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Autor: Bienvenido Subero | Fuente: www.arbil.org Confianza, Fe y sitema económico
El hombre tiene sin duda una tendencia natural a creer en lo intangible, indemostrable e invisible, pero además ha sido lo suficientemente hábil como para servirse de ello para progresar, como en el caso de la economía o de la Fe católica.
Confianza, Fe y sitema económico
El hombre tiene sin duda una tendencia natural a
creer en lo intangible, indemostrable e invisible, pero además ha
sido lo suficientemente hábil como para servirse de ello para
progresar, como en el caso de la economía o de
la Fe católica.
Cuando voy a la peluquería, me gusta
divagar un poco durante los ratitos en que el tema
de conversación ha decaído, o mejor dicho, he hecho que
decaiga por miedo a que la falta de concentración del
profesional ocasione accidentalmente algún daño a mi persona.
La última
vez que visité el establecimiento al que voy habitualmente, me
di cuenta de lo rica que es una sociedad que
se permite tener a gente dedicada a trabajos que no
producen nada tangible, ni su labor contribuye a la producción
de otros. Antes no podía uno cortarse el pelo a
sí mismo, ahora sí, con un espejo y una maquinita
que se pueden adquirir por algo más que el coste
de un par de cortes de pelo, y sin embargo
continúo acudiendo a mi peluquería por motivos esencialmente estéticos.
En
efecto, los españoles actuales somos ricos, y mucho, con respecto
a los de hace sesenta años, y dedicamos buena parte
de nuestros ingresos a cosas tan baldías como irnos en
viaje maratoniano de placer, ir a "la pelu", comprarnos una
bicicleta estática por si algún día decidimos utilizarla o un
juego de herramientas de esas de maestro del bricolaje.
Ampliando
el espectro, podría llegar a calificar de baldío también, dada
la actual espiral de precios, nuestro afán por colocar el
dinero de un banco en manos de un promotor, a
costa de comprometer una mayor parte de los ingresos futuros
para remunerar ese préstamo que nos hacen. Es increíble, ambos
se lucran a mi costa, y yo obtengo unas paredes
para refugiarme de las inclemencias del tiempo; sí ya sé
que realmente no es eso por lo que he pagado
lo que me han pedido, pero ¿vale lo que he
pagado?.
Nuestro afán por ser propietarios de un inmueble, en
la seguridad de que los precios de los mismos no
disminuyen nunca, entra en la categoría de los actos de
fe. En España esto no siempre ha sido así si
consideramos las alzas de precios en términos reales, y si
miramos datos de otros países, como la Gran Bretaña thatcherista,
podemos comprobar que nadie garantiza que cuando intentemos vender el
inmueble vayamos a recuperar "lo puesto". Así pues, la creencia
generalizada de la gente no está sostenida desde el punto
de vista racional por nada consistente.
Y es que el
hombre tiene necesidad de tener fe. Los judíos ya tuvieron
problemas en los tiempos antiguos por adorar a un dios
invisible, y los católicos creemos en el Dios invisible y
¡en la resurrección!, sin más prueba que las palabras de
Jesús de Nazaret, que nos han llegado a través de
los tiempos en documentos cuidadosamente transmitidos.
Creemos sin ver, como
nos pidió el Maestro, que a pesar de ello, nos
dejó otro evangelio para que meditemos sobre él: la Sábana
Santa o Santa Sindone, donde quedó su impronta para asombro
de la ciencia y emoción de los creyentes. La duda
también forma parte de la condición humana, y por ello
muy de cuando en cuando se nos conceden milagros como
el de Calanda, que le devolvió a Miguel Juan Pellicer
en 1640 la pierna gangrenada que años antes le habían
amputado unos cirujanos. Después de todo, parece que los creyentes
lo tenemos bastante fácil si queremos tener Fe.
La necesidad
humana de fe se extiende a otros órdenes y por
ejemplo sustenta en buena medida al sistema económico actual. Veamos,
¿cuántas tarjetas de crédito tiene usted?, ¿las utiliza?, ¿se las
admiten en cualquier sitio?, ¿las acepta usted en pago de
sus servicios?. ¿Por qué?, ¿quién le garantiza que pasar la
tarjeta de plástico por un aparatito vaya a aumentar su
riqueza personal o la de su negocio?. ¡La ley!, dirá
alguno. Discrepo. La ley persigue a quien defrauda la confianza
puesta en ese sistema, pero el sistema en sí funciona
porque todos queremos que funcione, o mejor dicho, porque creemos
que funciona. El diccionario define confianza como esperanza firme que
se tiene de una persona o cosa, pero confiar no
es un estado de ánimo como la esperanza, sino que
es un acto de voluntad, por el que confiamos o
no independientemente de los elementos que tengamos para decidir.
Cuentan
los libros de Historia que Federico Barbarossa, emperador romano de
la nación alemana, estuvo empeñado en tener bajo su cetro
la península italiana, y no por expansionar sus dominios, ni
por controlar al papado, sino porque carecía de algo muy
importante, carecía de dinero. Y no es que fuese pobre,
sino que la economía de sus dominios se basaba en
el trueque, su reino carecía además de ciudades y por
lo tanto no tenía dinero para pagarse caros paños y
armaduras de otros países. El dinero por aquel entonces eran
monedas de plata y oro, que tenían valor intrínseco, si
a Federico le hubiésemos dado uno de esos papeles que
llamamos "billete", probablemente habría hecho que su caballo nos atropellara.
Hay que recordar que no estamos tan lejos de aquello:
hasta 1944, si la memoria no me falla, el dinero
estuvo respaldado por el oro que un país poseía, lo
que se llamaba el patrón oro, sistema que los EEUU
abandonaron en esa fecha. Si usted no tenía fe, sabía
que había oro "detrás" de ese billete o moneda.
Hoy
estamos a años luz de aquello: el dinero no pasa
de ser un mero apunte electrónico, o sea, nada, un
calambre si acaso. Y sin embargo el mecanismo sigue funcionando,
y lo hace a pesar de que nos han cambiado
el valor y nombre de la moneda cuando y como
lo decidieron las instituciones financieras, que son las que manejan
esos electrones que representan nuestro dinero. Impresionante ejercicio de fe
el nuestro. Los británicos son unos infieles.
Tener fe, o
sea confiar, en personas individuales o en determinadas organizaciones puede
ser todavía más arriesgado. Recordemos por ejemplo el caso del
exdirector felipista de la Guardia Civil, el Sr. Roldán, sin
licenciatura ni vergüenza alguna, como descubrieron tarde los que habían
confiado en él, o Gescartera, un agujero negro en el
universo económico, que atrajo dinero ajeno a otra dimensión inalcanzable
para sus antiguos poseedores. En estos casos se habla de
fe ciega, que es algo así como hablar de nieve
blanca o de fuego ardiente, en un intento de describir
la actitud de aquellos que se vieron defraudados.
Colectivamente, dilapidamos
nuestra capacidad para la fe, depositándola como Carl Sagan, en
la Ciencia, sin darnos cuenta de que no pasa de
ser un modelo de la realidad, y no la realidad
misma (por cierto, es digno de leer su libro titulado
"El mundo y sus demonios", pero espero que al final
de su vida dejase de esperar una prueba científica de
la existencia de Dios). O como en un momento de
su vida hizo Chesterton, en la ouija y el espiritismo,
... o en las ideas de un estrambótico individuo del
siglo XIX que tuvo la ocurrencia, inspirado por vaya usted
a saber qué, de que en determinada zona del norte
de España había una raza excelsa de humanos, muy superior
y distinta a la de sus vecinos.
El hombre tiene
sin duda una tendencia natural a creer en lo intangible,
indemostrable e invisible, pero además ha sido lo suficientemente hábil
como para servirse de ello para progresar, como en el
caso de la economía o de la Fe católica.
¡Dios
nos libre de aquellos que no tienen fe!, pero que
el Espíritu les guíe en el objeto de su fe
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