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| 44 millones de personas: una sola familia» |
MADRID, sábado, 13 enero 2007 (ZENIT.org).-
* * * 1. LA
REALIDAD DE LA FAMILIA EMIGRANTE A nadie se le oculta
que el fenómeno migratorio está siendo uno de los más
significativos del siglo casi recién estrenado. Como un signo de
nuestro tiempo, lo calificaba el Santo Padre Benedicto XVI en
su Mensaje de la Jornada Mundial de las Migraciones el
pasado año.
Dentro del fenómeno general de las migraciones, reviste
la familia emigrante una especial importancia por el determinante papel
que la misma ocupa en la vida de las personas,
en la sociedad y en la Iglesia. En la emigración,
la familia sufre por las especiales dificultades que vive, como
separación, desarraigo, barreras de todo tipo para la reagrupación, aprendizaje
del nuevo idioma, inculturación, adaptación al nuevo ambiente, integración en
la comunidad de fe… estas y otras dificultades tiene que
superar la familia cuando se ve, toda ella o alguno
de sus miembros, sometida a abandonar su país e instalarse
en un país extranjero
El Beato Juan XXIII calificó la
separación de las familias por motivos de trabajo como una
«dolorosa anomalía» poniendo de relieve que cada cual tiene la
obligación de tomar conciencia de ella y de hacer todo
lo que está en su poder para eliminarla[1]. En este
contexto hay que situar la realidad de los emigrantes que
abandonan su país de origen en búsqueda de un futuro
mejor, de mejores condiciones de vida para ellos mismos y
sus familias.
2. SENTIDO DE LA JORNADA La Jornada Mundial
Anual de las Migraciones supone para todos una llamada de
atención sobre este fenómeno social de palpitante actualidad, que se
está convirtiendo, en palabras del Papa Benedicto XVI, en su
Mensaje para esta Jornada, en un «fenómeno estructural de nuestra
sociedad».
Es obvio que no podemos conformarnos con celebrar una
Jornada al año sobre una realidad que afecta a tantas
personas y que está dando una nueva configuración a nuestra
sociedad y a nuestra Iglesia. La Jornada ha de significar,
más bien, un momento más intenso, una oportunidad más favorable
para conocer más de cerca la realidad, para dejarnos interpelar
por ella a la luz de la palabra de Dios,
un nuevo punto de partida y una nueva motivación para
nuestro compromiso como ciudadanos y como creyentes para todo el
año.
Al escoger como tema para la Jornada de 2007
«la familia emigrante», el Santo Padre pretende invitar a toda
la Iglesia a «acentuar su compromiso no sólo a favor
del individuo emigrante, sino también de su familia, lugar y
recurso de la cultura de la vida y principio de
integración de valores» (Cf. Mensaje, 2007).
Por nuestra parte, los
Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia
Episcopal Española nos unimos al Santo Padre, cuando aún resuena
el eco de sus mensajes con motivo del V Encuentro
Internacional de las Familias en Valencia, e invitamos a todos
los católicos en España, especialmente a las familias, y a
cuantas personas de buena voluntad quieran escucharnos a adoptar una
actitud de cordial acogida y de relaciones fraternas con las
familias inmigrantes. Procedentes de los más variados entornos – geográficos,
históricos, culturales, religiosos… - poseen nuestra misma dignidad y han
de poder disfrutar de los mismos derechos y ser sujetos
de los mismos deberes que nosotros y nuestras familias.
3.
NUESTRA TAREA La preocupación de la Iglesia por el emigrante
y su familia ha sido una constante a través de
los tiempos, sobre todo desde que León XIII en su
Encíclica Rerum Novarum (1891) hablara del derecho de la familia
migrante a un espacio vital. Esta Doctrina se ha ido
desarrollando y enriqueciendo posteriormente hasta nuestros días en el Magisterio
de la Iglesia por medio de importantes documentos de los
Papas y del Concilio Vaticano II, así como de los
obispos a través de las Comisiones Episcopales o en sus
respectivas diócesis.
Los inmigrantes católicos han de sentirse desde el
primer momento en la Iglesia del país de acogida, en
sus instituciones y organizaciones, como en su propia casa, en
su familia, con los mismos derechos y obligaciones que los
autóctonos y sus familias. El ideal es que lleguen a
convertirse en sujetos activos, en la pastoral y la vida
de la Iglesia local, plenamente integrados, conservando su carácter específico.
Hacemos una especial invitación a las parroquias para que acojan
con gozo a las familias inmigrantes, faciliten su progresiva integración
en la vida parroquial y en sus estructuras organizativas, fomenten
el conocimiento mutuo y la convivencia con las familias locales
en orden a constituir una sola familia: la familia de
los hijos e hijas de Dios.
Nuestra llamada se dirige
también a la Escuela Católica para que sea abanderada en
la noble y hermosa tarea educadora de la población escolar
inmigrante. La Escuela es un marco privilegiado para el conocimiento
y la verdadera integración de niños y jóvenes de diversa
procedencia y, a través de ellos y de la propia
escuela, de las familias de los inmigrantes.
Tanto la Parroquia
como la Escuela Católica y las restantes instituciones eclesiales, comunidades
cristianas, movimientos, asociaciones, etc. deben colaborar activamente en hacer realidad
lo que afirma S. Pablo en Efesios 2,19: «Ya no
sois extranjeros, sino que ahora compartís con el pueblo santo
los mismos derechos, y sois miembros de la familia de
Dios».
Todo lo anteriormente dicho en relación con las familias
inmigrantes que son católicas, es aplicable, con los obligados matices,
a las actitudes y comportamientos de las comunidades, instituciones, organizaciones
y servicios de la Iglesia Católica con las familias cristianas
de la tradición ortodoxa, protestante o anglicana. Somos hermanos en
la fe, y ello ha de transparentarse en nuestros comportamientos
fraternos.
También los demás inmigrantes no cristianos – creyentes de
otras religiones o no creyentes - y sus familias son
destinatarios de la misión evangelizadora y de los servicios de
la Iglesia y de los cristianos. Todos han de ser
objeto de la preocupación de la Iglesia y de sus
desvelos de madre. A ellos han de ir destinados también
los servicios de la Iglesia en el aspecto sociocaritativo, los
de acogida y acompañamiento, o en el defensa de sus
derechos. La Iglesia y todos sus miembros somos un importante
factor en la tarea de la integración armónica de los
inmigrantes y de sus familias en la para ellos nueva
sociedad y, dado el caso, en el seno de la
comunidad cristiana de su nuevo país.
Hacemos un llamamiento a
los responsables de las administraciones públicas y a cuantas personas
tienen asignada una tarea en relación con los inmigrantes y
sus familias para que establezcan normas justas y medidas adecuadas,
que defiendan y tutelen la dignidad y los derechos de
los inmigrantes y de sus familias. Invitamos a todos los
miembros de nuestra sociedad a ver a los inmigrantes y
a sus familias no como una carga o un peligro,
sino como una riqueza para nuestra sociedad y a acogerlos
cordialmente, a servirlos como hermanos y a facilitarles su pacífica
y enriquecedora integración. «Si no se garantiza a la familia
inmigrada una real posibilidad de inserción y participación – nos
dice el Papa en su Mensaje -, es difícil prever
su desarrollo armónico». Reconocemos el valioso servicio de tantas personas
que, en las administraciones públicas, en las instituciones y organizaciones
públicas y privadas, de la sociedad y de la Iglesia,
en el voluntariado o individualmente, a los inmigrantes y a
sus familias, tanto en la acogida y acompañamiento, como en
el proceso de integración, y otros servicios. Les animamos a
continuar en su trabajo y a no desfallecer ante las
dificultades. Con el Papa animamos también a los Gobiernos de
las naciones a la «ratificación de los instrumentos legales internacionales
propuestos para defender los derechos de los emigrantes, de los
refugiados y de sus familias». (Cf. Mensaje papal, 2007)
4.
ALGUNOS SIGNOS DEL FENÓMENO DE LAS MIGRACIONES EN EL MOMENTO
ACTUAL El Papa, en su Mensaje para la Jornada de
las Migraciones de 2007, destaca algunos aspectos, especialmente preocupantes en
este momento, del fenómeno de las migraciones tales como la
imperfecta o nula integración de la primera generación, que repercute
en una deficiente integración de los jóvenes de la segunda
generación; la emigración femenina y de niños, más expuestos al
tráfico de seres humanos y a la prostitución; el empeoramiento
de las condiciones para la integración y la reagrupación familiar
de los refugiados, o las dificultades de los estudiantes extranjeros,
especialmente de los casados. Para todos pide el Papa atención
y medidas especiales de parte de la Iglesia, que les
ayuden a recuperar su dignidad, a salir de las situaciones
perjudiciales o de riesgo, a defender sus derechos y a
vivir una vida personal y familiar digna.
En España seguimos
viviendo la situación de numerosas personas que llegan a nuestro
país sin los requisitos legales que les garanticen un trabajo
y una vivienda dignas y un futuro con esperanza; a
veces corren en el camino un riesgo grave, al que
algunos sucumben. Con frecuencia son víctimas de desaprensivos que los
explotan antes de salir de sus respectivos países, en el
camino o en la llegada al nuestro.
Es de alabar
la actitud y la respuesta que muchas comunidades eclesiales y
otras instituciones, organizaciones y personas, individualmente o en grupo, están
dando en todo momento en la medida de sus posibilidades.
Felicitamos y alentamos a las delegaciones diocesanas de migraciones, a
las Caritas, a las parroquias, a los servicios de la
Vida Consagrada… por la labor de acogida, acompañamiento, orientación y
por otras respuestas concretas.
Animamos a las comunidades cristianas y
demás organizaciones de la Iglesia y a todos los cristianos
a que asuman compromisos concretos durante este año a favor
de la persona y de la familia católica inmigrante, con
el firme propósito de ayudarles a que se conviertan en
miembros activos de su nueva familia en nuestra Iglesia.
A
nuestros hermanos inmigrantes y a sus familias agradecemos su valiosa
aportación a nuestra sociedad, a nuestra Iglesia y a tantas
personas como atienden en su enfermedad, en su ancianidad o
en sus necesidades, colaborando, incluso en la educación de la
familia con la que trabajan. Les animamos a que cuanto
antes se sientan entre nosotros como en su propia casa,
en su familia, para que, con la ayuda del Señor
y en el respeto mutuo, construyamos entre todos una sociedad
más justa, solidaria y pacífica y mostremos al mundo una
comunidad cristiana de hijos de Dios y de hermanos, unidos
por encima de toda diferencia de origen, cultura, raza, religión
o nación.
Para terminar, hacemos nuestra la recomendación del Papa
Benedicto XVI, en su mensaje para esta Jornada, dirigidas a
cuantos trabajan con emigrantes e itinerantes: «La palabra de Pablo
«La caridad de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14)
los anime a entregarse, con preferencia, a los hermanos y
hermanas más necesitados».
14 de Enero de 2007 Los Obispos
de la Comisión Episcopal de Migraciones ________________________________________ [1] Mensaje Radiofónico
con motivo del Año Mundial de los Refugiados, 28 de
Junio de 1959, AAS, LI (1959), p. 482.
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