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| La resistencia corporativa en Francia: socialismo, tradicionalismo y “comunidades naturales” |
Una introducción histórica explicativa
Socialismo y tradicionalismo, supuestos enemigos doctrinales (histórica
e ideológicamente) presentan rasgos comunes, e incluso caminos paralelos, en
la Historia de las ideas políticas y sociales, en especial
sobre el tema del corporativismo. Como bien demostró en el
caso español Gonzalo Fernández de la Mora, mostrando las raíces
organicistas comunes en tradicionalistas y socialistas, e incluso de liberales
(al calor de la introducción del krausismo en España), “lo
corporativo” sigue siendo es una realidad presente en el funcionamiento
extraparlamentario (sindicatos y lobbys, colegios profesionales y grupos de presión,
intereses económicos y poderes locales) de las democracias parlamentarias en
Europa y en América a inicios del siglo XX. Y
esta realidad, en su trayecto histórico, puede ser ejemplificada en
el caso francés, paradigma del centralismo estatista y laicista, pero
sede también de importantes debates y teorías de naturaleza corporativa.
Así,
y como otras modalidades de la Política social difundidas desde
1848 [1] , el corporativismo fue respuesta directa a la
Cuestión social, presentada por historiadores sociales, sociólogos y juristas como
consecuencia del impacto de la Revolución industrial, y como un
mal que afectaba a la relación armónica entre clases. Pero
lo corporativo no solo asumió la forma de una política
social jurídica (política del trabajo) o asistencial; su especificidad radicaba
en su propuesta grupal de regulación del conflicto surgido en
las relaciones entre la propiedad y el trabajo. Los cuerpos
sociales intermedios desempeñaban para Patrick de Laubier, un papel mediador
clave para alcanzar la finalidad de la Política social, la
“justice sociale” [2] . El poder político se convertía
por ello en “l´intemédiaire de grupes organisés”, y el corporativismo
aparecía como mediación entre el Estado y el Sindicalismo, los
dos actores principales de la Política social.
En este contexto, el
notable desarrollo conceptual y doctrinal del corporativismo francés, desde su
génesis en el siglo XIX, de tanta influencia en España
[3] , no fue siempre paralelo al de su institucionalización
jurídico-política. Bajo la herencia de la Ley Le Chapelier (1791),
que marcó el camino en Europa a la destrucción legal
de las “comunidades naturales” (en esencia las funciones sociales de
municipios, gremios y familias), durante el siglo XIX tanto el
liberalismo jacobino como el doctrinario hicieron caso omiso a las
propuestas “socialistas” de Luis Blanc y Hénri de Saint Simon,
y al legado “tradicionalista” de Luis de Bonald [1754-1840]
y de Joseph de Maestre [1753-1821].
Incluso, las propuestas de reforma
corporativa del modelo constitucional de la III República francesa, preconizadas
por Émile Durkheim, Leon Duguit, M. Hariou, además de las
tesis organicistas del liberal Bertrand de Jouvenel, no alcanzaron el
sueño de una Cámara corporativa o gremial/profesional. Ni corporativismo ni
solidarismo; sólo las presiones sindicales (con la CGT a la
cabeza) y la influencia del Reichwirtschaftsrat de la Constitución de
Weimar (1919), permitieron crear en Francia el Consejo Nacional de
economía por el Decreto de 19 de enero de 1925,
acuerdo corporativo reeditado en L´Accord de Matignon de junio de
1936 bajo la presidencia del frentepopulista León Blum [1872-1950] entre
“les puissances économiques”: la CGPF empresarial y la CGT sindical
[4] .
Pero en este proceso de infructuosa institucionalización destacaron las
elaboraciones de la sociología católica. A. de Mun, L. Harmel,
F. Le Play o R. la Tour asumían ciertas tesis
de los legitimistas de Bainville y los tradicionalistas de Bonald,
especialmente la idealización de la pretérita sociedad de estamentos y
gremios, de jerarquía patriarcal y núcleos familiares, de autonomías y
solidaridades comunales. Frédéric Le Play [1886-1882] planteó una concepción “subsidiaria”
del reformismo obrero y social, que situaba a la
familia como “prototype de l´Etat” [5] . Esta propuesta fue
sintetizada en la doctrina que denominaba como “patronalismo”, desarrollada en
La réforme sociale en France (1864) y L´Organisation du travail
(1870). Partiendo de la subordinación de lo político a lo
ético, y de la interacción entre ciencia positiva y religión,
Aunós leía en Le Play como “las intervenciones del
Estado deben ser muy espaciadas, concretas y llenas de circunscripción,
mostrándose igualmente pesimista en lo que se refiere al papel
que han de desempeñar las asociaciones de clase”, y complementadas
por el trabajo doméstico, la función social de la familia
y la conciliación sociolaboral [6] .
Igualmente, en el seno de
la “L´Association Catholique” [1876-1890], junto al Manuel d´une corporation chrétienne
(1890) de L.P. Harmel, destacó la obra del diputado católico
Albert de Mun [1841-1914], dedicado no sólo a desarrollar los
círculos católicos obreros en Francia, llegando hasta casi 30.000 miembros,
o defender en el Parlamento de la III República los
derechos de los fieles al magisterio vaticano; además generó una
relevante teoría en sus discursos recogidos en La question ouvriére
(1885) y L´Organisation professionelle (1901) [7] .
Pero de todos los
autores antes citados, destacó sobremanera el marqués René La Tour
du Pin [1834-1942], de quién Aunós resaltaba su aportación de
“los verdaderos cauces de las reformas sociales y de la
organización corporativa” [8] . La Tour du Pin encabezó el
modelo de Monarquía social católica desde la Francia finisecular. Frente
al capitalismo burgués y el socialismo bolchevique, La Tour defendía
la necesidad de un “Orden social católico” basado en la
corporación profesional (de raigambre medieval): un orden que regulase corporativamente
el mundo del trabajo (“organización corporativa de los talleres”), la
economía y la política. “La constitución nacional” (o “leyes fundamentales
del Reino”) era enemiga de las formas republicanas y monárquicas
que sostenían el principio de la soberanía nacional.
Las luchas
sociales entre propietarios y obreros, la anarquía pública y el
individualismo moral (visibles en 1848 y 1873) requerían con urgencia
un nuevo modelo político social corporativo, de naturaleza cristiana y
de modelo medieval-gremial.
La doctrina sobre un “orden social cristiano” de
La Tour se fundaba en el magisterio pontificio (religión católica),
la mitología medieval (monarquía tradicional) y la fenomenología social (corporativismo
de Durkheim). Bajo esta tras tradiciones, su orden resultaba así
católico (“propiedad de Dios” bajo administración humana), monárquico (“un rey
en la cúspide” que “cumple el más alto de los
trabajos de la nación” y por ese “trabajo se hace
verdaderamente rey”) traducido al lenguaje político-social), y orgánico (“por
el cual los elementos que la componen se si ente
unidos y solidarios, formando parte de un conjunto orgánico”). Un
orden que se encontraba en condiciones, para La Tour, de
adaptarse a las mutaciones contemporáneas mediante un “régimen corporativo” que
“no debe implicar el retorno a las corporaciones medievales, sino
la formación de otras más adecuadas al tiempo presente, a
base de patrimonio corporativo, de la intervención en su constitución
y gobierno de todos los elementos productores y el ascenso
dentro de los oficios por obra de la capacidad profesional”
[9] .
Ahora bien, pese a décadas de notable fecundidad doctrinal,
la escuela corporativa católica francesa se sometió, en gran parte,
a las exigencias de realliment de la democracia cristiana con
la III República francesa. Pese a ello, el fracaso del
sistema político representativo de la III República, pese a la
unidad nacional alcanzada por la movilización durante la I Guerra
mundial, dio alas a nuevas fórmulas corporativas asentadas en regímenes
fuertes y autoritarios, no directamente vinculadas al magisterio católico.
En este
proceso jugaron un papel determinante los doctrinarios participantes en el
diario L`Action française (1905-1945), continuador de la Revue d´Action française
fundada por Jacques Bainville [1879-1936]; intelectuales que definieron un moderno
nacionalismo contrarrevolucionario, el cual fue modelo de renovación de los
discursos, medios de difusión y aparatos organizativos de la creciente
derecha antiliberal española [10] . En este movimiento jugó un
papel decisivo su principal fundador e ideólogo, Charles Maurras [1868
1952], que convenció a cierto sector del nacionalismo galo de
la necesidad de las tesis monárquicas y católicas. Influido por
el nacionalismo de Maurice Barrès, Maurras retomó en esta revista
el movimiento fundado en 1898< por el profesor de Filosofía
Henri Vaugeois y el escritor Maurice Pujo. Trois idées politiques
(1898) [11] fue el testimonio de su primera evolución ideológica
[12] .
De la mano de Maurras se generaba un nuevo
tradicionalismo francés que integraba el bagaje intelectual del nacionalismo laico
y positivista. Tras situarse radicalmente en contra del régimen parlamentario
de la III República, Maurras encabezó la modernización de la
doctrina tradicionalista combinando el positivismo sociológico y el legitimismo orleanista
de Bainville [13] . En su obra Enquête sur la
monarchie (1900-1909) fue delimitando doctrinalmente este nacionalismo integral y monárquico,
que atrajo a numerosos republicanos y sindicalistas vinculados al ideal
corporativo o a posiciones antiparlamentarias; su síntesis entre Nación y
Tradición rompía la histórica posición antinacional del legitimismo, atrayendo a
numerosos sectores de las clases medias deudoras espirituales de un
catolicismo convertido en factor de legitimación cultural y de cohesión
social, aunque nunca en dogma a seguir (visible en el
público agnosticismo de Maurras) [14] . Maurras sintetizaba así las
dispersas corrientes doctrinales de la derecha francesa, desde De Maistre
hasta Bonald, pasando por Taine, Renan, Fustel de Coulanges, e
incluso Proudhon- que había brotado a lo largo del siglo
XIX como reacción al significado social y político de la
Revolución de 1789 (tesis contenida en Romantisme et Révolution, 1922)
[15] .
Con todo ello, desde una visión positivista propia, que
designó con el nombre de “empirismo organizador”, Maurras proclamó un
nuevo orden en la sociedad, regido por una serie las
leyes descubiertas por la historia y la sociología [16] .
Siguiendo a Comte, Maurras asimilaba la sociedad a la naturaleza
como “realidad objetiva”, independiente de la voluntad humana [17] .
La sociedad suponía un “agregado natural” determinado por las leyes
de jerarquía, selección, continuidad y herencia; así criticaba el romanticismo
estético y literario de J.J. Rousseau, y vinculaba este método
con la tradición católica y clasicista francesa (L´Action française et
la religion catholique, 1914). Por ello cuestionaba tanto la Revolución
de 1789, auténtica insurrección contra la genuina tradición francesa, representada
por el orden monárquico, católico y clásico, inicio de la
decadencia nacional que Francia padecía a lo largo del siglo
XIX, y que llegaría a su cenit con la derrota
ante Prusia en 1870; como la III República, culminación de
estas “ideas destructivas” destructivas, especialmente una “democracia inorgánica” que sacralizaba
el régimen electivo, la centralización administrativa, el monopolio burocrático, y
con ello, la desintegración de la sociedad y el debilitamiento
de la nación.
Este nuevo orden propugnado por Maurras se materializaba,
a través de una “encuesta histórica”, en la doctrina del
nacionalismo integral y el ideal de la Monarquía como régimen
de gobierno ideal y funcional [18] . La defensa de
la nación francesa exigía la instauración de la monarquía tradicional
y representativa, portadora de los valores característicos del catolicismo y
del clasicismo [19] . Éste era el contenido de su
“politique d´abord”, donde la monarquía hacía coincidir el interés personal
del gobernante y el interés público, la herencia del poder
político y la duración de la nación. Frente a la
democracia republicana “desorganizada, discontinua y dividida, “el interés nacional” exigía
la inmediata supresión del parlamentarismo y de los partidos políticos.
Frente a ellos, la nueva Monarquía “representativa” reuniría el principio
político monocrático en el monarca (que reunía en su persona
la totalidad del poder) y el principio democrático en un
conjunto de cámaras de carácter corporativo [20] . El Estado
recuperaría, así, sus funciones tradicionales, respetando la libertad económica y
social en mano de los individuos y las corporaciones. Este
régimen garantizaría tanto la descentralización territorial (reconstruyendo las regiones), como
la profesional restaurando los gremios, moral y religiosa (recuperando la
influencia de la iglesia católica en la sociedad civil) [21]
.
Así llegó el momento de L´Action française [22] , empresa
intelectual a la que se sumaron el economista Georges Valois
[1878-1945], el polemista Leon Daudet, el historiador Jacques Bainville, el
crítico Jules Lemaître, y unas juventudes proselitistas llamadas “ Camelots
du Roi” [23] . Pero pronto se mostraron las veleidades
políticas del grupo. En las elecciones de 1919 apoyaron a
la Unión Nacional y lograron situar a Daudet en el
Parlamento. Acusados de antisemitas y radicales, Pio XI condenó la
obra de Maurras, situando sus libros en el Index Librorum
Prohibitorum el 29 de diciembre de 1926 . Ahora bien,
estas condenas no frenaron adhesiones como las de Georges Bernanos
o Robert Brasillach, pero tampoco defecciones como la del mismo
Valois, fundador del Faisceau, o de Louis Dimierm, nuevo dirigente
de La Cagoule.
Estas polémicas surgieron, en gran medida, de la
posición ambivalente con respecto al fascismo italiano. Maurras alabó en
numerosas ocasiones al nacionalismo fascista llegándolo a definir como “un
socialismo libre de la democracia y de la lucha de
clase”; pero también condenó tanto el totalitarismo de Mussolini como
el estatismo exacerbado del nacionalsocialismo. En esta polémica medió el
antiguo sindicalista Valois [24] , que propugnaba un entendimiento con
estos regímenes, y con la “escuela” Georges Sorel. Así nació
el Círculo Proudhon (1911), movimiento cultural contrario a la democracia
liberal y a favor de la descentralización regional. Pero las
posiciones esencialmente revolucionarias de los sorealianos, irreductibles en el ideal
de la lucha de clases, se mostraron finalmente inadmisibles para
la tradición organicista y gremialista del nacionalismo integral de Maurras.
Georges
Valois, pseudónimo de A.G. Greseent, vinculó tradicionalismo y fascismo en
su obra L´économie nouvelle (1919). En ella planteaba un régimen
sindical corporativizado, presidido por un gran Consejo económico y social
nacional, articulado sobre la representación orgánica de oficios y regiones,
y desarrollado a través de Consejos locales capaces de suministrar
los representantes generales y de reflejar la voluntad de las
pequeñas células de la vida social y económica [25] .
Valois no hablaba del Parlamento del Trabajo socialista, sino de
un esquema jerárquico divido en escalones de producción y en
necesidades económica; por ello señalaba que “este esquema reposa no
sobre una ideología, sino sobre principios deducidos de la observación
de los hechos contemporáneos, y tiene en cuenta las necesidades
de la producción y de las creaciones espontáneas de la
vida económica” [26] . Esta preocupación por temas socioeconómicos le
situó en la llamada “ala izquierda” de Accción francesa, ala
que leia y debatía a G. Sorel y a P.
Proudhon (Le Monarchie et la classe ouvriere, 1914, o La
Revolution nacionale, 1922), y fue atraído finalmente por la experiencia
del fascismo italiano (Le Fascisme, 1927) [27].
Años después, y a
la sombra de Maurras, más de medio centenar de intelectuales
buscaron en el “nacionalismo integral” el sistema político-social capaz de
derrocar a la III República francesa. Esta generación tuvo su
oportunidad en 1941, tras la división del país con la
ocupación alemana. En febrero de 1941 Ch. Maurras denominó
como “divina sorpresa” la decisión del mariscal Philippe Pétain [1856-1951]
de expulsar a Pierre Laval del Gobierno; por ello apoyó
de manera plena la política del Gobierno de Vichy, en
el que vio el símbolo de la unidad nacional, como
continuación de la "Unión sagrada ” de 1914. El mismo
mariscal llamó a Maurras y sus discípulos para dotar al
nuevo Estado francés de un armazón doctrinal corporativo y antiparlamentrio,
amén de contar con “La legión de Combatientes y Voluntarios”
del coronel La Roque como movimiento político, y de la
integración de los miembros del PSF (Partido Social francés) y
del PPF de Jaques Doriot (Partido popular francés).
Así, en el
París ocupado por las fuerza germanas, un sector declaradamente fascista
se unió a las tesis de Drieu La Rochelle [1893-1945]
sobre un Estado totalitario de extensión continental; mientras, en Vichy
la “revolución nacional” desarrollada por Maurras tomó los valores conservadores
de “trabajo, familia y patria”, alcanzando gran influencia los neotradicionalistas
de Raphaël Alibert , convertido en ministro de Justicia, buscando
establecer un régimen corporativo y agrarista. Los maurrasistas defendieron la
retórica monárquica, los principios católicos, y la imagen idílica de
la antigua sociedad gremialista y rural, gracias en gran medida
a la labor de Philippe Henriot y Xaviert Vallat desde
la Secretaria de propaganda. Pese a su rotundo “antigermanismo”, al
final de la II Guerra mundial Ch. Maurras fue condenado
a cadena perpetua y su revista fulminantemente prohibida.
El nuevo
régimen presidencialista y estatista marcado por el general Ch. De
Gaulle [1890-1970], dejó al corporativismo limitado a la burocratización del
poderoso sindicalismo obrero y funcionarial, y a las propuestas “populistas”
de Pierre Poujade [1920-2003]. Poujade fue el responsable de la
fundación en 1954 de la Union de défense des commerçants
et artisans (UDCA), movimiento en defensa de los intereses de
las clases profesionales y grupos artesanales de las provincias francesas,
frente al sistema fiscal estatal y el monopolio burocrático propio
de la IV República [28] . El poujadismo se convirtió
durante varias décadas en el portavoz de los “trabajadores independientes",
de los "artesanos y comerciantes" de la Francia “de abajo”
contra las “200 familias privilegiadas” [29] .
·- ·-· -······-· Sergio Fernández
Riquelme
Notas [1] Véase Jerónimo Molina, La política social en la historia.
Murcia, Ediciones Isabor, 2004, págs. 160-189.
[2] La aparición de la
Política social respondía a una combinación de factores económicos políticos
y psicológicos propios del siglo XIX, resultantes de la industrialización,
el progreso de la democracia en el seno de los
Estados centralizados y la creciente conciencia sobre los derechos políticos
y sociales. Así definía a la Política social como “el
conjunto de medidas para elevar el nivel de vida de
una nación, o cambiar las condiciones de vida material
y cultural de la mayoría conforme a una conciencia progresiva
de derechos sociales, teniendo en cuenta las posibilidades económicas y
políticas de un país en un momento dado”. Esta definición
cubría, para De Laubier, “un dominio que se sitúa entre
lo económico y lo político como medio de conservación o
reforzamiento del poder el Estado”. Patrick de Laubier, La Polítique
sociale dans les societés industrielles. 1800 à nos tours .
París, Economica, 1984, págs. 8-9.
[3] Las concepciones reformistas o autoritarias
del corporativismo alumbradas al otro lado de los Pirineos, ejercieron
una enorme influencia en nuestro país, bien por la cercanía
geográfica, bien por el ascendiente de superioridad intelectual que gran
parte de los académicos hispanos les otorgó. Del corporativismo católico,
la modernización funcional del pasado romántico de La Tour du
Pin fue el referente básico del Estado corporativo de Aunós
y del Estado nuevo de Pradera, mientras Albert de Mun
marcó en buena medida a Severino Aznar. De Durkheim tomaron
nota algunos intelectuales, más cercanos al naciente debate sobre la
ciencia sociológica que a las siempre lejanas tesis sobre el
positivismo y el funcionalismo: el krausoinstitucionista Azcárate criticaba el “sociologismo”
de Durkheim por abordar la materia religiosa desde el positivismo
sociológico. Véase Gumersindo de Azcárate, La religión y las religiones,
Conferencia en la Sociedad El Sitio. Bilbao, 16 de mayo
de 1909, págs. 259-260), Adolfo G. Posada fue lector suyo
de la mano de Duguit y Le Bon,
mientras Severino Aznar hacía referencia al prefacio de la segunda
edición de la División apuntado que “toda escuela sociológica y
positivista científica que tiene admiradores en todo el mundo culto
ha llegado a las mismas conclusiones que desde hace medio
siglo están difundiendo los reformadores sociales católicos. Durkheim, que no
tiene ninguna religión positivista, y que es hoy el mayor
prestigio sociológico de Francia, llegó a las mismas conclusiones que
Hitze, sacerdote, uno de los más ilustres campeones del régimen
corporativo de Alemania” Cfr. Severino Aznar Estudios económicos y sociales.
Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1946, pág. 214. Las primeras
ediciones de las obras de Durkheim en España reflejan, por
sus fechas, cierta tardanza en su publicación, y por sus
traductores, cierta pluralidad de corrientes: el abogado Antonio Ferrer y
Robert, el jurista Mariano Ruiz Funes, el sociólogo Carlos G.
Posada, el politólogo Francisco Cañada y el líder sindical Ángel
Pestaña. Posteriormente fue objeto de atención por la filosofía social
de la Escuela de Madrid, y en especial por José
Ortega y Gasset y su modelo burgués y meritocrático, profesional
y laico de “orden moral” para la sociedad de su
época. Mientras, del corporativismo sindical implantado por la CGT, tomaron
nota socialistas como Fabra, De los Ríos y Besteiro; del
“nacionalismo integral” de Charles Maurras y el “legitimismo” de Bainville
quienes ayudarían decisivamente al punto de inflexión de la tradición
corporativa española desde las páginas de Acción española o en
el organicismo de la Lliga catalanista de F. Cambó y
Ventosa. [4] Al respecto véase Daniel Ligou, Histoire du socialisme en
France, 1871-1971. París, Presses Universitaires de France, 1962, págs. 416-417.
[5]
F. Ponteil, Les classes bourgeoises et l´avenement de la democratie,
1815-1914. París, Albin Michel, 1968, págs. 438 sq.
[6] Ídem ,
pág. 482.
[7] G. Fernández de la Mora , Los teóricos
izquierdistas de la democracia orgánica. Barcelona, Plaza y Janés, 1986.
pág. 175.
[8] Aunós lo llegaba a considerar como el
verdadero “anti-Marx” en el prologará en la edición española René
la Tour du Pin, Hacia un orden social cristiano. Madrid,
Cultura español, 1936, pág. 34-35.
[9] Ídem, pág. 484.
[10] Su idea
de “Monarquía neotradicional” afectó sobremanera a los alfonsinos de Renovación
española, a los tradicionalistas de Pradera y a distintos intelectuales
nacionalistas españoles (de Eugenio d´Ors a Ernesto Giménez Caballero). Con
la lectura de Maurras, el neotradicionalismo hispano rescataba a Donoso
y Balmes (entrelazados con Bonald y De Maistre), modernizaba
la difusión de su doctrina y sus medios de movilización.
Pese al agnosticismo declarado del doctrinario provenzal y la condena
vaticana a través de la Encíclica Nous avons lu, varios
elementos le hacían imprescindible: la restauración monárquica, el antidemocratismo corporativista,
el nacionalismo tradicionalista, y la posibilidad de una “solución de
fuerza”contrarrevolucionaria.
[11] Recogido en Charles Maurras , “Trois idees politiques”, en
Romantisme et Revoiution. París, Nouvelle Librairie Nationale, 1922, págs. 262
sq. [12] Herni Massi , La vida intelectual en Francia en
tiempo de Maurras . Madrid, Rialp, 1956, págs. 21 sq.
[13]
A quién prologó su obra Jacques Bainville , Lectures. París,
Arthème Fayard, 1937.
[14] Sobre los orígenes de este movimiento destacan
las obras de Raoul Girardet , Le Nationalisme français, 1871-1914,
Seuil, Paris, 1983 ; y François Huguenin, À l´école de
l´Action française, Lattès, Paris, 1998 [15] Sobre su influencia en
España véase P.C. González Cuevas , “Charles Maurras y
España”, en Hispania, vol. 54, nº 188. Madrid, CSIC, 1994,
págs. 993-1040; y “Charles Maurras en Cataluña”, Boletín de la
real Academia de la Historia, tomo 195, Cuaderno 2. Madrid,
1998, págs. 309-362
[16] Charles Maurras , Romantisme et Revolution, Nouvelle
Librairie Nationale, París, 1922, pág. 11. [17] Ch. Maurras , “La
politique religieuse”, en La democratie religieuse. París, Nouvelles Editons
Latines, 1978, pág. 289. [18] Pierre Hericourt, Charles Maurras , escritor
político. Madrid, Ateneo, 1953, págs. 13 sq.
[19] Dimensión de su
pensamiento analizada por Alberto Caturelli, La política de Maurras y
la filosofía cristiana. Madrid, Ed.Nuevo Orden, 1975.
[20] Ch. Maurras, Encuesta
sobre la Monarquía. Madrid , Sociedad General Española de Librería,
1935, págs. 65 y 705-706. [21] Ch. Maurras, Mes idees poiitiques.
París, Fayard, 1937, págs. 257 sq [22] Movimiento estudiado por Eugene
Weber , L´Action Frangaise. París, Fayard, 1985.
[23] Junto al diario
L´Action Française, otros órganos de difusión de las ideas maurrasianas
fueron el Círculo Fustel de Coulanges o la Cátedra Syllabus.
[24]
Sobre su obra doctrinal podemos citar el estudio de Yves
Guchet, Georges Valois . L’action Française - Le Faisceau -
La république Syndicale. París, Albatros, 1975.
[25] Georges Valois , L´économie
nouvelle. París, Nouvelle Librairie Nationale, 1919, págs. 24 sq.
[26] Publicado
en España como G. Valois , “La representación de intereses”,
en Acción española, nº 51, Madrid, 1934, págs. 80 y
81.
[27] Eugene Weber , “Francia”, en H. Rogger y E.
Weber, op.cit., págs. 63-108 .
[28] Poujade protagonizó desde 1953
una revuelta contra el Estado francés, encabezando un notable grupo
de pequeños comerciantes que protestaba contra la que consideraban como
una elevada presión tributaria, tanto normativa como administrativa. Nacía el
llamado “poujadismo”, que tras fundar el grupo político ”Unión de
Defensa de los Comerciantes y Artesanos (UDCA)”, entró en la
misma Asamblea Nacional de 1956 con 52 escaños, entre ellos
el de un joven J. M. Le Pen. Aunque la
llegada del general De Gaulle, a la presidencia de la
República en 1958, comenzó a frenar la expansión de
este experimento político, que años más tarde el Frente Nacional
quiso capitalizar como antecedente.
[29] Un testimonio directo lo encontramos en
Pierre Poujade, J´ai choisi le combat Saint-Céré, Société générale
des éditions et des publications, 1955. |
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