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| La herencia del Magisterio de Pío XII |
INTERVENCIÓN DEL CARDENAL TARCISIO BERTONE, SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD, EN
UN CONGRESO SOBRE LA HERENCIA DEL MAGISTERIO DE PÍO XII*
Pontificia Universidad
Gregoriana de Roma Jueves 6 de noviembre de 2008
El joven
Pacelli, nacido en Roma el 2 de marzo de 1876
en el seno de una familia de la pequeña nobleza
pontificia y ordenado sacerdote el 2 de abril de 1899,
entró en el servicio de la Santa Sede en el
año 1901, al final del pontificado de León XIII, comenzando
una carrera eclesiástica brillante que lo llevaría al vértice de
la diplomacia pontificia ya antes del estallido de la guerra.
Elegido en 1904 por el cardenal Pietro Gasparri como secretario
de la comisión para la redacción del Código de derecho
canónico, entró el año sucesivo en la Congregación para los
asuntos eclesiásticos extraordinarios, de la cual el Papa Pío x
lo nombró subsecretario en 1911, secretario adjunto en 1912 y
secretario en 1914, precisamente en vísperas del conflicto. En esas
funciones de responsabilidad cada vez mayor, monseñor Pacelli se ocupó
en particular de la rotura de las relaciones diplomáticas con
Francia y después fue protagonista de dos difíciles misiones durante
la catástrofe bélica, en repetidos pero inútiles intentos de mediación
llevados a cabo por la Santa Sede, que desde hacía
más de cuarenta años —como está bien documentado y estudiado—
era cada vez más activa "en las fronteras de la
paz".
En 1917 monseñor Pacelli fue nombrado nuncio pontificio en Munich
por Benedicto XV, que el 13 de mayo de ese
mismo año le confirió personalmente, en la capilla Sixtina, la
consagración episcopal. En calidad de nuncio en Munich, como único
representante pontificio en los territorios alemanes, se encontró con el
Káiser, para sondear las intenciones reales de Alemania.
El encuentro con
Guillermo II fue solemne, pero sin éxito, y fue descrito
inmediatamente por el diplomático pontificio en un lúcido informe al
secretario de Estado, que desde 1914 era el cardenal Gasparri:
"Introducido en la presencia del Káiser (...), le expuse,
de acuerdo con las instrucciones recibidas, las profundas preocupaciones del
Santo Padre con respecto a la prolongación de la guerra,
el crecimiento de los odios y el acumularse de ruinas
materiales y morales que representan el suicidio de la Europa
civil y hacen retroceder en muchos siglos el camino de
la humanidad.(...) Su Majestad me escuchó con atención respetuosa y
seria. Con todo, debo decir con plena franqueza que con
su modo de fijar largamente la mirada en su interlocutor,
con sus gestos y con su voz me dio la
impresión (no sabría decir si es su naturaleza o si
es consecuencia de estos tres largos y angustiosos años de
guerra) de estar algo exaltado y no totalmente normal. Me
respondió que Alemania no había provocado esta guerra, sino que
se había visto obligada a defenderse contra las intenciones destructoras
de Inglaterra, cuya potencia beligerante (al decir esto el emperador
lanzó con energía un puño al aire) debía ser aplastada".
Cinco años más tarde, una versión diversa y menos creíble
de ese encuentro, realizada en sus memorias por el soberano
ya destronado, fue desmentida por la Santa Sede.
La representación pontificia
también afrontó la desastrosa situación del país con la que
se definió "diplomacia de la ayuda", de la que fue
protagonista Pacelli en el marco mucho más amplio de una
actividad humanitaria desplegada por la Santa Sede desde 1915 en
favor de los prisioneros de guerra. Testigo de la destrucción
sucesiva al conflicto, el nuncio en Munich —al que desde
1920 se había confiado también la nunciatura en Berlín, mientras
en el cónclave de 1922 había sido elegido Pío XI—
vio con claridad los peligros de la nueva situación, provocados
por el derrumbamiento del imperio de Guillermo, por las responsabilidades
de las potencias vencedoras con respecto a Alemania, por las
pruebas de revolución comunista, por los peligros de una posible
alianza militar ruso-germana hostil a los países occidentales, por el
crecimiento del nacionalismo alemán, aunque fuera de raíz protestante, también
entre los católicos, y por la difusión del movimiento hitleriano.
Por eso, monseñor Pacelli sostuvo la República de Weimar, la
colaboración entre el Zentrum católico y los socialistas, la unidad
estatal del país, y se esforzó por lograr acuerdos concordatarios,
que estableció con Baviera en 1924 y con Prusia en
1929, e inició con Baden y con el Reich. En
cambio, no tuvieron éxito las negociaciones del nuncio en Berlín
con los emisarios soviéticos, encaminadas a asegurar condiciones de supervivencia
a la Iglesia católica, que comenzaron en 1924 y duraron
más de tres años.
El 16 de diciembre de 1929, Pío
XI creó cardenal a su representante en Berlín, que Pacelli
dejó recibiendo reconocimientos —incluso en la "prensa adversaria", como subraya
un informe enviado al Vaticano por la nunciatura— de sus
dotes y de sus méritos. Pocas semanas más tarde, el
Papa Ratti nombró al nuevo purpurado su secretario de Estado,
con un breve documento fechado el 7 de febrero de
1930, íntegramente redactado y escrito de su puño y letra,
que está colocado en la exposición, muy interesante, organizada en
el Brazo de Carlomagno de la plaza de San Pedro
por el Comité pontificio de ciencias históricas para conmemorar al
hombre Pacelli y su pontificado en el 50° aniversario de
su muerte; una exposición que tuve el placer de inaugurar
hace dos días.
Por su interés, vale la pena citar íntegramente
el texto del Papa: "Señor cardenal, habiendo creído yo
que debía acoger (lo cual he hecho hoy mismo, no
sin gran tristeza) la petición del señor cardenal Pietro Gasparri
de que aceptara su dimisión como mi secretario de Estado,
coram Domino he decidido llamarlo y nombrarlo a usted, señor
cardenal —como lo llamo y lo nombro con este quirógrafo—
a la sucesión, ciertamente difícil y ardua, en ese alto
y delicado cargo. A este nombramiento me mueven, y me
dan plena y gran seguridad, ante todo su espíritu de
piedad y de oración, que no puede menos de obtenerle
la abundancia de la ayuda divina, así como las cualidades
y las dotes con que Dios lo ha enriquecido y
que usted ha demostrado saber usar tan bien en todas
las misiones que se le han encomendado —especialmente en las
dos nunciaturas de Baviera y de Alemania— para gloria del
divino Dador y para servicio de su Iglesia. Lo bendigo
cordialmente".
Así comenzó el último tramo, decisivo, del camino de Pacelli
antes del brevísimo cónclave que, nueve años más tarde, el
2 de marzo de 1939, precisamente el día de su
63° cumpleaños, lo elegiría Papa, el primer romano y el
primer secretario de Estado en serlo después de más de
dos siglos.
El período durante el cual el cardenal fue el
primer colaborador de Pío XI, profundizado por primera vez por
un estudioso de valor como el padre Pierre Blet, al
que deseo saludar, fue uno de los más difíciles y
trágicos del siglo XX. El contexto internacional era dificilísimo, por
la crisis económica mundial y por la creciente marea totalitaria
que parecía sumergir a Europa, mientras —resuelta por fin la
"cuestión romana" con la conciliación entre Italia y la Santa
Sede— la Iglesia de Roma asumía de forma cada vez
más visible la dimensión mundial inscrita en su vocación y
que precisamente los pontificados de Pío XI y Pío XII
habría desarrollado y subrayado fuertemente, preparando los años del concilio
Vaticano II y los de sus sucesores en la segunda
mitad del siglo.
En esta obra fue fundamental la acción del
secretario de Estado Pacelli, con la ayuda de colaboradores muy
cualificados. Entre estos destacó sobre todo el dúo constituido por
las personalidades, muy diversas pero complementarias, de Domenico Tardini y
Giovanni Battista Montini, en 1937 nombrados respectivamente secretario para los
Asuntos eclesiásticos extraordinarios y sustituto de la Secretaría de Estado,
y luego confirmados por Pacelli una vez elegido Papa, hasta
convertirse ambos, a fines de 1952, en prosecretarios de Estado.
Con
Pacelli llegó a la dirección de la Secretaría de Estado
un eclesiástico de preparación extraordinaria, que impresionó inmediatamente a los
diplomáticos acreditados ante la Santa Sede. He aquí como lo
recordaba, escribiendo cerca de quince años más tarde, el embajador
de Francia en el Vaticano François Charles-Roux: «Era un
negociador perfecto, escrupuloso, perseverante para hacer que prevaleciera lo esencial
del punto de vista de la Santa Sede, pero al
mismo tiempo conciliador, equitativo, imparcial, de una lealtad escrupulosa. Evitaba
ser irritante cuando se veía obligado a ser intransigente o
enérgico, a dar una negativa o a quejarse. Un trato
frecuente con él hacía que volvieran a la memoria las
palabras de un diplomático o estadista francés, Choiseul: "La
verdadera finura es la verdad, dicha alguna vez con fuerza,
pero siempre con gracia"».
Y la Santa Sede pudo aprovechar estas
cualidades inmediatamente, en los años oscuros que prepararon la segunda
guerra mundial.
Aquí no me es posible comentar un período tan
denso de acontecimientos y tan complejo desde el punto de
vista histórico, pero para mostrar la actividad de la Sede
apostólica, la acción del Papa y la obra de su
secretario de Estado bastarán algunas alusiones a hechos conocidos, aunque
no siempre interpretados en su contexto histórico y a veces
tergiversados.
En Italia, a pesar de la conciliación, se multiplicaron las
polémicas y las tensiones entre la Santa Sede y el
régimen fascista hasta la crisis de 1931, cuando el jefe
del gobierno, Mussolini, dio orden de disolver las asociaciones juveniles
católicas. Pío XI reaccionó con energía y publicó la célebre
encíclica Non abbiamo bisogno, fuertemente polémica contra la decisión del
Gobierno, hasta el punto de que para divulgarla fuera de
Italia, por el temor de que se impidiera su publicación
en su interior, a monseñor Montini se le encargó que
llevara de incógnito el texto a las nunciaturas de Munich
y Berna: "Se ha intentado —afirmaba el Papa al
inicio del texto escrito en italiano— golpear mortalmente todo lo
que era y será siempre más querido por nuestro corazón
de padre y pastor de almas".
La crisis se superó, pero
la tensión volvió varias veces en los años sucesivos, en
un país donde la única voz de prensa realmente libre
fue el diario del Papa, como recordaría a la asamblea
constituyente un exponente laico, Piero Calamandrei: "Porque en cierto
momento, en los años de la mayor opresión, nos dimos
cuenta de que el único diario en el que todavía
se podía encontrar algún signo de libertad, de nuestra libertad,
de la libertad común a todos los hombres libres, era
"L´Osservatore Romano"; porque hemos experimentado que quien compraba "L´Osservatore Romano"
se veía expuesto a ser atacado; porque en los Acta
diurna del amigo Gonella se encontraba una voz libre".
Ese mismo
año 1931 se publicó otra encíclica: Nova impendet, sobre
la gravedad de la crisis económica y sobre la creciente
carrera de armamentos; y a continuación, en octubre, otro gran
documento social conmemorativo del de León XIII, la encíclica Quadragesimo
anno, publicada en mayo. El año sucesivo, se afrontaba también
la grave situación social como tema de la Caritate Christi,
a la que siguió ese mismo año 1932 la Acerba
animi sobre la persecución anticatólica en México, que rompió las
relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Pero la crisis se
precipitaba también en España, donde la República recientemente proclamada ponía
en marcha una política duramente contraria a la Iglesia con
medidas que suscitaron en 1933 la firme protesta de la
Santa Sede, ya desde la carta encíclica Dilectissima nobis, por
la "grave ofensa no sólo a la religión y a
la Iglesia, sino también a los afirmados principios de libertad
civil en los que el nuevo régimen español dice que
se basa. Y no se crea —prosigue el documento papal—
que nuestra palabra se inspira en sentimientos de aversión a
la nueva forma de gobierno o a los demás cambios
estrictamente políticos acontecidos recientemente en España. En efecto, es de
todos conocido que la Iglesia católica, en absoluto vinculada a
una forma de gobierno más que a otra, con tal
de que se respeten los derechos de Dios y de
la conciencia cristiana, no encuentra dificultad para llegar a acuerdos
con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas, aristocráticas
o democráticas. Son prueba manifiesta, por aludir sólo a hechos
recientes, los numerosos concordatos y acuerdos estipulados en estos últimos
años y las relaciones diplomáticas entabladas por la Santa Sede
con diversos Estados, en los cuales, después de la última
gran guerra, tras gobiernos monárquicos han llegado gobiernos republicanos".
Por lo
demás, es lo mismo que repetía el secretario de Estado
Pacelli a propósito de la actitud de la Iglesia con
respecto a los poderes públicos: "Una experiencia de dos
mil años le impide exagerar la importancia de las cuestiones
vinculadas a la forma del Estado y de las estructuras
que condiciona". Y como prueba de la moderación y del
realismo de la Iglesia de Roma durante la tragedia que,
tres años más tarde, desembocaría en la guerra civil española,
está la posición de la Santa Sede, y del propio
Pío XI, durante muchos meses notoriamente no favorables a los
insurgentes guiados por el general Franco.
Entre los concordatos firmados por
la Santa Sede destaca naturalmente el establecido con el Reich,
al que se llegó en el mismo año 1933, pero
en una situación completamente diversa de la que Pacelli había
dejado tres años antes, a causa del aumento del consenso
con respecto al nazismo.
La Santa Sede y la mayoría de
los obispos alemanes —a diferencia de muchos católicos y de
la gran mayoría de los protestantes— mantuvieron una actitud negativa,
aunque la oposición inicial del Episcopado no pudo menos de
tener en cuenta el ascenso al poder de Hitler y
el consenso obtenido por el nuevo régimen. Para recordar sólo
un dato, once mil sacerdotes católicos (casi la mitad del
clero alemán) "sufrieron medidas punitivas, motivadas política y religiosamente, por
parte del régimen nazi", acabando a menudo en campos de
concentración. Una de las consecuencias del concordato fue la eliminación
del escenario político del partido católico (el Zentrum), pero los
contrastes entre la Iglesia católica y el nazismo —a pesar
de las crecientes preocupaciones por la consolidación del totalitarismo comunista
y a pesar del tradicional antijudaísmo católico— se intensificaron con
la puesta en marcha de la legislación antisemita y las
disposiciones sobre la esterilización obligatoria, contra las cuales se pronunció
con firmeza, ya en 1934, sobre todo el obispo de
Münster, Clemens von Galen.
La oposición al nazismo se hizo clara
y en 1936 una carta colectiva del Episcopado pidió al
Papa una encíclica. Pío XI convocó a Roma a los
tres cardenales alemanes (Adolf Bertram, Michael von Faulhaber y Karl
Joseph Schulte) y a los dos obispos más contrarios al
régimen, precisamente von Galen y Konrad von Preysing. Así, con
la ayuda decisiva del cardenal Pacelli y de sus colaboradores
alemanes de mayor confianza (monseñor Ludwig Kaas y los jesuitas
Robert Leiber y Augustin Bea) se llegó a la Mit
brennender Sorge ("Con gran preocupación"), la encíclica que en 1937
condenó la ideología racista y pagana que ya se había
consolidado en el Reich alemán; pocos días después siguieron las
encíclicas contra el comunismo ateo (Divini redemptoris) y sobre las
sangrientas persecuciones del laicismo masónico contra los católicos mexicanos (Firmissimam
constantiam).
La relación entre Pío XI y su secretario de Estado
está aún por investigarse plenamente, y esto se podrá hacer
con el tiempo y el estudio progresivo de los documentos
de los archivos vaticanos, que con respecto al pontificado del
Papa Ratti, es decir, hasta inicios del año 1939, están
completamente accesibles desde hace más de dos años, pero han
sido poco consultados por los estudiosos. Es conocida la estima
que el Pontífice tenía por Pacelli, desde su creación cardenalicia,
ocasión durante la cual pronunció la frase evangélica (Jn 1,
26), luego interpretada como una premonición, medius vestrum stat quem
vos nescitis.
Esta estima se acrecentó continuamente e indujo a Pío
XI, con una innovación sin precedentes, a enviar a su
secretario de Estado a repetidas misiones internacionales. Así, en 1934,
el cardenal Pacelli atravesó el Atlántico, como había hecho ya
más de un siglo antes otro futuro Papa, el joven
Mastai Ferretti, para una misión diplomática que lo llevó a
Chile. El secretario de Estado y legado pontificio estuvo en
Buenos Aires para el Congreso eucarístico internacional, y durante el
largo viaje visitó después Montevideo y Río de Janeiro, luego
Las Palmas de Gran Canaria y Barcelona, hasta volver al
Vaticano a inicios de 1935.
Pocos meses más tarde, el purpurado
se encontraba en Lourdes, donde, en la homilía conclusiva del
viaje, contrapuso la redención de Cristo a la "bandera de
la revolución social", a la "falsa concepción del mundo y
de la vida" y a la "superstición de la raza
o de la sangre": una condena de la "idolatría
de la raza" que con esas palabras clarísimas volvería dos
años más tarde a los labios del cardenal Pacelli, enviado
de nuevo a Francia por el Papa, esta vez a
consagrar la basílica de Lisieux y luego a París, donde
el purpurado se encontró con exponentes del Gobierno formado por
el Frente popular. Y en 1938 el secretario de Estado,
con ocasión de otro Congreso eucarístico internacional, viajó a Hungría,
donde reafirmó el principio tradicional según el cual la Iglesia
no determina las formas de gobierno, y sobre todo denunció
la carrera de armamentos, "que se ha convertido en la
ocupación dominante de la humanidad del siglo XX", advirtiendo de
que "la locura destructora" de nuevos conflictos superaría "lo más
espantoso que ha conocido el pasado".
Sin embargo, tal vez el
viaje más importante de Pacelli fue, en el otoño de
1936, la larga visita privada que realizó a Estados Unidos,
recorriendo miles de kilómetros, también en avión, como por lo
demás había hecho ya en Alemania, testimonio ulterior de su
espíritu moderno. En el viaje el cardenal se encontró con
cerca de ochenta obispos y con los más importantes exponentes
políticos, entre ellos el presidente Roosevelt, recién elegido. Al volver
al Vaticano, el Papa le regaló un retrato con dedicatoria
autógrafa: Carissimo Cardinali Suo Transatlantico Panamerico Eugenio Pacelli feliciter
redeunti. Sólo pocos días antes, Pío XI había sorprendido a
monseñor Tardini, elogiando a su secretario de Estado aún de
viaje y concluyendo tranquilamente: "Será un buen Papa".
La previsión
se cumplió menos de tres años después, cuando ya se
acercaba la guerra. Para conjurarla, el nuevo Papa, que había
tomado como nombre Pío XII, intentó un extremo llamamiento, escrito
con la ayuda del sustituto Montini y pronunciado una semana
antes de que las tropas del Reich invadieran Polonia:
"Hora muy grave es la que suena de nuevo para
la gran familia humana; hora de tremendas deliberaciones, de las
que no puede despreocuparse nuestro corazón, ni debe desinteresarse nuestra
autoridad espiritual, que nos viene de Dios para conducir a
los hombres por los caminos de la justicia y de
la paz. (...) Nosotros, sin más armas que la palabra
de la Verdad, por encima de las pasiones y discusiones
públicas, os hablamos en nombre de Dios, de quien toma
su nombre toda paternidad en el cielo y en la
tierra (...). La justicia se abre camino, no con la
fuerza de las armas, sino con la fuerza de la
razón. Y los imperios no fundados sobre la justicia no
son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral
se vuelve aun contra los mismos que así la quieren.
Es inminente el peligro, pero todavía es tiempo. Nada se
ha perdido con la paz. Todo puede perderse con la
guerra. Vuelvan los hombres a comprenderse. (...) Les suplicamos por
la sangre de Cristo, cuya mansedumbre en la vida y
en la muerte fue la fuerza vencedora del mundo. Y
al suplicarles, sabemos y sentimos que tenemos con nosotros a
todos los rectos de corazón; a todos los que tienen
hambre y sed de justicia; a todos los que sufren
ya, por los males de la vida, todo dolor. (...)
Con nosotros está el alma de esta vieja Europa, que
fue obra de la fe y del genio cristiano. Con
nosotros está la humanidad entera, que ansía justicia, pan, libertad,
pero no el hierro que mate y destruya" (Colección de
encíclicas y documentos pontificios, Acción Católica Española, Madrid 1967, pp.
179-180).
El llamamiento del Papa Pacelli resultó inútil, como inútil fue
también la denuncia de su primera encíclica, Summi pontificatus, publicada
en el primer otoño de guerra, que condenaba "el olvido
de la ley de solidaridad y caridad humana, que es
dictada e impuesta por un origen común y por la
igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, sea
cual fuere el pueblo al que pertenezcan, y por el
sacrificio de la redención ofrecido por Jesucristo" (ib., p. 188),
sosteniendo con fuerza la "unidad del género humano" que ocupaba
el centro y constituía el título de la última encíclica
proyectada por su predecesor, al que con frecuencia se contrapone
a Pío XII, pero sin fundamento real. Así pues, no
fue una "encíclica oculta", del mismo modo que el cardenal
camarlengo Pacelli no censuró el último discurso de Pío XI
con motivo del décimo aniversario de la Conciliación, que veinte
años después, en 1959, Juan XXIII hizo publicar en "L´Osservatore
Romano".
La condena de la Summi pontificatus concernía a la "ideología
que atribuye al Estado una autoridad ilimitada", definida en la
encíclica "un error pernicioso", tanto para la "vida interna de
las naciones", como para las "relaciones entre los pueblos, porque
rompe la unidad de la sociedad supranacional, quita su fundamento
y valor al derecho de gentes, conduce a la violación
de los derechos de los demás y hace difícil la
inteligencia y la convivencia pacífica" (ib., p. 194).
Por último, era
muy fuerte la denuncia de la "hora de las tinieblas",
en la que "el espíritu de la violencia y de
la discordia derrama sobre la humanidad la copa sangrienta de
dolores sin nombre", con la advertencia de que "los pueblos,
envueltos en el trágico vórtice de la guerra, quizá están
aún "al comienzo de sus dolores" (Mt 24, 8):
muerte y desolación, lamento y miseria reinan ya en millares
de familias. Y la sangre de innumerables seres humanos, hasta
no combatientes, eleva un desgarrador grito de dolor especialmente sobre
una amada nación, Polonia, que por su fidelidad a la
Iglesia, por sus méritos en la defensa de la civilización
cristiana, escritos con caracteres indelebles en los fastos de la
historia, tiene derecho a la simpatía humana y fraternal del
mundo" (ib., p. 201).
Y Pío XII proseguía: "El deber
del amor cristiano, que es el quicio y el fundamento
del reino de Cristo, no es una palabra vacía, sino
una viva realidad. Vastísimo es el campo que se abre
a la caridad cristiana en todas sus formas. Confiamos plenamente
en que todos nuestros hijos, y de modo singular todos
cuantos están libres del azote de la guerra, imitarán al
divino Samaritano, acordándose de los que, por ser víctimas de
la guerra, tienen derecho a la compasión y al socorro"
(ib., p. 201).
Así, en la primera encíclica del Papa Pacelli,
no sólo se describían con anticipación los horrores de la
guerra, sino también la gigantesca obra de caridad que la
Iglesia católica desplegaría durante los años del conflicto en favor
de todos, sin distinción alguna.
Lo demuestran, entre otros, los tres
millones y medio de documentos de la Oficina de informaciones
del Vaticano para los prisioneros de guerra, instituida por voluntad
de Pío XII inmediatamente después del inicio del conflicto, un
fondo de los archivos vaticanos que llega hasta 1947 y
que cualquiera puede consultar en su totalidad, pero que a
pesar de esto casi nadie utiliza. En efecto, parece que
basta abrir un archivo, cuya apertura se reclamaba con fuerza,
para que ya no interesen sus documentos. Evidentemente, a muchos
la historia sólo les importa cuando la pueden usar como
un arma.
Como se debería saber, los archivos de la Santa
Sede son completamente accesibles hasta inicios de 1939, mientras que
con respecto al período de la guerra y del Holocausto
su contenido se ha anticipado sustancialmente con los doce volúmenes
de las Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la
seconde guerre mondiale, publicados por decisión de Pablo VI ya
desde 1965.
Esta enorme documentación —que se añade a la interminable
de los demás archivos nacionales y privados, a numerosísimos testimonios
y a la reconstrucción histórica de ese período— está confirmando
que la polémica sobre el así llamado "silencio" de Pío
XII, acusado de insensibilidad o incluso de connivencia ante el
Holocausto, es una instrumentalización, como por lo demás lo indican
con claridad sus orígenes, arraigados en la propaganda soviética ya
durante la guerra, que luego se prosiguió en la propaganda
comunista durante la guerra fría y, por último, fue relanzada
por sus seguidores.
Como diplomático de Benedicto XV, Pacelli se esforzó
por lograr que condenara ya en 1915 las violencias antisemitas
que se habían producido en Polonia, mientras que en la
década de 1930, como secretario de Estado de Pío
XI, hizo cesar la propaganda radiofónica antijudía de un sacerdote
católico estadounidense, Charles Coughlin. Además, por su experiencia alemana, el
purpurado conocía muy bien el nazismo y su loca ideología,
y varias veces, entre los años 1937 y 1939, había
puesto en guardia a estadounidenses y británicos ante el peligro
que representaba el Tercer Reich. Pero hay más: entre
el otoño de 1939 y la primavera de 1940, el
Pontífice apoyó, con una decisión sin precedentes, el intento, pronto
abortado, de algunos círculos militares alemanes, en contacto con los
británicos, de derribar el régimen hitleriano. Y después del ataque
alemán a la Unión Soviética, Pío XII se negó a
adherirse y a adherir a la Iglesia católica a la
que se presentaba como una cruzada contra el comunismo; más
aún, se esforzó por superar la oposición de muchos católicos
estadounidenses a la alianza con los soviéticos, aunque el juicio
del Pontífice y de sus más íntimos colaboradores sobre el
comunismo siguió siendo siempre negativo.
Por eso, representar a Pío XII
como indiferente ante el destino de las víctimas del nazismo
—los polacos y, sobre todo, los judíos—, incluso llamándolo "Papa
de Hitler", además de constituir un ultraje, es insostenible desde
el punto de vista histórico, como carece de fundamento histórico
la imagen de un Pontífice dominado por los americanos y
"capellán de Occidente", difundida y sostenida siempre por los soviéticos
y por sus defensores en las democracias europeas durante la
guerra fría.
Ante los horrores de la guerra y lo que
se definiría Holocausto el Papa Pacelli no fue neutral o
indiferente; y lo que se tachó, y se sigue tachando,
como silencio fue, en cambio, una opción consciente y sufrida,
basada en un juicio moral y religioso clarísimo. Así lo
han reconocido y lo reconocen muchísimas personas, incluso no pertenecientes
al mundo católico.
Por ejemplo, ya en 1940, en "Time", Albert
Einstein escribió: "Sólo la Iglesia católica se ha atrevido
a oponerse a la campaña de Hitler de suprimir la
verdad. Nunca antes he tenido un interés especial por la
Iglesia, pero ahora siento un gran afecto y admiración porque
sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la fuerza
constante de estar de parte de la verdad intelectual y
de la libertad moral".
Por su parte, el dominico Yves Congar,
después cardenal, refiere en su diario conciliar las confidencias de
un testigo de aquel tiempo, su hermano en religión Rosaire
Gagnebet. Después de la matanza de las Fosas Ardeatinas, el
Papa se interrogó "con angustia" si era el caso de
denunciarla: "Pero todos los conventos, todas las casas religiosas
de Roma estaban llenas de refugiados: comunistas, judíos, demócratas
y antifascistas, ex generales, etc. Pío XII había suspendido la
clausura. Si Pío XII hubiera protestado pública y solemnemente, se
hubiera producido un registro en esas casas y hubiera constituido
una catástrofe". Así, el Pontífice optó por una protesta diplomática.
Luego, frente a la amenaza de deportación, comunicó al arzobispo
de Palermo, cardenal Luigi Lavitrano, que recibiría "los poderes en
su lugar", y al embajador alemán le dijo sin titubear:
se arrestará "a monseñor Pacelli, pero no al Papa".
La
labor de socorro decidida por Pío XII en favor
de los perseguidos —entre ellos numerosísimos judíos, en Roma, en
Italia y en muchos otros países— fue inmensa y está
cada vez más documentada, incluso por parte de autorizados historiadores
e intelectuales, que ciertamente no son defensores oficiales del papado,
como Ernesto Galli della Loggia, Arrigo Levi y Piero Melograni.
Están apareciendo poco a poco hechos y documentos de ese
pasado que no pasa. Esta documentación hace justicia a lo
que el Papa Pacelli y su Iglesia hicieron ante la
criminal persecución de los judíos y obligaría a volver a
escribir innumerables libros de historia y a relegar al olvido
la leyenda difamatoria de un Pontífice filonazi. Esa leyenda, inventada
en los años del conflicto mundial, culminó en 1963 con
la representación del drama Der Stellevertreter de Rolf Hochhuth y
fue relanzada en el año 2002 por la película Amen
de Constantin Costa-Gavras.
Que se trataba de una campaña orquestada ya
lo había denunciado en Italia Giovanni Spadolini en 1965, cuando
ese historiador habló de "ataques sistemáticos del mundo comunista que
contaban con la complicidad o con cierta condescendencia incluso de
corazones católicos, o al menos de ciertos católicos muy conocidos
de Italia". Lo confirmó, cuarenta años más tarde, un dossier
entero, que demuestra que los jefes del Tercer Reich consideraban
al Papa Pacelli como enemigo: documentos nazis inéditos que
habían caído en manos de dirigentes de los servicios secretos
de la Alemania comunista y que, naturalmente, habían permanecido ocultos
hasta que se realizó una investigación del diario "La Repubblica",
un periódico que ciertamente no se puede definir filo-pacelliano.
Ha sido
muy iluminadora, con respecto al caso historiográfico del debate sobre
Pío XII, una larga entrevista concedida a "L´Osservatore Romano", con
ocasión del 50° aniversario de su muerte, por Paolo Mieli,
el historiador que dirige el diario "Corriere della Sera". Se
trata de un texto muy significativo, en el que, entre
otras cosas, Mieli se declara convencido de que los historiadores
harán justicia al Papa Pacelli; "la parte de sangre judía
que corre por mis venas —añadió— me hace preferir un
Papa que ayuda a mis correligionarios a sobrevivir, más que
uno que lleva a cabo un gesto demostrativo". Y vale
la pena releer su juicio conclusivo sobre Pío XII:
"Quizá fue el Papa más importante del siglo XX. Seguramente
estuvo atormentado por dudas. Sobre la cuestión del silencio, como
he dicho, se interrogó. Pero precisamente esto me da la
idea de su grandeza. Me impresionó mucho un hecho, entre
otros. Una vez concluida la guerra, si Pío XII hubiese
tenido la conciencia sucia, se habría jactado de la obra
de salvación de los judíos. Por el contrario, jamás lo
hizo. Jamás dijo una palabra. Podía haberlo hecho. Podía hacer
que lo escribieran o dijeran otros, pero no lo hizo.
Para mí esta es la prueba de la grandeza de
su personalidad. No era un Papa que sentía necesidad de
defenderse. Por lo que se refiere al juicio sobre Pío
XII, debo decir que me ha quedado grabado en el
corazón lo que escribió en 1964 Robert Kempner, un magistrado
judío de origen alemán, que fue el número dos de
la acusación pública en el proceso de Nuremberg: "Cualquier
postura propagandística de la Iglesia contra el gobierno de Hitler
no solamente habría sido un suicidio premeditado, sino que habría
acelerado el asesinato de un número mucho mayor de judíos
y de sacerdotes". Concluyo: durante veinte años hubo unanimidad
en la manera de considerar a Pío XII. Por eso,
para mí, en la ofensiva contra él no salen las
cuentas. Todo aquel que quiera estudiarlo con honradez intelectual debe
partir precisamente de esto, del hecho de que no salen
las cuentas" (L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de
octubre de 2008, p. 11).
Pablo VI, Juan Pablo II y
Benedicto XVI han defendido de forma concorde, desde el punto
de vista histórico, la memoria de Pío XII, su acción
durante la segunda guerra mundial y ante la espantosa tragedia
del Holocausto. A esto es preciso añadir el honor tributado
por los Papas a la memoria de los seis millones
de víctimas del Holocausto y la indudable voluntad de avanzar
por un camino de paz, de reconciliación y de confrontación
religiosa con el judaísmo, como hizo Pablo VI en tiempos
del concilio Vaticano II y durante todo su pontificado, como
predicó constante y tenazmente Juan Pablo II, y como Benedicto
XVI ha repetido en numerosas ocasiones, de modo particular este
año en los viajes a Estados Unidos, a Australia y
sobre todo a Francia.
Como es bien sabido, actualmente está en
marcha la causa de canonización del Papa Pacelli, un hecho
religioso que debe ser respetado por todos y que en
su especificidad es de competencia exclusiva de la Santa Sede.
En 1965 Pablo VI, al anunciar en el Concilio el
inicio de las causas de Pío XII y de Juan
XXIII, explicó sus razones: "Así será acogido el deseo
que innumerables voces han expresado en tal sentido para uno
y para otro; así quedará asegurado para la historia el
patrimonio de su herencia espiritual; se evitará que ningún otro
motivo que no sea el culto de la verdadera santidad,
es decir, la gloria de Dios y la edificación de
la Iglesia, deforme sus auténticas y queridas figuras para nuestra
veneración y para la de los siglos futuros" (Discurso del
18 de noviembre de 1965: Concilio Vaticano II, Constituciones,
Decretos, Declaraciones, BAC, Madrid 1968, p. 1106). Por su
parte, Benedicto XVI, al celebrar en la basílica de San
Pedro una misa en memoria de Pío XII, exhortó a
orar "para que prosiga felizmente la causa de beatificación". Es
una exhortación que acojo de buen grado y a la
que me asocio, recordando y celebrando a un Romano Pontífice
que fue grande, y a cuyo conocimiento este congreso seguramente
contribuirá mucho.
* Ofrecemos casi íntegramente la intervención del cardenal Bertone. |
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