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| El joven rico |
El amor, para que sea auténtico, debe costarnos. Madre Teresa de Calcuta
Cuando el
joven se hizo viejo
¿Cómo continuaría la historia de la vida del "joven
rico" del Evangelio? El Maestro le invitó a dejar todo
y seguirle. Pero él se negó, y se fue triste.
Hubo otros que sí le siguieron, y fueron grandes apóstoles,
grandes santos.
Supongo
que, pasado el tiempo, a aquel chico le irían llegando
noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros
que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le
llegaría la noticia de que le habían crucificado.
Podemos imaginarnos ahora –siguiendo una
glosa de José Miguel Cejas– que el personaje ya es
anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su
casa. Han terminado ya las faenas del campo, y se
oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas de las espigadoras
que regresan y los gritos de los hombres que transportan
las últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en
el silencio. También la vida, como el día, se va
consumiendo, poco a poco, entre rumores apagados de cansancio. Y
el tiempo se va llevando los recuerdos, como el viento
se lleva las últimas huellas de las caravanas en el
camino reseco que pasa junto a su puerta.
Habla poco. De vez en
cuando, le visitan los viejos conocidos y evocan juntos a
amigos y parientes, casi todos ya muertos. Comentan algo sobre
la próxima cosecha, sobre los viñedos o los olivos. Y
mientras, en la casa, todo sigue igual: ruidos de cántaros,
griterío de niños, leves pisadas femeninas. Desde hace años este
anciano contempla, en un silencio impregnado de tristeza, los juegos
de los hijos de sus hijos. Vive de nostalgias y
de recuerdos, asombrosamente cercanos a pesar del tiempo. Y hay
algunos instantes de su vida que pesan en su alma
como si fueran decenas de años. Y otros que no
acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel
Rabí.
Hace muchos
años, más de sesenta, él cruzaba Palestina con un viejo
criado que murió hace tiempo. Entonces era un chico joven,
tenía fuerzas, no como ahora. Era rico y un tanto
arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y temeroso de Dios. Por eso,
fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario. Le preguntó:
"Maestro bueno... ". Y aquel Rabí, mirándole a los ojos,
sonriendo, le invitó a seguirle. Pero él se negó. Y
se fue triste.
Pasó el tiempo. En la aldea se comentaban cosas contradictorias.
Unos decían que el Rabí era un falsario y un
impostor. Otros hablaban de sus milagros. Otros estaban convencidos de
que era un profeta.
Paso más tiempo. Se casó, tuvo hijos. Las noticias
de Jerusalén llegaban con retraso a su aldea. Una pascua
le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo. "Yo tenía
razón: no era más que un visionario. Hice bien en
no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda
todos mis bienes!".
Cada día era más rico
Pero, sin saber por qué, la
noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda
a la cálida y respetuosa llamada del Maestro. En su
mente seguía fija la idea de que el Señor le
llamó, y que si él no quiso seguirle fue por
egoísmo, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su
interior. Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos
de Dios, seguían allí, en un repliegue del alma. Porque,
durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa
de Jesús le habían seguido acompañando.
Un día quizá aparecieron los discípulos del
Señor por su aldea, y habría sus tensiones, porque la
doctrina de Cristo no deja indiferente a nadie. Los ancianos
discutían a la entrada del pueblo y bramaban contra ellos
en la sinagoga. Lo comentaban también, acaloradas, las mujeres en
la fuente. Todos se sentían interpelados por las enseñanzas de
aquel Maestro, y quizá el joven rico, que ya no
sería tan joven, volvió a pensar en dejarlo todo y
unirse a aquellos hombres, secundando ahora la llamada que el
Maestro le hizo unos años antes.
Algunos se habían hecho de los suyos.
Otros los insultaban y los perseguían. Quizá entonces fue generoso
y recuperó el tiempo que había perdido. Pero quizá volvió
a vencerle su egoísmo, y prefirió quedarse cómodamente al margen.
Era rico y no quería riesgos. Se limitaba a contemplar
desde lejos lo que pasaba. Pudo haber sido uno de
ellos. Y seguía enriqueciéndose. Su casa se llenaba de pebeteros,
de alfombras y de los pequeños lujos de una aldea
oriental. Tenía más y más criados, y sus campos se
engrandecían.
Lleno de riquezas, de nostalgia, de soledad y de tristeza
Y a los
pocos años llegó aquella terrible guerra, la invasión romana, y
la destrucción del Templo de Jerusalén. Y aquel hombre, con
seguridad, lo perdió todo. Le arrebataron otros por la fuerza
lo que no quiso él dar al Señor por su
propia voluntad. Ahora su cuerpo se iba combando lentamente y
se ajaba el rostro de su mujer. Y en su
vejez se lamentaría en su pobreza, viendo sus campos y
sus ganados en mano ajena, viendo el desprecio de aquellos
que antes le adulaban porque era rico, pero que ahora
le ignoraban porque ya no lo era. Y él seguía
allí, como un perro triste, en el portal de su
casa, imaginando lo que pudo ser y no fue. A
su alrededor, veía la respuesta a lo que había sido
su vida: una vida encerrada en su egoísmo, que ahora
los demás le pagaban con la misma moneda. Y lloraba
en silencio, pensando que quizá su vida podía haber sido
menos cómoda pero sin esa insoportable amargura del egoísmo.
Aquel hombre pudo haber
sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en
plena juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía
a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas
almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que
no. Su egoísmo quebró para siempre los planes de Dios.
¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos
imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas,
unos caballos, unos mulos... Y por esas riquezas miserables abandonó
a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor
de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa
reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que
pase un camello por el ojo de una aguja a
que entren en el reino de Dios quienes estén apegados
a sus riquezas.
Este joven ha permanecido anónimo. Si hubiera respondido positivamente a
la invitación de Jesús, se habría convertido en su discípulo
y probablemente los evangelistas habrían registrado su nombre. Pero quien
pone su seguridad en las riquezas de este mundo no
alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera
alegría. Por el contrario, quien se fía de la palabra
de Dios y renuncia a sí mismo y a sus
bienes para buscar el reino de los cielos, aparentemente pierde
mucho, pero en realidad lo gana todo. El santo es
precisamente aquel hombre, aquella mujer, que, respondiendo con alegría y
generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por
seguirlo. Como Pedro y los demás Apóstoles, como otros innumerables
santos, debemos recorrer el camino que Dios nos marque, que
es exigente pero colma el corazón y nos hará recibir
el ciento por uno ya en esta vida terrena, juntamente
con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna.
El amor
tiene que costar
— ¿Piensas entonces que Dios nos pide siempre de lo
que cuesta?
Lo
hace Dios, y así es la naturaleza del hombre. Nadie
considera auténtico un amor que no está dispuesto al sacrificio.
"El amor, para que sea auténtico, debe costarnos", decía la
Madre Teresa de Calcuta. Y el sacrificio es lo que
prueba el amor, y lo que da alegría de verdad.
"No quiero –insistía– que me deis de lo que os
sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta
realmente sentirlo. El otro día recibí quince dólares de un
hombre que lleva veinte años paralítico. La parálisis solo le
permite usar la mano derecha. La única compañía que tolera
es la del tabaco. Me decía: "Solo hace una semana
que he dejado de fumar. Le envío el dinero que
he ahorrado de no comprar cigarrillos". Debió de ser un
terrible sacrificio para él. Con ese dinero compré pan y
se lo di a personas que tenían hambre. De este
modo, tanto el donante como quienes lo recibieron experimentaron alegría."
"Creo que una
persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada
por sus riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo,
si esa persona pone su dinero al servicio de los
demás, entonces se vuelve rica, muy rica. La bondad ha
convertido a más personas que el celo, la ciencia o
la elocuencia. La santidad aumenta más rápido cuando hay bondad.
El mundo se pierde por falta de dulzura y amabilidad.
No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros." |
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