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OCTOGESIMA ADVENIENS CARTA APOSTÓLICA CON OCASIÓN DEL LXXX ANIVERSARIO DE LA
RERUM NOVARUM
PABLO VI
II. Aspiraciones Fundamentales y Corrientes Ideológicas
22. Al mismo
tiempo que el progreso científico y técnico continúa transformando el
marco territorial de la humanidad, sus modos de conocimiento, de
trabajo, de consumo y de relaciones, se manifiesta siempre en
estos contextos nuevos una doble aspiración más viva a medida
que se desarrolla su información y su educación: aspiración a
la igualdad, aspiración a la participación; formas ambas de la
dignidad de la persona humana y de su libertad.
Ventajas y
limites de los reconocimientos jurídicos
23. Para inscribir en los hechos
y en las estructuras esta doble aspiración, se han hecho
progresos en la definición de los derechos humanos y en
la firma de acuerdos internacionales que den realidad a tales
derechos (16). Sin embargo, las injustas discriminaciones_étnicas, culturales, religiosas, políticas_
renacen siempre. Efectivamente, los derechos humanos permanecen todavía con frecuencia
desconocidos, si no burlados, o su observancia es puramente formal.
En muchos casos, la legislación va atrasada respecto a las
situaciones reales. Siendo necesaria, es todavía insuficiente para establecer verdaderas
relaciones de justicia e igualdad. El Evangelio, al enseñarnos la
caridad, nos inculca el respeto privilegiado a los pobres y
su situación particular en la sociedad: los más favorecidos deben
renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor
liberalidad sus bienes al servicio de los demás. Efectivamente, si
más allá de las reglas jurídicas falta un sentido más
profundo de respeto y de servicio al prójimo, incluso la
igualdad ante la ley podrá servir de coartada a discriminaciones
flagrantes, a explotaciones constantes, a un engaño efectivo. Sin una
educación renovada de la solidaridad, la afirmación excesiva de la
igualdad puede dar lugar a un individualismo donde cada cual
reivindique sus derechos sin querer hacerse responsable del bien común.
¿Quién
no ve en este campo la aportación capital del espíritu
cristiano, que va, por otra parte, al encuentro de las
aspiraciones del ser humano a ser amado? «El amor del
hombre, primer valor del orden terreno», asegura las condiciones de
la paz, tanto social como internacional, al afirmar nuestra fraternidad
universal (17).
La sociedad política
24. La doble aspiración hacia la igualdad
y la participación trata de promover un tipo de sociedad
democrática. Diversos modelos han sido propuestos; algunos de ellos han
sido ya experimentados; ninguno satisface completamente, y la búsqueda queda
abierta entre las tendencias ideológicas y pragmáticas. Toda persona cristiana
tiene la obligación de participar en esta búsqueda, al igual
que en la organización y en la vida políticas. El
hombre y la mujer, seres sociales, construyen su destino a
través de una serie de agrupaciones particulares que requieren, para
su perfeccionamiento y como condición necesaria para su desarrollo, una
sociedad más vasta, de carácter universal, la sociedad política. Toda
actividad particular debe colocarse en esta sociedad ampliada, y adquiere
con ello la dimensión del bien común (18). Esto indica
la importancia de la educación para la vida en sociedad,
donde, además de la información sobre los derechos de cada
uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los
deberes de cada uno de cara a los demás; el
sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por
el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y
de los limites puestos al ejercicio de la libertad de
la persona individual o del grupo.
25. La acción política _¿es
necesario subrayar que se trata aquí ante todo de una
acción y no de una ideología?_ debe estar apoyada en
un proyecto de sociedad coherente en sus medios concretos y
en su aspiración, que se alimenta de una concepción plenaria
de la vocación del ser humano y de sus diferentes
expresiones sociales. No pertenece ni al Estado, ni siquiera a
los partidos políticos que se cerraran sobre sí mismos, el
tratar de imponer una ideología por medios que desembocarían en
la dictadura de los espíritus, la peor de todas. Toca
a los grupos establecidos por vínculos culturales y religiosos_dentro de
la libertad que a sus miembros corresponde_desarrollar en el cuerpo
social, de manera desinteresada y por su propio camino, estas
convicciones últimas sobre la naturaleza, el origen y el fin
de la persona humana y de la sociedad. En este
campo conviene recordar el principio proclamado por el Concilio
Vaticano II:
«La verdad no se impone más que por la fuerza
de la verdad misma, que penetra el espíritu con tanta
dulzura como potencia» (19).
Ideologías y libertad humana
26. El hombre o
la mujer cristiana que quieren vivir su fe en una
acción política concebida como servicio, no pueden adherirse, sin contradecirse
a sí mismos, a sistemas ideológicos que se oponen, radicalmente
o en puntos sustanciales, a su fe y a su
concepción de la persona humana. No es lícito, por tanto,
favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a
su dialéctica de violencia y a la manera como ella
entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al
mismo tiempo toda trascendencia al ser humano y a su
historia personal y colectiva. Tampoco apoya la comunidad cristiana la
ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a
toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y
del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más
o menos automáticas de iniciativas individuales y no ya como
fin y motivo primario del valor de la organización social.
27.
¿Es necesario subrayar las posibles ambigüedades de toda ideología social?
Unas veces reduce la acción política o social a ser
simplemente la aplicación de una idea abstracta, puramente teórica; otras,
es el pensamiento el que se convierte en puro instrumento
al servicio de la acción, como simple medio para una
estrategia. En ambos casos, ¿no es el ser humano quien
corre el riesgo de verse enajenado? La fe cristiana es
muy superior a estas ideologías y queda situada a veces
en posición totalmente contraria a ella, en la medida en
que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela, a
través de todos los niveles de lo creado, a la
humanidad como libertad responsable.
28. Otro peligro consiste en adherirse a
una ideología que carezca de un fundamento científico completo y
verdadero y en refugiarse en ella como explicación última y
suficiente de todo, y construirse así un nuevo ídolo, del
cual se acepta, a veces sin darse cuenta, el carácter
totalitario y obligatorio. Y se piensa encontrar en él una
justificación para la acción, aun violenta; una adecuación a un
deseo generoso de servicio; éste permanece, pero se deja absorber
por una ideología, la cual _aunque propone ciertos caminos para
la liberación de hombres y mujeres_ desemboca finalmente en una
auténtica esclavitud.
29. Si hoy día se ha podido hablar de
un retroceso de las ideologías, esto puede constituir un momento
favorable para la apertura a la trascendencia y solidez del
cristianismo. Puede ser también un deslizamiento más acentuado hacia un
nuevo positivismo: la técnica universalizada como forma dominante del dinamismo
humano, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin
que la cuestión de su sentido se plantee realmente.
Los movimientos
históricos
30. Pero, fuera de este positivismo, que reduce al ser
humano a una sola dimensión _importante hoy día_ y que
con ella lo mutila, la persona cristiana encuentra en su
acción movimientos históricos concretes nacidos de las ideologías y, por
otra parte, distintos de ellas. Ya nuestro venerado predecesor Juan
XXIII en la Pacem in terris muestra que es posible
hacer distinción: «No se pueden identificar _escribe_ las teorías filosóficas
falsas sobre la naturaleza, el origen y la finalidad del mundo
y del hombre con los movimientos históricos fundados en una
finalidad económica, social, cultural o política aunque estos últimos deban
su origen y se inspiren todavía en esas teorías. Las
doctrinas, una vez fijadas y formuladas, no cambian más, mientras
que los movimientos que tienen por objeto condiciones concretes y
mudables de la vida, no pueden menos de ser ampliamente
influenciados por esta evolución.
Por lo demás, en la medida
en que estos movimientos van de acuerdo con los sanos
principios de la razón y responden a las justas aspiraciones
de la persona humana, ¿quién rehusaría reconocer en ellos elementos
positivos y dignos de aprobación?» (20).
El atractivo de las corrientes
socialistas
31. Hoy día, los grupos cristianos se sienten atraídos por
las corrientes socialistas y sus diversas evoluciones. Tratan de reconocer
en ellas un cierto número de aspiraciones que llevan dentro
de sí mismos en nombre de su fe. Se sienten
insertos en esta corriente histórica y quieren realizar dentro de
ella una acción. Ahora bien, esta corriente histórica asume diversas
formas bajo un mismo vocablo, según los continentes y las
culturas, aunque ha sido y sigue inspirada en muchos casos
por ideologías incompatibles con la fe. Se impone un atento discernimiento.
Porque con demasiada frecuencia las personas cristianas, atraídas por el
socialismo, tienden a idealizarlo, en términos, por otra parte, muy
generosos: voluntad de justicia, de solidaridad y de igualdad. Rehúsan
admitir las presiones de los movimientos históricos socialistas, que siguen
condicionados por su ideología de origen.
Entre las diversas formas
de expresión del socialismo, como son la aspiración generosa y
la búsqueda de una sociedad más justa, los movimientos históricos
que tienen una organización y un fin político, una ideología
que pretende dar una visión total y autónoma de la
persona humana, hay que establecer distinciones que guiarán las opciones
concretas. Sin embargo, estas distinciones no deben tender a considerar
tales formas como completamente separadas e independientes. La vinculación concreta
que, según las circunstancias, existe entre ellas, debe ser claramente
señalada, y esta perspicacia permitirá a los grupos cristianos considerar
el grado de compromiso posible en estos caminos, quedando a
salvo los valores, en particular, de la libertad, la responsabilidad
y la apertura a lo espiritual, que garantizan el desarrollo
integral de hombres y mujeres.
Evolución histórica del marxismo
32. Otros cristianos
se preguntan también si la evolución histórica del marxismo no
permitiría ya ciertos acercamientos concretos. Notan, en efecto, una cierta
desintegración del marxismo, el cual hasta ahora se ha presentado
como una ideología unitaria, explicativa de la totalidad del ser
humano y del mundo en su proceso de desarrollo, y,
por tanto, ha sido ateo.
Además del enfrentamiento ideológico que
separa oficialmente las diversas tendencias del marxismo-leninismo en la misma
interpretación del pensamiento de los fundadores, y además de las
oposiciones abiertas entre los sistemas políticos que se manifiestan hoy
como derivados de él, algunos establecen distinciones entre diversos niveles
de expresión del marxismo.
33. Para unos, el marxismo sigue siendo
esencialmente una práctica activa de la lucha de clases. Experimentando
el vigor siempre presente y la dureza, que siempre reaparece,
de las relaciones de dominio y de explotación entre los
seres humanos, reducen el marxismo a una lucha, a veces
sin otra perspectiva, lucha que hay que proseguir y aun
suscitar de manera permanente. Para otros, el marxismo es en
primer lugar el ejercicio colectivo de un poder político y
económico bajo la dirección de un partido único que se
considera _él solo_ expresión y garantía del bien de todos,
arrebatando a los individuos y a los demás grupos toda
posibilidad de iniciativa y de elección.
En un tercer nivel,
el marxismo _esté o no en al poder_ se refiere
a una ideología socialista basada en el materialismo histórico y
en la negación de toda trascendencia. Finalmente, se presenta, según
otros, bajo una forma más atenuada, más seductora para el
espíritu moderno: como una actividad científica, como un riguroso método
de examen de la realidad social y política como el
vínculo racional y experimentado por la historia entre el conocimiento
teórico y la práctica de la transformación revolucionaria. A pesar
de que este tipo de análisis concede un valor primordial
a algunos aspectos de la realidad, con detrimento de otros,
y los interpreta en función de una ideología arbitraria, proporciona;
sin embargo a algunos, a la vez que un instrumento
de trabajo, una certeza previa para la acción: la pretensión
de descifrar, bajo una forma científica, los resortes de la
evolución de la sociedad.
34. Si bien en la doctrina
del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos
diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos
para la reflexión y para la acción, es sin duda
ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une
radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer
sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica
de la lucha de clases y de su interpretación marxista,
omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta
a la que conduce este proceso.
La ideología liberal
35. Por otra
parte, se asiste a una renovación de la ideología liberal.
Esta corriente se apoya en el argumento de la eficiencia
económica, en la voluntad de defender al individuo contra el
dominio cada vez más invasor de las organizaciones, y también
frente a las tendencias totalitarias de los poderes políticos. Ciertamente
hay que mantener y desarrollar la iniciativa personal. Pero los
grupos cristianos que se comprometen en esta línea, ¿no tienden
a su vez a idealizar el liberalismo, que se convierte
así en una proclamación a favor de la libertad? Estos
grupos querrían un modelo nuevo, más adaptado a las condiciones
actuales, olvidando fácilmente que en su raíz misma el liberalismo
filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del ser
individual en su actividad, sus motivaciones, el ejercicio de su
libertad. Por todo ello, la ideología liberal requiere también, por
parte de cada cristiano o cristiana, un atento discernimiento.
36. En
este encuentro con las diversas ideologías renovadas, la comunidad cristiana
debe sacar de las fuentes de su fe y de
las enseñanzas de la Iglesia los principios y las normas
oportunas para evitar el dejarse seducir y después quedar encerrada
en un sistema cuyos límites y totalitarismo corren el riesgo
de aparecer ante ella demasiado tarde si no los percibe
en sus raíces. Por encima de todo sistema, sin omitir
por ello el compromiso concreto al servicio de sus hermanos
y hermanas, afirmará, en el seno mismo de sus opciones,
lo específico de la aportación cristiana para una transformación positiva
de la sociedad (21).
Renacimiento de las utopías
37. Hoy día, por
otra parte, se nota mejor la debilidad de las ideologías
a través de los sistemas concretos en que tratan de
realizarse. Socialismo burocrático, capitalismo tecnocrático, democracia autoritaria, manifiestan la dificultad
de resolver el gran problema humano de vivir todos juntos
en la justicia y en la igualdad. En efecto, ¿cómo
podrían escapar al materialismo, al egoísmo o a las presiones
que fatalmente los acompañan? De aquí la contestación que surge
un poco por todas partes, signo de profundo malestar, mientras
se asiste al renacimiento de lo que se ha convenido
en llamar «utopías», las cuales pretenden resolver el problema político
de las sociedades modernas mejor que las ideologías. Sería peligroso
no reconocerlo.
La apelación a la utopía es con frecuencia
un cómodo pretexto para quien desea rehuir las tareas concretas
refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético
es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas. Pero, sin
embargo, hay que reconocerlo, esta forma de crítica de la
sociedad establecida provoca con frecuencia la imaginación prospectiva para percibir
a la vez en el presente lo posiblemente ignorado que
se encuentra inscrito en él y para orientar hacia un
futuro mejor; sostiene además la dinámica social por la confianza
que da a las fuerzas inventivas del espíritu y del
corazón humano; y, finalmente, si se mantiene abierto a toda
la realidad, puede también encontrar nuevamente el llamamiento cristiano. El
Espíritu del Señor, que anima al ser humano renovado en
Cristo, trastorna de continuo los horizontes donde con frecuencia la
inteligencia humana desea descansar, movida por el afán de seguridad,
y las perspectivas últimas dentro de las cuales su dinamismo
se encerraría de buena gana; una cierta energía invade totalmente
a este ser, impulsándole a trascender todo sistema y toda
ideología.
En el corazón del mundo permanece el misterio de
la humanidad, que se descubre hija de Dios en el
curso de un proceso histórico y psicológico donde luchan y
se alternan presiones y libertad, opresión del pecado y soplo
del Espíritu. El dinamismo de la fe cristiana triunfa así
sobre los cálculos estrechos del egoísmo. Animado por el poder
del Espíritu de Jesucristo, Salvador de hombres y mujeres; sostenido
por la esperanza, cada persona cristiana se compromete en la
construcción de una ciudad humana, pacífica, justa y fraterna, que
sea una ofrenda agradable a Dios (22).
Efectivamente, «la espera
de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien
avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el
cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de
alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo» (23).
Los interrogantes
de las ciencias humanas
38. En este mundo, dominado por los
cambios científicos y técnicos, que corren el riesgo de arrastrarlo
hacia un nuevo positivismo, se presenta otra duda, mucho más
grave. Después de haber dominado racionalmente la naturaleza, he aquí
que el ser humano se halla como encerrado dentro de
su propia racionalidad; convirtiéndose a su vez en objeto de
la ciencia. Las «ciencias humanas» han tomado hoy día un
vuelo significativo. Por una parte someten a examen crítico y
radical los conocimientos admitidos hasta ahora sobre la humanidad, porque
aparecen o demasiado empíricos o demasiado teóricos. Por otra parte,
la necesidad metodológica y los apriorismos ideológicos las conducen frecuentemente
a aislar, a través de las diversas situaciones, ciertos aspectos
de la humanidad y a darles, por ello, una explicación
que pretende ser global o por lo menos una interpretación
que querría ser totalizante desde un punto de vista puramente
cuantitativo o fenomenológico. Esta reducción «científica» lleva consigo una pretensión
peligrosa. Dar así privilegio a tal o cual aspecto del
análisis es mutilar a hombres y mujeres y, bajo las
apariencias de un proceso científico, hacerse incapaz de comprenderles en
su totalidad.
39. No hay que prestar menos atención a la
acción que las «ciencias humanas» pueden suscitar al dar origen
a la elaboración de modelos sociales que se impondrían después
como tipos de conducta científicamente probados. La persona puede convertirse
entonces en objeto de manipulaciones que le orienten en sus
deseos y necesidades y modifiquen sus comportamientos y hasta su
sistema de valores. Nadie duda que ello encierra un grave
peligro para las sociedades de mañana y para la persona
misma. Pues si todos se ponen de acuerdo para construir
una sociedad nueva al servicio de la persona, es necesario
saber de antemano qué concepto se tiene de la humanidad.
40.
La desconfianza frente a las ciencias humanas afecta a cristianos
y cristianas más que a los demás, pero no les
encuentra impreparados. Porque _Nos mismo lo hemos escrito en la
Populorum progressio_ es en este punto donde se sitúa a
la aportación especifica de la Iglesia a las civilizaciones: «Tomando
parte en las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo
al no verlas satisfechas, la Iglesia desea ayudarles a conseguir
su pleno desarrollo, y esto precisamente porque les propone lo
que posee como propio: una visión global del hombre y
de la humanidad» (24).
¿Será necesario, por tanto, que la
Iglesia se oponga a las ciencias humanas en su adelanto
y denuncie sus pretensiones? Como en el caso de las
ciencias naturales, la Iglesia tiene confianza también en estas investigaciones
e invita a cristianos y cristianas a tomar parte activa
en ellas (25). Con el ánimo de la misma exigencia
científica y por el deseo de conocer mejor a hombres
y mujeres, pero al mismo tiempo con la iluminación de
su fe, cada persona cristiana entregada a las ciencias humanas
entablará un diálogo, que ya se prevé fructuoso, entre la
Iglesia y este nuevo campo de descubrimientos.
En verdad, cada
disciplina científica no podrá comprender, en su particularidad, más que
un aspecto parcial, aunque verdadero, de la humanidad; la totalidad
y el sentido se le escapan. Pero, dentro de estos
límites, las ciencias humanas aseguran una función positiva que la
Iglesia reconoce gustosamente.
Pueden asimismo ensanchar las perspectivas de la
libertad humana más de lo que lo permiten prever los
condicionamientos conocidos. Podrán también ayudar a la moral social cristiana,
la cual verá sin duda limitarse su campo cuando se
trata de proponer ciertos modelos sociales, mientras que su función
de crítica y de superación se reforzará, mostrando el carácter
relativo de los comportamientos y de los valores que tal
sociedad presentaba como definitivos e inherentes a la naturaleza misma
del ser humano. Condición indispensable e insuficiente a la vez
para un mejor descubrimiento de lo humano, estas ciencias constituyen
un lenguaje cada vez más complejo, pero que, más que
colmar, dilata el misterio del corazón humano y no aporta
la respuesta completa y definitiva al deseo que brota de
lo más profundo de su ser.
Ambigüedad del progreso
41. Este mayor
conocimiento de lo humano permite criticar mejor y aclarar una
noción fundamental que está en la base de las sociedades
modernas, al mismo tiempo como móvil, como medida y como
objeto: el progreso. A partir del siglo XIX, las sociedades
occidentales y otras muchas al contacto con ellas han puesto
su esperanza en un progreso, renovado sin cesar, ilimitado. Este
progreso se les presentaba como el esfuerzo de liberación humana
de cara a las necesidades de la naturaleza y de
las presiones sociales. ¡Era la condición y la medida de
la libertad humana! Difundida por los medios modernos de información
y por el estímulo del saber y la generalización del
afán de consumo, el progreso se convierte en ideología omnipresente.
Por tanto, se plantea hoy la duda sobre su valor
y sobre su origen.
¿Qué significa esta búsqueda inexorable de
un progreso que se esfuma cada vez que uno cree
haberlo conquistado? Un progreso absolutamente autónomo deja insatisfacción total en
la persona humana. Sin duda, se han denunciado, justamente, los
límites y también los perjuicios de un crecimiento económico puramente
cuantitativo, y se desean alcanzar también objetivos de orden cualitativo.
La forma y la verdad de las relaciones humanas, el
grado de participación y de responsabilidad, no son menos significativos
e importantes para el porvenir de la sociedad que la
cantidad y la variedad de los bienes producidos y consumidos.
Superando la tentación de querer medirlo todo en términos de
eficacia y de cambios comerciales, en relaciones de fuerzas y
de intereses, las personas desean hoy sustituir cada vez más
estos criterios cuantitativos con la intensidad de la comunicación, la
difusión del saber y de la cultura, el servicio recíproco,
el acuerdo para una labor común.
¿No está acaso el
verdadero progreso en el desarrollo de la conciencia moral, que
conducirá a la persona a tomar sobre sí las solidaridades
ampliadas y a abrirse libremente a los demás y a
Dios? Para cristianos y cristianas, el progreso encuentra necesariamente el
misterio escatológico de la muerte; la muerte de Cristo y
su resurrección, así como el impulso del Espíritu del Señor,
ayudan a la persona a situar su libertad creadora y
agradecida en la verdad de cualquier progreso y en la
única esperanza que no decepciona jamás (26).
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