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| Evangelii Nuntiandi |
EVANGELII NUNTIANDI EXHORTACIÓN APOSTÓLICA AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS
FIELES DE TODA LA IGLESIA ACERCA DE LA EVANGELIZACIÓN EN
EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
PABLO VI
Un mensaje que afecta a toda la
vida
29. La evangelización no sería completa si no tuviera en
cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los
tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta,
personal y social, del hombre. Precisamente por esto la evangelización
lleva consigo un mensaje explícito, adaptado a las diversas situaciones
y constantemente actualizado, sobre los derechos y deberes de toda
persona humana, sobre la vida familiar sin la cual apenas
es posible el progreso personal (60), sobre la vida comunitaria
de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la
justicia, el desarrollo; un mensaje, especialmente vigoroso en nuestros días,
sobre la liberación.
Un mensaje de liberación 30. Es bien sabido en
qué términos hablaron durante el reciente Sínodo numerosos obispos de
todos los continentes y, sobre todo, los obispos del Tercer
Mundo, con un acento pastoral en el que vibraban las
voces de millones de hijos de la Iglesia que forman
tales pueblos. Pueblos, ya lo sabemos, empeñados con todas sus
energías en el esfuerzo y en la lucha por superar
todo aquello que los condena a quedar al margen de
la vida: hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia en las
relaciones internacionales y, especialmente, en los intercambios comerciales, situaciones de
neocolonialismo económico y cultural, a veces tan cruel como el
político, etc. La Iglesia, repiten los obispos, tiene el deber
de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre
los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar
a que nazca esta liberación, de dar testimonio de la
misma, de hacer que sea total. Todo esto no es
extraño a la evangelización.
En conexión necesaria con la promoción humana
31.
Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos
muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que
hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un
ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de
orden teológico, ya que no se puede disociar el plan
de la creación del plan de la redención que llega
hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay
que combatir y de justicia que hay que restaurar.
Vínculos
de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad:
en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante
la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento
del hombre? Nos mismos lo indicamos, al recordar que no
es posible aceptar "que la obra de evangelización pueda o
deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día,
que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo
y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera,
sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia
el prójimo que sufre o padece necesidad" (61).
Pues bien, las
mismas voces que con celo, inteligencia y valentía abordaron durante
el Sínodo este tema acuciante, adelantaron, con gran complacencia por
nuestra parte, los principios iluminadores para comprender mejor la importancia
y el sentido profundo de la liberación tal y como
la ha anunciado y realizado Jesús de Nazaret y la
predica la Iglesia.
Sin reducciones ni ambigüedades
32. No hay por qué
ocultar, en efecto, que muchos cristianos generosos, sensibles a las
cuestiones dramáticas que lleva consigo el problema de la liberación,
al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de
liberación han sentido con frecuencia la tentación de reducir su
misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de
reducir sus objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de
la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar
material; su actividad -olvidando toda preocupación espiritual y religiosa- a
iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así,
la Iglesia perdería su significación más profunda.
Su mensaje de
liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser
acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos
políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios,
la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución
de la apertur del Sínodo "la necesidad de reafirmar claramente
la finalidad específicamente religiosa de la evangelización. Esta última perdería
su razón de ser si se desviara del eje religioso
que la dirige: ante todo el reino de Dios, en
su sentido plenamente teológico" (62).
La liberación evangélica...
33. Acerca de la
liberación que la evangelización anuncia y se esfuerza por poner
en práctica, más bien hay que decir:
-no puede reducirse a
la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural,
sino que debe abarcar al hombre entero, en todas sus
dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios;
-va por
tanto unida a una cierta concepción del hombre, a un
antropología que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de
una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito
a corto plazo.
... centrada en el reino de Dios...
34. Por
eso, al predicar la liberación y al asociarse a aquellos
que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite
el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de
los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primacía
de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del
reino por la proclamación de las liberaciones humanas, y proclama
también que su contribución a la liberación no sería completa
si descuidara anunciar la salvación en Jesucristo.
... en una visión
evangélica del hombre...
35. La Iglesia asocia, pero no identifica nunca,
liberación humana y salvación en Jesucristo, porque sabe por revelación,
por experiencia histórica y por reflexión de fe, que no
toda noción de liberación es necesariamente coherente y compatible con
una visión evangélica del hombre, de las cosas y de
los acontecimientos; que no es suficiente instaurar la liberación, crear
el bienestar y el desarrollo para que llegue el reino
de Dios.
Es más, la Iglesia está plenamente convencida de que
toda liberación temporal, toda liberación política -por más que ésta
se esfuerce en encontrar su justificación en tal o cual
página del Antiguo o del Nuevo Testamento; por más que
acuda, para sus postulados ideológicos y sus normas de acción,
a la autoridad de los datos y conclusiones teológicas; por
más que pretenda ser la teología de hoy- lleva dentro
de sí misma el germen de su propia negación y
decae del ideal que ella misma se propone, desde el
momento en que sus motivaciones profundas no son las de
la justicia en la caridad, la fuerza interior que la
mueve no entraña una dimensión verdaderamente espiritual y su objetivo
final no es la salvación y la felicidad en Dios.
...
que exige una necesaria conversión
36. La Iglesia considera ciertamente importante
y urgente la edificación de estructuras más humanas, más justas,
más respetuosas de los derechos de la persona, menos opresivas
y menos avasalladoras; pero es consciente de que aun las
mejores estructuras, los sistemas más idealizados se convierten pronto en
inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas
si no hay una conversión de corazón y de mente
por parte de quienes viven en esas estructuras o las
rigen.
Exclusión de la violencia
37. La Iglesia no puede aceptar la
violencia, sobre todo la fuerza de las armas -incontrolable cuando
se desata- ni la muerte de quienquiera que sea, como
camino de liberación, porque sabe que la violencia engendra inexorablemente
nuevas formas de opresión y de esclavitud, a veces más
graves que aquellas de las que se pretende liberar. "Os
exhortamos -decíamos ya durante nuestro viaje a Colombia- a no
poner vuestra confianza en la violencia ni en la revolución;
esta actitud es contraria al espíritu cristiano e incluso puede
retardar, en vez de favorecer, la elevación social a la
que legítimamente aspiráis" (63). "Debemos decir y reafirmar que la
violencia no es ni cristiana ni evangélica, y que los
cambios bruscos o violentos de las estructuras serán engañosos, ineficaces
en sí mismos y ciertamente no conformes con la dignidad
del pueblo" (64).
Contribución específica de la Iglesia
38. Dicho esto, nos
alegramos de que la Iglesia tome una conciencia cada vez
más viva de la propia forma, esencialmente evangélica, de colaborar
a la liberación de los hombres. Y ¿qué hace? Trata
de suscitar cada vez más numerosos cristianos que se dediquen
a la liberación de los demás. A estos cristianos "liberadores"
les da una inspiración de fe, una motivación de amor
fraterno, una doctrina social a la que el verdadero cristiano
no sólo debe prestar atención, sino que debe ponerla como
base de su prudencia y de su experiencia para traducirla
concretamente en categorías de acción, de participación y de compromiso.
Todo ello, sin que se confunda con actitudes tácticas ni
con el servicio a un sistema político, debe caracterizar la
acción del cristiano comprometido. La Iglesia se esfuerza por inserir
siempre la lucha cristiana por la liberación en el designio
global de salvación que ella misma anuncia. Todo lo que acabamos
de recordar aquí se trató más de una vez en
los debates del Sínodo. También Nos quisimos consagrar a este
tema algunas palabras de esclarecimiento en la alocución que dirigimos
a los padres al final de la Asamblea (65).
Esperamos que
todas estas consideraciones puedan ayudar a evitar la ambigüedad que
reviste frecuentemente la palabra "liberación" en las ideologías, los sistemas
o los grupos políticos. La liberación que proclama y prepara
la evangelización es la que Cristo mismo ha anunciado y
dado al hombre con su sacrificio.
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