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| Hablemos de lealtad |
Entré a la reunión... el ambiente se sentía extraordinariamente pesado.
Todos los invitados, más de veinte, comentaban en tono acalorado,
agresivo y apesadumbrado, “las últimas noticias reveladas por la
prensa” acerca de los escándalos sexuales de un sacerdote, ya
muerto, al que todos los ahí presentes habíamos conocido muy
de cerca.
Tristemente y en silencio contemplé la escena... ¡cuánto dolor
sentí al ver esos rostros... mis amigos, mis íntimos amigos...
desencajados como arpías, peleándose la palabra para ver quién podía
enlodar más y decir cosas cada vez más terribles, obscenas
y alarmantes acerca del sacerdote que tanto quisimos!
– ¡Un momento!
– interrumpí, después de un rato – ¿Alguno de ustedes
fue testigo ocular de esas cosas que están afirmando?
Silencio sepulcral...
Por
fin, uno se animó a decir:
– No, por supuesto que
no lo vimos, pero es algo ya comprobado. Todo el
mundo lo dice. Debemos aceptarlo.
– “Todo el mundo”... ¿sí?... miren
los nombres de los periodistas que dan la información, los
tres son conocidos por sus ideas progresistas, acérrimos enemigos del
Papa y de la Iglesia ¿Alguno de ustedes ha sido
testigo de los hechos que ellos nombran? ¿Podría, al menos
uno de ustedes, jurar sobre la Biblia, que es verdad
todo lo que estos periodistas han dicho?
De nuevo... silencio...
Sentía
un dolor grande, no por las cosas que decían del
sacerdote, no por los muchos o pocos pecados que él
pudo tener (que, no lo sé, pudieron ser miles y
muy grandes, pero conmigo él siempre fue bueno), sino por
ver la reacción desleal de mis amigos (que se suponía
que también eran amigos del padre) y que demostraban ahora
haberse olvidado por completo, por unas noticias en la prensa,
de todo lo bueno que recibimos de él, de todo
lo bueno que todos los que ahí estábamos, pudimos ver
y oír, con nuestros propios ojos y con nuestros propios
oídos, durante muchos años y en innumerables ocasiones, en reuniones
privadas, chiquitas, grandes, de trabajo y sociales, en sus cartas
y en cientos de encuentros personales con él.
Como nadie me
respondió acerca del juramento sobre la Biblia, continué:
– Si no
nos consta, si nadie nos ha presentado pruebas creíbles y
confiables, si todos nosotros fuimos testigos de lo contrario ¿Por
qué repiten entre ustedes las noticias, las comentan y se
escandalizan como si fueran ciertas? ¿No recibimos, cada uno de
los que estamos aquí, trillones de cosas buenas del padre?
¿No se merece, sólo por eso, nuestro respeto post mortem
y, si no la defensa abierta, al menos el beneficio
de la duda ante las acusaciones, difamaciones y calumnias? ¿En
dónde quedó nuestra lealtad hacia aquél de quien sólo recibimos
cosas buenas?
Lealtad... una virtud pasada de moda... una virtud muy
unida a la amistad y al agradecimiento, pero que va
más allá de la amistad y del agradecimiento. Lealtad... la
obligación a corresponder al bien que hemos recibido de alguien,
un compromiso a defender lo que creemos y en quien
creemos.
Lealtad... una palabra prohibida.
Sólo nombrarla, bastó para que
fuera carcomida, en ese mismo instante, por mis amigos, que
con miradas avergonzadas (de mí y de mis palabras) profirieron,
en mi contra, toda clase de imprecaciones. Pareciera ser que
hablar bien de las personas que nos han hecho bien
y demostrarles lealtad y agradecimiento, a pesar de las múltiples
caídas que hayan podido tener, es un pecado terrible hoy,
a los ojos del mundo.
Sinceramente, me alegré mucho de haber
sido carcomida en ese momento, pues así les evité a
mis amigos, el pecado de carcomerme después, cuando yo ya
haya muerto, como lo hacían en ese momento con el
sacerdote al que, cuando vivía, decían querer y admirar.
¿Pecado? Sí,
pecado. El Catecismo lo expresa claramente en el número 2477:
2477
El respeto de la reputación de las personas prohibe toda
actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto
(cf CIC, can. 220). Se hace culpable: - de juicio temerario
el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente,
un defecto moral en el prójimo. - de maledicencia el que,
sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas
de otros a personas que los ignoran (cf Si 21,28). -
de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad,
daña la reputación de otros y da ocasión a juicios
falsos respecto a ellos.
¿Y si fuera cierto todo lo que
han dicho de él? Yo, en lo personal, no lo
creo, pues nadie me ha presentado pruebas creíbles y porque
lo que yo vi en él y puedo testificar, ante
quien me lo pregunte, fueron puras cosas buenas. Si algún
día, alguien me presenta pruebas irrefutables, entonces lo llegaría a
creer, pero eso no afectaría mi lealtad, agradecimiento y cariño
hacia quien fue bueno conmigo.
A los que “las noticias”
los han hecho dudar y ya no saben ni siquiera
si lo que vieron, realmente lo vieron... también el Catecismo,
en los números 1786-1789, nos da la clave de cómo
debemos actuar en momentos de duda. Y para esto, nos
da las reglas que debemos aplicar:
1789 En todos los casos son
aplicables las siguientes reglas: -Nunca está permitido hacer el mal para
obtener un bien. -La "regla de oro": "Todo cuanto queráis que
os hagan los hombres, hacédselo también vosotros" (Mt 7,12; cf.
Lc 6,31; Tb 4,15).
¿Cómo queremos que hablen de nosotros nuestros
amigos, cuando hayamos muerto y todos nuestros pecados (hasta los
más terribles) sean publicados por la prensa?
Creo que a
todos nos gustaría que nuestros amigos fueran leales a nuestra
amistad y que al menos una voz, de cualquiera de
ellos, se levantara en nuestra defensa.
Nos conviene ser leales,
no sólo con este sacerdote, sino con cada uno de
nuestros amigos y con cada una de las personas que
nos han hecho algún bien.
Siendo leales no tenemos nada qué
perder y tenemos mucho qué ganar, pues sabemos que la
Verdad completa la conoceremos el Día del Juicio Final... “cuando
todo lo oculto será sacado a la luz”.
Ahí
no habrá más que dos opciones:
– Si aquél de quien
hablamos bien, resulta, a la hora de la verdad, ser
culpable de cientos de pecados horribles, Jesús sabrá que no
fuimos testigos de los mismos y que nuestro deber, por
lo tanto, era sólo hablar bien de quien habíamos recibido
sólo bienes.
– Si, por el contrario, aquél de quien hablamos
bien, resulta ser inocente de todos los pecados que sus
enemigos le endilgaron... tal vez nuestras palabras serán un puntito
a nuestro favor para que Dios tenga misericordia con nosotros,
a pesar de nuestros muchos pecados.
El camino de la lealtad
y la benedicencia es un camino seguro. En cambio, el
camino de la deslealtad y la calumnia puede resultar muy
dañino, no para el calumniado, sino para nuestra propia alma.
Basta imaginar las situaciones anteriores, en el Juicio Final, habiendo
hablado mal y creyendo todo el mal que se decía,
de aquél que sólo nos hizo bien. ¡Qué Dios nos
libre de ello!
Termino con un párrafo más del Catecismo, que
me gustaría que pudieran leer todos los periodistas católicos del
mundo:
2497 Por razón de su profesión en la prensa, sus responsables
tienen la obligación, en la difusión de la información, de
servir a la verdad y de no ofender a la
caridad. Han de forzarse por respetar con una delicadeza igual,
la naturaleza de los hechos y los límites y el
juicio crítico respecto a las personas. Deben evitar ceder a
la difamación.
Que Dios los llene de bendiciones
Lucrecia Rego de Planas Dirección Catholic.net
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