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| La paz necesita hombres «pacíficos y pacificadores» |
La paz «nunca será sólo fruto de funcionamientos estructurales o
mecanismos jurídicos y políticos»; necesita de hombres «pacíficos y pacificadores»,
advierte el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Consejo Pontificio
para la Justicia y la Paz.
La distinción que traza
entre «Pacíficos, pacifistas, pacificadores» permite al purpurado llegar a la
citada conclusión, según se desprende del capítulo final del libro
que recientemente ha publicado bajo el título «Paz y guerra»
(Edizioni Cantagalli, Siena, 2005).
Pacífico «La paz es patrimonio de
la persona, una cualidad ética y espiritual suya», por lo
que instituciones o tratados internacionales --por ejemplo-- no son primariamente
«pacíficas»: «pacífico es ante todo el hombre, cada persona capaz,
por don de Dios y por virtud propia, de vivir
una relación no conflictiva consigo mismo y con los demás»,
explica el cardenal Martino.
De ahí que la paz sea
«la riqueza humana propia de los hombres de paz, de
los “pacíficos”», y que jamás pueda haber estructuras de paz
«sin hombres de paz, personas pacíficas», añade.
«Con demasiada frecuencia
en el pasado –alerta-- ha existido la ilusión de que
mecanismos o procesos estructurales garantizaran un mundo de paz sin
necesidad de hombres pacíficos».
Y aunque acuerdos internacionales, organismos, etc.,
sean importantes recursos para la paz, sin embargo «son secundarios
e indirectos», porque el «”principal” recurso son los hombres de
paz, los pacíficos», insiste.
Y es que «el hombre de
paz siembra la paz a su alrededor»; «es pacífico siempre
y en toda ocasión de la vida, porque la paz
pertenece a su ser», puntualiza.
Pacifismo; riesgo de traicionar el
objetivo de la paz
«Pacifista es, en cambio, quien se
moviliza por la paz y hace de ella un proyecto
social y político», distingue el cardenal Martino.
Y aunque «el
pacifismo es algo bueno», «puede degenerar» --alerta--: «trae frutos positivos
sólo si es llevado adelante por hombres de paz», de
forma que «se puede decir que el pacifismo depende del
ser pacíficos».
Es más: «Se puede decir que el pacifismo,
sin protagonistas pacíficos, corre el riesgo de traicionar el objetivo
de la paz. Se puede transformar en una ideología, maniquea
en sus juicios y hasta intolerante. Insensible a la complejidad
de las situaciones (...)», recalca.
Según escribe el purpurado, «el
pacifismo no se contenta con testimoniar, quiere convencer, adquirir consenso,
traducirse en propuesta vencedora y, por lo tanto, también de
poder».
De ahí que, aunque «el pacifismo es útil porque
difunde una pasión por la paz», «necesita ser continuamente enmendado,
reconducido a sus razones más profundas, o sea, a la
paz que alberga en los corazones de los hombres pacíficos»,
señala.
Desde el punto de vista histórico, el purpurado constata
que el pacifismo «ha tenido tanto más éxito cuanto más
ha conseguido encarnarse en hombres pacíficos»: «ha logrado movilizar las
conciencias y obtener también resultados políticos concretos precisamente porque sus
protagonistas han sabido guiar el movimiento pacifista mediante sus cualidades
de hombres pacíficos».
Pacificador
Respecto al hecho de que en
el pacifismo militante exista «en el fondo una voluntad de
poseer la paz y de imponerla», apunta el cardenal Martino
que «la sabiduría del realismo cristiano bien conoce que la
paz es un don de Dios antes que una conquista
humana, sabe también que la paz plena no es algo
de este mundo y, por lo tanto, con paciencia, busca
ser conquistado por la paz, más que conquistarla».
«En este
sentido, no se pasa a ser “operadores de paz” si
no se es capaz de acoger la paz dentro de
nosotros», reconoce.
«He aquí, entonces, al pacificador. Él saca alimento
del hecho de ser un hombre de paz para vincularse
a otros hombres de paz y, como tales, introducirse en
las situaciones históricas de conflicto para llevar palabras, actitudes y
soluciones de paz», prosigue.
«Si el del pacífico es un
modo de ser y el pacifismo un proceso», ser pacificador
implica acción. Y así como «el pacifismo puede ser utópico
y abstracto», «la acción pacificadora es concreta y realista»; si
«el pacifismo simplifica, juzga y a veces condena», en cambio
«la acción pacificadora quiere entender la complejidad, ayudar a crecer,
proponer soluciones que mejoren, convertir a la paz convirtiéndose a
ella», diferencia.
«Si el pacifismo es orientado frecuentemente por la
ideología o recorre un proyecto político, el pacificador, u “operador
de paz”, está guiado ante todo por el amor, porque,
como escribía san Agustín, “Tener la paz significa amar”», recalca
el purpurado.
La paz, don de Dios
Puntualiza igualmente que
«la distinción entre las tres expresiones –pacífico, pacifista, pacificador-- se
nutre en la primacía de la paz don de Dios
respecto a la paz conquista del hombre».
«Sin esta distinción
de dos planos complementarios no se entendería por qué es
que los primeros pacificadores son los hombres de oración --admite--.
Ni se comprenderían las dos grandes iniciativas de oración propuestas
por el Santo Padre y llevadas a cabo en Asís
en 1986 y el 24 de enero de 2002».
«La
paz es ante todo don de Dios –insiste el purpurado--:
“Os dejo la paz, mi paz os doy. No os
la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27).
La conciencia de que los hombres por sí solos no
saben dársela pone en crisis el pacifismo ideológico y abre
el espacio a los pacíficos y pacificadores».
Por ello «hay
necesidad de hombres pacíficos y pacificadores, porque la paz nunca
será sólo fruto de funcionamientos estructurales o de mecanismos jurídicos
y políticos. Una paz “impersonal”, fruto de lógicas independientes de
la persona, es una contradicción en los términos», concluye.
[Por
cortesía del editor, el Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân ( www.vanthuanobservatory.org) pone íntegramente a disposición del internauta
--en italiano e inglés-- el capítulo final del libro del
cardenal Martino].
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