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| VI El amor de los pobres |
Catecismo de la Iglesia Católica
* TERCERA
PARTE LA VIDA EN CRISTO
o SEGUNDA SECCIÓN LOS DIEZ MANDAMIENTOS
+ CAPÍTULO SEGUNDO «AMARÁS A
TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»
# Artículo 7
EL SÉPTIMO MANDAMIENTO
* VI El amor de los pobres
2443 Dios bendice a
los que ayudan a los pobres y reprueba a los
que se niegan a hacerlo: ‘A quien te pide da,
al que desee que le prestes algo no le vuelvas
la espalda’ (Mt 5, 42). ‘Gratis lo recibisteis, dadlo gratis’
(Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo
que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25, 31-36).
La buena nueva ‘anunciada a los pobres’ (Mt 11, 5;
Lc 4, 18)) es el signo de la presencia de
Cristo.
2444 ‘El amor de la Iglesia por los pobres... pertenece
a su constante tradición’ (CA 57). Está inspirado en el
Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6, 20-22), en la
pobreza de Jesús (cf Mt 8, 20), y en su
atención a los pobres (cf Mc 12, 41-44). El amor
a los pobres es también uno de los motivos del
deber de trabajar, con el fin de ‘hacer partícipe al
que se halle en necesidad’ (Ef 4, 28). No abarca
sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de
pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).
2445 El amor a
los pobres es incompatible con el amor desordenado de las
riquezas o su uso egoísta:
Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y
dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre
vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados;
vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y
su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes
como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son
los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a
los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los
gritos de los segadores han llegado a los oídos del
Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente
y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros
corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis
al justo; él no os resiste (St 5, 1-6).
2446 San
Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: ‘No hacer participar a los
pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la
vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los
suyos’. Es preciso ‘satisfacer ante todo las exigencias de la
justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de
caridad lo que ya se debe a título de justicia’
(AA 8):
Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no
les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que
es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo
que hacemos es cumplir un deber de justicia. (S. Gregorio
Magno, past. 3, 21).
2447 Las obras de misericordia son acciones
caritativas mediante las cuales socorremos a nuestro prójimo en sus
necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58, 6-7; Hb 13,
3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia,
como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las
obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer
al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir
al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos,
enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras,
la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11;
Si 17, 22) es uno de los principales testimonios de
la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que
agrada a Dios (cf Mt 6, 2-4):
El que tenga dos
túnicas que las reparta con el que no tiene; el
que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,
11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y
así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,
41). Si un hermano o una hermana están desnudos y
carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice:
‘Id en paz, calentaos o hartaos’, pero no les dais
lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,
15-16).
2448 ‘Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades
físicas o psíquicas y, por último, la muerte -, la
miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita
en que se encuentra el hombre tras el primer pecado
y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello,
la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que
la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los
«más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos
por la miseria son objeto de un amor de preferencia
por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y
a pesar de los fallos de muchos de sus miembros,
no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos.
Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre
y en todo lugar continúan siendo indispensables’ (CDF, instr. "Libertatis
conscientia" 68).
2449 En el Antiguo Testamento, toda una serie de
medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención
de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero,
derecho de rebusca después de la vendimia y la siega)
corresponden a la exhortación del Deuteronomio: ‘Ciertamente nunca faltarán pobres
en este país; por esto te doy yo este mandamiento:
debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de
los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra’
(Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: ‘Porque pobres
siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me
tendréis’ (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la
vehemencia de los oráculos antiguos: ‘comprando por dinero a los
débiles y al pobre por un par de sandalias...’ (Am
8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia
en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25,
40):
El día en que su madre le reprendió por atender
en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de
Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a
los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar
a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’. |
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