la calle, los discapacitados (físicos o
mentales), los inmigrantes, los presos, las prostitutas, etcétera, que esperan
respuestas y soluciones adecuadas.
3.3 La tercera pista es la de
la justicia social. No basta hablar de justicia social, es
necesario vivir y actuar para hacerla realidad. La Iglesia sabe
que no debe intervenir en las cuestiones particulares, cuyas soluciones
deben estudiarse y proponerse por los cristianos laicos, pero no
renuncia a su función profética, crítica y educadora, dirigida a
iluminar las diversas situaciones con la luz del Evangelio e
indicar a los cristianos una opción de campo a favor
de los pobres y oprimidos, en el respeto de un
legítimo pluralismo con respecto a las opciones sociales y políticas,
que no estén en contraste con los principios de la
fe cristiana.
Educar en el sentido de la justicia significa comprometerse
en la defensa y promoción de la dignidad y de
los legítimos derechos de cada persona humana.
4. El compromiso de
la política y de los políticos, especialmente si éstos se
definen cristianos, por crear estructuras justas y solidarias. El Papa
Benedicto XVI nos recuerda la importancia de lo que durante
el Sínodo pasado se denominó coherencia eucarística, a la que
todos estamos llamados, subrayando su importancia particular «para quienes, por
la posición social o política que ocupan, han de tomar
decisiones sobre valores fundamentales... Estos valores no son negociables. Así
pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su
grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia,
rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los
valores fundados en la naturaleza humana.
Esto tiene además una
relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29)» [6].
El fiel cristiano laico, en virtud de su condición secular
y «formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado
a asumir directamente la propia responsabilidad política y social. Para
que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante
una educación concreta a la caridad y a la justicia.
Por eso […] es necesario promover la doctrina social de
la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y
en las comunidades cristianas. En este precioso patrimonio, procedente de
la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan
con profunda sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las
cuestiones sociales candentes.
Esta doctrina, madurada durante toda la historia
de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el
equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias»
[7]. Con fundamento en este precioso patrimonio, a cuyo servicio
se encuentra el «Compendio de la doctrina social de la
Iglesia», permítanme hacer algunas reflexiones en torno al compromiso de
los cristianos en el ámbito de la política.
5. La Iglesia
cuando en sus documentos sociales toca las realidades temporales como
la política, lo hace consciente de que se está moviendo
en un campo técnico, en el cual no tiene derecho
de intervenir sin razón. Se sabe y se acepta limitada,
y afirma que su intervención en esta área de la
vida humana es, ante todo, como maestra de moral. No
manifiesta, por tanto, preferencias por un determinado sistema, lo que
le interesa es que la dignidad del hombre venga respetada
y promovida [8].
Recientemente, Benedicto XVI se refirió a esta
misión moral, afirmando que «la Iglesia sabe que no le
corresponde a ella misma hacer valer políticamente su doctrina, ya
que su objetivo es servir a la formación de la
conciencia en la política y contribuir a que crezca la
percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al
mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ellas, aun
cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales»
[9]. Por ello la doctrina social de la Iglesia tiene
como tarea principal iluminar con sus principios la vida del
hombre en la sociedad, y uno de estos principios es
el del bien común, que el Concilio define en pocas
palabras como «el conjunto de condiciones de la vida social
que hacen posible a las asociaciones y a cada uno
de sus miembros el logro más pleno y más fácil
de la propia perfección» [10] .
6. La política es una
manera exigente … de vivir el compromiso cristiano al servicio
de los demás. El servicio es la modalidad típica que
la presencia y la actividad del cristiano asume en el
ámbito social y político [11]. Entre aquellos que en ámbito
político tienen las responsabilidades más elevadas con respecto a las
personas y a la cosa pública, no faltan – y
no deben faltar los cristianos - . Resulta superfluo recordar
la complejidad de las problemáticas que el político, y el
político cristiano, encuentran y enfrentan en las administraciones públicas, tanto
a nivel local como nacional e internacional. La política es
mucho más inestable de lo que pueda pensarse, sometida como
está a tensiones que provienen de múltiples frentes. A pesar
de ello, el cristiano no puede descuidar el ámbito político.
La política no es sólo parte constitutiva y elemento decisivo
de la vida de las personas y de un país,
para el cristiano es también el ámbito más elevado para
ejercer la atención y el servicio a los hermanos, es
decir, para vivir la caridad.
Para que este propósito se logre
es necesario poner en evidencia, primero a nivel de reflexión
y luego a nivel estructural y de opciones particulares, la
necesidad de la dimensión ética de la política, no como
dimensión facultativa, sino constitutiva, de la cual depende no sólo
la calidad de la vida de las personas, de las
familias, de las instituciones y del Estado, sino más radicalmente,
su supervivencia. Desatender la dimensión ética conduce inevitablemente hacia la
deshumanización de la vida y de las instituciones públicas, transformando
la vida política en una jungla donde impera la ley
del más fuerte. La Iglesia con su doctrina social no
dicta leyes a los poderes públicos, ni se declara políticamente
a favor de una parte o de otra, su intención
es más bien salvar la persona del hombre, renovar la
sociedad humana [12].
De frente a esta perspectiva de humanización, las
situaciones locales y los eventos mundiales parecen con frecuencia tomar
el rumbo contrario.
El caminar de la sociedad se hace
pesado dondequiera a causa de lo que ha sido individuado
como «estructuras de pecado». Son «estructuras de pecado», por ejemplo,
la explotación organizada de menores y de la prostitución, el
comercio de armamentos y el mantenimiento de guerras y conflictos
civiles, la corrupción política, el narcotráfico, la organización de operaciones
de limpieza étnica, las legislaciones que favorecen la discriminación racial,
y otras terribles realidades semejantes.
El cristiano, que está motivado por
la caridad y la justicia, no puede aceptar pasivamente la
presencia y funcionamiento de «estructuras de pecado», mucho menos sostenerlas
o ser responsable a cualquier nivel. Como el pecado pide
al cristiano un rechazo preciso y una lucha interior y
exterior, así las «estructuras de pecado» exigen no un cómplice
silencio, sino una franca denuncia y una clara oposición.
7. El
compromiso de los cristianos en el ámbito del ejercicio del
poder. El cristiano no desdeña asumir responsabilidades públicas, especialmente cuando
a ello es llamado por la confianza de sus conciudadanos,
según las reglas democráticas. El poder es una función necesaria
para toda realidad social e institución pública; es una condición
indispensable para el buen funcionamiento y para la persecución de
los fines institucionales. El problema está constituido por las modalidades
de su ejercicio. Quien ocupa puestos de autoridad y ejercita
el poder, con frecuencia lo hace instrumento para el provecho
personal, fuente de enriquecimiento o motivo de superioridad y hasta
de violencia. El poder así entendido y ejercitado, anula la
dignidad de los sujetos que componen el cuerpo social. no
pocas veces ha sucedido también que los cristianos han justificado
el propio poder o el de otros en nombre de
hipotéticos bienes y presuntos valores más altos que defender.
De frente
a expresiones éticamente incorrectas en el ejercicio del poder, a
todos los niveles y en cualquier ámbito, el cristiano opondrá
un rechazo neto, aún a costa de «pérdidas» personales. Cuando
el cristiano es llamado a asumir y ejercer el poder,
nunca deberá ceder a la tentación de hacerlo un instrumento
de injusticia y de violencia; sería una clara negación de
la fe cristiana que dice profesar, de la caridad que
le debe caracterizar y, por ende, del verdadero culto eucarístico.
8.
El cristiano laico tiene el compromiso de individuar, en las
situaciones concretas, los pasos que realmente se deben y pueden
dar para poner en práctica la fe, los principios y
los valores morales. Este compromiso se vuelve problemático cuando el
cristiano está llamado a elegir y valorar las opciones de
otros en ámbitos o realidades que implican valores éticos prioritarios,
como el carácter sagrado de la vida, la indisolubilidad del
matrimonio, la investigación científica, las opciones económicas que deberán influir
en la vida de los ciudadanos, especialmente de los más
pobres. Son éstas y otras muchas las situaciones en las
que los políticos, y los políticos cristianos se encuentran cotidianamente.
Una situación emblemática está constituida por el sistema democrático.
En
ocasiones sucede que, a través del juego de la democracia,
se aprueban leyes contrarias a los principios y valores que
un cristiano vive y propone. El cristiano se encuentra entonces
ante una dificultad: o abdicar a sus valores y principios,
o abandonar el camino de la democracia y de la
convivencia social [13]. En estas situaciones complejas y difíciles, se
buscará aprovechar el valioso patrimonio de algunos criterios fundamentales para
juzgar y decidir:
8.1 El primero se refiere a la distinción
y a la vez a la conexión entre el orden
legal y el orden moral: éste es un criterio cada
vez más necesario en el contexto de sociedades plurales y
con legislaciones civiles que tienden a alejarse de los valores
y principios morales inmutables y universales.
8.2 El segundo criterio es
la fidelidad a la propia identidad y, al mismo tiempo,
la disponibilidad al diálogo con todos y sobre todo.
8.3 El
tercer criterio se refiere a la necesidad que –en su
compromiso social y político–, el cristiano laico crezca cada vez
más en una triple e inseparable fidelidad: a los valores
«naturales», respetando la legítima autonomía de las realidades temporales; a
los valores «morales», promoviendo la intrínseca dimensión ética de todo
problema social y político; a los valores «sobrenaturales», cumpliendo sus
deberes en el espíritu de Jesucristo, es decir con su
gracia y con su caridad [14].
9. Otro ámbito difícil es
la elección de los instrumentos políticos, es decir, del partido
y de las demás expresiones de la participación política. Una
vez más la opción se ubica entre la coherencia con
los valores, con los ideales de la fe y del
Evangelio y las posibilidades históricas. Es necesario, ante todo, recordar
el fundamento ético del actuar político; fundamento que hace de
la política una expresión, ciertamente elevada y ardua, de la
caridad. Cualquier opción concreta sería incorrecta si no estuviese enraizada
en la caridad, es decir en la búsqueda del bien
de las personas, del bien común. Es también necesario recordar
que la fe cristiana nunca podrá «traducirse» en una única
ubicación política; pretender que un partido o una preferencia política
coincidan con las experiencias de la fe y de la
vida cristiana sería un equívoco peligroso.
Será necesario poner una particular
atención para salvar algunas distinciones precisas: entre la fe, ante
todo, y las opciones históricas, especialmente en ámbito social y
político. Además, entre las opciones que el cristiano, en particular
o asociado, puede realizar en base a las propias valoraciones
de oportunidad, y aquellas que puede realizar la comunidad cristiana
en cuanto tal. La opción de un partido o de
una preferencia política puede ser hecha sólo por personas individuales
y a título personal. Una diversidad en la opción será
legítima, en cuanto se hace por partidos y posiciones que
no contradicen la fe y los valores cristianos.
10. El Papa
Benedicto XVI ha hecho algunas consideraciones acerca de los valores
e ideales que se han forjado o profundizado por la
tradición cristiana, y que muchos comparten porque se basan en
la naturaleza humana. Estos principios y valores deben ser defendidos,
no deben traicionarse. El Papa indica algunos ámbitos que requieren
especial cuidado, en primer lugar la defensa de la centralidad
de la persona humana: todas las estructuras sociales, económicas y
políticas deben estar al servicio del hombre y no viceversa.
La
política tiene sentido y razón de ser cuando sirve al
bien común, por ello todos los hombres y mujeres de
la política no deben desanimarse y deben seguir adelante en
su esfuerzo por servirlo «actuando para que no se difundan
ni se refuercen ideologías que pueden oscurecer o confundir las
conciencias y transmitir una ilusoria visión de la verdad y
del bien. Existe, por ejemplo, en el campo económico una
tendencia que identifica el bien con el beneficio y de
tal forma disuelve la fuerza del ethos desde el interior,
acabando por amenazar el beneficio mismo. Algunos sostienen que la
razón humana es incapaz de captar la verdad y, por
lo tanto, de perseguir el bien que corresponde a la
dignidad de la persona. Hay también quien considera legítima la
eliminación de la vida humana en su fase prenatal o
en la terminal.
Preocupante es además la crisis de la
familia, célula fundamental de la sociedad fundada en el matrimonio
indisoluble de un hombre y de una mujer. La experiencia
demuestra que cuando la verdad del hombre es ultrajada, cuando
la familia se mina en sus fundamentos, la paz misma
está amenazada, el derecho corre peligro de verse comprometido y,
como consecuencia lógica, se va hacia injusticias y violencias. Existe
otro ámbito que os interesa mucho, y es el de
la defensa de la libertad religiosa, derecho fundamental insuprimible, inalienable
e inviolable, enraizado en la dignidad de todo ser humano
y reconocido por varios documentos internacionales, entre ellos, sobre todo,
la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El ejercicio
de tal libertad comprende también el derecho a cambiar de
religión, que hay que garantir no sólo jurídicamente, sino también
en la práctica diaria.
La libertad religiosa responde, en efecto,
a la intrínseca apertura de la criatura humana a Dios,
Verdad plena y sumo Bien, y su valoración constituye una
expresión fundamental de respeto de la razón humana y de
su capacidad de verdad. La apertura a la trascendencia constituye
una garantía indispensable para la dignidad humana porque existen anhelos
y exigencias del corazón de cada persona que sólo en
Dios encuentran compresión y respuesta. ¡No se puede por lo
tanto excluir a Dios del horizonte del hombre y de
la historia! He aquí por qué hay que acoger el
deseo común a todas las tradiciones auténticamente religiosas de mostrar
públicamente la propia identidad, sin estar obligados a esconderla o
mimetizarla» [15].
11. El precioso documento eucarístico de Benedicto XVI, citado
al inicio de mi intervención, nos recuerda la necesidad de
la Eucaristía para reforzar el compromiso, nos habla del sentido
del domingo como «dies Domini, dies Christi, dies Ecclesiae» y
«dies hominis». Es el día dedicado a recordar y renovar
la presencia de Dios en nuestras vidas, el amor de
Cristo por cada uno, nuestra pertenencia a una comunidad, a
un Pueblo. Como «dies hominis», es día de alegría, de
descanso y de caridad fraterna. El domingo es referencia necesaria
para que el tiempo de nuestra existencia terrena adquiera sentido,
para que el «cronos» se transforme en «cairos», para no
olvidar la unión del cielo con la tierra, para que
nuestra existencia no naufrague en el sin sentido de un
tiempo vacío de Dios. En el compromiso por hacer de
la política una actividad noble, un verdadero servicio a los
hombres, es necesario el alimento del pan eucarístico y actuar
a la luz que brota del Misterio tan sublime, porque
«sine dominico non possumus» [16].
12. Las bienaventuranzas del político. Termino
mis reflexiones con las palabras de un verdadero adorador del
misterio eucarístico, el hermano Obispo que me precedió como Presidente
del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», el Siervo de Dios,
Cardenal Francisco Javier Van Thuân, quien cuando en 1975 lo
encarcelaron injustamente, la pregunta más angustiosa que se hizo fue:
¿Podré seguir celebrando la Eucaristía? Y que durante sus 13
años de prisión continuamente recordaba la frase de los mártires
de Abitene (s. IV), citada por la Sacramentum Caritatis: Sine
Dominico non possumus! ¡No podemos vivir sin la celebración de
la Eucaristía!
De él son las siguientes palabras, actuales, autorizadas y
colmas de sabiduría evangélica. Ellas podrían sintetizar lo que hasta
aquí he dicho sobre los deberes de la política y
de los políticos:
«Bienaventurado el dirigente político que entiende su papel
en el mundo. Bienaventurado el dirigente político que ejemplifica personalmente la
credibilidad. Bienaventurado el dirigente político que trabaja por el bien común
y no por intereses personales. Bienaventurado el dirigente político que es
sincero consigo mismo, con su fe y con sus promesas
electorales. Bienaventurado el dirigente político que trabaja por la unidad y
hace de Jesús el fulcro de su defensa. Bienaventurado el dirigente
político que trabaja por el cambio radical, se niega llamar
bueno lo que es malo y utiliza el Evangelio como
guía. Bienaventurado el dirigente político que escucha al pueblo antes, durante
y después de la elecciones y que siempre escucha a
Dios en la oración. Bienaventurado el dirigente político que no tiene
miedo de la verdad ni de los medios de comunicación,
porque en el momento del juicio responderá sólo ante Dios,
no ante los medios de comunicación».
Gracias.
Renato Raffaele Card. Martino Presidente del
Pontificio Consejo «Justicia y Paz»
Notas [1] El título es muy significativo:
«Eucaristía, Misterio que se ha de vivir»: Sacramentum Caritatis, nn.
70 -97. [2] Sollicitudo rei socialis, n. 48. [3] Mane nobiscum Domine,
n. 25. [4] Sollicitudo rei socialis, n. 40. [5] Id., n. 42. [6]
BENEDICTO XVI, Exhort. Ap., Sacramentum Caritatis, 83. [7] Id., n. 91. [8]
Cf. SRS 41; QA 41. [9] BENEDICTO XVI, Discurso a los
participantes en el encuentro promovido por la IDC, 21 de
septiembre de 2007. [10]Gaudium et spes, 26. [11] Cf. Octogesima adveniens, 46. [12]
Cf. Gaudium et spes, 3. [13] La respuesta que la Centesimus
annus ofrece, prospecta un camino comprometido y con pasos progresivos:
«No es de esta índole la verdad cristiana. Al no
ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un
rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la
vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones
diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar
constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método
propio el respeto de la libertad». Y añade: «La libertad,
no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación
de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad
pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la
violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos.
El cristiano vive la libertad y la sirve (cf. Jn
8, 31-32), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera
de su vocación, la verdad que ha conocido. En el
diálogo con los demás hombres y estando atento a la
parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida
y en la cultura de las personas y de las
naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que
le han dado a conocer su fe y el correcto
ejercicio de su razón» (n. 46). [14] Cf. Compendio, n. 569. [15]
BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el encuentro promovido
por la IDC, 21 de septiembre de 2007. [16] Cf. BENEDICTO
XVI, Exhort. Ap., Sacramentum Caritatis,73. 90. 95. |
|