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Autor: Arturo Cattaneo | Fuente: Ius Canonicum Los movimientos eclesiales. Cuestiones eclesiológicas
Los movimientos eclesiales se insertan en la vida de las diócesis, y forman parte de los carismas que dona el Espíritu Santo.
Los movimientos eclesiales. Cuestiones eclesiológicas
El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve cómo
el Espíritu de Cristo sigue santificando, dirigiendo, y edificando la
Iglesia. Especialmente ricas en consecuencias eclesiológicas y jurídicas son las
afirmaciones de Lumen gentium que describen así la acción del
Espíritu: “Inter omnis ordinis fideles distribuit gratias quoque speciales, quibus
illus aptos et promptos reddit ad suscipienda varia opera vel
officia, pro renovatione et ampliore aedificatione Ecclesiae proficua [...]. Quae
charismata, sive clarissima, sive etiam simpliciora et latius diffusa, cum
gratiarum actione ac consolatione accipienda sunt” (Lumen Gentium, 12/b). Dos
aspectos merecen aquí ser subrayados: el reconocimiento del reparto de
los carismas entre los fieles de todo género, y el
hecho de que estos dones no son sólo gracias extraordinarias,
sino también “de los más sencillos y comunes”.
Entre las manifestaciones
de los carismas en la vida de la Iglesia de
estos últimos decenios, ocupan un lugar relevante los movimientos eclesiales.
Su nacimiento, su rápido desarrollo, y sus abundantes frutos apostólicos,
constituyen sin duda uno de los rasgos más característicos y
esperanzadores de la Iglesia en este final de siglo. El
cardenal Ratzinger, en el libro-entrevista de Vittorio Messori, después de
señalar con su acostumbrada perspicacia algunos desarrollos negativos de la
época inmediatamente sucesiva al Vaticano II, añade: “Lo que a
lo largo y ancho de la Iglesia universal resuena con
tonos de esperanza –y esto sucede justamente en el corazón
de la crisis de la Iglesia en el mundo occidental–
es la floración de nuevos movimientos, que nadie planea ni
convoca y surgen de la intrínseca vitalidad de la fe.
En ellos se manifiesta –muy tenuemente, es cierto– algo así
como una primavera pentecostal en la Iglesia” (1).
El desarrollo de
los movimientos eclesiales es valorado generalmente de modo muy positivo,
sin que falten tampoco ciertas observaciones críticas. Así por ejemplo,
se ha hecho notar que “estos movimientos recuerdan a una
rosa, brotada inesperadamente y en un contexto difícil; pero, como
reza el dicho popular, no hay rosa sin espina, y
esta espina amenaza con clavarse en la concreta vida pastoral
de la comunidad eclesial” (2).
La cuestión más problemática –alrededor de
la cual giran casi todas las críticas a los movimientos–
se plantea a propósito de su inserción en la pastoral
de las Iglesias particulares. Algunos advierten que los movimientos pueden
convertirse en un peligro para la unidad de la Iglesia
particular. Aunque es evidente que algunas críticas son exageradas y,
en buena medida, injustas, se trata sin duda de un
tema en el que eclesiólogos, pastoralistas y canonistas deben seguir
reflexionando, para encontrar los cauces que permitan el desarrollo de
los carismas y su armónica inserción en la estructura eclesial.
Para los canonistas, en particular, se trata de una tarea
de no fácil solución, habida cuenta de la gran variedad
que se observa entre los diversos movimientos, de la amplitud
de la acción desarrollada por sus miembros, y de las
escasas normas codiciales al respecto (3).
Con nuestro estudio, queremos poner
de relieve, en primer lugar, el marco eclesiológico que permite
situar las mencionadas cuestiones acerca de los movimientos en la
perspectiva adecuada y, en particular, su inserción en las Iglesias
particulares, señalando luego las exigencias que deben ser tenida en
cuenta, tanto por parte de la autoridad de las Iglesias
locales, como de los movimientos.
El marco eclesiológico del pluriforme fenómeno
de los movimientos eclesiales
Para trazar las coordenadas eclesiológicas que
permitan abrir el camino hacia una mejor comprensión del fenómeno
sumamente variado de los movimientos eclesiales, empezaremos analizando los impulsos
conciliares que contribuyeron a forjar las líneas de fuerza de
dichos movimientos. Veremos luego cómo éstos se han desarrollado, revelándose
providenciales en la época posconciliar, y terminaremos señalando algunas de
sus características estructurales.
La renovación eclesiológica conciliar y su impulso para
el desarrollo de los movimientos eclesiales
Aunque algunos movimientos eclesiales surgieron
en años anteriores al Vaticano II, está claro que su
desarrollo debe ser situado en el marco de la renovación
eclesiológica y pastoral promovida por el Concilio Vaticano II. Una
renovación en la que han intervenido un conjunto de factores
precediendo, preparando y acompañando la celebración del Concilio. Entre dichos
factores destacan el movimiento litúrgico, los movimientos bíblico y patrístico,
los estudios acerca de la teología de la misión y
del ecumenismo, así como otros fermentos apostólicos y espirituales. A
continuación, sintetizamos los aspectos de mayor incidencia en el desarrollo
de los movimientos.
– La revalorización del bautismo y del sacerdocio
común. El Vaticano II ha subrayado la dimensión cristológica y
eclesiológica del bautismo, redescubriendo la raíz de la dignidad, vocación,
misión y comunión entre los que, por Cristo y en
su Espíritu, son hechos hijos de Dios Padre y pertenecen
a su Pueblo. En el surco marcado por la doctrina
conciliar, los movimientos se caracterizan por la manera de presentar
y ayudar a descubrir (o a redescubrir) la vida cristiana
como encuentro personal con Cristo; un encuentro que lleva consigo
una gracia que “pone en movimiento”, que empuja a seguir
a Cristo, arrastrando a otros en su seguimiento. Junto con
la valorización del bautismo, el Concilio Vaticano II ha señalado
que la vocación-misión bautismal es radicalmente sacerdotal, en conformidad con
el ser y el actuar de Cristo. Esto ha permitido
abrir paso a una consideración positiva del papel de los
fieles laicos en la Iglesia (4). En esta línea se
han desarrollado los movimientos: entre los fieles laicos y dirigiéndose
principalmente a ellos (5), ayudándoles a asumir la importante tarea
eclesial que les corresponde.
– La relevancia de los carismas. El
Vaticano II ha puesto las bases para una comprensión cristológico-pneumatológica
de la Iglesia, prestando una renovada atención al elemento carismático.
En diversos documentos conciliares se evidencia la continua acción del
Espíritu, y se observa que los dones carismáticos son otorgados
a todo orden de fieles, capacitándoles a cooperar, con sus
iniciativas, en la edificación de la Iglesia. El Concilio reconoce
además la existencia de carismas “comunes y difusos” (Lumen Gentium,
12/b). El carácter carismático de los movimientos –que, por otro
lado, deberá ser debidamente comprobado por la competente autoridad eclesial–
tiene generalmente inicio en una persona (fundador o fundadora) para
extenderse luego y ser participado a otros fieles (6). Las
características que señalaremos a continuación nos llevarán a esbozar las
peculiaridades de los carismas que dan origen a un movimiento
(7).
– La llamada universal a la plenitud de la vida
cristiana y la participación activa en la misión de la
Iglesia. Encontramos aquí una de las principales consecuencias de lo
que hemos señalado en los dos puntos anteriores. La constitución
Lumen gentium, después de tratar en el capítulo IV de
los laicos, dedica el quinto a la llamada universal a
la santidad, que es calificada como “llamada a la plenitud
de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad” (Lumen Gentium, 40/b). El CIC ha recogido esta doctrina
afirmando que “todos los fieles deben esforzarse, según su propia
condición, por llevar una vida santa” (can 210). Han quedado
así superadas ciertas tendencias que consideraban que la santidad, en
la práctica, sólo era posible en el estado religioso o
clerical (8). Los movimientos pueden considerarse unos cauces providenciales –aunque
no los únicos– para difundir esta llamada entre los fieles
laicos, ayudándolos a buscar aquella plenitud de vida cristiana.
– La
vocación y la misión de los laicos en la Iglesia.
Siguiendo el surco señalado en los puntos anteriores, el Concilio
ha prestado una particular atención a los laicos y a
su misión. Su plena revalorización e integración en la misión
de la Iglesia puede considerarse como uno de los más
importantes frutos del Concilio (9). La especificidad cristiana y eclesial
de los fieles laicos se define por su peculiar inserción
en las realidades temporales (cfr. Lumen Gentium, 31-36), lo cual
presupone una actitud positiva hacia el mundo, entendido no ya
como reino del pecado, sino como parte integrante del plan
salvífico de Dios. Todo esto ha llevado a comprender el
apostolado de los laicos como algo que surge de su
vocación bautismal, abierto a las innumerables iniciativas personales y comunitarias,
superando así la visión limitada del apostolado laical como cooperación
con la Jerarquía. El CIC lo ha expresado con toda
claridad en el can 225. Una de las características de
los movimientos es el fuerte testimonio de fe y el
espíritu apostólico que los anima. Los frutos de la actuación
de sus miembros son bien evidentes. De modo inequívoco se
ha expresado el cardenal Danneels: “Está claro que hoy en
día la mayor parte de las «conversiones» se dan en
los movimientos, mientras que nuestras estructuras clásicas parecen relegadas al
papel de entretenimiento y de servicios” (10).
– La dimensión comunional
propia de la Iglesia. Una de las ideas centrales del
Concilio –gradualmente reconocida en el periodo posconciliar– es la noción
de comunión como clave para entender la Iglesia (11). En
efecto, dicha noción es particularmente apropiada para expresar los diversos
aspectos de la vida eclesial: su origen, su fin, y
las relaciones que se dan entre todo tipo de fieles.
Ha podido así incrementarse la conciencia del ser-social específico de
la Iglesia, y se ha evidenciado su valor de “signo
para el mundo y fuerza atractiva que conduce a creer
en Cristo” (Christifideles laici, 31/in fine). Es significativo que la
enumeración codicial de las obligaciones y derechos de todo los
fieles comience recordando la obligación de vivir siempre la comunión
con la Iglesia (cfr. can 209 § 1). En los
movimientos se observa una acentuación de la experiencia de la
Iglesia en su aspecto de comunión entre los fieles, de
aquella fraternidad cristiana que el Señor ha puesto como signo
distintivo para sus discípulos (cfr. Ioh 13,35).
La contribución de
los movimientos en la circunstancias actuales
Para enmarcar adecuadamente los
movimientos eclesiales, además de la renovación eclesiológica del Vaticano II,
es necesario tener en cuenta la importante contribución que ellos
están providencialmente ofreciendo a la Iglesia en la época posconciliar.
Dicha contribución podríamos sintetizarla en los puntos siguientes:
– El desafío
del secularismo y la urgencia de una nueva evangelización. La
creciente secularización que, con diversos matices y expresiones, ha dilagado
en la sociedad occidental, constituye actualmente uno de los mayores
desafíos para la Iglesia. No es nada fácil resistir a
esta corriente, y muchas veces resulta arduo vivir en coherencia
con el Evangelio. Más difícil aún es, sin la ayuda
de otras personas –y, por ejemplo, sin el aliento recibido
en un movimiento–, desarrollar una acción que incida socialmente y
contribuya a transformar el ambiente según los principios cristianos. En
este sentido, a la luz de las exigencias que plantea
la nueva evangelización, los movimientos ofrecen una preciosa aportación (12).
El fundador de uno de los principales movimientos ha observado:
“Evangelizar de modo misional hoy no significa sólo salir para
tierras lejanas, sino también penetrar en aquellos nuevos ambientes de
vida, que continuamente son creados por las transformaciones de nuestra
sociedad, y testimoniar el amor de Cristo que hace la
vida del hombre más humana, y le permite caminar hacia
la verdad” (13). Se explica así por qué en los
movimientos se aprecia una clara actitud anticonformista, un deseo de
transformar el mundo siendo levadura en la masa. Es precisamente
el aspecto que el Vaticano II ha individuado como peculiaridad
de la misión de los fieles laicos en la Iglesia
(cfr. Lumen Gentium, 31-36), lo cual supone una actitud positiva
frente al mundo, no entendido ya como reino del pecado,
sino como parte integrante del plan salvífico de Dios.
– Las
dificultades de la época posconciliar. Los años que siguieron al
Vaticano II se caracterizaron por un gran entusiasmo, pero también
por unos deseos de cambios animados, a veces, por interpretaciones
incorrectas de los textos conciliares. De ahí surgió una confusión
doctrinal que tuvo notables consecuencias, también prácticas, en la vida
de los fieles. No nos detenemos a explicar dicho fenómeno,
que ha sido analizado por muchos autores y es sobradamente
conocido (14). Lo que sí nos interesa señalar es cómo
en los movimientos se advierte el deseo de una renovación
teológica y espiritual que valorice adecuadamente la función de guía
ejercida por el Magisterio. Esto ha contribuido indudablemente a serenar
el ambiente, y a promover una correcta recepción del Concilio.
En esta perspectiva, hay que reconocer el papel providencial de
muchos movimientos que, con sus carismas, subrayan y dan operatividad
a unas u otras enseñanzas conciliares, llevando a cabo una
función importante en el proceso de su recepción, puesta en
práctica y difusión. Además, los carismas de los movimientos están
contribuyendo a revitalizar aspectos de la vida eclesial que parecían
haberse oscurecido en algunos sectores del pueblo de Dios. Entre
ellos destacan el amor a la Iglesia y a su
liturgia, la relación filial hacia el Romano Pontífice y la
devoción mariana. La acentuación que estos importantes aspectos de la
fe reciben en los movimientos muestra claramente la acción providencial
del Espíritu que sigue guiando y animando la Iglesia.
– Las
limitaciones de la pastoral parroquial. Numerosas declaraciones magisteriales y estudios
teológicos han subrayado la función insustituible de la parroquia, recordando
también la urgencia de revitalizarla (15). Al mismo tiempo, ha
sido señalado que muchas veces la parroquia no está en
condiciones de hacer frente a la inmensa y compleja tarea
pastoral de la Iglesia en nuestros días. “En efecto, son
necesarios muchos lugares y formas de presencia y de acción,
para poder llevar la palabra y la gracia del Evangelio
a las múltiples y variadas condiciones de vida de los
hombres de hoy. Igualmente, otras muchas funciones de irradiación religiosa
y de apostolado de ambiente en el campo cultural, social,
educativo, profesional, etc., no pueden tener como centro o punto
de partida la parroquia” (Christifideles laici, 26/c).
Las características estructurales
de los movimientos
Para concluir estas observaciones acerca del marco
eclesiológico de los movimientos, señalamos las principales características estructurales de
los movimientos.
– Un fenómeno de ámbito universal o transdiocesano.
La universalidad propia de los movimientos no es una característica
sólo geográfica o sociológica, sino que también teológica. Ellos constituyen
una realidad de la Iglesia universal que está llamada a
actuarse en las Iglesias particulares. De esta manera, los movimientos
las enriquecen, alejando el peligro de los “particularismos”, y favoreciendo
la comunión entre ellas (16).
– Elasticidad y variedad de formas
de pertenencia y de compromiso. Es ésta una característica estructural
que refleja el espíritu subyacente al fenómeno de los movimientos.
La elasticidad y la variedad entre las modalidades de pertenencia,
reflejan la gran diversidad de situaciones en las que viven
los fieles laicos, y en las que siguen viviendo también
después de su adhesión a un movimiento. Se observa aquí
algo que distingue los movimientos de los institutos de vida
consagrada, y que implica serias dificultades cuando se quiera dar
a un movimiento una configuración canónica unitaria. De hecho la
mayoría de ellos han tenido que asumir diversas figuras jurídicas
(asociación, sociedad de vida apostólica, instituto secular etc.) correspondientes a
diversas ramas de sus miembros.
– Un fenómeno que interesa e
implica, frecuentemente, todo género de fieles. Aunque, como dijimos antes,
los movimientos eclesiales se dirigen principalmente a los fieles laicos,
en no pocas ocasiones se observa que no sólo sacerdotes,
sino también religiosos participan del impulso carismático del movimiento y
colaboran en sus actividades apostólicas. Esta participación no suscita dificultad
desde el punto de vista del movimiento, en virtud de
la flexibilidad de las formas de pertenencia al mismo. Sin
embargo, sí puede resultar problemático desde el punto de vista
de los compromisos que los religiosos han contraído con su
respectivo instituto.
Notas
(1) J. RATZINGER, V. MESSORI, Informe sobre
la fe, Madrid 1985, pp. 49-50.
(2) G. AMBROSIO, La comunità
ecclesiale italiana tra istituzione e movimenti, en “La Rivista del
Clero Italiano” 68 (1987) p. 87 (la traducción es nuestra).
(3)
Para las asociaciones –que constituyen la forma jurídica más común
para los movimientos– el CIC dice tan sólo que “están
bajo la vigilancia de la autoridad eclesiástica competente” (can 305
§ 1). Para las asociaciones públicas se especifica que, según
sus estatutos, pueden tomar iniciativas, pero “siempre bajo la alta
dirección de la autoridad eclesiástica” (can 315); y para las
asociaciones privadas, además de la tarea de vigilancia por parte
de la autoridad eclesiástica competente, se añade la responsabilidad de
“procurar que se evite la dispersión de fuerzas, y ordenar
al bien común el ejercicio de su apostolado” (can 323
§ 2).
(4) Cfr. especialmente el capítulo IV de Lumen gentium
y el decreto Apostolicam actuositatem. Elocuente reflejo de este redescubrimiento
conciliar son las obligaciones y derechos de los fieles laicos
formalizados por el CIC (cfr. cann 224-231).
(5) Decimos “principalmente”, ya
que algunos movimientos, además de los presbíteros que son necesarios
para el ministerio sagrado, acogen también a otros clérigos y
a miembros de Institutos religiosos.
(6) Una excepción aquí es el
Movimiento carismático.
(7) Acerca de las características de la noción de
carisma transmitida por los movimientos eclesiales cfr. L. GEROSA, Carismi
e movimenti nella Chiesa oggi. Riflessioni canonistiche alla chiusura del
Sinodo dei Vescovi sui laici, en “Ius Canonicum” 28 (1988)
pp. 665-680.
(8) Uno de los precursores en este aspecto
de la doctrina conciliar, el Beato J. Escrivá, ya en
el año 1930 había escrito: “Hemos venido a decir [...]
que la santidad no es cosa para privilegiados: que a
todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor:
de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea
su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida
corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no
es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para
buscar a Dios, si el Señor no da a un
alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de
la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo”
(Beato J. ESCRIVÁ, Carta, 24-III-1930, n. 2, citada por F.
OCÁRIZ, La vocación al Opus Dei como vocación en la
Iglesia, en AA.VV., “El Opus Dei en la Iglesia”, Madrid
1993, pp. 168-169).
(9) Además del cap. IV de Lumen gentium
y de diversos números de Gaudium et spes, el Concilio
ha dedicado a los laicos el decreto Apostolicam actuositatem. Acerca
del tema cfr. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en
la Iglesia, Madrid 1969.
(10) G. DANNEELS, Evangelizzare l’Europa secolarizzata, en
“Il Regno-documenti” 30 (1985) p. 585 (la traducción es nuestra).
(11)
Cfr., sobre todo, la Relación final del Sínodo extraordinario de
los Obispos celebrado en 1985.
(12) Cfr. Christifideles laici, 29/d y
las consideraciones de la encíclica Redemptoris Missio (1990) acerca de
los “modernos aeropagos” (cfr. n. 37/c).
(13) L. GIUSSANI, Missione della
Chiesa e carisma di fondazione. È la sfida della cattolicità
ai movimenti ecclesiali, en “L’Osservatore Romano”, Anno 125, N. 249
(27-X-1985), p. 5 (la traducción es nuestra).
(14) Cfr., por ejemplo,
J. RATZINGER, V. MESSORI, Informe sobre la fe, Madrid 1985.
(15)
Entre los textos del Magisterio recordamos las afirmaciones de Christifideles
laici, 26 y 27.
(16) Bajo este punto de vista, se
trata de un fenómeno análogo al de los Religiosos. Sobre
la cuestión cfr. S. RECCHI, Gli istituti di vita consacrata:
segno dell’universalità nella Chiesa particolare, en “Quaderni di diritto ecclesiale”
9 (1996) pp. 58-65.
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