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Familia y Vida | comunidad
Educar a un hijo | categoría
El fin de educar | tema
Autor: Eduardo Beunza Santolaria | Fuente: www.sontushijos.org
Lo cotidiano en la educación de los hijos
"Esta casa no es una ruina"...
 
Lo cotidiano en la educación de los hijos
Lo cotidiano en la educación de los hijos
El hogar, aparte de ser, después del colegio, el lugar donde más horas pasan nuestros hijos, es donde comienza a formarse su personalidad, en esa convivencia diaria con otras personas que constituyen la familia. Los padres somos quienes nos esforzamos en lograr los medios materiales necesarios para cubrir las necesidades básicas de sus componentes y quienes organizamos todas aquellas labores domésticas que hagan la vida lo más agradable y confortable que podamos. Creamos hábitos de sueño, de alimentación, de estudio, de convivencia…Pero se trata del hogar donde vive una familia, no de un hotel.

De acuerdo, ¿y?

Precisamente por eso, muchas veces creemos que nuestra obligación como padres es dar a nuestros hijos todo hecho en casa, no caemos en la cuenta del enorme potencial educativo que tiene la propia dinámica doméstica para el desarrollo de su personalidad. Deseamos convertirlos en personas recias, voluntariosas, alegres, seguras de si mismas, autónomas, responsables, generosas, llenas de valores humanos; personas que, además, se esfuercen en el estudio y lleguen a ser grandes profesionales; ciudadanos que sepan ejercer la verdadera libertad, en definitiva, y que sean felices y puedan hacer felices a los demás...

¿Cómo lo hago?

Conseguirlo sólo con palabras no es suficiente, ni mucho menos; ¡cuántas pláticas de los padres terminan siendo monólogos estériles! Y además podemos sentirnos ofendidos en nuestro amor propio cuando nuestros hijos amados no caen en la cuenta ni de las cosas más obvias... Tampoco es suficiente únicamente el ejemplo heroico que damos todos los días en el trabajo y en casa. Llega un momento, normalmente con la preadolescencia, en que para ellos todo eso es lo normal y no son capaces de racionalizarlo y comprender su valor hasta bien pasada la etapa juvenil. No va con ellos. Luego, ya se sabe, nos quejamos de que son ingratos, que flojean ante la menor dificultad, de que les cuesta madurar, de que no terminan de romper el cascarón... Pero usar lo cotidiano en el hogar, la colaboración y el desempeño en labores y quehaceres domésticos para educar a los hijos, el establecer horarios bien delimitados, además de nuestro ejemplo y nuestra palabra, puede ayudar, y mucho, al desarrollo bien encauzado de esa personalidad y esas actitudes que anhelamos en nuestros hijos. La idea no es nueva (poco hay de nuevo en educación a través de tantos siglos de historia de una misma naturaleza humana) pero muchas veces no vemos lo que tenemos más cerca. Esa idea de potenciar el esfuerzo, explicitado en el “no hagas a los hijos lo que puedan hacer solos” debería ser el lema de nuestro quehacer en el hogar. No se trata de que aprendan tareas para liberarnos de ellas. No; lo que debe guiarnos es la firme convicción de que a través de tareas tan simples como vestirse y asearse solos; coger el teléfono; ventilar la habitación; hacerse la cama y ordenar la mesa de trabajo y el armario de la habitación; limpiarse los zapatos; poner la mesa o recogerla; barrer y limpiar encimeras, llenar o vaciar lavaplatos; organizarse el desayuno, participar en la preparación de las comidas, distribuir en los armarios la ropa planchada, bajar la basura, ayudar a limpiar el coche; el cumplimiento de unos horarios claros de sueño y alimentación; realizar un sinfín de recados (también en lo referente al material escolar), o la multitud de pequeñas y grandes labores cotidianas del hogar, ayudamos a nuestros hijos a ser mejores personas, esforzadas y generosas. Ese esfuerzo que realicen nuestros hijos por cumplir bien esas tareas es lo que forjará su personalidad y contribuirá en gran medida a fomentar su responsabilidad y madurez personal en todos los ámbitos de su vida. Porque, en definitiva, nuestro cometido como padres no es sino preparar amorosamente a nuestros hijos para que un día vivan su vida, una vida honesta y de compromiso, una vida armoniosa y feliz, algo que nos compete especialísimamente a los progenitores y tutores, aunque la escuela nos apoye en ocasiones.

¿Seguro?…

Créelo. Un hogar donde los hijos participan de este modo en la vida familiar suele generar, además, alumnos con buena disposición para lo académico y que “resisten” la fuerte carga de esfuerzo y responsabilidad que conlleva el estudio. También se suele notar en ellos una actitud serena y participativa con los compañeros y profesores. Los hijos que han adquirido ya hábitos en la realización de tareas de las que son responsables, también manifiestan una menor conflictividad en su tránsito por la adolescencia y los hace más sensibles a las necesidades de los demás, más autónomos, sin estar centrados demasiado en sí mismos, sólo en lo suyo, llamando la atención de iguales y profesores de mil maneras, generalmente irrespetuosas o indisciplinadas, chicos a los que quizá todo se les ha dado hecho, y que con el tiempo terminan siendo unos tiranos…, también en casa.

¿Cómo aplicamos todo esto en casa con nuestros horarios profesionales?

Enseñar a ayudar en estos quehaceres a nuestros hijos debería empezar desde los primeros años en cosas muy sencillas, sobre todo a partir del logro de la autonomía en el vestido, la alimentación y el aseo en los primeros años. Sería preocupante, en este sentido, que nuestros hijos no supieran vestirse solos, rápido y bien, atarse los cordones, utilizar correctamente los cubiertos para comer (y comer de todo) y asearse con autonomía, cuando comienza su nueva etapa de Educación Primaria con seis años. A partir de aquí, puede ir aprendiendo paulatinamente tareas y encargos cada vez más complejos a medida que promociona por la Educación Obligatoria. En hijos bachilleres, universitarios, o hijos trabajadores que vivan aún con nosotros, deberíamos encontrar verdaderos colaboradores.

Tenemos que estar convencidos de que todo esto ayudará a nuestros hijos. Esto es lo primero. No podemos olvidar que el quehacer doméstico seguirá pesando sobre nuestros hombros, querámoslo o no, aunque deleguemos tareas en abuelos o personas asalariadas, si la exigencia profesional fuera del hogar lo hiciera necesario. La vida sigue. Hay que limpiar la casa, hacer la colada, planchar, realizar la compra, desayunar, comer, cenar…Se trata de involucrar a los niños poco a poco en todo ello. Necesitamos buscar la complicidad de todos esos adultos que colaboran con nosotros para llevar la casa (aunque tal vez los abuelos sean un caso aparte y necesiten un tratamiento especial), para conseguir que los hijos vayan haciendo solos, pero supervisados, las tareas que les encomendemos.

Cuando regresemos del trabajo, posiblemente ambos progenitores, es donde realmente pondremos a prueba nuestras convicciones en el buscar ese tiempo de calidad para dedicarlo a inculcar y perseguir esos encargos en los hijos.

Observaremos entonces que estar codo a codo enseñando a recoger la cocina tras la cena, por ejemplo, al niño o la niña nos une tremendamente a ellos, a pesar de las inevitables discusiones; esto empieza a ser una familia y no un hotel. Ellos notarán esa exigencia por nuestra parte, pero también nuestra cercanía y disponibilidad, también cuando nos ven cansados. Terminan sintiéndose parte de algo, la familia; se sienten queridos, en definitiva, y son cada vez más conscientes del valor de su esfuerzo.

Sí, sí, pero ¿estoy dispuesto para la batalla?

Pero los padres somos muchas veces nuestros peores enemigos a la hora de inculcar en nuestros hijos estas buenas prácticas en el hogar.

Por una parte, la siempre falsa percepción de que nuestros hijos son personas débiles e incapaces; nuestro temor a herir o sobrecargar a los niños; a sobreprotegerlos.

Por otra parte, puede que no tengamos consenso en la pareja para exigir esto, una estrategia o plan compartido; puede que por razones profesionales necesitemos delegar esas tareas en ayuda externa y no veamos la necesidad de que los niños y niñas colaboren; o tal vez, por la razón que sea, un padre o una madre se encuentra solo para sacar adelante a la familia y se siente abrumado…No obstante, si nos lanzamos a ello, los hijos deben ver coherencia en nosotros; que esa exigencia en las tareas del hogar que promovemos los padres para mejorar la cooperación familiar cuenta con nuestro ejemplo, y no solo el de mamá, si es quien se encarga especialmente de la casa. “Nadie da lo que no tiene”, y especialmente en educación. Y hay que tenerlo, y para ello, tal vez debamos replantearnos unas cuantas cosas a nivel personal. Así evitaremos muchas veces que, aunque papá, por ejemplo, trabaje duro y hasta muy tarde, al llegar a casa, los críos, y sobre todo los adolescentes, no sólo vean un papá que anda con los zapatos de calle por toda la casa desde que ha entrado por la puerta; que ha dejado tirada la ropa por toda la habitación, la mesa del salón llena de sus periódicos y revistas, que no ha recogido del suelo del baño la toalla de la ducha, o que jamás se limpia los zapatos. Nos lo echarán en cara. Y no les faltará razón. Si queremos exigir a los hijos en estas cosas, el padre, la madre, o el matrimonio, debe formar una piña y esforzarse por ser coherentes en la medida de lo posible. Por ellos, por nuestros hijos. Y esto, todos lo sabemos, es difícil. Pero, ¿no les resulta difícil también a nuestros hijos tras una jornada laboral de ocho horas en el cole, más los deberes, el entrenamiento, las clases de refuerzo, etc., si además les exigimos esas tareas?


Por último, y a veces la cuestión determinante, el hecho de que somos los propios padres quienes tenemos miedo de enseñar a hacer las cosas, y hacerlas bien, porque adivinamos las consecuencias que ello implica, es decir, vemos doble trabajo. Y es cierto. Quien se haya lanzado a la tarea de enseñar a limpiar zapatos, por ejemplo, a su muchachote de nueve años, habrá experimentado el terror que causa ver lleno de barro el trapo de limpiar la mesa del comedor, justo en el momento en que guardabas una sartén en el armario y no estabas mirando, y la angustia que produce comprobar cómo cunde el betún desperdigado en pequeñas motas por la encimera de la cocina por no poner un papel de periódico debajo; podemos desesperarnos viendo cómo nuestro joven aprendiz agarra el trapo de limpiar la mesa de la cocina tras el desayuno, sin escurrir, y extiende más la porquería en lugar de recogerla; o cómo, al introducir su servicio en el lavaplatos ha ido dejando un reguero de leche por el suelo de la cocina que luego todos vamos pisando y llevando por toda la casa… Auténtico pánico; verdadero examen para el osado progenitor. Pero si queremos que aprendan, tenemos que enseñarles, estar ahí, y no podemos sucumbir al “prefiero hacerlo yo, que tardo menos y está todo recogido”. No podemos desesperarnos, ni dejar que nos invade la impaciencia o el desaliento. Todos los comienzos son difíciles. No podemos sucumbir a la primera de cambio, porque los infantes y jóvenes enseguida ven un resquicio por el que escabullirse. Observaréis entonces cómo no tienen ningún reparo en autocalificarse de auténticos “inútiles” en la materia, y cómo fluirán con naturalidad todo tipo de argumentos con tal de librarse de esas responsabilidades. Y, efectivamente, enseñar a nuestros hijos a que realicen muchas de estas tareas domésticas y seguirles en su desempeño hasta que veamos que lo hacen solos y manifiestan la adecuada competencia, es heroico, algo que, bien pensado, parece inherente al hecho mismo de ser padres, ¿o no?

Cuando sean adultos, será sin duda lo que más nos agradezcan: que les hubiéramos preparado para la vida, ya desde sus primeros años de vida, y el cariño que pusimos en todo ello, a pesar de tantas dificultades que solo ahora están en condiciones de comprender…cuando les toca el turno a ellos.

Eduardo Beunza Santolaria
Pedagogo. Profesor de Lengua y Literatura y Dibujo en el Colegio Erain.
Padre de cuatro hijos



 
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