Aquel día había sido más intenso de lo normal. Tuvieron que intervenir en varios pleitos desatados en el mercado y en dos o tres amagos de manifestación de protesta contra el Imperio.
Ana sentía en su corazón hacia María y José algo especial que no había sentido nunca antes hacia ninguno de los muchos peregrinos a los que había ayudado (y eran muchos).
Mientras, charlaban despreocupadas compartiendo sus aventuras... Cuando Marta hablaba, lo hacía con tal gracia y soltura que tenía a las demás encantadas.
Tras una inquietante búsqueda, se dio cuenta de que había algo en él que seguía siendo suyo y que nadie podía tocar ni quitárselo: su alma, su espíritu. Allí sólo entraba él y también Dios.
A Luis cada vez le inquieta más no poder pasar ni una tarde tranquila con sus amigos sin que la droga y otras cosas que a él ya no le dicen nada, hagan acto de presencia.
Dos siluetas femeninas se vislumbran al final de una calle en penumbra. Las dos jóvenes intercambian algunas palabras, esperando la llegada de algún cliente.
Por aquellos días el bueno de Josafat tenía la posada a reventar por la afluencia de peregrinos que llegaban a Belén con motivo del bendito censo de Augusto...