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Autor: Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz | Fuente: Zenit.org La lucha contra la corrupción
Publicamos la nota «La lucha contra al corrupción», redactada por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz y distribuida este martes por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
La lucha contra la corrupción
Nota del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz
CIUDAD
DEL VATICANO, martes, 10 octubre 2006 (ZENIT.org).-
LA LUCHA CONTRA
LA CORRUPCIÓN
1. Los días 2 y 3 de junio de
2006 se llevó a cabo en el Vaticano la Conferencia
Internacional organizada por el Pontificio Consejo « Justicia y Paz
» sobre el tema: « La lucha contra la corrupción
». En ella participaron altos funcionarios de Organismos Internacionales, estudiosos
e intelectuales, embajadores ante la Santa Sede, profesores y expertos.
El objetivo de la Conferencia, como afirmó el Cardenal Renato
Raffaele Martino [1], era tener un mejor conocimiento del fenómeno
de la corrupción, precisar los métodos mejores para contrarrestarlo y
clarificar la contribución que la Iglesia puede dar para llevar
a cabo esta empresa. Diversos e ilustres relatores, estudiosos y
expertos del fenómeno en cuestión, ayudaron a los participantes a
tener un cuadro más amplio de lo que es la
corrupción y de lo que a nivel mundial se hace
para contrarrestarla (Antonio Maria Costa) [2], tanto en el sector
privado (François Vincke) [3] como en el público (David Hall)
[4], en la sociedad civil (Jong-Sung You) [5], en los
países ricos y en los países pobres (Eva Joly) [6],
poniendo en evidencia el fuerte impacto de este fenómeno en
los países pobres del mundo (Cobus de Swardt) [7] y
las características de una cultura de la corrupción (Paul Wolfowitz)
[8]. S.E. Monseñor Giampaolo Crepaldi [9] presentó las líneas de
lo que la doctrina social de la Iglesia enseña sobre
tal cuestión.
2. El fenómeno de la corrupción siempre ha
existido, sin embargo es sólo desde hace pocos años que
se ha tomado conciencia de él a nivel internacional. En
efecto, el mayor número de las convenciones contra la corrupción
y de los planes de acción, redactados por los Estados
de manera particular, por grupos de Estados y por Organismos
Internacionales en los ámbitos del comercio internacional, en la disciplina
de las transacciones internacionales y especialmente en el ámbito de
las finanzas, pertenecen a los últimos tres lustros. Esto significa
que la corrupción se ha convertido ya en un fenómeno
relevante, pero también que se está difundiendo a nivel mundial
su valoración negativa y consolidándose una conciencia nueva de la
necesidad de combatirlo.
Para este fin, se han elaborado instrumentos
de análisis empírica y evaluación cuantitativa de la corrupción que
nos permiten conocer mejor las dinámicas propias de las prácticas
ilegales a ella vinculadas, con el objetivo de predisponer instrumentos
más adecuados, no sólo de tipo jurídico y represivo, para
combatir estos fenómenos. Este cambio reciente se produjo, en particular,
por dos grandes acontecimientos históricos. El primero ha sido el
fin de los bloques ideológicos después de 1989 y, el
segundo, la globalización de las informaciones.
Ambos procesos han contribuido
a poner más en evidencia la corrupción y a tomar
una conciencia adecuada del fenómeno. La apertura de las fronteras
a consecuencia del proceso de la globalización permite que la
corrupción sea exportada con mayor facilidad que en el pasado,
pero también ofrece la oportunidad de combatirla mejor, a través
de una colaboración internacional más estrecha y coordinada.
3. La
corrupción es un fenómeno que no conoce límites políticos ni
geográficos. Está presente en los países ricos y en los
países pobres. La entidad de la economía de la corrupción
es difícil de establecer en manera precisa y, en efecto,
sobre este punto los datos con frecuencia no coinciden. De
cualquier forma se trata de enormes recursos que se sustraen
a la economía, a la producción y a las políticas
sociales. Los costos recaen sobre los ciudadanos, ya que la
corrupción se paga desviando los fondos de su legítima utilización.
La corrupción atraviesa todos los sectores sociales: No se puede
atribuir sólo a los operadores económicos ni sólo a los
funcionarios públicos. La sociedad civil tampoco está exenta. Es un
fenómeno que atañe tanto a cada uno de los Estados
como a los Organismos Internacionales.
La corrupción se favorece por
la escasa transparencia en las finanzas internacionales, la existencia de
paraísos fiscales y la disparidad de nivel en las formas
de combatirla, con frecuencia restringidas al ámbito de cada Estado,
mientras que el ámbito de acción de los actores de
la corrupción es con frecuencia supranacional e internacional. Es también
favorecida por la escasa colaboración entre los Estados en el
sector de la lucha contra la corrupción, la excesiva diversidad
en las normas de los varios sistemas jurídicos, la escasa
sensibilidad de los medios de comunicación con respecto a la
corrupción en ciertos países del mundo y la falta de
democracia en varios países. Sin la presencia de un periodismo
libre, de sistemas democráticos de control y de transparencia, la
corrupción es indudablemente más fácil.
Hoy la corrupción despierta mucha
preocupación ya que también está vinculada con el tráfico de
estupefacientes, el reciclaje de dinero sucio, el comercio ilegal de
armas y con otras formas de criminalidad.
4. Si la
corrupción es un grave daño desde el punto de vista
material y un enorme costo para el crecimiento económico, sus
efectos son todavía más negativos sobre los bienes inmateriales, vinculados
más estrechamente con la dimensión cualitativa y humana de la
vida social. La corrupción política, como enseña el Compendio de
la doctrina social de la Iglesia, « compromete el correcto
funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes
y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones
públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la
política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las
instituciones » (n. 411).
Existen nexos muy claros y empíricamente
demostrados entre corrupción y carencia de cultura, entre corrupción y
límites de funcionalidad del sistema institucional, entre corrupción e índice
de desarrollo humano, entre corrupción e injusticias sociales. No se
trata sólo de un proceso que debilita el sistema económico:
la corrupción impide la promoción de la persona y hace
que las sociedades sean menos justas y menos abiertas.
5
La Iglesia considera la corrupción como un hecho muy grave
de deformación del sistema político. El Compendio de la doctrina
social de la Iglesia la estigmatiza así: « La corrupción
distorsiona de raíz el papel de las instituciones representativas, porque
las usa como terreno de intercambio político entre peticiones clientelistas
y prestaciones de los gobernantes. De este modo, las opciones
políticas favorecen los objetivos limitados de quienes poseen los medios
para influenciarlas e impiden la realización del bien común de
todos los ciudadanos » (n. 411). La corrupción se enumera
« entre las causas que en mayor medida concurren a
determinar el subdesarrollo y la pobreza » (n. 447) y,
en ocasiones, está presente también al interno de los procesos
mismos de ayuda a los países pobres.
La corrupción priva
a los pueblos de un bien común fundamental, el de
la legalidad: respeto de las reglas, funcionamiento correcto de las
instituciones económicas y políticas, transparencia. La legalidad es un verdadero
bien común con destino universal. En efecto, la legalidad es
una de las claves para el desarrollo, en cuanto que
permite establecer relaciones correctas entre sociedad, economía y política, y
predispone el marco de confianza en el que se inscribe
la actividad económica. Siendo un « bien común », se
le debe promover adecuadamente por parte de todos: todos los
pueblos tienen derecho a la legalidad. Entre las cosas que
se deben al hombre en cuanto hombre está precisamente también
la legalidad. La práctica y la cultura de la corrupción
deben ser sustituidas por la práctica y la cultura de
la legalidad.
6. Para superar la corrupción, es positivo el
paso de sociedades autoritarias a sociedades democráticas, de sociedades cerradas
a sociedades abiertas, de sociedades verticales a sociedades horizontales, de
sociedades centralistas a sociedades participativas. Sin embargo, no está garantizado
que estos procesos sean positivos automáticamente. Es necesario estar muy
atentos a que la apertura no socave la solidez de
las convicciones morales y la pluralidad no impida vínculos sociales
sólidos. En la anomia de muchas sociedades avanzadas se esconde
un serio peligro de corrupción, no menor que en la
rigidez de tantas sociedades arcaicas. Por un lado se puede
verificar cómo la corrupción se ve favorecida en las sociedades
muy estructuradas, rígidas y cerradas, incluso autoritarias tanto en su
interior como hacia el exterior, porque en ellas es menos
fácil darse cuenta de sus manifestaciones: corruptos y corruptores, a
falta de transparencia y de un verdadero y propio Estado
de derecho, pueden permanecer escondidos y hasta protegidos. La corrupción
puede perpetuarse porque puede contar con una situación de inmovilidad.
Pero, por el otro lado, fácilmente se puede notar también
cómo en las sociedades muy flexibles y móviles, con estructuras
ligeras e instituciones democráticas abiertas y libres, se esconden peligros.
El excesivo pluralismo puede minar el consenso ético de los
ciudadanos. La babel de los estilos de vida puede debilitar
el juicio moral sobre la corrupción. La pérdida de los
confines internos y externos en estas sociedades puede facilitar la
exportación de la corrupción.
7. Para evitar estos peligros, la
doctrina social de la Iglesia propone el concepto de «
ecología humana » (Centesimus annus, 38), apto también para orientar
la lucha contra la corrupción. Los comportamientos corruptos pueden ser
comprendidos adecuadamente sólo si son vistos como el fruto de
laceraciones en la ecología humana. Si la familia no es
capaz de cumplir con su tarea educativa, si leyes contrarias
al auténtico bien del hombre —como aquellas contra la vida—
deseducan a los ciudadanos sobre el bien, si la justicia
procede con lentitud excesiva, si la moralidad de base se
debilita por la trasgresión tolerada, si se degradan las condiciones
de vida, si la escuela no acoge y emancipa, no
es posible garantizar la « ecología humana », cuya ausencia
abona el terreno para que el fenómeno de la corrupción
eche sus raíces. En efecto, no se debe olvidar que
la corrupción implica un conjunto de relaciones de complicidad, oscurecimiento
de las conciencias, extorsiones y amenazas, pactos no escritos y
connivencias que llaman en causa, antes que a las estructuras,
a las personas y su conciencia moral. Se colocan aquí,
con su enorme importancia, la educación, la formación moral de
los ciudadanos y la tarea de la Iglesia que, presente
con sus comunidades, instituciones, movimientos, asociaciones y cada uno de
sus fieles en todos los ángulos de la sociedad de
hoy, puede desarrollar una función cada vez más relevante en
la prevención de la corrupción. La Iglesia puede cultivar y
promover los recursos morales que ayudan a construir una «
ecología humana » en la que la corrupción no encuentre
un hábitat favorable.
8. La doctrina social de la Iglesia
empeña todos sus principios orientadores fundamentales en el frente de
la lucha contra la corrupción, los cuales propone como guías
para el comportamiento personal y colectivo. Estos principios son la
dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad,
la subsidiaridad, la opción preferencial por los pobres, el destino
universal de los bienes. La corrupción contrasta radicalmente con todos
estos principios, ya que instrumentaliza a la persona humana utilizándola
con desprecio para conseguir intereses egoístas. Impide la consecución del
bien común porque se le opone con criterios individualistas, de
cinismo egoísta y de ilícitos intereses de parte. Contradice la
solidaridad, porque produce injusticia y pobreza, y la subsidiaridad porque
no respeta los diversos roles sociales e institucionales, sino que
más bien los corrompe. Va también contra la opción preferencial
por los pobres porque impide que los recursos destinados a
ellos lleguen correctamente. En fin, la corrupción es contraria al
destino universal de los bienes porque se opone también a
la legalidad, que como hemos ya visto, es un bien
del hombre y para el hombre, destinado a todos.
Toda
la doctrina social de la Iglesia propone una visión de
las relaciones sociales totalmente contrastante con la práctica de la
corrupción. De aquí deriva la gravedad de este fenómeno y
el juicio fuertemente negativo que la Iglesia expresa de él.
De aquí deriva también el gran recurso que la Iglesia
pone a disposición para combatir la corrupción: toda su doctrina
social y el trabajo comprometido de cuantos se inspiran en
ella.
9. La lucha contra la corrupción requiere que aumenten
tanto la convicción —a través del consenso dado a las
evidencias morales—, como la conciencia que con esta lucha se
obtienen importantes ventajas sociales. Es ésta la enseñanza social que
encontramos en la Centesimus annus: « El hombre tiende hacia
el bien, pero es también capaz del mal; puede trascender
su interés inmediato y, sin embargo, permanece vinculado a él.
El orden social será tanto más sólido cuanto más tenga
en cuenta este hecho y no oponga el interés individual
al de la sociedad en su conjunto, sino que busque
más bien los modos de su fructuosa coordinación » (n.
25). Se trata de un criterio realista bastante eficaz. Éste
nos señala que: debemos apostar por los rasgos virtuosos del
hombre, pero también incentivarlos; pensar que la lucha contra la
corrupción es un valor, pero también una necesidad; la corrupción
es un mal, pero también un costo; el rechazo de
la corrupción es un bien, pero también una ventaja; el
abandono de prácticas corruptas puede generar desarrollo y bienestar; los
comportamientos honestos se deben incentivar y castigar los deshonestos. En
la lucha contra la corrupción es muy importante que las
responsabilidades de los hechos ilícitos salgan a la luz, que
los culpables sean castigados con formas reparadoras de comportamiento socialmente
responsable. Es importante también que los países o grupos económicos
que trabajan con un código ético intolerante con los comportamientos
corruptos sean premiados.
10. La lucha contra la corrupción en
el ámbito internacional requiere que se actúe para aumentar la
transparencia de las transacciones económicas y financieras y para armonizar
o uniformar la legislación de los diversos países en este
campo. En la actualidad resulta fácil ocultar los fondos que
provienen de la corrupción y de gobiernos corruptos, que fácilmente
logran trasladar capitales ingentes con la ayuda de múltiples complicidades.
Dado que el crimen organizado no tiene fronteras, es necesario
también aumentar la colaboración internacional entre los gobiernos, al menos
en campo jurídico y en materia de extradición. La ratificación
de convenciones contra la corrupción es muy importante y es
deseable que los países ratificatorios de la Convención de la
ONU aumenten. Además queda por afrontar el problema de la
verdadera y propia aplicación de las Convenciones, dado que por
motivos políticos éstas no se siguen al interno de muchos
países, incluso firmantes. Además, es necesario que en el ámbito
internacional se encuentre un acuerdo sobre procedimientos para confiscar y
recuperar todo lo recibido ilegalmente, puesto que hoy las normas
que regulan estos procedimientos existen sólo al interno de cada
nación.
Muchos se auguran la constitución de una autoridad internacional
contra la corrupción, con capacidad de acción autónoma, pero en
colaboración con los Estados, y en grado de verificar los
reatos de corrupción internacional y sancionarlos. En este ámbito puede
ser útil la aplicación del principio de subsidiaridad en los
diversos niveles de autoridad en el campo del combate a
la corrupción.
11. Se debe tener una atención particular con
respecto a los países pobres. Éstos deben ser ayudados, como
se decía antes, allí donde manifiesten carencias a nivel legislativo
y no posean aún las instituciones jurídicas para luchar contra
la corrupción. Una colaboración bilateral o multilateral en el sector
de la justicia —para mejorar el sistema carcelario, adquirir competencia
para la investigación, lograr la independencia estructural de la magistratura
de los gobiernos— es muy útil y se debe incluir
plenamente entre las ayudas para el desarrollo.
La corrupción en
los países en vías de desarrollo muchas veces es causada
por compañías occidentales o incluso por Organismos estatales o internacionales,
otras veces es iniciativa de oligarquías corruptas locales. Sólo con
una postura coherente y disciplinada de los países ricos será
posible ayudar a los gobiernos de los países más pobres
para que adquieran credibilidad. Una vía maestra, seguramente deseable, es
la promoción de la democracia en estos países, de medios
de comunicación libres y vigilantes y de la vitalidad de
la sociedad civil. Programas específicos, país por país, por parte
de los Organismos Internacionales pueden obtener buenos resultados en este
campo.
Las Iglesias locales están comprometidas fuertemente en la formación
de una conciencia civil y la educación de los ciudadanos
para una verdadera democracia; las Conferencias episcopales de muchos países,
en repetidas ocasiones han intervenido contra la corrupción y a
favor de la convivencia civil bajo el gobierno de la
ley. Las Iglesias locales también deben colaborar válidamente con los
Organismos Internacionales en la lucha contra la corrupción.
Ciudad del
Vaticano, 21 de septiembre de 2006 Fiesta de San Mateo,
Apóstol y Evangelista Renato Raffaele Card. Martino Presidente + Giampaolo
Crepaldi Secretario _____________________________ 1 Presidente del Pontificio Consejo « Justicia
y Paz » y del Pontificio Consejo para la Pastoral
de Emigrantes e Itinerantes. 2 Director Ejecutivo, Oficina de las
Naciones Unidas para la Fiscalización de Drogas y Prevención del
Delito (UNODC). 3 Presidente, Comisión Anticorrupción de la Cámara Internacional
de Comercio (ICC). 4 Director, Public Services International Research Unit
(PSIRU), Escuela de Negocios, Universidad de Greenwich. 5 Kennedy School
of Government, Universidad de Harvard. 6 Consejera Especial para combatir
la corrupción y el reciclaje de dinero, Noruega. 7 Director
de Programas Mundiales, Transparencia Internacional. 8 Presidente del Banco Mundial.
9 Secretario del Pontificio Consejo « Justicia y Paz ».
[Traducción distribuida por la Santa Sede]
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