La fuerza de voluntad libera a las personas de las cadenas de su propia debilidad. Las hace más libres, porque la libertad exige posesión, es decir, señorío de uno mismo, y quien no logra dominarse a sí mismo no puede ser realmente libre.
Los últimos momentos de cualquier ser humano tienen un especial aire de solemnidad. Los últimos momentos de un gran hombre son todavía mucho más especiales.
La libertad nos permite amar y odiar, ayudar y escapar, dar a los demás o acumular para un mismo. Somos libres para ser fieles al matrimonio o para traicionar a quien nos quiere de veras.