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Autor: Luis Losada Pescador | Fuente: www.arbil.org La contabilidad creativa y las pérdidas contables
Los auditores más cínicos afirman que en el mundo hay mentiras, grandes mentiras y contabilidad
La contabilidad creativa y las pérdidas contables
Los auditores más cínicos afirman que en el mundo
hay mentiras, grandes mentiras y contabilidad
Tal y como pronosticaban
los analistas más pesimistas, el Ibex35 se ha instalado en
el nivel de los 5.500 puntos. Las incertidumbres contables han
quebrado la confianza, el débil soporte del sistema capitalista. Y
ahora, ¿qué? ¿Son suficientes las investigaciones emprendidas por los organismos
de supervisión financiera? Necesitamos con urgencia una verdadera revolución ética
Los auditores más cínicos afirman que en el mundo hay
mentiras, grandes mentiras y contabilidad. En realidad la contabilidad trata
de realizar mediante una foto fija la realidad de la
situación económico financiera de la sociedad, en aplicación del principio
de imagen fiel. Sin embargo, los criterios contables son discutibles
y no siempre está muy claro qué debe de considerarse
inversión (patrimonio amortizable) y qué gasto (minoración de la cuenta
de resultados).
Todo ello por no hablar de la valoración
de intangibles como la marca o el fondo de comercio
donde se puede imaginar, los criterios son bastante volátiles. Por
otra parte, ¿qué es mejor, valorar a precio de adquisición
o a precio de mercado? Lo primero resulta muy conservador:
se puede contrastar vía factura el precio de los bienes
que componen el patrimonio. Por contra, la devaluación o revalorización
del bien, no figuran hasta que no son enajenados. Si
el criterio que utilizaramos fuese el del valor de mercado,
los balances arrojarían valores más entendibles, pero de mayor riesgo.
Porque, ¿quién es el mercado? ¿Cuánto vale mi marca? ¿Cuánto
valía Arthur Andersen hace medio año y cuanto vale ahora?
Por todo ello, la contabilidad es una gran mentira que
transforma el beneficio en pérdida por mor del criterio contable
aplicado. Por eso, urge que en la aldea global de
la industria financiera, los diferentes organismos contables y de supervisión
de los mercados de valores homologuen los diferentes criterios para
que cualquier inversor entienda lo mismo cuando lee un balance
o cuenta de resultados.
Probablemente esta sea la batalla más
apasionante que se esté viviendo en estos tiempos. Aparece como
un debate científico entre técnicos contables de lápiz en la
oreja. Pero estamos hablando de aquel sistema que nos permite
valorar una empresa, y saber si su desempeño ha sido
el correcto o no. Ningún inversor ni ningún analista tiene
capacidad para adentrarse en la "papelería" de cada empresa. La
contabilidad es el "lenguaje" en que podemos entendernos cuando hablamos
de "beneficio", "amortizaciones", "consolidado", etc.
Este proceso de armonización contable
constituye un requisito imprescindible en el avance de la aldea
global y de la libre circulación de capitales. Imprescindible, pero
no único. Porque es necesario también que en paralelo se
reconstituya la quebrada confianza del inversor. Una confianza mermada por
la enronitis en un proceso de sutura que parece no
tener fin.
Y la pérdida de esta confianza es probablemente
la parte más delicada de la crisis económica que estamos
atravesando. Tanto la OCDE como el FMI, la Reserva Federal
norteamericana y el Banco Central Europeo hacen referencias a la
caída en la confianza del inversor. Una caída orginada no
en los recortes bursátiles, sino en la cascada de casos
de "contabilidad creativa". Y cobn la quiebra de la confianza,
el debilitamiento del sistema, que se basa no en la
"destrucción creadora" como afirmaba Schumpeter, sino en la confianza del
público en el propio sistema.
Una duda de fe generalizada
en la capacidad de los bancos para afrontar sus compromisos,
genera un problema financiero de primera magnitud. Porque la realidad
es que, efectivamente, los bancos no están capacitados para hacerv
frente a sus inversiones. Y la verdad es que la
mentira se mantiene firme mientars que la fe de todos
la soporte.
El presidente de los Estados Unidos, George Bush,
ha tratado de recuperar el tambaleante edificio de la confianza
exigiendo a la compañías transparencia; a los directivos, rigor, honradez
y compromiso persobnal con las cuentas presentadas; y a la
Securities and Exchange Commision, eficacia y resultados. Un objetivo loable,
pero insuficiente para una herida que sigue sangrando.
Recientemente hemos
vivido "los últimos coletazos" de los escándalos Xerox, Qwest y
Tyco. En el caso de la teleoperadora Qwest, la SEc
ha reabierto una investigación para conocer los detalles de un
ingreso de 950 millones de dólares, que se encontraba mal
calculado como consecuencia del error en el cálculo del incremento
de la capacidad de red de fibra óptica.
También el
conglomerado industrial Tyco se encuentra acaparando portadas de diarios de
información económica tras la dimisión de su presidente. Recientemente hemos
conocido que varoios miembros del consejo de administración coultaron las
compensaciones financieras "generosas" que la compañía ofrecía a varios directivos.
Son sólo algunos ejemplos de la cascada de ingeniería contable
que hemos conocido en los últimos 10 meses. Una cascada
que arrolla a su paso la confianza y con ella,
la estabilidad, y con ella, las expectativas. Por eso, el
empeño de Bush resulta muy loable, pero muy insificiente. Porque
no basta con establecer un estado policial para que el
ciudadano deje de delinquir. La policía es necesaria para reprimir
el delito. Pero la educación es enecesaria para prevenirlo. Y
lo que necesita nuestra cultura empresarial es una verdadera revolución
ética que reordene la escala de valores recuperando la primacía
del hombre y del valor del trabajo. ¿Estamos dispuestos a
emprender esta revolución o preferimos seguir creyendo que el directivo
debede preocuparse por maximizar el valor para el accionista? O
revolución ética, o el simple cálculo de derivada que nos
maximice el beneficio por acción. Uds. (nosotros), elegimos.
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