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| Clave conceptual: Pobreza/pobre |
La pobreza material es la condición de privación de bienes,
de éxito, de seguridad. El AT no considera obviamente tal
situación envidiable, puesto que la → prosperidad es considerada como
signo visible de la bendición divina (cf. Dt 15,4). La
Ley del Señor aseguraba al pobre (forastero, huérfano, viuda) el
derecho de ser juzgado con imparcialidad (cf. Lv 19,10), de
beneficiarse de los racimos de las cosechas (Lv 23,22), de
gozar de préstamos sin intereses (Lv 25,36), de preservar un
mínimo vital (Lv 24,12); en una palabra, de la generosidad
de los Israelitas (Dt 15,11). Los profetas resaltan y acentúan
las exigencias de justicia y fraternidad contenidas en la Torah.
Así, el socorrer a los necesitados equivale al verdadero ayuno
(Is 58,6-7) y la compasión al verdadero culto (Os 6,6).
Jesús es en todo el verdadero heredero de la tradición
veterotestamentaria. Él enfatiza que donando al pobre se presta a
Dios (cf. Pr 19,17; Mt 19,21); que la pobreza espiritual
es la justa actitud para la salvación (cf. los anawîm,
de So 2,3; Mt 5,3). Pero ambas acentuaciones son, por
así decirlo, connotadas cristológicamente en el sentido que Jesús mismo
es el verdadero y perfecto Pobre; aquel que no tiene
donde reclinar la cabeza (cf. Lc 9,58); que se ha
hecho pobre para enriquecernos con su humildad filial (cf. 2
Co 8,9), entregando a todo sí mismo en misericordia (Flp
2,6ss). Después de Cristo - por excelencia el Pobre del
Señor (cf. Mt 11,29) - es su madre, María,
a quien el NT presenta como el emblema de la
pobreza humana beneficiada por la riqueza divina: el Magnificat exalta
el inclinarse de Dios sobre la "humildad de su sierva"
y canta su justicia que cambia las suertes: "A los
hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin
nada" (Lc 1,48.53).
La victoria sobre la indigencia. La ideal descripción
de la primera comunidad cristiana dice así: "La multitud de
los creyentes no tenía sino un solo corazón y
una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino
que todo era en común entre ellos...No había entre ellos
ningún necesitado, porque todos los que poseían campo o casas
los vendían, traían el importe de la venta, y lo
ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía
a cada uno según su necesidad" (Hch 4,32-35). Se quiere
documentar la posibilidad de vencer la pobreza material mediante la
pobreza espiritual y la comunión. El verdadero compartir cristiano depende
de estas condiciones: la consciencia de no poder servir al
mismo tiempo Dios y Mamona, al ser el apego al
dinero "raíz de todos los males" (Mt 6,24; 1 Tm
6,10); un nuevo estilo de vida marcado por la sobriedad
(nêpsis) que sabe que todo es don de Dios (cf.
1 Co 4,7), y que "nosotros no hemos traído nada
al mundo y nada podremos llevarnos de él. Mientras tengamos
comida y vestido, estaremos contentos con eso" (1 Tm 6,7-8);
la consciencia de ser "miembros los unos de los
otros" (Rm 12,5), y por tanto de tener una recíproca
deuda de caridad y de condivisión fraterna (cf. Rm 13,8);
la certeza escatológica de que aquello que se hace al
pobre se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25,32ss).
El voto
de pobreza. La pobreza es también junto a la obediencia
y a la castidad, uno de los tres votos profesados
por aquellos que abrazan la vida consagrada. Testimonia ante todo
"Dios como verdadera riqueza del corazón humano" y contesta proféticamente
la sociedad del consumo y de la opulencia que clama
atrozmente con la miseria de tantas poblaciones. La vida de
los religiosos tenderá por tanto a "el amor preferencial por
los pobres, y se manifestará de manera especial en el
compartir las condiciones de vida de los más desheredados" (VC
90). |
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