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Autor: Carlos Ferrero | Fuente: VE Multimedia Nueva Evangelización en el ámbito económico
La profunda desigualdad socio-económica que prevalece en el mundo se origina en una concepción de los valores.
Nueva Evangelización en el ámbito económico
1. Egoísmo reciclado La profunda desigualdad socio-económica que prevalece en
el mundo se origina en una concepción de los valores.
Las
aspiraciones puramente utilitarias orientan la producción económica hacia conveniencias de
uso que crecen infinitamente sin conseguir precisamente la plenitud que
se pretende.
Y como para marchar a ese paso se
requiere individuos y no personas, predomina también la idea de
que el hombre no es un fin por sí mismo
sino un instrumento que cada uno utiliza como una herramienta
más.
Esa observación no va sólo contra la persona sino contra
la naturaleza misma del sentido del universo. En efecto, al
aceptar una escala de valores que quiebran la justicia, el
sistema se vuelve contra la naturaleza del orden social y
por lo mismo se aleja de Dios.
Esto se prueba
al ver todo el planeta plagado de frustraciones debido a
las exigencias orientadas a satisfacer principalmente anhelos materiales, que sólo
se consiguen en una lucha desigual que tiene más perdedores
que ganadores.
La desesperación para ser cada vez más por
ser más ricos, nos hace olvidar intentar ser más porque
somos mejores.
Después de la Mater et Magistra, podría decirse que
el egoísmo se ha "reciclado" en la centuria que termina.
Por ejemplo ya no se "coloniza" países, pero se disemina
entre ellos las políticas armamentistas que tanto benefician a los
países más ricos.
Otro ejemplo: quizás ya no se hace
pillaje con las obras de arte de los países pobres,
pero se impulsa una teórica "protección" de patrimonios culturales en
el que los coleccionistas privados, a través de una supuesta
revalorización del arte, lo reducen al gozo exclusivista de las
elites.
2. El mercado y la persona De otro lado, al convertir
a la competencia en un valor por sí mismo, ésta
queda exacerbada, transformándose en una lucha sin limitaciones, donde todo
vale, e inclusive esa actitud es vista como una necesidad
para el "triunfo".
Así, por ejemplo, la prédica por un
marketing "agresivo" es hoy inseparable de la promoción para el
crecimiento de las ventas de cualquier negocio.
Tal concepto de
la competencia perjudica al orden social porque impone dentro de
él rasgos de choque frontal, como si cada etapa fuera
como destrozar un bosque día a día a puro machetazo,
sin cuidarse de cuántos árboles puedan haber caído en el
camino.
Así, el trabajo es hoy tan individualista como lo era
cien años atrás. La solidaridad es... con nadie. Ser solidario
suena no sólo anticuado sino principalmente "ineficiente", con lo que
la medida del acierto también pasa por otra escala de
valores que acepta cualquier medio con tal de obtener fines
utilitarios.
Si el ser humano es inmerso dentro de unas
supuestas leyes infalibles del mercado, entonces Dios ya casi no
sería necesario. Porque si el mercado es capaz de colocar
todas las cosas en su justa medida, ya no se
requiere una acción humana inspirada en valores que orienten su
acción en función de principios que no son automáticos.
Es
decir que no son consecuencias del mercado sino sujetables a
la acción de la inteligencia humana, buscando un interés general
superior, que es posible de ser hallado con o sin
las reglas del mercado, a través de ellas o fuera
de ellas, pero nunca sólo determinado por ellas.
Además, mirando a
todos los lados del mundo, en ninguna parte puede observarse
que el mercado haya generado una situación de felicidad de
total complacencia. ¿En qué lugar?
No, por supuesto, en la actual
Rusia, donde tales leyes radicalmente ensayadas están a punto de
devolver el poder a los extremistas. Tampoco en Estados Unidos,
donde quieren obligar a un cambio constitucional que impida al
gobierno gastar más de lo que tiene. ¿Dónde entonces el
mercado solo, por sí mismo, ha hecho que la convivencia
social sea feliz?
Como ya lo han dicho autores católicos, hay
necesidades humanas que no tienen "salida" en el mercado y
que por tanto no pueden ser satisfechas por éste. Además
un mercado sin ninguna regulación le quita a éste su
contenido social, ya que ¿cómo puede lo "social" ser considerado
válido, si no se le concede papel de interlocutor a
la organización estatal que es la que mejor lo debe
representar?
3. La persona y el Estado Así llegamos a lo que
podría llamarse un proceso de devaluación de lo colectivo. Como
el mercado ha dejado "suelto" a todo el mundo en
una degeneración de la libertad, el individualismo se convierte en
la conducta natural. El interés general, el bien común, "lo
colectivo" aparece como innecesario y frecuentemente es hasta presentado como
un estorbo o un retroceso histórico.
Para los católicos, para
quienes la solidaridad es un concepto crucial y la autoridad
terrenal es necesaria y útil, resulta repudiable intentar disminuir el
Estado a su mínima expresión o, peor aún, olvidar que
la defensa de lo colectivo es central en nuestra doctrina.
En efecto, nadie da si no sale de sí mismo,
nadie llega a Dios si no va hacia el prójimo
y con el prójimo hasta Dios.
Lo anterior no implica desconocer
una crisis en el manejo del Estado, tal como es
hoy. Actualmente el Estado en muchos países subdesarrollados aparece "desbordado"
por la realidad. El cumplimiento de la ley ya no
es una regla, sino la excepción, lo que significa la
imposibilidad del Estado como representación del cuerpo social de legitimarse
ante la base de la que reclama ser su mandatario.
El
incremento de la delincuencia y la infiltración del narcotráfico dentro
del Estado, por ejemplo, demuestran la incapacidad de éste para
defender el orden y la paz social, que son su
partida de nacimiento (recordemos que la búsqueda de interés común
es una elaboración posterior).
4. El Estado y la Iglesia Lo dicho
nos conduce a un tema central: Aceptado que la organización
social no puede fundarse sino bajo una escala de valores
y si para los cristianos los valores comienzan con Dios
y su existencia, la pregunta es si no es tiempo
ya de revisar aquella tesis según la cual la secularización
de los Estados es símbolo de modernidad.
En otras palabras
nos preguntamos si en un Estado mayoritariamente religioso, ¿no debería
esta mayoría tener el derecho de asegurarse que las leyes
respeten sus principios cristianos?
Por ejemplo en el caso de
la esterilización como política de "planificación familiar"; o en el
"derecho" de los homosexuales a adoptar niños; o en el
respeto a las fiestas religiosas que las autoridades civiles quieren
"trasladar" a otras fechas.
Pienso que es hora de luchar
para exigir que no se pretenda divorciar la vida política
de las convicciones religiosas.
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