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| ¿Cómo lograr un reparto más justo de la riqueza? |
La creatividad del ser humano es esencial en la vida
económica y en el campo empresarial. Ésta se manifiesta primordialmente
en la elaboración de proyectos e innovación de procesos que
optimizan el uso de recursos y facilitan la producción de
bienes y servicios que contribuyen al bien común de la
sociedad.
Ciertamente, todo ello debe llevarse a cabo en términos y
con criterios económicos. Es innegable que cuando una empresa genera
beneficios (valor agregado) es porque los factores de la producción
han sido utilizados adecuadamente.
Sin embargo, puede ocurrir, y de hecho
ocurre, que al mismo tiempo que se generan beneficios económicos,
se atenta contra el patrimonio más valioso de la empresa:
su gente. Esto sucede cuando la empresa opera en ambientes
socioculturales caracterizados por la explotación de las personas, bajos sueldos
y salarios, jornadas excesivas de trabajo, y muchas otras violaciones
a los derechos humanos.
Surge entonces la segunda condición para la
distribución justa de la riqueza: la acción subsidiaria del Estado.
El Estado debe ser un facilitador del desarrollo económico, secundar
la actividad de las empresas, crear condiciones que aseguren oportunidades
de trabajo, estimular aquellas áreas de la economía que sean
insuficientes, y sostener a los actores de ésta en momentos
de crisis.
Sin embargo, no debemos olvidar que la tarea fundamental
del Estado en el ámbito económico es definir un marco
jurídico que establezca reglas justas y transparentes entre los actores
del libre mercado, para evitar que se den monopolios, oligopolios
o competencia desleal, en la que una de las partes
supera totalmente en poder a la otra, y puede reducirla
prácticamente a la esclavitud.
En efecto, el mercado no es capaz,
con sus propios mecanismos, de garantizar una distribución equitativa de
algunos bienes y servicios esenciales para el desarrollo de los
ciudadanos, y es allí donde la complementariedad entre Estado y
mercado se hace más necesaria.
Más allá de las bondades del
mercado y de las acciones subsidiarias del Estado, se encuentra
la actividad concreta y cotidiana de los empresarios y dirigentes
de empresa, elemento determinante en la distribución de la riqueza.
Sólo
con una formación moral sólida, que implica virtudes como la
diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir riesgos razonables, la
lealtad en las relaciones interpersonales; la fortaleza en la toma
de decisiones difíciles y dolorosas, y, sobre todo, la solidaridad
y la fraternidad, se puede respetar la dignidad humana de
los trabajadores.
Es un deber, en la agenda de un auténtico
empresario con responsabilidad social, elevar el nivel de vida de
los trabajadores e impulsarlos a su propio desarrollo mediante la
capacitación y la oferta de espacios de crecimiento, ya que
son estas acciones concretas las que permiten un reparto más
justo de la riqueza. |
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