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| Entre sobornos y comisiones |
Cómo sobrevivir entre sobornos y comisiones Siempre hay medios
para no actuar de manera corrupta
"No me queda
otro remedio. Ya me gustaría a mí hacer las cosas
como Dios manda, pero... no puedo. De verdad que
no puedo. Estoy cogido en una trampa".
En el
mundo de los negocios se oye esto con frecuencia, sobre
todo cuando alguien se enfrenta a la necesidad de
actuar de una manera corrupta. Y no suele ser una
excusa. Pero... no vale. Cuando alguien me dice que
no le queda otro remedio, suelo aconsejarle que eche
la vista atrás y descubra cuándo cometió el primer
error (y los siguientes), cuya consecuencia final es esa situación
desesperada en que "no me queda otro remedio" que
optar entre lo malo y lo peor. Y siempre
descubrirá algo que hizo mal: una decisión profesionalmente equivocada.
La corrupción, el nombre genérico que damos al dinero u
obsequios que se entregan para conseguir contratos o favores,
hoy es un problema muy frecuente en todos los
países. Los casos están a la orden del día en
la prensa.
Con dinero o con regalos
se pueden "comprar" pedidos, contratos, favores,... Un pago oportuno
puede "animar" al jefe de compras de nuestro cliente
a mirar con simpatía nuestro producto, y a pasarnos un
pedido. Puede convencer a un político o a un
funcionario para que nos adjudique un contrato, o para
que recalifique un terreno, aumentando considerablemente su valor. O
puede conseguir que nos entreguen sin retraso el pasaporte que
necesitamos, o que el inspector de hacienda no incluya en
el acta todos los impuestos que en su día
no pagamos. "Poderoso caballero es Don Dinero".
OPORTUNIDAD,
BENEFICIO Y COSTE
La corrupción, que es el
nombre genérico que damos a estos pagos, incluye desde
formas multimillonarias (vinculadas, a menudo, a grandes obras públicas,
privatizaciones, contratos de suministro, etc., y no raramente relacionadas
con actuaciones mafiosas de gobiernos, políticos y funcionarios), hasta los
llamados "pagos de facilitación" (por ejemplo, para que despachen
en aduanas en un par de días lo que,
de otro modo, tardaría un mes), sin olvidar el
vidrioso mundo de las comisiones, regalos y atenciones.
Sus
formas principales son la extorsión, cuando un agente vinculado a
una empresa u oficina pública pide, de forma más
o menos declarada, un pago o regalo para conceder
algo, y el soborno, cuando la iniciativa la toma la
otra parte.
Por desgracia, el problema es muy
frecuente, y no sólo en países en vías de
desarrollo, que son los que se llevan la mala fama.
La imagen de la ingenua empresa occidental sorprendida en
su buena fe por un político corrupto es tan
irreal como la del pobre funcionario de un país subdesarrollado
tentado por una poderosa multinacional. Corromper y dejarse corromper
no es cuestión de nivel de renta, sino de
la combinación de oportunidad, beneficio, riesgo de detección y
cuantía del castigo, además de formación y talante moral.
Oportunidad: tú quieres algo y yo puedo dártelo, de
un modo o de otro, antes o después. Beneficio:
tú vas a ganar gracias a mi acción, por tanto,
nos podemos poner de acuerdo para que yo comparta
también tu beneficio. Si el riesgo de detección es
pequeño, y el castigo improbable y ligero, la corrupción está
servida, a menos que nos comportemos de acuerdo con
rigurosos criterios morales.
¿TODOS SON CORRUPTOS?
Pero, ¿todos son corruptos? No, por supuesto. Pero si
en el Padrenuestro pedimos que Dios nos libre de
la tentación, por algo será. La corrupción se extiende
con facilidad, cuando las ocasiones son muchas, los beneficios
elevados, y los riesgos pequeños. Y cuando vemos que, a
nuestro alrededor, otros sucumben, creando un ambiente de permisividad.
"Todos lo hacen,... no hay nada malo en eso,...
si yo no lo hago, otro lo hará,... son las
reglas del juego". Ser honrado puede salir "muy caro",
en términos de ingresos, carrera y oportunidades en la
vida, a no ser que uno se apoye en
convicciones firmes y viva en un ambiente en que la
honradez sea la regla.
POR QUÉ HAY QUE
EVITAR LA CORRUPCIÓN
Por eso la corrupción es muy
frecuente en ciertos ambientes, en los que alguien tiene
poder para decidir algo con un amplio margen de discrecionalidad
y poca transparencia. Y esto se da, sobre todo,
en la administración pública (contratos, suministros, privatizaciones, permisos, licencias,...),
pero también en las empresas privadas, especialmente en los
departamentos de compras o suministros, en los que unas
pocas personas tienen gran autonomía para comprar a un
proveedor o a otro, y a un precio o a
otro.
¿Qué hay de malo en la corrupción? El
que recibe el dinero lleva a cabo un acto de
deslealtad y de injusticia con la institución o la
empresa en la que trabaja, pues actúa no de
acuerdo con los intereses de la misma, sino buscando su
provecho personal. Y el que paga es el causante
de esa acción inmoral (en el soborno) o, al
menos, coopera con ella (en la extorsión).
Pero, en
muchos casos, los efectos de la inmoralidad van todavía más
allá. Si el que gana el contrato no es
el que ofrecía las mejores condiciones de precio, calidad,
etc., se causa un perjuicio –a veces muy grave– al
que lo paga, y a los usuarios. Como decía
un arquitecto, a raíz de los terremotos de 1999
en Turquía, lo que mató a la gente no fue
el temblor de tierra, sino la corrupción, que llevó
a construir miles de viviendas sin las mínimas condiciones de
seguridad. Además, se puede cometer una injusticia con la
empresa, porque la operación le acaba costando más de lo
que debiera. Y con los demás licitantes, que tienen
derecho a un procedimiento justo, y, al menos alguno
de ellos, a ganarlo limpiamente.
TRAS UNA, OTRA
Y, lo que es más grave, tanto el que
paga como el que cobra habrán "aprendido" a ser
corruptos: la próxima vez será más fácil. Y los
demás también "aprenderán": la próxima vez, también ellos pagarán.
La competencia leal se desfigura: ya no triunfa el mejor,
sino el que tiene menos escrúpulos. Las reglas del
juego se falsean: el sistema económico y político se
desprestigia, los ciudadanos se vuelven cínicos,... ¿Nos extrañará que,
después de conocerse algunos casos de corrupción, la gente
pague sus impuestos de mala gana? Y lo que se
presentó como un "pecadillo" de unos pocos, se convierte
en un cáncer social. A menudo, se forman mafias
de políticos o funcionarios, para apoyarse mutuamente y evitar
que alguno se escape sin "pasar por caja". Y se
acaban pagando grandes sumas por ocupar determinados puestos, en función
de las oportunidades de enriquecimiento rápido que proporcionan.
Como
las desgracias nunca vienen solas, luego hay que "maquillar"
la contabilidad y hacer facturas falsas, para que los
pagos ilegales parezcan legales. Y cada vez hay más
gente "pringada": el que discutió las condiciones de la operación
con el funcionario o el político corrupto, el que
apañó los presupuestos, el que llevó el dinero al intermediario,
el que preparó las facturas falsas, el que anotó
todo esto en la contabilidad de la empresa, el
que elaboró el informe falso para la junta de accionistas,...
Y aún hay más: la manera de hacer
negocios se va alterando, casi sin darnos cuenta. La
calidad, la innovación y el servicio cuentan cada vez menos,
porque, a la hora de la verdad, lo importante
es la cuantía del "sobre". Y el día en
que se intenta dar marcha atrás, la salida puede ser
muy difícil: nuestros "contactos" y nuestro personal esperan que
paguemos y, si no lo hacemos, no entenderán nada.
"¿Qué pasa ahora?", nos dirán. "¿Os habéis convertido en
hermanitas de la caridad? ¿A estas alturas vais a
dejar perder buenos pedidos por ridículos escrúpulos de conciencia?
¿A quién pretendéis engañar?". Eso, si no nos dicen
aquello de "te vamos a hacer una oferta que no
podrás rechazar", que es la frase con la que
las mafias convencen siempre a los que se resisten.
PUES SI LAS COSAS SON TAN DIFÍCILES...
Pero
abandonar los negocios no suele ser la mejor solución.
Ante todo hay que tener en cuenta que no
todos los casos son iguales. Nunca es lícito tomar la
iniciativa e intentar corromper a un jefe de compras
o a un funcionario: no se puede hacer directamente
el mal por ninguna causa. Tampoco lo es intentar,
mediante la corrupción, conseguir algo injusto: no pagar los impuestos
a los que estoy obligado, eludir una sentencia justa
por un delito cometido, o recibir un contrato que
debería concederse a un tercero, que ha ofrecido mejores
condiciones que yo. Pero otra cosa es ceder a la
extorsión, para conseguir algo a lo que tengo derecho.
Los manuales de moral ofrecen reglas explícitas para actuar
en estos casos. Debe actuarse con rectitud, porque se
tiene derecho a lo que se pide (y más aún
si se actúa en cumplimiento de un deber). Debe
haber razones morales objetivas y proporcionadas a la gravedad
de los daños causados. Deben tomarse todas las medidas
posibles para evitar tener que pagar. Muy importante: debe
hacerse un ejercicio de imaginación para buscar alternativas, porque no
suele ser verdad que "no me queda otro remedio:
o pagar o cerrar". Debe evitarse al daño a terceros,
incluido el escándalo moral. Y todo esto debe examinarse
con objetividad, contando, si es posible, con el consejo de
un buen asesor, que sepa de moral, de extorsiones,...
y de negocios.
Tres cosas más. Primera: si alguna
vez se encuentra usted en un dilema de este
tipo, párese a pensar cuándo se equivocó por vez primera.
Quizá cuando no preparó suficientemente su oferta, dejando que
sus competidores le ganasen y le pusiesen en un
aprieto (y no venga entonces con que, si se pierde
ese contrato, desaparecerán no sé cuántos puestos de trabajo,
que suele ser una buena excusa para justificar lo
injustificable). O cuando descuidó la calidad y el servicio,
que hacían que sus productos fuesen mejores que los de
sus competidores. O quizá cuando usted "se pasó" en
las atenciones a los compradores –comidas, viajes, diversiones,...-, llevándoles
a pensar que usted era "carne de cañón" para
una extorsión... Casi siempre, detrás de un caso de
corrupción descubrirá usted un error de dirección. Por tanto,
no diga que "yo no tengo ninguna culpa".
Segunda:
si está usted en un ambiente corrupto y quiere
salir de él, tómeselo muy en serio. Cambie su
estrategia, porque no podrá seguir haciendo negocios como antes
sin pagar el "peaje". Hable claro con sus vendedores y
compradores, con sus intermediarios y agentes. Pida perdón, anuncie
medidas drásticas, y póngalas en práctica. No transija, ni
con usted, ni con sus mejores colaboradores. "Esta vez,
bueno, pero que sea la última" es una forma
de rendición que sus colaboradores entenderán muy bien: no será
la última. Y sepa usted que esto es caro,
muy caro. ¿Cuánto dinero está dispuesto a perder si,
en un ambiente de corrupción generalizada, se decide, de
verdad, a no pagar nunca más a un funcionario o
a un jefe de compras?
Y tercera: si
en su entorno se paga, empiece a poner los medios
para no tener que hacerlo. Empiece hoy y no
deje que pase un solo día sin dar nuevos pasos.
Busque apoyos: la asociación de empresarios de su sector
está en mejores condiciones que usted solo para negociar
con los políticos corruptos. Vaya diversificando su negocio, pásese
a otros sectores o regiones, y busque ventajas estratégicas
–calidad, coste, innovación, servicio,...– que le permitan seguir obteniendo
contratos sin necesidad de pagar.
REGALOS, ATENCIONES Y OTROS
TROPIEZOS
Para muchas empresas, el problema no radica en
sobornos o extorsiones patentes, sino en el ambiguo mundo
de los regalos y atenciones. Muchos negocios se discuten
alrededor de la mesa de un restaurante caro, las características
de un nuevo producto se pueden explicar mejor en
una convención de tres días en un hotel en
la playa, es bueno que nuestros clientes tengan chucherías que
les recuerden nuestra marca,...
El problema se
presenta cuando ya no hablamos de un bolígrafo, sino de
un coche o de unas vacaciones en el Caribe
para dos personas durante quince días. La pregunta clave
es: una vez hecho el regalo u ofrecida la atención,
¿pierde la otra parte su independencia para actuar de
acuerdo con su mejor criterio, al servicio de los
intereses de la empresa o la administración que le ha
contratado? Si, efectivamente, se pierde esa independencia, estamos ante
un soborno. Y esto puede depender de la cuantía
de la atención, pero también de su frecuencia, de lo
que hacen los competidores, etc. Y, en caso de duda,
recuerde que la sobriedad es siempre más atractiva que
el despilfarro.
Más complicado es el tema de la
financiación de los partidos políticos, mediante comisiones sobre contratos,
licencias y concesiones públicas. Más complicado, porque aquí no
vale el regateo: o pagas, o no hay contrato.
La
solución hay que buscarla en un nivel superior: los
ciudadanos debemos hacer frente a nuestros políticos para exigirles
la reforma de la legislación sobre la financiación de
los partidos y para erradicar la falta de transparencia. Porque,
en definitiva, el problema de la corrupción no afecta
a unos pocos, ni a muchos: nos afecta a todos.
ÉTICA PERSONAL EN LA ECONOMÍA. Conversión personal.
En
el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre
personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal
situación puede cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales
por la fuerza de la ley o –como por desgracia,
sucede a menudo–, por la ley de la fuerza, en
realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración
y, en definitiva, vano e ineficaz, por no decir
contraproducente, si no se convierten las personas directa o
indirectamente responsables de tal situación. Juan Pablo II, Ex. Ap.
Reconciliatio et Paenitentia.
ACTOS ILÍCITOS
[…] Son
moralmente ilícitos: la especulación mediante la cual se pretende
hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con
el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno;
la corrupción mediante la cual se vicia el juicio
de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la
apropiación y el uso privados de los bienes sociales
de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude
fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos
excesivos, el despilfarro […].Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2409.
CONTRATOS LEGALES
Las promesas deben ser cumplidas, y
los contratos rigurosamente observados en la medida en que
el compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable
de la vida económica y social depende del valor de
los contratos entre personas físicas o morales. Así, los
contratos comerciales de venta o compra, los contratos de
arriendo o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y
ejecutado de buena fe. Catecismo de la Iglesia Católica,
nº 2410
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