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| Socialium scientiarum |
Carta apostólica del sumo pontífice Juan Pablo II en
forma de "Motu proprio" que instituye la academia pontificia de
ciencias sociales.
1 de Enero de 1994
Las investigaciones de las ciencias
sociales pueden contribuir de forma eficaz a la mejora de
las relaciones humanas, como demuestran los progresos realizados en los
diversos sectores de la convivencia, sobre todo a lo largo
del siglo que está a punto de terminar.
Por este
motivo, la Iglesia, siempre solícita del verdadero bien del hombre,
ha prestado constantemente gran interés a este campo de la
investigación científica, para sacar indicaciones concretas que le ayuden a
desempeñar su misión de Magisterio.
El centenario de la encíclica
Rerum novarum ha brindado la ocasión de tomar mayor conciencia
del influjo que ha ejercido ese documento para sacudir las
conciencias de los católicos y para ayudar en la búsqueda
de soluciones constructivas a los problemas planteados por la cuestión
obrera.
En la encíclica Centesimus annus, escrita para conmemorar ese centenario,
escribí que ese documento había proporcionado a la Iglesia una
especie de «carta de ciudadanía» (cf. n. 5) en las
nuevas realidades de la vida pública.
En particular, con esa
encíclica la Iglesia inició un proceso de reflexión, gracias al
cual, siguiendo una tradición que se remonta hasta el Evangelio,
se vino formando un conjunto de principios que recibió luego
el nombre de doctrina social en sentido estricto.
Así, la
Iglesia tomó conciencia de que del anuncio del Evangelio brotan
luz y fuerza para el ordenamiento de la vida de
la sociedad.
Luz, porque del mensaje evangélico la razón, guiada
por la fe, puede sacar principios decisivos para un ordenamiento
social digno del hombre. Fuerza, porque el Evangelio, aceptado mediante
la fe, no proporciona principios teóricos, sino también energías espirituales
para el cumplimiento de los deberes concretos que derivan de
esos principios.
En los últimos cien años, la Iglesia ha consolidado
gradualmente su carta de cindadanía, perfeccionando la doctrina social, siempre
en conexión estrecha con el desarrollo dinámico de la sociedad
moderna.
Cuando, cuarenta años después de la Rerum novarum, la
cuestión obrera se convirtió en una amplia cuestión social, Pío
XI, con su encíclica Quadragesimo anno, dio directrices claras para
superar la división de la sociedad en clases.
Cuando regímenes
totalitarios amenazaban la libertad y la dignidad del hombre, Pío
XI y Pío XII protestaron con mensajes enérgicos y, después
de la segunda guerra mundial, cuando gran parte de Europa
se encontraba destruida, también Pío XII, con varias intervenciones, y
luego Juan XXIII con sus encíclicas Mater et Magistra y
Pacem in terris, señalaron el camino hacia la reconstrucción social
y la consolidación de la paz.
El concilio ecuménico Vaticano
II, con la constitución pastoral Gaudium et spes, insertó el
tratado de las relaciones entre la Iglesia y el mundo
en un amplio contexto teológico y declaró que «la persona
humana es y debe ser principio, sujeto y fin de
todas las instituciones sociales» (n. 25).
En la década de
los años 70, cuando iba resultando cada vez más evidente
el drama de los países en vías de desarrollo, Pablo
VI, frente a una visión económica unilateral, con su encíclica
Populorum progressio trazó el programa para un desarrollo integral
de los pueblos.
En tiempos más recientes, con mis tres
encíclicas sociales, he tratado acerca de algunos problemas de suma
importancia para la sociedad: la dignidad del trabajo humano (Laborem
exercens), la superación de los bloques económicos y políticos (Sollicitudo
rei socialis) y tras el derrumbe del sistema del socialismo
real, la edificación de un nuevo orden nacional e internacional
(Centesimus annus).
Esta síntesis quiere demostrar que, en los últimos
cien años la Iglesia no ha renunciado a la palabra
que le corresponde -como dijo León XIII- sino que, por
el contrario, ha seguido elaborando lo que Juan XXIII llamó
la rica herencia de la doctrina social católica.
Del examen
de esos cien años de historia se puede concluir con
claridad que la Iglesia ha logrado construir el rico patrimonio
de la doctrina social católica gracias a la estrecha colaboración
con los movimientos sociales católicos y con los expertos en
ciencias sociales.
Ya León XIII había subrayado esta colaboración y
Pío XI habló con gratitud de la contribución prestada a
la elaboración de la doctrina social por los estudiosos de
esa rama de las ciencias humanas. Juan XXIII, por su
parte, en la encíclica Mater et Magistra, puso de relieve
que la doctrina social debe tratar de tener siempre en
cuenta el verdadero estado de las cosas, manteniéndose para ello
en constante diálogo con las ciencias sociales.
Por último, el
concilio ecuménico Vaticano II tomó posición claramente en favor de
la relativa «autonomía de la realidad terrena» (Gaudium et spes,
36 la cual, además de la consideración teológica, es objeto
de las ciencias sociales y de la filosofía. Esta pluralidad
de enfoques no contradice en absoluto los enunciados de la
fe.
Así pues, la Iglesia y sobre todo su doctrina
social debe tener debidamente en cuenta esa legítima autonomía.
Yo mismo,
en la encíclica Sollicitudo rei socialis, destaqué que la doctrina
social católica podrá cumplir sus objetivos en el mundo de
hoy sólo «con la ayuda de la razón y de
las ciencias humanas» (n. 1) porque, a pesar de la
validez perenne de sus principios fundamentales, está condicionada en su
actuación «por la variación de las condiciones históricas así como
por el constante flujo de los acontecimientos» (n. 3).
Por último,
con ocasión del centenario de la Rerum novarum, subrayé que,
después del derrumbe del sistema del socialismo real, la Iglesia
y la humanidad afrontan desafíos enormes.
A pesar de que
el mundo ya no se encuentra dividido en dos bloques
enemigos, ha de hacer frente a nuevas crisis económicas, sociales
y políticas que afectan a todos.
La Iglesia, pese a
que tiene conciencia de que no le compete dar respuestas
técnicas adecuadas a esos problemas, siente el deber de aportar
su contribución para la defensa de la paz y para
la construcción de una sociedad digna del hombre.
Con todo,
para hacerlo, tiene necesidad de un contacto profundo y constante
con las ciencias sociales modernas, con sus investigaciones y con
sus adelantos.
De ese modo, «entra en diálogo con las
diversas disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus aportaciones
y les ayuda a abrirse a horizontes más amplios» (Centesimus
annus, 59).
Frente a las grandes tareas que nos esperan en
el futuro, este diálogo interdisciplinar, ya entablado en el pasado,
debe renovarse ahora.
Para ello, haciendo realidad lo que anuncié
en mi discurso del día 23 de diciembre de 1991,
erijo hoy la Academia pontificia de ciencias sociales, con sede
en la Ciudad del Vaticano.
Como dicen sus Estatutos, esta
Academia es instituida «con el fin de promover el estudio
y el progreso de las ciencias sociales, económicas, políticas y
jurídicas, a la luz de la doctrina social de la
Iglesia» (art. 1).
Invocando la asistencia divina sobre la actividad
de la nueva Academia, cuyos trabajos seguiré siempre con gran
interés, imparto a todos sus miembros y colaboradores una especial
bendición apostólica.
Vaticano, 1 de enero de 1994, decimosexto año de
mi pontificado.
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