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Pascual, Fernando, L.C. | categoría
Reflexiones espirituales | tema
Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net
El don de la fe
Dios ofrece a todos mil pequeñas luces para recibir el don de la fe.
 
El don de la fe
El don de la fe
Hemos escuchado más de una vez frases como las siguientes: “No tengo fe. Reconozco que es hermoso creer, incluso a veces siento algo de envidia cuando veo que otros creen. Pero a mí Dios no me ha dado ese don”.

No es el caso de indagar cuál haya sido la trayectoria de un corazón que ha llegado a concluir que Dios “no le ha dado” el don de la fe. La historia de cada ser humano es muy particular; las convicciones se van construyendo sobre experiencias, reflexiones, lecturas, momentos buenos y malos. Al final quedan “fijadas” ciertas ideas fundamentales que resultan difícilmente modificables.

Son difícilmente modificables, sí, pero podrían cambiar. Como la frase de quien dice: “Dios no me ha dado el don de la fe”. El punto es: ¿cómo ayudar a una persona que dice no tener este don para que pueda recibirlo algún día?

Podríamos recordar, inicialmente, lo que es un don. La palabra “don” indica algo que se recibe así, sin más, como regalo, como señal de alguien que nos ama y nos quiere alegrar con un objeto concreto o con un gesto profundo de cariño.

La fe también es un don, un don que Dios da a quienes creen no porque los creyentes tengan méritos o sean mejores que los demás, sino porque han descubierto y acogido ese don simplemente como lo que es, algo inmerecido.

Entonces, ¿cualquiera puede creer? ¿También una mala persona, un criminal, un borracho, un egoísta, un explotador, un insincero, un cobarde, un mentiroso? Pues, en principio, sí. Todos, ante el don de Dios, se encuentran en la primera línea para dar el paso de la fe. Y a todos Dios les ofrece mil pequeñas luces para iniciar a dar ese paso, para recibir un don que no es sólo para unos pocos privilegiados, sino para todos.

¿Cuáles son esas pequeñas luces? Para miles de personas, la familia: los padres o abuelos, los hermanos o tíos, los primos u otros familiares. Muchos hemos encontrado en casa un testimonio fresco, alegre, entusiasta, luminoso de la fe. Desde ese testimonio, con esa ayuda, recibimos el don. Luego, cada uno es libre de acogerlo o no, pero ¡cuánto tenemos que agradecer a Dios el haber sido ayudados en la fe por nuestros padres y familiares!

Para otros, la “pequeña luz” habrá sido algún sacerdote, religioso o religiosa, catequista, educador. Miles de niños, adolescentes, jóvenes y adultos han conocido el don de Dios gracias a tantas y tantas personas dedicadas de por vida a susurrar, decir, explicar, el don tan maravilloso que Dios nos ha dado con la venida de Cristo.

Estas personas, transmisoras alegres del don, nos permiten descubrir la gran verdad: ¡es posible creer porque Dios mismo quiso venir a nuestro encuentro! ¡Es posible creer porque el mismo universo, la tierra, las plantas, los animales, los hombres y mujeres con los que vivimos, nos muestran la belleza de un Dios Padre que nos creó y nos cuida por amor!

Para otros, la “pequeña luz” fue un amigo, un compañero de trabajo, una persona encontrada en un viaje, en una sala de espera, en un consultorio médico, en un museo. Tal vez hubo un tropezón, o una curiosidad, o una petición de ayuda, e inició esa aventura que es poder dialogar sobre temas realmente importantes.

La oscuridad del corazón, las dudas, una mala experiencia del pasado, empiezan a ser iluminadas, con la ayuda de un creyente que ofrece inicios de respuestas, que invita a coger un Evangelio o a entrar en una iglesia para estar allí, simplemente, en ese ambiente de silencio y olor a cera, entre algunas personas mayores que rezan o en la soledad extraña de tantos templos casi abandonados pero vivos porque en ellos sigue presente Jesús sacramentado.

Para otros, la ayuda llegó a través de un libro, una fotocopia, una página de internet, un e-mail inesperado de esos que corren de lista en lista entre amigos y conocidos. Lo que al inicio era una lectura de curiosidad empezó a encender algo allá dentro, en la conciencia. Como si despertase un niño de ilusiones que anhelaba dar el paso de la fe; como si de repente el mundo empezase a vestirse de sentido porque descubríamos que hay un Dios que es Creador y Padre bueno, Redentor y Salvador en su Hijo Jesucristo, vivo y presente en la Iglesia católica con sus 2000 años de historia apasionante.

El don se ofrece, se desparrama, de mil modos. Es cierto que hay corazones que no pueden (o no quieren) abrir los ojos ni siquiera ante un torrente de luz, ni ante las palabras de un santo, ni ante la alegría de un creyente sincero que no deja de tender la mano. Pero también es cierto que muchos corazones que repetían, una y otra vez, que Dios no les daba a ellos el don de la fe, un día vieron. Cayeron las escamas de sus ojos, y entonces, llenos de asombro y de alegría, descubrieron un modo totalmente distinto de verlo todo.

Cada uno de los bautizados podemos convertirnos en ayuda, en instrumento, en luz para que otros descubran el don de la fe. Deberíamos sentirnos interpelados por lo que dice el Concilio Vaticano II cuando dedica un capítulo de la “Gaudium et Spes” a explicar el origen del ateísmo:

“En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (“Gaudium et Spes”, n. 19).

Por lo mismo, valen para todos los cristianos las líneas que, en ese mismo documento del Concilio, nos invitan a ayudar a los no creyentes a dar el paso maravilloso de la fe:

“El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo.

Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado.

Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad” (“Gaudium et Spes”, n. 21).

Enseñar y testimoniar, especialmente con la caridad. Dos caminos maravillosos que están al alcance de todos los bautizados. Dos caminos que encenderán hogueras de esperanza, que mostrarán cómo el don es asequible a todos, sin distinciones de razas, edades, psicologías, clases sociales. Dos modos que no son sino reflejo de un Amor que se hizo Hombre y que nos reveló, con su entrega en la Cruz y su Resurrección, que el Padre se preocupa y quiere la paz y la alegría de todos y de cada uno de sus hijos muy amados.

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