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Ecclesia In Europa
Sobre
Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para
Europa
Exhortación Apostólica Postsinodal del Sumo Pontífice Juan Pablo II
28 de junio de 2003
CONFERENCIA DE PRENSA DE PRESENTACIÓN
DE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA "ECCLESIA IN EUROPA"
INTERVENCI
ÓN DEL CARD. ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA, ARZOBISPO DE MADRID,
RELATOR DEL SÍNODO
Roma, sábado 28 de
junio de 2003
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Introducción
Como preparación para el gran jubileo del año
2000 el Santo Padre decidió celebrar diversos Sínodos de
carácter continental. El último de ellos fue el dedicado
a Europa, que tuvo lugar del 1 al 23 de
octubre de 1999. Era la II Asamblea especial para
Europa del Sínodo de los obispos, puesto que la primera
se había celebrado el año 1991, poco después de
la caída del muro de Berlín.
El tema central de
la II Asamblea fue la esperanza. Se proponía así una
palabra clave para interpretar la situación de Europa en
el paso del milenio: por un lado, está
mirando al futuro en ese proyecto de construcción de la
Unión europea y, por otro, se aprecian síntomas de
falta de verdadero sentido y de esperanza para construir
adecuadamente ese futuro.
Mas, al centrar los padres sinodales su
reflexión en la esperanza, no lo hacían proponiendo una
especie de vago sentimiento de ánimo que impulsa los proyectos
humanos; ni tampoco determinando, sin más, unas metas más
o menos utópicas para la construcción de la futura
Europa. La esperanza que mostraban tiene nombre propio y
se llama Jesucristo. Así lo decía el tema del Sínodo:
"Jesucristo, vivo en su Iglesia, y fuente de
esperanza para Europa".
Este mismo es el contenido esencial de
la Exhortación apostólica postsinodal " Ecclesia in Europa ",
que ha escrito el Santo Padre teniendo en cuenta las
deliberaciones del Sínodo y las propuestas finales que los
padres sinodales le presentaron. En efecto, hay una palabra
que atraviesa toda la Exhortación: "El evangelio de la
esperanza"; y una clave de interpretación: ese Evangelio
de la esperanza es Jesucristo, como la buena noticia
que la Iglesia puede aportar a los hombres y
mujeres de Europa, para ser felices, y a la nueva
Europa, que se pretende construir, para que tenga fundamento
sólido.
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Luces y
sombras de la esperanza
El documento sigue un hilo conductor:
el libro del Apocalipsis como icono bíblico que
ilustra nuestra realidad: en la primitiva Iglesia, como ahora,
la inserción de los cristianos en la historia, con
sus interrogantes y dificultades, está iluminada por la victoria
de Jesucristo resucitado: la construcción de la ciudad
terrena prescindiendo de Dios o contra él no tiene
futuro digno del hombre.
Partiendo de esta convicción, se mira
la realidad europea desde la perspectiva de la esperanza;
se descubren algunos signos preocupantes, que son un reto para
la acción pastoral de la Iglesia. Entre ellos cabe
mencionar los siguientes:
1) La pérdida de la memoria
y de la herencia cristiana; esta actitud convertiría a
los europeos en una especie de herederos que están a
punto de despilfarrar el rico patrimonio recibido durante los
siglos pasados.
2) El miedo a afrontar el futuro, que
se manifiesta en el vacío interior, en la escasa
natalidad, o en el miedo a asumir decisiones definitivas, como
el compromiso matrimonial o la vocación consagrada.
3)
Una generalizada fragmentación de la existencia, que tiene expresiones en
el deterioro de la familia o los rebrotes de
conflictos étnicos y actitudes racistas, con un cierto decaimiento
de la solidaridad interpersonal.
4) Algunas ofertas de esperanzas intramundanas,
como los paraísos de la ciencia, del consumismo o
de búsquedas exotéricas de espiritualidad, no pueden saciar la
imborrable nostalgia de esperanza que anida en el corazón humano.
Estos síntomas no brotan por generación espontánea, sino que tienen
su raíz en una antropología sin Dios, que pretende
convertirse en cultura dominante, dando la impresión de que
la cultura europea sería una apostasía silenciosa por parte
del hombre autosuficiente, que vive como si Dios no existiera.
Pero, junto a estas sombras, hay en Europa también signos
positivos de esperanza:
1) Por parte de la
sociedad civil está la conciencia creciente de la unificación
de Europa y de la comunidad de pueblos, a la
vez que la sensibilidad hacia la defensa de los
derechos humanos.
2) En el interior de la Iglesia se
advierten muchas semillas y realidades esperanzadoras: la libertad
de la Iglesia recuperada en Europa del Este; el
mayor empeño de la Iglesia por concentrarse en su misión
espiritual; la conciencia de la responsabilidad de los bautizados;
la mayor participación de la mujer; el testimonio de
los santos y de los mártires; la vitalidad que sigue
habiendo en las parroquias, en las organizaciones apostólicas y
en los nuevos movimientos y comunidades eclesiales, así como
el progreso en el camino del ecumenismo.
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Cristo, la respuesta y la
fuente de esperanza
Partiendo de estas realidades esperanzadoras, la Iglesia
está convencida de que tiene un tesoro que ofrecer
a Europa, en realidad su único tesoro y esperanza:
Jesucristo. Es la aportación específica y mejor que puede
hacer para la construcción de Europa. Lo sabe por
experiencia, ya que ella ha contribuido a configurar la
identidad de Europa de una manera decisiva. Si los valores
que han dado lugar a la cultura humanista de
Europa tienen múltiples raíces, estas influencias han encontrado históricamente
en el cristianismo la fuerza para armonizarlas, consolidarlas y
promoverlas.
Es preciso reconocer que "Europa ha sido impregnada amplia
y profundamente por el cristianismo". (...) "La fe cristiana
ha plasmado la cultura del continente y se ha
entrelazado indisolublemente con su historia" (n. 24). Son datos evidentes
que la Iglesia en el pasado ha aportado a
la construcción de Europa los misioneros, los monjes, creaciones
culturales y artísticas o normas de derecho y ha
promovido la dignidad de la persona humana como fuente de
derechos inalienables, además de que, con su impulso misionero,
ha difundido por el mundo los valores que han
hecho universal la cultura europea (cf. n. 25). El Santo
Padre no se cansa de recordarnos la herencia y
raíces cristianas de nuestra cultura, como lo ha hecho
recientemente en las visitas a España y a Croacia.
Pero Jesucristo no tiene que ver sólo con el pasado
de Europa. La Iglesia está convencida de que puede
dar una gran contribución a la construcción de la Europa
de los valores y de los pueblos, no ofreciendo
soluciones técnicas, sino fundamentos de valores y derechos en
la dignidad del hombre como hijo de Dios; sentido
para la vida de las personas y para los proyectos
institucionales, ofreciendo el horizonte de la trascendencia y el
destino de la vida eterna; ofrece también la Iglesia
modelos y experiencia de convivencia, porque, siendo una, respeta
la pluralidad y la riqueza de la diversidad. Cristo, presente
en su Iglesia, se ofrece así como la esperanza
para Europa.
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Vivir
y anunciar el Evangelio de la esperanza
¿Cómo será posible
hacer este servicio y ofrecer esta esperanza?
Sólo si la
Iglesia vive, anuncia, celebra y sirve al Evangelio de la
esperanza. Estos cuatro enunciados constituyen el núcleo de la
Exhortación.
En primer lugar, el Papa hace una llamada a
los católicos de Europa para que vivamos más a
fondo el Evangelio de la esperanza, es decir, para que
nos convirtamos, para que, con expresión del Apocalipsis (cf.
Ap 3, 2), despertemos y reavivemos lo que está
a punto de morir. Detecta en el interior de
la Iglesia de Europa algunos síntomas preocupantes de mundanización y
connivencia con la lógica del mundo y hace una
llamada a no perder la identidad cristiana, a recuperar
la vida interior, a mantener la comunión, a superar
temores, lentitudes, omisiones e infidelidades, y a continuar el camino
del diálogo ecuménico.
Esta llamada a la revitalización cristiana
se dirige a todos, con la convicción de que
así saldrá beneficiada la misión y el servicio a Europa.
Los sacerdotes aportarán esperanza, siendo transparencia de Cristo en
una sociedad aquejada de horizontalismo, viviendo el celibato como
una gracia y superando el cansancio y el desaliento.
La vida consagrada puede hacer una aportación específica de
esperanza a Europa con su testimonio de la primacía de
Dios, su vivencia de la fraternidad, su atención a
los marginados y su disponibilidad para la misión en
otros continentes. No olvida el Papa hacer una llamada especial
para cuidar la pastoral vocacional, ante la preocupante escasez
de vocaciones, sobre todo en Europa occidental. Los laicos,
por su parte, tienen una misión de servicio en la
vida pública, continuando el ejemplo de aquellos cristianos a
los que se ha llamado "padres de Europa", además
del testimonio de servicio en la vida ordinaria y
en las múltiples tareas del trabajo profesional. Particularmente a
la mujer le toca un papel importante en la construcción
de una sociedad donde se cuide la dimensión afectiva,
la gratuidad, la acogida. "La Iglesia espera de las
mujeres una aportación vivificadora para una nueva oleada de esperanza"
(n. 42).
En segundo lugar la Exhortación se refiere a
anunciar el Evangelio de la esperanza, a proclamar el
misterio de Cristo. Hace notar que en Europa está
creciendo el número de no bautizados y que hay "amplios
sectores sociales y culturales en los que se necesita
una verdadera y auténtica misión "ad gentes "". Para
ellos se precisa el primer anuncio de la fe. A
la vez, existen muchos bautizados alejados de la fe,
contagiados de un humanismo inmanentista o con una interpretación
secularista de la fe, que necesitan una nueva evangelización. Y,
por supuesto, hace falta formar para una fe madura
mediante una catequesis apropiada a los diversos itinerarios espirituales,
que sea orgánica y sistemática. Todo ello se verá
favorecido por la promoción de una buena teología. Especial
atención merece la renovación de la pastoral juvenil, sabiendo
que hay que dedicar tiempo de escucha, acompañamiento personal,
propuesta de las exigencias evangélicas y el camino de la
santidad fortalecidos por una vida sacramental intensa. El Papa
recuerda el significado eclesial y la esperanza que suscitan
los encuentros que ha tenido con los jóvenes en tantas
partes.
En el camino de la evangelización cobra especial
relieve el testimonio de la comunión eclesial, el diálogo
ecuménico, al que el Papa califica como "imperativo irrenunciable"
(n. 54), y también el diálogo con las otras
religiones que tienen una presencia más significativa en Europa:
el judaísmo y el islamismo. El Papa espera que
respecto al pueblo judío "florezca una nueva primavera en
las relaciones recíprocas" (n. 56) y pide una correcta relación
con el islam, que "debe llevarse a cabo con
prudencia, con ideas claras sobres sus posibilidades y límites
(...), conscientes de la notable diferencia entre la cultura
europea, con profundas raíces cristianas, y el pensamiento musulmán" (n.
57).
Se refiere finalmente el Santo Padre a la
necesidad de evangelizar la vida social. Hay que evangelizar
la cultura e inculturar el Evangelio, recordando la fecundidad
cultural del cristianismo en la historia de Europa. Y resalta
el importante servicio de las escuelas católicas, de las
universidades de la Iglesia y de la pastoral universitaria,
además de las posibilidades evangelizadoras de los bienes culturales
de la Iglesia. Exhorta también al diálogo con los
artistas de hoy, para expresar la belleza, que es un
"reflejo del Espíritu de Dios, un criptograma del misterio
y una invitación a buscar el rostro de Dios
hecho visible en Jesús de Nazaret" (n. 60). Asimismo, pide
prestar particular atención a los medios de comunicación social,
tanto a los propios de la Iglesia como a
la presencia de profesionales católicos en los demás.
Acaba
esta parte proponiendo el Evangelio como libro para la Europa
de hoy y de siempre: un libro a
recibir, a gustar y a asimilar (cf. Ap 10, 8-10).
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Celebrar y servir
al Evangelio de la esperanza
En tercer lugar, la Exhortación
habla de celebrar el Evangelio de la esperanza. Hace
observar el sentido religioso que sigue habiendo en Europa
hoy, con manifestaciones auténticas, como muchos grupos de oración, y
otras manifestaciones que, aunque estén desencaminadas, manifiestan un deseo
generallizado de espiritualidad que hay que saber encauzar. Como
objetivos, se plantean: ser una Iglesia orante y
descubrir en las celebraciones litúrgicas el sentido del misterio
y toda su hondura espiritual.
En las celebraciones de los
sacramentos se advierten dos peligros: que en algunos
ambientes eclesiales se está perdiendo el sentido auténtico de los
sacramentos y que muchas veces hay el riesgo de
trivialización porque muchos piden los sacramentos sin una debida
preparación. Presenta brevemente la centralidad de la Eucaristía, recordando
algunos de los aspectos que trata más ampliamente la
reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia , como el aspecto
sacrificial y la dimensión escatológica. Sobre el sacramento de la
Reconciliación resalta que tiene un papel fundamental en la
recuperación de la esperanza, porque el perdón posibilita un
nuevo comienzo; y recuerda la doctrina sobre la necesidad
de la confesión y de la absolución individual, además de
la urgencia de formar moralmente las conciencias.
Insiste también
en algo puesto de relieve en la carta apostólica Novo
millennio ineunte : la necesidad de una pastoral
y pedagogía de la oración, que es "como el
aire que respira el cristiano" (n. 78), cuidando sus múltiples
expresiones, tanto comunitarias como personales, desde el culto eucarístico
hasta el rezo del santo rosario.
Por último, exhorta
a recuperar y defender el "día del Señor", que es
un momento paradigmático del Evangelio de la esperanza, ya
que "sin la dimensión de la fiesta, la esperanza
no encontraría un hogar donde vivir" (n. 82).
En cuarto
lugar se refiere el Papa a servir al Evangelio de
la esperanza. Exhorta a entrar por el camino del amor,
porque una Iglesia que vive la experiencia del amor
de Dios ha de procurar que los hombres se encuentren
con ese amor. De ahí nace el servicio de
la caridad. De este modo y con el voluntariado
cristiano bien identificado en su fe, la Iglesia contribuye a
extender la "cultura de la solidaridad" con fundamento sólido.
En consecuencia, invita el Santo Padre a que la Iglesia
dé nueva esperanza a los pobres, por el amor
preferencial a ellos. Alude a varios aspectos concretos de
servicio al hombre en la sociedad: la atención al
problema del desempleo, la pastoral de enfermos, la ecología.
Y desarrolla con más amplitud tres grandes temas de
especial importancia en Europa:
1) El matrimonio y la
familia, que es preciso defenderlos como institución, frente a
propuestas y proyectos legales que desvirtúan su identidad. Para ello
hay que mostrar su verdad y belleza, educar para
el amor a los jóvenes y estar cercanos a
las situaciones familiares difíciles.
2) Defender el evangelio de la
vida frente a la escasa natalidad y las amenazas
del aborto o de la eutanasia.
3) Ante el fenómeno
creciente de las inmigraciones, fomentar una cultura de la
acogida. Ello supone trabajar por un orden internacional más justo,
idear formas de acogida inteligentes, reconocer los derechos de
las personas, integrar a los inmigrantes en el tejido
social y cultural europeo y ofrecer servicios de acogida
y atención pastoral por parte de la Iglesia, teniendo en
cuenta que muchos de ellos son católicos.
Finalmente recuerda
el Papa la doctrina social de la Iglesia, como referencia
para la calidad moral de la civilización y de
la sociedad que se trata de construir. Y hace
una llamada a que la Iglesia sea la Iglesia de
las bienaventuranzas: pobre, amiga de los pobres, constructora
de la paz y defensora de la justicia.
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Esperanza para una nueva
Europa
El libro del Apocalipsis habla de una "nueva Jerusalén"
y de que Dios hace "todo nuevo" ( Ap
21, 2. 5). Esta novedad de Dios no es una
utopía, sino una realidad ya presente en su Iglesia.
Por eso, ante la construcción de una "nueva Europa",
la Iglesia puede aportar su novedad.
Vuelve el Papa a
recordar que el cristianismo está en el nacimiento de la
cultura europea, que fue un factor primario de unidad
entre los pueblos y que "ha dado forma a
Europa acuñando en ella algunos valores fundamentales; la modernidad
europea misma, que ha dado al mundo el ideal democrático
y los derechos humanos, toma los propios valores de
su herencia cristiana" (n. 108).
Pero en estos momentos
"en que refuerza y amplia su propia unión económica y
política, parece sufrir una profunda crisis de valores; aunque
dispone de mayores medios, da la impresión de carecer
de impulso para construir un proyecto común y dar
nuevamente razones de esperanza a sus ciudadanos" ( ib .).
El Papa afirma que "la unión no tendrá solidez
si queda reducida sólo a la dimensión geográfica y
económica, pues ha de consistir ante toda en una
concordia sobre los valores, que se exprese en el derecho
y en la vida" (n. 110).
Destaca también el
papel que Europa puede desempeñar en la solidaridad y paz
del mundo, explicando que "Europa debe querer decir apertura"
(n. 111), que debe ser un continente abierto y
acogedor, que no se puede encerrar en sí misma, sino
estar abierta a la cooperación internacional, con iniciativas
audaces, haciendo que la globalización sea en la solidaridad y
de la solidaridad.
Alude al importante papel de las
instituciones europeas para promover la unidad del continente y
el servicio de las personas. Insiste en que un buen
ordenamiento de la sociedad debe basarse en valores éticos
y que esos valores están en primer lugar en
los cuerpos sociales, entre los que están las Iglesias
y otras organizaciones religiosas, a las que no se les
puede considerar como meras entidades privadas.
Pide que en
la futura Constitución europea figure la referencia al patrimonio
religioso y particularmente cristiano, y que se reconozcan tres elementos
complementarios: el derecho de las Iglesias y comunidades
religiosas a organizarse libremente; el respeto a la identidad
específica de las confesiones religiosas; el respeto del estatuto
jurídico del que ya gozan las Iglesias y las
instituciones religiosas en virtud de las legislaciones de los Estados
miembros de la Unión (cf. n. 114).
El Papa
afirma que la relación de la Iglesia con Europa no
es la de la vuelta a un Estado confesional,
pero tampoco la de un laicismo o separación hostil, sino
de sana cooperación. La contribución que la Iglesia puede
dar a la construcción de Europa es la dimensión
religiosa, según todo lo expuesto en los capítulos centrales
de la Exhortación; ofrece también su modelo de unidad en
la diversidad y aporta todo el trabajo de sus
comunidades en un compromiso efectivo por humanizar la sociedad,
además de sus organismos continentales de comunión eclesial, que
también contribuyen a la unidad de Europa. También reconoce que
la Europa que se construye como unión es un
nuevo impulso en el camino de la unidad de
la Iglesia.
Por último, Juan Pablo II insiste en que
"Europa necesita un salto cualitativo en la toma de
conciencia de su herencia espiritual" (n. 120) y, como ya
hiciera en Santiago de Compostela el año 1982, vuelve
ahora a pedir a Europa que reencuentre su verdadera
identidad: "Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre
tus orígenes. Aviva tus raíces" ( ib. ). Y acaba
diciéndole que "el Evangelio no está contra ti, sino
a tu favor" (n. 121); que "en el Evangelio
de Jesús encontrarás la esperanza firme y duradera a que
aspiras" y que "el Evangelio de la esperanza no
defrauda" ( ib .).
Concluye la Exhortación mirando a María
e invocando su protección sobre Europa, que está llena
de santuarios marianos, que muestran la devoción a la Virgen
extendida entre los pueblos europeos.
Si te interesa
tener el documento completo en su versión para imprimir, puedes
descargarlo en tu escritorio dando un click
aquí.
Índice General
Introducción
Un gozoso
anuncio para Europa
Un segundo Sínodo
para Europa
La experiencia del Sínodo
El Apocalipsis como icono
CAPÍTULO I JESUCRISTO ES NUESTRA ESPERANZA « No
temas, soy yo, el Primero y el Último, el que
vive » (Ap 1, 17-18)
I.
Retos y signos de esperanza para la Iglesia en Europa
II. Volver a Cristo, fuente de
toda esperanza
CAPÍTULO II EL EVANGELIO
DE LA ESPERANZA CONFIADO A LA IGLESIA DEL NUEVO MILENIO
« Ponte en vela, reanima lo que te queda y
está a punto de morir » (Ap 3, 2)
I. El Señor llama a la conversión
II. Toda la Iglesia enviada en
misión
CAPÍTULO III ANUNCIAR EL EVANGELIO
DE LA ESPERANZA « Toma el librito que está abierto
[...] devóralo » (Ap 10, 8.9)
I. Proclamar el misterio de Cristo
II. Testimoniar en la unidad y en el diálogo
III. Evangelizar la vida social
CAPÍTULO IV CELEBRAR EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
« Al que está sentado en el trono y al
Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de
los siglos » (Ap 5, 13)
I. Descubrir la liturgia
II. Celebrar
los Sacramentos
CAPÍTULO V SERVIR AL
EVANGELIO DE LA ESPERANZA « Conozco tu conducta: tu caridad,
tu fe, tu espíritu de servicio, tu paciencia » (Ap
21, 2)
I. El servicio de
la caridad
II. Servir al hombre
en la sociedad
III. ¡Optemos por
la caridad!
CAPÍTULO VI EL EVANGELIO
DE LA ESPERANZA PARA UNA NUEVA EUROPA « Vi la
Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo »
(Ap 21, 2)
I. La vocación
espiritual de Europa
II. La construcción
europea
CONCLUSIÓN CONSAGRACIÓN A MARÍA «
Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida
del sol » (Ap 12, 1)
La mujer, el dragón y el niño
Oración a María, madre de la esperanza
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Ecclesia In Europa
Sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y
fuente de esperanza para Europa
Exhortación Apostólica Postsinodal del Sumo
Pontífice Juan Pablo II
28 de junio de 2003
INTRODUCCIÓN
Un gozoso anuncio para Europa
1. La Iglesia en Europa ha acompañado con sentimientos de
cercanía a sus Obispos reunidos por segunda vez en
Sínodo, mientras estaban dedicados a meditar en Jesucristo vivo
en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa .
Es
un tema que también yo, recordando con mis hermanos Obispos
las palabras de la Primera Carta de san Pedro,
deseo proclamar a todos los cristianos de Europa al
comienzo del tercer milenio. « No les tengáis ningún
miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al
Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar
respuesta a todo el que os pida razón de vuestra
esperanza » (3, 14-15). (1)
Esta exhortación ha tenido
eco continuamente durante el Gran Jubileo del año dos
mil, con el cual el Sínodo, celebrado inmediatamente antes, ha
estado en estrecha relación, como una puerta abierta hacia
él. (2)El Jubileo ha sido « un canto
de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad »,
un auténtico « camino de reconciliación »
y un « signo de la genuina esperanza
para quienes miran a Cristo y a su Iglesia
». (3)Al dejarnos en herencia la alegría del encuentro
vivificante con Cristo, que « es el mismo,
ayer, hoy y siempre » (cf. Hb 13, 8),
nos ha presentado al Señor Jesús como único e
indefectible fundamento de la verdadera esperanza.
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Un segundo Sínodo para Europa
2.
La profundización en el tema de la esperanza fue desde
el principio el objetivo principal de la II Asamblea
Especial para Europa del Sínodo de los Obispos. Era
el último de la serie de Sínodos de carácter continental
celebrados como preparación para el Gran Jubileo del año
dos mil (4)y tenía como objetivo analizar la situación de
la Iglesia en Europa y ofrecer indicaciones para promover
un nuevo anuncio del Evangelio, como subrayé en la
convocatoria que anuncié públicamente el 23 de junio de 1996,
al final de la Eucaristía celebrada en el Estadio
Olímpico de Berlín. (5)
La Asamblea sinodal no podía dejar de
referirse, evaluar y desarrollar lo que se había puesto
de relieve en el Sínodo anterior dedicado a Europa y
celebrado en 1991, apenas después de la caída del
muro, sobre el tema « Para ser testigos
de Cristo que nos ha liberado ». Aquella primera
Asamblea puso de relieve la urgencia y la necesidad
de la « nueva evangelización », consciente de
que « Europa, hoy, no debe apelar simplemente
a su herencia cristiana anterior; hay que alcanzar de
nuevo la capacidad de decidir sobre el futuro de Europa
en un encuentro con la persona y el mensaje
de Jesucristo ». (6)
Transcurridos nueve años, se ha considerado,
con toda su fuerza estimulante, que « la
Iglesia tiene la tarea urgente de aportar, de nuevo, a
los hombres de Europa el anuncio liberador del Evangelio
». (7)El tema elegido para la nueva Asamblea sinodal reiteró
el mismo reto, esta vez desde la perspectiva de
la esperanza. Se trataba, pues, de proclamar esta exhortación
a la esperanza a una Europa que parecía haberla perdido.
(8)
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La experiencia
del Sínodo
3. La Asamblea sinodal, celebrada del 1 al
23 de octubre de 1999, ha sido una preciosa oportunidad
de encuentro, escucha y confrontación: se ha profundizado en
el conocimiento mutuo entre Obispos de diversas partes de Europa
y con el Sucesor de Pedro y, todos juntos,
hemos podido edificarnos recíprocamente, sobre todo gracias a los
testimonios de aquellos que han soportado duras y prolongadas
persecuciones a causa de la fe bajo los regímenes
totalitarios pasados. (9)Hemos vivido una vez más momentos de comunión
en la fe y en la caridad, animados por
el deseo de realizar un fraterno « intercambio
de dones » y enriquecidos mutuamente con las diversas
experiencias de cada uno. (10 )
De todo ello ha
surgido el deseo de acoger la llamada que el Espíritu
dirige a las Iglesias en Europa para que se
comprometan ante los nuevos desafíos. (11 )Con una mirada llena
de amor , los participantes en el encuentro sinodal
han examinado sin reparos la realidad actual del Continente ,
constatando en ella luces y sombras. Se ha llegado
a la clara convicción de que la situación está
marcada por graves incertidumbres en el campo cultural, antropológico, ético
y espiritual. Asimismo, se ha ido afirmando con nitidez
una creciente voluntad de ahondar e interpretar esta situación, con
el fin de descubrir las tareas que le esperan
a la Iglesia: se han propuesto « orientaciones
útiles para que el rostro Cristo sea cada vez más
visible a través de un anuncio más eficaz, corroborado
por un testimonio coherente ». (12 )
4. Al vivir
la experiencia sinodal con discernimiento evangélico, ha madurado cada
vez más la conciencia de la unidad que, sin negar
las diferencias derivadas de las vicisitudes históricas, aglutina las
diversas partes de Europa. Una unidad que, hundiendo sus
raíces en la común inspiración cristiana, sabe articular las
diferentes tradiciones culturales y exige un camino constante de
conocimiento mutuo, tanto en lo social como en lo eclesial,
que esté abierto a compartir mejor los valores de
cada uno.
En el transcurso del Sínodo, paulatinamente se ha
ido notando un gran impulso hacia la esperanza .
Aun aceptando los análisis sobre la complejidad que caracteriza
el Continente, los Padres sinodales se han percatado de que,
tal vez, lo más crucial, en el Este como
en el Oeste, es su creciente necesidad de esperanza
que pueda dar sentido a la vida y a la
historia, y permita caminar juntos. Todas las reflexiones del
Sínodo se han orientado a dar respuesta a esta
necesidad, partiendo del misterio de Cristo y del misterio trinitario
. El Sínodo ha presentado de nuevo la figura
de Jesús, que vive en su Iglesia y es revelador
del Dios Amor, que es comunión de las tres Personas
divinas.
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El
Apocalipsis como icono
5. Con la presente Exhortación postsinodal, me
complace compartir con la Iglesia en Europa los frutos
de esta II Asamblea Especial para Europa del Sínodo
de los Obispos. Quiero satisfacer así el deseo manifestado al
final de la reunión sinodal, cuando los Pastores me
han entregado el texto de sus reflexiones, junto con
la petición de ofrecer a la Iglesia peregrina en Europa
un documento sobre el mismo tema del Sínodo. (13
)
« El que tenga oídos, oiga lo que el
Espíritu dice a las Iglesias » (Ap 2, 7).
Al anunciar a Europa el Evangelio de la esperanza, sigo
como guía el libro del Apocalipsis , «
revelación profética » que desvela a la comunidad
creyente el sentido escondido y profundo de los acontecimientos
(cf. Ap 1, 1). El Apocalipsis nos pone ante una
palabra dirigida a las comunidades cristianas para que sepan
interpretar y vivir su inserción en la historia, con
sus interrogantes y sus penas, a la luz de la
victoria definitiva del Cordero inmolado y resucitado. Al mismo
tiempo, nos hallamos ante una palabra que compromete a
vivir abandonando la insistente tentación de construir la ciudad
de los hombres prescindiendo de Dios o contra Él. En
efecto, si esto llegara a suceder, sería la convivencia
humana misma la que, antes o después, experimentaría una
derrota irremediable.
El Apocalipsis trata de alentar a los creyentes:
más allá de toda apariencia, y aunque no vean
aún los resultados, la victoria de Cristo ya se ha
realizado y es definitiva. Esto es una orientación para
afrontar los acontecimientos humanos con una actitud de fundamental
confianza, que surge de la fe en el Resucitado,
presente y activo en la historia.
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CAPÍTULO I
JESUCRISTO ES NUESTRA ESPERANZA
« No temas, soy yo, el Primero y el
Último, el que vive » (Ap 1, 17-18)
El Resucitado está siempre con nosotros
6. En la época
del autor del Apocalipsis, tiempo de persecución, tribulación y
desconcierto para la Iglesia (cf. Ap 1, 9), en la
visión se proclama una palabra de esperanza: «
No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el
que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por
los siglos de los siglos, y tengo las llaves
de la Muerte y del Hades » ( Ap
1, 17-18). Estamos ante el Evangelio, « la
Buena nueva », que es Jesucristo mismo . Él
es el Primero y el Último: en Él comienza,
tiene sentido, orientación y cumplimiento toda la historia; en
Él y con Él, en su muerte y resurrección, ya
se ha dicho todo. Es el que vive: murió,
pero ahora vive para siempre. Él es el Cordero
que está de pie en medio del trono de Dios
(cf. Ap 5, 6): es inmolado , porque ha derramado
su sangre por nosotros en el madero de la
cruz; está en pie , porque ha vuelto para siempre
a la vida y nos ha mostrado la omnipotencia
infinita del amor del Padre. Tiene firme en sus manos
las siete estrellas (cf. Ap 1, 16), es decir, la
Iglesia de Dios perseguida, en lucha contra el mal
y contra el pecado, pero que tiene igualmente derecho a
sentirse alegre y victoriosa, porque está en manos de
Quien ya ha vencido el mal. Camina entre los siete
candeleros de oro (Ap 2, 1): está presente y
actúa en su Iglesia en oración. Él es también el
que « va a venir » (cf. Ap
1,4) por medio de la misión y la acción de
la Iglesia a lo largo de la historia humana;
viene al final de los tiempos, como segador escatológico,
para dar cumplimento a todas las cosas (cf. Ap 14,
15- 16; 22, 20).
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I. Retos y signos de esperanza
para la
Iglesia en Europa
El oscurecimiento de la esperanza
7. Esta
palabra se dirige hoy también a las Iglesias en Europa,
afectadas a menudo por un oscurecimiento de la esperanza
. En efecto, la época que estamos viviendo, con
sus propios retos, resulta en cierto modo desconcertante. Tantos
hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y
muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay
numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio,
perturban el horizonte del Continente europeo que, «
aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y
en un clima de convivencia indudablemente más libre y
más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua
y reciente, ha producido en las fibras más profundas
de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión ». (14
)
Entre los muchos aspectos indicados con ocasión del Sínodo, (15
)quisiera recordar la pérdida de la memoria y de la
herencia cristianas , unida a una especie de agnosticismo
práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos
europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y
como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a
lo largo de la historia. Por eso no han
de sorprender demasiado los intentos de dar a Europa
una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular,
su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los
pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco
vivificado por la savia del cristianismo.
En el Continente europeo
no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de la presencia cristiana,
pero éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo,
corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del
pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico
en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir
la propia fe en Jesús en un contexto social y
cultural en que el proyecto de vida cristiano se
ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos
es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene
la impresión de que lo obvio es no creer, mientras
que creer requiere una legitimación social que no es
indiscutible ni puede darse por descontada.
8. Esta pérdida de
la memoria cristiana va unida a un cierto miedo en
afrontar el futuro . La imagen del porvenir que
se propone resulta a menudo vaga e incierta. Del
futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre
otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a
muchas personas y la pérdida del sentido de la
vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial
pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la
natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a
la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo,
a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el
matrimonio.
Se está dando una difusa fragmentación de la existencia;
prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones
y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado
de cosas, la situación europea actual experimenta el grave
fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del
concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de
conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las
mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí
mismos a las personas y los grupos, el crecimiento
de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de
los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización
que se está produciendo, en vez de llevar a
una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir
una lógica que margina a los más débiles y aumenta
el número de los pobres de la tierra.
Junto
con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento creciente
de la solidaridad interpersonal: mientras las instituciones asistenciales
realizan un trabajo benemérito, se observa una falta del sentido
de solidaridad, de manera que muchas personas, aunque no
carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más
solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo
afectivo.
9. En la raíz de la pérdida de la
esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología
sin Dios y sin Cristo . Esta forma de pensar
ha llevado a considerar al hombre como «
el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así
falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es
el hombre el que hace a Dios, sino que
es Dios quien hace al hombre. El olvido de
Dios condujo al abandono del hombre », por lo
que, « no es extraño que en este
contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre
desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en
la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo
y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la
existencia diaria ». (16 )La cultura europea da
la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte
del hombre autosuficiente que vive como si Dios no
existiera.
En esta perspectiva surgen los intentos, repetidos también últimamente,
de presentar la cultura europea prescindiendo de la aportación
del cristianismo, que ha marcado su desarrollo histórico y
su difusión universal. Asistimos al nacimiento de una nueva
cultura , influenciada en gran parte por los medios de
comunicación social, con características y contenidos que a menudo
contrastan con el Evangelio y con la dignidad de
la persona humana. De esta cultura forma parte también
un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un
relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus
raíces en la pérdida de la verdad del hombre
como fundamento de los derechos inalienables de cada uno.
Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a
veces en las formas preocupantes de lo que se
puede llamar una « cultura de muerte ».
(17 )
La imborrable nostalgia de la esperanza
10. Pero, como
han subrayado los Padres sinodales, « el hombre no puede
vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia,
se convertiría en insoportable ». (18 )Frecuentemente, quien
tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades
efímeras y frágiles. De este modo la esperanza , reducida
al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por
ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y
la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con
la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo
o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes,
con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de
las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas
de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New
Age .(19 )
Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio
e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que
el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí.
De este modo permanecen y se agudizan los signos preocupantes
de la falta de esperanza, que a veces se
manifiesta también bajo formas de agresividad y violencia. (20
)
Signos de esperanza
11. Ningún ser humano puede vivir sin
perspectivas de futuro. Mucho menos la Iglesia, que vive
de la esperanza del Reino que viene y que ya
está presente en este mundo. Sería injusto no reconocer
los signos de la influencia del Evangelio de Cristo
en la vida de la sociedad. Los Padres sinodales los
han especificado y subrayado.
Entre estos signos se ha
de mencionar la recuperación de la libertad de la
Iglesia en Europa del Este, con las nuevas posibilidades de
actividad pastoral que se han abierto para ella; el
que la Iglesia se concentre en su misión espiritual
y en su compromiso de vivir la primacía de la
evangelización incluso en sus relaciones con la realidad social
y política; la creciente toma de conciencia de la
misión propia de todos los bautizados, con la variedad y
complementariedad de sus dones y tareas; la mayor presencia
de la mujer en las estructuras y en los
diversos ámbitos de la comunidad cristiana.
Una comunidad de pueblos
12. Considerando Europa como comunidad civil, no faltan signos que
dan lugar a la esperanza: en ellos, aun entre
las contradicciones de la historia, podemos percibir con una
mirada de fe la presencia del Espíritu de Dios
que renueva la faz de la tierra. Los Padres sinodales
los han descrito así al final de sus trabajos:
« Comprobamos con alegría la creciente apertura recíproca de
los pueblos, la reconciliación entre naciones durante largo tiempo
hostiles y enemigas, la ampliación progresiva del proceso unitario
a los países del Este europeo. Reconocimientos, colaboraciones e
intercambios de todo tipo se están llevando a cabo, de
forma que, poco a poco, se está creando una
cultura, más aún, una conciencia europea , que esperamos
pueda suscitar, especialmente entre los jóvenes, un sentimiento de
fraternidad y la voluntad de participación. Registramos como positivo el
hecho de que todo este proceso se realiza según
métodos democráticos , de manera pacífica y con un
espíritu de libertad , que respeta y valora las
legítimas diversidades, suscitando y sosteniendo el proceso de unificación de
Europa . Acogemos con satisfacción lo que se ha
hecho para precisar las condiciones y las modalidades del
respeto de los derechos humanos . Por último, en
el contexto de la legítima y necesaria unidad económica y
política de Europa, mientras registramos los signos de la
esperanza que ofrece la consideración dada al derecho y
a la calidad de la vida , deseamos vivamente
que, con fidelidad creativa a la tradición humanista y cristiana
de nuestro continente, se garantice la supremacía de los
valores éticos y espirituales ». (21 )
Los mártires y
los testigos de la fe
13. Pero quiero llamar la
atención particularmente sobre algunos signos surgidos en el ámbito
específicamente eclesial. Ante todo, con los Padres sinodales, quiero
proponer a todos, para que nunca se olvide, el gran
signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de
la fe cristiana que ha habido en el último
siglo, tanto en el Este como en el Oeste. Ellos
han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad
y persecución, frecuentemente hasta el testimonio supremo de la
sangre.
Estos testigos, especialmente los que han afrontado el martirio,
son un signo elocuente y grandioso que se nos
pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de
la Iglesia; son para ella y la humanidad como una
luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la
luz de Cristo; al pertenecer a diversas confesiones cristianas,
brillan asimismo como signo de esperanza para el camino
ecuménico, por la certeza de que su sangre es «
también linfa de unidad para la Iglesia
». (22 )
Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es
la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza: «
En efecto, los mártires anuncian este Evangelio y
lo testimonian con su vida hasta la efusión de su
sangre, porque están seguros de no poder vivir sin
Cristo y están dispuestos a morir por Él, convencidos
de que Jesús es el Dios y el Salvador del
hombre y que, por tanto, sólo en Él encuentra el
hombre la plenitud verdadera de la vida. De este
modo, según la exhortación del apóstol Pedro, se muestran
preparados para dar razón de su esperanza (cf. 1 Pe
3, 15). Los mártires, además, celebran el “Evangelio de
la esperanza”, porque el ofrecimiento de su vida es
la manifestación más radical y más grande del sacrificio
vivo, santo y agradable a Dios, que constituye el verdadero
culto espiritual (cf. Rm 12, 1), origen, alma y
cumbre de toda celebración cristiana. Ellos, por fin, sirven
al “Evangelio de la esperanza”, porque con su martirio
expresan en sumo grado el amor y el servicio al
hombre, en cuanto demuestran que la obediencia a la
ley evangélica genera una vida moral y una convivencia
social que honra y promueve la dignidad y la libertad
de cada persona ». (23 )
La santidad de
muchos
14. Fruto de la conversión realizada por el Evangelio
es la santidad de tantos hombres y mujeres de nuestro
tiempo. No sólo de los que así han sido
proclamados oficialmente por la Iglesia, sino también de los que,
con sencillez y en la existencia cotidiana, han dado
testimonio de su fidelidad a Cristo. ¿Cómo no pensar
en los innumerables hijos de la Iglesia que, a lo
largo de la historia del Continente europeo, han vivido
una santidad generosa y auténtica de forma oculta en
la vida familiar, profesional y social? « Todos ellos,
como “piedras vivas”, unidas a Cristo “piedra angular”, han
construido Europa como edificio espiritual y moral, dejando a la
posteridad la herencia más preciosa. Nuestro Señor Jesucristo lo
había prometido: “El que crea en mí, hará él
también las obras que yo hago, y las hará
mayores aún, porque yo voy al Padre” ( Jn 14,
12). Los santos son la prueba viva del cumplimiento
de esta promesa, y nos animan a creer que ello
es posible también en los momentos más difíciles de
la historia ». (24 )
La parroquia y los movimientos
eclesiales
15. El Evangelio sigue dando sus frutos en las
comunidades parroquiales, en las personas consagradas, en las asociaciones
de laicos, en los grupos de oración y apostolado,
en muchas comunidades juveniles, así como también a través
de la presencia y difusión de nuevos movimientos y realidades
eclesiales. En efecto, el mismo Espíritu sabe suscitar en
cada uno de ellos una renovada entrega al Evangelio,
disponibilidad generosa al servicio, vida cristiana caracterizada por el
radicalismo evangélico y el impulso misionero.
Todavía hoy en Europa,
tanto en los Países postcomunistas como en Occidente, la parroquia
, si bien necesita una renovación constante, (25 )sigue conservando
y ejerciendo su misión indispensable y de gran actualidad
en el ámbito pastoral y eclesial. Es capaz de ofrecer
a los fieles un espacio para el ejercicio efectivo
de la vida cristiana y es lugar también de
auténtica humanización y socialización, tanto en un contexto de dispersión
y anonimato, propio de las grandes ciudades modernas, como
en zonas rurales con escasa población. (26 )
16. Al
mismo tiempo, mientras expreso junto con los Padres sinodales mi
gran estima por la presencia y la acción de
muchas asociaciones y organizaciones apostólicas y, en particular, de
la Acción Católica, deseo hacer notar la contribución específica
que, en comunión con las otras realidades eclesiales y
nunca de manera aislada, pueden ofrecer los nuevos movimientos y
las nuevas comunidades eclesiales . En efecto, éstos últimos
« ayudan a los cristianos a vivir más
radicalmente según el Evangelio; son cuna de diversas vocaciones y
generan nuevas formas de consagración; promueven sobre todo la
vocación de los laicos y la llevan a manifestarse
en los diversos ámbitos de la vida; favorecen la
santidad del pueblo; pueden ser anuncio y exhortación para quienes,
de otra manera, no se encontrarían con la Iglesia;
con frecuencia apoyan el camino ecuménico y abren cauces
para el diálogo interreligioso; son un antídoto contra la
difusión de las sectas; son una gran ayuda para difundir
vivacidad y alegría en la Iglesia ». (27
)
El camino ecuménico
17. Damos gracias a Dios por el
destacado y alentador signo de esperanza que son los
progresos logrados por el camino ecuménico siguiendo las directrices
de la verdad, la caridad y la reconciliación.
Es uno
de los grandes dones del Espíritu Santo a un Continente
como el europeo, que dio origen a las graves
divisiones entre los cristianos en el segundo milenio y
que todavía sufre mucho por sus consecuencias.
Recuerdo con emoción
algunos momentos muy intensos experimentados durante los trabajos sinodales
y la convicción unánime, expresada también por los Delegados
Fraternos, de que este camino – no obstante los problemas
aún pendientes y los nuevos que van surgiendo –
no se debe interrumpir, sino que ha de continuar con
renovado ardor, con más profunda determinación y con la
humilde disponibilidad de todos al perdón recíproco. Me complace
hacer mías algunas expresiones de los Padres sinodales, puesto
que « el progreso en el diálogo ecuménico, que
tiene su fundamento más profundo en el Verbo mismo
de Dios, representa un signo de gran esperanza para
la Iglesia de hoy. En efecto, el crecimiento de la
unidad entre los cristianos enriquece mutuamente a todos
». (28 )Hace falta « fijarse con alegría en
los progresos conseguidos hasta ahora en el diálogo, sea
con los hermanos de las Iglesias ortodoxas, sea con los
de las comunidades eclesiales procedentes de la Reforma, reconociendo
en ellos un signo de la acción del Espíritu,
por la cual se ha de alabar y dar gracias
a Dios ». (29 )
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II. Volver a Cristo, fuente de
toda esperanza
Confesar nuestra fe
18. En la Asamblea sinodal
se ha consolidado la certeza, clara y apasionada, de
que la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien
más precioso y que nadie más puede darle: la
fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda,
(30 )don que está en el origen de la unidad
espiritual y cultural de los pueblos europeos, y que
todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación
esencial a su desarrollo e integración. Sí, después de
veinte siglos, la Iglesia se presenta al principio del
tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que
es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él,
y en ningún otro, podemos salvarnos (cf. Hch 4,
12). La fuente de la esperanza, para Europa y el
mundo entero, es Cristo, y « la Iglesia
es el canal a través del cual pasa y se
difunde la ola de gracia que fluye del Corazón
traspasado del Redentor ». (31 )
En base a esta
confesión de fe brota de nuestro corazón y de nuestros
labios « una alegre confesión de esperanza: ¡tú,
Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza siempre nueva
de la Iglesia y de la humanidad; tú eres la
única y verdadera esperanza del hombre y de la
historia; tú eres entre nosotros “la esperanza de la
gloria” ( Col 1, 27) ya en esta vida y
también más allá de la muerte! En ti y
contigo podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido,
la comunión es posible, la diversidad puede transformarse en
riqueza, la fuerza del Reino ya está actuando en
la historia y contribuye a la edificación de la ciudad
del hombre, la caridad da valor perenne a los
esfuerzos de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico,
la vida vencerá a la muerte y lo creado
participará de la gloria de los hijos de Dios
». (32 )
Jesucristo nuestra esperanza
19. Jesucristo, el Verbo eterno
de Dios que está en el seno del Padre desde
siempre (cf. Jn 1, 18), es nuestra esperanza porque
nos ha amado hasta el punto de asumir en
todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de
nuestra vida para salvarnos. La confesión de esta verdad está
en el corazón mismo de nuestra fe. La pérdida
de la verdad sobre Jesucristo, o su incomprensión, impiden
ahondar en el misterio mismo del amor de Dios y
de la comunión trinitaria. (33 )
Jesucristo es nuestra esperanza
porque revela el misterio de la Trinidad . Éste
es el centro de la fe cristiana, que puede ofrecer
todavía una gran aportación, como lo ha hecho hasta
ahora, a la edificación de estructuras que, inspirándose en
los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan
la vida, la historia y la cultura de los diversos
pueblos del Continente.
Múltiples son las raíces ideales que
han contribuido con su savia al reconocimiento del valor
de la persona y de su dignidad inalienable, del carácter
sagrado de la vida humana y el papel central
de la familia, de la importancia de la educación y
la libertad de opinión, de palabra, de religión, así
como también a la tutela legal de los individuos
y los grupos, a la promoción de la solidaridad y
el bien común, al reconocimiento de la dignidad del
trabajo. Tales raíces han favorecido que el poder político
esté sujeto a la ley y al respeto de los
derechos de la persona y de los pueblos. A
este propósito se han de recordar el espíritu de la
Grecia antigua y de la romanidad, las aportaciones de
los pueblos celtas, germanos, eslavos, ugrofineses, de la cultura
hebrea y del mundo islámico. Sin embargo, se ha
de reconocer que estas influencias han encontrado históricamente en la
tradición judeocristiana una fuerza capaz de armonizarlas, consolidarlas y
promoverlas. Se trata de un hecho que no se
puede ignorar; por el contrario, en el proceso de
construcción de la « casa común europea »,
debe reconocerse que este edificio ha de apoyarse también
sobre valores que encuentran en la tradición cristiana su
plena manifestación. Tener esto en cuenta beneficia a todos.
La Iglesia « no posee título alguno para expresar
preferencias por una u otra solución institucional o constitucional
» de Europa y coherentemente, por tanto, quiere
respetar la legítima autonomía del orden civil. (34 )Sin embargo,
tiene la misión de avivar en los cristianos de Europa
la fe en la Trinidad, sabiendo que esta fe
es precursora de auténtica esperanza para el Continente.
Muchos
de los grandes paradigmas de referencia antes indicados, que son
la base de la civilización europea, hunden sus raíces
últimas en la fe trinitaria. Ésta contiene un extraordinario
potencial espiritual, cultural y ético, capaz, entre otras cosas,
de iluminar algunas grandes cuestiones que hoy se debaten en
Europa, como la disgregación social y la pérdida de
una referencia que dé sentido a la vida y
a la historia. De ello se desprende la necesidad de
una renovada meditación teológica, espiritual y pastoral sobre el
misterio trinitario. (35 )
20. Las Iglesias particulares en Europa
no son meras entidades u organizaciones privadas. En realidad,
actúan con una dimensión institucional específica que merece ser
valorada jurídicamente, en el pleno respeto del justo ordenamiento
civil. Al reflexionar sobre sí mismas, las comunidades cristianas
han de reconocerse como un don con el que Dios
enriquece a los pueblos que viven en el Continente.
Éste es el anuncio gozoso que han de llevar a
todas las personas. Profundizando su propia dimensión misionera, deben
dar constantemente testimonio de que Jesucristo « es
el único mediador y portador de salvación para la
humanidad entera: sólo en Él la humanidad, la historia y
el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se
realizan totalmente; Él tiene en sí mismo, en sus
hechos y en su persona, las razones definitivas de la
salvación; no sólo es un mediador de salvación, sino
la fuente misma de la salvación ». (36
)
En el contexto del pluralismo ético y religioso actual que
caracteriza cada vez más a Europa, es necesario, pues,
confesar y proponer la verdad de Cristo como único
Mediador entre Dios y los hombres y único Redentor del
mundo. Por tanto –como he hecho al final de
la asamblea sinodal–, con toda la Iglesia, invito a
mis hermanos y hermanas en la fe a abrirse constantemente
con confianza a Cristo y a dejarse renovar por
Él, anunciando con el vigor de la paz y el
amor a todas las personas de buena voluntad, que
quien encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la
Vida y reconoce el Camino que conduce a ella (cf.
Jn 14, 6; Sal 16 [15], 11). Por el tenor
de vida y el testimonio de la palabra de
los cristianos, los habitantes de Europa podrán descubrir que Cristo
es el futuro del hombre. En efecto, en la
fe de la Iglesia « no hay bajo el
cielo otro nombre dado a los hombres por el
que debamos salvarnos » ( Hch 4, 12). (37
)
21. Para los creyentes, Jesucristo es la esperanza de toda
persona porque da la vida eterna . Él es «
la Palabra de vida » ( 1 Jn
1, 1), venido al mundo para que los hombres
« tengan la vida y la tengan en abundancia
» ( Jn 10, 10). Así nos enseña cómo
el verdadero sentido de la vida del hombre no
queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre
a la eternidad. La misión de cada Iglesia particular
en Europa es tener en cuenta la sed de verdad
de toda persona y la necesidad de valores auténticos
que animen a los pueblos del Continente. Ha de
proponer con renovada energía la novedad que la anima. Se
trata de emprender una articulada acción cultural y misionera,
enseñando con obras y argumentos convincentes cómo la nueva
Europa necesita descubrir sus propias raíces últimas. En este contexto,
los que se inspiran en los valores evangélicos tienen
un papel esencial que desempeñar, relacionado con el sólido
fundamento sobre el cual se ha de edificar una
convivencia más humana y más pacífica porque es respetuosa de
todos y de cada uno.
Es preciso que las
Iglesias particulares en Europa sepan devolver a la esperanza
su dimensión escatológica originaria. (38 )En efecto, la verdadera esperanza
cristiana es teologal y escatológica, fundada en el Resucitado,
que vendrá de nuevo como Redentor y Juez, y que
nos llama a la resurrección y al premio eterno.
Jesucristo vivo en la Iglesia
22. Mirando a Cristo, los
pueblos europeos podrán hallar la única esperanza que puede
dar plenitud de sentido a la vida. También hoy lo
pueden encontrar, porque Jesús está presente, vive y actúa
en su Iglesia: Él está en la Iglesia y
la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Ga
3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5). En ella,
por el don del Espíritu Santo, continúa sin cesar
su obra salvadora. (39 )
Con los ojos de la fe
podemos ver la misteriosa acción de Jesús en los
diversos signos que nos ha dejado. Está presente, ante todo,
en la Sagrada Escritura, que habla de Él en
todas sus páginas (cf. Lc 24, 27.44-47). Pero de una
manera verdaderamente única está presente en las especies eucarísticas.
Esta « presencia se llama “real”, no por
exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por
antonomasia, ya que es sustancial , ya que por
ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre,
entero e íntegro ». (40 )En efecto, en la
Eucaristía « se contiene verdadera, real y sustancialmente,
el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y
la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende,
Cristo entero ». (41 )« Verdaderamente la Eucaristía
es mysterium fidei , misterio que supera nuestro pensamiento
y puede ser acogido sólo en la fe ».
(42 )También es real la presencia de Jesús en las
otras acciones litúrgicas que, en su nombre, celebra la
Iglesia. Así ocurre en los Sacramentos, acciones de Cristo,
que Él realiza a través de los hombres. (43 )
Jesús
está verdaderamente presente también en el mundo de otros modos,
especialmente en sus discípulos que, fieles al doble mandamiento
de la caridad, adoran a Dios en espíritu y
en verdad (cf. Jn 4, 24), y testimonian con
la vida el amor fraterno que los distingue como seguidores
del Señor (cf. Mt 25, 31-46; Jn 13, 35; 15,
1-17). (44 )
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CAPÍTULO II
EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA CONFIADO A LA
IGLESIA DEL NUEVO MILENIO
« Ponte en vela, reanima
lo que te queda
y está a punto de morir
» (Ap 3, 2)
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I. El Señor llama a la conversión
Jesús se dirige a nuestras Iglesias
23. « Esto
dice el que tiene las siete estrellas en su mano
derecha, el que camina entre los siete candeleros de
oro [...], el Primero y el Ultimo, el que
estuvo muerto y revivió [...], el Hijo de Dios
» ( Ap 2, 1.8.18). Jesús mismo es el que
habla a su Iglesia . Su mensaje se dirige a
cada una de las Iglesias particulares y concierne su
vida interna, caracterizada a veces por la presencia de
concepciones y mentalidades incompatibles con la tradición evangélica, víctima
a menudo de diversas formas de persecución y, lo
que es más peligroso aún, afectada por síntomas preocupantes de
mundanización, pérdida de la fe primigenia y connivencia con
la lógica del mundo. No es raro que las
comunidades ya no tengan el amor que antes tenían (cf.
Ap 2, 4).
Se observa cómo nuestras comunidades eclesiales tienen
que forcejear con debilidades, fatigas, contradicciones. Necesitan escuchar también
de nuevo la voz del Esposo que las invita
a la conversión, las incita a actuar con entusiasmo
en las nuevas situaciones y las llama a comprometerse en
la gran obra de la « nueva evangelización
». La Iglesia tiene que someterse constantemente al
juicio de la palabra de Cristo y vivir su dimensión
humana con una actitud de purificación para ser cada
vez más y mejor la Esposa sin mancha ni arruga,
engalanada con un vestido de lino puro resplandeciente (cf.
Ef 5, 27; Ap 19, 7-8).
De este modo, Jesucristo
llama a nuestras Iglesias en Europa a la conversión
, y ellas, con su Señor y gracias a su
presencia, se hacen portadoras de esperanza para la humanidad.
La acción del Evangelio a lo largo de la historia
24. Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el
cristianismo . « No cabe duda de que,
en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa
un elemento central y determinante, que se ha consolidado
sobre la base firme de la herencia clásica y de
las numerosas aportaciones que han dado los diversos flujos
étnicos y culturales que se han sucedido a lo
largo de los siglos. La fe cristiana ha plasmado la
cultura del Continente y se ha entrelazado indisolublemente con
su historia, hasta el punto de que ésta no
se podría entender sin hacer referencia a las vicisitudes que
han caracterizado, primero, el largo periodo de la evangelización
y, después, tantos siglos en los que el cristianismo,
aun en la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se
ha afirmado como la religión de los europeos. También
en el periodo moderno y contemporáneo, cuando se ha
ido fragmentando progresivamente la unidad religiosa, bien por las
posteriores divisiones entre los cristianos, bien por los procesos
que han alejado la cultura del horizonte de la fe,
el papel de ésta ha seguido teniendo una importancia
notable ». (45 )
25. El interés que la Iglesia
tiene por Europa deriva de su misma naturaleza y
misión. En efecto, a lo largo de los siglos, la
Iglesia ha mantenido lazos muy estrechos con nuestro Continente,
de tal modo que la fisonomía espiritual de Europa
se ha ido formando gracias a los esfuerzos de
grandes misioneros y al testimonio de santos y mártires, a
la labor asidua de monjes, religiosos y pastores. De
la concepción bíblica del hombre, Europa ha tomado lo
mejor de su cultura humanista, ha encontrado inspiración para sus
creaciones intelectuales y artísticas, ha elaborado normas de derecho
y, sobre todo, ha promovido la dignidad de la
persona, fuente de derechos inalienables. (46 )De este modo la
Iglesia, en cuanto depositaria del Evangelio, ha contribuido a
difundir y a consolidar los valores que han hecho universal
la cultura europea.
Al recordar todo esto, la Iglesia de
hoy siente, con nueva responsabilidad, el deber apremiante de
no disipar este patrimonio precioso y ayudar a Europa a
construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le
han dado origen. (47 )
Para dar una verdadera imagen
de Iglesia
26. Que toda la Iglesia en Europa sienta
como dirigida a ella la exhortación y la invitación
del Señor: arrepiéntete, conviértete, « ponte en vela, reanima
lo que te queda y está a punto de
morir » ( Ap 3, 2). Es una exigencia
que nace también de la consideración del tiempo actual:
« La grave situación de indiferencia religiosa de
numerosos europeos; la presencia de muchos que, incluso en
nuestro Continente, no conocen todavía a Jesucristo y su Iglesia,
y que todavía no están bautizados; el secularismo que
contagia a un amplio sector de cristianos que normalmente
piensan, deciden y viven “como si Cristo no existiera”,
lejos de apagar nuestra esperanza, la hacen más humilde y
capaz de confiar sólo en Dios. De su misericordia
recibimos la gracia y el compromiso de la conversión
» .(48 )
27. A pesar de que a veces,
como en el episodio evangélico de la tempestad calmada
(cf. Mc 4, 35- 41; Lc 8, 22-25), pueda parecer
que Cristo duerme y deja su barca a merced
de las olas encrespadas, se pide a la Iglesia en
Europa que cultive la certeza de que el Señor
, por el don de su Espíritu, está siempre presente
y actúa en ella y en la historia de la
humanidad . Él prolonga en el tiempo su misión,
haciendo que la Iglesia fuera una corriente de vida
nueva, que fluye dentro de la vida de la humanidad
como signo de esperanza para todos.
En un contexto
en el que la tentación del activismo llega fácilmente también
al ámbito pastoral, se pide a los cristianos en
Europa que sigan siendo transparencia real del Resucitado, viviendo
en íntima comunión con Él . Hacen falta comunidades
que, contemplando e imitando a la Virgen María, figura y
modelo de la Iglesia en la fe y en
la santidad, (49 )cuiden el sentido de la vida litúrgica
y de la vida interior. Ante todo y sobre
todo, han de alabar al Señor, invocarlo, adorarlo y escuchar
su Palabra. Sólo así asimilarán su misterio, viviendo totalmente
dedicadas a Él, como miembros de su fiel Esposa.
28. Ante las insistentes tentaciones de división y contraposición, la
diversas Iglesias particulares en Europa, bien unidas al Sucesor
de Pedro, han de esforzarse en ser verdaderamente lugar
e instrumento de comunión de todo el Pueblo de
Dios en la fe y en el amor. (50 )Cultiven,
por tanto, un clima de caridad fraterna, vivida con radicalidad
evangélica en el nombre de Jesús y de su
amor; desarrollen un ambiente de relaciones de amistad, de
comunicación, corresponsabilidad, participación, conciencia misionera, disponibilidad y servicialidad; estén
animadas por actitudes recíprocas de estima, acogida y corrección
(cf. Rm 12, 10; 15, 7-14), de servicio y
ayuda (cf. Ga 5, 13; 6, 2), de perdón mutuo
(cf. Col 3, 13) y edificación de unos con otros
(cf. 1 Ts 5, 11); se esfuercen en realizar
una pastoral que, valorando todas las diversidades legítimas, fomente
una colaboración cordial entre todos los fieles y sus
asociaciones; promuevan los organismos de participación como instrumentos preciosos
de comunión para una acción misionera armónica, impulsando la
presencia de agentes de pastoral adecuadamente preparados y cualificados. De
este modo, las Iglesias mismas, animadas por la comunión,
que es manifestación del amor de Dios, fundamento y
razón de la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,
5), serán un reflejo más brillante de la Trinidad, además
de un signo que interpela e invita a creer
(cf. Jn 17, 21).
29. Para vivir de manera plena
la comunión en la Iglesia, hace falta valorar la
variedad de carismas y vocaciones , que confluyen cada vez
más en la unidad y pueden enriquecerla (cf. 1
Co 12 ). En esta perspectiva, es necesario también
que, de una parte, los nuevos movimientos y las nuevas
comunidades eclesiales « abandonando toda tentación de reivindicar
derechos de primogenitura y toda incomprensión recíproca »,
avancen en el camino de una comunión más auténtica
entre sí y con todas las demás realidades eclesiales, y
« vivan con amor en total obediencia a
los Obispos »; por otro lado, es necesario
también que los Obispos, « manifestándoles la paternidad y
el amor propios de los pastores », (51
)sepan reconocer, discernir y coordinar sus carismas y su presencia
para la edificación de la única Iglesia.
En efecto,
gracias al crecimiento de la colaboración entre los numerosos
sectores eclesiales bajo la guía afable de los pastores, la
Iglesia entera podrá presentar a todos una imagen más
hermosa y creíble, transparencia más límpida del rostro del Señor,
y contribuir así a dar nueva esperanza y consuelo,
tanto a los que la buscan como a los
que, aunque no la busquen, la necesitan.
Para poder responder
a la llamada del Evangelio a la conversión, «
debemos hacer todos juntos un humilde y valiente examen
de conciencia para reconocer nuestros temores y nuestros errores,
para confesar con sinceridad nuestras lentitudes, omisiones, infidelidades y
culpas ». (52 )En vez de adoptar actitudes huidizas
de desaliento, el reconocimiento evangélico de las propias culpas
suscitará en la comunidad la experiencia que vive cada
bautizado: la alegría de una profunda liberación y la gracia
de comenzar de nuevo, que permite proseguir con mayor
vigor el camino de la evangelización.
Para progresar hacia
la unidad de los cristianos
30. Finalmente, el Evangelio de
la esperanza es también fuerza y llamada a la conversión
en el campo ecuménico . En la certeza de que
la unidad de los cristianos corresponde al mandato del
Señor, « para que todos sean uno »
(cf. Jn 17, 11), y que hoy se presenta como
una necesidad para que sea más creíble la evangelización
y la contribución a la unidad de Europa, es necesario
que todas las Iglesias y Comunidades eclesiales «
sean ayudadas e invitadas a interpretar el camino ecuménico
como un “ir juntos” hacia Cristo » (53 )y
hacia la unidad visible querida por Él, de tal modo
que la unidad en la diversidad brille en la
Iglesia como don del Espíritu Santo, artífice de comunión.
Para lograr esto hace falta un paciente y constante empeño
por parte de todos, animado por una auténtica esperanza
y, al mismo tiempo, por un sobrio realismo, orientado
a la « valoración de lo que ya nos
une, a la sincera estima recíproca, a la eliminación
de los prejuicios, al conocimiento y al amor mutuo
». (54 )En esta perspectiva, el esfuerzo por la
unidad ha de incluir, si quiere apoyarse en fundamentos
sólidos, la búsqueda apasionada de la verdad, a través
de un diálogo y una confrontación que, mientras reconoce los
resultados hasta ahora alcanzados, los considere un estímulo para
seguir avanzando en la superación de las divergencias que
todavía dividen a los cristianos.
31. Sin rendirse ante dificultades
y cansancios, es preciso continuar con determinación el diálogo
, que se ha entablar « bajo muchos aspectos
(doctrinal, espiritual y práctico), siguiendo la lógica del intercambio
de dones que el Espíritu suscita en cada Iglesia
y educando a las comunidades y los fieles, sobre
todo a los jóvenes, a vivir momentos de encuentro, haciendo
del ecumenismo rectamente entendido una dimensión ordinaria de la
vida y de la acción eclesial ». (55
)
Este diálogo es una de las principales preocupaciones de la
Iglesia, sobre todo en esta Europa que en el
milenio pasado ha visto surgir demasiadas divisiones entre los
cristianos y que hoy se encamina hacia una mayor unidad.
¡No podemos detenernos ni volver atrás! Hemos de continuar
este camino y vivirlo con confianza, porque la estima recíproca,
la búsqueda de la verdad, la colaboración en la
caridad y, sobre todo, el ecumenismo de la santidad,
con la ayuda de Dios, no dejarán de producir sus
frutos.
32. A pesar de las dificultades inevitables, invito
a todos a reconocer y valorar, con amor y
fraternidad, la contribución que las Iglesias Católicas Orientales pueden
ofrecer para una edificación más real de la unidad, con
su presencia misma, la riqueza de su tradición, el
testimonio de su « unidad en la diversidad
», la inculturación realizada por ellas en el anuncio
del Evangelio o la diversidad de sus ritos. (56
)Al mismo tiempo, quiero asegurar una vez más a los
pastores y a los hermanos y hermanas de las
Iglesias ortodoxas, que la nueva evangelización en modo alguno
debe ser confundida con el proselitismo, quedando firme el deber
de respetar la verdad, la libertad y la dignidad
de toda persona.
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II. Toda la Iglesia enviada en misión
33. Servir
al Evangelio de la esperanza mediante una caridad que evangeliza
es un compromiso y una responsabilidad de todos .
En efecto, cualquiera que sea el carisma y el
ministerio de cada uno, la caridad es la vía maestra
indicada a todos y que todos pueden recorrer: es
la vía que la comunidad eclesial entera está llamada a
emprender siguiendo las huellas de su Maestro.
Compromiso de
los ministros ordenados
34. En virtud de su ministerio, los
sacerdotes están llamados a celebrar, enseñar y servir de
modo especial el Evangelio de la esperanza. Por el
sacramento del Orden, que los configura a Cristo Cabeza y
Pastor, los Obispos y sacerdotes tienen que conformar toda
su vida y su acción con Jesús; por la
predicación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y
la guía de la comunidad cristiana, hacen presente el
misterio de Cristo y, por el ejercicio de su
ministerio, están « llamados a prolongar la presencia de
Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de
vida y siendo como una transparencia suya en medio
del rebaño que les ha sido confiado ». (57
)
Estando “en” el mundo, pero sin ser “del” mundo (cf.
Jn 17, 15-16), en la actual situación cultural y
espiritual del Continente europeo, se les pide que sean
signo de contradicción y esperanza para una sociedad aquejada de
horizontalismo y necesitada de abrirse al Trascendente.
35. En
este marco adquiere relieve también el celibato sacerdotal ,
signo de una esperanza puesta totalmente en el Señor. No
es una mera disciplina eclesiástica impuesta por la autoridad;
por el contrario, es ante todo gracia, don inestimable
de Dios para la Iglesia, valor profético para el mundo
actual, fuente de vida espiritual intensa y de fecundidad
pastoral, testimonio del Reino escatológico, signo del amor de Dios
a este mundo, así como del amor indiviso del
sacerdote a Dios y a su Pueblo. (58 )Vivido como
respuesta al don de Dios y como superación de las
tentaciones de una sociedad hedonista, no sólo favorece la
realización humana de quien ha sido llamado, sino que
se manifiesta también como factor de crecimiento para los
demás.
Considerado conveniente para el sacerdocio en toda la Iglesia,
(59 )requerido obligatoriamente por la Iglesia latina, (60 )sumamente respetado
por las Iglesias Orientales, (61 )el celibato aparece en el
contexto de la cultura actual como signo elocuente, que
debe ser custodiado como un bien precioso para la Iglesia.
A este respeto, una revisión de la disciplina actual
no permitiría solucionar la crisis de las vocaciones al
presbiterado que se percibe en muchas partes de Europa. (62
)Un compromiso al servicio del Evangelio de la esperanza requiere
también que la Iglesia presente el celibato en toda
su riqueza bíblica, teológica y espiritual.
36. No se
puede ignorar que el ejercicio del sagrado ministerio encuentra hoy
muchas dificultades, bien debidas a la cultura imperante, bien
por la disminución numérica de los presbíteros, con el
aumento de la carga pastoral y de cansancio que
esto puede comportar. Por eso son más dignos aun de
estima, gratitud y cercanía los sacerdotes que viven con
admirable dedicación y fidelidad el ministerio que se les
ha confiado. (63 )
Tomando las palabras escritas por los Padres
sinodales, quiero también animarlos, con confianza y gratitud: «
No os desalentéis y no os dejéis abatir
por el cansancio; en total comunión con nosotros, los obispos,
en gozosa fraternidad con los demás presbíteros y en
cordial corresponsabilidad con los consagrados y todos los fieles
laicos, continuad vuestra valiosa e insustituible labor ».
(64 )
Junto con los presbíteros, deseo recordar también a los
diáconos , que participan, aunque en grado diferente, del
mismo sacramento del Orden. Destinados al servicio de la
comunión eclesial, ejercen, bajo la guía del Obispo y
con su presbiterio, la “diaconía” de la liturgia, de la
palabra y de la caridad. (65 )De este modo
específico, están al servicio del Evangelio de la esperanza.
Testimonio de los consagrados
37. El testimonio de las personas
consagradas es particularmente elocuente. A este propósito, se ha
de reconocer, ante todo, el papel fundamental que ha
tenido el monacato y la vida consagrada en la evangelización
de Europa y en la construcción de su identidad
cristiana. (66 )Este papel no puede faltar hoy, en un
momento en el que urge una « nueva
evangelización » del Continente, y en el que la
creación de estructuras y vínculos más complejos lo sitúan
ante un cambio delicado. Europa necesita siempre la santidad,
la profecía, la actividad evangelizadora y de servicio de
las personas consagradas. También se ha de resaltar la contribución
específica que los Institutos seculares y las Sociedades de
vida apostólica pueden ofrecer a través de su aspiración
a transformar el mundo desde dentro con la fuerza de
las bienaventuranzas.
38. La aportación específica que las personas
consagradas pueden ofrecer al Evangelio de la esperanza proviene
de algunos aspectos que caracterizan la actual fisonomía cultural
y social de Europa .(67 )Así, la demanda de nuevas
formas de espiritualidad que se produce hoy en la
sociedad, ha de encontrar una respuesta en el reconocimiento de
la supremacía absoluta de Dios , que los consagrados viven
con su entrega total y con la conversión permanente
de una existencia ofrecida como auténtico culto espiritual. En
un contexto contaminado por el laicismo y subyugado por el
consumismo, la vida consagrada, don del Espíritu a la
Iglesia y para la Iglesia, se convierte cada vez
más en signo de esperanza, en la medida en que
da testimonio de la dimensión trascendente de la existencia.
Por otro lado, en la situación actual de pluralismo
religioso y cultural, se considera urgente el testimonio de
la fraternidad evangélica que caracteriza la vida consagrada, haciendo
de ella un estímulo para la purificación y la integración
de valores diferentes, mediante la superación de las contraposiciones.
La presencia de nuevas formas de pobreza y marginación
debe suscitar la creatividad en la atención de los
más necesitados , que ha distinguido a tantos fundadores
de Institutos religiosos. Por fin, la tendencia de la sociedad
europea a encerrarse en sí misma se debe contrarrestar
con la disponibilidad de las personas consagradas a continuar
la obra de evangelización en otros Continentes , a
pesar de la disminución numérica que se observa en algunos
Institutos.
Cultivo de las vocaciones
39. Al ser determinante
la entrega de los ministros ordenados y de los
consagrados, no se puede pasar por alto la preocupante escasez
de seminaristas y de aspirantes a la vida religiosa,
sobre todo en Europa occidental. Esta situación requiere que
todos se comprometan en una adecuada pastoral de las
vocaciones . Sólo « cuando a los jóvenes se
les presenta sin recortes la persona de Jesucristo, prende
en ellos una esperanza que les impulsa a dejarlo
todo para seguirle, atendiendo su llamada, y para dar testimonio
de él ante sus coetáneos ». (68 )El
cultivo de las vocaciones es, pues, un problema vital para
el futuro de la fe cristiana en Europa y
repercute en el progreso espiritual de sus pueblos; es
paso obligado para una Iglesia que quiera anunciar, celebrar y
servir al Evangelio de la esperanza. (69 )
40. Para
desarrollar una pastoral vocacional, tan necesaria, es oportuno explicar
a los fieles la fe de la Iglesia sobre la
naturaleza y la dignidad del sacerdocio ministerial; animar a
las familias a vivir como verdaderas « iglesias
domésticas » en cuyo seno se puedan percibir, acoger
y acompañar las diversas vocaciones; realizar una acción pastoral que
ayude, sobre todo a los jóvenes, a tomar opciones
de una vida arraigada en Cristo y dedicada a la
Iglesia. (70 )
En la certeza de que también hoy
actúa el Espíritu Santo y no faltan signos de
su presencia, se trata ante todo de llevar el anuncio
vocacional al terreno de la pastoral ordinaria . Por
eso es necesario « reavivar, sobre todo en
los jóvenes, una profunda nostalgia de Dios, creando así el
marco adecuado para que broten vocaciones como respuesta generosa
»; es urgente que se propague en las
Comunidades eclesiales del continente europeo un gran movimiento de
oración, puesto que « la actual situación histórica y
cultural, que ha cambiado bastante, exige que la pastoral
de las vocaciones sea considerada como uno de los
objetivos primarios de toda la Comunidad cristiana ».
(71 )Y es indispensable que los sacerdotes mismos vivan y
actúen en coherencia con su verdadera identidad sacramental. En
efecto, si la imagen que dan de sí mismos
fuera opaca o lánguida, ¿cómo podrían inducir a los jóvenes
a imitarlos?
Misión de los laicos
41. La aportación
de los fieles laicos a la vida eclesial es
irrenunciable: es, efectivamente, insustituible el papel que tienen en el
anuncio y el servicio al Evangelio de la esperanza,
ya que « por medio de ellos la
Iglesia de Cristo se hace presente en los más variados
sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza
y amor ». (72 )
Participando plenamente de la misión
de la Iglesia en el mundo, están llamados a
dar testimonio de que la fe cristiana es la única
respuesta completa a los interrogantes que la vida plantea
a todo hombre y a cada sociedad, y pueden
insertar en el mundo los valores del Reino de Dios,
promesa y garantía de una esperanza que no defrauda.
La Europa de ayer y de hoy cuenta con figuras
significativas y ejemplos luminosos de laicos de este tipo.
Como han subrayado los Padres sinodales, se deben recordar
con gratitud, entre otros, a los hombres y mujeres que
han testimoniado y testimonian a Cristo y su Evangelio
con el servicio a la vida pública y las
responsabilidades que éste comporta. Es de capital importancia «
suscitar y apoyar vocaciones específicas al servicio del bien
común: personas que, a ejemplo y con el estilo
de los que se ha llamado “padres de Europa”,
sepan ser artífices de la sociedad europea del porvenir, fundándola
en las bases sólidas del espíritu ». (73
)
Análoga estima merece la labor de laicas y laicos cristianos,
realizada frecuentemente en lo recóndito de la vida ordinaria
mediante pequeños servicios que anuncian la misericordia de Dios
a cuantos se hallan en la pobreza; hemos de
agradecerles su audaz testimonio de caridad y de perdón, valores
que evangelizan los grandes horizontes de la política, la
realidad social, la economía, la cultura, la ecología, la
vida internacional, la familia, la educación, las profesiones, el
trabajo y el sufrimiento. (74 )Para ello se necesitan
programas pedagógicos , que capaciten a los fieles laicos a
proyectar la fe sobre las realidades temporales. Tales programas,
basados en un aprendizaje serio de vida eclesial, particularmente
en el estudio de la doctrina social, han de proporcionarles
no solamente doctrina y estímulo, sino también una orientación
espiritual adecuada que anime el compromiso vivido como auténtico
camino de santidad.
Papel de la mujer
42. La Iglesia
es consciente de la aportación específica de la mujer al
servicio del Evangelio de la esperanza. Las vicisitudes de la
comunidad cristiana muestran que las mujeres han tenido siempre
un lugar relevante en el testimonio del Evangelio. Se
debe recordar todo lo que han hecho, a menudo en
silencio y con discreción, acogiendo y transmitiendo el don
de Dios, bien mediante la maternidad física y espiritual,
la actividad educativa, la catequesis y la realización de
grandes obras de caridad, bien por la vida de
oración y contemplación, las experiencias místicas y por escritos ricos
de sabiduría evangélica. (75 )
A la luz de los
magníficos testimonios del pasado, la Iglesia manifiesta su confianza
en lo que las mujeres pueden hacen hacer hoy en
favor del crecimiento de la esperanza en todas sus
dimensiones. Hay aspectos de la sociedad europea contemporánea que
son un reto a la capacidad que tienen las mujeres
de acoger, compartir y engendrar en el amor, con
tesón y gratuidad. Piénsese, por ejemplo, en la mentalidad
científico-técnica generalizada que ensombrece la dimensión afectiva y la importancia
de los sentimientos, en la falta de gratuidad, en
el temor difuso a dar la vida a nuevas criaturas,
en la dificultad de vivir la reciprocidad con el
otro y en acoger a quien es diferente. Éste es
el contexto en el que la Iglesia espera de
las mujeres una aportación vivificadora para una nueva oleada
de esperanza.
43. Para lograr todo esto es necesario que,
ante todo, en la Iglesia se promueva la dignidad de
la mujer, puesto que la dignidad del hombre y de
la mujer es idéntica, creados ambos a imagen y
semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27), y cada
uno colmado de dones propios y particulares.
Como se ha
subrayado en el Sínodo, es deseable que, para favorecer la
plena participación de la mujer en la vida y
misión de la Iglesia, se tenga en mayor estima
sus propias cualidades, también mediante la asunción de funciones
eclesiales reservada por el derecho a los laicos. Además, se
ha de valorar adecuadamente la misión de la mujer
como esposa y madre, así como su dedicación a
la vida familiar. (76 )
La Iglesia no deja de alzar
su voz para denunciar las injusticias y violencias cometidas
contra las mujeres, en cualquier lugar y circunstancia que
ocurran. Pide que se apliquen efectivamente las leyes que protegen
a la mujer y que se establezcan medidas eficaces
contra el empleo humillante de imágenes femeninas en la
propaganda comercial, así como contra la plaga de la
prostitución; desea que el servicio prestado por la madre, del
mismo modo que por el padre, en la vida doméstica,
se considere como una contribución al bien común, incluso
mediante formas de reconocimiento económico.
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CAPÍTULO III
ANUNCIAR EL EVANGELIO DE
LA ESPERANZA
« Toma el librito que está abierto
[...]
devóralo » (Ap 10, 8.9)
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I. Proclamar el misterio de
Cristo
La revelación da sentido a la historia
44. La
visión del Apocalipsis nos habla de « un libro,
escrito por el anverso y el reverso, sellado con
siete sellos », tenido « en la mano
derecha del que está sentado en el trono
» ( Ap 5, 1). Este texto contiene al
plan creador y salvador de Dios, su proyecto detallado sobre
toda la realidad, sobre las personas, sobre las cosas
y sobre los acontecimientos. Ningún ser creado, terreno o
celestial, es capaz « de abrir el libro ni
de leerlo » ( Ap 5, 3), o sea
de comprender su contenido. En la confusión de las vicisitudes
humanas, nadie sabe decir la dirección y el sentido
último de las cosas .
Sólo Jesucristo posee el volumen sellado
(cf. Ap 5, 6-7); sólo Él es «
digno de tomar el libro y abrir sus sellos
» ( Ap 5, 9). En efecto, sólo Jesús puede
revelar y actuar el proyecto de Dios que encierra .
El esfuerzo del hombre, por sí mismo, es incapaz de
dar un sentido a la historia y a sus
vicisitudes: la vida se queda sin esperanza. Sólo el Hijo
de Dios puede disipar las tinieblas e indicar el camino
.
El libro abierto es entregado a Juan y, por su
medio, a la Iglesia entera. Se invita a Juan a
tomar el libro y a devorarlo: « Vete, toma
el librito que está abierto en la mano del
Ángel, el que está de pie sobre el mar y
sobre la tierra [...]. Toma, devóralo » (
Ap 10, 8-9). Sólo después de haberlo asimilado en
profundidad podrá comunicarlo adecuadamente a los demás, a los
que es enviado con la orden de « profetizar
otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes
» ( Ap 10, 11).
Necesidad y urgencia del
anuncio
45. El Evangelio de la esperanza, entregado a la
Iglesia y asimilado por ella, exige que se anuncie
y testimonie cada día. Esta es la vocación propia de
la Iglesia en todo tiempo y lugar. Es también
la misión de la Iglesia hoy en Europa. «
Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia
de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe
para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser
canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores
con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la
Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección gloriosa
». (77 )
¡Iglesia en Europa , te espera la
tarea de la « nueva evangelización »!
Recobra el entusiasmo del anuncio. Siente, como dirigida a ti,
en este comienzo del tercer milenio, la súplica que
ya resonó en los albores del primer milenio, cuando,
en una visión, un macedonio se le apareció a Pablo
suplicándole: « Pasa por Macedonia y ayúdanos
» ( Hch 16, 9). Aunque no se exprese o
incluso se reprima, ésta es la invocación más profunda
y verdadera que surge del corazón de los europeos
de hoy, sedientos de una esperanza que no defrauda. A
ti se te ha dado esta esperanza como don
para que tú la ofrezcas con gozo en todos
los tiempos y latitudes. Por tanto, que e l anuncio
de Jesús , que es el Evangelio de la
esperanza, sea tu honra y tu razón de ser .
Continúa con renovado ardor el mismo espíritu misionero que,
a lo largo de estos veinte siglos y comenzando
desde la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, ha
animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores del
continente europeo.
Primer anuncio y nuevo anuncio
46. En
varias partes de Europa se necesita un primer anuncio del
Evangelio: crece el número de las personas no bautizadas, sea
por la notable presencia de emigrantes pertenecientes a otras
religiones, sea porque también los hijos de familias de
tradición cristiana no han recibido el Bautismo, unas veces por
la dominación comunista y otras por una indiferencia religiosa
generalizada. (78 )De hecho, Europa ha pasado a formar parte
de aquellos lugares tradicionalmente cristianos en los que, además
de una nueva evangelización, se impone en ciertos casos
una primera evangelización
La Iglesia no puede eludir el deber
de un diagnóstico claro que permita preparar los remedios
oportunos. En el « viejo » Continente existen
también amplios sectores sociales y culturales en los que
se necesita una verdadera y auténtica misión ad gentes
.(79 )
47. Además, por doquier es necesario un nuevo anuncio
incluso a los bautizados . Muchos europeos contemporáneos creen
saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo
conocen. Con frecuencia se ignoran ya hasta los elementos
y las nociones fundamentales de la fe. Muchos bautizados viven
como si Cristo no existiera: se repiten los gestos
y los signos de la fe, especialmente en las
prácticas de culto, pero no se corresponden con una acogida
real del contenido de la fe y una adhesión
a la persona de Jesús. En muchos, un sentimiento
religioso vago y poco comprometido ha suplantado a las grandes
certezas de la fe; se difunden diversas formas de
agnosticismo y ateísmo práctico que contribuyen a agravar la
disociación entre fe y vida; algunos se han dejado
contagiar por el espíritu de un humanismo inmanentista que ha
debilitado su fe, llevándoles frecuentemente, por desgracia, a abandonarla
completamente; se observa una especie de interpretación secularista de
la fe cristiana que la socava, relacionada también con
una profunda crisis de la conciencia y la práctica moral
cristiana. (80 )Los grandes valores que tanto han inspirado la
cultura europea han sido separados del Evangelio, perdiendo así
su alma más profunda y dando lugar a no
pocas desviaciones.
« Pero cuando el Hijo del hombre
venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra? »
( Lc 18, 8). ¿La encontrará en estas tierras de
nuestra Europa de antigua tradición cristiana? Es una pregunta
abierta que indica con lucidez la profundidad y el
dramatismo de uno de los retos más serios que nuestras
Iglesias han de afrontar. Se puede decir – como
se ha subrayado en el Sínodo – que tal
desafío consiste frecuentemente no tanto en bautizar a los nuevos
convertidos, sino en guiar a los bautizados a convertirse
a Cristo y a su Evangelio: (81 )nuestras comunidades tendrían
que preocuparse seriamente por llevar el Evangelio de la
esperanza a los alejados de la fe o que se
han apartado de la práctica cristiana.
Fidelidad al único
mensaje
48. Para poder anunciar el Evangelio de la esperanza
hace falta una sólida fidelidad al Evangelio mismo. Por tanto
, la predicación de la Iglesia en todas sus formas,
se ha de centrar siempre en la persona de Jesús
y debe conducir cada vez más a Él. Es
preciso vigilar que se le presente en su integridad:
no sólo como modelo ético, sino ante todo como el
Hijo de Dios, el Salvador único y necesario para
todos, que vive y actúa en su Iglesia. Para
que la esperanza sea verdadera e indestructible, la «
predicación íntegra, clara y renovada de Jesucristo resucitado, de
la resurrección y de la vida eterna »
(82 )debe ser una prioridad en la acción pastoral de
los próximos años.
Si bien el Evangelio que se ha
de anunciar es siempre el mismo, los modos en
que dicho anuncio puede hacerse son diferentes . Por tanto,
cada uno está llamado a « proclamar
» a Jesús y la fe en Él en todas
las circunstancias; a « atraer » a
otros a la fe, poniendo en práctica formas de vida
personal, familiar, profesional y comunitaria que reflejen el Evangelio;
a « irradiar » en su entorno
alegría, amor y esperanza, para que muchos, viendo nuestras buenas
obras, den gloria al Padre que está en los
cielos (cf. Mt 5, 16), de tal modo que
sean « contagiados » y conquistados; a ser
« fermento » que transforma y anima
desde dentro toda expresión cultural. (83 )
Testimonio de vida
49.
Europa reclama evangelizadores creíbles, en cuya vida , en comunión
con la cruz y la resurrección de Cristo, resplandezca
la belleza del Evangelio .(84 )Estos evangelizadores han de
ser formados adecuadamente. (85 )Hoy más que nunca se necesita
una conciencia misionera en todo cristiano, comenzando por los
Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados, catequistas y profesores de religión:
« Todo bautizado, en cuanto testigo de Cristo,
ha de adquirir la formación apropiada a su situación, para
que la fe no sólo no se agoste por
falta de cuidado en un medio tan hostil como es
el ambiente secularista, sino para sostener e impulsar el
testimonio evangelizador ». (86 )
El hombre contemporáneo «
escucha más a gusto a los que dan testimonio
que a los que enseñan, o si escucha a
los que enseñan es porque dan testimonio ». (87
)Por consiguiente, hoy son decisivos los signos de la santidad:
ésta es un requisito previo esencial para una auténtica evangelización
capaz de dar de nuevo esperanza. Hacen falta testimonios
fuertes, personales y comunitarios, de vida nueva en Cristo.
En efecto, no basta ofrecer la verdad y la
gracia a través de la proclamación de la Palabra y
la celebración de los Sacramentos; es necesario que sean
acogidas y vividas en cada circunstancia concreta, en el
modo de ser de los cristianos y de las comunidades
eclesiales. Éste es uno de los retos más grandes
que tiene la Iglesia en Europa al principio del
nuevo milenio.
Formar para una fe madura
50. «
La actual situación cultural y religiosa de Europa exige la
presencia de católicos adultos en la fe y de
comunidades cristianas misioneras que testimonien la caridad de Dios
a todos los hombres ». (88 )El anuncio del
Evangelio de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva
el paso de una fe sustentada por costumbres sociales, aunque
sean apreciables, a una fe más personal y madura,
iluminada y convencida .
Los cristianos, pues, han de tener una
fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura
actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los
ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la
comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con
los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación
étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas
generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la
cultura más amplia en que vivimos. (89 )
51. Además de
esforzarse para que el ministerio de la Palabra, la celebración
de la liturgia y el ejercicio de la caridad,
se orienten a la edificación y el sustento de
una fe madura y personal, es necesario que las comunidades
cristianas se movilicen para proponer una catequesis apropiada a
los diversos itinerarios espirituales de los fieles en las
diversas edades y condiciones de vida, previendo también formas
adecuadas de acompañamiento espiritual y de redescubrimiento del propio
Bautismo. (90 )En este cometido, el Catecismo de la Iglesia
Católica es obviamente un punto de referencia fundamental.
En
particular, reconociendo su innegable prioridad en la acción pastoral, se
ha de cultivar y, si fuera el caso, relanzar
el ministerio de la catequesis como educación y desarrollo
de la fe de cada persona, de modo que
crezca y madure la semilla puesta por el Espíritu Santo
y transmitida con el Bautismo. Remitiéndose constantemente a la
Palabra de Dios, custodiada en la Sagrada Escritura, proclamada
en la liturgia e interpretada por la Tradición de
la Iglesia, una catequesis orgánica y sistemática es sin duda
alguna un instrumento esencial y primario para formar a
los cristianos en una fe adulta. (91 )
52. A este
respecto, se ha de subrayar también el papel importante de
la teología . En efecto, hay una conexión intrínseca
e inseparable entre la evangelización y la reflexión teológica,
ya que esta última, como ciencia con reglas y
metodología propias, vive de la fe de la Iglesia y
está al servicio de su misión. (92 )Nace de
la fe y está llamada a interpretarla, conservando su vinculación
irrenunciable con la comunidad cristiana en todas sus articulaciones;
al estar al servicio del crecimiento espiritual de todos
los fieles, (93 )los encamina hacia la comprensión más profunda
del mensaje de Cristo.
En el desempeño de la misión
de anunciar el Evangelio de la esperanza, la Iglesia
en Europa aprecia con gratitud la vocación de los teólogos
, valora y promueve su trabajo. (94 )A ellos
les dirijo, con estima y afecto, una invitación a perseverar
en el servicio que prestan, uniendo siempre investigación científica
y oración, poniéndose en diálogo atento con la cultura
contemporánea, adhiriendo fielmente al Magisterio y colaborando con él
en espíritu de comunión en la verdad y la
caridad, respirando el sensus fidei del Pueblo de Dios y
contribuyendo a alimentarlo.
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II. Testimoniar en la unidad y en el
diálogo
Comunión entre las Iglesias particulares
53. La fuerza del
anuncio del Evangelio de la esperanza será más eficaz si
se une al testimonio de una profunda unidad y
comunión en la Iglesia. Las Iglesias particulares no pueden
estar solas a la hora de afrontar el reto que
se les presenta. Se necesita una auténtica colaboración entre
todas las Iglesias particulares del Continente, que sea expresión
de su comunión esencial ; colaboración exigida también por
la nueva realidad europea. (95 )En este contexto se debe
situar la contribución de los organismos eclesiales continentales, comenzando
por el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas .
Éste es un instrumento eficaz para buscar juntos vías
idóneas para evangelizar Europa. (96 )Mediante el « intercambio
de dones » entre las diversas Iglesias particulares,
se ponen en común las experiencias y las reflexiones de
Europa del Oeste y del Este, del Norte y
del Sur, compartiendo orientaciones pastorales comunes; por tanto, representa
cada vez más una expresión significativa del sentimiento colegial
entre los Obispos del Continente, para anunciar juntos, con
audacia y fidelidad, el nombre de Jesucristo, única fuente de
esperanza para todos en Europa.
Junto con todos los
cristianos
54. Al mismo tiempo, el deber de una fraterna
y sincera colaboración ecuménica es un imperativo irrenunciable.
El
destino de la evangelización está estrechamente unido al testimonio de
unidad que den los discípulos de Cristo: «
Todos los cristianos están llamados a cumplir esta misión
de acuerdo con su vocación. La tarea de la evangelización
exige que todos los cristianos nos acerquemos unos a
otros y avancemos juntos, con el mismo espíritu; evangelización
y unidad, evangelización y ecumenismo están indisolublemente vinculados entre
sí ». (97 )Por eso hago mías las palabras
escritas por Pablo VI al Patriarca ecuménico Atenágoras I:
« Que el Espíritu Santo nos guíe por el
camino de la reconciliación, para que la unidad de
nuestras Iglesias llegue a ser un signo cada vez
más luminoso de esperanza y de consuelo para toda la
humanidad ». (98 )
En diálogo con las otras religiones
55. Como en toda la tarea de la «
nueva evangelización », para anunciar el Evangelio de
la esperanza es necesario también que se establezca un diálogo
interreligioso profundo e inteligente, en particular con el hebraísmo
y el islamismo. « Entendido como método y
medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está
en contraposición con la misión ad gentes ; es
más, tiene vínculos especiales con ella y es una de
sus expresiones ». (99 )En el ejercicio de este
diálogo no se trata de dejarse llevar por una «
mentalidad indiferentista, ampliamente difundida, desgraciadamente, también entre
cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas no correctas y
marcada por un relativismo religioso que termina por pensar
que “una religión vale la otra” ». (100
)
56. Se trata más bien de tomar mayor conciencia de
la relación que une a la Iglesia con el
pueblo judío y del papel singular desempeñado por Israel
en la historia de la salvación. Como ya se hizo
notar en la I Asamblea Especial para Europa del
Sínodo de los Obispos y se ha reiterado también en
este Sínodo, se han de reconocer las raíces comunes
existentes entre el cristianismo y el pueblo judío, llamado
por Dios a una alianza que sigue siendo irrevocable (cf.
Rm 11, 29) (101 )y que ha alcanzado su plenitud
definitiva en Cristo.
Es necesario, pues, favorecer el diálogo
con el hebraísmo, sabiendo que éste tiene una importancia
fundamental para la conciencia cristiana de sí misma y
para superar las divisiones entre las Iglesias, y esforzarse para
que florezca una nueva primavera en las relaciones recíprocas.
Esto comporta que cada comunidad eclesial debe ejercitarse, en
cuanto las circunstancias lo permitan, en el diálogo y
la colaboración con los creyentes de religión hebrea. Dicho
ejercicio implica, entre otras cosas, que « se recuerde
la parte que hayan podido desempeñar los hijos de
la Iglesia en el nacimiento y difusión de una
actitud antisemita en la historia, y que pida perdón a
Dios por ello, favoreciendo toda suerte de encuentros de
reconciliación y de amistad con los hijos de Israel
». (102 )En este contexto, por lo demás, habrá que
recordar también a los numerosos cristianos que, a veces
a costa de la propia vida, sobre todo en periodos
de persecución, han ayudado y salvado a estos «
hermanos mayores » suyos.
57. Se trata también
de sentirse interesados en conocer mejor las otras religiones,
para poder entablarse un coloquio fraterno con las personas que
se adhieren a ellas y viven en la Europa
de hoy. En particular, es importante una correcta relación con
el Islam . Esto, como han notado varias veces en
estos años los Obispos europeos, « debe llevarse
a cabo con prudencia, con ideas claras sobre sus
posibilidades y límites, y con confianza en el designio
salvífico de Dios con respecto a todos sus hijos
». (103 )Es necesario, además, ser conscientes de la notable
diferencia entre la cultura europea, con profundas raíces cristianas,
y el pensamiento musulmán. (104 )
A este respecto, hay que
preparar adecuadamente a los cristianos que viven cotidianamente en
contacto con musulmanes para que conozcan el Islam de manera
objetiva y sepan confrontarse con él; dicha preparación debe
propiciarse particularmente en los seminaristas, los presbíteros y todos
los agentes de pastoral. Por lo demás, es comprensible
que la Iglesia, así como pide que las Instituciones
europeas promuevan la libertad religiosa en Europa, reitere también
que la reciprocidad en la garantía de la libertad religiosa
se observe en Países de tradición religiosa distinta, en
los cuales los cristianos son minoría. (105 )
En este sentido,
se comprende « la extrañeza y sentimiento de frustración
de los cristianos que acogen, por ejemplo en Europa,
a creyentes de otras religiones y les dan la
posibilidad de ejercer su culto, y a ellos se les
prohíbe todo ejercicio del culto cristiano » (106
)en los Países donde estos creyentes mayoritarios han hecho
de su religión la única admitida y promovida. La
persona humana tiene derecho a la libertad religiosa y todos,
en cualquier parte del mundo, « deben estar
libres de coacción, tanto por parte de personas particulares
como de los grupos sociales y de cualquier poder humano
». (107 )
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III. Evangelizar la vida social
Evangelización de la
cultura e inculturación del Evangelio
58. El anuncio de Jesucristo
tiene que llegar también a la cultura europea contemporánea.
La evangelización de la cultura debe mostrar también que
hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el
Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia.
Para ello, la pastoral ha de asumir la tarea de
imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria: en
la familia, la escuela, la comunicación social; en el
mundo de la cultura, del trabajo y de la economía,
de la política, del tiempo libre, de la salud
y la enfermedad. Hace falta una serena confrontación crítica con
la actual situación cultural de Europa, evaluando las tendencias
emergentes, los hechos y las situaciones de mayor relieve
de nuestro tiempo, a la luz del papel central de
Cristo y de la antropología cristiana.
Hoy, recordando también
la fecundidad cultural del cristianismo a lo largo de
la historia de Europa, es preciso mostrar el planteamiento evangélico,
teórico y práctico, de la realidad y del hombre.
Además, considerando el gran impacto de las ciencias y
los progresos tecnológicos en la cultura y en la sociedad
de Europa, la Iglesia, con sus instrumentos de profundización
teórica y de iniciativa práctica, está llamada a relacionarse
de manera activa con los conocimientos científicos y sus
aplicaciones, indicando la insuficiencia y el carácter inadecuado de
una concepción inspirada en el cientificismo, que pretende reconocer
validez objetiva solamente al saber experimental, y señalando asimismo
los criterios éticos que el hombre lleva inscritos en su
propia naturaleza. (108 )
59. En la tarea de evangelización
de la cultura interviene el importante servicio desarrollado por
las escuelas católicas . Es necesario esforzarse para que
se reconozca una libertad efectiva de educación e igualdad jurídica
entre las escuelas estatales y no estatales. Éstas últimas
son a veces el único medio para proponer la
tradición cristiana a los que se encuentran alejados de
ella. Exhorto a los fieles implicados en el mundo de
la escuela a perseverar en su misión, llevando la luz
de Cristo Salvador en sus actividades educativas específicas, científicas
y académicas. (109 )Se debe valorar en particular la contribución
de los cristianos dedicados a la investigación o que
enseñan en las Universidades: con su « servicio
intelectual », transmiten a las jóvenes generaciones los valores
de un patrimonio cultural enriquecido por dos milenios de
experiencia humanista y cristiana. Convencido de la importancia de
las instituciones académicas, pido también que en las diversas
Iglesias particulares se promueva una pastoral universitaria apropiada, favoreciendo
así una respuesta a las actuales necesidades culturales. (110
)
60. Tampoco puede olvidarse la aportación positiva que supone la
valoración de los bienes culturales de la Iglesia. En
efecto, éstos pueden ser un factor peculiar que ayude
a suscitar nuevamente un humanismo de inspiración cristiana. Con
una adecuada conservación y un uso inteligente, pueden ser, en
cuanto testimonio vivo de la fe profesada a lo
largo de los siglos, un instrumento válido para la
nueva evangelización y la catequesis, e invitar a descubrir
el sentido del misterio.
Al mismo tiempo, se han de
promover nuevas expresiones artísticas de la fe mediante un diálogo
asiduo con quienes se dedican al arte. (111 )En
efecto, la Iglesia necesita el arte, la literatura, la música,
la pintura, la escultura y la arquitectura, porque «
debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo
posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios
», (112 )y porque la belleza artística, como un
reflejo del Espíritu de Dios, es un criptograma del misterio,
una invitación a buscar el rostro de Dios hecho
visible en Jesús de Nazaret.
Educación de los jóvenes en
la fe
61. Animo además a la Iglesia en Europa
a dedicar una creciente atención a la educación de los
jóvenes en la fe . Al poner la mirada en
el porvenir no podemos dejar de pensar en ellos:
hemos de encontrarnos con la mente, el corazón y
el carácter juvenil, para ofrecerles una sólida formación humana y
cristiana.
En toda ocasión en la que participan muchos jóvenes,
no es difícil percatarse de que hay en ellos
actitudes diferenciadas. Se constata el deseo de vivir juntos
para salir del aislamiento, la sed más o menos sentida
de lo absoluto; se ve en ellos una fe
oculta que debe ser purificada e impulsa a seguir al
Señor; se nota la decisión de continuar el camino
ya emprendido y la exigencia de compartir la fe.
62. Para lograrlo hace falta renovar la pastoral juvenil ,
articulada por edades y atenta a las distintas condiciones
de niños, adolescentes y jóvenes. Es necesario además dotarla
de mayor organicidad y coherencia, escuchando pacientemente las preguntas
de los jóvenes, para hacerlos protagonistas de la evangelización
y edificación de la sociedad.
En este quehacer hay que
promover ocasiones de encuentro entre los jóvenes, para favorecer
un clima de escucha recíproca y oración. No se ha
de tener miedo a ser exigentes con ellos en
lo que atañe a su crecimiento espiritual. Se les debe
indicar el camino de la santidad, estimulándolos a tomar
decisiones comprometidas en el seguimiento de Jesús, fortalecidos por
una vida sacramentalmente intensa. De este modo podrán resistir
a las seducciones de una cultura que con frecuencia
les propone sólo valores efímeros e incluso contrarios al Evangelio,
y hacer que ellos mismos sean capaces de manifestar
una mentalidad cristiana en todos los ámbitos de la
existencia, incluidos el del ocio y la diversión. (113 )
Tengo
aún presente ante mis ojos los rostros alegres de muchos
jóvenes , verdadera esperanza de la Iglesia y del
mundo, signo elocuente del Espíritu que no se cansa
de suscitar nuevas energías. Los he encontrado tanto en mi
peregrinar por diversos Países como en las inolvidables Jornadas
Mundiales de la Juventud. (114 )
Atención a los medios
de comunicación social
63. Dada su importancia, la Iglesia en
Europa ha de prestar particular atención al multiforme mundo
de los medios de comunicación social . Entre otras
cosas, esto comporta la adecuada formación de los cristianos que
trabajan en ellos y de los usuarios de los
mismos, con el fin de alcanzar un buen dominio
de los nuevos lenguajes. Se ha de poner un cuidado
especial en la elección de personas competentes para la
comunicación del mensaje a través de estos medios. Es
también muy útil el intercambio de informaciones y estrategias entre
las Iglesias sobre los diversos aspectos y sobre las
iniciativas concernientes este tipo de comunicación. Y no se
debe descuidar la creación de medios de comunicación social
locales, incluso en el ámbito parroquial.
Al mismo tiempo, hay
que tratar de introducirse en los procesos de la
comunicación social para hacer que se respete mejor la verdad
de la información y la dignidad de la persona
humana. A este propósito, invito a los católicos a
participar en la elaboración de un código deontológico para todos
los que intervienen en el sector de la comunicación
social, dejándose guiar por los criterios que los competentes
organismos de la Santa Sede han indicado recientemente, (115
)y que los Obispos en el Sínodo habían sintetizado
así: « Respeto de la dignidad de la persona
humana, de sus derechos, incluido el derecho a la
privacidad; servicio a la verdad, a la justicia y a
los valores humanos, culturales y espirituales; respeto por las
diversas culturas, evitando que se diluyan en la masa, tutela
de los grupos minoritarios y de los más débiles;
búsqueda del bien común por encima de intereses particulares
o del predominio de criterios exclusivamente económicos ».
(116 )
Misión ad gentes
64. Un anuncio de Jesucristo y
de su Evangelio que se limitara sólo al contexto
europeo mostraría síntomas de una preocupante falta de esperanza. La
obra de evangelización está animada por verdadera esperanza cristiana
cuando se abre a horizontes universales, que llevan a
ofrecer gratis a todos lo que se ha recibido
también como don. La misión ad gentes se convierte así
en expresión de una Iglesia forjada por el Evangelio de
la esperanza , que se renueva y rejuvenece continuamente.
Ésta ha sido la convicción de la Iglesia en
Europa a lo largo de los siglos: innumerables grupos de
misioneros y misioneras han anunciado el Evangelio de Jesucristo
a las gentes de todo el mundo, yendo al
encuentro de otros pueblos y civilizaciones.
El mismo ardor misionero
debe animar a la Iglesia en la Europa de hoy
. La disminución de presbíteros y personas consagradas en
ciertos Países no ha de ser impedimento en ninguna
Iglesia particular para que asuma las exigencias de la
Iglesia universal. Cada una encontrará el modo de favorecer la
preparación a la misión ad gentes , para responder
así con generosidad al clamor que se eleva aún en
muchos pueblos y naciones deseosas de conocer el Evangelio. En
otros Continentes, particularmente Asia y África, las Comunidades eclesiales
observan todavía a las Iglesias en Europa y esperan
que sigan llevando a cabo su vocación misionera. Los
cristianos en Europa no pueden renunciar a su historia. (117
)
El Evangelio: libro para la Europa de hoy y de
siempre
65. Al principio del Gran Jubileo del año 2000,
al pasar por la Puerta Santa levanté ante la
Iglesia y al mundo el libro de los Evangelios. Este
gesto, realizado por cada Obispo en las diversas catedrales
del mundo, debe indicar el compromiso que la Iglesia
tiene hoy y siempre en nuestro Continente.
Iglesia en Europa,
¡entra en el nuevo milenio con el libro de los
Evangelios! Que todos los fieles acojan la exhortación conciliar
a « la lectura asidua de la Escritura
para que adquieran la “sublimidad del conocimiento de Cristo
Jesús” ( Flp 3, 8), “pues desconocer la Escritura
es desconocer a Cristo” ». (118 )Que la Sagrada
Biblia siga siendo un tesoro para la Iglesia y
para todo cristiano: en el estudio atento de la Palabra
encontraremos alimento y fuerza para llevar a cabo cada
día nuestra misión.
¡Tomemos este Libro en nuestras manos! Recibámoslo
del Señor que lo ofrece continuamente por medio de
su Iglesia (cf. Ap 10, 8). Devorémoslo (cf. Ap 10,
9) para que se convierta en vida de nuestra
vida. Gustémoslo hasta el fondo: nos costará, pero nos proporcionará
alegría porque es dulce como la miel (cf. Ap
10, 9-10). Estaremos así rebosantes de esperanza y capaces
de comunicarla a cada hombre y mujer que encontremos
en nuestro camino.
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CAPÍTULO IV
CELEBRAR EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
«
Al que está sentado en el trono y al
Cordero, alabanza,
honor, gloria y potencia
por los siglos de
los siglos » (Ap 5, 13)
Una comunidad orante
66. Se ha de celebrar el Evangelio de la esperanza
, anuncio de la verdad que nos hace libres
(cf. Jn 8, 32). Ante el Cordero del Apocalipsis
comienza una liturgia solemne de alabanza y adoración: «
Al que está sentado en el trono y al
Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos
de los siglos » ( Ap 5, 13). Esta
visión, que revela a Dios y el sentido de
la historia, tiene lugar « en el día del
Señor » ( Ap 1, 10), el día
de la resurrección revivido por la asamblea dominical.
La Iglesia
que recibe esta revelación es una comunidad que ora .
Orando escucha a su Señor y lo que el
Espíritu le dice: ella adora, alaba, da gracias e
invoca la llegada del Señor, « ¡Ven, Señor Jesús!
» (cf. Ap 22, 16-20), afirmando así que sólo
de Él espera la salvación.
También a ti, Iglesia de
Dios que vives en Europa, se te pide que seas
comunidad que ora , celebrando a tu Señor con
los Sacramentos, la liturgia y toda la existencia. En
la oración descubrirás la presencia vivificante del Señor. Así,
enraizando en Él cada una de tus acciones, podrás proponer
de nuevo a los europeos el encuentro con Él
mismo, esperanza verdadera y la única que puede satisfacer
plenamente el anhelo de Dios escondido en las diversas formas
de búsqueda religiosa que retoñan en la Europa contemporánea.
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I. Descubrir
la liturgia
El sentido religioso en la Europa de hoy
67. No obstante las amplias áreas descristianizadas en el Continente
europeo, hay signos que ayudan a perfilar el rostro
de una Iglesia que, creyendo, anuncia, celebra y sirve
a su Señor . En efecto, no faltan ejemplos
de cristianos auténticos, que viven momentos de silencio contemplativo,
participan fielmente en iniciativas espirituales, viven el Evangelio en su
existencia cotidiana y dan testimonio de él en los
diversos ámbitos en que se mueven. Se pueden entrever,
además, muestras de una « santidad de pueblo
», que manifiestan cómo en la Europa actual es
posible vivir el Evangelio no sólo en la esfera
personal sino también como una auténtica experiencia comunitaria.
68. Junto
con muchos ejemplos de fe genuina, hay también en Europa
una religiosidad vaga y, a veces, desencaminada . Sus
manifestaciones son frecuentemente genéricas y superficiales, en ocasiones incluso
contrastantes en las personas mismas de las que proceden.
Hay fenómenos claros de fuga hacia el espiritualismo, el
sincretismo religioso y esotérico, una búsqueda de acontecimientos extraordinarios
a todo coste, hasta llegar a opciones descarriadas, como
la adhesión a sectas peligrosas o a experiencias pseudoreligiosas.
El deseo difuso de alimento espiritual ha de ser acogido
con comprensión y purificado. Al hombre que se percata,
aunque sea confusamente, de no poder vivir sólo de
pan, la Iglesia ha de presentarle de modo convincente la
respuesta de Jesús al tentador: « No sólo
de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios » (
Mt 4, 4).
Una Iglesia que celebra
69. En el
contexto de la sociedad actual, cerrada con frecuencia a la
trascendencia, sofocada por comportamientos consumistas, presa fácil de antiguas
y nuevas idolatrías y, al mismo tiempo, sedienta de
algo que vaya más allá de lo inmediato, a
la Iglesia en Europa le espera una tarea laboriosa y
apasionante a la vez. Consiste en descubrir el sentido
del « misterio »; en renovar las
celebraciones litúrgicas para que sean signos más elocuentes de la
presencia de Cristo, el Señor; en proporcionar nuevos espacios
para el silencio, la oración y la contemplación; en volver
a los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia,
como fuente de libertad y de nueva esperanza.
Por
eso te dirijo a ti, Iglesia que vives en Europa
, una invitación apremiante: sé una Iglesia que ora
, alaba a Dios, reconoce su absoluta supremacía y
lo exalta con fe gozosa. Descubre el sentido del misterio:
vívelo con humilde gratitud; da testimonio de él con alegría
sincera y contagiosa. Celebra la salvación de Cristo: acógela
como don que te convierte en sacramento suyo y
haz de tu vida un verdadero culto espiritual agradable
a Dios (cf. Rm 12, 1).
Sentido del misterio
70.
Algunos síntomas revelan un decaimiento del sentido del misterio en
las celebraciones litúrgicas, que deberían precisamente acercarnos a él.
Por tanto, es urgente que en la Iglesia se
reavive el auténtico sentido de la liturgia . Ésta,
como han recordado los Padres sinodales, (119 )es instrumento de
santificación, celebración de la fe de la Iglesia y
medio de transmisión de la fe. Con la Sagrada Escritura
y las enseñanzas de los Padres de la Iglesia,
es fuente viva de auténtica y sólida espiritualidad. Con
ella, como subraya certeramente también la tradición de las venerables
Iglesias de Oriente, los fieles entran en comunión con
la Santísima Trinidad, experimentando su participación en la naturaleza
divina como don de la gracia. La liturgia se
convierte así en anticipación de la bienaventuranza final y
participación de la gloria celestial.
71. En las celebraciones hay
que poner como centro a Jesús para dejarnos iluminar
y guiar por Él. En ellas podemos encontrar una de
las respuestas más rotundas que nuestras Comunidades han de
dar a una religiosidad ambigua e inconsistente. La liturgia
de la Iglesia no tiene como objeto calmar los
deseos y los temores del hombre, sino escuchar y acoger
a Jesús que vive, honra y alaba al Padre,
para alabarlo y honrarlo con Él. Las celebraciones eclesiales
proclaman que nuestra esperanza nos viene de Dios por medio
de Jesús, nuestro Señor.
Se trata de vivir la
liturgia como acción de la Trinidad . El Padre es
quien actúa por nosotros en los misterios celebrados; Él
es quien nos habla, nos perdona, nos escucha, nos
da su Espíritu; a Él nos dirigimos, lo escuchamos,
alabamos e invocamos. Jesús es quien actúa para nuestra santificación,
haciéndonos partícipes de su misterio. El Espíritu Santo es
el que interviene con su gracia y nos convierte
en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.
Se debe vivir
la liturgia como anuncio y anticipación de la gloria futura
, término último de nuestra esperanza. Como enseña el
Concilio, « en la liturgia terrena pregustamos y
participamos en la Liturgia celeste que se celebra en la
ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como
peregrinos [...], hasta que se manifieste Él, nuestra Vida,
y nosotros nos manifestamos con Él en la gloria
». (120 )
Formación litúrgica
72. Aunque se ha avanzado
mucho después del Concilio Ecuménico Vaticano II en vivir
el auténtico sentido de la liturgia, todavía queda mucho por
hacer. Es necesaria una renovación continua y una constante
formación de todos: ordenados, consagrados y laicos.
La verdadera
renovación , más que recurrir a actuaciones arbitrarias, consiste
en desarrollar cada vez mejor la conciencia del sentido del
misterio, de modo que las liturgias sean momentos de
comunión con el misterio grande y santo de la
Trinidad. Celebrando los actos sagrados como relación con Dios y
acogida de sus dones, como expresión de auténtica vida
espiritual, la Iglesia en Europa podrá alimentar verdaderamente su
esperanza y ofrecerla a quien la ha perdido.
73.
Para ello se necesita un gran esfuerzo de formación .
Ésta se orienta a favorecer la comprensión del verdadero
sentido de las celebraciones de la Iglesia y requiere,
además, una adecuada instrucción sobre los ritos, una auténtica
espiritualidad y una educación a vivirla en plenitud. (121 )Por
tanto, se ha de promover más una autentica «
mistagogía litúrgica », con la participación activa de
todos los fieles , cada uno según sus propios
cometidos, en las acciones sagradas, especialmente en la Eucaristía.
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II. Celebrar los
Sacramentos
74. Se debe dar gran relieve a la celebración
de los Sacramentos , como acciones de Cristo y
de la Iglesia orientadas a dar culto a Dios, a
la santificación de los hombres y la edificación de
la Comunidad eclesial. Reconociendo que Cristo mismo actúa en
ellos por medio del Espíritu Santo, los Sacramentos se
deben celebrar con el máximo esmero y poniendo las condiciones
apropiadas. Las Iglesias particulares del Continente han de poner
sumo interés en reforzar su pastoral de los Sacramentos,
para que se reconozca su verdad profunda. Los Padres
sinodales han destacado esta exigencia para contrarrestar dos peligros:
por un lado, algunos ambientes eclesiales parecen haber perdido el
auténtico sentido del sacramento y podrían banalizar los misterios
celebrados; por otro, muchos bautizados, por costumbre y tradición,
siguen recurriendo a los Sacramentos en momentos significativos de
su existencia, pero sin vivir conforme a las normas
de la Iglesia. (122 )
La Eucaristía
75. La Eucaristía ,
supremo don de Cristo a la Iglesia, hace presente
sacramentalmente el sacrificio de Cristo para nuestra salvación: «
La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua ». (123 )La Iglesia, en su peregrinación, acude
a ella, « fuente y cima de toda la
vida cristiana », (124 )encontrando la fuente de
toda esperanza. En efecto, la Eucaristía « da
impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva
esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a
sus propias tareas ». (125 )
Todos estamos invitados a
confesar la fe en la Eucaristía , « prenda
de la gloria futura », convencidos de que
la comunión con Cristo, vivida ahora como peregrinos en
la existencia terrena, anticipa el encuentro supremo del día
en que « seremos semejantes a él, porque le
veremos tal cual es » ( 1 Jn 3,
2). La Eucaristía es « gustar la eternidad en
el tiempo », presencia divina y comunión con
ella; memorial de la Pascua de Cristo, es por naturaleza
portadora de la gracia en la historia humana. Abre
al futuro de Dios; siendo comunión con Cristo, con
su cuerpo y su sangre, es participación en la vida
eterna de Dios. (126 )
La reconciliación
76. Junto con
la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación debe tener
también un papel fundamental en la recuperación de la esperanza:
« En efecto, la experiencia personal del perdón
de Dios para cada uno de nosotros es fundamento
esencial de toda esperanza respecto a nuestro futuro ».
(127 )Una de las causas del abatimiento que acecha a
muchos jóvenes de hoy debe buscarse en la incapacidad
de reconocerse pecadores y dejarse perdonar, una incapacidad debida
frecuentemente a la soledad de quien, viviendo como si Dios
no existiera, no tiene a nadie a quien pedir
perdón. El que, por el contrario, se reconoce pecador
y se encomienda a la misericordia del Padre celestial,
experimenta la alegría de una verdadera liberación y puede vivir
sin encerrarse en su propia miseria. (128 )Recibe así
la gracia de un nuevo comienzo y encuentra motivos para
esperar.
Es necesario, pues, que se revitalice en la
Iglesia en Europa el sacramento de la Reconciliación. Se
recuerda, sin embargo, que la forma del Sacramento es
la confesión personal de los pecados seguida de la absolución
individual. Este encuentro entre el penitente y el sacerdote
ha de ser favorecido en cualquiera de las formas
previstas por el rito del Sacramento . Ante la pérdida
tan extendida del sentido del pecado y la creciente
mentalidad caracterizada por el relativismo y el subjetivismo en
campo moral, es preciso que en cada comunidad eclesial
se imparta una seria formación de las conciencias. (129 )Los
Padres Sinodales ha insistido en que se reconozca claramente la
verdad del pecado personal y la necesidad del perdón
personal de Dios mediante el ministerio del sacerdote. Las
absoluciones colectivas no son un modo alternativo de administrar
el sacramento de la Reconciliación. (130 )
77. Me dirijo a
los sacerdotes , exhortándolos a ofrecer generosamente la propia
disponibilidad para oír las confesiones y a que ellos mismos
den ejemplo, acudiendo con regularidad al sacramento de la
Penitencia. Les recomiendo que procuren estar al día en
el campo de la teología moral, de modo que
sepan afrontar con competencia los problemas planteados recientemente a la
moral personal y social. Presten una especial atención, además,
a las condiciones concretas de vida en que se
encuentran los fieles y les ayuden pacientemente a descubrir
las exigencias de la ley moral cristiana, ayudándolos a
vivir el Sacramento como un gozoso encuentro con la misericordia
del Padre celestial. (131 )
Oración y vida
78. Junto
con la celebración Eucarística, hace falta promover también otras
formas de oración comunitaria, (132 )ayudando a descubrir la
relación entre ésta y la oración litúrgica. En particular, manteniendo
viva la tradición de la Iglesia latina, se han
de promover las diversas manifestaciones del culto eucarístico fuera
de la Misa: adoración personal, exposición y procesión, que
se han de concebir como expresión de fe en la
presencia real y permanente del Señor en el Sacramento
del altar. (133 )Se ha de educar a ver
una conexión similar con el misterio eucarístico en la celebración,
personal o comunitaria, de la Liturgia de las Horas ,
cuyo valor para los fieles laicos ha sido puesto
también de relieve por el Concilio Vaticano II. (134 )Se
exhorte a las familias a dedicar algún tiempo a la
oración en común, de tal modo que interpreten a
la luz del Evangelio toda la vida matrimonial y
familiar. Así, partiendo de quienes se ponen a la escucha
de la Palabra de Dios, se formará una liturgia
doméstica que marcará cada momento de la familia. (135 )
Toda
forma de oración comunitaria presupone la oración individual. Entre la
persona y Dios se establece un coloquio franco que
se expresa en la alabanza, el agradecimiento, la súplica
al Padre por Jesucristo y en el Espíritu Santo. Nunca
se descuide la oración personal, que es como el
aire que respira el cristiano. Y se eduque también
a descubrir la relación entre ésta última y la oración
litúrgica.
79. Se ha de dedicar también una atención
especial a la piedad popular .(136 )Muy extendida por las
diversas regiones de Europa mediante las cofradías, procesiones y
peregrinaciones a numerosos santuarios, enriquece el itinerario del año
litúrgico, inspirando usos y costumbres familiares y sociales. Todas
estas formas deben ser consideradas cuidadosamente mediante una pastoral de
promoción y renovación, que les ayude a desarrollar todo
lo que es expresión auténtica de la sabiduría del
Pueblo de Dios. Lo es ciertamente el Santo Rosario.
En este año dedicado al mismo, me complace recomendar su
rezo, porque « el Rosario, comprendido en su
pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida
cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda, espiritual y
pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo
de Dios y la nueva evangelización ». (137
)
En el campo de la piedad popular hay que vigilar
constantemente los aspectos ambiguos de algunas de sus manifestaciones,
preservándolas de desviaciones secularistas, consumismos desconsiderados o también de
riesgos de superstición, para mantenerlas dentro de formas auténticas y
juiciosas. Se ha de llevar a cabo una pedagogía
apropiada, explicando cómo la piedad popular se ha vivir
siempre en armonía con la liturgia de la Iglesia y
vinculada con los Sacramentos.
80. No se debe olvidar
que el « culto espiritual agradable a Dios
» (cf. Rm 12, 1) se realiza ante todo en
la existencia cotidiana , vivida en la caridad por
la entrega libre y generosa de uno mismo incluso en
momentos de aparente impotencia. Así, la vida está animada
por una esperanza inquebrantable, porque sólo se apoya en
la certeza del poder de Dios y la victoria
de Cristo: es una vida rebosante de consolaciones de Dios,
con las cuales hemos de consolar, por nuestra parte,
a cuantos encontramos en nuestro camino (cf. 2 Co
1, 4).
El día del Señor
81. El día del
Señor es un momento paradigmático y sumamente evocador en
la celebración del Evangelio de la esperanza.
En el contexto
actual, diversas circunstancias hacen difícil que los cristianos vivan
plenamente el domingo como día del encuentro con el Señor.
No es raro que se reduzca a un simple
« fin de semana », a un tiempo
de mera evasión. Hace falta, pues, una acción pastoral
articulada en el ámbito educativo, espiritual y social, que
ayude a vivir su sentido genuino.
82. Renuevo, por tanto,
la invitación a recuperar el sentido más profundo del
día del Señor ,(138 )para que sea santificado con la
participación en la Eucaristía y con un descanso lleno
de fraternidad y regocijo cristiano. Que se celebre como centro
de todo el culto, preanuncio incesante de la vida
sin fin, que reanima la esperanza y alienta en
el camino. Por eso no se ha de tener miedo
a defenderlo contra toda insidia y a esforzarse por salvaguardarlo
en la organización del trabajo, de modo que sea
un día para el hombre y ventajoso para toda
la sociedad. En efecto, si se priva al domingo de
su sentido originario y no es posible darle un
espacio adecuado para la oración, el descanso, la comunión
y la alegría, puede suceder que « el hombre
quede cerrado en un horizonte tan restringido que no
le permite ya ver el “cielo”. Entonces, aunque vestido
de fiesta, interiormente es incapaz de “hacer fiesta” ».
(139 )Y sin la dimensión de la fiesta, la esperanza
no encontraría un hogar donde vivir.
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CAPÍTULO V
SERVIR AL EVANGELIO
DE LA ESPERANZA
« Conozco tu conducta: tu caridad,
tu fe,
tu espíritu de servicio, tu paciencia »
(Ap 21, 2)
La vía del amor
83. La palabra
que el Espíritu dice a las Iglesias contiene un juicio
sobre su vida . Éste se refiere a hechos
y comportamientos. « Conozco tu conducta »
es la introducción que, como un estribillo y con pocas
variantes, aparece en las cartas dirigidas a las siete
Iglesias. Cuando las obras resultan positivas, son fruto de
la laboriosidad y la constancia, del saber resistir las
dificultades, la tribulación y la pobreza; lo son también de
la fidelidad en las persecuciones, de la caridad, la
fe y el servicio. En este sentido, pueden ser
entendidas como la descripción de una Iglesia que, además de
anunciar y celebrar la salvación que le viene del
Señor, la “vive” en lo concreto.
Para servir al
Evangelio de la esperanza, la Iglesia que vive en Europa
está llamada también a seguir el camino del amor
. Es un camino que pasa a través de
la caridad evangelizadora, el esfuerzo multiforme en el servicio y
la opción por una generosidad sin pausas ni límites.
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I. El servicio
de la caridad
En la comunión y en la solidaridad
84. Para todo ser humano, la caridad que se recibe
y se da es la experiencia originaria de la
cual nace la esperanza . « El hombre no
puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo
un ser incomprensible, su vida está privada de sentido
si no se le revela el amor, si no se
encuentra con el amor, si no lo experimenta y
lo hace propio, si no participa en él vivamente
». (140 )
El reto para la Iglesia en la Europa
de hoy consiste, por tanto, en ayudar al hombre
contemporáneo a experimentar el amor de Dios Padre y de
Cristo en el Espíritu Santo, mediante el testimonio de
la caridad, que tiene en sí misma una intrínseca
fuerza evangelizadora .
En esto consiste en definitiva el «
Evangelio », la buena noticia para todos los
hombres: « Dios nos ha amado primero »
(cf. 1 Jn 4, 10.19); Jesús nos ha amado
hasta el final (cf. Jn 13, 1). Gracias al don
del Espíritu, se ofrece a los creyentes la caridad
de Dios, haciéndoles partícipes de su misma capacidad de
amar: la caridad apremia en el corazón de cada
discípulo y de toda la Iglesia (cf. 2 Co 5,
14). Precisamente porque se recibe de Dios, la caridad
se convierte en mandamiento para el hombre (cf. Jn 13,
34).
Vivir en la caridad es, pues, un gozoso anuncio
para todos, haciendo visible el amor de Dios, que
no abandona a nadie. En definitiva, significa dar al
hombre desorientado razones verdaderas para seguir esperando.
85. Es vocación
de la Iglesia, como « signo creíble, aunque siempre
inadecuado del amor vivido, hacer que los hombres y
mujeres se encuentren con el amor de Dios y
de Cristo, que viene a su encuentro ». (141
)La Iglesia, « signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo
el género humano », (142 )da testimonio del amor
cuando las personas, las familias y las comunidades viven
intensamente el Evangelio de la caridad. En otras palabras, nuestras
comunidades eclesiales están llamadas a ser verdaderas escuelas prácticas
de comunión.
Por su propia naturaleza, el testimonio de
la caridad ha de extenderse más allá de los
confines de la comunidad eclesial, para llegar a cada ser
humano, de modo que el amor por todos los
hombres fomente auténtica solidaridad en toda la vida social
. Cuando la Iglesia sirve a la caridad, hace crecer
al mismo tiempo la « cultura de la
solidaridad », contribuyendo así a dar nueva vida a
los valores universales de la convivencia humana.
En esta
perspectiva es menester revalorizar el sentido auténtico del voluntariado
cristiano . Naciendo de la fe y siendo alimentado continuamente
por ella, debe saber conjugar capacidad profesional y amor
auténtico, impulsando a quienes lo practican a «
elevar los sentimientos de simple filantropía a la altura de
la caridad de Cristo; a reconquistar cada día, entre
fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada
hombre; a salir al encuentro de las necesidades de
las personas iniciando -si es preciso- nuevos caminos allí
donde más urgentes son las necesidades y más escasas las
atenciones y el apoyo ». (143 )
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II. Servir al hombre
en la sociedad
Dar esperanza a los pobres
86. Se
pide a toda la Iglesia que dé nueva esperanza a
los pobres . Para ella, acogerlos y servirlos significa
acoger y servir a Cristo (cf. Mt 25, 40). El
amor preferencial a los pobres es una dimensión necesaria
del ser cristiano y del servicio al Evangelio. Amarlos y
mostrarles que son los predilectos de Dios, significa reconocer
que las personas valen por sí mismas, cualesquiera que
sean sus condiciones económicas, culturales o sociales en que
se encuentren, ayudándolas a valorar sus propias capacidades.
87. Es
preciso también dejarse interpelar por el fenómeno del desempleo ,
que es una grave plaga social en muchas naciones
de Europa. A esto se añaden, además, los problemas
relacionados con los crecientes flujos migratorios. Se pide a
la Iglesia hacer presente que el trabajo es un bien
del cual toda la sociedad debe hacerse cargo.
Reiterando
los criterios éticos que han de regir el mercado y
la economía, respetando escrupulosamente el puesto central del hombre,
la Iglesia no dejará de intentar el diálogo con
las personas responsables, tanto en el ámbito político, como
sindical y empresarial. (144 )Este diálogo debe orientarse a la
edificación de una Europa entendida como comunidad de gentes
y pueblos, comunidad solidaria en la esperanza, no sometida
exclusivamente a las leyes del mercado, sino decididamente preocupada por
salvaguardar también la dignidad del hombre en las relaciones
económicas y sociales.
88. Se ha de promover también
convenientemente la pastoral de los enfermos . Teniendo en
cuenta que la enfermedad es una situación que plantea cuestiones
esenciales sobre el sentido de la vida, el cuidado
de los enfermos ha de ser una de las
prioridades « en una sociedad de la prosperidad y
la eficiencia, en una cultura caracterizada por la idolatría
del cuerpo, por la supresión del sufrimiento y el
dolor y por el mito de la eterna juventud
». (145 )Para ello se ha de promover, por un
lado, una adecuada presencia pastoral en los diversos lugares
del dolor, por ejemplo, mediante la dedicación de los
capellanes de hospitales, los miembros de asociaciones de voluntariado, las
instituciones sanitarias eclesiásticas, y, por otro, el apoyo a
las familias de los enfermos. Hará falta además estar
al lado del personal médico y auxiliar con medios
pastorales adecuados, para apoyarlo en su delicada vocación al servicio
de los enfermos. En efecto, los agentes sanitarios prestan
cada día en su actividad un noble servicio a
la vida. A ellos se les pide que den también
a los pacientes una ayuda espiritual especial, que supone
el calor de un autentico contacto humano.
89. Finalmente,
no se ha de olvidar que a veces se hace
un uso indebido de los bienes de la tierra
. En efecto, al descuidar su misión de cultivar y
cuidar la tierra con sabiduría y amor (cf. Gn
2, 15), el hombre ha devastado en muchas zonas
bosques y llanuras, contaminado las aguas, hecho irrespirable el
aire, alterado los sistemas hidrogeológicos y atmosféricos y desertificado
grandes superficies.
También en este caso, servir al Evangelio de
la esperanza quiere decir empeñarse de un modo nuevo
en un correcto uso de los bienes de la tierra
,(146 )llamando la atención para que, además de tutelar los
ambientes naturales , se defienda la calidad de la
vida de las personas y se prepare a las
generaciones futuras un entorno más conforme con el proyecto del
Creador.
La verdad sobre el matrimonio y la familia
90.
La Iglesia en Europa, en todos sus estamentos, ha de
proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y
la familia .(147 )Es una necesidad que siente de manera
apremiante, porque sabe que dicha tarea le compete por
la misión evangelizadora que su Esposo y Señor le ha
confiado y que hoy se plantea con especial urgencia.
En efecto, son muchos los factores culturales, sociales y
políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez
más evidente de la familia. Comprometen en buena medida la
verdad y dignidad de la persona humana y ponen
en tela de juicio, desvirtuándola, la idea misma de
familia. El valor de la indisolubilidad matrimonial se tergiversa cada
vez más; se reclaman formas de reconocimiento legal de
las convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo; no
faltan proyectos para aceptar modelos de pareja en los
que la diferencia sexual no se considera esencial.
En este
contexto, se pide a la Iglesia que anuncie con renovado
vigor lo que el Evangelio dice sobre el matrimonio
y la familia , para comprender su sentido y
su valor en el designio salvador de Dios. En particular,
es preciso reafirmar dichas instituciones como provenientes de la
voluntad de Dios. Hay que descubrir la verdad de
la familia como íntima comunión de vida y amor, (148
)abierta a la procreación de nuevas personas, así como su
dignidad de « iglesia doméstica » y
su participación en la misión de la Iglesia y en
la vida de la sociedad.
91. Según los Padres
sinodales, se ha de reconocer que muchas familias, en la
existencia cotidiana vivida en el amor, son testigos visibles
de la presencia de Jesús, que las acompaña y
sustenta con el don de su Espíritu. Para apoyarlas en
este camino, se debe profundizar la teología y la
espiritualidad del matrimonio y de la familia; proclamar con
firmeza e integridad, manifestándolo con ejemplos convincentes, la verdad
y la belleza de la familia fundada en el matrimonio
de un hombre y una mujer, entendido como unión
estable y abierta al don de la vida; promover en
todas las comunidades eclesiales una adecuada y orgánica pastoral
familiar. Asimismo, hay que ofrecer con solicitud materna por
parte de la Iglesia una ayuda a los que se
encuentran en situaciones difíciles, como por ejemplo, las madres
solteras, personas separadas, divorciadas o hijos abandonados. En todo
caso, conviene suscitar, acompañar y sostener el justo protagonismo
de las familias, individualmente o asociadas, en la Iglesia
y en la sociedad, y esforzarse para que los Estados
y la Unión Europea misma promuevan auténticas y adecuadas
políticas familiares. (149 )
92. Se ha de prestar una atención
particular a que los jóvenes y los novios reciban
una educación al amor , mediante programas específicos de
preparación al sacramento del Matrimonio, que les ayuden a llegar
a su celebración viviendo en castidad. En su labor
educativa, la Iglesia mostrará su solicitud acompañando a los
recién casados después de la celebración del matrimonio.
93.
Finalmente, la Iglesia ha de acercarse también, con bondad materna,
a las situaciones matrimoniales en las que fácilmente puede
decaer la esperanza. En particular, « ante tantas
familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a
expresar un juicio severo e indiferente, sino más bien a
iluminar los diversos dramas humanos con la luz de
la palabra de Dios , acompañada por el testimonio
de su misericordia. Con este espíritu, la pastoral familiar trata
de aliviar también las situaciones de los creyentes que se
han divorciado y vuelto a casar civilmente . No
están excluidos de la comunidad; al contrario, están invitados
a participar en su vida, recorriendo un camino de
crecimiento en el espíritu de las exigencias evangélicas. La Iglesia,
sin ocultarles la verdad del desorden moral objetivo en
el que se hallan y de las consecuencias que
derivan de él para la práctica sacramental, quiere mostrarles
toda su cercanía materna ». (150 )
94. Si para
servir al Evangelio de la esperanza es necesario prestar una
atención adecuada y prioritaria a la familia, es igualmente
indudable que las familias mismas tienen que realizar una
tarea insustituible respecto al Evangelio de la esperanza. Por
eso, con confianza y afecto a todas las familias
cristianas que viven en Europa, les renuevo la invitación: «
¡Familias, sed lo que sois! ». Vosotras
sois la representación viva de la caridad de Dios: en
efecto, tenéis la « misión de custodiar, revelar y
comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real
del amor de Dios por la humanidad y del amor
de Cristo Señor por la Iglesia su esposa
». (151 )
Sois el « santuario de la vida
[...]: el ámbito donde la vida, don de Dios,
puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los
múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse
según las exigencias de un auténtico crecimiento humano
». (152 )
Sois el fundamento de la sociedad , en
cuanto lugar primordial de la « humanización
» de la persona y de la convivencia civil, (153
)modelo para instaurar relaciones sociales vividas en el amor
y la solidaridad.
¡Sed vosotras mismas testimonio creíble del Evangelio
de la esperanza! Porque sois « gaudium et
spes » .(154 )
Servir al Evangelio de la vida
95. El envejecimiento y la disminución de la población que
se advierte en muchos Países de Europa es motivo
de preocupación; en efecto, la disminución de los nacimientos
es síntoma de escasa serenidad ante el propio futuro;
manifiesta claramente una falta de esperanza y es signo de
la « cultura de la muerte »
que invade la sociedad actual. (155 )
Junto con la disminución
de la natalidad, se han de recordar otros signos que
contribuyen a delinear el eclipse del valor de la
vida y a desencadenar una especie de conspiración contra
ella. Entre ellos se ha de mencionar con tristeza,
ante todo, la difusión del aborto , recurriendo incluso a
productos químico-farmacéuticos que permiten efectuarlo sin tener que acudir
al médico y eludir cualquier forma de responsabilidad social;
ello es favorecido por la existencia en muchos Estados
del Continente de legislaciones permisivas de un acto que
es siempre un « crimen nefando » (156
)y un grave desorden moral. Tampoco se pueden olvidar
los atentados perpetrados por la « intervención sobre
los embriones humanos que, aun buscando fines en sí mismos
legítimos, comportan inevitablemente su destrucción », o mediante
el uso incorrecto de técnicas diagnósticas prenatales puestas al
servicio no de terapias a veces posibles sino «
de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo
». (157 )
Se ha de citar también la tendencia,
detectada en algunas partes de Europa, a creer que
se puede permitir poner conscientemente punto final a la propia
vida o a la de otro ser humano: de
aquí la difusión de la eutanasia , encubierta o
abiertamente practicada, para la cual no faltan peticiones y tristes
ejemplos de legalización.
96. Ante este estado de cosas,
es necesario « servir al Evangelio de la
vida » incluso mediante una « movilización general
de las conciencias y un común esfuerzo ético , para
poner en práctica una gran estrategia en favor de la
vida » .(158 )Éste es un gran reto que
se debe afrontar con responsabilidad, convencidos de que «
el futuro de la civilización europea depende en
gran parte de la decidida defensa y promoción de
los valores de la vida, núcleo de su patrimonio cultural
»; (159 )se trata, pues, de devolver a
Europa su verdadera dignidad, que consiste en ser un
lugar donde cada persona ve afirmada su incomparable dignidad.
Hago
mías, pues, estas palabras de los Padres sinodales: «
El Sínodo de los Obispos europeos anima a las
comunidades cristianas a ser evangelizadoras de la vida. Anima
a los matrimonios y familias cristianas a ayudarse mutuamente a
ser fieles a su misión de colaboradores de Dios
en la procreación y educación de nuevas criaturas; aprecia
todo intento de reaccionar al egoísmo en el ámbito de
la transmisión de la vida, fomentado por falsos modelos
de seguridad y felicidad; pide a los Estados y
a la Unión Europea que actúen políticas clarividentes que promuevan
las condiciones concretas de vivienda, trabajo y servicios sociales,
idóneas para favorecer la constitución de la familia, la
realización de la vocación a la maternidad y a
la paternidad, y, además, aseguren a la Europa de hoy
el recurso más precioso: los europeos del mañana
». (160 )
Construir una ciudad digna del hombre
97. La
caridad diligente nos apremia a anticipar el Reino futuro. Por
eso mismo colabora en la promoción de los auténticos
valores que son la base de una civilización digna
del hombre. En efecto, como recuerda el Concilio Vaticano II,
« los cristianos, en su peregrinación hacia la
ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de
arriba; esto no disminuye nada, sino que más bien aumenta,
la importancia de su tarea de trabajar juntamente con
todos los hombres en la edificación de un mundo
más humano ». (161 )La espera de los cielos
nuevos y de la tierra nueva, en vez de alejarnos
de la historia, intensifica la solicitud por la realidad
presente, donde ya ahora crece una novedad, que es
germen y figura del mundo que vendrá.
Animados por estas
certezas de fe, esforcémonos en construir una ciudad digna
del hombre . Aunque no sea posible establecer en la
historia un orden social perfecto, sabemos sin embargo que cada
esfuerzo sincero por construir un mundo mejor cuenta con
la bendición de Dios, y que cada semilla de justicia
y amor plantado en el tiempo presente florece para
la eternidad.
98. La Doctrina Social de la Iglesia tiene
una función inspiradora en la construcción de una ciudad
digna del hombre. En efecto, con ella la Iglesia
plantea al Continente europeo la cuestión de la calidad moral
de su civilización. Tiene origen, por una parte, en
el encuentro del mensaje bíblico con la razón y,
por otra, con los problemas y las situaciones que afectan
a la vida del hombre y la sociedad. Con
el conjunto de los principios que ofrece, dicha doctrina
contribuye a poner bases sólidas para una convivencia en la
justicia, la verdad, la libertad y la solidaridad. Orientada
a defender y promover la dignidad de la persona,
fundamento no sólo de la vida económica y política, sino
también de la justicia social y de la paz,
se muestra capaz de dar soporte a los pilares
maestros del futuro del Continente. (162 )En esta misma doctrina
se encuentran las bases para poder defender la estructura
moral de la libertad, de manera que se proteja la
cultura y la sociedad europea tanto de la utopía
totalitaria de una « justicia sin libertad
», como de una « libertad sin verdad
», que comporta un falso concepto de «
tolerancia », precursoras ambas de errores y horrores para
la humanidad, como muestra tristemente la historia reciente de
Europa misma. (163 )
99. La Doctrina Social de la Iglesia,
por su relación intrínseca con la dignidad de la
persona, está formulada para ser entendida también por los que
no pertenecen a la comunidad de los creyentes. Es
urgente, pues, difundir su conocimiento y estudio, superando la
ignorancia que se tiene de ella incluso entre los
cristianos. Lo exige la nueva Europa en vías de construcción,
necesitada de personas educadas según estos valores y dispuestas
a trabajar con ahínco en la realización del bien
común. Es necesaria la presencia de laicos cristianos que,
en las diversas responsabilidades de la vida civil, de la
economía, la cultura, la salud, la educación y la
política, trabajen para infundir en ellas los valores del
Reino. (164 )
Hacia una cultura de la acogida
100. Entre
los retos que tiene hoy el servicio al Evangelio de
la esperanza se debe incluir el creciente fenómeno de
la inmigración , que llama en causa la capacidad
de la Iglesia para acoger a toda persona, cualquiera que
sea su pueblo o nación de pertenencia. Estimula también
a toda la sociedad europea y sus instituciones a
buscar un orden justo y modos de convivencia respetuosos de
todos y de la legalidad, en un proceso de
posible integración.
Teniendo en cuenta el estado de miseria, de
subdesarrollo o también de insuficiente libertad, que por desgracia
caracteriza aún a diversos Países y son algunas de
las causas que impulsan a muchos a dejar su propia
tierra, es preciso un compromiso valiente por parte de
todos para realizar un orden económico internacional más justo
, capaz de promover el auténtico desarrollo de todos
los pueblos y de todos los Países.
101. Ante el
fenómeno de la inmigración, se plantea en Europa la cuestión
de su capacidad para encontrar formas de acogida y
hospitalidad inteligentes. Lo exige la visión « universal
» del bien común: hace falta ampliar las perspectivas
hasta abarcar las exigencias de toda la familia humana.
El fenómeno mismo de la globalización reclama apertura y participación,
si no quiere ser origen de exclusión y marginación
sino más bien de participación solidaria de todos en
la producción e intercambio de bienes.
Todos han de colaborar
en el crecimiento de una cultura madura de la
acogida que, teniendo en cuenta la igual dignidad de cada
persona y la obligada solidaridad con los más débiles,
exige que se reconozca a todo migrante los derechos
fundamentales . A las autoridades públicas corresponde la responsabilidad
de ejercer el control de los flujos migratorios considerando
las exigencias del bien común. La acogida debe realizarse siempre
respetando las leyes y, por tanto, armonizarse, cuando fuere
necesario, con la firme represión de los abusos .
102. También
es necesario tratar de individuar posibles formas de auténtica integración
de los inmigrados acogidos legítimamente en el tejido social
y cultural de las diversas naciones europeas.
Esto exige que
no se ceda a la indiferencia sobre los valores humanos
universales y que se salvaguarde el propio patrimonio cultural
de cada nación. Una convivencia pacífica y un intercambio
de la propia riqueza interior harán posible la edificación
de una Europa que sepa ser casa común, en la
que cada uno sea acogido, nadie se vea discriminado
y todos sean tratados, y vivan responsablemente, como miembros
de una sola gran familia.
103. Por su parte, la
Iglesia está llamada a « continuar su actividad,
creando y mejorando cada vez más sus servicios de acogida
y su atención pastoral con los inmigrados y refugiados
», (165 )para que se respeten su dignidad y libertad,
y se favorezca su integración.
En particular, no se
debe olvidar una atención pastoral específica a la integración
de los inmigrantes católicos , respetando su cultura y la
peculiaridad de su tradición religiosa. Para ello se han
de favorecer contactos entre las Iglesias de origen de
los inmigrados y las que los acogen, con el fin
de estudiar formas de ayuda que pueden prever también
la presencia entre los inmigrados de presbíteros, consagrados y
agentes de pastoral, adecuadamente formados, procedentes de sus países.
El servicio al Evangelio exige, además, que la Iglesia, defendiendo
la causa de los oprimidos y excluidos, pida a
las autoridades políticas de los diversos Estados y a
los responsables de las Instituciones europeas que reconozcan la
condición de refugiados a los que huyen del propio país
de origen por estar en peligro su vida, y
favorezcan el retorno a su patria; y que se creen,
además, la condiciones necesarias para que se respete la
dignidad de todos los inmigrados y se defiendan sus
derechos fundamentales. (166 )
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III. ¡Optemos por la caridad!
104. La llamada a
vivir la caridad activa, dirigida por los Padres sinodales
a todos los cristianos del Continente europeo, (167 )es una
síntesis lograda de un auténtico servicio al Evangelio de
la esperanza. Ahora te la propongo a ti, Iglesia
de Cristo que vives en Europa. Que las alegrías y
esperanzas, las tristezas y angustias de los europeos de
hoy, sobre todo de los pobres y de los
que sufren, sean tus alegrías y esperanzas, tus tristezas y
angustias, y que nada de lo genuinamente humano deje
de tener eco en tu corazón. Observa a Europa
y su rumbo con la simpatía de quien aprecia todo
elemento positivo, pero que, al mismo tiempo, no cierra
los ojos ante lo que es incoherente con el
Evangelio y lo denuncia con energía.
105. Iglesia en Europa,
acoge cotidianamente con renovado frescor el don de la
caridad que Dios te ofrece y de la que te
hace capaz. Aprende el contenido y la dimensión del
amor. Que seas la Iglesia de las bienaventuranzas ,
siempre en conformidad con Cristo (cf. Mt 5, 1-12).
Que,
libre de obstáculos y dependencias, seas pobre y amiga de
los más pobres, acogedora de cada persona y atenta
a toda forma, antigua o nueva, de pobreza.
Purificada constantemente
por la bondad del Padre, reconoce en la actitud de
Jesús, que ha defendido siempre la verdad mostrándose al
mismo tiempo misericordioso con los pecadores, la norma suprema
de tu actividad.
En Jesús, en cuyo nacimiento se anunció
la paz (cf. Lc 2, 14); en Él, que
con su muerte ha abatido toda enemistad (cf. Ef 2,
14) y nos ha dado la paz verdadera (cf.
Jn 14, 27), hazte artífice de paz, invitando a tus
hijos a que dejen purificar su corazón de cualquier
hostilidad, egoísmo y partidismo, favoreciendo en toda circunstancia el
diálogo y el respeto recíproco.
En Jesús, justicia de
Dios, nunca te canses de denunciar toda forma de
injusticia. Viviendo en el mundo con los valores del Reino
venidero, serás Iglesia de la caridad, darás tu contribución
indispensable para edificar en Europa una civilización cada vez
más digna del hombre.
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CAPÍTULO VI
EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA PARA
UNA NUEVA EUROPA
« Vi la Ciudad Santa, la
nueva Jerusalén,
que bajaba del cielo » (Ap
21, 2)
El Resucitado está siempre con nosotros
106. El
Evangelio de la esperanza que resuena en el Apocalipsis abre
el corazón a la contemplación de la novedad realizada
por Dios: « Luego vi un cielo nuevo
y una tierra nueva – porque el primer cielo y
la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe
ya » ( Ap 21, 1). Dios mismo la
proclama con una palabra que explica la visión apenas
descrita: « Mira que hago un mundo nuevo
» ( Ap 21, 5).
La novedad de Dios
– plenamente comprensible sobre el fondo de las cosas
viejas, llenas de lágrimas, luto, lamentos, preocupación y muerte (cf.
Ap 21, 4) – consiste en salir de la condición
de pecado y sus consecuencias en que se encuentra
la humanidad; es el nuevo cielo y la nueva tierra,
la nueva Jerusalén, en contraposición a un cielo y
una tierra viejos, a un orden de cosas anticuado y
a una Jerusalén decrépita, atormentada por sus rivalidades.
Para la
construcción de la ciudad del hombre no es indiferente la
imagen de la nueva Jerusalén que baja «
del cielo, de junto a Dios, engalanada como una
novia ataviada para su esposo » ( Ap 21,
2), y que se refiere directamente al misterio de
la Iglesia. Es una imagen que habla de una realidad
escatológica: va más allá de todo lo que el hombre
puede hacer; es un don de Dios que se
cumplirá en los últimos tiempos. Pero no es una utopía:
es una realidad ya presente . Lo indica el
verbo en presente usado por Dios –« Mira
que hago un mundo nuevo » ( Ap 21,
5)–, el cual precisa aun: « Hecho está
» ( Ap 21, 6). En efecto, Dios ya
está actuando para renovar el mundo; la Pascua de
Jesús es ya la novedad de Dios. Ella hace nacer
la Iglesia, anima su existencia y renueva y transforma
la historia.
107. Esta novedad empieza a tomar forma ante
todo en la comunidad cristiana , que ya ahora
« es la morada de Dios con los hombres
» ( Ap 21, 3), en cuyo seno Dios
ya actúa, renovando la vida de los que se someten
al soplo del Espíritu. Para el mundo la Iglesia
es signo e instrumento del Reino que se hace
presente ante todo en los corazones. Un reflejo de esta
misma novedad se manifiesta también en cada forma de
convivencia humana animada por el Evangelio . Se trata
de una novedad que interpela a la sociedad en cada
momento de la historia y en cada lugar de
la tierra, y particularmente a la sociedad europea, que
desde hace tantos siglos escucha el Evangelio del Reino inaugurado
por Jesús.
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I. La vocación espiritual de Europa
Europa promotora de los
valores universales
108. La historia del Continente europeo se caracteriza
por el influjo vivificante del Evangelio. « Si
dirigimos la mirada a los siglos pasados, no podemos
por menos de dar gracias al Señor porque el Cristianismo
ha sido en nuestro Continente un factor primario de
unidad entre los pueblos y las culturas, y de
promoción integral del hombre y de sus derechos ».
(168 )
No se puede dudar de que la fe cristiana
es parte, de manera radical y determinante, de los
fundamentos de la cultura europea. En efecto, el cristianismo
ha dado forma a Europa, acuñando en ella algunos valores
fundamentales. La modernidad europea misma, que ha dado al
mundo el ideal democrático y los derechos humanos, toma
los propios valores de su herencia cristiana. Más que
como lugar geográfico, se la puede considerar como «
un concepto predominantemente cultural e histórico , que caracteriza una
realidad nacida como Continente gracias también a la fuerza
aglutinante del cristianismo, que ha sabido integrar a pueblos
y culturas diferentes, y que está íntimamente vinculado a
toda la cultura europea ». (169 )
La Europa de
hoy, en cambio, en el momento mismo en que refuerza
y amplía su propia unión económica y política, parece
sufrir una profunda crisis de valores. Aunque dispone de
mayores medios, da la impresión de carecer de impulso para
construir un proyecto común y dar nuevamente razones de
esperanza a sus ciudadanos.
El nuevo rostro de Europa
109.
En el proceso de transformación que está viviendo, Europa está
llamada, ante todo, a reencontrar su verdadera identidad .
En efecto, aunque se haya formado como una realidad
muy diversificada, ha de construir un modelo nuevo de
unidad en la diversidad, comunidad de naciones reconciliada, abierta a
los otros continentes e implicada en el proceso actual
de globalización.
Para dar nuevo impulso a la propia historia,
tiene que « reconocer y recuperar con fidelidad
creativa los valores fundamentales que el cristianismo ha contribuido
de manera determinante a adquirir y que pueden sintetizarse en
la afirmación de la dignidad trascendente de la persona
humana, del valor de la razón, de la libertad,
de la democracia, del Estado de Derecho y de la
distinción entre política y religión ». (170 )
110.
La Unión Europea sigue ampliándose. En ella están llamados a
participar a corto o largo plazo todos los pueblos
que comparten su misma herencia fundamental. Es de esperar
que dicha expansión se haga de manera respetuosa con
todos, valorando sus peculiaridades históricas y culturales, sus identidades
nacionales y la riqueza de las aportaciones que vengan de
los nuevos miembros, poniendo en práctica más consistentemente los
principios de subsidiariedad y solidaridad. (171 )En el proceso de
integración del Continente, es de importancia capital tener en
cuenta que la unión no tendrá solidez si queda reducida
sólo a la dimensión geográfica y económica, pues ha
de consistir ante todo en una concordia sobre los
valores, que se exprese en el derecho y en la
vida.
Promover la solidaridad y la paz en el mundo
111. Decir “Europa” debe querer decir “apertura”. Lo exige su
propia historia, a pesar de no estar exenta de
experiencias y signos opuestos: « En realidad, Europa
no es un territorio cerrado o aislado; se ha construido
yendo, más allá de los mares, al encuentro de
otros pueblos, otras culturas y otras civilizaciones ».
(172 )Por eso debe ser un Continente abierto y acogedor
, que siga realizando en la actual globalización no
sólo formas de cooperación económica, sino también social y
cultural.
Hay una exigencia a la cual el Continente debe
responder positivamente para que su rostro sea verdaderamente nuevo:
« Europa no puede encerrarse en sí misma.
No puede ni debe desinteresarse del resto del mundo; por
el contrario, debe ser plenamente consciente de que otros
países y otros continentes esperan de ella iniciativas audaces,
para ofrecer a los pueblos más pobres los medios
para su desarrollo y su organización social, y para construir
un mundo más justo y más fraterno ».
(173 )Para realizar adecuadamente esto será necesario « una
reorientación de la cooperación internacional, con vistas a una
nueva cultura de la solidaridad . Pensada como germen
de paz, la cooperación no puede reducirse a la ayuda
y a la asistencia, menos aún buscando las ventajas
del rendimiento de los recursos puestos a disposición. Por
el contrario, la cooperación debe expresar un compromiso concreto
y tangible de solidaridad, de modo que convierta a los
pobres en protagonistas de su desarrollo y permita al
mayor número posible de personas fomentar, dentro de las
circunstancias económicas y políticas concretas en las que viven,
la creatividad propia del ser humano, de la que depende
también la riqueza de las naciones ». (174
)
112. Además, Europa debe convertirse en parte activa en la
promoción y realización de una globalización “en la” solidaridad
. A ésta, como una condición, se debe añadir
una especie de globalización “de la” solidaridad y de sus
correspondientes valores de equidad, justicia y libertad, con la firme
convicción de que el mercado tiene que ser «
controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por
el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de
las exigencias fundamentales de toda la sociedad ».
(175 )
La Europa que nos ha legado la historia ha
experimentado, sobre todo en el último siglo, la imposición
de ideologías totalitarias y de nacionalismos exasperados que, ofuscando
la esperanza de los hombres y los pueblos del
Continente, han alimentado conflictos dentro de las naciones y entre
las naciones mismas, hasta llegar a la tragedia inmensa de
las dos guerras mundiales. (176 )Las beligerancias étnicas más
recientes, que han ensangrentado de nuevo el Continente europeo,
han mostrado también a todos lo frágil que es la
paz, la necesidad de un compromiso activo por parte
de todos y que sólo puede garantizarse abriendo nuevas
perspectivas de contactos, de perdón y reconciliación entre las
personas, los pueblos y las naciones.
Ante este estado de
cosas, Europa, con todos sus habitantes, ha de comprometerse incansablemente
a construir la paz dentro de sus fronteras y
en el mundo entero. A este respeto, se debe recordar,
« de una parte, que las diferencias nacionales
han de ser mantenidas y cultivadas como fundamento de la
solidaridad europea y, de otra, que la propia identidad
nacional no se realiza si no es en apertura
con los demás pueblos y por la solidaridad con ellos
». (177 )
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II. La construcción europea
El papel de las Instituciones
europeas
113. En el proceso de diseñar el nuevo rostro
del Continente, en muchos aspectos resulta determinante el papel
de las instituciones internacionales , vinculadas y operativas principalmente
en territorio europeo, que han contribuido a marcar el
curso de la historia sin embarcarse en operaciones de
carácter militar. A este propósito deseo mencionar ante todo la
Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa,
que se ocupa de mantener la paz y la
estabilidad, inclusive a través de la protección y promoción de
los derechos humanos y de las libertades fundamentales, y
se ocupa también de la cooperación económica y ambiental.
Está luego el Consejo de Europa, del que forman parte
los Estados que han suscrito la Convención Europea para
la salvaguardia de los derechos humanos fundamentales de 1950
y la Carta social de 1961. Anexa a éste se
encuentra el Tribunal europeo de los derechos del hombre.
Ambas Instituciones se proponen, mediante la cooperación política, social,
jurídica y cultural, así como con la promoción de
los derechos humanos y la democracia, la realización de la
Europa de la libertad y de la solidaridad. Finalmente,
la Unión Europea, con su Parlamento, el Consejo de
Ministros y la Comisión, propone un modelo de integración
que se va perfeccionando con vistas a la adopción, en
su día, de una Constitución fundamental común. Dicho organismo
tiene el objetivo de realizar una mayor unidad política,
económica y monetaria entre los Estados miembros, tanto los
actuales como los que entrarán a formar parte. En su
diversidad y desde la identidad específica de cada una
de ellas, las Instituciones europeas mencionadas promueven la unidad
del Continente y, más profundamente aún, están al servicio
del hombre. (178 )
114. Junto con los Padres Sinodales, pido
a las Instituciones europeas y a cada uno de
los Estados de Europa (179 )que reconozcan que un buen
ordenamiento de la sociedad debe basarse en auténticos valores
éticos y civiles , compartidos lo más posible por los
ciudadanos, haciendo notar que dichos valores son patrimonio, en
primer lugar, de los diversos cuerpos sociales. Es importante
que las Instituciones y cada uno de los Estados
reconozcan que, entre estos cuerpos sociales, están también las
Iglesias, las Comunidades eclesiales y las demás organizaciones religiosas. Con
mayor razón aún, cuando ya existen antes de la
fundación de las naciones europeas, éstas no se pueden
reducir a meras entidades privadas, sino que actúan con
un peso institucional específico que merece ser tomado en seria
consideración. En el desarrollo de sus tareas, las instituciones
estatales y europeas han de actuar conscientes de que
sus ordenamientos jurídicos serán plenamente respetuosos de la democracia
en la medida en que prevean formas de «
sana cooperación » (180 )con las Iglesias y
las organizaciones religiosas .
A luz de lo que acabo de
resaltar, deseo dirigirme una vez más a los redactores
del tratado constitucional europeo para que figure en él una
referencia al patrimonio religioso y, especialmente, cristiano de Europa.
Respetando plenamente el carácter laico de las Instituciones, espero
que se reconozcan, sobre todo, tres elementos complementarios: el
derecho de las Iglesias y de las comunidades religiosas
a organizarse libremente, en conformidad con los propios estatutos
y convicciones; el respeto de la identidad específica de
las Confesiones religiosas y la previsión de un diálogo reglamentado
entre la Unión Europea y las Confesiones mismas; el respeto
del estatuto jurídico del que ya gozan las Iglesias
y las instituciones religiosas en virtud de las legislaciones
de los Estados miembros de la Unión. (181 )
115. Las
Instituciones europeas tienen como objetivo declarado la tutela de
los derechos de la persona humana. Con este cometido contribuyen
a construir la Europa de los valores y del
derecho. Los Padres sinodales han interpelado a los responsables
europeos diciendo: « Alzad la voz cuando se violen
los derechos humanos de los individuos, de las minorías
y de los pueblos, comenzando por el derecho a
la libertad religiosa; reservad la mayor atención a todo lo
que concierne a la vida humana desde su concepción
hasta la muerte natural, y la familia fundada en el
matrimonio: éstas son las bases sobre las que se
apoya la casa común europea; [...] afrontad, según la justicia
y la equidad, y con sentido de gran solidaridad,
el fenómeno creciente de las migraciones , convirtiéndolas en
un nuevo recurso para el futuro europeo; esforzaos para que
a los jóvenes se les garantice un futuro verdaderamente
humano con el trabajo, la cultura, la educación en
los valores morales y espirituales ». (182 )
La Iglesia
para la nueva Europa
116. Europa necesita una dimensión religiosa
. Para ser “nueva”, análogamente a lo se dice
de la “ciudad nueva” del Apocalipsis (cf. 21, 2),
tiene que dejarse tocar por la mano de Dios. En
efecto, la esperanza de construir un mundo más justo
y más digno del hombre, no puede prescindir de la
convicción de que nada valdrían los esfuerzos humanos si
no fueran acompañados por la ayuda divina, porque «
si el Señor no construye la casa, en vano
se afanan los albañiles » ( Sal 127[126],
1). Para que Europa pueda edificarse sobre bases sólidas,
necesita apuntalarse sobre los valores auténticos, que tienen su
fundamento en la ley moral universal, inscrita en el
corazón de todo hombre. « Los cristianos no sólo
pueden unirse a todos los hombres de buena voluntad
para trabajar en la construcción de este gran proyecto,
sino que, más aún, están invitados a ser su alma,
mostrando el verdadero sentido de la organización de la
ciudad terrena ». (183 )
La Iglesia católica, una y
universal, aunque presente en la multiplicidad de las Iglesias
particulares, puede ofrecer una contribución única a la edificación
de una Europa abierta al mundo. En efecto, en la
Iglesia católica se da un modelo de unidad esencial
en la diversidad de las expresiones culturales, la conciencia
de pertenecer a una comunidad universal que hunde sus raíces,
pero no se agota, en las comunidades locales, el
sentido de lo que une, más allá de lo
que diferencia. (184 )
117. En las relaciones con los poderes
públicos, la Iglesia no pide volver a formas de
Estado confesional. Al mismo tiempo, deplora todo tipo de laicismo
ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y
las confesiones religiosas.
Por su parte, en la lógica
de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad
política, la Iglesia católica está convencida de poder dar
una contribución singular al proyecto de unificación, ofreciendo a las
instituciones europeas, en continuidad con su tradición y en
coherencia con las indicaciones de su doctrina social, la
aportación de comunidades creyentes que tratan de llevar a
cabo el compromiso de humanizar la sociedad a partir del
Evangelio, vivido bajo el signo de la esperanza. Con
esta óptica, es necesaria una presencia de cristianos , adecuadamente
formados y competentes, en las diversas instancias e Instituciones
europeas, para contribuir, respetando los procedimientos democráticos correctos y
mediante la confrontación de las propuestas, a delinear una
convivencia europea cada vez más respetuosa de cada hombre
y cada mujer y, por tanto, conforme al bien común.
118. La Europa que se va construyendo como “unión”, impulsa
también a los cristianos hacia la unidad , para
ser verdaderos testigos de esperanza. En este contexto, se
debe continuar y desarrollar el intercambio de dones que en
la última década ha tenido significativas manifestaciones. Realizado entre
comunidades con historias y tradiciones diferentes, lleva a estrechar
vínculos más duraderos entre las Iglesias en los diversos países
y a su enriquecimiento mutuo mediante encuentros, confrontaciones y ayudas
recíprocas. En particular, se debe valorar la contribución aportada
por la tradición cultural y espiritual de las Iglesias
Católicas Orientales. (185 )
Un papel importante para el crecimiento de
esta unidad puede ser desarrollado por los organismos continentales
de comunión eclesial , que esperan tener un mayor
desarrollo. (186 )Entre éstos se ha de dar un puesto
significativo al Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas ,
el cual ha de proveer, en el ámbito del
Continente, « a la promoción de una comunión
cada vez más intensa entre las diócesis y las Conferencias
Episcopales Nacionales, al incremento de la colaboración ecuménica entre
los cristianos, a la superación de los obstáculos que
constituyen una amenaza para el futuro de la paz
y del progreso de los pueblos, y a la consolidación
de la colegialidad afectiva y efectiva y de la
“communio” jerárquica ». (187 )Se ha de reconocer
también el servicio de la Comisión de los Episcopados de
la Comunidad Europea que, siguiendo el proceso de consolidación
y ampliación de la Unión Europea, favorece la información
mutua y coordina las iniciativas pastorales de las Iglesias
europeas implicadas.
119. La consolidación de la unión en el
seno del Continente europeo estimula a los cristianos a
cooperar en el proceso de integración y reconciliación mediante
un diálogo teológico, espiritual, ético y social. (188 )En
efecto, en la Europa « que está en camino
hacia la unidad política ¿podemos admitir que precisamente la Iglesia
de Cristo sea un factor de desunión y de
discordia? ¿No sería éste uno de los mayores escándalos de
nuestro tiempo? ». (189 )
Desde el Evangelio un nuevo
impulso para Europa
120. Europa necesita un salto cualitativo en
la toma de conciencia de su herencia espiritual .
Este impulso sólo puede darlo desde una nueva escucha
del Evangelio de Cristo. Corresponde a todos los cristianos comprometerse
en satisfacer este hambre y sed de vida.
Por
eso, « la Iglesia siente el deber de renovar
con vigor el mensaje de esperanza que Dios le
ha confiado » y reitera a Europa: «
“El Señor, tu Dios, está en medio de ti
como poderoso salvador” ( So 3, 17). Su invitación a
la esperanza no se basa en una ideología utópica
[...]. Por el contrario, es el imperecedero mensaje de
salvación proclamado por Cristo [...] (cf. Mc 1, 15).
Con la autoridad que le viene de su Señor, la
Iglesia repite a la Europa de hoy: Europa del
tercer milenio, que “no desfallezcan tus manos” ( So 3,
16), no cedas al desaliento, no te resignes a
modos de pensar y vivir que no tienen futuro,
porque no se basan en la sólida certeza de la
Palabra de Dios ». (190 )
Renovando esta invitación a
la esperanza, también hoy te repito, Europa , que
estás comenzando el tercer milenio, « vuelve a encontrarte.
Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces
». (191 )A lo largo de los siglos
has recibido el tesoro de la fe cristiana. Ésta fundamenta
tu vida social sobre los principios tomados del Evangelio
y su impronta se percibe en el arte, la literatura,
el pensamiento y la cultura de tus naciones. Pero
esta herencia no pertenece solamente al pasado; es un
proyecto para el porvenir que se ha de transmitir a
las generaciones futuras, puesto que es el cuño de
la vida de las personas y los pueblos que han
forjado juntos el Continente europeo.
121. ¡No temas! El
Evangelio no está contra ti, sino en tu favor .
Lo confirma el hecho de que la inspiración cristiana
puede transformar la integración política, cultural y económica en
una convivencia en la cual todos los europeos se
sientan en su propia casa y formen una familia de
naciones, en la que otras regiones del mundo pueden
inspirarse con provecho.
¡Ten confianza! En el Evangelio, que es
Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la
que aspiras . Es una esperanza fundada en la victoria
de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
Él ha querido que esta victoria sea para tu
salvación y tu gozo.
¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la
esperanza no defrauda! En las vicisitudes de tu historia
de ayer y de hoy, es luz que ilumina y
orienta tu camino; es fuerza que te sustenta en
las pruebas; es profecía de un mundo nuevo; es
indicación de un nuevo comienzo; es invitación a todos, creyentes
o no, a trazar caminos siempre nuevos que desemboquen
en la « Europa del espíritu »,
para convertirla en una verdadera « casa común
» donde se viva con alegría.
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CONCLUSIÓN
CONSAGRACIÓN A MARÍA
«
Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer,
vestida
del sol » (Ap 12, 1)
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La mujer, el dragón y
el niño
122. El proceso histórico de la Iglesia va
acompañado por « signos » que están
a la vista de todos, pero que necesitan una interpretación.
Entre ellos, el Apocalipsis pone « una gran
señal » aparecida en el cielo, que habla de
la lucha entre la mujer y el dragón .
La mujer
vestida de sol que está para dar a luz entre
los dolores del parto (cf. Ap 12, 1-2), puede
ser considerada como el Israel de los profetas que
engendra al Mesías « que ha de regir a
todas las naciones con cetro de hierro »
( Ap 12, 5; cf. Sal 2, 9). Pero es
también la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza, a
merced de la persecución y, sin embargo, protegida por
Dios. El dragón es « la Serpiente antigua, el
llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero
» ( Ap 12, 9). La lucha es desigual:
parece tener ventaja el dragón, por su arrogancia ante la
mujer inerme y dolorida. En realidad, quien resulta vencedor
es el hijo que la mujer da a luz
. En esta contienda hay una certeza: el gran dragón
ya ha sido derrotado, « fue arrojado a
la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él
» ( Ap 12, 9). Lo han vencido Cristo, Dios
hecho hombre, con su muerte y resurrección, y los
mártires « gracias a la sangre del Cordero y
a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron
su vida ante la muerte » ( Ap 12,
11). Y, aunque el dragón continúe su lucha, no hay
que temer porque ya ha sido derrotado.
123. Ésta
es la certeza que anima a la Iglesia en su
camino, mientras en la mujer y en el dragón
reconoce su historia de siempre. La mujer que da a
luz al hijo varón nos recuerda también a la
Virgen María , sobre todo en el momento en
que, traspasada por el dolor a los pies de la
Cruz, engendra de nuevo al Hijo como vencedor del
príncipe de este mundo. Es confiada a Juan y éste,
a su vez, confiado a Ella (cf. Jn 19,
26- 27), convirtiéndose así en Madre de la Iglesia.
Merced al vínculo especial que une a María con la
Iglesia y a la Iglesia con María, se aclara
mejor el misterio de la mujer: « Pues María,
presente en la Iglesia como madre del Redentor, participa
maternalmente en aquella “dura batalla contra el poder de
las tinieblas” que se desarrolla a lo largo de
toda la historia humana. Y por esta identificación suya eclesial
con la “mujer vestida de sol” ( Ap 12,
1), se puede afirmar que “la Iglesia en la
beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que
se presenta sin mancha ni arruga” ». (192
)
124. Por tanto, toda la Iglesia dirige su mirada a
María . Gracias a la gran multitud de santuarios
marianos diseminados por todas las naciones del Continente, la devoción
a María es muy viva y extendida entre los
pueblos europeos.
Iglesia en Europa, continua, pues , contemplando a
María y reconoce que ella está « maternalmente
presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas
que acompañan hoy la vida de los individuos, de las
familias y de las naciones », y que
es auxiliadora del « pueblo cristiano en la
lucha incesante entre el bien y el mal, para que
“no caiga” o, si cae, “se levante” ».
(193 )
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Oración
a María, madre de la esperanza
125. En esta contemplación,
animada por auténtico amor, María se nos presenta como
figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce
la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya
luz comprende el propio camino y toda la historia.
Ella nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo
la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada
por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la
virtud de la esperanza .
A ella, Madre de la esperanza
y del consuelo, dirigimos confiadamente nuestra oración: pongamos en
sus manos el futuro de la Iglesia en Europa y
de todas las mujeres y hombres de este Continente:
María, Madre de la esperanza,
¡camina con nosotros!
Enséñanos a
proclamar al Dios vivo;
ayúdanos a dar testimonio de Jesús,
el único Salvador;
haznos serviciales con el prójimo,
acogedores de
los pobres, artífices de justicia,
constructores apasionados
de un mundo
más justo;
intercede por nosotros que actuamos
en la historia
convencidos de que el designio
del Padre se cumplirá.
Aurora
de un mundo nuevo,
¡muéstrate Madre de la esperanza
yvela
por nosotros!
Vela por la Iglesia en Europa:
que sea
trasparencia del Evangelio;
que sea auténtico lugar de comunión;
que
viva su misión
de anunciar, celebrar y servir
el Evangelio
de la esperanza
para la paz y la alegría de
todos.
Reina de la Paz,
¡protege la humanidad del tercer
milenio!
Vela por todos los cristianos:
que prosigan confiados por
la vía de la unidad,
como fermento
para la concordia
del Continente.
Vela por los jóvenes,
esperanza del mañana:
que
respondan generosamente
a la llamada de Jesús;
Vela por los
responsables de las naciones:
que se empeñen en construir una
casa común,
en la que se respeten la dignidad
y
los derechos de todos.
María, ¡danos a Jesús!
¡Haz que
lo sigamos y amemos!
Él es la esperanza de la
Iglesia,
de Europa y de la humanidad.
Él vive con
nosotros,
entre nosotros, en su Iglesia.
Contigo decimos
«
Ven, Señor Jesús » ( Ap 22,20):
Que la
esperanza de la gloria
infundida por Él en nuestros corazones
dé frutos de justicia y de paz.
Roma, en
San Pedro, 28 de junio de 2003, Vigilia de la
Solemnidad de San Pedro y San Pablo, vigésimo quinto
de Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II
Notas
(1)Cf. II Asamblea especial
para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final,
1: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29
octubre 1999, p. 10.
(2)Cf. II Asamblea especial para Europa
del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris , nn.
90-91: L´Osservatore Romano , 6 agosto 1999 - Supl., pp.
17-18.
(3)Bula Incarnationis mysterium (29 noviembre 1998), 3-4: AAS
91 (1999), 132.133.
(4)Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente
(10 noviembre 1994), 38: AAS 87 (1995), 30.
(5)Cf. Angelus
, 2: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
5 julio 1996, p. 9.
(6)I Asamblea especial para Europa
del Sínodo de los Obispos, Declaración final (13 diciembre 1991),
2: Ench. Vat . 13, n. 619.
(7)Ibíd ., 3:
l.c. , n. 621.
(8)Cf. II Asamblea especial para Europa
del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris , n.
3: L´Osservatore Romano , 6 agosto 1999 - Supl., p.
3.
(9)Cf. Homilía durante la misa de clausura de la
II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos (23
octubre 1999), 1: AAS 92 (2000), 177.
(10 )Cf. II
Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje
a todos los fieles y ciudadano europeos , 2:
L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre
1999, p. 10.
(11 )Cf. Homilía durante la misa de
clausura de la II Asamblea Especial del Sínodo de
los Obispos , (23 octubre 1999), 4: AAS 92 (2000),
179.
(12 )Ibíd.
(13 )Cf. Propositio 1.
(14 )II Asamblea
especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum
laboris , n. 2: L´Osservatore Romano , 6 agosto 1999
- Supl., pp. 2-3.
(15 )Cf. ibíd. , nn. 12-13.16-19,
l.c. , pp. 4-6; Idem, Relatio ante disceptationem ,
I: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 8
octubre 1999, pp. 19-20; Idem, Relatio post disceptationem ,
II, A: L´Osservatore Romano , 11-12 octubre 1999, p. 10.
(16 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Relatio ante disceptationem , I, 1, 2: L´Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999,
p. 19.
(17 )Cf. Propositio 5a.
(18 )II Asamblea especial
para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final, 1:
L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999,
p. 10.
(19 )Cf. Propositio 5a.; Consejo Pontificio de
la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso,
Gesù Cristo portatore dell´acqua viva. Una riflessione cristiana sul
New Age , Ciudad del Vaticano, 2003.
(20 )Cf. Propositio
5a.
(21 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Mensaje final, 6: L´Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 29 octubre 1999, p. 11.
(22 )Angelus
(25 agosto 1996), 2: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 30 agosto 1996, p. 1; cf. Propositio 9.
(23 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Instrumentum laboris , n. 88: L´Osservatore Romano ,
6 agosto 1999 - Supl., p. 17.
(24 )Homilía durante
la misa de clausura de la II Asamblea Especial del
Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 4: AAS
92 (2000), 179.
(25 )Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 diciembre 1988), 26: AAS 81 (1989), 439.
(26 )Cf.
Propositio 21.
(27 )Ibíd.
(28 )Propositio 9.
(29 )Ibíd.
(30
)Cf. Propositio 4, 1.
(31 )Homilía durante la misa de
clausura de la II Asamblea Especial del Sínodo de los
Obispos (23 octubre 1999), 2: AAS 92 (2000), 178.
(32 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Mensaje final, 2: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 10.
(33 )Cf. Propositio
4, 2.
(34 )Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo
1991), 47: AAS 83 (1991), 852.
(35 )Cf. Propositio
4, 1.
(36 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo
de los Obispos, Instrumentum laboris , n. 30: L´Osservatore
Romano , 6 de agosto de 1999 - Suppl.,
p. 8.
(37 )Cf. Homilía durante la misa de clausura
de la II Asamblea Especial del Sínodo de los
Obispos (23 octubre 1999), 3: AAS 92 (2000), 178; Congregación
para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus
(6 agosto 2000), 13: AAS 92 (2000), 754.
(38 )Cf.
Propositio 5.
(39 )Carta. enc. Dominum et vivificantem (18 mayo
1986), 7: AAS 78 (1986), 816; Congregación para la
Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000),
16: AAS 92 (2000), 756-757.
(40 )Pablo VI, Carta
enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965)
762-763. Cf. S. Congregación de ritos, Instr. Eucharisticum mysterium (25
mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547; Catecismo de la
Iglesia Católica , 1374.
(41 )Concilio Ecum. Tridentino, Decr.
De SS. Eucharistia , can. 1: DS , 1651;
cf. cap. 3: DS , 1641.
(42 )Carta enc. Ecclesia
de Eucharistia (17 abril 2003), 15: L´Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 18 abril 2003, p. 9.
(43
)Cf. San Agustín, In Ioannis Evangelium , Tractatus VI, cap.
I, n. 7: PL 35,1428; San Juan Crisóstomo, Sobre la
traición de Judas , 1, 6: PG 49, 380C.
(44
)Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium , sobre
la sagrada liturgia, 7; Const. dogm. Lumen gentium ,
sobre la Iglesia, 50; Pablo VI, Carta. enc. Mysterium
fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965) 762-763; S.
Congregación de ritos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967),
9: AAS 59 (1967) 547; Catecismo de la Iglesia Católica
, 1373-1374.
(45 )Motu proprio Spes aedificandi (1 octubre
1999), 1: AAS 92 (2000), 220.
(46 )Cf. Discurso
al Parlamento polaco, Varsovia (11 junio 1999), 6: L´Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 25-26 junio 1999, p.
6.
(47 )Cf. Discurso durante la ceremonia de despedida en
el aeropuerto de Cracovia (10 junio 1997), 4: L´Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 26-27 junio 1997, p.
17.
(48 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Mensaje final, 5: L´Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 29 octubre 1999, pp. 10-11.
(49 )Cf.
Propositio 15,1; Catecismo de la Iglesia Católica , 773; Carta
ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 27: AAS 80
(1988), 1718.
(50 )Cf. Propositio 15, 1.
(51 )Propositio 21.
(52 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Mensaje final, 5: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 10.
(53 )Propositio 9.
(54 )Ibíd.
(55 )Ibíd.
(56 )Cf. Propositio 22.
(57 )>Exhort.
ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 15: AAS
84 (1992), 679-680.
(58 )Cf. ibíd. , 29, l.c. ,
703-705; Propositio 28.
(59 )Cf. Código de los Cánones de
las Iglesias Orientales , can. 373.
(60 )Cf. Código de
Derecho Canónico , can. 277,1.
(61 )Cf. Pablo VI, Carta
enc. Sacerdotalis coelibatus (24 junio 1967), 40: AAS 59 (1967),
673.
(62 )Cf. Propositio 18.
(63 )Cf. ibíd.
(64 )II
Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje
final, 4: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29
octubre 1999, p. 11.
(65 )Cf. Conc. ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen gentium , sobre la Iglesia,
29.
(66 )Cf. Propositio 19.
(67 )Cf. ibíd.
(68 )II
Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Relatio
ante disceptationem , III: L´Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 8 octubre 1999, p. 24.
(69 )Cf.
Propositio 17.
(70 )Cf. ibíd .
(71 ) Al Congreso
europeo sobre las vocaciones sacerdotales y religiosas (Roma, 9 mayo
1997), 1.3: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
16 mayo 1997, p. 2.
(72 )Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 diciembre 1988), 7: AAS 81 (1989), 404.
(73
)II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris , n. 82: L´Osservatore Romano , 6
agosto 1999, p. 16.
(74 )Cf. Propositio 29.
(75 )Cf.
Propositio 30.
(76 )Cf. ibíd .
(77 )Pablo VI, Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 14: AAS 68 (1976), 13.
(78 )Cf. Propositio 3b.
(79 )Cf. Carta enc. Redemptoris missio
(7 diciembre 1990), 37: AAS 83 (1991), 282-286.
(80
)Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Relatio ante disceptationem , I, 2: L´Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999, p.
19.
(81 )Cf. Propositio 3a.
(82 )II Asamblea especial para
Europa del Sínodo de los Obispos, Relatio ante disceptationem
, III, 1: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 8 octubre 1999, p. 23.
(83 )Cf. II Asamblea
especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum
laboris , n. 53: L´Osservatore Romano , 6 de agosto
de 1999 - Supl., p. 12.
(84 )Cf. Propositio
4, 1.
(85 )Cf. Propositio 26, 1.
(86 )II Asamblea
especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Relatio ante
disceptationem , III, 1: L´Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 8 octubre 1999, p. 23.
(87 )Pablo
VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 41: AAS
68 (1976), 31.
(88 )Propositio 8, 1.
(89 )Cf. Propositio
8, 2.
(90 )Cf. Propositio 8,1a-b; Propositio 6.
(91 )Cf.
Eshort. ap. Catechesi tradendae (16 octubre 1979), 21; AAS 71
(1979), 1294-1295.
(92 )Cf. Propositio 24.
(93 )Cf. Propositio
8,1c.
(94 )Cf. Propositio 24.
(95 )Cf. Propositio 22.
(96
)Cf. Discurso a los Presidentes de las Conferencias Episcopales Europeas
(16 abril 1993), 1: AAS 86 (1994), 227.
(97 )
Discurso en la celebración ecuménica en la Catedral de Paderborn
(22 junio 1996), 5: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 28 junio 1996, p. 9.
(98 )Carta del
13 de enero de 1970: Tomos agapis , Roma- Estanbul
1971, pp. 610-611; cf. Carta enc. Ut unum sint
(25 mayo 1995), 99: AAS 87 (1995), 980.
(99
)Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 55: AAS 83
(1991), 302.
(100 )Ibíd ., 36, l.c. , 281.
(101 ) Declaración final (13 diciembre 1991), 8: Ench. Vat.
, 13, nn. 653-655; II Asamblea especial para Europa
del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris , 62: L´Oss.
Rom. , 6 agosto 1999 - Suppl., p. 13; Propositio
10.
(102 )Propositio 10; cf. Comisión para las Relaciones religiosas
con el hebraísmo, Noi ricordiamo: una riflessione sulla Shoah
, 16 marzo 1998, Ench. Vat. 17, 520-550.
(103
)I Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Declaración final (13 diciembre 1991), 9: Ench. Vat. , 13,
n. 656.
(104 )Cf. Propositio 11.
(105 )Cf. ibíd .
(106
)Discurso al Cuerpo Diplomático (12 enero 1985), 3: AAS 77
(1985), 650
(107 )Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae
, sobre la libertad religiosa, 2.
(108 )Cf. Propositio
23.
(109 )Cf. Propositio 25; Propositio 26, 2.
(110 )Cf.
Propositio 26, 3.
(111 )Cf. Propositio 27.
(112 )Carta a
los artistas (4 abril 1999), 12: AAS 91 (1999), 1168.
(113 )Cf. Propositio 7b-c.
(114 )Cf. Homilía durante la Vigilia
de oración celebrada en Tor Vergata, en la XV
Jornada Mundial de la Juventud (19 agosto 2000), 6: L´Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 25 agosto 2000, p.
12.
(115 )Cf. Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Ética
en las comunicaciones sociales , Ciudad del Vaticano, 4
junio 2000.
(116 )Propositio 13.
(117 )Cf. Propositio 12.
(118
)Conc. ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum , sobre
la divina revelación, 25.
(119 )Cf. Propositio 14.
(120
)Const. Sacrosanctum concilium, sobre la sagrada liturgia, 8.
(121 )Cf.
Propositio 14; II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Relatio ante disceptationem , III, 2: L´Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999, p.
23.
(122 )Cf. Propositio 14, 2a.
(123 )Conc. ecum. Vat.
II, Decr. Presbyterorum Ordinis , sobre el ministerio y
vida de los presbíteros, 5.
(124 )Conc. ecum. Vat. II,
Const. Dogm. Lumen gentium , sobre la Iglesia, 11.
(125
)Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 20: L´Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 18 abril 2003,
p. 9.
(126 )Cf. Catequesis en la Audiencia general (25
octubre 2000), 2: Insegnamenti XXIII/2 (2000), 697.
(127 )Propositio 16.
(128 )Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Relatio ante disceptationem , III, 2: L´Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999,
p. 23.
(129 )Cf. Propositio 16.
(130 )Cf. Motu proprio
Misericordia Dei (7 abril 2002), 4: AAS 94 (2002),
456-457.
(131 )Cf. Propositio 16 ; Carta a los Sacerdotes
para el Jueves Santo de 2002 (17 marzo 2002),
4: AAS 94 (2002), 435-436.
(132 )Cf. Propositio 14c.
(133
)Cf. ibíd .
(134 )Cf. Const. Sacrosanctum concilium, sobre la sagrada
liturgia, 100.
(135 )Cf. Propositio 14c; Propositio 20.
(136 )Cf.
Propositio 20.
(137 )Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (10 octubre
2002), 3: AAS 95 (2003), 7.
(138 )Propositio 14.
(139 )Carta ap. Dies Domini (31 mayo 1998), 4: AAS
90 (1998), 716.
(140 )Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo
1979), 10: AAS 71 (1979), 274.
(141 )II Asamblea
especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum
laboris , n. 72: L´Osservatore Romano , 6 de agosto
de 1999 - Supl., pp. 15.
(142 )Conc. ecum.
Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium , sobre la Iglesia,
1.
(143 )Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 90:
AAS 87 (1995), 503.
(144 )Cf. Propositio 33.
(145
)Propositio 35.
(146 )Cf. Propositio 36.
(147 )Cf. Propositio 31.
(148 )Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes , sobre la Iglesia en el mundo actual,
48.
(149 )Cf. Propositio 31.
(150 )Discurso en el tercer
encuentro mundial de las Familias con ocasión de su
Jubileo (14 octubre 2000), 6: L´Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 20 octubre 2000, p. 6.
(151 )Exhort.
ap. Familiaris consortio , sobre la misión de la familia
en el mundo actual (22 noviembre 1981), 17: AAS
74 (1982), 99-100.
(152 )Carta enc. Centesimus annus (1 mayo
1991), 39: AAS 83 (1991), 842.
(153 )Cf. Exhort. ap.
postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 40: AAS 81 (1989),
469.
(154 )Cf. Discurso en el Primer Encuentro Mundial con
las Familias (8 octubre 1994), 7: AAS 87 (1995),
587.
(155 )Cf. Propositio 32.
(156 )Conc. ecum. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes , sobre la Iglesia en
el mundo actual, 51.
(157 )Carta enc. Evangelium vitae
(25 marzo 1995), 63: AAS 87 (1995), 473.
(158
)Ibíd. , 95, l.c. , 509.
(159 )Discurso al nuevo
Embajador de Noruega ante la Santa Sede (25 marzo 1995):
Insegnamenti XVIII/1 (1995), 857.
(160 )Propositio 32.
(161 )Const. past.
Gaudium et spes , sobre la Iglesia en el mundo
actual, 57.
(162 )Cf. Propositio 28; I Asamblea especial para
Europa del Sínodo de los Obispos, Declaración final (13
diciembre 1991), 2: Ench. Vat . 10, nn. 659-669.
(163 )Cf. Propositio 23.
(164 )Cf. Propositio 28.
(165 )Propositio
34.
(166 )Cf. Congregación para los Obispos, Instr. Nemo est
(22 agosto 1969), 16: AAS 61 (1969), 621-622; Código de
Derecho Canónico , can. 294 y 518; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales , can. 280 § 1.
(167 )Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Mensaje final, 5: L´Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 29 octubre 1999, p. 11.
(168
)Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999),
5: AAS 92 (2000), 179.
(169 )Propositio 39.
(170 )Ibíd.
(171 )Cf. ibíd .; Propositio 28.
(172 )Carta a los
participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo de las
Conferencias episcopales de Europa (16 octubre 2000), 7: L´Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 27 octubre 2000, p.
2.
(173 ) Ibíd.
(174 )Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz del año 2000 (8 diciembre 1999), 17:
AAS 92 (2000), 367-368.
(175 )Carta enc. Centesimus annus (1
mayo 1991), 35: AAS 83 (1991), 837.
(176 )Cf. Propositio
39.
(177 )II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Instrumentum laboris , n. 85: L´Osservatore Romano
, 6 de agosto de 1999 - Supl., pp.
17; cf. Propositio 39.
(178 )Cf. Discurso a la Oficina
de la Presidencia del Parlamento Europeo (5 abril 1979):
Insegnamenti , II/1 (1979), 796-799.
(179 )Cf. Propositio 37.
(180
)Conc. ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes ,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 76.
(181
)Cf. Discurso al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede (13
enero 2003), 5: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
17 enero 2003, p. 3.
(182 )II Asamblea especial
para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final, 6:
L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre
1999, p. 11.
(183 )Carta a los participantes en la
Asamblea Plenaria del Consejo de las Conferencias episcopales de
Europa (16 octubre 2000), 4: L´Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 27 octubre 2000, p. 2.
(184 )Cf.
I Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Declaración final (13 diciembre 1991), 10: Ench. Vat .
13, n. 669.
(185 )Cf. Propositio 22.
(186 )Cf. ibíd
.
(187 )Discurso a los Presidentes de las Conferencias Episcopales Europeas
(16 abril 1993), 5: AAS 86 (1994), 229.
(188 )Cf.
Propositio 39d.
(189 ) Homilía durante la celebración ecuménica
con ocasión del Sínodo para Europa (7 diciembre 1991),
6: L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 13
diciembre 1991, p. 18.
(190 )Homilía durante la apertura de
la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de
los Obispos (1 octubre 1999), 3: AAS 92 (2000), 174-175.
(191 ) Discurso a las Autoridades europeas y los
Presidentes de las Conferencias episcopales de Europa (Santiago de
Compostela, 9 noviembre 1982), 4: AAS 75 (1983), 330.
(192
)Carta enc. Redemptoris Mater (25 marzo 1987), 47: AAS 79
(1987), 426.
(193 ) ibíd. , 52: l.c.
, 432; cf. Propositio 40.
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