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| Carta apostólica: Mane nobiscum Domine |
El cardenal Arinze presenta la carta apostólica para
el Año Eucarístico
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 8 octubre
2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención del cardenal Francis Arinze, prefecto
de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos, en la rueda de prensa de presentación
de la carta apostólica de Juan Pablo II «Mane nobiscum
Domine» con motivo del Año de la Eucaristía. El texto
de la carta, publicado en italiano, todavía no se ha
traducido a otros idiomas.
* * *
En la misa solemne
ante la Basílica de Letrán, en la solemnidad del Cuerpo
y de la Sangre de Cristo, el 10 de junio
de 2004, el Santo Padre anunció el Año de la
Eucaristía, que se celebrará entre octubre de 2004 y octubre
de 2005 en toda la Iglesia. Ahora nos entrega una
carta apostólica bella e incisiva, «Mane nobiscum Domine», para ayudar
y guiar a la Iglesia en la celebración de este
año especial con el máximo provecho.
La carta tiene una introducción,
cuatro capítulos y una conclusión.
Índice General
Introducción
Capítulo I: En el surco del Vaticano II
y del Jubileo
Capítulo II: La Eucaristía,
misterio de luz
Capítulo III: Eucaristía, manantial y manifestación
de comunión
Capítulo IV: Eucaristía, principio y proyecto de
misión
Conclusión
Introducción
En la introducción, el Santo Padre
toma la imagen de los dos discípulos en el camino
hacia Emaús como hilo conductor de toda la carta apostólica.
Después de haber explicado que el Año de la Eucaristía
surge en el surco del Concilio Vaticano II y del
Gran Jubileo del Año 2000 (capítulo I), el Sumo Pontífice
se concentra en la Eucaristía como misterio de luz (capítulo
II); como manantial y manifestación de comunión (capítulo III) y
como principio de la misión (capítulo IV).
El Año de la
Eucaristía comprometerá particularmente a la Iglesia a vivir el misterio
de la santa Eucaristía. Jesús sigue caminando con nosotros e
introduciéndonos en los misterios de Dios, abriéndonos al significado profundo
de las Sagradas Escrituras. En el momento culminante del encuentro,
Jesús parte para nosotros el «pan de vida».
Muchas veces durante
su pontificado el Papa Juan Pablo II ha invitado a
la Iglesia a reflexionar sobre la santa Eucaristía, siguiendo la
enseñanza de los Padres de la Iglesia, de los concilios
ecuménicos y de sus predecesores. Lo hizo en particular el
año pasado en la carta encíclica «Ecclesia de Eucharistia». Esta
carta apostólica invita a la Iglesia a retomar esa encíclica.
El
Santo Padre menciona dos acontecimientos principales que iluminan y marcan
el inicio y el final del Año de la Eucaristía:
el 48 Congreso Eucarístico Internacional, que se celebrará en Guadalajara
(México), la próxima semana del 10 al 17 de octubre,
y la undécima asamblea general del sínodo de los obispos,
que se desarrollará en el Vaticano del 2 al 29
de octubre de 2005. Incluye también la Jornada Mundial de
la Juventud, que se celebrará en Colonia del 16 al
21 de agosto de 2005.
El Santo Padre confía la celebración
del Año de la Eucaristía a la atención pastoral de
los obispos. La profundidad del misterio eucarístico es tal que
el Año de la Eucaristía no sólo no interfiere con
los programas pastorales de cada iglesia particular o diócesis, sino
que más bien los ilumina eficazmente. El misterio eucarístico es
la raíz, el fundamento y el secreto de la vida
espiritual de cada discípulo de Cristo, así como de toda
iniciativa de la Iglesia local. Por tanto, se trata de
acentuar la dimensión eucarística en estas iniciativas o programas pastorales.
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Capítulo I: En el surco
del Vaticano II y del Jubileo
El Santo Padre subraya que
el Año de la Eucaristía expresa intensamente la concentración en
Jesucristo y la contemplación de su rostro que está caracterizando
el camino pastoral de la Iglesia, especialmente a partir del
Concilio Vaticano II. En Cristo, la Palabra hecha carne, no
sólo se nos ha revelado el misterio de Dios, sino
que también se nos ha desvelado el misterio del hombre.
Juan
Pablo II desarrolló este tema en su primera encíclica, la
«Redemptor hominis». Lo retomó después en la «Tertio Millennio adveniente»,
en 1994, para preparar a la Iglesia al gran jubileo
del año 2000. En este documento, dijo que el Jubileo
habría sido un año «intensamente eucarístico» (n. 55). Este hilo
conductor eucarístico continúa en otros documentos, como en la «Dies
Domini» y especialmente en la «Novo Millennio ineunte», la carta
apostólica «programática» para el tercer milenio, y en la «Rosarium
Virginis Mariae», la carta apostólica con la que se inauguró
el Año del Rosario, el 16 de octubre de 2002.
En el corazón de ese año el Santo Padre nos
dio esa perla de encíclica, la «Ecclesia de Eucharistia», firmada
el 17 de abril de 2003 en la solemne celebración
de la «misa de la Cena del Señor» del Jueves
Santo [...].
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Capítulo II: La
Eucaristía, misterio de luz
La Eucaristía es misterio de luz por
muchos motivos. Jesús habla de sí mismo como «luz del
mundo» (Juan 8, 12). En la oscuridad de la fe,
la Eucaristía se convierte para el creyente en misterio de
luz, pues lo introduce en las profundidades del misterio divino.
La celebración eucarística alimenta al discípulo de Cristo con dos
«mesas», la de la Palabra de Dios y la del
Pan de Vida. En la primera parte de la misa,
se leen las Escrituras para que podamos ser iluminados y
puedan arder nuestros corazones. En la homilía, la Palabra de
Dios es ilustrada y actualizada para la vida del cristiano
en nuestro tiempo. Cuando las mentes son iluminadas y los
corazones arden, los signos hablan. En los signos eucarísticos, el
misterio está en cierto sentido abierto a los ojos de
los creyentes. Los dos discípulos de Emaús reconocieron a Jesús
al partir el pan.
La santa Eucaristía es un banquete. Pero
eso es ante todo y profundamente un banquete de sacrificio:
anunciamos la muerte del Señor; proclamamos su resurrección y esperamos
su venida en la gloria.
La Eucaristía es Cristo real y
sustancialmente presente. Este misterio tiene que celebrarse con gran fe,
según las normas litúrgicas establecidas. El Año de la Eucaristía
que va a comenzar es un tiempo propicio para estudiar
con atención la «Institutio Generalis», es decir, el ordenamiento general
del Misal Romano en la tercera «Editio typica» y alimentar
a los fieles con una rica catequesis.
La manera en que
celebramos la misa tiene que manifestar nuestra conciencia viva de
la presencia real de Cristo. No hay que olvidar los
momentos de silencio. Largos períodos de adoración de Jesús presente
en el tabernáculo demostrarán nuestro amor por él. La adoración
del Santísimo Sacramento fuera de la misa tiene que ser
este año un compromiso especial de las parroquias y de
las comunidades religiosas. En particular, hay que acentuar la reparación,
la contemplación, la meditación bíblica y cristocéntrica. La solemnidad del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo debe ser celebrada
también con la procesión, como una proclamación de nuestra fe
eucarística.
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Capítulo III: Eucaristía, manantial
y manifestación de comunión
Los discípulos de Emaús pidieron al Señor
que se quedara «con» ellos (Cf. Lucas 24, 29). Jesús
hizo algo más. Él se dio a sí mismo en
la santa Eucaristía para permanecer «en» ellos: «Permaneced en mí,
como yo en vosotros» (Juan 15, 4). La comunión eucarística
es una compenetración íntima entre Cristo y quien comulga. La
comunión eucarística promueve también la unidad entre los que comulgan.
San Pablo dice a los corintios «Porque aun siendo muchos,
un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos
participamos de un solo pan» (1 Corintios 10, 17).
La Eucaristía
manifiesta también la comunión eclesial y llama a los miembros
de la Iglesia a compartir sus bienes espirituales y materiales.
Esta comunión eclesial se manifiesta espléndidamente en el obispo que
celebra con su presbiterio en la iglesia catedral, con la
participación plena del pueblo de Dios.
En este año de la
Eucaristía habrá que prestar particular importancia a la misa dominical
en la parroquia.
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Capítulo IV:
Eucaristía, principio y proyecto de mission
Los dos discípulos de Emaús,
después de haber reconocido al Señor, «se levantaron al momento»
(Lucas 24, 33) para comunicar la bella noticia. El encuentro
con Jesús en la Eucaristía lleva a la Iglesia y
a cada cristiano a testimoniar, a evangelizar. Tenemos que dar
gracias al Señor y no dudar en mostrar nuestra fe
en público. La Eucaristía nos lleva a ser solidarios con
los demás, haciéndonos promotores de armonía, de paz, y especialmente
a compartir todo con los necesitados. El Año de la
Eucaristía tiene que llevar a las comunidades diocesanas y parroquiales
a un particular interés por las diferentes manifestaciones de la
pobreza en el mundo, como el hambre y las enfermedades,
especialmente en las naciones en vías de desarrollo, la soledad
de los ancianos, el desempleo y los sufrimientos de los
inmigrantes. Este criterio de caridad será el signo de la
autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas.
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Conclusión
El Santo Padre reza para que este año de la
Eucaristía pueda ser para todos una preciosa oportunidad para alcanzar
una renovada conciencia del incomparable tesoro que Cristo confió a
su Iglesia.
Corresponde a los pastores de las iglesias locales elaborar
iniciativas específicas. La Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos ofrecerá sugerencias útiles y propuestas. El
Santo Padre no pide que se hagan cosas extraordinarias, sino
más bien que todas las iniciativas estén caracterizadas por una
gran profundidad espiritual. Hay que dar prioridad a la misa
dominical y a la adoración eucarística fuera de la misa.
El
Papa exhorta a todos los miembros de la Iglesia --obispos,
sacerdotes y otros ministros, seminaristas, consagrados, fieles laicos, en particular
a los jóvenes-- que hagan lo que les corresponde a
favor del éxito de este año eucarístico. Pide a la
Virgen María, a la que mira como su modelo, que
sea imitada también en su relación con este santísimo misterio.
Mientras
la Iglesia entra en el Año de la Eucaristía, en
esta bella carta apostólica «Mane nobiscum Domine», firmada el 7
de octubre de 2004, encontramos nuestra guía, la lámpara que
nos ilumina, nuestra estrella, el aliento y la guía en
nuestro camino.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
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