 |
| Otro modo de hacer empresa es necesario: la Economía de Comunión |
El hombre ha tratado siempre de alcanzar su felicidad y
bienestar. En esta búsqueda, el trabajo ha sido considerado, por
lo general, un medio con el que ganar el dinero
necesario para lograr esa meta. Sin embargo, el resultado casi
nunca es el esperado. El hombre no acaba de encontrar
la felicidad por este camino, a pesar de haberlo intentado,
tozudamente, a lo largo de toda su historia. Creo que
el fracaso de esta manera de entender las cosas se
fundamenta en dos errores. Uno de ellos, el pensar que
la felicidad se va a encontrar en aquello que se
puede adquirir con dinero; el otro, el no pretender la
felicidad también en el propio trabajo. Esta última razón es
la más importante, porque el trabajo forma parte de la
esencia misma de la persona, es su contribución a la
Creación; a través de él el hombre se manifiesta a
los demás, se realiza a sí mismo. Si en este
ámbito se no intenta ser feliz, difícilmente podrá serlo en
el resto de aspectos de la vida, teniendo en cuenta,
además, que al trabajo dedicamos la mayor parte de nuestra
existencia consciente.
Si centramos nuestro análisis en el mundo de la
empresa, este propósito de bienestar en nuestra profesión se revela
particularmente difícil, dado que el modelo que hoy impera en
la sociedad se basa en las premisas de la economía
neoliberal, para la cual el mercado es el regulador principal
de la economía y la obtención del máximo beneficio, su
regla de oro. Dentro de esta concepción económica y, por
tanto, empresarial, la persona es un «recurso» más y es
considerada como tal a la hora de tomar decisiones. Esto
es cosa que, por otra parte, no habría de extrañarnos,
visto que el «progreso» se basa, precisamente, en considerar a
la persona como un objeto de usar y tirar, que
a menudo comienza a molestar ya desde su concepción. En
este contexto cultural y antropológico, es difícil que el hombre
encuentre su felicidad.
En mis más de treinta años de dedicación
al mundo de la empresa he encontrado muy pocas personas
que se manifestaran satisfechas en su trabajo, que se consideraran
respetadas y reconocidas. Lo habitual, en cualquier nivel jerárquico de
la estructura empresarial, es sentirse presionado por los objetivos, verse
como una pieza de un complejo organizativo que en muchos
casos no se sabe muy bien en función de qué
intereses se mueve y quién toma realmente las decisiones importantes.
Si se forma parte de los estratos inferiores de la
organización, el trabajador ha de limitarse a realizar aquello para
lo que ha sido contratado, a recibir las órdenes que
emanen de «arriba», las comprenda o no, y, por supuesto,
a cumplirlas. Normalmente su opinión no cuenta. Si, por el
contrario, se trata de un «ejecutivo» el precio a pagar
es mucho más alto ya que se supone que «su
vida» es la empresa y a ella se debe en
cuerpo y alma. En cualquier caso resulta muy difícil que
la persona pueda realizarse, crecer y, por tanto, ser feliz
con su trabajo.
Paradójicamente, en estas condiciones la empresa topa con
un grave problema porque, para sobrevivir, ha de obtener resultados,
ganar cuotas de mercado y dar beneficios a sus accionistas
y para ello necesita que el personal se implique, esté
motivado y trabaje bien. Esto no es cosa fácil si,
como ocurre normalmente, el trabajador es considerado un recurso más
cuya producción tiene un precio y punto. En la cuadratura
de este círculo están inmersos la mayor parte de los
empresarios; a resolverlo dedican enormes esfuerzos y grandes cantidades de
dinero. Hasta ahora no sé de ninguna empresa que lo
haya conseguido.
Los que creemos que los hombres no son un
«recurso», sino la parte esencial de la empresa y que
deben ser considerados y respetados como personas, pensamos que hace
falta apuntar hacia una nueva perspectiva. La Economía de Comunión
propone un modelo empresarial inspirado en la encíclica Centesimus annus
del Papa Juan Pablo II que responde perfectamente a esa
necesidad de cambio.
La Economía de Comunión nace en el año
1991, apenas unas semanas después de publicarse la mencionada encíclica.
Fue propuesta por Chiara Lubich – fundadora del Movimiento de
los Focolores – en Brasil, como respuesta a las desigualdades
sociales que encontró en ese país. A la vista aquella
realidad, propuso la creación de empresas dirigidas por personas competentes,
que fueran eficientes y que tuviesen beneficios. Una parte de
éstos, un tercio, debería destinarse a cubrir las necesidades básicas
de la gente del lugar y a crear puestos de
trabajo que les permitiesen salir de la situación de pobreza
; otra tercera parte se destinaría a la formación de
las personas en esta nueva cultura económica; el tercio restante
a la supervivencia de la propia empresa.
Al estar iluminado por
la Doctrina Social de la Iglesia, es un modo de
hacer economía que contiene aspectos peculiares muy interesantes, de los
que subrayaremos algunos: Las personas son lo más importante En el binomio
empresarial Trabajo-Capital, lo importante es el trabajo, es decir, las
personas.
• El beneficio
no es lo prioritario. El beneficio es necesario porque sin beneficio
la empresa no puede subsistir, pero no es lo más
importante y, por tanto, no su puede aplicar la máxima
de «cuanto más beneficio mejor». Esto supone un cambio de paradigma
revolucionario en la gestión de las empresas.
Gestionar una empresa con
esta orientación exige sustentarla en unos valores muy sólidos:
•
El respeto a la
dignidad de las personas Salarios justos, no discriminar en razón del
sexo, conciliación con la vida familiar, vacaciones, horarios
•
La fraternidad Como categoría dentro de
la empresa. Como dice el profesor Zamagni, «descubrir en el
otro un tú»
•
La gratuidad No poner precio a nuestros actos
•
La solidaridad Ponerte en el lugar del
otro, ya sea un compañero, un cliente, un proveedor
•
La reciprocidad Como respuesta a
lo que recibes de los demás
•
La transparencia
Necesaria para generar confianza mutua Los que
conocemos el mundo empresarial sabemos que si estas condiciones se
dan, muchos de los problemas que hoy se nos plantean
estarían resueltos. Si estos valores fueran compartidos por las personas
que forman una empresa, la productividad, la competitividad, la calidad,
etc., se conseguirían con muchos menos esfuerzos.
Ahora bien, llevar adelante
este tipo de empresa implica, obviamente , la asunción de
ciertos compromisos por parte de las personas que la forman.
Resulta necesario cambiar de paradigma: la «cultura del tener», que
invade las prioridades del mundo consumista actual, debe ceder el
paso a la «cultura del dar», que nace del amor.
El hombre ha de esforzarse por escapar de esta corriente
que le intenta arrastrar y transformarse en un «hombre nuevo»
con la voluntad de luchar para cambiar aquello que no
le gusta de la sociedad.
Es evidente que cambios tan profundos,
ni son fáciles, ni son rápidos y exigen mucha constancia
para que sean duraderos. Por ello la formación ha de
ser uno de los pilares de cualquier proyecto empresarial de
estas características. Formación en valores, formación para aprender a trabajar
en equipo y formación técnica adecuada para ser eficientes, porque
en ningún momento se puede olvidar que, como empresa, debe
obtener beneficios y por tanto, tiene que ser competitiva. Por
ello las estructuras adheridas a la Economía de Comunión han
de destinar ese tercio de sus resultados económicos a la
formación.
Otro aspecto importante para el desarrollo de este tipo de
empresas es el liderazgo. Lo es para cualquier organización, del
tipo que sea, con independencia de sus motivaciones; pero en
el caso de las empresas de Economía de Comunión, el
equipo directivo ha de reunir una serie de cualidades que
le permitan, no sólo asumir los valores y principios que
acabamos de describir, sino también vivirlos en primera persona, con
rotundidad. Ha de ser el primero en ponerlos en juego
a la hora de tomar decisiones; si admitimos que las
personas están por encima de los beneficios, esto ha de
reflejarse en la política de personal, en la política salarial,
en la organización del trabajo para que todos puedan conciliar
su vida laboral con la familiar; si pedimos transparencia, nosotros
hemos de ser los primeros en serlo; si pensamos que
la gratuidad es un valor, demos gratis, nosotros los primeros…
Apenas
han transcurrido quince años desde que Chiara Lubich lanzó la
idea de crear empresas que facilitaran a los pobres salir
de su situación. El camino recorrido desde entonces ha sido
notable, sobre todo si tenemos en cuenta que un movimiento
económico de estas características necesita muchos años para que sea
perceptible en la sociedad. No obstante, en este tiempo han
nacido más de setecientas empresas en todo el mundo, con
presencia en los cinco continentes. También el mundo universitario ha
mostrado interés por este modelo: se investiga en centros académicos
de países como Italia, Brasil, Alemania o Argentina; se han
escrito más de un centenar de tesis sobre el tema.
Por otro lado, están funcionando en el mundo nueve polos
industriales inspirados en estas ideas, el último inaugurado en Italia
hace unas semanas. En España acabamos de crear la «Asociación
por una Economía de Comunión» que cuenta ya con unos
cuarenta asociados. La puesta en marcha empresas acordes con esta
filosofía es ya una realidad y otras muchas han mostrado
su interés por este modo de enfocar su gestión. Los empresarios
que creemos que el hombre es mucho más que un
mero objeto que produce y consume, debemos verificar si nuestro
modo de hacer empresa facilita su desarrollo, su reconocimiento como
persona, su felicidad, en definitiva. Si no fuera así, estaríamos
colaborando a que nuestro mundo siga siendo cada día más
injusto. Tenemos ante nosotros un reto, particularmente los católicos, un
reto que no podemos eludir: el reto de hacer que
la economía, que la empresa, este al servicio del hombre
y no el hombre al servicio de la economía.o |
|