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| El amor al dinero |
Los hombres sensatos pero pegados al suelo, acaban cometiendo el
tremendo error de pensar que dedicarse a ganar dinero es
lo único serio que se puede hacer en la vida.
UNA
AVARICIA PECULIAR
Poseer puede llegar a ser una pasión avasalladora. Es
una de las inclinaciones que más enloquecen. Se refuerza con
el deseo de seguridad, de poder y de presumir, que
proporciona el tener mucho.
La tendencia desordenada a poseer suele manifestarse
en el amor al dinero. El dinero no es propiamente
un bien, sino un medio convencional de cambio que permite
obtener bienes reales. Por eso, el dinero da lugar a
una forma de avaricia peculiar, que no se centra en
bienes, sino en el medio que parece proporcionarlos todos. En
este sentido, en el amor al dinero se manifiesta en
su esencia más pura la avaricia: el deseo de poseer,
sin contenido real, sin bienes concretos que se amen: es
como amar el poseer en abstracto.
Parece obvio que el dinero
es importante y que hay que esforzarse por conseguirlo; en
nuestra sociedad, sin dinero no se puede vivir. Esto es
verdad, evidentemente, pero hay que tener cui dado con las
generalizaciones. Admitamos que no se puede vivir sin dinero, por
lo menos en una sociedad civilizada. Pero a con tinuación
hay que preguntarse cuánto dinero es necesario para vivir y,
también qué otras cosas, además de ganar dinero, importan en
esta vida. Sería un círculo vicioso vivir para ganar dinero
y ganar dinero solo para vivir.
El dinero, desde luego, no
es lo primero. Sería absurdo dedicarle la vida, sabiendo que
la vida misma es un bien limitado. El dinero es
un instrumento. Hay que saber para qué se quiere; hay
que saber cuánto se necesita; hay que saber lo que
cuesta. Con esos datos podemos poner límites a la avaricia
y dejar espacio y energías libres para dedicarse a los
demás bienes importantes de esta vida: la cultura, la religión,
las relaciones humanas, la amistad, etc.
UNA SENSATEZ INSENSATA
Muchos hombres que
pueden considerarse verdaderamente sensatos y maduros porque son capaces de
tomar decisiones ponderadas, de trabajar responsable y eficazmente, de organizar
la vida de los demás, acaban cayendo, sin apenas darse
cuenta, en esta tremenda insensatez: viven como si realmente el
dinero fuera lo único importante y suponen loca y excéntrica
cualquier otra visión de la vida. Es curioso, pero a
medida que maduran, toma fuerza en su espíritu esa convicción.
Es como si las demás cosas de la vida, de
las que se esperaba mucho en otros momentos (la amistad,
el amor, los viajes, las aficiones, etc.) se fueran difuminando
con el tiempo y sólo el dinero se presentara como
un valor sólido e inquebrantable.
Es una sensatez insensata: olvidan un
dato fundamental que se ha repetido incansablemente a lo largo
de la historia: los hombres nos morimos y el dinero
no lo podemos llevar a la tumba; ni comprar con
él nada que allí nos sirva. San Agustín nos lo
recuerda: «Ni a nosotros ni a nuestros hijos nos hacen
felices las riquezas terrenas, pues o las perdemos durante la
vida, o después de morir, las poseerá quien no sabemos,
o quizá acaben en manos de quien no queremos. Sólo
Dios nos hace felices, porque Él es la verdadera riqueza
del alma» (De Civitate Dei, V, 18, 1).
Con dinero se
pueden adquirir muchos bienes materiales, se pueden pagar muchos servicios;
da garantías y seguridad de cara al futuro; prestigio, poder
y consideración social. Son muchos los bienes que proporciona; pero
no todos y ni siquiera los más importantes. El dinero
–como es evidente– sólo proporciona los bienes que se pueden
comprar: cosas y servicios. El dinero no proporciona la paz
del alma, ni el saber disfrutar de la belleza, ni
la fuerza de la amistad, ni el calor del amor,
ni las pequeñas delicias de una vida familiar, ni el
saber saborear las circunstancias sencillas y bonitas de cada día,
ni el encuentro con Dios. No proporciona inteligencia ni conocimientos.
No proporciona ni honradez, ni paz; no hace al hombre
virtuoso, ni buen padre de familia, ni buen gobernante, ni
buen cristiano.
LA ESCALA DE LOS AMORES
No es que haya que
contraponer el dinero a los bienes más importantes; no es
que el dinero sea lo contrario; simplemente, son cosas distintas
y no se mezclan como no se mezclan el aceite
y el agua. Se puede tener amor, amistad, honestidad y
cualquier otro bien con o sin dinero: no es ni
más fácil ni más difícil. En principio, no influye; salvo
en casos extremos: salvo que no haya nada o que
haya demasiado.
Sin un mínimo de bienes materiales no suelen ser
posibles los espirituales. Es muy difícil pensar en otros bienes
cuando no se tiene qué comer o no se puede
dar de comer a los que dependen de uno; cuando
no están garantizados los mínimos de supervivencia. Sin una base
material, es prácticamente imposible llevar una vida humana digna, educar
a los más jóvenes y controlar mínimamente el propio estilo
de vida. La miseria material suele ir acompañada, generalmente, de
otras miserias humanas: suciedad, desarraigo, marginación, irresponsabilidad, degeneración de las
estructuras personales, familiares y socíales, corrupción, etcétera.
Influye también el exceso,
no el exceso de dinero –la cantidad aquí no es
un criterio moral– sino el exceso de afición. Cuando la
afición al dinero acapara, sustituye e impide el amor que
el hombre tendría que poner en Dios o en los
demás; cuando absorbe las aspiraciones y las capacidades sin dejar
respiro para otras cosas; cuando se convierte en el centro
de la propia existencia. Lo malo no es el dinero,
sino el desorden con que se ama.
El amor al dinero
tiene que ocupar su sitio en la escala de los
amores. Como no es el bien más importante no puede
ocupar el primer lugar. Es un desorden dedicar tanto tiempo
a ganar dinero que no quede tiempo para los demás
bienes: que no quede tiempo para la amistad, la familia,
el descanso, la relación con Dios o la cultura.
Es un
desorden poner al dinero por encima de otros bienes más
altos (que lo son casi todos). Y esto puede suceder
sin apenas advertido, porque la lógica del dinero va acompañada
frecuentemente de esa sensatez equivocada y loca, que hace que
parezca razonable lo que, en realidad, es un gran error.
Es un desorden, por ejemplo, trabajar mucho para proporcionar bienes
a los hijos, sin pensar que la compañía del padre
o de la madre es uno de los bienes que
más necesitan.
Otro ejemplo cotidiano: muchas, muchísimas familias han quedado destrozadas
por el simple hecho de tener que repartir una herencia.
Padres, hijos, hermanos, matrimonios llegan a separarse y odiarse porque
se han peleado por unas acciones, por unas tierras, por
una casa... hasta por un mueble. Y esto sucede todos
los días y ha sucedido desde la noche de los
tiempos. ¿ Cuánto vale el amor de un hermano, de
un hijo, de un marido...? ¿No vale más que un
pedazo de materia? ¿No hubiera sido mejor ceder?
LA “TONTERÍA” HUMANA
Tener
mucho dinero no es ni bueno ni malo moralmente hablando;
tiene ventajas e inconvenientes. Los inconvenientes son claros: más capacidad
para adquirir bienes es también más capacidad para despistarse, para
entretenerse, para perder de vista lo fundamental porque absorbe demasiado
lo accesorio.
Es también más fácil corromperse: porque la corrupción está
más a mano y se ofrece muchas veces por dinero.
Es fácil caer en la tontería humana: dejarse llevar por
la vanidad, sentir el placer de provocar en los demás
la envidia, haciendo ostentación de lo que se posee; es
fácil dejarse llevar por el capricho; es fácil concederse todos
los gustos y no ponerse el freno que otros se
ponen por necesidad, en el comer, en el beber... Si
hay mucho amor al dinero, es fácil dejarse comprar, ser
sobornados, corrompidos; dejarse llevar por el espíritu de lujo y
el capricho de gastar, caer en la frivolidad, etc.
Son inconvenientes
claros. No es fácil ser honesto y rico. Cristo lo
advirtió con toda claridad cuando dijo que es más difícil
que se salve un rico, que pase un camello por
el ojo de una aguja. Dicho así, podría parecer que
es sencillamente imposible (desde luego no parece posible que pase
un camello por el ojo de una aguja, por más
que se han querido buscar interpretaciones fáciles de este duro
texto). El Señor lo afirma a continuación: «Para los hombres
es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo
es posible». Lo que permite concluir, de momento, que para
ser rico y buen cristiano, hay que pedir mucha ayuda
a Dios.
Los inconvenientes de ser rico están hoy muy extendidos.
En las sociedades industrializadas, se han introducido modos de vida
que antes estaban reservados a unos pocos privilegiados. La vanidad,
el capricho, el lujo, la frivolidad y la corrupción están
al alcance de casi todas las fortunas.
Para muchos existe el
peligro efectivo de dedicar su vida entera a poseer los
bienes menos importantes; corren el grave riesgo de que su
inteligencia esté permanentemente ocupada en planear lo que podrían tener
y que, en su corazón, no quede espacio ni tiempo
para otras cosas que las que se pueden ver y
tocar. Es decir, corren el grave riesgo de que no
les quede ni tiempo ni fuerzas para lo más importante.
PROCURAR
LOS MEJORES BIENES
Ser rico tiene también ventajas. Esto es evidente
si nos fijamos en los bienes elementales: tener dinero permite
cubrir sin apuros las necesidades primarias. Pero esta es la
menos importante de todas las ventajas. Las más importantes se
refieren al uso de la libertad. Estas son las ventajas
importantes desde un punto de vista moral.–
Ser rico significa tener
muchos medios y por lo tanto mucha libertad para obrar
bien. Es un talento y, por tanto, una responsabilidad. Sólo
los que tienen muchos medios pueden emprender grandes obras. El
valor moral de la riqueza –y de quien la tiene–
depende del fin al que la destina, porque el dinero
sólo es un medio. La clave de la riqueza es
el servicio que presta.
Precisamente por el atractivo que el dinero
tiene y por los inconvenientes que puede llevar consigo poseer
mucho, se requiere una actitud personal con respecto a él.
Hay que tener un estilo de vida frente al dinero,
para emplearlo bien y para no ser engañados por él.
La moral invita a ponerlo en el adecuado orden de
amores. No amarlo por sí mismo, sino como un instrumento;
no buscarlo en detrimento de otros bienes que son mejores;
y utilizarlo para procurarse y procurar a otros esos bienes
mejores. |
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