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| Ecclesia in America |
Ecclesia In America
Sobre el encuentro con Jesucristo vivo, camino para la
conversión, la comunión y la solidaridad en América
Exhortación Apostólica
Postsinodal del Sumo Pontífice Juan Pablo II
22 de enero
de 1999
El programa contiene la exhortación
post-sinodal Ecclesia in
America y las homilías, mensajes y discursos
del Santo Padre Juan
Pablo II pronunciados en su reciente visita a América,
en cinco
idiomas: castellano, inglés, italiano, portugués y francés.
La exhortación desarrolla
temas
fundamentales para la tarea evangelizadora en el continente de la
Esperanza,
el tema de la exhortación es: "Encuentro con Jesucristo
vivo, camino
para la conversión, la comunión y la solidaridad en América".
«El tema así formulado expresa
claramente la centralidad de la persona
de Jesucristo resucitado, presente
en la vida de la Iglesia, que
invita a la conversión, a la comunión y
a la solidaridad.
El punto de partida de este programa evangelizador es
ciertamente el
encuentro con el Señor» Ecclesia , 3. que «manifiesta
el plan
del Padre, de revelar a la persona humana el modo
de llegar a
la plenitud de su propia vocación ( Gaudium
et spes , 22)». Ecclesia ,
10.
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Índice General
Introducción [n. 1]
* La idea
de celebrar esta Asamblea sinodal [n. 2]
* El tema de la Asamblea [n. 3]
* La celebración de la Asamblea como experiencia de
encuentro [n. 4]
* Contribuir a la unidad del Continente [n.
5]
* En el contexto de la
nueva evangelización [n. 6]
* Con la
presencia y la ayuda del Señor [n. 7]
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
* Los encuentros con el Señor en el
Nuevo Testamento [n. 8]
* Encuentros personales
y encuentros comunitarios [n. 9]
* El
encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia [n.
10]
* Por medio de María encontramos
a Jesús [n. 11]
* Lugares de
encuentro con Cristo [n. 12]
CAPÍTULO
II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN EL HOY DE AMÉRICA
* Situación de los hombres y mujeres
de América, y su
encuentro con el Señor [n. 13]
*
Identidad cristiana de América [n. 14]
*
Frutos de santidad [n. 15]
* La
piedad popular [n. 16]
* Presencia católica
oriental [n. 17]
* La Iglesia en
el campo de la educación y de la acción
social [n. 18]
* Creciente respeto de los derechos humanos [n. 19]
* El fenómeno de la globalización [n.
20]
* La urbanización creciente [n. 21]
* El peso de la deuda externa
[n. 22]
* La corrupción [n. 23]
* Comercio y consumo de drogas [n.
24]
* Preocupación por la ecología [n.
25]
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
* Urgencia del llamado a la conversión
[n. 26]
* Dimensión social de la
conversión [n. 27]
* Conversión permanente [n.
28]
* Guiados por el Espíritu Santo
hacia un nuevo estilo de vida [n.
29]
* Vocación universal
a la santidad [n. 30]
* Jesús,
el único camino para la santidad [n. 31
* Penitencia y reconciliación [n. 32]
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
* La Iglesia, sacramento de comunión [n. 33]
* Iniciación cristiana y comunión [n. 34]
* La Eucaristía, centro de comunión con Dios y
con los hermanos [n.
35]
* Los Obispos, promotores de comunión
[n. 36]
* Una comunión más intensa
entre las Iglesias particulares
[n. 37]
* Comunión fraterna con las
Iglesias católicas orientales [n.
38]
* El presbítero, signo de unidad
[n. 39]
* Fomentar la pastoral vocacional
[n. 40]
* Renovar la institución parroquial
[n. 41]
* Los diáconos permanentes [n.
42]
* La vida consagrada [n. 43]
* Los fieles laicos y la renovación
de la Iglesia [n. 44]
* Dignidad
de la mujer [n. 45]
* Los
desafíos para la familia cristiana [n. 46]
* Los jóvenes, esperanza de futuro [n. 47]
* Acompañar al niño en su encuentro con Cristo
[n. 48]
* Elementos de comunión con
las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales [n. 49]
* Relación de
la Iglesia con las comunidades judías [n. 50]
* Religiones no cristianas [n. 51]
CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
* La solidaridad, fruto de la comunión [n. 52]
* La doctrina de la Iglesia, expresión de
las exigencias de la
conversión [n. 53]
* Doctrina social de
la Iglesia [n. 54]
* Globalización de
la solidaridad [n. 55]
* Pecados sociales
que claman al cielo [n. 56]
*
El fundamento último de los derechos humanos [n. 57]
* Amor preferencial por los pobres y marginados
[n. 58]
* La deuda externa [n.
59]
* Lucha contra la corrupción [n.
60]
* El problema de las drogas
[n. 61]
* La carrera de armamentos
[n. 62]
* Cultura de la muerte
y sociedad dominada por los poderosos [n. 63]
* Los pueblos indígenos y los americanos de origen
africano [n. 64]
* La problemática de
los inmigrados [n. 65]
CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY EN AMÉRICA:
LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN
* Enviados por Cristo [n. 66]
* Jesucristo, « buena nueva » y
primer evangelizador [n. 67]
* El encuentro
con Cristo lleva a evangelizar [n. 68]
* Importancia de la catequesis [n. 69]
* Evangelización de la cultura [n. 70]
* Evangelizar los centros educativos [n. 71]
* Evangelizar con los medios de comunicación social [n. 72]
* 0El desafío de las sectas [n.
73]
* La misión ad gentes [n.
74]
CONCLUSIÓN
*
Con esperanza y gratitud [n. 75]
*
Oración a Jesucristo por las familias de América [n. 76]
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Ecclesia
In America
Sobre el encuentro
con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y
la solidaridad en América
Exhortación Apostólica Postsinodal del Sumo Pontífice
Juan Pablo II
22 de enero de 1999
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia en América, llena de gozo
por la fe recibida y
dando gracias a Cristo por este inmenso don, ha
celebrado hace poco el
quinto centenario del comienzo de la predicación del Evangelio en
sus tierras. Esta conmemoración
ayudó a los católicos
americanos a ser más conscientes del deseo de Cristo de
encontrarse con los habitantes
del llamado Nuevo Mundo para incorporarlos a su Iglesia
y hacerse presente de este
modo en la historia del Continente. La
evangelización de América no es sólo un
don del Señor, sino
también fuente de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción
de los evangelizadores a lo
largo y ancho de todo el Continente han nacido
de la Iglesia y del
Espíritu innumerables hijos.(1) En sus
corazones, tanto en el pasado como en el presente,
continúan resonando las palabras
del Apóstol: « Predicar el Evangelio no
es para mí ningún motivo de gloria;
es más bien un
deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio! »
( 1 Co 9, 16). Este deber se funda en
el mandato del Señor
resucitado a los Apóstoles antes de su Ascensión
al cielo: « Proclamad la Buena
Nueva a toda la creación »
( Mc 16, 15).
Este mandato se dirige
a la Iglesia entera, y la Iglesia en América,
en este preciso momento de
su historia, está llamada a acogerlo y
responder con amorosa generosidad a su misión
fundamental evangelizadora. Lo subrayaba
en Bogotá mi predecesor Pablo VI, el
primer Papa que visitó América: « Corresponderá
a nosotros, en cuanto
representantes tuyos, [Señor Jesús] y
administradores de tus divinos misterios (cf. 1 Co 4,
1; 1 P 4, 10), difundir los tesoros de tu
palabra, de tu gracia, de tus ejemplos
entre los hombres ».(2) El deber de
la evangelización es una
urgencia de caridad para el discípulo de Cristo: « El
amor de Cristo nos
apremia » ( 2 Co 5, 14), afirma el apóstol
Pablo, recordando lo que
el Hijo de Dios hizo por nosotros con su
sacrificio redentor: « Uno murió
por todos [...], para que ya
no vivan para sí los que viven, sino
para aquel que murió y
resucitó por ellos » ( 2 Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas especialmente evocadoras del
amor de Cristo por nosotros suscita
en el ánimo, junto con el
agradecimiento, la necesidad de « anunciar las maravillas
de Dios », es
decir, la necesidad de evangelizar. Así, el recuerdo de la
reciente celebración de los
quinientos años de la llegada
del mensaje evangélico a América, esto es, del momento
en que Cristo llamó
a América a la fe, y el cercano Jubileo con
que la Iglesia celebrará
los 2000 años de la Encarnación
del Hijo de Dios, son ocasiones privilegiadas en
las que, de manera espontánea,
brota del corazón con más fuerza nuestra gratitud hacia
el Señor. Consciente de
la grandeza de estos dones recibidos, la
Iglesia peregrina en América desea hacer partícipe
de las riquezas de
la fe y de la comunión en Cristo a toda
la sociedad y a
cada uno de los hombres y mujeres que habitan en
el suelo americano.
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La idea de celebrar esta Asamblea sinodal
2. Precisamente el mismo día en que se cumplían los
quinientos años del comienzo
de la evangelización de América,
el 12 de octubre de 1992, con el deseo
de abrir nuevos horizontes y dar
renovado impulso a la evangelización, en la alocución
con la que inauguré
los trabajos de la IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, hice
la propuesta de un
encuentro sinodal « en orden a incrementar la cooperación
entre las diversas Iglesias particulares
» para afrontar juntas,
dentro del marco de la nueva evangelización y como expresión
de comunión episcopal, «
los problemas relativos a la justicia
y la solidaridad entre todas las Naciones de
América ».(3) La acogida
positiva que los Episcopados de América dieron a esta
propuesta, me permitió anunciar en
la Carta apostólica Tertio
millennio adveniente el propósito de convocar una asamblea
sinodal « sobre la problemática de
la nueva evangelización en
las dos partes del mismo Continente, tan diversas entre sí
por su origen y
su historia, y sobre la cuestión de la justicia y
de las relaciones económicas
internacionales, considerando la enorme
desigualdad entre el Norte y el Sur ».(4) Entonces se
iniciaron los trabajos preparatorios
propiamente dichos, hasta llegar a la Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos para
América, celebrada en el
Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de
1997.
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El tema de la Asamblea
3. En coherencia con
la idea inicial, y oídas las sugerencias del
Consejo presinodal, viva expresión del sentir
de muchos Pastores del
pueblo de Dios en el Continente americano, enuncié el tema
de la Asamblea Especial
del Sínodo para América en los
siguientes términos: « Encuentro con Jesucristo vivo, camino
para la conversión, la
comunión y la solidaridad en América
». El tema así formulado expresa claramente la
centralidad de la persona
de Jesucristo resucitado, presente en la vida de la Iglesia,
que invita a la
conversión, a la comunión y a la
solidaridad. El punto de partida de este
programa evangelizador es ciertamente
el encuentro con el Señor. El Espíritu Santo,
don de Cristo en el misterio
pascual, nos guía hacia las metas
pastorales que la Iglesia en América ha de
alcanzar en el tercer
milenio cristiano.
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La celebración de la Asamblea como experiencia de
encuentro
4. La experiencia
vivida durante la Asamblea tuvo, sin duda, el carácter
de un encuentro con el
Señor. Recuerdo gustoso, de modo especial,
las dos concelebraciones solemnes que presidí en la
Basílica de San Pedro
para la inauguración y para la clausura de los
trabajos de la Asamblea. El
encuentro con el Señor resucitado,
verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía,
constituyó el clima espiritual que
permitió que todos los
Obispos de la Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo como
hermanos en el Señor,
sino también como miembros del Colegio
episcopal, deseosos de seguir, presididos por el Sucesor
de Pedro, las huellas
del Buen Pastor, sirviendo a la Iglesia que peregrina en
todas las regiones del
Continente. Fue evidente para todos la alegría de
cuantos participaron en la Asamblea, al
descubrir en ella una ocasión
excepcional de encuentro con el Señor, con el Vicario
de Cristo, con tantos
Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos venidos de todas las
partes del Continente.
Sin duda,
ciertos factores previos contribuyeron, de modo mediato pero
eficaz, a asegurar este clima de
encuentro fraterno en la Asamblea
sinodal. En primer lugar, deben señalarse las experiencias de
comunión vividas anteriormente en
las Asambleas Generales del
Episcopado Latinoamericano en Río de Janeiro (1955), Medellín
(1968), Puebla (1979) y Santo Domingo
(1992). En ellas los Pastores de la
Iglesia en América Latina reflexionaron juntos como
hermanos sobre las cuestiones
pastorales más apremiantes en esa región del
Continente. A estas Asambleas deben añadirse las
reuniones periódicas interamericanas de
Obispos, en las cuales los participantes tienen la
posibilidad de abrirse al horizonte de
todo el Continente, dialogando
sobre los problemas y desafíos comunes que afectan a la
Iglesia en los países
americanos.
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Contribuir a la unidad del Continente
5. En la
primera propuesta que hice en Santo Domingo, sobre la
posibilidad de celebrar una Asamblea
Especial del Sínodo, señalé
que « la Iglesia, ya a las puertas del tercer
milenio cristiano y en
unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras
ideológicas, siente como un
deber ineludible unir espiritualmente aún más
a todos los pueblos que forman este gran
Continente y, a la vez, desde la
misión religiosa que le es propia, impulsar
un espíritu solidario entre
todos ellos ».(5) Los elementos comunes a todos los
pueblos de América, entre los
que sobresale una misma identidad
cristiana así como también una auténtica búsqueda
del fortalecimiento de los lazos de
solidaridad y comunión entre
las diversas expresiones del rico patrimonio cultural del Continente, son
el motivo decisivo por
el que quise que la Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos dedicara sus
reflexiones a América como una realidad
única. La opción de usar la palabra en
singular quería expresar no
sólo la unidad ya existente bajo ciertos aspectos, sino
también aquel vínculo más estrecho
al que aspiran los
pueblos del Continente y que la Iglesia desea favorecer, dentro
del campo de su
propia misión dirigida a promover la comunión de todos
en el Señor.
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En el
contexto de la nueva evangelización
6. En la perspectiva del
Gran Jubileo del año 2000 he querido que
tuviera lugar una Asamblea Especial del
Sínodo de los Obispos para
cada uno de los cinco Continentes: tras las dedicadas
a África (1994), América
(1997), Asia (1998) y, muy recientemente, Oceanía
(1998), en este año de 1999 con
la ayuda del Señor se
celebrará una nueva Asamblea Especial para Europa. De este
modo, durante el año
jubilar, será posible una Asamblea General
Ordinaria que sintetice y saque las conclusiones de
los ricos materiales que
las diversas Asambleas continentales han ido aportando. Esto será
posible por el hecho de
que en todos estos Sínodos ha habido
preocupaciones semejantes y centros comunes de interés.
En este sentido, refiriéndome
a esta serie de Asambleas sinodales, he señalado
cómo en todas « el tema
de fondo es el de la evangelización,
mejor todavía, el de la nueva evangelización,
cuyas bases fueron fijadas
por la Exhortación Apostólica Evangelii
nuntiandi de Pablo VI ».(6) Por ello, tanto en
mi primera indicación sobre
la celebración de esta Asamblea Especial
del Sínodo como más tarde en su anuncio
explícito, una vez que
todos los Episcopados de América hicieron suya la idea,
indiqué que sus deliberaciones habrían
de discurrir « dentro
del marco de la nueva evangelización »,(7) afrontando
los problemas sobresalientes de la misma.(8)
Esta preocupación era más obvia ya que yo mismo había
formulado el primer programa
de una nueva evangelización en suelo
americano. En efecto, cuando la Iglesia en toda
América se preparaba para
recordar los quinientos años del comienzo de la
primera evangelización del Continente, hablando al
Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)
en Puerto Príncipe (Haití)
afirmé: « La conmemoración del medio milenio de
evangelización tendrá su significación plena si
es un compromiso vuestro
como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles;
compromiso, no de reevangelización, pero sí
de una evangelización nueva.
Nueva en su ardor, en sus métodos, en
su expresión ».(9) Más tarde invité
a toda la Iglesia
a llevar a cabo esta exhortación, aunque el programa
evangelizador, al extenderse a la
gran diversidad que presenta hoy el
mundo entero, debe diversificarse según dos situaciones claramente
diferentes: la de los
países muy afectados por el secularismo y la
de aquellos otros donde « todavía
se conservan muy vivas las
tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana ».(10)
Se trata, sin duda,
de dos situaciones presentes, en grado diverso, en
diferentes países o, quizás mejor, en
diversos ambientes concretos dentro
de los países del Continente americano.
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Con la presencia y
la ayuda del Señor
7. El mandato de evangelizar, que
el Señor resucitado dejó
a su Iglesia, va acompañado por la seguridad, basada en
su promesa, de que
Él sigue viviendo y actuando entre nosotros: « He aquí
que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo »
( Mt 28, 20).
Esta presencia misteriosa de Cristo en su Iglesia es
la garantía de su éxito
en la realización de la misión
que le ha sido confiada. Al mismo tiempo,
esa presencia hace también
posible nuestro encuentro con Él, como Hijo enviado por el
Padre, como Señor de
la Vida que nos comunica su Espíritu. Un
encuentro renovado con Jesucristo hará conscientes
a todos los miembros
de la Iglesia en América de que están llamados a
continuar la misión del
Redentor en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor,
si es auténtico, llevará
también consigo la renovación eclesial: las
Iglesias particulares del Continente, como Iglesias hermanas y
cercanas entre sí, acrecentarán
los vínculos de cooperación
y solidaridad para prolongar y hacer más viva la obra
salvadora de Cristo en
la historia de América. En una actitud de apertura a
la unidad, fruto de
una verdadera comunión con el Señor
resucitado, las Iglesias particulares, y en ellas cada
uno de sus miembros,
descubrirán, a través de la propia experiencia
espiritual que el « encuentro con Jesucristo
vivo » es «
camino para la conversión, la comunión y la solidaridad ».
Y, en la medida
en que estas metas vayan siendo alcanzadas, será
posible una dedicación cada vez mayor
a la nueva evangelización
de América.
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CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
«
Hemos encontrado al Mesías » ( Jn 1, 41)
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Los
encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento
8. Los
Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con
hombres y mujeres de su tiempo. Una
característica común a todos
estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y manifiestan
los encuentros con Jesús,
ya que « abren un auténtico
proceso de conversión, comunión y solidaridad ».(11)
Entre los más significativos está
el de la mujer samaritana
(cf. Jn 4, 5-42). Jesús la llama para saciar
su sed, que no
era sólo material, pues, en realidad, « el que pedía
beber, tenía sed de
la fe de la misma mujer ».(12) Al decirle,
« dame de beber »
( Jn 4, 7), y al hablarle del agua
viva, el Señor suscita en
la samaritana una pregunta, casi una
oración, cuyo alcance real supera lo que ella
podía comprender en aquel
momento: « Señor, dame de esa agua, para
que no tenga más sed »
( Jn 4, 15). La samaritana,
aunque « todavía no entendía »,(13) en realidad
estaba pidiendo el agua
viva de que le hablaba su divino interlocutor. Al
revelarle Jesús su mesianidad (cf.
Jn 4, 26), la samaritana
se siente impulsada a anunciar a sus conciudadanos que
ha descubierto el Mesías
(cf. Jn 4, 28-30). Así mismo, cuando Jesús
encuentra a Zaqueo (cf. Lc 19,
1-10) el fruto más preciado
es su conversión: éste, consciente de las injusticias que
ha cometido, decide devolver
con creces —« el cuádruple »—
a quienes había defraudado. Además, asume una actitud
de desprendimiento de las
cosas materiales y de caridad hacia los
necesitados, que lo lleva a dar a
los pobres la mitad de sus bienes.
Una mención especial
merecen los encuentros con Cristo resucitado
narrados en el Nuevo Testamento. Gracias a su
encuentro con el Resucitado,
María Magdalena supera el desaliento y la tristeza causados por
la muerte del Maestro
(cf. Jn 20, 11-18). En su nueva dimensión
pascual, Jesús la envía a anunciar
a los discípulos que
Él ha resucitado (cf. Jn 20, 17). Por este hecho
se ha llamado a
María Magdalena « la apóstol de los apóstoles
».(14) Por su parte, los discípulos
de Emaús, después de
encontrar y reconocer al Señor resucitado, vuelven a Jerusalén
para contar a los apóstoles
y a los demás discípulos
lo que les había sucedido (cf. Lc 24, 13-35).
Jesús, «empezando por Moisés
y continuando por todos los profetas,
les explicó lo que había sobre él en
todas las Escrituras» (
Lc 24, 27). Los dos discípulos reconocerían
más tarde que su corazón ardía mientras
el Señor les hablaba
en el camino explicándoles las Escrituras (cf. Lc 24, 32).
No hay duda de que san Lucas al narrar este
episodio, especialmente el momento
decisivo en que los dos discípulos
reconocen a Jesús, hace una alusión explícita a
los relatos de la
institución de la Eucaristía, es decir, al
modo como Jesús actuó en la Última
Cena (cf. Lc 24, 30). El evangelista, para relatar lo
que los discípulos de Emaús
cuentan a los Once, utiliza una expresión que en
la Iglesia naciente tenía
un significado eucarístico preciso: « Le
habían conocido en la fracción del pan »
( Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor
resucitado, uno de los que han
tenido un influjo decisivo en la historia del
cristianismo es, sin duda,
la conversión de Saulo, el futuro Pablo y apóstol de
los gentiles, en el
camino de Damasco. Allí tuvo lugar el cambio
radical de su existencia, de perseguidor
a apóstol (cf. Hch 9, 3-30; 22, 6-11; 26, 12-18).
El mismo Pablo habla de esta extraordinaria
experiencia como de una revelación del Hijo
de Dios « para que
le anunciase entre los gentiles » ( Ga 1,
16).
La invitación del Señor respeta siempre la libertad de
los que llama. Hay
casos en que el hombre, al encontrarse con Jesús, se
cierra al cambio de
vida al que Él lo invita. Fueron numerosos los
casos de contemporáneos de Jesús
que lo vieron y oyeron, y,
sin embargo, no se abrieron a su palabra.
El Evangelio de san Juan señala
el pecado como la causa que impide al
ser humano abrirse a la luz que es
Cristo: « Vino la luz al
mundo y los hombres amaron más las
tinieblas que la luz, porque sus obras
eran malas » ( Jn 3,
19). Los textos evangélicos enseñan que el apego
a las riquezas es
un obstáculo para acoger el llamado a un seguimiento
generoso y pleno de Jesús.
Típico es, a este respecto, el
caso del joven rico (cf. Mt 19, 16-22;
Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23).
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Encuentros personales y encuentros
comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús, narrados en los Evangelios,
son claramente personales como,
por ejemplo, las llamadas vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9,
9; Mc 10, 21; Lc 9, 59). En ellos Jesús
trata con intimidad a
sus interlocutores: « Rabbí —que
quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives? »
[...] « Venid y lo veréis »
( Jn 1, 38-39). Otras
veces, en cambio, los encuentros tienen un carácter comunitario.
Así son, en concreto,
los encuentros con los Apóstoles, que tienen una
importancia fundamental para la constitución de
la Iglesia. En efecto,
los Apóstoles, elegidos por Jesús de entre un grupo
más amplio de discípulos (cf.
Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16), son objeto de una
formación especial y de una comunicación
más íntima. A la multitud Jesús le habla
en parábolas que sólo
explica a los Doce: « Es que a vosotros se
os ha dado a
conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a
ellos no » ( Mt 13, 11). Los Apóstoles están
llamados a ser los anunciadores
de la Buena Nueva y a desarrollar una misión
especial para edificar la
Iglesia con la gracia de los Sacramentos. Para este fin,
reciben la potestad necesaria:
les da el poder de perdonar los pecados apelando a
la plenitud de ese
mismo poder en el cielo y en la tierra que
el Padre le ha
dado (cf. Mt 28, 18). Ellos serán los primeros en
recibir el don del
Espíritu Santo (cf. Hch 2, 1-4), don que recibirán
más tarde quienes se incorporen
a la Iglesia por los sacramentos de
la iniciación cristiana (cf. Hch 2, 38).
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El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los hombres, encontrando
a Jesús, pueden descubrir
el amor del Padre: en efecto, el que ha visto
a Jesús ha visto
al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús, después de su
ascensión al cielo, actúa
mediante la acción poderosa
del Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los
creyentes dándoles la nueva
vida. De este modo ellos llegan a ser
capaces de amar con el mismo
amor de Dios, « que ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu
Santo que se nos ha dado »
( Rm 5, 5). La gracia divina
prepara, además, a los
cristianos a ser agentes de la transformación del mundo,
instaurando en él una nueva
civilización, que mi predecesor
Pablo VI llamó justamente « civilización del amor ».(15)
En
efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la
naturaleza humana menos en
el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta el plan del
Padre, de revelar a
la persona humana el modo de llegar a la plenitud
de su propia vocación
[...] Así, Jesús no sólo
reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia
también consigo mismo, revelándole
su propia naturaleza ».(16) Con
estas palabras los Padres sinodales, en la línea del
Concilio Vaticano II, han
reafirmado que Jesús es el camino a seguir para
llegar a la plena realización
personal, que culmina en el encuentro
definitivo y eterno con Dios. « Yo soy
el Camino, la Verdad y la
Vida. Nadie va al Padre sino por mí
» ( Jn 14, 6). Dios
nos « predestinó a reproducir la imagen de
su Hijo, para que
fuera él el primogénito entre muchos hermanos » ( Rm
8, 29). Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la
pregunta sobre el sentido
de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian
también hoy a tantos
hombres y mujeres del continente americano.
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Por medio de María
encontramos a Jesús
11. Cuando nació Jesús, los magos de
Oriente acudieron a Belén
y « vieron al Niño con María su Madre »
( Mt 2, 11).
Al inicio de la vida pública, en las bodas de
Caná, cuando el Hijo
de Dios realizó el primero de sus
signos, suscitando la fe de los discípulos
( Jn 2, 11), es
María la que interviene y orienta a los servidores
hacia su Hijo con
estas palabras: « Haced lo que él os diga »
( Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en
otra ocasión: « La Madre
de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del
Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que
pueda manifestarse el poder
salvífico del Mesías ».(17) Por
eso, María es un camino seguro para encontrar a
Cristo. La piedad hacia
la Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre
a orientar la propia vida
según el espíritu y los valores
del Evangelio.
¿Cómo no poner de relieve el
papel que la Virgen tiene
respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino
al encuentro con el
Señor? En efecto, la Santísima Virgen, « de
manera especial, está ligada al nacimiento
de la Iglesia en la
historia de [...] los pueblos de América, que por
María llegaron al encuentro
con el Señor ».(18)
En todas las partes del Continente
la presencia de la Madre de Dios ha
sido muy intensa desde los días
de la primera evangelización,
gracias a la labor de los misioneros. En su predicación,
« el Evangelio ha
sido anunciado presentando a la Virgen María como su
realización más alta. Desde los
orígenes —en su advocación
de Guadalupe— María constituyó el
gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la
cercanía del Padre y
de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en
comunión ».(19)
La aparición
de María al indio Juan Diego en la colina del
Tepeyac, el año 1531,
tuvo una repercusión decisiva para la
evangelización.(20) Este influjo va más allá de los
confines de la nación
mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América,
que históricamente ha sido y es crisol
de pueblos, ha reconocido «
en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac,
[...] en Santa María
de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada ».(21) Por eso, no
sólo en el Centro y en el Sur,
sino también en el Norte del
Continente, la Virgen de Guadalupe es
venerada como Reina de toda América.(22)
A lo
largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en
los Pastores y fieles
la conciencia del papel desarrollado por la Virgen en la
evangelización del Continente. En
la oración compuesta para
la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América,
María Santísima de Guadalupe
es invocada como « Patrona
de toda América y Estrella de la primera y
de la nueva evangelización
». En este sentido, acojo gozoso la propuesta de los
Padres sinodales de que
el día 12 de diciembre se celebre en todo el
Continente la fiesta de
Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América.(23)
Abrigo en mi corazón la
firme esperanza de que ella, a cuya
intercesión se debe el fortalecimiento de la
fe de los primeros
discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe con su intercesión
maternal a la Iglesia en
este Continente, alcanzándole la efusión
del Espíritu Santo como en la Iglesia naciente (cf.
Hch 1, 14), para
que la nueva evangelización produzca un espléndido
florecimiento de vida cristiana.
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Lugares de encuentro
con Cristo
12. Contando con el auxilio de María, la
Iglesia en América desea
conducir a los hombres y mujeres de este Continente al
encuentro con Cristo, punto
de partida para una auténtica conversión y
para una renovada comunión y solidaridad. Este
encuentro contribuirá eficazmente a
consolidar la fe de muchos católicos, haciendo que
madure en fe convencida, viva y
operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su
Iglesia no se reduzca
a algo meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares y
momentos concretos en los
que, dentro de la Iglesia, es posible
encontrarlo. La reflexión de los Padres sinodales
a este respecto ha
sido rica en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en
primer lugar, « la Sagrada Escritura
leída a la luz de la Tradición, de
los Padres y del
Magisterio, profundizada en la meditación y la oración ».(24)
Se ha recomendado fomentar el
conocimiento de los Evangelios, en los que
se proclama, con palabras fácilmente accesibles a
todos, el modo como
Jesús vivió entre los hombres. La lectura de estos
textos sagrados, cuando se escucha
con la misma atención con que
las multitudes escuchaban a Jesús en la ladera
del monte de las
Bienaventuranzas o en la orilla del lago de Tiberíades mientras
predicaba desde la barca,
produce verdaderos frutos de conversión
del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con
Jesús es la sagrada
Liturgia.(25) Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima
exposición de las múltiples presencias de
Cristo en la Liturgia,
cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de
una constante predicación: Cristo
está presente en el celebrante
que renueva en el altar el mismo y único
sacrificio de la Cruz; está
presente en los Sacramentos en los que actúa su
fuerza eficaz. Cuando se
proclama su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está
presente además en la
comunidad, en virtud de su promesa: «
Donde están dos o tres reunidos en
mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos » ( Mt 18, 20).
Está presente « sobre
todo bajo las especies eucarísticas ».(26) Mi predecesor
Pablo VI creyó necesario explicar la
singularidad de la presencia
real de Cristo en la Eucaristía, que « se llama
“real” no por exclusión,
como si las otras presencias no fueran “reales”,
sino por antonomasia, porque es substancial
».(27) Bajo las especies
de pan y vino, « Cristo todo entero está presente
en su “realidad física”
aún corporalmente ».(28)
La Escritura y la Eucaristía, como lugares
de encuentro con Cristo,
están sugeridas en el relato de la aparición del
Resucitado a los dos discípulos
de Emaús. Además, el
texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25,
31-46), en el que
se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los
necesitados, en quienes misteriosamente
está presente el Señor Jesús,
indica que no se debe descuidar un tercer lugar
de encuentro con Cristo: «
Las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo
se identifica ».(29) Como
recordaba el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano
II, « en el
rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente
por sus lágrimas y
por sus dolores, podemos y debemos reconocer el
rostro de Cristo (cf. Mt 25,
40), el Hijo del hombre ».(30)
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CAPITULO II
EL ENCUENTRO
CON JESUCRISTO
EN EL HOY DE AMERICA
« A quien
se le dio mucho, se le reclamará mucho »
( Lc 12, 48)
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Situación
de los hombres y mujeres de América y su encuentro
con el Señor
13. En los Evangelios se narran encuentros
con Cristo de personas en
situaciones muy diferentes. A veces se trata de situaciones
de pecado, que dejan
entrever la necesidad de la conversión y del perdón
del Señor. En otras circunstancias
se dan actitudes positivas de búsqueda
de la verdad, de auténtica confianza en Jesús,
que llevan a establecer
una relación de amistad con Él, y que estimulan
el deseo de imitarlo. No
pueden olvidarse tampoco los dones con los que el
Señor prepara a algunos para
un encuentro posterior. Así
Dios, haciendo a María « llena de gracia » (
Lc 1, 28) desde
el primer momento, la preparó para que en ella tuviera
lugar el más importante
encuentro divino con la naturaleza humana:
el misterio inefable de la Encarnación.
Como los
pecados y las virtudes sociales no existen en abstracto, sino
que son el resultado
de actos personales,(31) es necesario tener presente
que América es hoy una realidad compleja,
fruto de las tendencias y
modos de proceder de los hombres y mujeres que
lo habitan. En esta situación
real y concreta es donde ellos han de encontrarse
con Jesús.
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Identidad cristiana de América
14. El mayor don
que América ha recibido del Señor es la
fe, que ha ido forjando su
identidad cristiana. Hace ya más de
quinientos años que el nombre de Cristo comenzó
a ser anunciado en
el Continente. Fruto de la evangelización, que ha
acompañado los movimientos migratorios desde Europa,
es la fisonomía religiosa
americana, impregnada de los valores morales que, si bien no
siempre se han vivido
coherentemente y en ocasiones se han puesto en
discusión, pueden considerarse en cierto modo
patrimonio de todos los
habitantes de América, incluso de quienes no se identifican con
ellos. Es claro que
la identidad cristiana de América no puede
considerarse como sinónimo de identidad católica. La
presencia de otras confesiones
cristianas en grado mayor o menor en
diferentes partes de América, hace especialmente urgente
el compromiso ecuménico, para
buscar la unidad entre todos los
creyentes en Cristo.(32)
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Frutos de santidad
15. La
expresión y los mejores frutos de la identidad cristiana
de América son sus santos.
En ellos, el encuentro con Cristo vivo «
es tan profundo y comprometido [...]
que se convierte en fuego que lo
consume todo, e impulsa a construir su
Reino, a hacer que Él y la
nueva alianza sean el sentido y el
alma de [...] la vida personal y
comunitaria ».(33) América ha visto florecer los
frutos de la santidad
desde los comienzos de su evangelización. Este es el caso
de santa Rosa de
Lima (1586-1617), « la primera flor de santidad en
el Nuevo Mundo », proclamada
patrona principal de América en
1670 por el Papa Clemente X.(34) Después de ella,
el santoral americano se
ha ido incrementando hasta alcanzar su amplitud actual.(35)
Las beatificaciones y canonizaciones, con las
que no pocos hijos e hijas
del Continente han sido elevados al honor de
los altares, ofrecen modelos
heroicos de vida cristiana en la diversidad de estados de
vida y de ambientes
sociales. La Iglesia, al beatificarlos o canonizarlos, ve en
ellos a poderosos intercesores unidos
a Jesucristo, sumo y eterno
Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres. Los Beatos
y Santos de América
acompañan con solicitud fraterna a los hombres y mujeres de
su tierra que, entre
gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro
definitivo con el Señor.(36) Para fomentar cada
vez más su imitación
y para que los fieles recurran de una manera más
frecuente y fructuosa a
su intercesión, considero muy oportuna la
propuesta de los Padres sinodales de preparar «
una colección de breves
biografías de los Santos y Beatos americanos. Esto puede
iluminar y estimular en América
la respuesta a la vocación
universal a la santidad ».(37)
Entre sus Santos, «
la historia de la evangelización de América
reconoce numerosos mártires, varones y mujeres, tanto
Obispos, como presbíteros, religiosos
y laicos, que con su sangre regaron [...]
[estas] naciones. Ellos, como nube de
testigos (cf. Hb 12, 1), nos
estimulan para que asumamos hoy, sin temor y
ardorosamente, la nueva evangelización
».(38) Es necesario que sus ejemplos de entrega
sin límites a la causa del
Evangelio sean no sólo
preservados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los
fieles del Continente. Al
respecto, escribía en la Tertio
millennio adveniente : « Las Iglesias locales hagan todo
lo posible por no
perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio,
recogiendo para ello la documentación
necesaria ».(39)
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La piedad popular
16. Una característica peculiar de
América es la existencia
de una piedad popular profundamente enraizada en sus diversas
naciones. Está presente en todos
los niveles y sectores sociales,
revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro con
Cristo para todos aquellos
que con espíritu de pobreza y humildad de corazón
buscan sinceramente a Dios (cf.
Mt 11, 25). Las expresiones de
esta piedad son numerosas: « Las peregrinaciones a
los santuarios de Cristo,
de la Santísima Virgen y de los santos, la oración
por las almas del
purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite,
cirios...). Éstas y tantas otras expresiones de
la piedad popular ofrecen
oportunidad para que los fieles encuentren a Cristo viviente ».(40)
Los Padres sinodales han
subrayado la urgencia de descubrir, en las
manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos
valores espirituales, para enriquecerlos
con los elementos de la genuina doctrina
católica, a fin de que esta religiosidad
lleve a un compromiso
sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad.(41)
La piedad popular, si
está orientada convenientemente, contribuye
también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer
a la Iglesia, alimentando
su fervor y ofreciendo así una respuesta válida
a los actuales desafíos de la
secularización.(42)
Ya que en América la piedad popular es expresión
de la inculturación de
la fe católica y muchas de sus
manifestaciones han asumido formas religiosas autóctonas, es
oportuno destacar la posibilidad
de sacar de ellas, con clarividente
prudencia, indicaciones válidas para una mayor inculturación
del Evangelio.(43) Ello es especialmente
importante entre las poblaciones
indígenas, para que « las semillas del Verbo » presentes
en sus culturas lleguen
a su plenitud en Cristo.(44) Lo mismo debe decirse
de los americanos de origen
africano. La Iglesia « reconoce que tiene
la obligación de acercarse a estos americanos
a partir de su
cultura, considerando seriamente las riquezas espirituales y humanas de
esta cultura que marca su
modo de celebrar el culto, su sentido de alegría
y de solidaridad, su lengua
y sus tradiciones ».(45)
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Presencia católico-oriental en América
17. La
inmigración a América es casi una constante de su
historia desde los comienzos de
la evangelización hasta nuestros días.
Dentro de este complejo fenómeno debe señalarse que, en
los últimos tiempos, diversas
regiones de América han acogido a numerosos
miembros de las Iglesias católicas orientales que,
por diversas causas, han
abandonado sus territorios de origen. Un primer movimiento
migratorio procedía, sobre todo, de Ucrania
occidental; posteriormente se ha
extendido a las naciones del Medio Oriente. De este
modo, ha sido necesaria pastoralmente
la creación de una jerarquía
católica oriental para estos fieles inmigrantes y para sus
descendientes. Las normas emanadas
por el Concilio Vaticano II, que los
Padres sinodales han recordado, reconocen que las
Iglesias orientales « tienen
derecho y obligación de regirse según sus respectivas
disciplinas peculiares », ya que tienen
la misión de dar
testimonio de una antiquísima tradición doctrinal, litúrgica
y monástica. Por otra parte, dichas Iglesias
deben conservar sus propias
disciplinas, ya que éstas « son más adaptadas a
las costumbres de sus fieles
y resultan más adecuadas para procurar
el bien de las almas ».(46) Si la
Comunidad eclesial universal necesita
la sinergia entre las Iglesias particulares de Oriente y
de Occidente para poder respirar
con sus dos pulmones, en la esperanza de
lograr hacerlo plenamente a través de
la perfecta comunión entre
la Iglesia católica y las orientales separadas,(47) hay que
alegrarse por la reciente implantación
de Iglesias orientales junto
a las latinas, establecidas allí desde el principio, porque de
este modo puede manifestarse
mejor la catolicidad de la Iglesia del Señor.(48)
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La Iglesia
en el campo de la educación y de la acción
social
18. Entre los factores
que favorecen la influencia de la Iglesia en la
formación cristiana de los americanos,
debe señalarse su amplia
presencia en el campo de la educación y, de modo
especial, en el mundo
universitario. Las numerosas Universidades católicas
diseminadas por el Continente son un rasgo característico de
la vida eclesial en
América. Así mismo, en la enseñanza
primaria y secundaria el alto número de escuelas
católicas ofrece la posibilidad
de una acción evangelizadora de alcance muy
amplio, siempre que vaya acompañada por una
decidida voluntad de impartir
una educación verdaderamente cristiana.(49)
Otro campo importante en el que
la Iglesia está presente en toda
América es el de la asistencia caritativa y
social. Las múltiples iniciativas
para la atención de los ancianos, los enfermos y de
cuantos están necesitados de
auxilio en asilos, hospitales,
dispensarios, comedores gratuitos y otros centros sociales, son testimonio
palpable del amor preferencial por
los pobres que la Iglesia en América
lleva adelante movida por el amor a
su Señor y consciente de que «
Jesús se ha identificado con ellos (cf.
Mt 25, 31-46) ».(50)
En esta tarea, que no conoce fronteras, la Iglesia ha
sabido crear una conciencia
de solidaridad concreta entre las diversas comunidades del
Continente y del mundo entero, manifestando
así la fraternidad que
debe caracterizar a los cristianos de todo tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea evangélico y
evangelizador, ha de ser
fiel reflejo de la actitud de Jesús, que
vino « para anunciar a los
pobres la Buena Nueva » ( Lc 4, 18). Realizado
con este espíritu, llega a ser manifestación
del amor infinito de Dios por todos
los hombres y un modo elocuente de
transmitir la esperanza de salvación que Cristo
ha traído al mundo,
y que resplandece de manera particular cuando es comunicada a
los abandonados y desechados
de la sociedad.
Esta constante dedicación a los pobres y
desheredados se refleja en
el Magisterio social de la Iglesia, que no se cansa
de invitar a la
comunidad cristiana a comprometerse en la superación de toda forma
de explotación y opresión.
En efecto, se trata no sólo
de aliviar las necesidades más graves y urgentes
mediante acciones individuales y
esporádicas, sino de poner de relieve las raíces
del mal, proponiendo intervenciones que den
a las estructuras sociales,
políticas y económicas una configuración más
justa y solidaria.
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Creciente respeto de los derechos
humanos
19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales
inmediatas, debe señalarse entre
los aspectos positivos de la América
actual la creciente implantación en todo el Continente
de sistemas políticos democráticos
y la progresiva reducción de
regímenes dictatoriales. La Iglesia ve con agrado esta evolución,
en la medida en
que esto favorezca cada vez más un evidente respeto
de los derechos de cada
uno, incluidos los del procesado y del reo,
respecto a los cuales no es
legítimo el recurso a métodos de
detención y de interrogatorio —pienso concretamente en la
tortura— lesivos de la
dignidad humana. En efecto, « el Estado
de Derecho es la condición necesaria para
establecer una verdadera democracia
».(51)
Por otra parte, la existencia de un Estado de
Derecho implica en los
ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el
convencimiento de que la libertad
no puede estar desvinculada de la
verdad.(52) En efecto, « los graves problemas que
amenazan la dignidad de
la persona humana, la familia, el matrimonio, la educación,
la economía y las condiciones
de trabajo, la calidad de la vida y
la vida misma, proponen la cuestión
del Derecho ».(53) Los
Padres sinodales han subrayado con razón que « los derechos
fundamentales de la persona
humana están inscritos en su misma
naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto,
exigen su observancia y
aceptación universal. Ninguna autoridad humana puede transgredirlos
apelando a la mayoría o a los
consensos políticos, con el
pretexto de que así se respetan el pluralismo y la
democracia. Por ello, la
Iglesia debe comprometerse en formar y acompañar a los
laicos que están presentes en
los órganos legislativos, en
el gobierno y en la administración de la justicia, para
que las leyes expresen
siempre los principios y los valores morales que sean
conformes con una sana antropología
y que tengan presente el bien
común ».(54)
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El fenómeno de la globalización
20.
Una característica del mundo actual es la tendencia a la
globalización, fenómeno que, aun
no siendo exclusivamente americano,
es más perceptible y tiene mayores repercusiones en América.
Se trata de un proceso
que se impone debido a la mayor comunicación
entre las diversas partes del mundo,
llevando prácticamente a la
superación de las distancias, con efectos evidentes en campos muy
diversos.
Desde el punto
de vista ético, puede tener una valoración
positiva o negativa. En realidad, hay una
globalización económica que trae
consigo ciertas consecuencias positivas, como el fomento de la
eficiencia y el incremento de
la producción, y que, con el
desarrollo de las relaciones entre los diversos países
en lo económico, puede
fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar
mejor el servicio a
la familia humana. Sin embargo, si la globalización se
rige por las meras leyes
del mercado aplicadas según las
conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales
son, por ejemplo, la
atribución de un valor absoluto a la economía,
el desempleo, la disminución y el
deterioro de ciertos servicios públicos,
la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el
aumento de las diferencias
entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca
a las naciones pobres
en una situación de inferioridad cada vez más
acentuada.(55) La Iglesia, aunque reconoce los
valores positivos que la
globalización comporta, mira con inquietud los aspectos negativos
derivados de ella.
¿Y qué decir
de la globalización cultural producida
por la fuerza de los medios de comunicación social?
Éstos imponen nuevas escalas
de valores por doquier, a menudo arbitrarios y en
el fondo materialistas, frente a
los cuales es muy difícil mantener
viva la adhesión a los valores del Evangelio.
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La urbanización creciente
21. El fenómeno de la urbanización continúa
creciendo también en América.
Desde hace algunos lustros el
Continente está viviendo un éxodo constante del campo a
la ciudad. Se trata
de un fenómeno complejo, ya descrito por mi
predecesor Pablo VI.(56) Las causas de
este fenómeno son varias,
pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el subdesarrollo
de las zonas rurales,
donde con frecuencia faltan los servicios, las
comunicaciones, las estructuras educativas y sanitarias. La
ciudad, además, con las
características de diversión y bienestar con que no
pocas veces la presentan los medios
de comunicación social, ejerce
un atractivo especial para las gentes sencillas del campo.
La
frecuente falta de planificación en este proceso acarrea
muchos males. Como han señalado los
Padres sinodales, « en
ciertos casos, algunas partes de las ciudades son como islas
en las que se
acumula la violencia, la delincuencia juvenil y la atmósfera de
desesperación ».(57) El fenómeno
de la urbanización presenta
asimismo grandes desafíos a la acción pastoral de
la Iglesia, que ha de hacer
frente al desarraigo cultural, la pérdida
de costumbres familiares y al alejamiento de las
propias tradiciones religiosas, que
no pocas veces lleva al naufragio de la fe, privada
de aquellas manifestaciones que
contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un
reto apremiante para la
Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural durante
siglos, está hoy llamada
a llevar a cabo una evangelización
urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la
liturgia y las propias
estructuras pastorales.(58)
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El peso de la deuda externa
22. Los
Padres sinodales han manifestado su preocupación por la
deuda externa que afecta a muchas
naciones americanas, expresando de este
modo su solidaridad con las mismas. Ellos llaman justamente
la atención de la
opinión pública sobre la complejidad del tema,
reconociendo « que la deuda es frecuentemente
fruto de la corrupción
y de la mala administración ».(59) En el espíritu de
la reflexión sinodal, este
reconocimiento no pretende concentrar en un
sólo polo las responsabilidades de un fenómeno que
es sumamente complejo en
su origen y en sus soluciones.(60)
En efecto, entre las
múltiples causas que han llevado a una deuda
externa abrumadora deben señalarse no sólo
los elevados intereses, fruto
de políticas financieras especulativas, sino también
la irresponsabilidad de algunos gobernantes que, al contraer
la deuda, no reflexionaron
suficientemente sobre las posibilidades reales de pago, con
el agravante de que sumas ingentes
obtenidas mediante préstamos internacionales
se han destinado a veces al enriquecimiento de personas
concretas, en vez de ser
dedicadas a sostener los cambios necesarios para
el desarrollo del país. Por otra parte,
sería injusto que las
consecuencias de estas decisiones irresponsables pesaran sobre quienes
no las tomaron. La gravedad de
la situación es aún más
comprensible, si se tiene en cuenta que « ya
el mero pago de los
intereses es un peso sobre la economía de las
naciones pobres, que quita
a las autoridades la disponibilidad del dinero necesario para el
desarrollo social, la educación,
la sanidad y la institución
de un depósito para crear trabajo ».(61)
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La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente presente entre las causas de la
agobiante deuda externa, es
un problema grave que debe ser considerado
atentamente. La corrupción « sin guardar límites,
afecta a las personas,
a las estructuras públicas y privadas de
poder y a las clases dirigentes ».
Se trata de una situación
que « favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito,
la falta de confianza
con respecto a las instituciones políticas,
sobre todo en la administración de la justicia
y en la inversión
pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos ».(62)
A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en el Mensaje
para la Jornada mundial
de la Paz de 1998 , que la lacra de
la corrupción ha de
ser denunciada y combatida con valentía por quienes detentan
la autoridad y con la
« colaboración generosa de todos los
ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral ».(63)
Los adecuados organismos de
control y la transparencia de las transacciones
económicas y financieras previenen ulteriormente y evitan
en muchos casos que
se extienda la corrupción, cuyas consecuencias nefastas
recaen principalmente sobre los más pobres y
desvalidos. Son además los
pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la
ausencia de una defensa
adecuada y las carencias estructurales, cuando la
administración de la justicia es corrupta.
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Comercio
y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo
de drogas son una seria amenaza para las
estructuras sociales de las naciones en
América. Esto « contribuye
a los crímenes y a la violencia, a la destrucción
de la vida familiar,
a la destrucción física y emocional de
muchos individuos y comunidades, sobre todo entre
los jóvenes. Corroe la
dimensión ética del trabajo y contribuye a
aumentar el número de personas en las
cárceles, en una palabra,
a la degradación de la persona en cuanto creada a
imagen de Dios ».(64)
Este nefasto comercio lleva también « a
destruir gobiernos, corroyendo la seguridad económica y
la estabilidad de las
naciones ».(65) Estamos ante uno de los desafíos
más apremiantes a los que deben
enfrentarse muchas naciones del
mundo. En efecto, es un desafío que hipoteca gran parte
de los logros obtenidos
en los últimos tiempos para el progreso de la
humanidad. Para algunas naciones de
América, la producción, el
tráfico y el consumo de drogas son factores que comprometen
su prestigio internacional, porque
limitan su credibilidad y dificultan la
deseada colaboración con otros países, tan necesaria en
nuestros días para el
desarrollo armónico de cada pueblo.
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Preocupación por la ecología
25.
« Y vio Dios que estaba bien » ( Gn
1, 25). Estas palabras
que leemos en el primer capítulo del Libro del Génesis,
muestran el sentido de
la obra realizada por Él. El Creador confía
al hombre, coronación de toda la
obra de la creación, el
cuidado de la tierra (cf. Gn 2, 15). De
aquí surgen obligaciones muy
concretas para cada persona relativas a la ecología.
Su cumplimiento supone la apertura a
una perspectiva espiritual y ética,
que supere las actitudes y « los estilos de
vida conducidos por el
egoísmo que llevan al agotamiento de los recursos naturales ».(66)
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante
la intervención de los
creyentes. Es necesaria la colaboración de todos los hombres
de buena voluntad con las
instancias legislativas y de gobierno para
conseguir una protección eficaz del medio ambiente, considerado
como don de Dios.
¡Cuántos abusos y daños ecológicos
se dan también en muchas regiones americanas! Baste pensar
en la emisión incontrolada
de gases nocivos o en el dramático fenómeno
de los incendios forestales, provocados a
veces intencionadamente por personas
movidas por intereses egoístas. Estas devastaciones pueden
conducir a una verdadera desertización de no
pocas zonas de América,
con las inevitables secuelas de hambre y miseria. El problema
se plantea, con especial
intensidad, en la selva amazónica, inmenso territorio
que abarca varias naciones: del Brasil a
la Guayana, a Surinam, Venezuela,
Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.(67) Es uno de los
espacios naturales más apreciados
en el mundo por su diversidad biológica,
siendo vital para el equilibrio ambiental de
todo el planeta.
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CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
« Arrepentíos,
pues, y convertíos » ( Hch 3, 19)
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Urgencia del
llamado a la conversión
26. « El tiempo se ha
cumplido y el Reino de Dios está
cerca; convertíos y creed en la Buena
Nueva » ( Mc 1,
15). Estas palabras de Jesús, con las que comenzó
su ministerio en Galilea,
deben seguir resonando en los oídos de los
Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y
fieles laicos de toda
América. Tanto la reciente celebración
del V Centenario del comienzo de la evangelización de
América, como la conmemoración
de los 2000 años del Nacimiento de Jesús,
el gran Jubileo que nos disponemos
a celebrar, son una llamada a
profundizar en la propia vocación cristiana. La grandeza
del acontecimiento de la
Encarnación y la gratitud por el don del
primer anuncio del Evangelio en América
invitan a responder con
prontitud a Cristo con una conversión personal más decidida
y, al mismo tiempo, estimulan
a una fidelidad evangélica cada vez más
generosa. La exhortación de Cristo a convertirse
resuena también en la
del Apóstol: « Es ya hora de levantaros del sueño,
que la salvación está
más cerca de nosotros que
cuando abrazamos la fe » ( Rm 13, 11).
El encuentro con Jesús
vivo, mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el
Nuevo Testamento utiliza la palabra metanoia , que quiere decir
cambio de mentalidad. No se trata sólo
de un modo distinto de pensar a
nivel intelectual, sino de la revisión
del propio modo de actuar a la luz
de los criterios evangélicos. A
este respecto, san Pablo habla de « la fe
que actúa por la
caridad » ( Ga 5, 6). Por ello, la auténtica
conversión debe prepararse y
cultivarse con la lectura orante de la Sagrada Escritura
y la recepción de los
sacramentos de la Reconciliación y la
Eucaristía. La conversión conduce a la comunión
fraterna, porque ayuda a comprender
que Cristo es la cabeza de la Iglesia,
su Cuerpo místico; mueve a la
solidaridad, porque nos hace
conscientes de que lo que hacemos a los demás, especialmente
a los más necesitados,
se lo hacemos a Cristo. La conversión
favorece, por tanto, una vida nueva, en
la que no haya separación
entre la fe y las obras en la respuesta
cotidiana a la universal llamada a
la santidad. Superar la división entre fe y
vida es indispensable para
que se pueda hablar seriamente de conversión. En efecto,
cuando existe esta división, el
cristianismo es sólo nominal.
Para ser verdadero discípulo del Señor, el creyente
ha de ser testigo de la
propia fe, pues « el testigo no da sólo
testimonio con las palabras, sino
con su vida ».(68) Hemos de tener
presentes las palabras de Jesús: « No
todo el que me diga: “Señor,
Señor”, entrará en el Reino de los Cielos,
sino el que haga
la voluntad de mi Padre celestial » ( Mt 7,
21). La apertura a
la voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no
excluye ni siquiera la
entrega de la propia vida: « El máximo
testimonio es el martirio ».(69)
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Dimensión
social de la conversión
27. La conversión no es completa
si falta la conciencia de las
exigencias de la vida cristiana y no se
pone esfuerzo en llevarlas a cabo.
A este respecto, los Padres sinodales han señalado
que, por desgracia, «
existen grandes carencias de orden personal y
comunitario con respecto a una conversión más
profunda y con respecto
a las relaciones entre los ambientes, las instituciones y los
grupos en la Iglesia
».(70) « Quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar
a Dios a quien no ve » ( 1 Jn
4, 20).
La caridad fraterna implica una preocupación por todas
las necesidades del prójimo.
« Si alguno que posee bienes de la
tierra, ve a su hermano padecer
necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo
puede permanecer en él el amor de
Dios? » ( 1 Jn 3,
17). Por ello, convertirse al Evangelio para el
Pueblo cristiano que vive
en América, significa revisar « todos los ambientes y
dimensiones de su vida, especialmente
todo lo que pertenece al orden
social y a la obtención del bien común
».(71) De modo particular
convendrá « atender a la creciente conciencia
social de la dignidad de cada persona
y, por ello, hay que fomentar en la
comunidad la solicitud por la obligación
de participar en la acción
política según el Evangelio ».(72) No obstante, será
necesario tener presente que la
actividad en el ámbito político
forma parte de la vocación y acción de los
fieles laicos.(73)
A este
propósito, sin embargo, es de suma importancia, sobre todo
en una sociedad pluralista, tener
un recto concepto de las relaciones
entre la comunidad política y la Iglesia, y
distinguir claramente entre las
acciones que los fieles, aislada o asociadamente, llevan a cabo
a título personal, como
ciudadanos, de acuerdo con su conciencia
cristiana, y las acciones que realizan en nombre
de la Iglesia, en comunión
con sus Pastores. « La Iglesia, que por razón
de su misión y
de su competencia no se confunde en modo alguno con
la comunidad política ni
está ligada a sistema político alguno, es a la vez
signo y salvaguardia del
carácter trascendente de la persona humana ».(74)
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Conversión permanente
28.
La conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente
alcanzada: en el camino
que el discípulo está llamado a
recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un
empeño que abarca toda
la vida. Por otro lado, mientras estamos en este mundo,
nuestro propósito de conversión
se ve constantemente amenazado
por las tentaciones. Desde el momento en que « nadie
puede servir a dos
señores » ( Mt 6, 24), el cambio de
mentalidad ( metanoia ) consiste
en el esfuerzo de asimilar los
valores evangélicos que contrasta con las tendencias dominantes
en el mundo. Es
necesario, pues, renovar constantemente « el encuentro
con Jesucristo vivo », camino que, como
han señalado los Padres
sinodales, « nos conduce a la conversión permanente ».(75)
El
llamado universal a la conversión adquiere matices
particulares para la Iglesia en América, comprometida
también en la renovación
de la propia fe. Los Padres sinodales han
formulado así esta tarea concreta y
exigente: « Esta conversión
exige especialmente de nosotros Obispos una auténtica identificación
con el estilo personal de Jesucristo,
que nos lleva a la sencillez, a la
pobreza, a la cercanía, a la
carencia de ventajas, para que, como Él,
sin colocar nuestra confianza en los medios
humanos, saquemos, de la
fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia
del Evangelio, permaneciendo primariamente
abiertos a aquellos que están
sumamente lejanos y excluidos ».(76) Para ser Pastores según
el corazón de Dios
(cf. Jr 3, 15), es indispensable asumir
un modo de vivir que nos asemeje
a Aquél que dijo de sí
mismo: « Yo soy el buen pastor »
( Jn 10, 11), y que san
Pablo evoca al escribir: « Sed mis
imitadores, como lo soy de Cristo »
( 1 Co 11, 1).
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Guiados por
el Espíritu Santo hacia nuevo estilo de vida
29. La
propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo
para los Pastores, sino
más bien para todos los cristianos que viven en América.
A todos se les
pide que profundicen y asuman la auténtica
espiritualidad cristiana. « En efecto, espiritualidad es
un estilo o forma
de vivir según las exigencias cristianas, la cual es “la
vida en Cristo” y
“en el Espíritu”, que se acepta
por la fe, se expresa por el amor
y, en esperanza, es conducida a la vida
dentro de la comunidad eclesial ».(77)
En este sentido, por
espiritualidad, que es la meta a la que conduce la
conversión, se entiende no
« una parte de la vida, sino la vida toda
guiada por el Espíritu
Santo ».(78) Entre los elementos de espiritualidad
que todo cristiano tiene que hacer suyos
sobresale la oración. Ésta
lo « conducirá poco a poco a adquirir una mirada
contemplativa de la realidad,
que le permitirá reconocer a Dios siempre y en
todas las cosas; contemplarlo en
todas las personas; buscar su voluntad en
los acontecimientos ».(79)
La oración tanto personal
como litúrgica es un deber de
todo cristiano. « Jesucristo, evangelio del Padre, nos
advierte que sin Él
no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Él
mismo en los momentos decisivos
de su vida, antes de actuar, se retiraba a
un lugar solitario para entregarse
a la oración y la contemplación,
y pidió a los Apóstoles que hicieran lo
mismo ».(80) A sus
discípulos, sin excepción, el Señor recuerda: «
Entra en tu aposento y, después de
cerrar la puerta, ora a tu
Padre, que está allí, en lo secreto »
( Mt 6, 6).
Esta vida intensa de oración debe adaptarse a la capacidad
y condición de cada
cristiano, de modo que en las diversas
situaciones de su vida pueda volver siempre
« a la fuente de su
encuentro con Jesucristo para beber el único Espíritu
( 1 Co 12,
13) ».(81) En este sentido, la dimensión
contemplativa no es un privilegio de unos
cuantos en la Iglesia; al
contrario, en las parroquias, en las comunidades y en
los movimientos se ha
de promover una espiritualidad abierta y orientada a la contemplación
de las verdades fundamentales
de la fe: los misterios de la Trinidad, de
la Encarnación del Verbo, de
la Redención de los hombres, y
las otras grandes obras salvíficas de Dios.(82)
Los
hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación
tienen una misión fundamental en la
Iglesia que está en América.
Ellos son, según expresión del Concilio Vaticano II, «
honor de la Iglesia
y hontanar de gracias celestes ».(83) Por ello,
los monasterios, diseminados a lo largo
y ancho del Continente, han de ser
« objeto de peculiar amor por parte
de los Pastores, los cuales estén
plenamente persuadidos de que las almas entregadas a
la vida contemplativa obtienen
gracia abundante por la oración, la penitencia y la
contemplación, a las que consagran
su vida. Los contemplativos
deben ser conscientes de que están integrados en la misión
de la Iglesia en
el tiempo presente y que, con el testimonio de la
propia vida, cooperan al
bien espiritual de los fieles, ayudando así para
que busquen el rostro de Dios
en la vida diaria ».(84)
La espiritualidad cristiana se alimenta
ante todo de una vida
sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente
inagotable de la gracia
de Dios, necesaria para sostener al creyente en su
peregrinación terrena. Esta vida ha
de estar integrada con los
valores de su piedad popular, los cuales a su
vez se verán enriquecidos
por la práctica sacramental y libres del peligro de
degenerar en mera rutina. Por
otra parte, la espiritualidad no se
contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano.
Al contrario, el creyente,
a través de un camino de oración, se
hace más consciente de las exigencias
del Evangelio y de sus
obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la
gracia indispensable para perseverar
en el bien. Para madurar espiritualmente, el
cristiano debe recurrir al consejo de los
ministros sagrados o de otras
personas expertas en este campo mediante la dirección espiritual,
práctica tradicionalmente presente en
la Iglesia. Los Padres
sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este
ministerio de tanta importancia.(85)
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Vocación
universal a la santidad
30. « Sed santos, porque yo,
el Señor, vuestro Dios, soy
santo » ( Lv 19, 2). La Asamblea Especial
del Sínodo de los
Obispos para América ha querido recordar con vigor a todos
los cristianos la importancia
de la doctrina de la vocación universal a
la santidad en la Iglesia.(86) Se
trata de uno de los puntos centrales de
la Constitución dogmática sobre la Iglesia
del Concilio Vaticano II.(87)
La santidad es la meta del camino de conversión,
pues ésta « no es
fin en sí misma, sino proceso hacia
Dios, que es santo. Ser santos es
imitar a Dios y glorificar su nombre en
las obras que realizamos en nuestra
vida (cf. Mt 5, 16) ».(88)
En el camino de la santidad Jesucristo es
el punto de referencia y el
modelo a imitar: Él es « el Santo
de Dios y fue reconocido
como tal (cf. Mc 1, 24). Él mismo nos
enseña que el corazón
de la santidad es el amor, que conduce incluso a
dar la vida por
los otros (cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la
santidad de Dios, tal
y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no
es otra cosa que
prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a
los pobres, enfermos e
indigentes (cf. Lc 10, 25ss) ».(89)
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Jesús, el único camino
para la santidad
31. « Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida » ( Jn 14,
6). Con estas palabras Jesús se
presenta como el único
camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento concreto
de este itinerario se
obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios que la
Iglesia anuncia con su predicación.
Por ello, la Iglesia en América
« debe conceder una gran prioridad a la
reflexión orante sobre la
Sagrada Escritura, realizada por todos los fieles ».(90) Esta
lectura de la Biblia, acompañada
de la oración, se conoce en
la tradición de la Iglesia con el nombre
de Lectio divina ,
práctica que se ha de fomentar entre todos los cristianos.
Para los presbíteros, debe
constituir un elemento fundamental en la
preparación de sus homilías, especialmente las
dominicales.(91)
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Penitencia y reconciliación
32. La
conversión ( metanoia ), a la que cada ser humano
está llamado, lleva a
aceptar y hacer propia la nueva mentalidad
propuesta por el Evangelio. Esto supone el
abandono de la forma de pensar
y actuar del mundo, que tantas veces condiciona
fuertemente la existencia. Como
recuerda la Sagrada Escritura, es necesario que muera el hombre
viejo y nazca el
hombre nuevo, es decir, que todo el ser humano se
renueve « hasta alcanzar
un conocimiento perfecto según la imagen de su
creador » ( Col 3, 10).
En ese camino de conversión y búsqueda
de la santidad « deben fomentarse los
medios ascéticos que existieron
siempre en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan
la cima en el
sacramento del perdón, recibido y celebrado con las
debidas disposiciones ».(92) Sólo quien se
reconcilia con Dios es
protagonista de una auténtica reconciliación con y entre
los hermanos.
La crisis actual del
sacramento de la Penitencia, de la cual no está
exenta la Iglesia en América,
y sobre la que he expresado mi
preocupación desde los comienzos mismos de mi
pontificado,(93) podrá superarse por
la acción pastoral continuada y paciente.
A este respecto, los
Padres sinodales piden justamente « que los
sacerdotes dediquen el tiempo debido a la
celebración del sacramento de
la Penitencia, y que inviten insistente y vigorosamente a
los fieles para que lo
reciban, sin que los pastores descuiden su propia
confesión frecuente ».(94) Los Obispos y
los sacerdotes experimentan personalmente
el misterioso encuentro con Cristo que perdona
en el sacramento de la Penitencia, y
son testigos privilegiados de su amor
misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres
y mujeres « de
toda nación, razas, pueblos y lenguas » ( Ap 7,
9), está llamada a
ser, « en un mundo señalado por las divisiones ideológicas,
étnicas, económicas y culturales
», el « signo
vivo de la unidad de la familia humana ».(95) América,
tanto en la compleja
realidad de cada nación y la variedad de sus grupos
étnicos, como en los
rasgos que caracterizan todo el Continente, presenta muchas
diversidades que no se han de
ignorar y a las que se debe prestar atención.
Gracias a un eficaz trabajo
de integración entre todos los miembros
del pueblo de Dios en cada país y
entre los miembros de las
Iglesias particulares de las diversas naciones, las diferencias de
hoy podrán ser fuente
de mutuo enriquecimiento. Como afirman justamente
los Padres sinodales, « es de gran importancia
que la Iglesia en toda
América sea signo vivo de una comunión reconciliada y
un llamado permanente a
la solidaridad, un testimonio siempre presente en
nuestros diversos sistemas políticos, económicos y sociales
».(96) Ésta es una
aportación significativa que los creyentes
pueden ofrecer a la unidad del Continente americano.
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CAPÍTULO
IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
«Como tú, Padre, en mí
y yo en ti,
que ellos también sean uno en
nosotros » ( Jn 17, 21)
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La Iglesia, sacramento de
comunión
33. « Ante un mundo roto y deseoso de
unidad es necesario proclamar
con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre,
Hijo y Espíritu Santo,
unidad en la distinción, el cual llama a todos los
hombres a que participen
de la misma comunión trinitaria. Es necesario
proclamar que esta comunión es el proyecto
magnífico de Dios [Padre];
que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto
central de la misma
comunión, y que el Espíritu Santo trabaja
constantemente para crear la comunión y restaurarla
cuando se hubiera roto.
Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento
de la comunión querida
por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a
su perfección en la plenitud
del Reino ».(97) La Iglesia es
signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos,
participan de la misma
vida de Cristo, la verdadera vid (cf. Jn 15, 5).
En efecto, por la
comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico,
entramos en comunión viva con todos los
creyentes.
Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a
su naturaleza,(98) debe manifestarse
a través de signos concretos, «
como podrían ser: la oración en común de
unos por otros, el
impulso a las relaciones entre las Conferencias Episcopales, los
vínculos entre Obispo y Obispo,
las relaciones de hermandad entre
las diócesis y las parroquias, y la mutua comunicación
de agentes pastorales para
acciones misionales específicas ».(99)
La comunión eclesial implica conservar el depósito de la fe
en su pureza e
integridad, así como también la unidad de
todo el Colegio de los Obispos bajo
la autoridad del Sucesor de Pedro. En
este contexto, los Padres sinodales han señalado
que « el fortalecimiento
del oficio petrino es fundamental para la preservación
de la unidad de la Iglesia
», y que « el ejercicio pleno del
primado de Pedro es fundamental para
la identidad y la vitalidad de la
Iglesia en América ». (100) Por encargo
del Señor, a Pedro
y a sus Sucesores corresponde el oficio de confirmar en
la fe a sus
hermanos (cf. Lc 22, 32) y de pastorear toda la
grey de Cristo (cf.
Jn 21, 15-17). Asimismo, el Sucesor del príncipe de
los Apóstoles está llamado a
ser la piedra sobre la que la
Iglesia está edificada, y a ejercer el
ministerio derivado de ser
el depositario de las llaves del Reino (cf. Mt 16,
18-19). El Vicario de
Cristo es, pues, « el perpetuo principio de [...] unidad
y el fundamento visible
» de la Iglesia. (101)
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Iniciación cristiana y comunión
34.
La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por
los sacramentos de la
iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación
y Eucaristía. El Bautismo es « la puerta de la
vida espiritual: pues por
él nos hacemos miembros de Cristo, y del
cuerpo de la Iglesia ». (102)
Los bautizados, al recibir la
Confirmación « se vinculan más estrechamente a la
Iglesia, se enriquecen con una
fuerza especial del Espíritu Santo,
y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir
y defender la fe,
como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con
las obras ». (103)
El proceso de la iniciación cristiana se
perfecciona y culmina con la recepción de
la Eucaristía, por la
cual el bautizado se inserta plenamente en el Cuerpo de
Cristo. (104)
« Estos sacramentos son una excelente oportunidad para
una buena evangelización y
catequesis, cuando su preparación se hace
por agentes dotados de fe y competencia ».
(105) Aunque en las
diversas diócesis de América se ha avanzado mucho en la
preparación para los sacramentos
de la iniciación cristiana,
los Padres sinodales se lamentaban de que todavía « son
muchos los que los
reciben sin la suficiente formación ». (106) En el
caso del bautismo de niños
no debe omitirse un esfuerzo
catequizador de cara a los padres y padrinos.
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La
Eucaristía, centro de comunión con Dios y con
los hermanos
35. La realidad de
la Eucaristía no se agota en el hecho de ser
el sacramento con el
que se culmina la iniciación cristiana.
Mientras el Bautismo y la Confirmación tienen la
función de iniciar e
introducir en la vida propia de la Iglesia, no siendo
repetibles, (107) la Eucaristía
continúa siendo el centro
vivo permanente en torno al cual se congrega toda la
comunidad eclesial. (108) Los
diversos aspectos de este sacramento muestran su inagotable
riqueza: es, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio,
sacramento-comunión, sacramento-presencia. (109)
La
Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con
Cristo vivo. Por ello los
Pastores del pueblo de Dios en América, a
través de la predicación y la
catequesis, deben esforzarse en
« dar a la celebración eucarística dominical una
nueva fuerza, como fuente y culminación
de la vida de la Iglesia,
prenda de su comunión en el Cuerpo de
Cristo e invitación a
la solidaridad como expresión del mandato del Señor: «
que os améis los unos
a los otros, como yo os he amado » (
Jn 13, 34) ». (110) Como sugieren los Padres sinodales,
dicho esfuerzo debe tener
en cuenta varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es
necesario que los fieles sean conscientes
de que la Eucaristía es
un inmenso don, a fin de que hagan todo
lo posible para participar activa
y dignamente en ella, al menos los domingos y
días festivos. Al mismo
tiempo, se han de promover « todos los esfuerzos de
los sacerdotes para hacer
más fácil esa participación y
posibilitarla en las comunidades lejanas ». (111) Habrá que
recordar a los fieles
que « la participación plena en ella,
consciente y activa, aunque es esencialmente distinta
del oficio del sacerdote
ordenado, es una actuación del sacerdocio común
recibido en el Bautismo ». (112)
La
necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía y
las dificultades que surgen
por la escasez de sacerdotes, hacen patente la
urgencia de fomentar las vocaciones sacerdotales.
(113) Es también necesario
recordar a toda la Iglesia en América « el lazo
existente entre la Eucaristía
y la caridad », (114) lazo que
la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape
con la Cena eucarística.
(115) La participación en la Eucaristía
debe llevar a una acción caritativa más intensa
como fruto de la
gracia recibida en este sacramento.
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Los Obispos, promotores de comunión
36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque es un
signo de vida, debe
crecer continuamente. En consecuencia, los Obispos, recordando
que « son, individualmente, el principio y
fundamento visible de unidad
en sus Iglesias particulares », (116) deben sentirse llamados
a promover la comunión en
su propia diócesis para que sea más
eficaz el esfuerzo por la nueva evangelización
de América. El esfuerzo
comunitario se ve facilitado por los organismos previstos por
el Concilio Vaticano II como
apoyo de la actividad del Obispo diocesano,
los cuales han sido definidos más detalladamente
por la legislación postconciliar.
(117) « Corresponde al Obispo, con la cooperación
de los sacerdotes, los diáconos, los
consagrados y los laicos [...]
realizar un plan de acción pastoral de conjunto, que
sea orgánico y participativo,
que llegue a todos los miembros de la Iglesia y
suscite su conciencia misionera
». (118)
Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y
fieles la conciencia de
que la diócesis es la expresión visible de la comunión
eclesial, que se forma
en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía
en torno al Obispo,
unido con el Colegio episcopal y bajo su Cabeza, el
Romano Pontífice. Ella en
cuanto Iglesia particular tiene la misión
de empezar y fomentar el encuentro de todos
los miembros del pueblo de
Dios con Jesucristo, (119) en el respeto y promoción
de la pluralidad y
de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que
le confieren el carácter
de comunión. (120) Un conocimiento más
profundo de lo que es la Iglesia particular
favorecerá ciertamente el espíritu
de participación y corresponsabilidad en la vida
de los organismos diocesanos. (121)
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Una comunión
más intensa entre las Iglesias
particulares
37. La Asamblea especial para América del Sínodo
de los Obispos, la
primera en la historia que ha reunido a Obispos de
todo el Continente, ha
sido percibida por todos como una gracia especial del Señor
a la Iglesia que
peregrina en América. Esta Asamblea ha reforzado
la comunión que debe existir entre las
Comunidades eclesiales del Continente,
haciendo ver a todos la necesidad de incrementarla
ulteriormente. Las experiencias de comunión episcopal,
frecuentes sobre todo después
del Concilio Vaticano II por la consolidación
y difusión de las Conferencias Episcopales, deben
entenderse como encuentros con
Cristo vivo, presente en los hermanos que están
reunidos en su nombre (cf. Mt
18, 20).
La experiencia sinodal ha enseñado también las riquezas
de una comunión que
se extiende más allá de los límites
de cada Conferencia Episcopal. Aunque ya existen
formas de diálogo que
superan tales confines, los Padres sinodales sugieren la conveniencia
de fortalecer las reuniones interamericanas,
promovidas ya por las
Conferencias Episcopales de las diversas Naciones americanas, como expresión
de solidaridad efectiva y lugar
de encuentro y de estudio de los desafíos
comunes para la evangelización de América.
(122) Será igualmente oportuno
definir con exactitud el carácter de tales
encuentros, de modo que lleguen a ser,
cada vez más, expresión
de comunión entre todos los Pastores. Aparte de estas reuniones
más amplias, puede ser
útil, cuando las circunstancias lo requieran,
crear comisiones específicas para profundizar los temas comunes
que afectan a toda
América. Campos en los que parece especialmente
necesario « que se dé un impulso
a la cooperación, son
las comunicaciones pastorales mutuas, la cooperación misional, la
educación, las migraciones, el ecumenismo ».
(123)
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la
comunión entre las Iglesias
particulares, alentarán a los fieles a vivir más
intensamente la dimensión comunitaria, asumiendo «
la responsabilidad de desarrollar
los lazos de comunión con las
Iglesias locales en otras partes de América por
la educación, la mutua
comunicación, la unión fraterna entre parroquias y
diócesis, planes de cooperación, y defensas unidas
en temas de mayor
importancia, sobre todo los que afectan a los pobres ».
(124)
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Comunión fraterna con
las Iglesias católicas orientales
38. El fenómeno reciente de la implantación y desarrollo
en América de Iglesias particulares
católicas orientales, dotadas de
jerarquía propia, ha merecido una especial atención
por parte de algunos Padres sinodales. Un
sincero deseo de abrazar cordial
y eficazmente a estos hermanos en la fe y
en la comunión jerárquica
bajo el Sucesor de Pedro, ha llevado a la Asamblea
sinodal a proponer sugerencias
concretas de ayuda fraterna por parte de las Iglesias
particulares latinas a las Iglesias
católicas orientales existentes en
el Continente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de
rito latino, sobre todo
de origen oriental, puedan ofrecer su colaboración
litúrgica a las comunidades orientales carentes de
un número suficiente de
presbíteros. Igualmente, respecto a los edificios
religiosos, los fieles orientales podrán usar, en los
casos que sea conveniente,
las iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión
son dignas de consideración
varias propuestas de los Padres sinodales: que allí donde sea
necesario exista, en las
Conferencias Episcopales nacionales y en los
organismos internacionales de cooperación episcopal, una comisión
mixta encargada de estudiar los
problemas pastorales comunes; que la
catequesis y la formación teológica para los laicos y
seminaristas de la Iglesia
latina, incluyan el conocimiento de la tradición
viva del Oriente cristiano; que los Obispos
de las Iglesias católicas
orientales participen en las Conferencias Episcopales latinas de las
respectivas Naciones. (125) No puede
dudarse de que esta cooperación
fraterna, a la vez que prestará una ayuda preciosa
a las Iglesias orientales,
de reciente implantación en América, permitirá
a las Iglesias particulares latinas enriquecerse con el
patrimonio espiritual de la
tradición del Oriente cristiano.
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El presbítero, signo de unidad
39.
« Como miembro de una Iglesia particular, todo sacerdote debe
ser signo de comunión
con el Obispo en cuanto que es su inmediato
colaborador, unido a sus hermanos
en el presbiterio. Ejerce su ministerio
con caridad pastoral, principalmente en la comunidad que
le ha sido confiada,
y la conduce al encuentro con Jesucristo Buen Pastor. Su
vocación exige que sea
signo de unidad. Por ello debe evitar cualquier participación
en política partidista que dividiría
a la comunidad ».
(126) Es deseo de los Padres sinodales que se «
desarrolle una acción pastoral
a favor del clero diocesano que haga más sólida su
espiritualidad, su misión y
su identidad, la cual tiene su centro
en el seguimiento de Cristo que, sumo
y eterno Sacerdote, buscó
siempre cumplir la voluntad del Padre. Él es el ejemplo
de la entrega generosa,
de la vida austera y del servicio hasta la muerte.
El sacerdote sea consciente
de que, por la recepción del sacramento
del Orden, es portador de gracia que
distribuye a sus hermanos en los
sacramentos. Él mismo se santifica en el ejercicio
del ministerio ». (127)
El campo en que se desarrolla la actividad de los
sacerdotes es inmenso. Conviene,
por ello, « que coloquen como centro de su actividad
lo que es esencial
en su ministerio: dejarse configurar a Cristo Cabeza y Pastor,
fuente de la caridad
pastoral, ofreciéndose a sí mismos cada
día con Cristo en la Eucaristía, para ayudar
a los fieles a
que tengan un encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo
». (128) Como testigos
y discípulos de Cristo misericordioso, los
sacerdotes están llamados a ser instrumentos de perdón
y de reconciliación, comprometiéndose
generosamente al servicio de
los fieles según el espíritu del Evangelio.
Los presbíteros, en
cuanto pastores del pueblo de Dios en América,
deben además estar atentos a los
desafíos del mundo actual y
ser sensibles a las angustias y esperanzas de sus
gentes, compartiendo sus vicisitudes
y, sobre todo, asumiendo una actitud de solidaridad con los
pobres. Procurarán discernir los
carismas y las cualidades de los
fieles que puedan contribuir a la animación de
la comunidad, escuchándolos y
dialogando con ellos, para impulsar así su participación y
corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor
distribución de las tareas
que les permita « consagrarse a lo que está más
estrechamente conexo con el
encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo
que signifiquen mejor, en el seno
de la comunidad, la presencia de Jesús
que congrega a su pueblo ». (129)
El trabajo de discernimiento de los carismas particulares debe llevar
también a valorizar aquellos
sacerdotes que se consideren adecuados
para realizar ministerios particulares. A todos los sacerdotes, además,
se les pide que
presten su ayuda fraterna en el presbiterio y que recurran
al mismo con confianza
en caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos
sacerdotes en América que,
con la gracia de Dios, se esfuerzan por hacer frente
a un quehacer tan
grande, hago mío el deseo de los Padres sinodales de
reconocer y alabar «
la inagotable entrega de los sacerdotes, como pastores,
evangelizadores y animadores de la comunión
eclesial, expresando gratitud y
dando ánimos a los sacerdotes de toda América que
dan su vida al servicio
del Evangelio ». (130)
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Fomentar la pastoral vocacional
40. El
papel indispensable del sacerdote en la comunidad ha de hacer
conscientes a todos los
hijos de la Iglesia en América de la
importancia de la pastoral vocacional. El
Continente americano cuenta con
una juventud numerosa, rica en valores humanos y religiosos. Por
ello, se han de
cultivar los ambientes en que nacen las vocaciones al sacerdocio
y a la vida
consagrada e invitar a las familias cristianas para que ayuden
a sus hijos cuando
se sientan llamados a seguir este camino. (131) En
efecto, las vocaciones « son
un don de Dios » y « surgen en
las comunidades de fe, ante
todo, en la familia, en la parroquia, en las
escuelas católicas y en otras
organizaciones de la Iglesia. Los
Obispos y presbíteros tienen la especial responsabilidad de
estimular tales vocaciones mediante la
invitación personal, y principalmente
por el testimonio de una vida de fidelidad, alegría,
entusiasmo y santidad. La responsabilidad
para reunir vocaciones al
sacerdocio pertenece a todo el pueblo de Dios y encuentra
su mayor cumplimiento en
la oración continua y humilde por las vocaciones ».
(132)
Los seminarios, como lugares
de acogida y formación de los
llamados al sacerdocio, han de preparar a los
futuros ministros de la
Iglesia para que « vivan en una sólida espiritualidad de
comunión con Cristo Pastor
y de docilidad a la acción del
Espíritu, que los hará especialmente capaces de
discernir las expectativas del
pueblo de Dios y los diversos carismas, y de trabajar
en común ». (133)
Por ello, en los seminarios « se ha de
insistir especialmente en la formación
específicamente espiritual, de modo
que por la conversión continua, la actitud de
oración, la recepción de los sacramentos
de la Eucaristía y
la penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el
Señor y se preocupen
de fortificarse para la generosa entrega pastoral ».
(134) Los formadores han de preocuparse
de acompañar y guiar a los
seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga
aptos para abrazar el
celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión con sus
hermanos en la vocación
sacerdotal. Han de promover también en ellos
la capacidad de observación crítica de la
realidad circundante que les
permita discernir sus valores y contravalores, pues
esto es un requisito indispensable para entablar
un diálogo constructivo con
el mundo de hoy.
Una atención particular se debe dar
a las vocaciones nacidas
entre los indígenas; conviene proporcionar una formación
inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al
sacerdocio, mientras reciben la
adecuada formación teológica y espiritual para su
futuro ministerio, no deben perder las raíces
de su propia cultura.
(13)
Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a
todos los que consagran
su vida a la formación de los futuros presbíteros
en los seminarios. Así mismo,
han invitado a los Obispos a destinar
para dicha tarea a sus sacerdotes más
aptos, después de haberlos
preparado mediante una formación específica que los
capacite para una misión tan delicada. (136)
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Renovar la institución parroquial
41. La parroquia es un lugar
privilegiado en que los fieles pueden tener
una experiencia concreta de la Iglesia. (137)
Hoy en América, como
en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces
dificultades en el cumplimiento
de su misión. La parroquia debe renovarse
continuamente, partiendo del principio fundamental de que
« la parroquia tiene
que seguir siendo primariamente comunidad eucarística
». (138) Este principio implica que « las
parroquias están llamadas a
ser receptivas y solidarias, lugar de la iniciación
cristiana, de la educación y la
celebración de la fe,
abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas
de modo comunitario y
responsable, integradoras de los movimientos de
apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural
de sus habitantes, abiertas
a los proyectos pastorales y superparroquiales y a
las realidades circunstantes ». (139)
Una
atención especial merecen, por sus problemáticas específicas,
las parroquias en los grandes núcleos urbanos,
donde las dificultades son
tan grandes que las estructuras pastorales normales
resultan inadecuadas y las posibilidades de acción
apostólica notablemente reducidas. No
obstante, la institución parroquial
conserva su importancia y se ha de mantener. Para lograr
este objetivo hay que
« continuar la búsqueda de medios con los que la
parroquia y sus estructuras
pastorales lleguen a ser más eficaces en los
espacios urbanos ». (140) Una clave
de renovación parroquial, especialmente
urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede
encontrarse quizás considerando la parroquia
como comunidad de comunidades
y de movimientos. (141) Parece por tanto oportuno la formación
de comunidades y grupos
eclesiales de tales dimensiones que favorezcan
verdaderas relaciones humanas. Esto permitirá vivir más
intensamente la comunión, procurando cultivarla
no sólo « ad
intra », sino también con la comunidad parroquial a la
que pertenecen estos grupos
y con toda la Iglesia diocesana y universal. En
este contexto humano será también
más fácil escuchar la
Palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los
diversos problemas humanos y
madurar opciones responsables inspiradas en el amor
universal de Cristo.(142) La institución parroquial así
renovada « puede suscitar
una gran esperanza. Puede formar a la gente
en comunidades, ofrecer auxilio a la
vida de familia, superar el estado de
anonimato, acoger y ayudar a que las
personas se inserten en la vida de
sus vecinos y en la sociedad ».
(143) De este modo, cada parroquia
hoy, y particularmente las de ámbito urbano, podrá
fomentar una evangelización más
personal, y al mismo tiempo
acrecentar las relaciones positivas con los otros agentes sociales,
educativos y comunitarios. (144)
Además, « este tipo de parroquia renovada supone la figura
de un pastor que,
en primer lugar, tenga una profunda experiencia de
Cristo vivo, espíritu misional, corazón paterno,
que sea animador de
la vida espiritual y evangelizador capaz de promover la
participación. La parroquia renovada requiere
la cooperación de los
laicos, un animador de la acción pastoral y la capacidad
del pastor para trabajar
con otros. Las parroquias en América deben señalarse
por su impulso misional que haga
que extiendan su acción a los
alejados ». (145)
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Los diáconos permanentes
42. Por
motivos pastorales y teológicos serios, el Concilio
Vaticano II determinó restablecer el diaconado como
grado permanente de la
jerarquía en la Iglesia latina, dejando a las
Conferencias Episcopales, con la aprobación del
Sumo Pontífice, valorar la
oportunidad de instituir los diáconos permanentes y en
qué sitios. (146) Se trata de
una experiencia muy diferente no sólo
en las distintas partes de América, sino incluso
entre las diócesis de
una misma región. « Algunas diócesis han formado y
ordenado no pocos diáconos, y
están plenamente contentas de
su incorporación y ministerio ». (147) Aquí se ve con
gozo cómo los diáconos,
« confortados con la gracia
sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio,
sirven al pueblo de
Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra
y de la caridad
». (148) Otras diócesis no han emprendido este camino,
mientras en otras partes existen
dificultades en la integración de
los diáconos permanentes en la estructura jerárquica.
Quedando a
salvo la libertad de las Iglesias particulares para
restablecer o no, consintiéndolo el Sumo
Pontífice, el diaconado como
grado permanente, está claro que el acierto de esta
restauración implica un diligente proceso
de selección, una formación
seria y una atención cuidadosa a los candidatos,
así como también un acompañamiento solícito
no sólo de estos
ministros sagrados, sino también, en el caso
de los diáconos casados, de su familia,
esposa e hijos. (149)
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La vida consagrada
43. La historia
de la evangelización de América es un
elocuente testimonio del ingente esfuerzo misional realizado
por tantas personas consagradas,
las cuales, desde el comienzo, anunciaron el
Evangelio, defendieron los derechos de los indígenas
y, con amor heroico
a Cristo, se entregaron al servicio del pueblo de Dios
en el Continente.(150) La
aportación de las personas consagradas al
anuncio del Evangelio en América sigue siendo de
suma importancia; se trata
de una aportación diversa según los carismas
propios de cada grupo: « los Institutos
de vida contemplativa que
testifican lo absoluto de Dios, los Institutos apostólicos y
misionales que hacen a Cristo
presente en los muy diversos campos de la
vida humana, los Institutos seculares que
ayudan a resolver la tensión
entre apertura real a los valores del mundo moderno
y profunda entrega de
corazón a Dios. Nacen también nuevos Institutos y nuevas
formas de vida consagrada que
requieren discreción evangélica ».
(151)
Ya que « el futuro de la nueva evangelización
[...] es impensable sin
una renovada aportación de las mujeres,
especialmente de las mujeres consagradas », (152) urge
favorecer su participación en
diversos sectores de la vida eclesial, incluidos
los procesos en que se elaboran las
decisiones, especialmente en los
asuntos que les conciernen directamente. (153)
« También hoy el
testimonio de la vida plenamente consagrada
a Dios es una elocuente proclamación de que
Él basta para llenar
la vida de cualquier persona ». (154) Esta consagración
al Señor ha de prolongarse
en una generosa entrega a la difusión
del Reino de Dios. Por ello, a
las puertas del tercer milenio se ha de
procurar « que la vida consagrada
sea más estimada y promovida
por los Obispos, sacerdotes y comunidades cristianas. Y que
los consagrados, conscientes del
gozo y de la responsabilidad de su vocación,
se integren plenamente en la Iglesia
particular a la que pertenecen y
fomenten la comunión y la mutua colaboración ».
(155)
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Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia
44. « La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la
unidad de la Iglesia,
como pueblo de Dios congregado en la unidad del Padre
y del Hijo y
del Espíritu Santo, subraya que son comunes a la dignidad
de todos los bautizados
la imitación y el seguimiento de Cristo, la
comunión mutua y el mandato misional
». (156) Es necesario,
por tanto, que los fieles laicos sean conscientes de su
dignidad de bautizados. Por
su parte, los Pastores han de estimar profundamente «
el testimonio y la acción
evangelizadora de los laicos que
integrados en el pueblo de Dios con espiritualidad de
comunión conducen a sus
hermanos al encuentro con Jesucristo vivo. La renovación
de la Iglesia en América no
será posible sin la presencia
activa de los laicos. Por eso, en gran parte,
recae en ellos la
responsabilidad del futuro de la Iglesia ». (157)
Los ámbitos
en los que se realiza la vocación de los
fieles laicos son dos. El
primero, y más propio de su condición
laical, es el de las realidades temporales,
que están llamados a
ordenar según la voluntad de Dios. (158) En efecto, «
con su peculiar modo
de obrar, el Evangelio es llevado dentro de las estructuras
del mundo y obrando
en todas partes santamente consagran el mismo mundo a
Dios ». (159) Gracias a
los fieles laicos, « la presencia y la
misión de la Iglesia en el
mundo se realiza, de modo especial, en
la diversidad de carismas y ministerios que
posee el laicado. La
secularidad es la nota característica y propia del laico y
de su espiritualidad que
lo lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral,
cultural y política, a
cuya evangelización es llamado. En un
Continente en el que aparecen la emulación y
la propensión a agredir,
la inmoderación en el consumo y la corrupción, los
laicos están llamados a encarnar
valores profundamente evangélicos como
la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia de
corazón y la paciencia en
las condiciones difíciles. Se
espera de los laicos una gran fuerza creativa en gestos
y obras que expresen
una vida coherente con el Evangelio ». (160)
América necesita
laicos cristianos que puedan asumir
responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar hombres
y mujeres capaces de
actuar, según su propia vocación, en la
vida pública, orientándola al bien común. En
el ejercicio de la
política, vista en su sentido más noble y
auténtico como administración del bien común,
ellos pueden encontrar también
el camino de la propia santificación.
Para ello es necesario que sean formados tanto
en los principios y valores
de la Doctrina social de la Iglesia, como en
nociones fundamentales de la
teología del laicado. El conocimiento profundo de los principios éticos
y de los valores
morales cristianos les permitirá hacerse
promotores en su ambiente, proclamándolos también ante la
llamada « neutralidad del Estado
». (161)
Hay un segundo ámbito en el que muchos
fieles laicos están llamados
a trabajar, y que puede llamarse « intraeclesial ».
Muchos laicos en América sienten
el legítimo deseo de
aportar sus talentos y carismas a « la construcción de
la comunidad eclesial como
delegados de la Palabra, catequistas, visitadores
de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos
etc. ». (162) Los
Padres sinodales han manifestado el deseo de que la Iglesia
reconozca algunas de estas
tareas como ministerios laicales, fundados en los
sacramentos del Bautismo y la Confirmación, dejando
a salvo el carácter
específico de los ministerios propios del sacramento del Orden. Se
trata de un tema
vasto y complejo para cuyo estudio constituí, hace
ya algún tiempo, una Comisión especial
(163) y sobre el que
los organismos de la Santa Sede han ido señalando
paulatinamente algunas pautas directivas.
(164) Se ha de fomentar la provechosa cooperación
de fieles laicos bien preparados, hombres
y mujeres, en diversas
actividades dentro de la Iglesia, evitando, sin embargo, una posible
confusión con los ministerios
ordenados y con las actividades
propias del sacramento del Orden, a fin de distinguir
bien el sacerdocio común
de los fieles del sacerdocio ministerial.
A este respecto, los
Padres sinodales han sugerido que las tareas
confiadas a los laicos sean bien «
distintas de aquellas que son
etapas para el ministerio ordenado » (165) y que
los candidatos al sacerdocio
reciben antes del presbiterado. Igualmente se ha observado que
estas tareas laicales « no
deben conferirse sino a personas, varones
y mujeres, que hayan adquirido la formación exigida,
según criterios determinados: una
cierta permanencia, una real disponibilidad
con respecto a un determinado grupo de personas, la
obligación de dar cuenta
a su propio Pastor ». (166) De todos modos, aunque
el apostolado intraeclesial de
los laicos tiene que ser estimulado, hay que
procurar que este apostolado coexista con
la actividad propia de los
laicos, en la que no pueden ser suplidos por
los sacerdotes: el ámbito
de la realidades temporales.
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Dignidad de la mujer
45. Merece
una especial atención la vocación de la mujer.
Ya en otras ocasiones he querido
expresar mi aprecio por la aportación
específica de la mujer al progreso de la
humanidad y reconocer sus
legítimas aspiraciones a participar plenamente en la vida eclesial,
cultural, social y económica. (167)
Sin esta aportación se
perderían algunas riquezas que sólo el « genio de la
mujer » (168) puede
aportar a la vida de la Iglesia y de la
sociedad misma. No reconocerlo
sería una injusticia histórica
especialmente en América, si se tiene en cuenta la contribución
de las mujeres al
desarrollo material y cultural del Continente, como
también a la transmisión y conservación de
la fe. En efecto,
« su papel fue decisivo sobre todo en la vida
consagrada, en la educación,
en el cuidado de la salud ». (169)
En varias
regiones del Continente americano, lamentablemente, la mujer
es todavía objeto de discriminaciones. Por eso
se puede decir que
el rostro de los pobres en América es también el
rostro de muchas mujeres.
En este sentido, los Padres sinodales han hablado de un
« aspecto femenino de
la pobreza ». (170) La Iglesia se siente obligada
a insistir sobre la dignidad
humana, común a todas las personas.
Ella « denuncia la discriminación, el abuso sexual
y la prepotencia masculina
como acciones contrarias al plan de Dios ».
(171) En particular, deplora como abominable
la esterilización, a veces
programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres
y marginadas, que es
practicada a menudo de manera engañosa, sin
saberlo las interesadas; esto es mucho más
grave cuando se hacer
para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.
La Iglesia en
el Continente se siente comprometida a intensificar su
preocupación por la mujeres y a
defenderlas « de modo que la
sociedad en América ayude más a la vida
familiar fundada en el
matrimonio, proteja más la maternidad y respete más la
dignidad de todas las mujeres
». (172) Se debe ayudar a las mujeres
americanas a tomar parte activa y
responsable en la vida y misión
de la Iglesia, (173) como también se ha
de reconocer la necesidad
de la sabiduría y cooperación de las mujeres en las
tareas directivas de la
sociedad americana.
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Los desafíos para la familia cristiana
46. Dios
Creador, formando al primer varón y a la primera mujer,
y mandando « sed
fecundos y multiplicaos » ( Gn 1, 28),
estableció definitivamente la familia. De este
santuario nace la vida
y es aceptada como don de Dios. La Palabra, leída
asiduamente en la familia,
la construye poco a poco como iglesia doméstica y la
hace fecunda en humanismo
y virtudes cristianas; allí se constituye
la fuente de las vocaciones. La vida de
oración de la familia en
torno a alguna imagen de la Virgen hará que
permanezca siempre unida en
torno a la Madre, como los discípulos de Jesús (cf.
Hch 1, 14) ». (174) Son muchas las insidias que
amenazan la solidez de
la institución familiar en la mayor parte de los países
de América, siendo, a
la vez, desafíos para los cristianos.
Se deben mencionar, entre otros, el aumento de
los divorcios, la difusión
del aborto, del infanticidio y de la mentalidad contraceptiva. Ante
esta situación hay que
subrayar « que el fundamento de la vida
humana es la relación nupcial entre
el marido y la esposa, la cual
entre los cristianos es sacramental ». (175)
Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal
cristiano de la comunión conyugal
y de la vida familiar, que
incluya una espiritualidad de la paternidad y la
maternidad. Es necesario prestar
mayor atención pastoral al papel de los hombres como
maridos y padres, así como
a la responsabilidad que comparten con
sus esposas respecto al matrimonio, la familia y
la educación de los
hijos. No debe omitirse una seria preparación de los jóvenes
antes del matrimonio, en
la que se presente con claridad la doctrina católica,
a nivel teológico, espiritual y
antropológico sobre este sacramento.
En un Continente caracterizado por un considerable desarrollo
demográfico, como es América, deben incrementarse
continuamente las iniciativas pastorales
dirigidas a las familias.
Para que la familia cristiana sea
verdaderamente « iglesia doméstica
», (176) está llamada a ser el ámbito en que
los padres transmiten la
fe, pues ellos « deben ser para sus hijos los
primeros predicadores de la
fe, mediante la palabra y el ejemplo ». (177) En
la familia tampoco puede
faltar la práctica de la oración en
la que se encuentren unidos tanto los
cónyuges entre sí, como
con sus hijos. A este respecto, se han de fomentar
momentos de vida espiritual
en común: la participación en la Eucaristía
los días festivos, la práctica del sacramento
de la Reconciliación, la
oración cotidiana en familia y obras
concretas de caridad. Así se consolidará la fidelidad
en el matrimonio y
la unidad de la familia. En un ambiente familiar con
estas características no será
difícil que los hijos sepan
descubrir su vocación al servicio de la comunidad y
de la Iglesia y
que aprendan, especialmente con el ejemplo de sus padres, que
la vida familiar es
un camino para realizar la vocación universal a la
santidad. (178)
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Los jóvenes, esperanza
del futuro
47. Los jóvenes son una gran fuerza social
y evangelizadora. « Constituyen
una parte numerosísima de la población en muchas
naciones de América. En el encuentro
de ellos con Cristo vivo se
fundan la esperanza y la expectativas de un
futuro de mayor comunión
y solidaridad para la Iglesia y las sociedades de América
». (179) Son evidentes
los esfuerzos que las Iglesias particulares realizan
en el Continente para acompañar a los
adolescentes en el proceso
catequético antes de la Confirmación y de otras formas de
acompañamiento que les ofrecen
para que crezcan en su encuentro con
Cristo y en el conocimiento del Evangelio.
El proceso de formación
de los jóvenes debe ser constante y dinámico, adecuado para
ayudarles a encontrar su
lugar en la Iglesia y en el mundo. Por tanto,
la pastoral juvenil ha
de ocupar un puesto privilegiado entre las
preocupaciones de los Pastores y de las
comunidades.
En realidad, son muchos los jóvenes americanos que buscan
el sentido verdadero de
su vida y que tienen sed de Dios, pero muchas
veces faltan las condiciones
idóneas para realizar sus capacidades y
lograr sus aspiraciones. Lamentablemente, la falta de trabajo
y de esperanzas de
futuro los lleva en algunas ocasiones a la marginación
y a la violencia. La
sensación de frustración que
experimentan por todo ello, los hace abandonar frecuentemente la búsqueda
de Dios. Ante esta
situación tan compleja, « la Iglesia se
compromete a mantener su opción pastoral y
misionera por los jóvenes
para que puedan hoy encontrar a Cristo vivo ». (180)
La acción pastoral de la Iglesia llega a muchos de
estos adolescentes y jóvenes
mediante la animación cristiana de la
familia, la catequesis, las instituciones educativas católicas y
la vida comunitaria de
la parroquia. Pero hay otros muchos, especialmente
entre los que sufren diversas formas de
pobreza, que quedan fuera del
campo de la actividad eclesial. Deben ser los jóvenes
cristianos, formados con una
conciencia misionera madura, los apóstoles de sus
coetáneos. Es necesaria una acción pastoral que
llegue a los jóvenes
en sus propios ambientes, como el colegio, la universidad,
el mundo del trabajo o
el ambiente rural, con una atención
apropiada a su sensibilidad. En el ámbito parroquial
y diocesano será oportuno
desarrollar también una acción pastoral
de la juventud que tenga en cuenta la evolución
del mundo de los jóvenes,
que busque el diálogo con ellos, que no deje
pasar las ocasiones propicias
para encuentros más amplios, que aliente las iniciativas
locales y aproveche también lo que
ya se realiza en el ámbito
interdiocesano e internacional.
Y, ¿qué hacer ante los
jóvenes que manifiestan comportamientos
adolescentes de una cierta inconstancia y dificultad para
asumir compromisos serios para siempre? Ante
esta carencia de madurez es
necesario invitar a los jóvenes a ser valientes, ayudándoles
a apreciar el valor
del compromiso para toda la vida, como es el caso
del sacerdocio, de la
vida consagrada y del matrimonio cristiano. (181)
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Acompañar al niño
en su encuentro con Cristo
48. Los niños son don
y signo de la presencia de Dios. « Hay
que acompañar al niño en
su encuentro con Cristo, desde su
bautismo hasta su primera comunión, ya que forma
parte de la comunidad
viviente de fe, esperanza y caridad ». (182) La Iglesia
agradece la labor de
los padres, maestros, agentes pastorales, sociales y
sanitarios, y de todos aquellos que sirven
a la familia y a los niños
con la misma actitud de Jesucristo que
dijo: « Dejad que los niños
vengan a mí, y no se lo impidáis
porque de los que son como éstos
es el Reino de los Cielos »
( Mt 19, 14).
Con razón los Padres sinodales lamentan
y condenan la condición
dolorosa de muchos niños en toda América, privados de la
dignidad y la inocencia
e incluso de la vida. « Esta condición
incluye la violencia, la pobreza, la
carencia de casa, la falta de un
adecuado cuidado de sanidad y educación, los
daños de las drogas
y del alcohol, y otros estados de abandono y de
abuso ». (183) A
este respecto, en el Sínodo se hizo mención especial de
la problemática del abuso
sexual de los niños y de la
prostitución infantil, y los Padres lanzaron un
urgente llamado « a
todos los que están en posiciones de autoridad en la
sociedad, para que realicen,
como cosa prioritaria, todo lo que está en su
poder, para aliviar el dolor
de los niños en América ».
(184)
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Elementos de comunión con las otras Iglesias
y Comunidades eclesiales
49.
Entre la Iglesia católica y las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales existe un esfuerzo
de comunión que tiene su raíz
en el Bautismo administrado en cada una de
ellas. (185) Este esfuerzo se
alimenta mediante la oración, el diálogo y la acción
común. Los Padres sinodales
han querido expresar una voluntad
especial de « cooperación al diálogo ya comenzado con
la Iglesia ortodoxa, con
la que tenemos en común muchos elementos
de fe, de vida sacramental y de
piedad ». (186) Las propuestas
concretas de la Asamblea sinodal sobre el conjunto de
las Iglesias y Comunidades
eclesiales cristianas no católicas son múltiples.
Se propone, en primer lugar, « que los
cristianos católicos, Pastores y
fieles, fomenten el encuentro de los cristianos de las diversas
confesiones, en la cooperación,
en nombre del Evangelio, para
responder al clamor de los pobres, con la promoción
de la justicia, la
oración común por la unidad y la participación en
la Palabra de Dios y
la experiencia de la fe en Cristo vivo ». (187)
Deben también alentarse, cuando
sea oportuno y conveniente, las
reuniones de expertos de las diversas Iglesias y Comunidades
eclesiales para facilitar el
diálogo ecuménico. El ecumenismo ha de ser
objeto de reflexión y de comunicación de
experiencias entre las diversas
Conferencias Episcopales católicas del Continente.
Si bien el Concilio Vaticano
II se refiere a todos los bautizados y
creyentes en Cristo « como hermanos
en el Señor », (188)
es necesario distinguir con claridad las comunidades cristianas, con
las cuales es posible
establecer relaciones inspiradas en el espíritu
del ecumenismo, de las sectas, cultos y otros
movimientos pseudoreligiosos.
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Relación de
la Iglesia con las comunidades judías
50. En la sociedad
americana existen también comunidades judías
con las que la Iglesia ha llevado a cabo
en estos últimos años
una colaboración creciente. (189) En la historia de la salvación
es evidente nuestra especial
relación con el pueblo judío.
De ese pueblo nació Jesús, quien dio comienzo a
su Iglesia dentro de
la Nación judía. Gran parte de la Sagrada
Escritura que los cristianos leemos como
palabra de Dios, constituye un
patrimonio espiritual común con los judíos. (190) Se ha
de evitar, pues, toda
actitud negativa hacia ellos, ya que « para
bendecir al mundo es necesario que
los judíos y los cristianos sean
previamente bendición los unos para los otros ».
(191)
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Religiones no cristianas
51. Respecto a las religiones no
cristianas, la Iglesia católica
no rechaza nada de lo que en ellas hay de
verdadero y santo. (192) Por
ello, con respecto a las otras religiones, los católicos
quieren subrayar los elementos
de verdad dondequiera que puedan encontrarse, pero
a la vez testifican fuertemente la novedad
de la revelación de
Cristo, custodiada en su integridad por la Iglesia. (193) En
coherencia con esta actitud,
los católicos rechazan como extraña al espíritu
de Cristo toda discriminación o persecución contra
las personas por motivos
de raza, color, condición de vida o religión.
La diferencia de religión nunca debe
ser causa de violencia o de
guerra. Al contrario, las personas de creencias diversas
deben sentirse movidas, precisamente
por su adhesión a las mismas, a trabajar
juntas por la paz y la
justicia.
« Los musulmanes, como los cristianos y los judíos,
llaman a Abraham, padre
suyo. Este hecho debe asegurar que en toda América
estas tres comunidades vivan armónicamente
y trabajen juntas por el
bien común. Igualmente, la Iglesia en América debe
esforzarse por aumentar el mutuo
respeto y las buenas relaciones con las
religiones nativas americanas ». (194) La misma
actitud debe tenerse con
los grupos hinduistas y budistas o de otras religiones que
las recientes inmigraciones, procedentes
de países orientales, han
llevado al suelo americano.
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CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
« En esto conocerán todos que sois discípulos míos:
si
os tenéis amor los unos a los otros » (
Jn 13, 35)
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La solidaridad, fruto de la comunión
52.
« En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno
de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo
hicisteis » ( Mt 25, 40; cf. 25,
45). La conciencia de la
comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es,
a su vez, fruto
de la conversión, lleva a servir al prójimo en todas
sus necesidades, tanto materiales
como espirituales, para que en cada hombre
resplandezca el rostro de Cristo. Por eso,
« la solidaridad es fruto
de la comunión que se funda en el misterio
de Dios uno y trino, y
en el Hijo de Dios encarnado y muerto
por todos. Se expresa en el amor del
cristiano que busca el bien de
los otros, especialmente de los más
necesitados ». (195)
De aquí deriva para las
Iglesias particulares del Continente
americano el deber de la recíproca solidaridad y de compartir
sus dones espirituales y
los bienes materiales con que Dios las ha bendecido,
favoreciendo la disponibilidad de las
personas para trabajar donde sea
necesario. Partiendo del Evangelio se ha de promover una
cultura de la solidaridad
que incentive oportunas iniciativas de ayuda a los pobres y
a los marginados, de
modo especial a los refugiados, los cuales se ven
forzados a dejar sus pueblos
y tierras para huir de la violencia. La
Iglesia en América ha de alentar
también a los organismos
internacionales del Continente con el fin de establecer un orden
económico en el que
no domine sólo el criterio del lucro, sino también
el de la búsqueda del
bien común nacional e internacional,
la distribución equitativa de los bienes y la promoción
integral de los pueblos.
(196)
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La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias
de la conversión
53.
Mientras el relativismo y el subjetivismo se difunden de modo
preocupante en el campo
de la doctrina moral, la Iglesia en América
está llamada a anunciar con renovada
fuerza que la conversión
consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con
todas las implicaciones teológicas
y morales ilustradas por el Magisterio
eclesial. Hay que reconocer, « el papel que
realizan, en esta línea,
los teólogos, los catequistas y los profesores de religión
que, exponiendo la doctrina de
la Iglesia con fidelidad al Magisterio,
cooperan directamente en la recta formación de la
conciencia de los fieles
». (197) Si creemos que Jesús es la Verdad (cf.
Jn 14, 6) desearemos ardientemente ser sus testigos para acercar
a nuestros hermanos a
la verdad plena que está en el Hijo de Dios
hecho hombre, muerto y
resucitado por la salvación del género
humano. « De este modo podremos ser, en
este mundo, lámparas vivas
de fe, esperanza y caridad ». (198)
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Doctrina social de
la Iglesia
54. Ante los graves problemas de orden social
que, con características diversas,
existen en toda América, el católico sabe que
puede encontrar en la doctrina social
de la Iglesia la respuesta de la que
partir para buscar soluciones concretas. Difundir
esta doctrina constituye, pues,
una verdadera prioridad pastoral. Para ello es
importante « que en América los agentes
de evangelización (Obispos, sacerdotes,
profesores, animadores pastorales, etc.) asimilen
este tesoro que es la doctrina social de la
Iglesia, e, iluminados por
ella, se hagan capaces de leer la realidad actual y
de buscar vías para
la acción ». (199) A este respecto, hay que fomentar
la formación de fieles
laicos capaces de trabajar, en nombre de la fe
en Cristo, para la transformación
de las realidades terrenas. Además,
será oportuno promover y apoyar el estudio de esta
doctrina en todos los
ámbitos de las Iglesias particulares de América y,
sobre todo, en el universitario, para
que sea conocida con mayor
profundidad y aplicada en la sociedad americana.
Para alcanzar
este objetivo sería muy útil un compendio o
síntesis autorizada de la doctrina social
católica, incluso un «
catecismo », que muestre la relación existente entre
ella y la nueva evangelización. La
parte que el Catecismo de la
Iglesia Católica dedica a esta materia, a propósito
del séptimo mandamiento del
Decálogo, podría ser el punto
de partida de este « Catecismo de doctrina social
católica ». Naturalmente, como
ha sucedido con el Catecismo de la Iglesia Católica ,
se limitaría a formular
los principios generales, dejando a
aplicaciones posteriores el tratar sobre los problemas relacionados con
las diversas situaciones locales.
(200)
En la doctrina social de la Iglesia ocupa un
lugar importante el derecho
a un trabajo digno. Por esto, ante las altas tasas
de desempleo que afectan
a muchos países americanos y ante las duras condiciones en
que se encuentran no
pocos trabajadores en la industria y en el campo, «
es necesario valorar el
trabajo como dimensión de realización
y de dignidad de la persona humana. Es una
responsabilidad ética de una
sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo ».
(201)
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Globalización de la
solidaridad
55. El complejo fenómeno de la globalización, como he
recordado más arriba, es
una de las características del
mundo actual, perceptible especialmente en América. Dentro de esta
realidad polifacética, tiene gran
importancia el aspecto económico.
Con su doctrina social, la Iglesia ofrece una valiosa contribución
a la problemática que
presenta la actual economía
globalizada. Su visión moral en esta materia « se apoya
en las tres piedras
angulares fundamentales de la dignidad humana, la solidaridad
y la subsidiariedad ». (202) La
economía globalizada debe ser
analizada a la luz de los principios de la justicia
social, respetando la opción
preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para
protegerse en una economía
globalizada, y ante las exigencias del
bien común internacional. En realidad, « la doctrina
social de la Iglesia
es la visión moral que intenta asistir a los gobiernos,
a las instituciones y
las organizaciones privadas para que configuren un
futuro congruente con la dignidad de cada
persona. A través de este
prisma se pueden valorar las cuestiones que se refieren
a la deuda externa
de las naciones, a la corrupción política interna y a
la discriminación dentro [de
la propia nación] y entre las
naciones ». (203)
La Iglesia en América está
llamada no sólo a
promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo de
este modo a crear una
verdadera cultura globalizada de la solidaridad,
(204) sino también a colaborar con los medios
legítimos en la reducción
de los efectos negativos de la globalización,
como son el dominio de los más
fuertes sobre los más débiles,
especialmente en el campo económico, y la pérdida de
los valores de las
culturas locales en favor de una mal entendida
homogeneización.
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Pecados sociales que claman al
cielo
56. A la luz de la doctrina social de
la Iglesia se aprecia también,
más claramente, la gravedad de « los pecados sociales
que claman al cielo,
porque generan violencia, rompen la paz y la armonía
entre las comunidades de una
misma nación, entre las naciones y
entre las diversas partes del Continente ». (205)
Entre estos pecados se
deben recordar, « el comercio de drogas, el lavado de
las ganancias ilícitas, la
corrupción en cualquier ambiente, el
terror de la violencia, el armamentismo, la discriminación racial,
las desigualdades entre los
grupos sociales, la irrazonable destrucción
de la naturaleza ». (206) Estos pecados manifiestan una
profunda crisis debido a
la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia
de los principios morales
que deben regir la vida de todo hombre. Sin una
referencia moral se cae
en un afán ilimitado de riqueza y de poder,
que ofusca toda visión evangélica
de la realidad social.
No pocas veces, esto provoca que
algunas instancias públicas se
despreocupen de la situación social. Cada vez más, en muchos
países americanos impera un
sistema conocido como «
neoliberalismo »; sistema que haciendo referencia a una concepción
economicista del hombre, considera las
ganancias y las leyes del mercado
como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad
y del respeto de
las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha convertido,
a veces, en una
justificación ideológica de algunas actitudes
y modos de obrar en el campo social y
político, que causan la
marginación de los más débiles. De hecho, los pobres
son cada vez más numerosos,
víctimas de determinadas políticas
y de estructuras frecuentemente injustas. (207)
La mejor respuesta, desde
el Evangelio, a esta dramática situación
es la promoción de la solidaridad y de
la paz, que hagan
efectivamente realidad la justicia. Para esto se ha de alentar
y ayudar a aquellos
que son ejemplo de honradez en la administración del
erario público y de la
justicia. Igualmente se ha de apoyar el
proceso de democratización que está en marcha
en América, (208) ya
que en un sistema democrático son mayores las
posibilidades de control que permiten evitar
los abusos.
« El Estado de Derecho es la condición
necesaria para establecer una
verdadera democracia ». (209) Para que ésta se
pueda desarrollar, se precisa la educación
cívica así como la
promoción del orden público y de la paz en la
convivencia civil. En efecto,
« no hay una democracia verdadera y
estable sin justicia social. Para esto es
necesario que la Iglesia preste
mayor atención a la formación de la conciencia, prepare
dirigentes sociales para la
vida publica en todos los niveles, promueva la
educación ética, la observancia de la
ley y de los derechos
humanos y emplee un mayor esfuerzo en la formación
ética de la clase
política ». (210)
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El fundamento último de los derechos humanos
57. Conviene recordar que el fundamento sobre el que se
basan todos los derechos
humanos es la dignidad de la persona. En efecto, «
la mayor obra divina,
el hombre, es imagen y semejanza de Dios. Jesús asumió
nuestra naturaleza menos el
pecado; promovió y defendió la
dignidad de toda persona humana sin excepción alguna; murió
por la libertad de
todos. El Evangelio nos muestra cómo Jesucristo
subrayó la centralidad de la persona humana
en el orden natural
(cf. Lc 12, 22-29), en el orden social y en
el orden religioso, incluso
respecto a la Ley (cf. Mc 2, 27); defendiendo el
hombre y también la
mujer (cf. Jn 8, 11) y los niños (cf. Mt
19, 13-15), que en su tiempo y en su cultura
ocupaban un lugar secundario
en la sociedad. De la dignidad del hombre en cuanto
hijo de Dios nacen
los derechos humanos y las obligaciones ». (211) Por esta
razón, « todo atropello
a la dignidad del hombre es atropello
al mismo Dios, de quien es imagen
». (212) Esta dignidad es común
a todos los hombres sin excepción, ya que
todos han sido creados a
imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La respuesta
de Jesús a la
pregunta « ¿Quién es mi prójimo? » ( Lc 10,
29) exige de cada uno una actitud de respeto por
la dignidad del otro
y de cuidado solícito hacia él, aunque se trate de
un extranjero o un
enemigo (cf. Lc 10, 30-37). En toda América
la conciencia de la necesidad de
respetar los derechos humanos ha ido
creciendo en estos últimos tiempos, sin embargo todavía
queda mucho por hacer,
si se consideran las violaciones de los derechos de
personas y de grupos sociales
que aún se dan en el Continente.
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Amor preferencial por
los pobres y marginados
58. « La Iglesia en América
debe encarnar en sus iniciativas
pastorales la solidaridad de la Iglesia universal hacia los
pobres y marginados de
todo género. Su actitud debe incluir la asistencia,
promoción, liberación y aceptación fraterna. La
Iglesia pretende que no
haya en absoluto marginados ». (213) El
recuerdo de los capítulos oscuros de la
historia de América relativos
a la existencia de la esclavitud y de otras situaciones
de discriminación social, ha
de suscitar un sincero deseo de conversión
que lleve a la reconciliación y a
la comunión.
La atención a los más necesitados surge de
la opción de amar
de manera preferencial a los pobres. Se trata de un
amor que no es
exclusivo y no puede ser pues interpretado como signo de
particularismo o de sectarismo;
(214) amando a los pobres el cristiano imita las actitudes
del Señor, que en
su vida terrena se dedicó con sentimientos
de compasión a las necesidades de las
personas espiritual y materialmente
indigentes.
La actividad de la Iglesia en favor de los
pobres en todas las partes
del Continente es importante; no obstante hay que seguir
trabajando para que esta
línea de acción pastoral sea cada vez más un
camino para el encuentro con
Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros se
hizo pobre a fin de enriquecernos
con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9).
Se debe intensificar y ampliar cuanto
se hace ya en este campo, intentando
llegar al mayor número posible de pobres.
La Sagrada Escritura nos
recuerda que Dios escucha el clamor de los pobres (cf.
Sal 34 [33],7) y
la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los
más necesitados. Escuchando su
voz, « la Iglesia debe vivir con los
pobres y participar de sus dolores.
[...] Debe finalmente testificar por
su estilo de vida que sus prioridades, sus palabras
y sus acciones, y ella
misma está en comunión y solidaridad con ellos ».
(215)
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La deuda externa
59. La existencia de una deuda
externa que asfixia a muchos pueblos del
Continente americano es un problema complejo. Aun
sin entrar en sus
numerosos aspectos, la Iglesia en su solicitud pastoral no puede
ignorar este problema, ya
que afecta a la vida de tantas personas. Por eso,
diversas Conferencias Episcopales de
América, conscientes de su
gravedad, han organizado estudios sobre el mismo y publicado documentos
para buscar soluciones eficaces.
(216) Yo he expresado también
varias veces mi preocupación por esta situación, que en
algunos casos se ha
hecho insostenible. En la perspectiva del ya próximo
Gran Jubileo del año 2000 y
recordando el sentido social que los
Jubileos tenían en el Antiguo Testamento, escribí: «
Así, en el espíritu
del Libro del Levítico (25, 8-12), los
cristianos deberán hacerse voz de todos los
pobres del mundo, proponiendo
el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre otras
cosas en una notable
reducción, si no en una total condonación,
de la deuda internacional que grava sobre
el destino de muchas naciones ».
(217)
Reitero mi deseo, hecho propio por los
Padres sinodales, de que el
Pontificio Consejo « Justicia y Paz », junto con
otros organismos competentes, como
es la sección para las Relaciones con
los Estados de la Secretaría de Estado,
« busque, en el
estudio y el diálogo con representantes del Primer Mundo y
con responsables del Banco
Mundial y del Fondo Monetario Internacional, vías
de solución para el problema de la
deuda externa y normas que
impidan la repetición de tales situaciones con ocasión de
futuros préstamos ». (218)
Al nivel más amplio posible,
sería oportuno que « expertos en economía y cuestiones
monetarias, de fama internacional,
procedieran a un análisis crítico
del orden económico mundial, en sus aspectos positivos y
negativos, de modo que
se corrija el orden actual, y propongan un sistema y
mecanismos capaces de promover
el desarrollo integral y solidario de las
personas y los pueblos ». (219)
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Lucha
contra la corrupción
60. En América el fenómeno de la
corrupción está también ampliamente
extendido. La Iglesia puede contribuir
eficazmente a erradicar este mal de la sociedad civil
con « una mayor
presencia de cristianos laicos cualificados que, por su origen familiar,
escolar y parroquial, promuevan
la práctica de valores como la
verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio
del bien común ».
(220) Para lograr este objetivo y también para iluminar a
todos los hombres de
buena voluntad, deseosos de poner fin a los males derivados
de la corrupción, hay
que enseñar y difundir lo más
posible la parte que corresponde a este tema
en el Catecismo de la
Iglesia Católica , promoviendo al mismo tiempo entre los
católicos de cada Nación
el conocimiento de los documentos publicados al
respecto por las Conferencias Episcopales de las
otras Naciones. (221) Los
cristianos así formados contribuirán significativamente a la
solución de este problema, esforzándose en llevar
a la práctica la
doctrina social de la Iglesia en todos los aspectos que
afecten a sus vidas
y en aquellos otros a los que pueda llegar su
influjo.
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El problema de las drogas
61. En relación con
el grave problema del comercio de drogas, la
Iglesia en América puede colaborar eficazmente
con los responsables de
las Naciones, los directivos de empresas privadas, las organizaciones
no gubernamentales y las instancias
internacionales para desarrollar proyectos
que eliminen este comercio que amenaza la integridad de los
pueblos en América. (222)
Esta colaboración debe extenderse
a los órganos legislativos, apoyando las iniciativas que impidan el
« blanqueo de dinero
», favorezcan el control de los bienes de
quienes están implicados en este tráfico
y vigilen que la
producción y comercio de las sustancias químicas para la
elaboración de drogas se realicen
según las normas legales.
La urgencia y gravedad del problema hacen apremiante un llamado
a los diversos ambientes
y grupos de la sociedad civil para luchar unidos contra
el comercio de la
droga. (223) Por lo que respecta específicamente
a los Obispos, es necesario —según una
sugerencia de los Padres
sinodales— que ellos mismos, como Pastores del pueblo de Dios,
denuncien con valentía y
con fuerza el hedonismo, el materialismo y
los estilos de vida que llevan fácilmente
a la droga. (224)
Hay que tener también presente que
se debe ayudar a los
agricultores pobres para que no caigan en la tentación
del dinero fácil obtenible
con el cultivo de las plantas de las que se
extraen las drogas. A
este respecto, las Organizaciones internacionales pueden prestar una
colaboración preciosa a los Gobiernos nacionales
favoreciendo, con incentivos diversos,
las producciones agrícolas alternativas. Se ha
de alentar también la acción de quienes se
esfuerzan en sacar de
la droga a los que la usan, dedicando una atención
pastoral a las víctimas
de la tóxicodependencia. Tiene una
importancia fundamental ofrecer el verdadero « sentido de la
vida » a las
nuevas generaciones, que por carencia del mismo acaban por caer
frecuentemente en la espiral
perversa de los estupefacientes. Este trabajo
de recuperación y rehabilitación social puede ser también
una verdadera y propia
tarea de evangelización. (225)
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La carrera de armamentos
62. Un
factor que paraliza gravemente el progreso de no pocas naciones
de América es la
carrera de armamentos. Desde las Iglesias
particulares de América debe alzarse una voz profética
que denuncie tanto el
armamentismo como el escandaloso comercio de armas de
guerra, el cual emplea sumas ingentes
de dinero que deberían, en
cambio, destinarse a combatir la miseria y a promover
el desarrollo. (226) Por
otra parte, la acumulación de armamentos es un factor de
inestabilidad y una amenaza
para la paz. (227) Por esto, la Iglesia está
vigilante ante el riesgo de
conflictos armados, incluso, entre naciones
hermanas. Ella, como signo e instrumento de reconciliación y
paz, ha de procurar
« por todos los medios posibles, también por el
camino de la mediación y
del arbitraje, actuar en favor de la paz y
de la fraternidad entre los
pueblos ». (228)
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Cultura de la muerte y sociedad dominada
por los poderosos
63. Hoy en América, como en otras
partes del mundo, parece
perfilarse un modelo de sociedad en la que dominan los
poderosos, marginando e incluso
eliminando a los débiles. Pienso ahora en los
niños no nacidos, víctimas indefensas del
aborto; en los ancianos
y enfermos incurables, objeto a veces de la eutanasia; y
en tantos otros seres
humanos marginados por el consumismo y el materialismo.
No puedo ignorar el recurso no
necesario a la pena de muerte cuando otros
« medios incruentos bastan para defender
y proteger la seguridad de
las personas contra el agresor [...] En efecto, hoy,
teniendo en cuenta las
posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el
crimen dejando inofensivo a
quien lo ha cometido, sin quitarle
definitivamente la posibilidad de arrepentirse, los casos de
absoluta necesidad de eliminar
al reo “son ya muy raros, por no decir prácticamente
inexistentes” ». (229) Semejante
modelo de sociedad se
caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto,
en contraste con el
mensaje evangélico. Ante esta desoladora realidad, la Comunidad
eclesial trata de comprometerse cada vez
más en defender la cultura
de la vida.
Por ello, los Padres sinodales, haciéndose
eco de los recientes
documentos del Magisterio de la Iglesia, han subrayado con vigor
la incondicionada reverencia y
la total entrega a favor de la vida humana
desde el momento de la
concepción hasta el momento de la muerte
natural, y expresan la condena de males
como el aborto y la eutanasia.
Para mantener estas doctrinas de la ley divina
y natural, es esencial
promover el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia,
y comprometerse para que
los valores de la vida y de la familia sean
reconocidos y defendidos en
el ámbito social y en la legislación
del Estado. (230) Además de la defensa
de la vida, se ha de
intensificar, a través de múltiples instituciones
pastorales, una activa promoción de las
adopciones y una constante
asistencia a las mujeres con problemas por su embarazo, tanto
antes como después del
nacimiento del hijo. Se ha de dedicar además una
especial atención pastoral a las
mujeres que han padecido o
procurado activamente el aborto. (231)
Doy gracias a Dios
y manifiesto mi vivo aprecio a los hermanos y
hermanas en la fe que
en América, unidos a otros cristianos y a
innumerables personas de buena voluntad, están
comprometidos a defender con
los medios legales la vida y a proteger al no
nacido, al enfermo incurable
y a los discapacitados. Su acción es aún más
laudable si se consideran la
indiferencia de muchos, las insidias eugenésicas
y los atentados contra la vida y la
dignidad humana, que diariamente se
cometen por todas partes. (232)
Esta misma solicitud se
ha de tener con los ancianos, a veces
descuidados y abandonados. Ellos deben ser
respetados como personas. Es
importante poner en práctica para ellos iniciativas de acogida y
asistencia que promuevan sus
derechos y aseguren, en la medida de lo
posible, su bienestar físico y espiritual.
Los ancianos deben ser
protegidos de las situaciones y presiones que podrían empujarlos al
suicidio; en particular han
de ser sostenidos contra la tentación
del suicidio asistido y de la eutanasia.
Junto
con los Pastores del pueblo de Dios en América, dirijo
un llamado a «
los católicos que trabajan en el campo médico-sanitario
y a quienes ejercen cargos públicos,
así como a los que se
dedican a la enseñanza, para que hagan todo
lo posible por defender
las vidas que corren más peligro, actuando con una conciencia
rectamente formada según la
doctrina católica. Los Obispos y
los presbíteros tienen, en este sentido, la especial
responsabilidad de dar testimonio incansable
en favor del Evangelio de la
vida y de exhortar a los fieles para
que actúen en consecuencia ».
(233) Al mismo tiempo, es preciso que la Iglesia
en América ilumine con
oportunas intervenciones la toma de decisiones de los cuerpos
legislativos, animando a los ciudadanos,
tanto a los católicos como
a los demás hombres de buena voluntad, a crear
organizaciones para promover buenos
proyectos de ley y así se impidan aquellos otros
que amenazan a la familia
y la vida, que son dos realidades inseparables.
En nuestros días hay que tener
especialmente presente todo lo que
se refiere a la investigación embrionaria, para que de
ningún modo se vulnere
la dignidad humana.
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Los pueblos indígenas y los americanos de
origen africano
64. Si la Iglesia en América, fiel al
Evangelio de Cristo, desea
recorre el camino de la solidaridad, debe dedicar una especial
atención a aquellas etnias
que todavía hoy son objeto de discriminaciones
injustas. En efecto, hay que erradicar todo
intento de marginación contra
las poblaciones indígenas. Ello implica, en primer lugar,
que se deben respetar sus tierras
y los pactos contraídos con
ellos; igualmente, hay que atender a sus legítimas necesidades
sociales, sanitarias y culturales.
Habrá que recordar la necesidad
de reconciliación entre los pueblos indígenas y las
sociedades en las que viven.
Quiero recordar ahora que los americanos de origen africano siguen
sufriendo también, en algunas
partes, prejuicios étnicos, que
son un obstáculo importante para su encuentro con Cristo. Ya
que todas las personas,
de cualquier raza y condición, han sido
creadas por Dios a su imagen, conviene
promover programas concretos, en
los que no debe faltar la oración en común, los
cuales favorezcan la comprensión
y reconciliación entre pueblos
diversos, tendiendo puentes de amor cristiano, de paz y de
justicia entre todos los
hombres. (234)
Para lograr estos objetivos es indispensable formar agentes
pastorales competentes, capaces de
usar métodos ya « inculturados »
legítimamente en la catequesis y en la liturgia.
Así también, se conseguirá
mejor un número adecuado de pastores que
desarrollen sus actividades entre los indígenas, si
se promueven las vocaciones
al sacerdocio y a la vida consagrada entre dichos pueblos.
(235)
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La problemática de
los inmigrados
65. El Continente americano ha conocido en su
historia muchos movimientos de
inmigración, que llevaron multitud de hombres y
mujeres a las diversas regiones con la
esperanza de un futuro mejor. El
fenómeno continúa también hoy y afecta concretamente
a numerosas personas y familias
procedentes de Naciones latinoamericanas
del Continente, que se han instalado en las regiones del
Norte, constituyendo en algunos
casos una parte considerable de la población.
A menudo llevan consigo un patrimonio cultural
y religioso, rico de
significativos elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los
problemas provocados por esta situación
y se esfuerza en
desarrollar una verdadera atención pastoral entre dichos
inmigrados, para favorecer su asentamiento en el
territorio y para suscitar,
al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de
las poblaciones locales, convencida
de que la mutua apertura será un
enriquecimiento para todos.
Las comunidades eclesiales procurarán
ver en este fenómeno
un llamado específico a vivir el valor evangélico de la
fraternidad y a la
vez una invitación a dar un renovado impulso a
la propia religiosidad para una
acción evangelizadora más incisiva.
En este sentido, los Padres sinodales consideran que « la
Iglesia en América debe
ser abogada vigilante que proteja, contra
todas las restricciones injustas, el derecho natural de
cada persona a moverse
libremente dentro de su propia nación y de una nación
a otra. Hay que
estar atentos a los derechos de los emigrantes y de
sus familias, y al
respeto de su dignidad humana, también en los casos
de inmigraciones no legales ».
(236)
Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud
hospitalaria y acogedora, que
los aliente a integrarse en la vida eclesial,
salvaguardando siempre su libertad y su
peculiar identidad cultural. A
este fin es muy importante la colaboración entre las diócesis
de las que proceden
y aquellas en las que son acogidos, también
mediante las específicas estructuras pastorales previstas
en la legislación y
en la praxis de la Iglesia. (237) Se puede asegurar
así la atención pastoral
más adecuada posible e
integral. La Iglesia en América debe estar impulsada por la
constante solicitud de que
no falte una eficaz evangelización a los
que han llegado recientemente y no conocen
todavía a Cristo. (238)
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CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA
IGLESIA
HOY EN AMÉRICA:
LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
« Como el
Padre me envió, también yo os envío
» ( Jn 20, 21)
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Enviados por
Cristo
66. Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo,
envió a los Apóstoles
a anunciar el Evangelio al mundo entero (cf. Mc 16,
15), confiriéndoles los poderes necesarios para realizar esta
misión. Es significativo que, antes de
darles el último mandato
misionero, Jesús se refiriera al poder universal recibido
del Padre (cf. Mt 28, 18).
En efecto, Cristo transmitió a
los Apóstoles la misión recibida del Padre (cf. Jn
20, 21), haciéndolos así partícipes de sus poderes.
Pero también « los fieles laicos,
precisamente por ser miembros
de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser
anunciadores del Evangelio: son
habilitados y comprometidos en esta tarea
por los sacramentos de la iniciación cristiana y
por los dones del
Espíritu Santo ». (239) En efecto, ellos han sido «
hechos partícipes, a su
modo, de la función sacerdotal, profética
y real de Cristo ». (240) Por consiguiente,
« los fieles laicos —por
su participación en el oficio profético de Cristo— están
plenamente implicados en esta
tarea de la Iglesia », (241) y por ello
deben sentirse llamados y enviados
a proclamar la Buena Nueva del Reino.
Las palabras de Jesús: « Id también
vosotros a mi viña
» ( Mt 20, 4), 242 deben considerarse dirigidas no
sólo a los Apóstoles,
sino a todos los que desean ser verdaderos discípulos
del Señor.
La tarea fundamental
a la que Jesús envía a sus discípulos
es el anuncio de la Buena
Nueva, es decir, la evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De
ahí que, « evangelizar constituye,
en efecto, la dicha y vocación propia de la
Iglesia, su identidad más
profunda ». (243) Como he manifestado en otras ocasiones, la
singularidad y novedad de
la situación en la que el mundo y la
Iglesia se encuentran, a las
puertas del Tercer milenio, y las exigencias
que de ello se derivan, hacen que
la misión evangelizadora requiera
hoy un programa también nuevo que puede definirse en su
conjunto como « nueva
evangelización ». (244) Como Pastor supremo
de la Iglesia deseo fervientemente invitar a todos
los miembros del pueblo
de Dios, y particularmente a los que viven en el
Continente americano —donde por
vez primera hice un llamado a un compromiso nuevo «
en su ardor, en
sus métodos, en su expresión » (245)— a asumir
este proyecto y a colaborar
en él. Al aceptar esta misión,
todos deben recordar que el núcleo vital de
la nueva evangelización ha
de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona
de Jesucristo, es decir,
el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su
vida, de sus promesas
y del Reino que Él nos ha conquistado a través
de su misterio pascual.
(246)
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Jesucristo, « buena nueva » y primer evangelizador
67.
Jesucristo es la « buena nueva » de la salvación
comunicada a los hombres
de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo
tiempo es también el
primer y supremo evangelizador. (247) La
Iglesia debe centrar su atención pastoral y su
acción evangelizadora en Jesucristo
crucificado y resucitado. « Todo lo que
se proyecte en el campo eclesial ha
de partir de Cristo y de su Evangelio
». (248) Por lo cual, «
la Iglesia en América debe hablar
cada vez más de Jesucristo, rostro humano de
Dios y rostro divino
del hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a
los hombres, despierta y
transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo ha
de ser anunciado con gozo y
con fuerza, pero principalmente con el
testimonio de la propia vida ». (249)
Cada
cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su misión
en la medida en que asuma
la vida del Hijo de Dios hecho hombre como el
modelo perfecto de su
acción evangelizadora. La sencillez de su
estilo y sus opciones han de ser normativas
para todos en la tarea de la
evangelización. En esta perspectiva, los pobres han
de ser considerados ciertamente
entre los primeros destinatarios de la
evangelización, a semejanza de Jesús, que decía de
sí mismo: « El
Espíritu del Señor [...] me ha ungido. Me
ha enviado a anunciar a los
pobres la Buena Nueva » ( Lc 4,
18). (250)
Como ya he indicado
antes, el amor por los pobres ha de ser
preferencial, pero no excluyente. El
haber descuidado —como señalaron
los Padres sinodales— la atención pastoral de los ambientes
dirigentes de la sociedad, con
el consiguiente alejamiento de la Iglesia
de no pocos de ellos, (251) se debe,
en parte, a un planteamiento del
cuidado pastoral de los pobres con un cierto
exclusivismo. Los daños derivados
de la difusión del secularismo en dichos ambientes, tanto
políticos, como económicos, sindicales, militares,
sociales o culturales, muestran
la urgencia de una evangelización de los
mismos, la cual debe ser alentada y
guiada por los Pastores, llamados por
Dios para atender a todos. Es necesario evangelizar
a los dirigentes, hombres
y mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo
principalmente en la formación de
sus conciencias mediante la
doctrina social de la Iglesia. Esta formación será el mejor
antídoto frente a tantos
casos de incoherencia y, a veces, de
corrupción que afectan a las estructuras sociopolíticas.
Por el contrario, si
se descuida esta evangelización de los dirigentes,
no debe sorprender que muchos de ellos
sigan criterios ajenos al Evangelio
y, a veces, abiertamente contrarios a él. A pesar
de todo, y en
claro contraste con quienes carecen de una mentalidad cristiana, hay
que reconocer « los
intentos de no pocos [...] dirigentes por construir
una sociedad justa y solidaria ».
(252)
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El encuentro con Cristo lleva a evangelizar
68. El
encuentro con el Señor produce una profunda transformación
de quienes no se cierran a
Él. El primer impulso que surge de esta
transformación es comunicar a los demás
la riqueza adquirida en
la experiencia de este encuentro. No se trata sólo de
enseñar lo que hemos
conocido, sino también, como la mujer samaritana, de
hacer que los demás encuentren personalmente
a Jesús: « Venid
a ver » ( Jn 4, 29). El resultado será
el mismo que se
verificó en el corazón de los samaritanos, que decían
a la mujer: « Ya
no creemos por tus palabras; que nosotros mismos
hemos oído y sabemos que éste
es verdaderamente el Salvador
del mundo » ( Jn 4, 42). La Iglesia, que
vive de la presencia
permanente y misteriosa de su Señor resucitado, tiene como centro
de su misión «
llevar a todos los hombres al encuentro con
Jesucristo ». (253)
Ella está llamada
a anunciar que Cristo vive realmente, es decir,
que el Hijo de Dios, que
se hizo hombre, murió y resucitó,
es el único Salvador de todos los hombres
y de todo el hombre, y
que como Señor de la historia continúa operante
en la Iglesia y
en el mundo por medio de su Espíritu hasta la
consumación de los siglos.
La presencia del Resucitado en la Iglesia hace posible
nuestro encuentro con Él, gracias
a la acción invisible de
su Espíritu vivificante. Este encuentro se realiza en la
fe recibida y vivida
en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Este
encuentro, pues, tiene esencialmente una dimensión
eclesial y lleva a
un compromiso de vida. En efecto, « encontrar a Cristo
vivo es aceptar su
amor primero, optar por Él, adherir libremente a su
persona y proyecto, que es
el anuncio y la realización del Reino de
Dios ». (254)
El llamado suscita
la búsqueda de Jesús: « Rabbí
—que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde
vives? Les respondió: “Venid y lo veréis”.
Fueron, pues, vieron dónde
vivía y se quedaron con él aquel día
» ( Jn 1, 38-39). «
Ese quedarse no se reduce al día
de la vocación, sino que se extiende
a toda la vida. Seguirle es
vivir como Él vivió, aceptar su mensaje, asumir
sus criterios, abrazar su
suerte, participar su propósito que es el
plan del Padre: invitar a todos a
la comunión trinitaria y a la
comunión con los hermanos en una sociedad justa
y solidaria ». (255)
El ardiente deseo de invitar a los demás a encontrar
a Aquél a quien
nosotros hemos encontrado, está en la raíz de la
misión evangelizadora que incumbe a
toda la Iglesia, pero que se
hace especialmente urgente hoy en América, después de
haber celebrado los 500
años de la primera evangelización y
mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2000
años de la venida
del Hijo unigénito de Dios al mundo.
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Importancia de la
catequesis
69. La nueva evangelización, en la que todo el
Continente está comprometido, indica
que la fe no puede darse por supuesta, sino que
debe ser presentada explícitamente
en toda su amplitud y riqueza. Este
es el objetivo principal de la catequesis,
la cual, por su misma
naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización.
« La catequesis es
un proceso de formación en la fe, la
esperanza y la caridad que informa
la mente y toca el corazón,
llevando a la persona a abrazar a Cristo
de modo pleno y completo.
Introduce más plenamente al creyente en la experiencia de
la vida cristiana que
incluye la celebración litúrgica del misterio
de la redención y el servicio cristiano a
los otros ». (256)
Conociendo bien la necesidad de una
catequización completa, hice mía
la propuesta de los Padres de la Asamblea extraordinaria del
Sínodo de los Obispos
de 1985, de elaborar « un catecismo o compendio de
toda la doctrina católica,
tanto sobre fe como sobre moral »,
el cual pudiera ser « punto de
referencia para los catecismos y
compendios que se redacten en las diversas regiones ».
(257) Esta propuesta se
ha visto realizada con la publicación de la edición
típica del Catechismus Catholicae Ecclesiae
. (258) Además del
texto oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento de
sus contenidos, he querido
que se elaborara y publicara también un Directorio
general para la Catequesis . (259)
Recomiendo vivamente el uso de estos
dos instrumentos de valor universal a cuantos en
América se dedican a
la catequesis. Es deseable que ambos documentos se utilicen «
en la preparación y
revisión de todos los programas parroquiales y
diocesanos para la catequesis, teniendo ante los
ojos que la situación
religiosa de los jóvenes y de los adultos requiere una
catequesis más kerigmática y
más orgánica en su presentación
de los contenidos de la fe ». (260)
Es
necesario reconocer y alentar la valiosa misión que
desarrollan tantos catequistas en todo el
Continente americano, como verdaderos
mensajeros del Reino: « Su fe y su testimonio de
vida son partes integrantes
de la catequesis ». (261) Deseo alentar cada vez más
a los fieles para
que asuman con valentía y amor al Señor
este servicio a la Iglesia, dedicando
generosamente su tiempo y sus
talentos. Por su parte, los Obispos procuren ofrecer a
los catequistas una adecuada
formación para que puedan desarrollar esta tarea tan
indispensable en la vida de la
Iglesia.
En la catequesis será conveniente tener presente, sobre todo
en un Continente como
América, donde la cuestión social
constituye un aspecto relevante, que « el crecimiento en
la comprensión de la
fe y su manifestación práctica en la vida social están
en íntima correlación. Conviene
que las fuerzas que se
gastan en nutrir el encuentro con Cristo, redunden en
promover el bien común
en una sociedad justa ». (262)
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Evangelización de la cultura
70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración, consideraba
que « la ruptura entre
Evangelio y cultura es sin duda alguna el
drama de nuestro tiempo ». (263)
Por ello, los Padres sinodales han
considerado justamente que « la nueva evangelización pide
un esfuerzo lúcido, serio
y ordenado para evangelizar la cultura ».(264)
El Hijo de Dios, al asumir la
naturaleza humana, se encarnó en un
determinado pueblo, aunque su muerte redentora trajo la
salvación a todos los
hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El don
de su Espíritu y su
amor van dirigidos a todos y cada uno de los
pueblos y culturas para
unirlos entre sí a semejanza de la perfecta
unidad que hay en Dios uno
y trino. Para que esto sea posible es necesario
inculturar la predicación, de modo
que el Evangelio sea anunciado
en el lenguaje y la cultura de aquellos que
lo oyen. (265) Sin embargo, al
mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el
misterio pascual de Cristo,
suprema manifestación del Dios infinito en la finitud de la
historia, puede ser el
punto de referencia válido para toda la
humanidad peregrina en busca de unidad y
paz verdaderas.
El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe
fue ya desde el inicio en el
Continente un símbolo de la inculturación de
la evangelización, de la
cual ha sido la estrella y guía. Con su intercesión
poderosa la evangelización podrá
penetrar el corazón de
los hombres y mujeres de América, e impregnar sus culturas
transformándolas desde dentro. (266)
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Evangelizar los centros educativos
71. El mundo de la educación
es un campo privilegiado para
promover la inculturación del Evangelio. Sin embargo, los centros
educativos católicos y aquéllos
que, aun no siendo
confesionales, tienen una clara inspiración católica, sólo
podrán desarrollar una acción de verdadera evangelización
si en todos sus
niveles, incluido el universitario, se mantiene con
nitidez su orientación católica. Los contenidos del
proyecto educativo deben hacer
referencia constante a Jesucristo y a su mensaje,
tal como lo presenta la Iglesia
en su enseñanza dogmática y
moral. Sólo así se podrán formar dirigentes auténticamente
cristianos en los diversos campos
de la actividad humana y de la sociedad,
especialmente en la política, la economía,
la ciencia, el arte
y la reflexión filosófica. (267) En este sentido, «
es esencial que la Universidad
Católica sea, a la vez, verdadera y
realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...]
La índole católica es
un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto
institución y no una mera decisión
de los individuos que
dirigen la Universidad en un tiempo concreto ». (268) Por
eso, la labor pastoral
en las Universidades Católicas ha de ser objeto de
particular atención en orden a
fomentar el compromiso apostólico
de los estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser
los evangelizadores del mundo
universitario. (269) Además, « debe estimularse la
cooperación entre las Universidades Católicas de toda
América para que se
enriquezcan mutuamente », (270) contribuyendo de este
modo a que el principio de solidaridad
e intercambio entre los pueblos de
todo el Continente se realice también a nivel
universitario.
Algo semejante se ha de decir también a propósito
de las escuelas católicas,
en particular de la enseñanza
secundaria: « Debe hacerse un esfuerzo especial para fortificar
la identidad católica de
las escuelas, las cuales fundan su naturaleza
específica en un proyecto educativo que tiene
su origen en la
persona de Cristo y su raíz en la doctrina del
Evangelio. Las escuelas católicas
deben buscar no sólo impartir una educación
que sea competente desde el punto de
vista técnico y profesional,
sino especialmente proveer una formación integral de la persona
humana ». (271) Dada la
importancia de la tarea que los educadores
católicos desarrollan, me uno a los Padres
sinodales en su deseo de
alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se
dedican a la enseñanza
en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres y mujeres
consagrados, y laicos comprometidos, « para
que perseveren en su misión
de tanta importancia ». (272) Ha de procurarse que
el influjo de estos
centros de enseñanza llegue a todos los sectores de la
sociedad sin distinciones ni
exclusivismos. Es indispensable que se
realicen todos los esfuerzos posibles para que las escuelas
católicas, a pesar de
las dificultades económicas, continúen «
impartiendo la educación católica a los pobres y a
los marginados en la
sociedad ». (273) Nunca será posible liberar
a los indigentes de su pobreza si
antes no se los libera de la miseria
debida a la carencia de una
educación digna.
En el proyecto global de la nueva evangelización,
el campo de la
educación ocupa un lugar privilegiado. Por ello, ha de alentarse
la actividad de todos
los docentes católicos, incluso de los que enseñan
en escuelas no confesionales. Así mismo,
dirijo un llamado urgente
a los consagrados y consagradas para que no abandonen un
campo tan importante para
la nueva evangelización. (274)
Como fruto y expresión de la
comunión entre todas las
Iglesias particulares de América, reforzada ciertamente por la
experiencia espiritual de la Asamblea sinodal,
se procurará promover congresos
para los educadores católicos en ámbito
nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar
la acción pastoral educativa
en todos los ambientes. (275)
La Iglesia en América, para
cumplir todos estos objetivos,
necesita un espacio de libertad en el campo de la
enseñanza, lo cual no
debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho, en
virtud de la misión
evangelizadora confiada por el Señor.
Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario
de decidir sobre la
educación de sus hijos y, por este motivo, los
padres católicos han de tener
la posibilidad de elegir una educación
de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función
del Estado en este
campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de «
garantizar a todos la
educación y la obligación de respetar
y defender la libertad de enseñanza. Debe denunciarse
el monopolio del Estado
como una forma de totalitarismo que vulnera los derechos
fundamentales que debe defender, especialmente
el derecho de los padres de
familia a la educación religiosa de sus hijos.
La familia es el
primer espacio educativo de la persona ». (276)
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Evangelizar con
los medios de comunicación social
72. Es fundamental para la
eficacia de la nueva evangelización un
profundo conocimiento de la cultura actual, en la
cual los medios de
comunicación social tienen gran influencia. Es por tanto
indispensable conocer y usar estos medios,
tanto en sus formas
tradicionales como en las más recientes introducidas por el
progreso tecnológico. Esta realidad requiere
que se domine el
lenguaje, naturaleza y características de dichos medios. Con el uso
correcto y competente de
los mismos se puede llevar a cabo una verdadera
inculturación del Evangelio. Por otra
parte, los mismos medios
contribuyen a modelar la cultura y mentalidad de los hombres
y mujeres de nuestro
tiempo, razón por la cual quienes trabajan en el campo
de los medios de
comunicación social han de ser destinatarios de una
especial acción pastoral (277)
A este
respecto, los Padres sinodales indicaron numerosas iniciativas
concretas para una presencia eficaz del Evangelio
en el mundo de los
medios de comunicación social: la formación de agentes
pastorales para este campo; el
fomento de centros de producción
cualificada; el uso prudente y acertado de satélites y
de nuevas tecnologías; la
formación de los fieles para que sean
destinatarios críticos; la unión de esfuerzos en
la adquisición y consiguiente
gestión en común de nuevas
emisoras y redes de radio y televisión, y la
coordinación de las que
ya existen. Por otra parte, las publicaciones católicas
merecen ser sostenidas y necesitan alcanzar
un deseado desarrollo cualitativo.
Hay que alentar a los empresarios para que respalden económicamente
producciones de calidad que
promueven los valores humanos y cristianos.
(278) Sin embargo, un programa tan amplio supera
con creces las posibilidades
de cada Iglesia particular del Continente americano. Por
ello, los mismos Padres sinodales propusieron
la coordinación de las
actividades en materia de medios de comunicación social a nivel
interamericano, para fomentar el
conocimiento recíproco y la
cooperación en las realizaciones que ya existen en este campo.
(279)
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El desafío de
las sectas
73. La acción proselitista, que las sectas y
nuevos grupos religiosos desarrollan
en no pocas partes de América, es un grave
obstáculo para el esfuerzo evangelizador.
La palabra « proselitismo
» tiene un sentido negativo cuando refleja un modo de
ganar adeptos no respetuoso
de la libertad de aquellos a quienes se dirige
una determinada propaganda religiosa. (280)
La Iglesia católica en
América censura el proselitismo de las sectas y, por esta
misma razón, en su
acción evangelizadora excluye el recurso a semejantes métodos.
Al proponer el Evangelio de Cristo
en toda su integridad, la actividad
evangelizadora ha de respetar el santuario de la
conciencia de cada individuo,
en el que se desarrolla el diálogo decisivo,
absolutamente personal, entre la gracia y
la libertad del hombre.
Ello ha de tenerse en cuenta
especialmente respecto a los hermanos
cristianos de Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de la
Iglesia católica, establecidas desde
hace mucho tiempo en determinadas
regiones. Los lazos de verdadera comunión, aunque imperfecta, que,
según la doctrina del
Concilio Vaticano II, (281) tienen esas
comunidades con la Iglesia católica, deben iluminar las
actitudes de ésta y
de todos sus miembros respecto a aquéllas. (282)
Sin embargo, estas actitudes no han
de poner en duda la firme convicción
de que sólo en la Iglesia católica
se encuentra la plenitud
de los medios de salvación establecidos por Jesucristo.(283)
Los avances
proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos
religiosos en América no pueden
contemplarse con indiferencia. Exigen
de la Iglesia en este Continente un profundo estudio, que
se ha de realizar
en cada nación y también a nivel internacional,
para descubrir los motivos por los
que no pocos católicos abandonan
la Iglesia. A la luz de sus conclusiones será
oportuno hacer una revisión
de los métodos pastorales empleados, de modo que
cada Iglesia particular ofrezca a los
fieles una atención religiosa
más personalizada, consolide las estructuras de comunión y
misión, y use las posibilidades evangelizadoras
que ofrece una religiosidad
popular purificada, a fin de hacer más viva la fe
de todos los católicos
en Jesucristo, por la oración y la
meditación de la palabra de Dios. (284)
A nadie se le oculta la urgencia de una acción
evangelizadora apropiada en relación con aquellos sectores del Pueblo de
Dios que están más expuestos al proselitismo de las sectas,
como son los emigrantes, los barrios periféricos de las ciudades
o las aldeas campesinas carentes de una presencia sistemática del
sacerdote y, por tanto, caracterizadas por una ignorancia religiosa difusa,
así como las familias de la gente sencilla afectadas por
dificultades materiales de diverso tipo. También desde este punto de
vista se demuestran sumamente útiles las comunidades de base, los
movimientos, los grupos de familias y otras formas asociativas, en
las cuales resulta más fácil cultivar las relaciones interpersonales de
mutuo apoyo, tanto espiritual como económico.
Por otra parte, como
señalaron algunos Padres sinodales, hay que
preguntarse si una pastoral orientada de modo casi
exclusivo a las necesidades
materiales de los destinatarios no haya terminado por
defraudar el hambre de Dios que
tienen esos pueblos, dejándolos así
en una situación vulnerable ante cualquier oferta supuestamente
espiritual. Por eso, « es
indispensable que todos tengan contacto con
Cristo mediante el anuncio kerigmático gozoso y transformante,
especialmente mediante la predicación
en la liturgia ». (285)
Una Iglesia que viva intensamente la dimensión espiritual y
contemplativa, y que se
entregue generosamente al servicio de la caridad,
será de manera cada vez más elocuente
testigo creíble de Dios
para los hombres y mujeres en su búsqueda de un
sentido para la propia
vida. (286) Para ello es necesario que los fieles pasen
de una fe rutinaria,
quizás mantenida sólo por el ambiente, a
una fe consciente vivida personalmente. La renovación
en la fe será
siempre el mejor camino para conducir a todos a la
Verdad que es Cristo.
Para que la respuesta al desafío
de las sectas sea eficaz, se
requiere una adecuada coordinación de las iniciativas a
nivel supradiocesano, con el
objeto de realizar una cooperación mediante
proyectos comunes que puedan dar mayores frutos. (287)
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La misión « ad gentes »
74. Jesucristo confió a
su Iglesia la misión de
evangelizar a todas las naciones: « Id, pues, y
haced discípulos a todas
las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que os he mandado » ( Mt
28, 19-20). La conciencia de la
universalidad de la misión evangelizadora que la Iglesia
ha recibido debe permanecer
viva, como lo ha demostrado siempre la historia
del pueblo de Dios que peregrina
en América. La evangelización
se hace más urgente respecto a aquéllos que viviendo en
este Continente aún no
conocen el nombre de Jesús, el único
nombre dado a los hombres para su
salvación (cf. Hch 4,
12). Lamentablemente, este nombre es desconocido todavía en gran
parte de la humanidad y
en muchos ambientes de la sociedad americana.
Baste pensar en las etnias indígenas aún
no cristianizadas o en
la presencia de religiones no cristianas, como el Islam, el
Budismo o el Hinduismo,
sobre todo en los inmigrantes provenientes de Asia.
Ello obliga
a la Iglesia universal, y en particular a la Iglesia
en América, a permanecer
abierta a la misión ad gentes . (288) El
programa de una nueva evangelización
en el Continente, objetivo de
muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la
fe de los creyentes
rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a
Cristo en los ambientes donde
es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de América están
llamadas a extender su impulso
evangelizador más allá de sus
fronteras continentales. No pueden guardar para sí las inmensas
riquezas de su patrimonio
cristiano. Han de llevarlo al mundo entero y
comunicarlo a aquéllos que todavía lo
desconocen. Se trata de
muchos millones de hombres y mujeres que, sin la fe,
padecen la más grave
de las pobrezas. Ante esta pobreza sería erróneo no
favorecer una actividad evangelizadora fuera
del Continente con el
pretexto de que todavía queda mucho por hacer en América
o en la espera
de llegar antes a una situación, en el fondo utópica,
de plena realización de
la Iglesia en América.
Con el deseo de que el
Continente americano participe, de acuerdo con su
vitalidad cristiana, en la gran tarea de
la misión ad gentes ,
hago mías las propuestas concretas que los Padres sinodales
presentaron en orden a
« fomentar una mayor cooperación entre
las Iglesias hermanas; enviar misioneros (sacerdotes, consagrados y
fieles laicos) dentro y
fuera del Continente; fortalecer o crear Institutos
misionales; favorecer la dimensión misionera de la
vida consagrada y contemplativa;
dar un mayor impulso a la animación, formación
y organización misional ». (289) Estoy
seguro de que el celo
pastoral de los Obispos y de los demás hijos
de la Iglesia en toda
América sabrá encontrar iniciativas concretas, incluso a
nivel internacional, que lleven a la
práctica, con gran dinamismo y
creatividad, estos propósitos misionales.
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CONCLUSIÓN
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Con esperanza y gratitud
75. « He aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el
fin del mundo » ( Mt 28, 20). Confiando en
esta promesa del Señor,
la Iglesia que peregrina en el Continente
americano se dispone con entusiasmo a afrontar
los desafíos del mundo
actual y los que el futuro pueda deparar. En el
Evangelio la buena noticia
de la resurrección del Señor va acompañada de
la invitación a no temer (cf.
Mt 28, 5.10). La Iglesia en
América quiere caminar en la esperanza, como expresaron
los Padres sinodales: «
Con una confianza serena en el Señor de la
historia, la Iglesia se dispone
a traspasar el umbral del Tercer milenio
sin prejuicios ni pusilanimidad, sin egoísmo, sin
temor ni dudas, persuadida
del servicio primordial que debe prestar en testimonio de
fidelidad a Dios y a
los hombres y mujeres del Continente ». (290)
Además, la
Iglesia en América se siente particularmente
impulsada a caminar en la fe respondiendo con
gratitud al amor de Jesús,
« manifestación encarnada del amor misericordioso de Dios (cf.
Jn 3, 16) ». (291) La celebración del inicio del
Tercer milenio cristiano puede
ser una ocasión oportuna para que el
pueblo de Dios en América renueve «
su gratitud por el gran
don de la fe », (292) que comenzó a
recibir hace cinco siglos.
El año 1492, más allá de los aspectos históricos
y políticos, fue el gran
año de gracia por la fe recibida en
América, una fe que anuncia el
supremo beneficio de la Encarnación
del Hijo de Dios, que tuvo lugar hace 2000
años, como recordaremos solemnemente
en el Gran Jubileo tan cercano.
Este doble sentimiento de
esperanza y gratitud ha de acompañar
toda la acción pastoral de la Iglesia en
el Continente, impregnando de
espíritu jubilar las diversas iniciativas de las diócesis,
parroquias, comunidades de vida consagrada, movimientos
eclesiales, así como las
actividades que puedan organizarse a nivel regional y
continental. (293)
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Oración a Jesucristo por
las familias de América
76. Por tanto, invito a todos
los católicos de América a
tomar parte activa en las iniciativas evangelizadoras que el
Espíritu Santo vaya suscitando
a lo largo y ancho de este inmenso Continente, tan
lleno de posibilidades y
de esperanzas para el futuro. De modo especial
invito a las familias católicas a
ser « iglesias domésticas
», (294) donde se vive y se transmite a las
nuevas generaciones la fe
cristiana como un tesoro, y donde se ora en común.
Si las familias católicas
realizan en sí mismas el ideal al que están
llamadas por voluntad de Dios,
se convertirán en verdaderos focos
de evangelización.
Al concluir esta Exhortación Apostólica, con la
que he recogido las
propuestas de los Padres sinodales, acojo gustoso su
sugerencia de redactar una oración por
las familias en América.
(295) Invito a cada uno, a las comunidades y grupos
eclesiales, donde dos o
más se reúnen en nombre del Señor, para que a
través de la oración
se refuerce el lazo espiritual de unión entre
todos los católicos americanos. Que todos
se unan a la súplica
del Sucesor de Pedro, invocando a Jesucristo, « camino
para la conversión, la
comunión y la solidaridad en América »:
Señor Jesucristo, te
agradecemos
que el Evangelio del Amor del Padre,
con el
que Tú viniste a salvar al mundo,
haya sido proclamado
ampliamente en América
como don del Espíritu Santo
que hace
florecer nuestra alegría.
Te damos gracias por la ofrenda de
tu vida,
que nos entregaste amándonos hasta el extremo,
y
nos hace hijos de Dios
y hermanos entre nosotros.
Aumenta,
Señor, nuestra fe y amor a ti,
que estás presente
en tantos sagrarios del Continente.
Concédenos ser fieles testigos de
tu Resurrección
ante las nuevas generaciones de América,
para que
conociéndote te sigan
y encuentren en ti su paz y
su alegría.
Sólo así podrán sentirse hermanos
de todos los
hijos de Dios dispersos por el mundo.
Tú, que al
hacerte hombre
quisiste ser miembro de una familia humana,
enseña
a las familias
las virtudes que resplandecieron
en la casa
de Nazaret.
Haz que permanezcan unidas,
como Tú y el
Padre sois Uno,
y sean vivo testimonio de amor,
de
justicia y solidaridad;
que sean escuela de respeto,
de perdón
y mutua ayuda,
para que el mundo crea;
que sean
fuente de vocaciones
al sacerdocio,
a la vida consagrada
y
a las demás formas
de intenso compromiso cristiano.
Protege a
tu Iglesia y al Sucesor de Pedro,
a quien Tú,
Buen Pastor, has confiado
la misión de apacentar todo tu
rebaño.
Haz que tu Iglesia florezca en América
y multiplique
sus frutos de santidad.
Enséñanos a amar a tu Madre,
María,
como la amaste Tú.
Danos fuerza para anunciar con
valentía tu Palabra
en la tarea de la nueva evangelización,
para corroborar la esperanza en el mundo.
¡Nuestra Señora de
Guadalupe, Madre de América,
ruega por nosotros!
Dado en Ciudad
de México, el 22 de enero del año 1999,
vigésimo primero de mi Pontificado.
NOTAS
(1) Al respecto, es elocuente la antigua inscripción en
el baptisterio de San
Juan de Letrán: « Virgineo foetu Genitrix
Ecclesia natos quos spirante Deo concipit amne
parit » (E. Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres , n.
1513, I. I: Berolini
1925, p. 289).
(2) Homilía en la Ordenación de diáconos
y presbíteros en Bogotá
(22 de agosto de 1968): AAS 60 (1968), 614-615.
(3)
N. 17: AAS 85 (1993), 820.
(4) N. 38: AAS
87 (1995), 30.
(5) Discurso de apertura de la IV
Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS 85 (1993),
820-821.
(6) Carta ap.
Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), 21: AAS 87 (1995), 17.
(7)
Discurso de apertura de la IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano (12 de octubre
de 1992), 17: AAS 85 (1993),
820.
(8) Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente
(10 de noviembre de
1994), 38: AAS 87 (1995), 30.
(9) Discurso a la
Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III: AAS
75 (1983), 778.
(10) Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30
de diciembre de 1988),
34: AAS 81 (1989), 454.
(11) Propositio 3.
(12) S.
Agustín, Tract. in Joh ., 15, 11: CCL 36,
154.
(13) Ibíd ., 15,
17: l.c ., 156.
(14) « Salvator... ascensionis suae eam
(Mariam Magdalenam) ad apostolos
instituit apostolam ». Rábano Mauro, De vita
beatae Mariae Magdalenae , 27: PL 112,
1574. Cf. S. Pedro Damián, Sermo 56 :PL 144, 820;
Hugo de Cluny, Commonitorium :PL 159, 952; S. Tomás de
Aquino, In Joh. Evang.
expositio , 20, 3.
(15) Discurso en la clausura del
Año Santo (25 de
diciembre de 1975): AAS 68 (1976), 145.
(16) Propositio 9;
cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes , sobre la Iglesia
en el mundo actual, 22.
(17) Enc. Redemptoris Mater (25
de marzo de 1987), 21: AAS 79 (1987), 369.
(18)
Propositio 5.
(19) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje
a los pueblos de
América Latina, Puebla, febrero de 1997, 282.
Para los Estados Unidos de América, cf.
National Conference of Catholic
Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith , Washington
1973, 53-55.
(20) Cf. Propositio
6.
(21) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV
Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano , Santo Domingo (12 de octubre de 1992),
24: AAS 85 (1993), 826.
(22) Cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother
Woman of Faith ,
Washington 1973, 37.
(23) Cf. Propositio 6.
(24) Propositio 4.
(25) Cf. ibíd .
(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium , sobre la
sagrada liturgia, 7.
(27) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre
de 1965): AAS 57 (1965), 764.
(28) Ibíd ., l.c.
, 766.
(29) Propositio 4.
(30) Discurso en la última
sesión pública del Concilio
Vaticano II (7 de diciembre de 1965): AAS 58 (1966),
58.
(31) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre
de 1984), 16: AAS 77 (1985), 214-217.
(32) Cf. Propositio
61.
(33) Propositio 29.
(34) Cf. Bula Sacrosancti apostolatus cura
(11 de agosto de
1670), § 3: Bullarium Romanum , 26/VII, 42.
(35) Entre
otros pueden citarse: los mártires Juan de Brebeuf y
sus siete compañeros, Roque González
y sus dos compañeros;
los santos Elizabeth Ann Seton, Margarita Bourgeoys, Pedro Claver, Juan
del Castillo, Rosa Philippine
Duchesne, Margarita d´Youville, Francisco
Febres Cordero, Teresa Fernández Solar de los Andes, Juan Macías,
Toribio de Mogrovejo, Ezequiel
Moreno Díaz, Juan Nepomuceno
Neumann, María Ana de Jesús Paredes Flores, Martín de
Porres, Alfonso Rodríguez, Francisco Solano,
Francisca Xavier Cabrini; los
beatos José de Anchieta, Pedro de San José
Betancurt, Juan Diego, Katherine Drexel, María
Encarnación Rosal, Rafael Guízar
Valencia, Dina Bélanger, Alberto
Hurtado Cruchaga, Elías del Socorro Nieves, María Francisca
de Jesús Rubatto, Mercedes de Jesús
Molina, Narcisa de Jesús
Martillo Morán, Miguel Agustín Pro, María de San José
Alvarado Cardozo, Junípero Serra, Kateri
Tekawitha, Laura Vicuña, Antônio
de Sant´Anna Galvâo y tantos otros beatos que son
invocados con fe y devoción
por los pueblos de América (cf. Instrumentum laboris , 17).
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium
, sobre la Iglesia,
50.
(37) Propositio 31.
(38) Propositio 30.
(39) N. 37:
AAS 87 (1995), 29; cf. Propositio 31.
(40) Propositio 21.
(41) Cf. ibíd .
(42) Cf. ibíd .
(43) Cf. ibíd .
(44)
Cf. Propositio 18.
(45) Propositio 19.
(46) Decr. Orientalium Ecclesiarum
, sobre las Iglesias
orientales católicas, 5; cf. Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales , can.
28; Propositio 60.
(47) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris
Mater (25 de marzo de
1987), 34: AAS 79 (1987), 406; Sínodo de los
Obispos, Asamblea Especial para
Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos
liberavit (13 de diciembre de 1991),
III, 7: Ench. Vat. 13,
647-652.
(48) Cf. Propositio 60.
(49) Cf. Propositiones 23
y 24.
(50) Propositio 73.
(51) Propositio 72; cf. Juan
Pablo II, Enc. Centesimus annus (1 de mayo de 1991),
46: AAS 83 (1991), 850.
(52) Cf. Sínodo de los
Obispos, Asamblea especial para Europa,
Decl. Ut testes simus Christi qui nos liberavit (13
de diciembre de 1991),
I, 1; II, 4; IV, 10: Ench. Vat. 13, nn.
613-615; 627-633; 660-669.
(53)
Propositio 72.
(54) Ibíd .
(55) Cf. Propositio 74.
(56) Carta
ap. Octogesima advenien s (14 de mayo de 1971), 8-9:
AAS 63 (1971), 406-408.
(57) Propositio 35.
(58) Cf. ibíd
.
(59) Propositio 75.
(60) Cf. Pontificia Comisión « Iustitia et
Pax », Al servicio
de la comunidad humana: una consideración ética de
la deuda internacional (27 de diciembre
de 1986): Ench. Vat. 10, 1045-1128.
(61) Propositio 75.
(62)
Propositio 37.
(63) N. 5: AAS 90 (1998), 152.
(64)
Propositio 38.
(65) Ibíd .
(66) Propositio 36.
(67) Cf. ibíd
.
(68) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub Verbo
Dei mysteria Christi celebrans
pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B,
a, 2: Ench. Vat.
9, 1795.
(69) Propositio 30.
(70) Propositio 34.
(71) Ibíd
.
(72) Ibíd .
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium , sobre
la Iglesia, 31.
(74) Cf. id., Const. past. Gaudium et
spes , sobre la Iglesia en
el mundo actual, 76; Juan Pablo II, Exhort.
ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de 1988), 42: AAS 81 (1989), 472-474.
(75) Propositio 26.
(76) Ibíd .
(77) Propositio 28.
(78) Ibíd
.
(79) Ibíd .
(80) Propositio 27.
(81) Ibíd .
(82) Cf. ibíd
.
(83) Decr. Perfectae caritatis , sobre la adecuada renovación
de la vida religiosa, 7;
cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita
consecrata (25 de marzo de 1996),
8: AAS 88 (1996), 382.
(84) Propositio 27.
(85) Cf.
Propositio 28.
(86) Cf. Propositio 29.
(87) Cf. Lumen gentium
, V; cf. Sínodo de los Obispos,
Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final Ecclesia
sub Verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de
diciembre de 1985), II, A, 4-5: Ench.
Vat. 9, 1791-1793.
(88) Propositio 29.
(89) Ibíd .
(90) Propositio
32.
(91) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini
(31 de mayo de
1998), 40: AAS 90 (1998), 738.
(92) Propositio 33.
(93)
Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 20:
AAS 71 (1979), 309-316.
(94) Propositio 33.
(95) Ibíd .
(96)
Ibíd .
(97) Propositio 40; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium ,
sobre la Iglesia, 2.
(98) Cf. Congregación para la Doctrina
de la Fe, Carta Communionis
notio , a los Obispos de la Iglesia católica
sobre algunos aspectos de
la Iglesia considerada como comunión (28 de mayo de
1992), 3-6: AAS 85 (1993),
839-841.
(99) Propositio 40.
(100) Ibíd .
(101) Conc. Ecum. Vat.
I, Const. dogm. Pastor aeternus , sobre la
Iglesia de Cristo, Prólogo: DS 3051.
(102) Conc. Ecum. de Florencia, Bula de unión Exultate Deo
(22 de noviembre de 1439): DS 1314.
(103) Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium , sobre la
Iglesia, 11.
(104) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis ,
sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.
(105) Propositio 41.
(106) Ibíd .
(107) Cf. Conc.
Ecum. de Trento, Ses. VII, Decreto sobre los
sacramentos en general , can. 9:
DS 1609.
(108) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium , sobre
la Iglesia, 26.
(109) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor
hominis (4 de marzo de
1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316.
(110) Propositio 42;
cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies
Domini (31 de mayo de 1998), 69:
AAS 90 (1998), 755-756.
(111) Propositio 41.
(112) Propositio 42;
cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium , sobre la sagrada liturgia, 14;
Const. dogm. Lumen gentium
, sobre la Iglesia, 10.
(113) Cf. Propositio 42.
(114)
Propositio 41.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam
actuositatem , sobre el
apostolado de los laicos, 8.
(116) Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen gentium , sobre la
Iglesia, 23.
(117) Cf. Decreto Christus Dominus
, sobre la función
pastoral de los Obispos, 27; Decreto Presbyterorum Ordinis , sobre
el ministerio y vida
de los presbíteros, 7; Pablo VI, Motu proprio Ecclesiae sanctae
(6 de agosto de 1966) I, 15-17: AAS 58
(1966), 766-767; Código de Derecho
Canónico , cc. 495,
502 y 511; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales , cc. 264,
271 y 272.
(118) Propositio 43.
(119) Cf. Propositio 45.
(120) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio , a
los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos
aspectos de la Iglesia considerada como
comunión (28 de mayo de
1992), 15-16: AAS 85 (1993), 847-848.
(121) Cf. ibíd
.
(122) Cf. Propositio 44.
(123) Ibíd .
(124) Ibíd .
(125) Cf.
Propositio 60.
(126) Propositio 49.
(127) Ibíd .
(128) Ibíd .;
cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum
Ordinis , sobre el ministerio y vida
de los presbíteros, 14.
(129) Propositio 49.
(130) Ibíd .
(131)
Cf. Propositio 51.
(132) Propositio 48.
(133) Propositio 51.
(134)
Propositio 52.
(135) Cf. ibíd .
(136) Cf. ibíd .
(137) Cf.
Propositio 46.
(138) Ibíd .
(139) Ibíd .
(140) Propositio 35.
(141)
Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo
Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización,
promoción humana y cultura
cristiana , 58.
(142) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris
missio (7 de diciembre
de 1990), 51: AAS 83 (1991), 298-299.
(143) Propositio 35.
(144) Cf. Propositio 46.
(145) Ibíd .
(146) Cf. Const. dogm.
Lumen gentium , sobre la Iglesia, 29;
Pablo VI, Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem
(18 de junio de
1967), I, 1: AAS 59 (1967), 599.
(147) Propositio 50.
(148) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium ,
sobre la Iglesia, 29.
(149) Cf. Propositio 50; Congr. para la Educación Católica
y Congr. para el Clero,
Instr. Ratio fundamentalis institutionis
diaconorum permanentium yDirectorium pro ministerio et vita
diaconorum permanentium (22 de febrero de 1998):
AAS 90 (1998), 843-926.
(150) Cf. Propositio 53.
(151) Ibíd .; cf. III Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano,
Mensaje a los pueblos de América Latina ,
Puebla 1979, n. 775.
(152) Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25
de marzo de 1996), 57: AAS
88 (1996), 429-430.
(153) Cf. ibíd ., 58: l.c. ,
430.
(154) Propositio 53.
(155) Ibíd .
(156) Propositio 54.
(157)
Ibíd .
(158) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium , sobre la
Iglesia, 31.
(159) Propositio 55; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen gentium
, sobre la Iglesia, 34.
(160) Propositio 55.
(161) Cf.
ibíd .
(162) Propositio 56.
(163) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre
de 1988), 23: AAS 81 (1989), 429-433.
(164) Cf. Congregación
para el Clero y otras, Instruc. Ecclesiae
de mysterio (15 de agosto de 1997):
AAS 89 (1997), 852-877.
(165) Propositio 56.
(166) Ibíd .
(167)
Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988):
AAS 80 (1988), 1653-1729 y Carta a las mujeres (29
de junio de 1995):
AAS 87 (1995), 803-812; Propositio 11.
(168) Cf. Carta ap.
Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988),
31: AAS 80 (1988), 1728.
(169) Propositio
11.
(170) Ibíd .
(171) Ibíd. .
(172) Ibíd .
(173) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 49: AAS
81 (1989), 486-489.
(174) Propositio 12.
(175) Ibíd .
(176) Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium , sobre
la Iglesia, 11.
(177)
Ibíd .
(178) Cf. Propositio 12.
(179) Propositio 14.
(180) Ibíd
.
(181) Ibíd .
(182) Propositio 15.
(183) Ibíd .
(184) Ibíd .
(185)
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio ,
sobre el ecumenismo, 3.
(186)
Propositio 61.
(187) Ibíd .
(188) Decr. Unitatis redintegratio , sobre
el ecumenismo, 3.
(189) Cf. Propositio 62.
(190) Cf. Sínodo
de los Obispos, Asamblea Especial para Europa,
Decl. Ut testes simus Christi qui nos
liberavit (13 de diciembre
de 1991), III, 8: Ench. Vat. 13, 653-655.
(191) Propositio
62.
(192) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate ,
sobre las relaciones de
la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
(193) Cf.
Propositio 63.
(194) Ibíd .
(195) Propositio 67.
(196) Cf. ibíd
.
(197) Propositio 68.
(198) Ibíd .
(199) Propositio 69.
(200) Cf.
Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub verbo Dei
mysteria Christi celebrans pro
salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B, a,
4: Ench. Vat. 9,
1797; Juan Pablo II, Const. ap. Fidei
depositum (11 de octubre de 1992): AAS
86 (1994), 117; Catecismo
de la Iglesia Católica , 24.
(201) Propositio 69.
(202)
Propositio 74.
(203) Ibíd .
(204) Cf. Propositio 67.
(205) Propositio
70.
(206) Ibíd .
(207) Cf. Propositio 73.
(208) Cf. Propositio
70.
(209) Propositio 72.
(210) Ibíd .
(211) Ibíd .
(212) III
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje
a los pueblos de América Latina , Puebla
1979, n. 306.
(213) Propositio 73.
(214) Cf. Congregación para
la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis
conscientia (22 de marzo de 1986), 68:
AAS 79 (1987), 583-584.
(215) Propositio 73.
(216) Cf. Propositio
75.
(217) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre
de 1994), 51: AAS
87 (1995), 36.
(218) Propositio 75.
(219) Ibíd .
(220) Propositio
37.
(221) Cf. ibíd . Sobre la publicación de estos
documentos, cf. Juan Pablo
II, Motu proprio Apostolos suos (21 de
mayo de 1998), IV: AAS 90 (1998),
657.
(222) Cf. Propositio 38.
(223) Cf. ibíd .
(224) Cf.
ibíd .
(225) Cf. ibíd .
(226) Cf. Pontificio Consejo « Justicia
y Paz », El
Comercio Internacional de Armas. Una reflexión ética (1
de mayo de 1994): Ench. Vat.
14, 1071-1154.
(227) Cf. Propositio 76.
(228) Ibíd .
(229) Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 2267, que cita a Juan
Pablo II, Enc. Evangelium
vitae (25 de marzo de 1995), 56: AAS 87 (1995),
463-464.
(230) Cf. Propositio 13.
(231) Cf. ibíd .
(232) Cf.
ibíd .
(233) Ibíd .
(234) Cf. Propositio 19.
(235) Cf. Propositio
18.
(236) Propositio 20.
(237) Cf. Congregación para los Obispos,
Instr. Nemo est (22
de agosto de 1969), 16: AAS 61 (1969), 621-622; Código
de Derecho Canónico, cc.
294 y 518; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, c. 280 §
1.
(238) Cf. ibíd .
(239) Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 33: AAS
81 (1989), 453.
(240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium , sobre la
Iglesia, 31.
(241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81
(1989), 455.
(242) Cf. ibíd ., 2, l.c. , 394-397.
(243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre
de 1975), 14: AAS
68 (1976), 13.
(244) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de
1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(245) Discurso a la
Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983),
III: AAS 75 (1983), 778.
(246)
Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de
diciembre de 1975), 22: AAS
68 (1976), 20.
(247) Cf. ibíd ., 7, l.c. ,
9-10.
(248) Juan Pablo II, Mensaje al CELAM (14 de
septiembre de 1997), 6:
L´Osservatore Romano , ed. semanal en lengua española,
3 de octubre de 1997, p.
20.
(249) Propositio 8.
(250) Cf. Propositio 57.
(251) Cf.
Propositio 16.
(252) Ibíd .
(253) Propositio 2.
(254) Ibíd .
(255)
Ibíd .
(256) Propositio 10.
(257) Sínodo de los Obispos, Segunda
Asamblea general extraordinaria, Relación
final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre
de 1985), II, B, a,
4: Ench. Vat. 9, 1797.
(258) Cf. Carta ap.
Laetamur magnopere (15 de agosto de 1997): AAS 89 (1997),
819-821.
(259) Congr. para el Clero, Directorio general para la
catequesis (15 de agosto de 1997), Libreria Editrice Vaticana, 1997.
(260) Propositio 10.
(261) Ibíd .
(262) Ibíd .
(263) Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975),
20: AAS 68 (1976), 19.
(264) Propositio
17.
(265) Cf. ibíd .
(266) Cf. ibíd .
(267) Cf. Propositio
22.
(268) Propositio 23.
(269) Cf. ibíd .
(270) Ibíd .
(271)
Propositio 24.
(272) Ibíd .
(273) Ibíd .
(274) Cf. Propositio 22.
(275) Cf. ibíd .
(276) Ibíd .
(277) Cf. Propositio 25.
(278)
Cf. ibíd .
(279) Cf. ibíd .
(280) Cf. Instrumentum laboris ,
45.
(281) Cf. Decreto Unitatis redintegratio , sobre el ecumenismo,
3.
(282) Cf. Propositio
64.
(283) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 3.
(284) Cf. Propositio 65.
(285) Ibíd .
(286) Cf. IV Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano, Santo
Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización, promoción
humana y cultura cristiana , 58.
(287) Cf. Propositio 65.
(288) Cf. Propositio 66.
(289) Ibíd
.
(290) Propositio 58.
(291) Ibíd .
(292) Ibíd .
(293) Cf. ibíd
.
(294) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium ,
sobre la Iglesia, 11.
(295) Cf. Propositio 12.
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