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Autor: Mario Ramos-Reyes, Ph D, Asociación de Empresarios Cristianos (ADEC) | Fuente: Adec.org.py Economía y valores
Artículo de Mario Ramos-Reyes, de la Asociación de Empresarios Cristianos (ADEC)en el que afirma que la consigna es aquí hacer el bien, ser un buen ciudadano porque es lo correcto. La utilidad, el lucro, se dará por añadidura. Solo si el ciudadano es tal
Economía y valores
Una economía dejada al juego de la fuerzas de las
libertades del mercado, no genera fines y valores para una
sociedad. Es más, la libertad de mercado sería ciega, dando
lugar a lo que se denomina “agnosticismo valorativo”, pues existiría
incapacidad de conocer, de “saber” –eso es agnosticismo- lo que
esta bien o mal (de ahí lo de valorativo). Solo
existirían intereses, necesidades, que estarían ahí, fatales, que se adjudicarían
mecánicamente, sin criterios de justicia.
Esta afirmación, usada comúnmente para negar
la fuerza creadora del mercado, olvida una serie de aspectos
que hacen que dicha libertad sea inteligente, y con sentido
de bien común. Y sobre todo, ignora que dicha libertad
no debe ser atribuida a un sistema inerte sino encarnado
en individuos concretos, cuyo sentido moral existe (o no existe)
independiente del sistema económico. En este contexto, tres aspectos fundamentales
se deben tener en cuenta.
En primer lugar, todo sistema económico,
pero también político, no es en sí autosuficiente.
Presumir que
el libre mercado como tal determine un tipo de conducta
específica, sería negar la posibilidad de la libertad de elección
del individuo.
Seria ceder trágicamente, a un determinismo estructural; esto es,
la creencia de que la conducta o inconducta ciudadana estaría
“marcada” fatalmente por instituciones o leyes rígidas, por lo que
sólo cambiando éstas, el resto, -la conducta y modo de
ser ciudadano- cambiaría. Como si el sistema hiciera al ser
humano como es. Es obvio que esta perspectiva es falsa,
pues deja de lado la libertad del individuo para dejarse
o no ser manejado por las estructuras.
Un segundo aspecto refiere
a la perspectiva que echa el acento en el individuo.
El problema del “egoísmo” del sistema, se afirma, no es
realmente del sistema sino del ciudadano. El individuo es el
que determina lo que las cosas son, buenas o malas.
Depende
del ciudadano exclusivamente la marcha de, por ejemplo, estructuras económicas.
Nada de “afuera” le afecta sino que es él, el
verdadero artífice del cambio. Por eso, esta posición enfatiza la
formación de hábitos, instilando el sentido del deber mas allá
de los beneficios personales que podría tener, o el temor
a la sanción de la estructura legal que pudiera sobrevenir.
La consigna es aquí hacer el bien, ser un buen
ciudadano porque es lo correcto. La utilidad, el lucro, se
dará por añadidura. Solo si el ciudadano es tal por
convicción propia, nutrirá como por ósmosis al sistema económico o
político con las virtudes propias de la justicia.
El tercer aspecto,
sin embargo, es el decisivo; aspecto que además, creo, es
el correcto. Es la interacción entre la libertad del individuo
y la “vida” propia del sistema económico.
Posición que implica
la aceptación de nuestra realidad humana de criaturas limitadas, movidas
por intereses individuales, las más de las veces egoístas, generosamente
las menos; pero condicionados fuertemente por un sistema que presiona
sobre nosotros. De ahí que se prescriba la necesidad de
virtudes y hábitos para atenuar las imperfecciones de nuestra conducta.
Pero necesitamos de algo mas; pues algunas veces tomamos la
iniciativa, las más esperando algún estimulo o premio que justifique
nuestra actuación. Así, esta perspectiva intermedia, si bien confía en
la libertad individual, quiere que ésta sea estimulada por factores
“externos” como premios, incentivos, ganancias para “mover” las voluntades ciudadanas.
Es el realismo del mercado, un sistema –como se ha
dicho más de una vez– no apto para santos, pero
tampoco para corruptos, sino solo para “pecadores” que tratan de
hacer lo que mejor pueden a pesar de sus debilidades.
Por eso es el reconocimiento social y gratificación económica que
una sociedad confiere a los emprendedores (o el castigo a
los corruptos) lo que pone en marcha -o no- a
la economía. Si lo que se quiere es cierto tipo
de conducta, emprendedora, capaz, llena de iniciativa, lo que se
debe hacer es entonces establecer los incentivos sociales respectivos.
Recapitulando. No
es que la libertad de una economía de mercado conduzca
al agnosticismo valorativo, sino que esta ceguera de valores –si
es generada por el sistema económico– es porque la sociedad
ya lo reconoció como tal. Es que nadie da lo
que no tiene. Lo dijimos la semana anterior: la libertad
no es un sin más, sino la de alguien con
una historia, unas creencias. Si el sistema económico es ciego
de justicia es porque la sociedad como tal ya no
había tenido un sentido alto de dicha virtud.
¿Será que nuestra
terquedad de promover a corruptos con la impunidad legal y
moral, así como la indolencia de olvidar, penalizando a los
exitosos, socava nuestro interés en promover una autentica competencia económica?
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