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| La solidaridad es el futuro |
lunes, 19 de octubre de 2009 Hace unos cuantos días concluyeron,
en la ciudad de Gdansk –ésa misma ciudad en donde
naciera el movimiento Solidaridad y en donde Juan Pablo II
formara doctrinal y espiritualmente a Lech Walesa, al padre Jersy
Popieluszko y a Jerzy Skorina, entre otros muchos liderazgos– las
primeras Jornadas Sociales Católicas, bajo el nombre de “La solidaridad
es el futuro de Europa”. Yo me atrevería a señalar
que lo es para todo el mundo, pero hoy, particularmente
para nuestro México.
Participaron 500 asistentes de 29 países.
Las propuestas
Realizar el
evento en Gdansk, por sí mismo tiene un profundo significado
que nos remite necesariamente a Karol Woytila –el Papa polaco,
en más de un sentido– y a partir de ahí,
los innumerables sucesos que transformaron, para siempre, a la comunidad
Europea.
Este hecho fue retomado por las Jornadas Sociales para definir
una serie de planteamientos sustanciales para el mundo de hoy.
La
verdad, vale la pena compartir con el lector cada posicionamiento
y comentar algunos detalles en forma posterior. Observe usted: "Creemos
–afirman– que nuestra generación afronta el desafío de renovar una
‘estrategia del bien común´, fundada en el principio: ‘Hacéos servidores
los unos de los otros en el amor´ (Gal 5,
13).
“Este principio supone que las instituciones públicas, entre ellas el
Estado, dejan a los actores sociales márgenes de autonomía para
la acción, animan las relaciones sociales y permiten así a
cada uno realizarse plenamente. Esto sólo es realizable si nuestras
instituciones están inspiradas en los principios de solidaridad y subsidiariedad".
El
punto es elocuente, particularmente en los tiempos de crisis que
vivimos –espiritual y material– en donde se requiere con urgencia
la definición de nuevas estrategias para alcanzar el bien común.
Ahora,
pensemos por un minuto que por encima de credos religiosos
o ideologías políticas de cualquier tipo, las estrategias señaladas se
fundan en el pensamiento y la praxis de que cada
ser humano se transforme en un servidor de los demás,
con un definido enfoque de Amor de orden superior, que
ilumine las políticas públicas del Estado y la tarea de
las organizaciones civiles, bajo los principios de solidaridad y subsidiariedad.
Sería genial, ¿no le parece?
Desde luego, el concepto de democracia
y de justicia social funcionaría mucho mejor que ahora, pues
contaría con un compromiso responsable de cada actor político, económico
o social.
Dicho en otros términos: "Los comportamientos egoístas, el utilitarismo
y el materialismo deben dejar el lugar al compartir, según
ha puesto en evidencia la actual crisis económica".
¿Se imagina usted,
amable lector, que todas las actividades empresariales, las del Banco
de México, la Bolsa Mexicana de Valores, y las de
las Secretarías de Hacienda, Trabajo y Economía se guiaran por
el principio de solidaridad, porque respetan la dignidad de la
vida humana, el sentido trascendente del trabajo, volviéndose los primeros
impulsores de políticas públicas familiarmente responsables?
Esto es, traspasar la perspectiva
dominante hoy día, de que el individuo es el factor
más importante sobre cualquier otra actividad o planteamiento.
La solidaridad: garantía
de derechos individuales
En el encuentro que comentamos, se señaló adicionalmente
que la Solidaridad es un deber para nosotros, además de
condición específica para evitar arbitrariedades en el terreno de los
derechos humanos, ya sea en términos de promoción y protección
de la familia; en el rubro de la educación que
considera a los padres los primeros responsables en el tema.
Pero
también lo es en el aspecto de las políticas públicas
sobre migración, el derecho de asilo y aun en el
plano de reducir los impactos ecológicos negativos, porque la visión
está enfocada en la vida de las siguientes generaciones.
Otra de
las conclusiones del evento, nos pareció prudente transcribirla en su
totalidad: "Poner la economía al servicio de todos, reconociendo el
valor del trabajo humano en todas sus formas; adaptar la
economía social de mercado a los nuevos desafíos"; "proteger a
los más vulnerables, mejorar la justicia social y la igualdad
de oportunidades en nuestra sociedad, tomando las medidas más eficaces
para reducir la pobreza y la exclusión".
Lo más relevante, sin
embargo, es que a estas conclusiones llegaron hombres y mujeres
de Fe. Lamentablemente, en nuestro país, todavía hay quienes ven
en la religiosidad y la fe de nuestro pueblo –“fe
sencilla, pero arraigada”, como la describió Juan Pablo II¬– un
estorbo para sus intereses. Qué pena nos dan esos tales. |
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