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| Intervención del cardenal Renato R. Martino en Aparecida |
APARECIDA, jueves, 17 mayo 2007 (ZENIT.org).- * * * Saludo
En nombre de Su Eminencia, el Cardenal Renato R. Martino,
Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz» saludo cordial y
respetuosamente a los Eminentísimos Señores Cardenales, a los Excelentísimos Señores
Arzobispos y Obispos, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a
los queridos fieles laicos y a todos los participantes en
esta V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.
Es para mí
un gran honor presentar a su consideración la reflexión que
el Cardenal Presidente de «Justicia y Paz», desde el ámbito
del trabajo de este dicasterio de la Santa Sede, quiere
aportar, con la esperanza y el deseo de que sea
útil para los trabajos de esta importante Asamblea.
1. Realidad
de América Latina y el Caribe Diversos y valiosos análisis
de la realidad de América Latina y el Caribe se
han realizado, tanto por parte de los gobiernos, los organismos
internacionales u oficinas eclesiales, como por ejemplo el Observatorio del
CELAM. No quiero presentarles datos que ya se conocen, sólo
me limito a señalar algunas coincidencias que he encontrado en
muchos de los Informes socioeconómicos y políticos que existen.
• En
los países de la región constatamos, como en la mayor
parte de nuestro planeta, un cambio rápido y profundo. Un
cambio que no siempre es para bien debido a la
falta o a la insuficiencia de instrumentos adecuados que acompañen
y gobiernen dicho cambio, orientándolo hacia la construcción de estructuras
sociales, económicas y políticas, dignas de la persona humana.
• Es
por ello que en campo económico, a la vez que
constatamos la existencia de un crecimiento económico y que estas
tierras producen riqueza suficiente para todos, constatamos también que siguen
creciendo las desigualdades en el acceso a los bienes de
la tierra. No es ningún secreto que en algunos de
los países de América Latina se registran los más altos
índices de desigualdad del mundo. Por lo tanto, la cuestión
del desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres de estos países sigue sin resolverse, más aún, en
algunas realidades nacionales se ha agravado. Cabe subrayar que la
situación de subdesarrollo de muchos y de superdesarrollo de pocos,
no es una cuestión sólo económica, sino que tiene causas
de orden moral, y por lo tanto representa un desafío
pastoral para la Iglesia.
• En campo político, América Latina y
el Caribe ha dejado atrás las dictaduras militares, y la
mayor parte de sus países ha optado por el sistema
democrático. Somos testigos del desarrollo de los ordenamientos institucionales típicos
de los sistemas democráticos, sin embargo éstos son todavía frágiles
en la mayoría de los países y expuestos constantemente a
derivas ideológicas, tanto de corte populista como neoliberal, con una
clase dirigente y aparatos estatales de baja credibilidad y altos
índices de corrupción. No existe todavía, un liderazgo político sólido
capaz de aumentar la confianza de los ciudadanos en las
instituciones publicas.
• Asistimos también a una gran apertura y vivacidad
cultural en los Pueblos latinoamericanos y caribeños, sin embargo el
secular, y en muchos casos milenario, itinerario histórico que ha
dado origen a los rasgos característicos de cada uno de
estos pueblos, y a los valores que sustentan sus culturas,
se enfrentan hoy a la gran amenaza de la homologación
cultural o de la igualación sobre la base de los
peores modelos de vida provenientes de Norteamérica o Europa, debido
a la fascinación que tales modelos ejercen entre las poblaciones
latinoamericanas y caribeñas. Las sociedades de estos pueblos conservan todavía
un gran aprecio por la familia tradicional y un gran
respeto por la vida –desde su concepción hasta su muerte
natural–, sin embargo no están exentas del peligro influjo de
las políticas globales emprendidas contra la familia y la vida.
2. Misión de la Iglesia y doctrina social La Iglesia,
que es intrínsecamente misionera, como parte de su misión está
llamada a acompañar estos cambios, a veces dramáticos, con la
gracia del anuncio del Evangelio, recordando siempre que «la evangelización
no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación
recíproca que en el curso de los tiempos se establece
entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social
del hombre» [1]. Y ya que su misión no consiste
sólo en anunciar con la palabra sino también con la
vida, el anuncio cristiano está íntimamente unido a la promoción
humana, al compromiso por la justicia, la paz y la
solidaridad. El compromiso de la Iglesia en defensa y promoción
de la dignidad humana no se basa en razones sociales,
ni se debe a una moda más o menos pasajera,
no se fundamenta en ninguna ideología ni está vinculado a
cuestiones de prestigio. Ni siquiera se trata de un tema
puramente moral, en cuanto exigencia de comportarse en modo correcto.
Es el mandamiento supremo de la caridad, principio fundamental de
la fe cristiana, el impulso principal que la guía en
su esfuerzo de búsqueda y compromiso para contrarrestar y abrogar
todo aquello que vulnere la dignidad del hombre, principalmente del
más débil. Por lo tanto, el cuidado y la preocupación
de la Iglesia ante toda situación de pobreza y de
miseria, no constituye para Ella un oportunismo, sino una obligación
que deriva directamente de la fe en Dios, Creador, Providente
y Redentor. Una fe que tiene sus exigencias morales en
el campo social.
La Iglesia, en su misión primordial y
prioridad suprema de evangelizar, cuenta con un instrumento esencial: la
doctrina social de la Iglesia. Esta enseñanza forma parte de
su misión y es instrumento de evangelización porque ilumina la
vivencia concreta de nuestra fe [2]. Las cuestiones sociales enumeradas
al inicio de esta intervención corroboran las palabras que Juan
Pablo II decía al inaugurar la III Conferencia General del
Episcopado Latinoamericana, reunida en Puebla: «una de las más vistosas
debilidades de la civilización actual está en una inadecuada visión
del hombre» [3], y en esa misma ocasión invitaba a
confiar en la doctrina social de la Iglesia, aun cuando
«algunos traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla
con seriedad, procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ella es,
en un hijo de la Iglesia, garantía de la autenticidad
de su compromiso en las delicadas y exigentes tareas sociales,
y de sus esfuerzos en favor de la liberación o
de la promoción de sus hermanos» [4].
¿Por qué tanta
insistencia en no relegar estas enseñanzas? ¿por qué los cristianos
tienen que recurrir a ella para evangelizar?
Porque la doctrina
social no es una filosofía ni una ideología, porque «anuncia
a Dios y su misterio de salvación en Cristo a
todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre
a sí mismo. Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de
lo demás» [5]. Porque nace del Sí de Dios al
hombre, del proyecto de amor de Dios por el hombre,
proyecto confiado sobre todo a la Iglesia. Porque la doctrina
social de la Iglesia nace de la fe cristiana, es
decir de las palabras y de la praxis de Jesús
y de su anuncio pascual de liberación del pecado y
de la muerte, porque nace de una promesa de vida
nueva, que implica necesariamente las relaciones sociales entre los hombres.
Porque la doctrina social se nutre del Evangelio, de la
luz de Cristo y de los problemas humanos, de la
Iglesia y del mundo, porque interesa a la vida de
la Iglesia en el mundo y es expresión de la
caridad de la Iglesia hacia el mundo. He aquí algunas
de las razones por las cuales la doctrina social no
es marginal para la vida cristiana, ni es ajena a
la misión evangelizadora de la Iglesia. Por eso ella está
estructuralmente vinculada con la liturgia y la catequesis, con la
oración y la espiritualidad cristianas y es el corazón de
la pastoral social. La doctrina social es también el instrumento
mediante el cual las comunidades cristianas se vuelven sujetos de
cultura social y política: los laicos crisitanos encuentran en ella
la referencia común para su compromiso en las realidades temporales.
Es verdad que no corresponde a la Iglesia proponer medidas
concretas de orden político o económico, pero también es cierto
que tiene el derecho y el deber de iluminar las
conciencias de los hombres y de las mujeres para ayudarles
a descubrir en su vida cotidiana las condiciones para que
las estructuras en que viven sean conformes con su dignidad,
los espacios que se deben crear para que madure una
sociedad más justa, fraterna y solidaria.
3. Propuestas Esta V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano constituye una ocasión oportuna para
consolidar el “nuevo impulso” que la doctrina social conoce en
el continente latinoamericano. Un “nuevo impulso” que se ve favorecido
por la amplia difusión y magnífica acogida que ha tenido
el Compendio de la doctrina social, como he tenido oportunidad
de constatar durante el I Encuentro Continental de presentación del
documento en la Ciudad de México, y en tantas otras
ocasiones en varios países de la región. Al respecto, me
permito señalar que el Santo Padre, Benedicto XVI en su
Mensaje a los participantes del citado Encuentro en la Ciudad
de México, apoyó y reforzó este proceso de consolidación y
relanzamiento de la doctrina social de la Iglesia, lo mismo
ha hecho en su primera encíclica, y en varios de
sus discursos, el último de ellos que me ha tocado
escuchar personalmente fue el que dirigió a los jóvenes latinoamericanos
y caribeños, el pasado jueves 10 de mayo.
Desde esta
perspectiva creo que es oportuno hacer algunas propuestas:
• Será muy
importante que la doctrina social se inserte adecuadamente en los
itinerarios formativos tanto de los candidatos al sacerdocio y a
la vida consagrada, como de los catequistas y laicos comprometidos.
Una seria formación social vinculada a la doctrina social de
la Iglesia, desalienta la referencia a las ideologías en turno;
• Será igualmente oportuno incrementar los instrumentos formativos en doctrina social,
en las comunidades parroquiales, en las pequeñas comunidades eclesiales, en
los grupos, movimientos y asociaciones laicales. De mucho provecho será
también consolidar –o instituir donde no existan todavía– las estructuras
dedicadas a la doctrina social a nivel universitario y con
carácter rigurosamente científico, de manera que el pensamiento social católico
pueda confrontarse y dialogar con la filosofía y con las
ciencias humanas contemporáneas que tanto repercuten en el ethos cultural
de nuestros días;
• Será necesario que la doctrina social sirva
como referencia esencial en la acción pastoral encaminada a formar
para el compromiso social y político de los fieles laicos
católicos, en la perspectiva de cultivar un liderazgo social y
político más sólido y cristianamente inspirado para el continente latinoamericano.
Pastores y fieles en estrecha comunión están llamados a colaborar
en la transformación de las estructuras injustas, cada uno desde
su estado y condición. Muchas gracias.
Notas [1] EV, 29. [2]
Cf. SD, 158. [3] Juan Pablo II, Discurso a la
III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla (28 de enero
de 1979), I/9. [4] Ibíd., III/7. [5] CA, 54.
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