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| Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz |
DIÁLOGO
ENTRE LAS CULTURAS PARA UNA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
Y LA PAZ
Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz.
1Enero 2001
1. Al inicio de un
nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que
las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más
en el ideal de una fraternidad verdaderamente universal. Sin compartir
este ideal no
podrá asegurarse de modo estable la paz.
Muchos indicios llevan a
pensar que esta convicción está emergiendo
con mayor fuerza en la
conciencia de la humanidad. El
valor de la fraternidad está
proclamado por las grandes «cartas»
de los derechos humanos; ha sido
puesto de manifiesto concretamente
por grandes instituciones
internacionales y, en particular, por la Organización
de las Naciones
Unidas; y es requerido, ahora más que
nunca, por el proceso de
globalización que une de modo
creciente los destinos de la economía,
de la cultura y
de la sociedad. La misma reflexión de los creyentes,
en
la diversas religiones, tiende a subrayar cómo la relación con
el
único Dios, Padre común de todos los hombres, favorece
el sentirse y
vivir como hermanos. En la revelación de
Dios en Cristo, este
principio está expresado con extrema radicalidad:
«Quien no ama no
ha conocido a Dios, porque Dios
es amor» (1 Jn 4,8).
2.
Al mismo tiempo, sin embargo,
no se puede ocultar que las señales
apenas evocadas han
sido oscurecidas por vastas y densas sombras. La
humanidad empieza
esta nueva etapa de su historia con heridas todavía
abiertas;
está marcada en muchas regiones por duros y sangrientos
conflictos;
conoce la dificultad de una solidaridad más difícil en
las
relaciones entre los hombres de diferentes culturas y
civilizaciones, cada
vez más cercanas e interactivas sobre los mismos
territorios. Todos
conocen cuán difícil es conciliar las razones de
los contendientes
cuando los ánimos están encendidos y exasperados a
causa de
antiguos odios y de graves problemas que dificultan el
encontrar
solución. Pero no menos peligrosa para el futuro de la
paz
sería la incapacidad de afrontar con sabiduría los problemas
suscitados por la nueva organización que la humanidad, en muchos
Países, va asumiendo debido a la aceleración de los procesos
migratorios y de la convivencia nueva que surge entre personas
de
diversas culturas y civilizaciones.
3.
Por eso, me ha parecido
urgente invitar a los creyentes en Cristo, y
con ellos
a todos los hombres de buena voluntad, a reflexionar sobre
el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los
pueblos, indicando así el camino necesario para la construcción de
un mundo reconciliado, capaz de mirar con serenidad al propio
futuro.
Se trata de un tema decisivo para las perspectivas
de la paz. Me
complace que también la Organización de
las Naciones Unidas haya
acogido y propuesto esta urgencia, declarando
el año 2001 «Año
internacional del diálogo entre las civilizaciones».
Naturalmente
no pienso que, sobre un
problema como éste, se puedan
ofrecer soluciones fáciles, de
inmediata aplicación. Es complicado el mero
análisis de la
situación, que evoluciona continuamente, ya que escapa
a esquemas
prefijados. A esto hay que añadir la dificultad
de conjugar
principios y valores que, siendo incluso idealmente compatibles,
pueden manifestar concretamente elementos de tensión que no facilitan
la
síntesis. Está además, en la base, la dificultad que deriva
del
compromiso ético de cada ser humano llevado a enfrentarse
con el
propio egoísmo y los propios límites.
Pero precisamente por
esto considero
útil una reflexión común sobre esta problemática. Para
este
objetivo me limito aquí a ofrecer algunos principios orientadores
en
la escucha de lo que el Espíritu de Dios
dice a las Iglesias (cf. Ap
2,7) y a toda
la humanidad en este decisivo período de su historia.
El hombre
y sus diferentes culturas 4.
Considerando todas las vicisitudes de la
humanidad, uno se queda
asombrado frente a las manifestaciones complejas
y varias de las
culturas humanas. Cada una de ellas
se diferencia de las otras por su
específico itinerario histórico
y por los consiguientes rasgos
característicos que la hacen única,
original y orgánica en su
propia estructura. La cultura es
expresión cualificada del hombre y
de sus vicisitudes históricas, tanto
a nivel individual como
colectivo. En efecto, la inteligencia y
la voluntad le mueven
incesantemente a «cultivar los bienes y
los valores de la
naturaleza»(1), plasmando en unas síntesis culturales
cada vez más
altas y sistemáticas los conocimientos fundamentales que
se refieren
a todos los aspectos de la vida y,
en particular, los que atañen a su
convivencia social y
política, a la seguridad y al desarrollo
económico, a la
elaboración de los valores y significados
existenciales, sobre todo de
naturaleza religiosa, que permiten a su
situación individual y comunitaria
desarrollarse según modalidades
auténticamente humanas.(2)
5.
Las culturas se caracterizan siempre
por algunos elementos estables y
duraderos y por otros dinámicos
y contingentes. En un primer momento,
la consideración de una
cultura ofrece sobre todo los aspectos
característicos que la diferencian
de la cultura del observador,
asegurándole un carácter típico en
el cual convergen elementos de
la más diversa naturaleza. En
la mayor parte de los casos las
culturas se desarrollan
sobre territorios concretos, cuyos elementos
geográficos, históricos y étnicos se
entrelazan de modo original e
irrepetible. Este «carácter típico» de
cada cultura se refleja, de
modo más o menos relevante,
en las personas que la tienen, en un
dinamismo continuo
de influjos en cada uno de los sujetos humanos y
de
las aportaciones que éstos, según su capacidad y su
genio, dan a la
propia cultura. En cualquier caso, ser
hombre significa necesariamente
existir en una determinada cultura. Cada persona
está marcada por la
cultura que respira a través de
la familia y los grupos humanos con
los que entra
en contacto, por medio de los procesos educativos y las
influencias ambientales más diversas y de la misma relación
fundamental
que tiene con el territorio en el que vive. En
todo esto
no hay ningún determinismo, sino una constante dialéctica
entre la
fuerza de los condicionamientos y el dinamismo de
la libertad.
Formación humana y pertenencia
cultural 6.
La acogida de la
propia cultura como elemento configurador de la
personalidad, especialmente en
la primera fase del crecimiento, es un
dato de experiencia
universal, cuya importancia no se debe
infravalorar. Sin este enraizamiento
en un humus definido, la persona
misma correría el riego
de verse expuesta, en edad aún temprana, a
un exceso
de estímulos contrastantes que no ayudarían el desarrollo
sereno y
equilibrado. Sobre la base de esta relación fundamental con
los
propios «orígenes» —a nivel familiar, pero también
territorial, social y
cultural— es donde se desarrolla en las
personas el sentido
de la «patria», y la cultura tiende a asumir,
unas
veces más y otras menos, una configuración «nacional». El
mismo
Hijo de Dios, haciéndose hombre, recibió, con una familia
humana,
también una «patria». Él es para siempre Jesús de Nazaret,
el Nazareno (cf. Mc 10,47; Lc 18,37; Jn 1,45; 19,19).
Se trata de un
proceso natural en el cual las
instancias sociológicas y
psicológicas actúan entre sí, con efectos normalmente
positivos y
constructivos. El amor patriótico es, por eso, un
valor a cultivar,
pero sin restricciones de espíritu, amando juntos
a toda la familia
humana(3) y evitando las manifestaciones patológicas
que se dan
cuando el sentido de pertenencia asume tonos
de autoexaltación y de
exclusión de la diversidad, desarrollándose en
formas nacionalistas,
racistas y xenófobas.
7. Si
por esto es importante,
por un lado, saber apreciar los valores de la
propia
cultura, por otro es preciso tomar conciencia de que cada
cultura, siendo un producto típicamente humano e históricamente
condicionado, también
implica necesariamente unos límites. Para que
el sentido de pertenencia
cultural no se transforme en cerrazón, un
antídoto eficaz es
el conocimiento sereno, no condicionado por
prejuicios negativos, de las
otras culturas. Por lo demás, en un
análisis atento y
riguroso, frecuentemente las culturas muestran, por
encima de sus manifestaciones
más externas, elementos comunes
significativos. Esto se puede ver también
en la sucesión histórica
de culturas y civilizaciones. La Iglesia,
mirando a Cristo, que revela
el hombre al hombre(4), y
apoyada en la experiencia alcanzada en dos
mil años de
historia, está convencida de que «por encima de todos
los
cambios, hay muchas cosas que no cambian »(5). Esta continuidad
está basada en características esenciales y universales del proyecto
de
Dios sobre el hombre. Las diferencias culturales han de ser
comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género
humano, dato histórico y ontológico primario, a la luz del
cual es
posible entender el significado profundo de las mismas
diferencias. En
realidad, sólo la visión de conjunto tanto de
los elementos de
unidad como de las diferencias hace posible
la comprensión y la
interpretación de la verdad plena de
toda cultura humana.(6)
Diversidad de culturas y respeto
recíproco 8.
En el
pasado las diferencias entre las culturas han sido a menudo
fuente de incomprensiones entre los pueblos y motivo de conflictos
y
guerras. Pero todavía hoy, por desgracia, en diversas partes
del
mundo constatamos, con creciente aprensión, la polémica
consolidación de
algunas identidades culturales contra otras
culturas. Este fenómeno puede, a
largo plazo, desembocar en tensiones
y choques funestos, y por
lo menos hace difícil la condición de
algunas minorías étnicas
y culturales, que viven en un contexto de
mayorías culturalmente
diversas, propensas a actitudes y
comportamientos hostiles y racistas.
Ante esta
situación, todo hombre de
buena voluntad debe interrogarse sobre las
orientaciones éticas
fundamentales que caracterizan la experiencia cultural de una
determinada comunidad. En efecto, las culturas, igual que el hombre
que es su autor, están marcadas por el «misterio de
iniquidad» que
actúa en la historia humana (cf. 2 Ts
2,7) y tienen también
necesidad de purificación y salvación. La
autenticidad de cada
cultura humana, el valor del ethos que
lleva consigo, o sea, la
solidez de su orientación moral,
se pueden medir de alguna manera por
su razón de
ser en favor del hombre y en la promoción de
su dignidad
a cualquier nivel y en cualquier contexto.
9.
Si
tan preocupante es la radicalización de las identidades culturales
que
se vuelven impermeables a cualquier influjo externo beneficioso,
no es
menos arriesgada la servil aceptación de las culturas, o de
algunos de sus importantes aspectos, como modelos culturales del mundo
occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran
en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida
y en
formas de individualismo radical. Se trata de un
fenómeno de vastas
proporciones, sostenido por poderosas campañas de los
medios de
comunicación social, que tienden a proponer estilos de
vida,
proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una visión
general
de la realidad, que erosiona internamente organizaciones culturales
distintas
y civilizaciones nobilísimas. Por su destacado carácter
científico y técnico,
los modelos culturales de Occidente son
fascinantes y atrayentes, pero
muestran, por desgracia y siempre con
mayor evidencia, un progresivo
empobrecimiento humanístico,
espiritual y moral. La cultura que los produce
está marcada por la
dramática pretensión de querer realizar el
bien del hombre
prescindiendo de Dios, supremo Bien. Pero «sin
el Creador —ha
advertido el Concilio Vaticano II— la criatura
se diluye »(7).Una
cultura que rechaza referirse a Dios pierde
la propia alma y se
desorienta transformándose en una cultura
de muerte, como atestiguan
los trágicos acontecimientos del siglo XX
y como demuestran los
efectos nihilistas actualmente presentes en importantes
ámbitos del
mundo occidental.
Diálogo entre las culturas 10.
De manera análoga
a lo que sucede en la persona, que se realiza
a
través de la apertura acogedora al otro y la
generosa donación de
sí misma, las culturas, elaboradas por los
hombres y al servicio de
los hombres, se modelan también
con los dinamismos típicos del
diálogo y de la comunión,
sobre la base de la originaria y
fundamental unidad de
la familia humana, salida de las manos de Dios,
que
« creó, de un solo principio todo el linaje humano
» (Hch
17,26).
Desde este punto de vista, el diálogo
entre
las culturas, tema del presente Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz, surge como una exigencia intrínseca de la
naturaleza misma
del hombre y de la cultura. Como expresiones
históricas diversas y
geniales de la unidad originaria de la
familia humana, las culturas
encuentran en el diálogo la salvaguardia
de su carácter peculiar y
de la recíproca comprensión y
comunión. El concepto de comunión,
que en la revelación cristiana
tiene su origen y modelo sublime en
Dios uno y
trino (cf. Jn 17,11.21), no supone un anularse en la
uniformidad o una forzada homologación o asimilación; es más bien
expresión de la convergencia de una multiforme variedad, y por
ello
se convierte en signo de riqueza y promesa de
desarrollo.
El diálogo lleva a reconocer la
riqueza de la diversidad
y dispone los ánimos a la recíproca
aceptación, en la
perspectiva de una auténtica colaboración, que
responde a la originaria
vocación a la unidad de toda la familia
humana. Como
tal, el diálogo es un instrumento eminente para realizar
la
civilización del amor y de la paz, que mi venerado
predecesor, el
Papa Pablo VI, indicó como el ideal en
el que había que inspirar la
vida cultural, social, política
y económica de nuestro tiempo. Al
inicio del tercer milenio
es urgente proponer de nuevo la vía del
diálogo a
un mundo marcado por tantos conflictos y violencias,
desalentado a
veces e incapaz de escrutar los horizontes de la
esperanza
y de la paz.
Potencialidades y riesgos de la
comunicación global 11.
El diálogo entre las culturas se ve hoy particularmente necesario
si
se considera el impacto de las nuevas tecnologías de
la comunicación
en la vida de las personas y de
los pueblos. Vivimos en la era de la
comunicación global,
que está plasmando la sociedad según nuevos
modelos culturales, más
o menos extraños a los modelos del pasado.
La información
precisa y actualizada es, al menos en línea de
principio,
prácticamente accesible a todos, en cualquier parte del
mundo.
El libre
aluvión de imágenes y
palabras a escala mundial está transformando
no sólo las relaciones
entre los pueblos a nivel político
y económico, sino también la
misma comprensión del mundo. Este
fenómeno ofrece múltiples
potencialidades en otro tiempo impensables, pero presenta
también
algunos aspectos negativos y peligrosos. El hecho de que
un número
reducido de Países detente el monopolio de las
«industrias»
culturales, distribuyendo sus productos en cualquier lugar de la
tierra a un público cada vez mayor, puede ser un
potente factor de
erosión de las características culturales. Son productos
que
contienen y transmiten sistemas implícitos de valor y por
tanto
pueden provocar en los receptores unos efectos de expropiación
y
pérdida de identidad.
Desafío de las migraciones 12.
El estilo y
la cultura del diálogo son particularmente significativos
respecto a la
compleja problemática de las migraciones, importante
fenómeno social de nuestro
tiempo. El éxodo de grandes masas de una
región a
otra del planeta, que es a menudo una dramática odisea
humana para quienes se ven implicados, tiene como consecuencia la
mezcla de tradiciones y costumbres diferentes, con notables
repercusiones en
los Países de origen y en los de llegada. La
acogida
reservada a los migrantes por parte de los Países
que los reciben y
su capacidad de integrarse en el
nuevo ambiente humano representan
otras tantas medidas para valorar la
calidad del diálogo entre las
diferentes culturas.
En realidad, sobre el
tema de la
integración cultural, tan debatido actualmente, no es
fácil
encontrar organizaciones y ordenamientos que garanticen, de manera
equilibrada
y ecuánime, los derechos y deberes, tanto de quien acoge
como de quien es acogido. Históricamente, los procesos migratorios
han
tenido lugar de maneras muy distintas y con resultados diversos.
Son muchas las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido
precisamente por las aportaciones de la inmigración. En otros casos,
las diferencias culturales de autóctonos e inmigrados no se han
integrado, sino que han mostrado la capacidad de convivir, a
través
del respeto recíproco de las personas y de la
aceptación o
tolerancia de las diferentes costumbres. Lamentablemente perduran
también
situaciones en las que las dificultades de encuentro entre
las
diversas culturas no se han solucionado nunca y las tensiones
han
sido causa de conflictos periódicos.
13.
En una materia tan
compleja, no hay fórmulas «mágicas»; no
obstante, es preciso indicar
algunos principios éticos de fondo a los
que hacer referencia.
Como primero entre todos se ha recordar el
principio según
el cual los emigrantes han de ser tratados siempre
con
el respeto debido a la dignidad de toda persona humana.
A este
principio ha de supeditarse incluso la debida consideración
al bien
común cuando se trata de regular los flujos
inmigratorios. Se trata,
pues, de conjugar la acogida que se
debe a todos los seres humanos, en
especial si son
indigentes, con la consideración sobre las
condiciones indispensables para una
vida decorosa y pacífica, tanto
para los habitantes originarios como
para los nuevos llegados. Por lo
que se refiere a
las características culturales que los emigrantes
llevan consigo, han de
ser respetadas y acogidas, en la medida en que
no
se contraponen a los valores éticos universales, ínsitos en la
ley natural, y a los derechos humanos fundamentales.
Respeto de las
culturas y «fisonomía
cultural» del territorio 14.
Más difícil es determinar
hasta dónde llega el derecho de los
emigrantes al reconocimiento
jurídico público de sus manifestaciones
culturales específicas, cuando éstas no
se acomodan fácilmente a
las costumbres de la mayoría de
los ciudadanos. La solución de este
problema, en el marco
de una sustancial apertura, está vinculada a la
valoración concreta
del bien común en un determinado momento
histórico y en
una situación territorial y social concreta. Mucho
depende de que
arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin
caer en la indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las
razones
en favor de la identidad y del diálogo.
Por otro
lado, como he indicado antes,
se ha de valorar la
importancia que tiene la cultura característica
de un territorio para
el crecimiento equilibrado de los que pertenecen
a él por
nacimiento, especialmente en sus fases evolutivas más
delicadas. Desde este
punto de vista, puede considerarse plausible una
orientación que tienda
a garantizar en un determinado territorio un
cierto «equilibrio cultural»,
en correspondencia con la cultura
predominante que lo ha caracterizado;
un equilibrio que, aunque
siempre abierto a las minorías y
al respeto de sus derechos
fundamentales, permita la permanencia y
el desarrollo de una
determinada «fisonomía cultural», o sea, del
patrimonio fundamental
de lengua, tradiciones y valores que generalmente se
asocian a la
experiencia de la nación y al sentido
de la «patria».
15.
Es evidente que esta exigencia de «equilibrio»,
respecto a la
«fisonomía cultural» de un territorio, no se
puede lograr
satisfactoriamente sólo con instrumentos legislativos, puesto que
éstos
carecerían de eficacia si no estuvieran fundados en el ethos
de la población y, sobre todo, estarían destinados a cambiar
naturalmente, cuando una cultura perdiera de hecho su capacidad de
animar un pueblo y un territorio, convirtiéndose en una simple
herencia guardada en museos o monumentos artísticos y literarios.
En realidad,
una cultura, en la medida
en que es realmente vital,
no tiene motivos para temer ser dominada,
de igual manera
que ninguna ley podrá mantenerla viva si ha muerto en
el alma de un pueblo. Por lo demás, en el
plano del diálogo entre
las culturas, no se puede impedir
a uno que proponga a otro los
valores en que
cree, con tal de que se haga de manera respetuosa
de la
libertad y de la conciencia de las personas.
«La verdad no se impone
sino por la fuerza de
la misma verdad, que penetra, con suavidad y
firmeza a
la vez, en las almas»(8).
Conciencia de los valores comunes 16.
El
diálogo entre las culturas, instrumento privilegiado para
construir la civilización
del amor, se apoya en la certeza de que hay
valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados en
la
naturaleza de la persona. En tales valores la humanidad
expresa sus
rasgos más auténticos e importantes. Hace falta cultivar
en las
almas la conciencia de estos valores, dejando de
lado prejuicios
ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus
cultural, universal por naturaleza, que hace posible el desarrollo
fecundo
de un diálogo constructivo. También las diferentes
religiones pueden y
deben dar una contribución decisiva en este
sentido. La experiencia
que he tenido tantas veces en el encuentro con
representantes
de otras religiones —recuerdo en particular el
encuentro de Asís
de 1986 y el de la plaza San Pedro de
1999— me
confirma en la confianza de que la recíproca
apertura de los
seguidores de las diversas religiones puede aportar
muchos beneficios
para la causa de la paz y del
bien común de la humanidad.
El valor de la solidaridad 17.
Ante
las crecientes desigualdades existentes en el mundo, el primer
valor
que se debe promover y difundir cada vez más en
las conciencias
es ciertamente el de la solidaridad. Toda sociedad
se apoya sobre la
base del vínculo originario de las
personas entre sí, conformado por
ámbitos relacionales cada vez más
amplios —desde la familia y los
demás grupos sociales intermedios—
hasta los de la sociedad civil
entera y de la
comunidad estatal. A su vez, los Estados no pueden
prescindir
de entrar en relación unos con otros. La actual situación
de interdependencia planetaria ayuda a percibir mejor el destino
común
de toda la familia humana, favoreciendo en toda persona
reflexiva
el aprecio por la virtud de la solidaridad.
A este respecto,
sin embargo, se debe
notar que la progresiva interdependencia ha
contribuido a poner al
descubierto múltiples desigualdades, como el desequilibrio
entre
Países ricos y Países pobres; la distancia social, dentro
de cada
País, entre quien vive en la opulencia y
quien ve ofendida su
dignidad, porque le falta incluso lo
necesario; el deterioro ambiental
y humano, provocado y acelerado por
el empleo irresponsable de los
recursos naturales. Tales desigualdades y
diferencias sociales han ido
aumentando en algunos casos, hasta llevar
a los Países más pobres
hacia una deriva imparable.
Una auténtica
cultura de la
solidaridad ha de tener, pues, como principal
objetivo la promoción
de la justicia. No se trata sólo
de dar lo superfluo a quien está
necesitado, sino de
«ayudar a pueblos enteros —que están excluidos
o marginados— a
que entren en el círculo del desarrollo económico
y humano.
Esto será posible no sólo utilizando lo superfluo que
nuestro
mundo produce en abundancia, sino cambiando sobre todo los
estilos
de vida, los modelos de producción y de consumo, las
estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad»(9).
El valor
de la paz 18.
La cultura de la solidaridad está estrechamente
unida al valor de la
paz, objetivo primordial de toda
sociedad y de la convivencia nacional
e internacional. Sin embargo,
en el camino hacia un mejor acuerdo
entre los pueblos
son aún numerosos los desafíos que debe afrontar
el mundo
y que ponen a todos ante opciones inderogables. El
preocupante
aumento de los armamentos, mientras no acaba de
consolidarse el
compromiso por la no proliferación de las armas
nucleares, tiene
el riesgo de alimentar y difundir una cultura de la
competencia y la conflictualidad, que no implica solamente a los
Estados, sino también a entidades no institucionales, como grupos
paramilitares
y organizaciones terroristas.
El mundo sigue sufriendo aún las
consecuencias de
guerras pasadas y presentes, las tragedias provocadas
por el uso
de minas antipersonales y por el recurso a las horribles
armas químicas y biológicas.¿Y cómo olvidar el riesgo permanente
de
conflictos entre las naciones, de guerras civiles dentro de algunos
Estados y de una violencia extendida, que las organizaciones
internacionales
y los gobiernos nacionales se ven casi impotentes para
afrontar?
Ante tales amenazas, todos tienen que sentir el deber moral
de adoptar medidas concretas y apropiadas para promover la causa
de la
paz y la comprensión entre los hombres.
El valor
de la vida 19.
Un auténtico diálogo entre las culturas, además
del sentimiento del
mutuo respeto, no puede más que alimentar
una viva sensibilidad por
el valor de la vida. La
vida humana no puede ser considerada como un
objeto del
cual disponer arbitrariamente, sino como la realidad más
sagrada e
intangible que está presente en el escenario del mundo. No
puede haber paz cuando falta la defensa de este bien
fundamental. No
se puede invocar la paz y despreciar la
vida. Nuestro tiempo es
testigo de excelentes ejemplos de generosidad
y entrega al servicio de
la vida, pero también del
triste escenario de millones de hombres
entregados a la crueldad
o a la indiferencia de un destino doloroso y
brutal.
Se trata de una trágica espiral de muerte que abarca
homicidios, suicidios, abortos, eutanasia, como también mutilaciones,
torturas físicas y
psicológicas, formas de coacción injusta,
encarcelamiento arbitrario, recurso absolutamente innecesario
a la
pena de muerte, deportaciones, esclavitud, prostitución, compra-venta
de
mujeres y niños. A esta relación se han de añadir
prácticas
irresponsables de ingeniería genética, como la clonación y la
utilización de embriones humanos para la investigación, las cuales
se
quiere justificar con una ilegítima referencia a la libertad, al
progreso de la cultura y a la promoción del desarrollo
humano. Cuando
los sujetos más frágiles e indefensos de la
sociedad sufren tales
atrocidades, la misma noción de familia humana,
basada en los valores
de la persona, de la confianza
y del mutuo respeto y ayuda, es
gravemente cercenada. Una
civilización basada en el amor y la paz
debe oponerse
a estos experimentos indignos del hombre.
El valor de la educación 20.
Para construir la civilización del amor, el diálogo entre las
culturas debe tender a superar todo egoísmo etnocéntrico para
conjugar
la atención a la propia identidad con la comprensión de
los
demás y el respeto de la diversidad. Es fundamental,
a este respecto,
la responsabilidad de la educación. Ésta debe
transmitir a los
sujetos la conciencia de las propias raíces
y ofrecerles puntos de
referencia que les permitan encontrar su
situación personal en el
mundo. Al mismo tiempo debe esforzarse
por enseñar el respeto a las
otras culturas. Es necesario
mirar más allá de la experiencia
individual inmediata y aceptar
las diferencias, descubriendo l |
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