Autor: P. Juan Pablo Esquivel Homilía del Domingo III de Adviento (ciclo "B")
En este III Dom. de Adviento la liturgia hace referencia a un ingrediente esencial del tiempo litúrgico que vivimos, y fundamental en la vida del cristiano: la alegría.
Homilía del Domingo III de Adviento (ciclo "B")
DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO
La alegría de la Adviento
En este III
Dom. de Adviento la liturgia hace referencia a un ingrediente
esencial del tiempo litúrgico que vivimos, y fundamental en la
vida del cristiano: la alegría.
IIª lectura (San Pablo): "Estén
siempre alegres..." No se trata de cualquier alegría, sino de
la alegría profunda de la Salvación: la que viene de
Dios... la de la Virgen María: "Desbordo de gozo en
el Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador"
(encontramos expresiones similares en la Iª, lect. y en el
S.R.).
+ La alegría es característica esencial de toda fiesta.
Y nuestra vocación eterna es a la fiesta de Dios
con los hombres (el Cielo). Nuestra mayor alegría siempre será
experimentar la cercanía de Dios. Una persona es más feliz
cuanto más cerca está de Dios. Y, por el contrario,
las tristezas más profundas muchas veces tienen que ver con
el estar lejos de Dios, que es la fuente de
nuestra felicidad
Los designios definitivos de Dios sobre nosotros siempre
son de alegría, de gozo. Los misterios dolorosos los hemos
provocado nosotros, no Él. Esta alegría porque Dios está cerca
es la que anuncia el ángel a María: "¡Alégrate!... ";
la que hace saltar al Bautista, y llena el
corazón de su madre Santa Isabel; la que el ángel
anuncia a los pastores; la que hace que los niños
se sientan atraídos hacia Jesús (ellos se sienten espontáneamente atraídos
por las personas alegres); la que hace alegrarse al pueblo
viendo las maravillas que hacía Jesús; la alegría de los
apóstoles frente al Resucitado, alegría que nada pudo quitarles...
+ La
alegría es, en cierto modo, un termómetro de nuestra vida
espiritual... La alegría es tener a Jesús... y la tristeza
es perderlo. Si estamos tristes, preguntémonos cómo andamos con Cristo,
y si nuestros corazones no están acaso tibios y faltos
de generosidad para con Él. + La Alegría del cristiano es
totalmente distinta de las alegrías superficiales y mundanas, que no
llenan el corazón, e incluso tantas veces lo dejan más
vacío que antes. Cuando se busca la felicidad fuera del
camino que lleva a Dios, al final sólo se halla
infelicidad y tristeza. Fuera de Dios (o al margen de
Él) no hay, no puede haber nunca alegría verdadera. Sin
Dios estamos vacíos por dentro: es cuando nos da miedo,
nos molesta y no aguantamos estar un rato "solos": escapamos
de nosotros mismos, nos volcamos hacia cosas puramente exteriores, distraemos
nuestra propia atención... Salimos, cuando todavía es temprano, buscando cosas
o pasatiempos que nos pongan alegres... y volvemos, cuando ya
es tarde, sintiendo que los gustos del mundo nos dejan
vacíos de calma, de paz interior, de verdadera alegría.
La
única alegría posible es la del corazón que encuentra a
Cristo, y lo vuelve a encontrar cada día, de un
modo profundo y siempre nuevo. El cristiano lleva esta alegría
en sí mismo, porque encuentra a Dios en su alma
en gracia. Su corazón es así un torrente de alegría,
que salta hasta la Vida eterna.
Nuestra generación posee una
particular sensibilidad para los valores estéticos, y particularmente por la
belleza física: regímenes, dietas, cirugías, tratamientos, gimnasio... Pero ¿qué pasa
con la belleza interior? ¿Quién puede describirla? Cuando estamos en
amistad con Dios, en gracia (con una buena confesión, por
ej.), cuando comulgamos, rezamos, y tenemos el Amor como norma
de conducta, entonces Dios mismo es en nosotros fuente de
alegría, de vida y de amor: es el hombre en
paz consigo mismo, en relación fraternal con los demás y
en armonía con todo el universo. ¿No es ésta la
alegría de la Virgen María, llena de alegría con Dios,
haciéndose hombre en su seno?
El Adviento es precisamente el tiempo para
llenarnos de esta alegría.
+ Esta alegría es compatible con el
dolor, la enfermedad, los fracasos, las contradicciones... "Yo les daré
una alegría que nadie les podrá quitar" (Jn. 16,22). No
es un "seguro de vida". No nos garantiza que "nada
nos pasará". Pero sí nos asegura que en todo lo
que nos toque vivir, Dios mismo, desde nuestro corazón, será
nuestra fuerza, nuestro apoyo, nuestro consuelo, nuestra alegría...
No podemos
esperar épocas sin contrariedades ni sufrimientos para ser felices. Nuestra
alegría interior, nuestra vida interior, tiene que aprovechar estas situaciones
para crecer en las virtudes, madurar... ser cada día un
poco más dignos de nuestra vocación celestial [una vez más,
miremos a Cristo... a María... a los santos...].
Y la verdadera
alegría tiene un dinamismo especial: se hace más fuerte y
profunda cuando se comparte con los demás... Mientras preparamos interiormente esta
Navidad, pensemos por un momento: ¿qué cuota de alegría podemos
llevar para compartir con los excluídos, marginados, pobres, abandonados...?
* Al
celebrar, no podemos ni debemos dejar de lado la realidad
de que celebramos entre los conflictos del mundo y las
contradicciones de nuestra fe, ya que olvidarlo podría convertir en
superficial e hipócrita nuestra celebración...
¿qué acciones celebrativas podemos poner por
obra que manifiesten la contracara de los antitestimonios y escándalos,
errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes de los hijos de la
Iglesia? ¿cómo manifestar, celebrando, que nos hemos arrepentido de los
pecados contra la unidad, de los pecados de intolerancia y
de violencia, de la falta de discernimiento ante la violación
de los derechos humanos, de la injusticia y de la
marginación social? ¿cómo finalmente celebrar sin olvidar la sangre de
los mártires silenciosos que ya ha comenzado a fabricar este
nuevo milenio?
+ El Evangelio hoy nos presenta a Juan Bautista,
"testigo" de Cristo (saltó de alegría ya antes de nacer).
Y el testigo habla no de “opiniones” o “ideas”, sino
de lo que ha visto y oído... El mundo necesita
hoy nuevos testigos de esta alegría de Salvación que viene
de Dios, y para la que nos estamos preparando en
este tiempo.
La Tristeza es hermana del pecado... pero la
Alegría es hija de la Salvación
(lejanía de Dios) #
(Dios está cerca)
+ Como Juan Bautista, demos testimonio de
Cristo; para que en esta Navidad la auténtica alegría cristiana
(la del Emanuel, Dios con nosotros) renueve nuestros corazones y
los de todos los hombres. Amén
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