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| Clave conceptual: Pecado |
"En su significado esencial, el pecado es negación de aquello
que Dios es - como creador - con relación al
hombre y de aquello que Dios quiere, desde el principio
y para siempre, para el hombre. Al crear al hombre
y a la mujer a su imagen y semejanza, Dios
quiso para ellos la plenitud del bien, o sea la
felicidad sobrenatural que brota de la participación a su vida
misma. Cometiendo el pecado, el hombre rechaza este don y
contemporáneamente quiere ser él mismo ´como dioses, conocedores del bien
y del mal´ (Gn 3,5), es decir, decidiendo el bien
y el mal independientemente de Dios, su creador...El pecado provoca
la ruptura de la unidad originaria de la que gozaba
el hombre en el estado de justicia original: la unión
con Dios como fuente de la unidad interior de su
propio ´yo´, en la recíproca relación entre el hombre y
la mujer (comunión de persona), y, por último, en relación
con el mundo exterior, con la naturaleza" (MD 9). Comúnmente
el pecado designa la transgresión libre y voluntaria del orden
establecido por Dios (cf. 1 Jn 3,4). El pecado "original"
conduce a la ignorancia existencial de la paternidad de Dios,
que conduce al egocentrismo y a la sumisión a la
concupiscencia. Esto posee características existenciales como la vulnerabilidad, el miedo,
la soledad, el egoísmo. Con el pecado entran en el
mundo el sufrimiento, la miseria, la muerte. El hombre en
el pecado vive en la "carne", abandonado a sí mismo,
y obligado a defender con fuerza la frágil vida que
posee. Comienza así el sometimiento a la concupiscencia (cf. Ef
2,1-3), que alcanza por propagación a todos (DS 1512-1513). El
pecado ha debilitado y herido la naturaleza humana, pero no
la ha destruido. La dignidad humana ha sido preservada en
el libre arbitrio que tiende al bien y subsiste también
después del pecado, aunque éste sea "attenuatum et inclinatum" (cf.
Trento, DS 1521,1525,1555). Pero el pecado, como muerte del alma,
incapacita a cumplir el bien e impone la esclavitud del
diablo (cf. CIC 407). Con los Padres (cf. p.e. Orígenes,
Ireneo) podemos decir que el pecado, sin eliminar la "Imagen"
(Eikôn) de Dios en el Hombre, ha desnaturalizado la "Semejanza"
(Homoiôsis).
Gracias a la conversión y a la justificación, se
le da al hombre la posibilidad de "no pecar más"
(cf. 1 Jn 3,6.9), o sea, de no estar más
sometido a la tiranía de las pasiones egoístas. El Espíritu
restablece así la "semejanza" del hombre con Dios.
El magisterio reciente
subraya que junto al pecado personal existen también estructuras de
pecado. Éstas "se fundan en el pecado personal y, por
consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas,
que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así
estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente
de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres. ´Pecado´
y ´estructuras de pecado´, son categorías que no se aplican
frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo. Sin embargo, no
se puede llegar fácilmente a una comprensión profunda de la
realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre
a la raíz de los males que nos aquejan" (RP
16 = SRS 36). Si la misión sacerdotal de la
Iglesia consiste en perdonar los pecados, su mandato profético la
lleva a denunciar la estructura de pecado, y su misión
social la impulsa a crear nuevas estructuras de bien común
(HM, 25). |
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