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| Obispos del Salvador: «¿Tenemos que resignarnos ante la violencia?» |
Carta pastoral «No te dejes vencer por el mal»
NO TE
DEJES VENCER POR EL MAL Carta pastoral de la Conferencia
Episcopal de El Salvador
A nuestro querido clero diocesano y religioso, A
los religiosos, religiosas y miembros de Institutos Seculares, A nuestros colaboradores
seglares en el apostolado, A nuestros hermanos y hermanas en la
fe en Jesucristo, A los gobernantes y políticos de nuestro país, A
los hombres y mujeres de buena voluntad.
Queridos hermanos, Queridas hermanas en
el Señor:
01 En el marco de las celebraciones de la
Virgen de la Paz, Patrona de El Salvador, es oportuno
invitar a exaltar los valores para reflexionar sobre la responsabilidad
de cada salvadoreña y cada salvadoreño en la construcción de
una sociedad fraterna, pacífica, justa y solidaria en la que
reine verdaderamente la paz. Con la mirada puesta en el
país que anhelamos, les saludamos en el nombre del Señor.
02
Nuestra palabra se inspira en Jesucristo, cuya imagen transfigurada contempla
cada año el pueblo católico salvadoreño. Es el mismo Cristo
que, durante su vida pública, nos contó las parábolas del
Reino, comparándolo con la semilla que cae en tierra y
con la semilla de mostaza; o con la levadura, el
tesoro escondido y la perla preciosa; el Reino en el
que, durante el tiempo de nuestra peregrinación, el trigo está
mezclado con la cizaña; el Reino que se parece a
la red que recoge toda clase de peces, buenos y
malos (cf. Mt 13).
03 Cristo hizo presente el Reino con
obras y palabras. Movido por su inmensa misericordia, multiplicó el
pan para saciar el hambre de la multitud que le
seguía, ávida de su palabra y necesitada del pan de
esta tierra. Jesús responde a esa necesidad humana tomando en
sus manos cinco panes y dos peces, después de ordenar
a sus discípulos: Denles ustedes de comer (Lc 9, 13).
04
El Papa Juan Pablo II, de grata memoria, comenta así
esta página en la exhortación postsinodal sobre el obispo como
testigo del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo:
Una actitud análoga podría surgir en nuestro ánimo, como desalentado
ante la magnitud de los problemas que interpelan a las
Iglesias y a nosotros, los obispos, personalmente. En este caso
hay que recurrir a esa nueva fantasía de la caridad
que ha de promover no tanto y sólo la eficacia
de la ayuda prestada sino la capacidad de hacerse cercano
a quien está necesitado, de modo que los pobres se
sientan en cada comunidad como en su propia casa (Pastores
Gregis, 73).
05 Por eso, a la luz del Señor transfigurado,
miramos con ojos y corazón de pastores los problemas de
la Patria como parte de nuestra misión evangelizadora. Como Jesús,
contemplamos las multitudes del único país del mundo que lleva
su santo nombre. En las fiestas titulares de la República
hemos palpado una vez más la fe profunda de nuestro
pueblo. Hemos visto también el sufrimiento que agobia a las
grandes mayorías. Conocemos la lista de estas preocupaciones: la pobreza,
el alto costo de la vida, el desempleo, la falta
de oportunidades, la inseguridad y tantas necesidades básicas no satisfechas
que impiden a cientos de miles de compatriotas lograr el
desarrollo integral al que tienen derecho por su condición de
personas humanas y de hijos e hijas de Dios. Los
recientes desastres naturales han hecho aún más pesada la cruz
para miles de familias y han dejado al descubierto la
vulnerabilidad del país en los aspectos ecológico, económico y social.
A los miles de damnificados les expresamos nuestra solidaridad.
06 En
ese panorama tan desolador fijaremos la atención en un tema
que preocupa sobremanera a la comunidad salvadoreña: la incontenible violencia.
Queremos responder a tan dramática realidad como lo haría Jesús.
Al hambre de Dios respondemos con la evangelización y la
celebración de los sacramentos. Y al hambre de pan tratamos
de responder como nuestro Divino Salvador, quien tuvo entrañas de
misericordia ante toda miseria humana (Plegaria Eucarística, Vb). Por una
parte tratamos de iluminar las conciencias con la luz del
Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia; y,
por otra, llevamos adelante una obra de promoción humana y
desarrollo integral a través de las distintas expresiones de la
pastoral social.
07 Jesús respondió a la primera tentación de Satanás
diciendo: No sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt
4, 4). Estamos convencidos de que la evangelización es el
primer servicio, el más necesario, que nos corresponde ofrecer. En
el Año de la Eucaristía, que fue convocado por el
Papa Juan Pablo II para volver a suscitar en el
pueblo cristiano la fe, la maravilla y el amor por
este gran sacramento que constituye el auténtico tesoro de la
Iglesia (Benedicto XVI, alocución del 04.09.95), nos hemos detenido para
contemplar con asombro y gratitud el misterio de Jesucristo realmente
presente en el Santísimo Sacramento del altar. Y le hemos
pedido una y otra vez, como los discípulos de Emaús:
Quédate con nosotros, Señor (Lc 24, 27).
08 El Santo Padre
acaba de recordarnos el lazo estrecho que une la Eucaristía
con la caridad: Caridad no significa ante todo el acto
o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor
de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón
humano y que lleva a entregarse a su vez al
mismo Dios y al prójimo… Nuestra respuesta a su amor
tiene que ser entonces concreta, y tiene que expresarse en
una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la
recíproca acogida y en la atención a las necesidades de
todos. (Alocución, 25.09.05).
1. La violencia nos ahoga
09 Cada día, al abrir
el periódico, al escuchar la radio o al mirar las
noticias en el televisor nos golpea con toda su crudeza
la realidad de nuestro país, marcada por tantos hechos violentos.
10
Todos lo sabemos: la violencia está cada vez más presente,
en primer lugar, en el seno mismo del hogar; ya
sea la violencia que sufre la mujer de parte del
esposo o de su compañero de vida, o la que
padecen niños y niñas a pesar de su tierna edad:
hay violencia física, violencia psicológica y, en forma creciente, incluso
violencia sexual. Y aunque no llegue a matar físicamente, no
podemos pasar por alto la violencia que invade los hogares
sobre todo a través de algunos programas de televisión.
11 Tenemos
también la violencia producida por la delincuencia común que acecha
en todas partes: en casa y fuera de casa; en
el campo y la ciudad, en fincas o terrenos baldíos,
en paradas de buses y al interior de los medios
de transporte público, en negocios y oficinas. Es una violencia
asesina que arrebata sin piedad la vida de personas de
toda edad o condición: niñas y niños, mujeres, jóvenes y
personas mayores, humildes trabajadores y profesionales. Nadie está a salvo
de este flagelo social.
12 A la violencia doméstica y a
la delincuencia común se añade la pavorosa violencia de las
pandillas juveniles o maras, del narcotráfico y del crimen organizado.
De estas formas de violencia, la que aparece en primer
plano en los medios de comunicación es la de los
jóvenes pandilleros, dejando la impresión de que ellos son los
principales responsables de las muertes violentas que ocurren cada día
en nuestro país.
13 Se asesina para robar; se asesina por
venganza; se asesina por encargo; se asesina bajo el efecto
del alcohol o las drogas; se asesina casi siempre con
armas de fuego que circulan prácticamente sin control; se asesina
a sangre fría; se asesina con lujo de barbarie y
en completa impunidad; y hay quienes afirman que se asesina
incluso como método de limpieza social.
14 Sí, la violencia se
ha vuelto omnipresente. El país que lleva el nombre de
Cristo, nuestro Salvador, navega en un mar de violencia. La
nación confiada al patrocinio de Nuestra Señora de la Paz,
ha llegado a un nivel de violencia homicida que va
en aumento.
15 Según datos del Fondo de las Naciones Unidas
para el Desarrollo (PNUD), El Salvador es uno de los
países más violentos de América Latina: el año pasado hubo
más de dos mil setecientos homicidios, casi todos cometidos con
armas de fuego; y este año, de enero a julio,
se cuentan más de dos mil. Actualmente se calcula que
hay un promedio de doce homicidios por día.
16 De acuerdo
a la misma fuente, en el año 2003, la violencia
costó al país más de mil setecientos millones de dólares,
cantidad que equivale al 11.5% del producto interno bruto (PIB).
Circulan en El Salvador casi medio millón de armas de
fuego, de las cuales sólo una tercera parte está matriculada
y debidamente inscrita. La empresa privada asegura que se ve
obligada a asignar casi el diez por ciento de su
presupuesto al pago de agentes y sistemas de seguridad. Tenemos
más agentes de seguridad privada que policías.
17 Afortunadamente, aún contamos
con zonas que son verdaderos oasis de paz, pero la
atmósfera dominante es de ansiedad, preocupación y angustia. Para gran
parte de la población salvadoreña, la situación se ha vuelto
insoportable. La desesperación lleva a no pocos ciudadanos a la
convicción de que la única solución es la represión indiscriminada,
el endurecimiento de las leyes relativas a los menores delincuentes,
la construcción de más cárceles o la contratación de servicios
de seguridad privada; y es fuerte la tentación de querer
hacerse justicia por su propia mano, al margen de la
ley. Por todo ello tenemos que empeñarnos con todas nuestras
fuerzas para construir, con paciencia y perseverancia, una sociedad sin
violencia.
2 . ¿ Tenemos que resignarnos ante la violencia?
18 Pero
quizá lo más grave es que nos hemos acostumbrado a
considerar la violencia como algo inevitable con lo que estamos
condenados a convivir.
19 ¿Qué hacer ante una situación tan grave?
Muchos compatriotas ponen su confianza en las armas; otros abandonan
su actual residencia y buscan seguridad en otra parte; y
crece el número de quienes se ven obligados a buscar
nuevos horizontes fuera del país, dejando muchas veces a su
familia en situación precaria y corriendo graves riesgos en el
camino. Esta migración forzada a menudo causa estragos en la
institución familiar. Con familias incompletas o desintegradas que, por lo
mismo, no pueden cumplir cabalmente su insustituible misión, el futuro
se vuelve cada vez más incierto. ¿No estamos caminando quizá
hacia una disolución de la sociedad? Vale para nosotros la
frase memorable que pronunció el Siervo de Dios Juan Pablo
II en Cuba: Cuida la familia para que mantengas sano
tu corazón . Sí, la familia es el corazón de
la patria.
20 La juventud también está inquieta porque la violencia
arrebata sobre todo vidas jóvenes. Además, debido a la pobreza
y la falta de oportunidades –que son otra forma de
violencia-, numerosos jóvenes ven truncados sus sueños de terminar los
estudios o de conseguir un empleo digno; su frustración se
manifiesta, en no pocos casos, en el fenómeno de la
drogadicción y la violencia juvenil. Quizá lo más preocupante es
que muchos jóvenes –muchachos y muchachas- han perdido el sentido
de la vida y deambulan por calles y plazas sin
esperanza.
21 Como hombres de fe, estamos convencidos de que esta
dramática realidad puede ser transformada si todos y cada uno
asumimos, con lucidez y valentía, nuestras responsabilidades: las autoridades, las
Iglesias, la familia, la escuela, los dirigentes políticos, la sociedad
civil, los medios de comunicación social, etc.
22 ¿Qué se ha
hecho hasta ahora? Hemos visto algunos esfuerzos en los niveles
legislativo, ejecutivo y judicial. La valoración de los mismos es
diversa. También se han dado algunas iniciativas en sectores de
la sociedad civil y en el seno de diversas denominaciones
religiosas.
23 Ante el clamor ciudadano, el Gobierno ha puesto en
marcha distintas iniciativas para poner remedio a esta plaga. Sin
embargo, los resultados no son los que se esperaban. Incluso
las estadísticas oficiales indican que el número de homicidios va
en aumento. Las acciones contra las pandillas juveniles o maras
han estado en el centro de la estrategia de las
autoridades de seguridad pública, pero da la impresión de que
las acciones violentas han generado más violencia.
Solicitamos a nuestras autoridades
gubernamentales una política que concretice los programas de prevención, rehabilitación
e inserción social con una suficiente inversión económica y otros
recursos que aseguren la solución del problema de la violencia
que sufre el país.
24 En el seno de la sociedad
civil constatamos que desde hace algún tiempo se están realizando
investigaciones, mesas de diálogo, seminarios y toda clase de foros
para analizar, desde distintos ángulos, el complejo fenómeno de la
violencia. De esta manera se pretende encontrar las mejores soluciones
e impulsar iniciativas que hagan frente a tan grave problema.
Vemos con simpatía estos esfuerzos y los alentamos. Al mismo
tiempo pedimos que se hagan con sentido patriótico, dejando de
lado intereses personales o de grupo. En un asunto tan
delicado, debe prevalecer la búsqueda sincera del bienestar de la
nación. Ha llegado el momento de dar un paso audaz
y decidido hacia una visión integral del problema: urge ponerse
de acuerdo sobre el diagnóstico, su interpretación y las posibles
soluciones para hacer frente con lucidez y determinación a esta
epidemia social. Solamente con el concurso de todos podremos vencer
este terrible flagelo a fin de alcanzar lo que tanto
deseamos: una sociedad sin violencia.
25 Como pastores de la Iglesia
estamos dispuestos a asumir nuestras responsabilidades y a ofrecer toda
la colaboración que se requiera, según nuestras posibilidades. Ante todo,
les invitamos a elevar juntos una ferviente plegaria al Dios
de la paz para que acoja benignamente el clamor del
pueblo que lleva su nombre. Al mismo tiempo, deseamos proponer
algunas orientaciones inspiradas en la palabra de Dios y la
doctrina social de la Iglesia.
3. “No te dejes vencer por
el mal…”
26 Nuestra primera palabra viene de la revelación, a
través de San Pablo, cuando exhorta a la comunidad cristiana
de Roma : No te dejes vencer por el mal;
antes bien, vence al mal con el bien (Rom 12,
21). Lo proclamamos en voz alta porque nos estamos acostumbrando
a ver como normal e inevitable que se viole sin
compasión el primero de los derechos humanos, el derecho a
la vida. ¿Cómo podemos mirar con indiferencia o resignación que
se atropelle de esta manera la dignidad de la persona
humana, creada a imagen de Dios? Debemos tener la firme
convicción de que la violencia no es algo fatal: es
posible vencer al mal con el bien.
27 Este es el
tema que el llorado pontífice Juan Pablo II escogió para
la Jornada Mundial de la Paz del presente año. En
el Mensaje que escribió para explicar dicho tema, el Santo
Padre afirma que la paz se construye con esfuerzo:
La paz
es el resultado de una dura batalla, que se gana
cuando el bien derrota al mal… La paz es un
bien que se promueve con el bien: es un bien
para las personas, las familias, las naciones de la tierra
y para toda la humanidad; pero es un bien que
se ha de custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras
buenas (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2005, n.
1).
28 Afirma también que debemos llamar al mal por su
nombre:
El mal no es una fuerza anónima que actúa en
el mundo por mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa
por la libertad humana…. El mal tiene siempre un rostro
y un nombre: el rostro y el nombre de los
hombres y mujeres que libremente lo eligen (ibid., 2).
29 Con
realismo, el Vicario de Jesucristo reconoce que en el mundo
de hoy el mal parece llevar la delantera:
Al contemplar la
situación actual del mundo no se puede ignorar la impresionante
proliferación de múltiples manifestaciones sociales y políticas del mal: desde
el desorden social a la anarquía, desde la injusticia a
la violencia y a la supresión del otro (ibid., 3).
30
Sin embargo, con lenguaje profético, responde:
Para conseguir la paz es
preciso afirmar con lúcida convicción que la violencia es un
mal inaceptable y que nunca soluciona los problemas. La violencia
es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra
fe, la verdad de nuestra humanidad (ibid., 4).
31 Al mismo
tiempo, señala el camino a seguir:
Por tanto, es importante promover
una gran obra educativa de las conciencias, que forme a
todos en el bien, especialmente a las nuevas generaciones, abriéndoles
al horizonte del humanismo integral y solidario que la Iglesia
indica y desea (ibid.).
32 A la luz de esta inspiradora
propuesta podemos descubrir algunas de las mayores debilidades de las
medidas tomadas hasta ahora. El humanismo integral y solidario nos
ofrece un enfoque diferente del que ha predominado hasta hoy
en el combate a la violencia. Escuchemos de nuevo al
Siervo de Dios Juan Pablo II:
Para promover la paz, venciendo
el mal con el bien, hay que tener muy en
cuenta el bien común y sus consecuencias sociales y políticas.
En efecto, cuando se promueve el bien común en todas
sus dimensiones, se promueve la paz… En cierta manera, todos
están implicados en el trabajo por el bien común, en
la búsqueda constante del bien ajeno como si fuere el
propio (ibid., 5).
33 Es evidente que el Estado no puede
renunciar a sus obligaciones, puesto que es el principal responsable
del bien común de la población:
Dicha responsabilidad compete particularmente a
la autoridad política, a cada una en su nivel, porque
está llamada a crear el conjunto de condiciones sociales que
consientan y favorezcan en los hombres y mujeres el desarrollo
integral de sus personas… El bien común exige, por tanto,
respeto y promoción de la persona y de sus derechos
fundamentales (ibid.).
34 Una de las reflexiones más sugestivas del Santo
Padre se refiere al concepto de ciudadanía mundial:
Basta que un
niño sea concebido para que sea titular de derechos, merezca
atención y cuidados, y que alguien deba proveer a ello
(ibid., 6).
35 ¿Qué implica esta búsqueda del bien común? El
Papa señala uno de los objetivos de desarrollo que se
plantean en las Metas del Milenio, el desafío de la
pobreza, tema que acaba de ser debatido en la asamblea
general de las Naciones Unidas. En el año dos mil,
los gobernantes del mundo se comprometieron a reducir a la
mitad el número de pobres antes de 2015. El Papa
está de acuerdo:
La Iglesia apoya y anima este compromiso e
invita a los creyentes en Cristo a manifestar, de modo
concreto y en todos los ámbitos, un amor preferencial por
los pobres (ibid., 8).
36 Hemos recorrido algunos pasajes claves del
Mensaje del Santo Padre para invitar a toda la comunidad
salvadoreña a superar el pesimismo y el derrotismo. El humanismo
integral y solidario que propone la Iglesia, aplicado al tema
que nos ocupa, abre un horizonte de esperanza y señala
algunos de los caminos que debemos recorrer. La dignidad humana,
el respeto a la vida, la solidaridad, la subsidiaridad, la
búsqueda del bien común sobre todo de las familias más
pobres y la educación de las conciencias, son algunos de
los criterios que debemos asumir con valentía y generosidad para
poder vencer al mal con el bien (Rom 12, 21).
4.
“…Vence al mal con el bien”
37 Aplicando estas orientaciones al
drama de inseguridad en que vive la mayoría del pueblo
salvadoreño, podríamos afirmar, en forma sintética, que vencer al mal
con el bien significa, entre otras cosas:
Tomar conciencia de que
la violencia es una enfermedad de la sociedad que, en
el caso salvadoreño, se ha convertido en una verdadera epidemia.
Analizar
el grave y complejo fenómeno de las pandillas juveniles o
maras con objetividad. Este grave problema es el resultado de
muchos factores. Debe adoptarse un enfoque que de prioridad a
la prevención, a la rehabilitación e inserción social como ya
lo hemos solicitado.
Convencerse de que las armas de fuego son
un factor decisivo en el alto índice de homicidios que
padecemos. La legislación permisiva y la venta libre de estos
instrumentos de muerte deben ser objeto de profundo examen.
Poner remedio
a la crisis profunda que afecta a muchos centros penales
del país. No bastan las medidas coyunturales; urge realizar reformas
estructurales que tengan en cuenta todos los factores de la
problemática a fin de que dejen de ser escuelas del
crimen y se conviertan en lo que deben ser: centros
de rehabilitación.
Corregir las graves deficiencias del sistema judicial para que
éste recupere su credibilidad ante la población. Los funcionarios encargados
de administrar justicia deben caracterizarse tanto por su competencia profesional
como por su idoneidad, independencia judicial e imparcialidad.
Que las organizaciones
de la sociedad civil se involucren en el combate de
este flagelo, superando la actitud cómoda de echar la culpa
al Gobierno; cada uno de los sectores de la comunidad
salvadoreña debe asumir sus responsabilidades.
Que los partidos políticos asuman una
actitud seria y constructiva, contribuyendo a la elaboración de una
política de Estado que permita hacer frente a la violencia
de forma integral y sistemática.
Que el Gobierno garantice el cumplimiento
de los derechos fundamentales de los ciudadanos. No es aceptable
que se pretenda controlar la violencia pasando por alto ciertos
derechos de los ciudadanos que son inherentes a una verdadera
democracia.
Comprometernos todos en la construcción de una sociedad sin violencia,
teniendo presente la historia de El Salvador para llegar hasta
las raíces profundas de este mal que frena el desarrollo
del país porque atropella la dignidad humana.
38 Para vencer al
mal con el bien es indispensable el aporte de la
familia, de la escuela, de los medios de comunicación social,
de los cristianos y de los mismos involucrados directamente en
acciones violentas.
- La familia es el corazón de la Patria
y por eso debe recibir todo el apoyo del Estado
a fin de que pueda cumplir su insustituible misión de
ser la principal escuela de valores humanos, cívicos y espirituales.
¿Cómo puede construirse una sociedad en paz cuando tantas familias
viven en condiciones infrahumanas o sufren el drama de la
violencia, de la desintegración y de la ausencia de uno
o de ambos padres?
- La escuela tiene como tarea la
formación de los futuros ciudadanos, lo cual implica la creación
y vivencia de los valores que hacen posible una pacífica
convivencia. ¿Cómo puede construirse una sociedad en paz cuando tantos
niños y niñas no tienen acceso a una educación de
calidad y cuando tantos jóvenes carecen de oportunidades para abrirse
camino en la vida?
- Los medios de comunicación están llamados
a convertirse en poderosos instrumentos de solidaridad: La solidaridad aparece
como una consecuencia de una información verdadera y justa, y
de la libre circulación de las ideas, que favorecen el
conocimiento y el respeto del prójimo (Catecismo de la Iglesia
Católica, 2495). Las exigencias éticas de los medios de comunicación
son el servicio a la persona mediante la edificación de
una comunidad humana basada en la solidaridad, en la justicia
y en el amor y la difusión de la verdad
sobre la vida humana y su realización final en Dios.
-
Los cristianos tenemos también una gran responsabilidad puesto que anunciamos
a Jesucristo, nuestra Paz, y su mensaje de amor y
solidaridad al que debemos responder los creyentes con una actitud
de profunda conversión. Tenemos también en nuestras manos la formación
de las conciencias para que, desde un corazón reconciliado con
el Padre, con los hermanos y con la creación, los
seguidores de Jesucristo construyamos un cielo nuevo y una tierra
nueva donde habite la justicia (2 Pe 3, 13).
- Hacemos
un fraterno y apremiante llamado a los miembros de las
pandillas juveniles o maras, y a todos los que han
creido y optado por una solución violenta de sus problemas,
a deponer dicha actitud en beneficio de la paz social
esforzándose en su propia superación personal con la ayuda de
la sociedad.
5. Para vivir en paz, pongamos en el centro
a la persona humana
39 En octubre del año pasado se
publicó el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia. Allí
se desarrolla ampliamente la propuesta del humanismo integral y solidario
del que habló Su Santidad Juan Pablo II en el
Mensaje para la Jornada de la Paz de este año.
El humanismo integral y solidario consiste en promover a todos
los hombres y a todo el hombre (Populorum Progressio, 14).
Deseamos acentuar en nuestro Mensaje con una reflexión general al
respecto como una contribución al auténtico desarrollo humano que dé
como resultado una sociedad en paz en El Salvador.
40 Nos
dirigimos a todos los compatriotas, incluso a quienes no comparten
nuestra fe para dialogar sobre un tema que nos afecta
a todos y para hacer un vehemente llamado a comprometernos
en un esfuerzo común, a fin de ir construyendo juntos,
con paciencia y perseverancia, una sociedad sin violencia. Con la
ayuda del Señor y nuestro esfuerzo podemos construir una nueva
forma de convivencia como nación, donde las familias puedan partir
en paz el pan de cada día, donde los niños
sonrían felices y jueguen tranquilos, donde los jóvenes puedan mirar
sin angustia el futuro, donde reinen la justicia, la fraternidad
y la paz; en una palabra, donde sea una hermosa
realidad el desarrollo integral de cada habitante, incluso el más
humilde, de esta bendita tierra.
41 En el centro de la
reflexión de la Iglesia está la persona humana, el hombre
todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y
voluntad, como enseña el Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes,
3). De esta forma, la Iglesia que peregrina en El
Salvador desea sólo una cosa: continuar, bajo la guía del
Espíritu Santo, la obra misma de Cristo, quien vino al
mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y
no para juzgar, para servir y no para ser servido
(ibid.).
42 Desde esta perspectiva, nos preocupa profundamente la situación de
violencia que nos rodea por doquier porque afecta al hombre,
es decir, al único ser de la creación que Dios
ha amado por sí mismo. Hemos aprendido de la Revelación
que Dios ha dirigido su palabra a lo largo de
la historia; más aún, él mismo ha entrado en ella
para dialogar con la humanidad y para revelarle su plan
de salvación, de justicia y de fraternidad. En su hijo
Jesucristo Dios nos ha liberado del pecado y nos ha
indicado el camino que debemos recorrer y la meta hacia
la cual nos debemos dirigir.
43 La Iglesia camina junto a
la humanidad por los senderos de la historia. Vive en
el mundo y, sin ser del mundo (cf. Jn 17,
14-16), está llamada a servirlo siguiendo su propia e íntima
vocación. Por eso deseamos acercarnos a la familia salvadoreña con
una actitud de solidaridad, de respeto y de amor. Y
en ese diálogo fraterno, poner a disposición del género humano
el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu
Santo, ha recibido de su Fundado r (GS, 3). Porque,
como enseña el Vaticano II, es la persona del hombre
la que hay que salvar . Es la sociedad humana
la que hay que renovar (ibid.).
44 De esta visión de
fe brota la propuesta de la Iglesia: un humanismo integral
y solidario que pueda animar un nuevo orden social, económico
y político, fundado sobre la dignidad y la libertad de
toda persona humana; un nuevo orden que se realiza en
la paz, la justicia y la solidaridad. Este humanismo será
posible si cada hombre y mujer y los diversos grupos
humanos saben cultivar en sí mismos las virtudes morales y
sociales y difundirlas en la sociedad, de forma que se
conviertan en hombres nuevos y en creadores de una nueva
humanidad con el auxilio necesario de la gracia divina (GS,
30).
45 ¿Qué debemos hacer para dejar atrás tanto dolor y
lágrimas, construyendo juntos este humanismo integral y solidario? Estas son
algunas de las tareas prioritarias:
Tener en cuenta el contexto que
domina el mundo en este inicio de milenio: la globalización.
Si queremos comprender a fondo el fenómeno de la violencia
no podemos prescindir del contexto socioeconómico en que vivimos en
este mundo cada vez más globalizado. El Papa Juan Pablo
II afirmó que la globalización, en sí misma, no es
buena ni mala, sino que depende del uso que el
hombre hace de ella (cf. Discurso a la Pontificia Academia
de las Ciencias Sociales, 27.04.01). Pero él mismo subrayó que
tal como se va configurando, es necesario humanizarla, globalizando la
solidaridad.
46 Para humanizar la globalización hay que tener presente la
pobreza inmerecida en que viven tantos salvadoreños y salvadoreñas: esta
dolorosa realidad es una forma de violencia porque contradice el
plan de Dios; él quiere para cada uno de sus
hijos y de sus hijas, una vida digna, un auténtico
desarrollo humano. Por tanto, para construir una sociedad sin violencia,
hay que dar prioridad a la cuestión del trabajo humano.
Cuando, como es el caso en nuestro país, se dan
situaciones de trato injusto, de trabajo mal pagado y sobre
todo de desempleo creciente, estamos ante otra forma de violencia.
Según la doctrina social de la Iglesia, el trabajo humano
no es simplemente un medio para obtener un salario sino
que procede directamente de personas creadas a imagen de Dios
y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la
obra de la creación dominando la tierra (Catecismo de la
Iglesia Católica, 2427). Urge valorar el trabajo humano como actividad
libre y creativa del hombre.
47 Pero la globalización no sólo
tiene consecuencias en el campo económico, sino que afecta también
el mundo de la cultura y de los valores (cf.
Ecclesia in America, 20). La riqueza de nuestra cultura y
de los valores que la caracterizan, está sufriendo el embate
de otra escala de valores que va destruyendo nuestra identidad.
Basta examinar los contenidos de programas que llegan a nuestros
hogares a través de algunos medios de comunicación social para
darse cuenta de ello. Es urgente fortalecer el alma salvadoreña,
tan profundamente marcada por la fe cristiana y por el
amor a la familia. Si tenemos plena conciencia de nuestra
identidad, seremos un pueblo fuerte, capaz de construir un futuro
de convivencia pacífica basado en los valores humanos, cívicos y
religiosos que constituyen el núcleo más profundo de nuestra nacionalidad.
48
También la política, al igual que la economía y la
cultura, tienen un papel importante que jugar en la construcción
de una sociedad sin violencia. Para ello debe ser capaz
de dirigir los procesos en curso a la luz de
parámetros no sólo económicos, sino también morales. El objetivo de
fondo será guiar estos procesos asegurando el respeto de la
dignidad del hombre y el desarrollo completo de su personalidad,
en el horizonte del bien común. El desarrollo económico, en
efecto, sólo puede ser duradero si se realiza en un
marco claro y definido de normas y en un amplio
proyecto de crecimiento moral, cívico y cultural de toda la
comunidad salvadoreña.
6. “La paz sea con ustedes”
49 Hemos entrado
al tercer milenio con la pesadilla del terrorismo y de
la guerra. La violencia y el crimen se han globalizado.
El mundo se ha vuelto cada vez más inhumano e
inseguro. La violencia homicida arrebata cada día vidas preciosas de
salvadoreñas y salvadoreños; porque toda vida es preciosa y sagrada,
incluso la de los peores criminales. ¿Cómo escapar de este
callejón que aparentemente no tiene salida? Señalamos a continuación algunos
caminos.
50 Es preciso globalizar la solidaridad , dijo Juan Pablo
II durante el jubileo de los trabajadores. Según el recordado
Pontífice, los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo
del trabajo se han de afrontar restableciendo la justa jerarquía
de valores y colocando en primer lugar la dignidad de
la persona que trabaja: Las nuevas realidades, que se manifiestan
con fuerza en el proceso productivo, como la globalización de
las finanzas, de la economía, del comercio y del trabajo,
jamás deben violar la dignidad y la centralidad de la
persona humana, ni la libertad y la democracia de los
pueblos (Discurso 1 de mayo 2000). Son palabras sabias que
deben guiar las políticas del Gobierno después de la firma
del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Citamos
nuevamente a Juan Pablo II: El desafío consiste en asegurar
una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a
nadie al margen (Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 1998, 3).
51 Una solidaridad adecuada a la era de
la globalización exige asimismo la defensa de los derechos humanos.
Somos testigos del incremento de una preocupante divergencia entre una
serie de nuevos ‘derechos´ promovidos en las sociedades tecnológicamente avanzadas
y derechos humanos fundamentales que todavía no son respetados en
situaciones de subdesarrollo: pienso, por ejemplo, en el derecho a
la alimentación, al agua potable, a la vivienda, a la
autodeterminación y a la independencia (Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2003, 5). Aplicada a
nuestra realidad podemos decir que el combate a la violencia
implica el esfuerzo generoso de ofrecer una vida digna a
todos los salvadoreños.
52 Nuestra palabra conclusiva se dirige a todos
los que creen en las palabras de Jesús, nuestro Divino
Salvador: No tengan miedo, yo he vencido al mundo (Jn
16, 33). Acabamos de concluir el año dedicado a la
Eucaristía, en el que hemos contemplado asombrados y agradecidos cómo
el Señor cumplió su promesa: Yo estaré con ustedes todos
los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).
Ante el terrible drama de la violencia, los cristianos confesamos
con humilde confianza, que sólo Dios da al hombre y
a los pueblos la posibilidad de superar el mal para
alcanzar el bien. Lo comprobamos en los duros años de
la guerra cuando parecía que la paz era imposible. Lo
comprobaremos de nuevo si realmente creemos en su palabra y
si hacemos lo que nos corresponde. El resultado será una
sociedad sin violencia.
Retomando el Mensaje para la Jornada de la
Paz, nos unimos a la voz del Siervo de Dios
Juan Pablo II cuando afirma: Si es cierto que existe
y actúa en el mundo el ‘misterio de la impiedad´
(2 Tes 2, 7), no se debe olvidar que el
hombre redimido tiene energías suficientes para afrontarlo. Creado a imagen
de Dios y redimido por Cristo que ‘se ha unido,
en cierto modo, con todo hombre´ (GS, 22), éste puede
cooperar activamente a que triunfe el bien (n. 11).
Pero en
esta lucha contra el mal de la violencia sólo tendremos
los resultados esperados si combatimos con las armas del amor:
Cuando el amor vence al mal, reina el amor y
donde reina el amor reina la paz (Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada de la Paz 2005, 12). Este
es el desafío que debemos aceptar los cristianos, mostrando con
nuestra vida que el amor es la única fuerza capaz
de transformar la situación presente en una realidad donde reinen
el bien y la paz. Jesús Eucaristía es la fuente
de toda comunión: comunión con Cristo y comunión entre nosotros.
Gracias a la vida nueva que él nos ha dado,
podemos reconocernos como hermanos, por encima de cualquier diferencia… En
una palabra, por la participación en el mismo Pan y
en el mismo Cáliz, podemos sentirnos ‘familia de Dios´ y
al mismo tiempo contribuir de manera concreta y eficaz a
la edificación de un mundo fundado en los valores de
la justicia, la libertad y la paz (ibid.).
Que el Señor
nos conceda experimentar, por intercesión de la Reina de la
Paz, Patrona de El Salvador, la paz llena de esperanza
que los discípulos de Emaús, con el corazón encendido, recibieron
del Señor resucitado. Su saludo pascual, en el día en
que resucitó de entre los muertos, resuena una vez más
en nuestros corazones: La paz sea con ustedes.
Con nuestra bendición
San
Salvador, 21 de noviembre de 2005
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