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Francisco Velasco Zapata (Yoinfluyo.com) nos ofrece una reflexión sobre la economía y el modelo con el que operan nuestros países
¿Cómo mejorar nuestro modelo económico?
Por todas partes se afirma que uno de los principales
problemas de la mala situación económica del país y de
quienes lo habitamos, es el modelo económico. ¿Qué tiene de
malo el actual modelo económico?, dirían los más beneficiados; para
ellos seguramente nada, es casi perfecto, en la medida que
les siga generando beneficios y alta jerarquía en la punta
de la pirámide social, económica y política.
Lo cierto es que
el modelo económico neoliberal ha resultado –en los hechos– una
aciaga fábrica de pobres, donde las cifras de la injusticia
social revelan que el 20 por ciento (poco más de
22 millones de mexicanos) del sector menos favorecido de la
población se reparte apenas el 2.5 por ciento de la
renta total de la nación.
Mientras que el 20 por ciento
situado en el sector más favorecido disfruta de poco más
de dos tercios del Producto Interno Bruto (del 66 al
70 por ciento del PIB).
Algunos dirán que ello representa el
resultado del esfuerzo de cada persona por salir adelante; que
se debe a que unos estudiaron y otros no; que
este país premia al que trabaja y no la holgazanería.
Que
hay familias que heredaron a sus hijos el producto de
muchas generaciones –de sus propios familiares– y que por ello
sus hijos, nietos o descendientes tienen derecho a una vida
mejor que los demás (aunque se trate de casi 70
millones de pobres). Otros más dirán, que el destino manifiesto
actúa de esa rara forma en que a unos beneficia
y a otros no tanto.
En el fondo lo que vemos
es el resultado de una sociedad muy injusta en donde
parte del problema deriva de la inexistente democracia en la
distribución de la riqueza de los bienes que se producen
en nuestro país.
Si el PIB per cápita para México es
en nuestros días equivalente a –más o menos– 10 mil
dólares por habitante, entonces, podríamos afirmar que cada persona debería
tener a su disposición esa cantidad, a efecto de que
se trascienda a la pobreza –sobre todo la extrema que
mezcla varios ingredientes–. También serviría para que trascendiéramos de la
gran motivación del robo y el narcotráfico, que es ganar
dinero a como dé lugar.
Para que cada habitante de este
país accediera a una mejor distribución de la riqueza, se
requiere que cada compatriota acceda de forma menos accidentada y
adversa a la salud, a la educación, a la vivienda,
a la cultura, al trabajo y a todo aquello por
lo que la mayoría de los que trabajamos, aspiramos: una
vida digna, una sociedad donde impere la justicia social y
no la injusticia social.
No obstante, los datos de distribución de
la riqueza más conservadores revelan que en México, y muchos
países del mundo, 10 por ciento de los que integran
el estrato social de los "súper privilegiados" –poco más de
dos millones de personas en México, donde la mayoría son
extranjeros o provenientes de otras naciones–, se apropian de más
de la mitad del 66 por ciento del PIB que
mencionamos en el párrafo anterior.
Además, el 10 de por ciento
de los "súper privilegiados" se beneficia de poco más del
40 por ciento del PIB nacional. Y más grave aún
es que apenas un centenar de esas personas disfrutan de
casi el 39 por ciento del PIB nacional referido.
¿Y así
quieren que sigamos? ¿Creerán que es posible mantener la paz
social a ese ritmo de atropellos financieros y económicos? ¿Creerán
que la estabilidad política es moneda de cambio? ¿Qué se
puede adquirir sólo con dinero? ¿Creerán esas "finísimas personas" que
no sabemos de dónde provienen sus actuales mega fortunas personales?
Que
conste que los datos mencionados no son un invento del
suscrito, quien quiera puede revisar las cifras del mundo capitalista
en World Development y Human Development y en la obra
de escritores serios como Eric Hobsbawm con su bien documentada
obra Historia del Siglo XX o bien en la de
Marc Nouschi, también llamada Historia del Siglo XX. Otra fuente
interesante podría ser la "prestigiosa" revista Forbes.
Incluso los especialistas en
economía la podrían derivar de la obra de economistas como
Milton Friedman o Arnold Harberger, monetaristas e inspiradores de varias
generaciones de Chicago Boys, quienes fueron determinantes para el éxito
de regímenes militares como el de Augusto Pinochet en Chile
y luego en la dictadura argentina instalada en 1976.
Ahí fueron
artífices de reformas económicas y sociales que llevaron a la
creación de políticas económicas de gobierno basadas en el modelo
neoliberal, la economía de mercado y la descentralización del control
de la economía.
Lamentablemente, el actual modelo económico neoliberal es altamente
injusto y en cerca de tres décadas de operación en
nuestro país no ha permitido –a pesar de todos los
sacrificios financieros, fiscales, de reformas a las leyes y mucho
más, que han puesto en marcha en el país los
distintos actores– que el PIB crezca.
Tampoco ha permitido trascender al
analfabetismo ni superar el hambre de millones de compatriotas; no
ha permitido que haya democracia; ni que seamos inmunes a
las tentaciones de otras naciones que han querido aprovecharse de
la riqueza de este país.
Por eso, es que urge una
nueva orientación económica que aproveche lo mejor del pasado, de
nuestra historia en todos los sentidos, y logre conjugar lo
mejor del presente y de las propuestas más prometedoras; que
logre aprovechar y poner en marcha todo el capital privado
que sea posible y lo articule con todo el Estado
que sea necesario.
Lo importante será que nadie se quede fuera.
No se trata de volver a la nostalgia de un
pasado que no sirvió, sino hacer que todas las fuerzas
productivas de este enorme y gran país le sirvan a
todos los mexicanos, sin distinción de colores, razas, credos políticos
o posiciones sociales.
Lo que tenemos que hacer es trascender de
un modelo económico que sólo ayuda, empodera y acumula enormes
riquezas para menos de un 2 por ciento de la
población nacional, que mantiene bajo su control poco más del
60 por ciento de la riqueza del país.
Hablar de un
cambio profundo, tal vez radical, del modelo económico es fundamental
en nuestros días, porque no podemos, ni debemos, quedarnos pasmados
ante los efectos de los distintos tipos de crisis que
ya le han costado mucho a México. ¿Y usted, cómo
la ve?
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