Autor: Michel Schooyans | Fuente: Creación y Procreación a la luz de Evangelium vitae Radicalización de las ideologías hostiles a la vida
Analiza el maltusianismo obstinado, el materialismo, el humanismo ateo,y el cientificismo,
Maltusianismo obstinado
Mientras que la fecundidad baja en todas partes del
mundo, la ideología maltusiana continúa a ser divulgada y celebrada
en el plano internacional. La tesis central de esta ideología
es bien conocida: según ella, la población crece según una
progresión geométrica, mientras que la producción alimentaria crece según una
progresión aritmética. Para hacerlo más científico se utiliza una expresión
alarmante: el crecimiento de la población sería «exponencial». Ya contestado
en vida de Malthus (1766-1834), rechazado regularmente por los especialistas,
desmentido por los hechos, esta ideología es la fuente prebenda
de los tecnócratas internacionales que vaticinan una «explosión demográfica» mundial.
Este aviso de temporal conviene mucho a ciertos funcionarios de
agencias de la ONU, tales como el Fondo de las
Naciones Unidas para la Población (FNUAP) o la Organización Mundial
de la Salud (OMS), o también las Organizaciones no Gubernamentales
(ONG), tales como la International Planned Parenthood Federation (IPPF). No
obstante, como la ideología maltusiana está perdiendo credibilidad, hacía falta
preconizar otras «justificaciones» en vista a yugular el crecimiento de
las poblaciones mundiales.
Hacia nuevas «justificaciones»
Sin que se pueda
hablar de una verdadera novedad, lo que más impresiona, desde
la publicación de Evangelium vitae a nuestros días, es que
los programas hostiles a la vida y a la familia
proceden de tres corrientes ideológicas (EV 8) que terminan por
confundirse: corrientes materialista, atea y cientista.
La primera corriente es materialista:
sólo la materia es real y es solo en la
materia que deben ser buscadas todas las respuestas a las
preguntas que el hombre se hace. Entre los autores a
los cuales se relaciona esta corriente figura La Mettrie (1709-1751)
: «El cuerpo humano es una máquina que ella misma
monta sus resortes: imagen viviente del movimiento perpetuo.» (p. 25).
«De los animales al hombre, la transición no es violenta.»
(p. 35). «El cuerpo del hombre solo es un reloj»
(pp. 68, 73, etc.). «El Hombre es una Máquina, y
en todo el Universo hay una sola sustancia diversamente modificada.»
(p. 82).
Este materialismo es afirmado más sistemáticamente y con más
vigor por Darwin (1809-1882). El hombre es el producto de
una evolución puramente material, y esta evolución está marcada por
la lucha por la vida y la selección de los
más fuertes. Primo de Darwin, Galton (1822-1911) precisa que hay
que ayudar a la naturaleza a operar esta selección y
precisa el papel de los médicos en esta selección artificial.
Estos
temas florecen hoy en día en los medios impregnados de
filosofía materialista. En estos medios, el hombre es percibido como
una máquina súper sofisticada, que puede ser desconstruida con vistas
a, por ejemplo, un proyecto de transplante por canibalización, o
construida por manipulación de células madre embrionarias. La eliminación
de los molestos de todo orden y de todas las
edades es considerada como una oportuna cooperación del hombre al
trabajo selectivo de la naturaleza. Sólo queda, pues, una moral
residual: una moral natural, en este sentido que el hombre
debe cooperar con la naturaleza, y no dudar en ser
despiadado, como ella misma lo es. Los escritos del New
Age y la Carta de la Tierra están entre los
documentos más reveladores de la actualidad de estas ideas.
Del humanismo
deísta al humanismo ateo
La segunda corriente que se reafirmó fuertemente
desde 1995, es el humanismo ateo. En sus formas hoy
más vivaces, esta corriente encuentra su origen en el deísmo
y en el Iluminismo de los tiempos modernos. No se
niega la existencia de un ser supremo, pero él no
puede ser conocido por la Revelación. Estos deístas son igualmente
racionalistas: Dios sólo puede ser conocido por la razón. Según
este deísmo y este racionalismo, los derechos del hombre están
arraigados únicamente en la naturaleza humana, sin referencia a Dios.
La idea de una participación personal del hombre a la
existencia de Dios no tiene ningún lugar. La relación primordial,
la relación creadora, es considerada como desprovista de sentido. Resulta
que el hombre es un individuo librado a su subjetividad
(EV 19). Su relación hacia el otro se caracteriza por
el miedo. Frente a los otros, el hombre se coloca
en unidad de fuerza. Solo su conciencia subjetiva define sus
normas de conducta, variables a merced de sus placeres y
de sus intereses (EV 20,24, 95). Según esta corriente, estamos
inmersos en el relativismo absoluto, la tolerancia doctrinal, el consenso,
la regla de la mayoría (EV 70).
A partir de semejante
reducción antropológica, el humanismo deísta solo puede derivar hacia el
humanismo ateo. La sola evocación de la Revelación, que admite
el teísmo, y de la Creación despierta en el hombre
un violento sentimiento de envidia con relación a Dios, un
sentimiento de rebelión y de repulsión frente a este Dios
del cual depende existencialmente (EV 34, 36). Entonces, le queda
al hombre autodeificarse. Se pone como fuente última de su
propia existencia. Que esta existencia cese de ser atribuida a
Dios es la condición a priori que hay que poner
para que la existencia pueda ser atribuida al hombre. Así
liberado de lo que él percibía como una alineación existencial,
el hombre - ¿genéricamente? ¿individualmente? – puede comportarse como dios,
conociendo el árbol de la vida, definiendo soberanamente el bien
y el mal.
Resurgencia del cientificismo
El humanismo ateo recordado más arriba
encuentra un poderoso aliado en el cientismo actual. Liberado de
tormentos metafísicos y teológicos, el hombre se debe el proclamar
que los únicos conocimientos válidos provienen de la Ciencia. Sin
embargo, mientras que el cientismo del siglo XIX celebraba el
valor cognitivo de las ciencias físicas y químicas, el cientismo
actual exalta principalmente los conocimientos procurados por las disciplinas biomédicas.
El horizonte que le fascina, es la fabricación del ser
humano, es el dominio total de la vida (EV 22s.,
89). Hay que privar a la metafísica y a la
teología de su objeto: el ser y Dios. Los problemas
antes tratados por dos estas disciplinas recibirán sus respuesta de
las hazañas de las cuales el hombre se siente, se
sabe o se imagina capaz.
La muerte: ineludible
Queda, es verdad, la
cuestión ineludible de la muerte. Esta nos recuerda que nosotros
somos ineluctablemente seres finitos, incluso si hemos rechazado nuestra condición
de criatura. ¿Cómo entonces dar sentido a lo que parece
imponerse a nosotros como el sin sentido absoluto? La respuesta
está en una palabra: por el suicidio (EV 66). Darse
muerte es la expresión suprema de la libertad humana. Nuestros
contemporáneos precisarán que hacerse asistir en la ejecución suicida, hacerse
suicidar en cierta manera, dar a otro el «derecho» de
darme la muerte, e incluso imponerle el deber, son tantas
expresiones del dominio de la vida.
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